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jueves, 22 de octubre de 2026

INVENTARIO DE SIEMBRA

En la última Masa Crítica recibí un libro pequeño que, como suele decirse, vale su peso en oro. Gracias, Babelio, por hacer que vaya conociendo gente nueva interesante y valiosa; en este caso, no solo he descubierto una nueva autora (para mí, por supuesto) sino catorce mujeres más que, pese a las desafortunadas circunstancias que las rodearon, consiguieron hacer lo que querían, aunque a alguna le fuera la vida en ello.

Un inventario es una relación de valores que se hace de forma precisa. La siembra es la acción y el efecto de esparcir algo para conseguir lo que interesa.

Thaïs Gamaza ha inventariado, para todos, la labor de catorce mujeres que, en épocas y lugares diferentes de la historia, sembraron una semilla con el fin de romper las normas que la sociedad tenía dispuestas para las mujeres.

Inventario de siembra es un libro que se lee rápido, o no, porque tras enterarnos de lo que sembró la protagonista, nos puede la curiosidad y vamos a buscar más información, por qué llegó a ese extremo. Y así somos conscientes de que algunas mujeres tuvieron que luchar con enfermedades mentales, otras, contra el ego desmesurado de maridos maltratadores, otras, contra la sociedad entera. Catorce vidas que lo dieron todo para que el mundo se enterase y no volviese a cometer otra injusticia.

Inventario de siembra no podía llegar en mejor momento, ahora que, tras haber conseguido determinados derechos, las mujeres vemos cómo pretenden que quedemos relegadas a expensas de la voluntad de algunos hombres; cómo vuelven a pisotearse los derechos de todas las personas que se salen de la norma, de la norma racial, de la norma sexual, de la norma intelectual.

Thaïs Gamaza divide su libro en catorce apartados, cada uno titulado con algo definitorio en la vida de la mujer a la que luego se va a referir. Tras el título, encontramos dónde se realizó aquella acción (vejatoria para la mujer) el momento en que ocurrió, el oficio de esa mujer y cuáles fueron sus logros. Después habla la protagonista en primera persona «Entreabro los ojos y la luz que traspasa las cortinas oscuras me llega a las pupilas y penetras en las terminaciones nerviosas de las sienes». En alguna ocasión aparece la segunda persona, que se dirige al hijo de la mujer fallecida; es otra forma de contarnos su vida. Hay niños que se criaron sin madre por culpa de la locura de una sociedad que siembra —aún hoy— odio y violencia «Muerde una manzana verde. Mira cómo mamá mancha de tinta la mesa y sale corriendo y gritando de alegría. Guarda debajo de la almohada tu primer diente». La segunda persona nos transforma, a los lectores, en testigos directos de la historia; vivimos lo ocurrido con cierta tensión porque somos conscientes del sufrimiento, nos introducimos en la intimidad familiar y deseamos, con todas nuestras fuerzas, que eso no vuelva a ocurrir.

A veces la segunda persona funciona como nuestra propia conciencia. Nos metemos en la piel de la protagonista y conseguimos identificarnos con ella, es como si estuviéramos ante un espejo que nos devuelve un dolor y una humillación que ni nosotros ni nadie merece «Antes no te preocupaba, pero ahora tienes pesadillas. No te gusta que los demás se vayan al otro lado del pasillo cuando te ven llegar […] y llegas cada día cansada a la escuela porque no puedes dormir como antes».

En alguna ocasión el relato se desdobla. Con la primera persona, la protagonista cuenta sus logros, sus sueños «La imagen de la Venus del espejo de Velázquez, construida desde su mirada masculina, me arroja el guante. Acepto el reto». Y con la tercera, un narrador testigo, externo, cuenta lo ocurrido a la protagonista por saltarse las normas. Es como si ella no tuviera voz ni sueños ni esperanza. Es un vegetal más que la sociedad ha olvidado «Una chica nueva recibe su hábito […] Se alegra de la suerte de tenernos y de lo hermosas que estamos desde que ella nos cuida […] antes de irse a su celda nos vuelve a regar con el agua de sus ojos».

También encontramos relatos que funcionan como atemporales, aunque todos lo sean. El uso del infinitivo constante crea una atmósfera mítica, casi irreal que, cuando menos lo esperamos, se cuela en nosotros al darnos cuenta de que es real. Dictée es el relato, en dos páginas, de la vida, violación y muerte de Teresa Hak Kyung Cha; una niña que tuvo que huir de Corea del Sur durante la guerra y llegar a Nueva York, allí se involucró en la nueva sociedad, triunfó como escritora, se enamoró de su marido y de su trabajo, donde reivindicaba la labor de la mujer… Y tuvo su castigo.

El efecto cinematográfico del infinitivo consigue que su vida quede reducida a la acción. No ha tenido tiempo de saborearla. El efecto de las oraciones encadenadas de manera asindética encierra una monotonía implacable, el personaje no tiene tiempo de reflexionar ni de decidir. La vida le ha sido arrebatada y ella no la ha saboreado.

Asimismo la escritora surrealista, inspirada en el sueño, aparece para contarnos el dolor de una vida, a la que hubo de renunciar para convertirse en otra «Comienzo mi obligado proceso de transformación, no hallo otra manera para que una mujer pueda dedicarse a la música» «Me acostumbro al olor del agua estancada al tiempo que persigo una sombra un tanto extraña que me incita a avanzar tras ella al ritmo de la música».

El desorden de esta vida queda plasmado en la escritura de Thaïs Gamaza, intentando en todo momento capturar el pensamiento puro de esta mujer.

Inventario de siembra es un homenaje a Nancy Cunard, Camille Claudel, Unica Zürn, Aurelia Navarro Moreno, Chaya Pinjasovna Lispector, Ruby Nell Bridges Hall, Zelda Sayre, Raquel Liberman, Emma Goldman, Sylvia Plath, Dorothy Lucille Tipton, Theresa Hak Kyung Cha y María Silva Cruz. Que no se olviden sus nombres, ni el de tantas mujeres que han luchado por querer un mundo mejor.

Gracias Babelio; gracias Editorial Dieci6 y gracias Thaïs Gamaza.






miércoles, 12 de agosto de 2026

LA GENTE A VECES

A veces, la gente pasa por situaciones que la ponen a prueba. Un examen que hay que aprobar a toda costa porque se ha estudiado mucho pero la pregunta no se sabe… ¿Podríamos inventar una respuesta con los conocimientos que tenemos? Un ser querido que muere y no estamos preparados… Relaciones basadas en mentiras porque no queremos “defraudar”. Situaciones que fomentan la arrogancia, nuestro lado más prepotente, en un arrebato de falso orgullo que tiene más que ver con la soberbia del engreimiento y su desvanecimiento al ver a otros que la utilizan igual.

A veces, la gente imagina realidades paralelas anhelando una vida menos rutinaria, menos previsible. ¿Qué pasaría si viviéramos un sueño y quisiéramos salir de él al darnos cuenta de que es real? Un futuro marido debe enfrentarse a su prometida y suegra en el peor momento…

A veces, la gente estropea una y otra vez las oportunidades que le brinda la vida para terminar viviendo algo que no entraba en las expectativas. Porque somos así: absurdos e inseguros.

Esto es lo que ocurre en La gente a veces; relatos en los que podemos vernos reflejados en algún momento; si no en el todo, seguro que en parte. Son situaciones que se pueden presentar en la vida, situaciones corrientes pero que, por inseguridad o pedantería las resolvemos de forma penosa. Lorenzo Antúnez lleva el querer ligar, el planificar una familia, el no asumir responsabilidades en el matrimonio, el no desear hijos, el no querer hermanos…, al límite; de hecho, el impersonal “gente” se transforma en este libro en personas a las que conocemos, somos nosotros; los que habitamos una sociedad cada vez menos natural y más desquiciada. El autor emplea a veces el humor, a veces la armonía, el diálogo o la reflexión contenidos hasta que aparece el golpe decisivo, irónico, implacable, ese que nos advierte de lo que somos, en lo que nos hemos convertido.

Los personajes van transformando, con acciones, su forma de ser y los lectores nos vemos plasmados en alguna de esas actividades por lo que la lectura es un ejercicio para comprender la identidad del ser humano, que pasa a ser nuestra propia identidad gracias a la técnica que utiliza Antúnez: dirigirse a un lector-protagonista del hecho, «Por supuesto que adornaba un poco su currículum. No basta con un buen físico. Hay que proyectar la imagen de un hombre triunfador. El que no lo haya hecho alguna vez que se marche de la sala inmediatamente».

El lector deja de ser un mero observador para convertirse en el impulsor de la actuación del protagonista. Es una complicidad irónica porque nos refleja en el típico fanfarrón. Al mismo tiempo ofrece la posibilidad de que cada uno personalice el hecho narrado. De una u otra forma somos parte de estos relatos. En Crucero todo incluido lleva al extremo el machismo; la narración expresa una distancia deliberada entre lo que cuenta y lo que sucede sin revelar contradicciones. El narrador se convierte en alguien poco fiable y deja al lector para que sea quien interprete correctamente lo que ocurre. Sabemos, por el sarcasmo, que el autor no participa de los hechos, «Siete noches daban para mucho, que seis eran más que suficientes para cazar una cervatilla». Los términos peyorativos para referirse a la mujer pasan por la animalización, el abandono corporal «Las mujeres, como locas por volver morenas, se desparramaron por las piscinas» y la cosificación «Todas comiendo de tu mano. Que quieres una rubia con las tetas operadas, hecho. Que quieres una con curvas, hecho». En la realidad las mujeres van abandonando a este tipo de hombres, por eso solo quedan en ese crucero Wallys, hombres que no se cansan de jactarse, con hipérboles absurdas que solo las creen ellos y exponen el mundo vacío en el que viven «Mi nombre es Wally, lo ha hecho usted fenomenal […] Wally con pectorales. Wally montañero. Wally pintor vanguardista, Wally sin colesterol. Ningún diabético alrededor de Wally […] salvo Wally. Todos estaban borrachos de felicidad. Hasta el capitán Wally…»

En ocasiones, la ironía aparece en el contraste de expectativas entre los personajes y remarca los verdaderos sentimientos. Es lo que le ocurre a Tom cuando Vivienne lo abandona para siempre «Resultaba evidente que Vivienne seguía queriéndole. Tom no estaba enamorado desde hacía mucho».

El tipo de ironía que predomina en La gente a veces es la situacional; Antúnez hace que el destino se burle de los esfuerzos de sus personajes, incluso en el caso de los niños, a los que castiga terriblemente. Es una llamada de atención, no debemos descuidar a los más débiles «Que aquella vela cumpliera su deseo tal cual era, sin matices, sin metáfora». Y si hay alguien débil es el drogadicto. Para él, el cuento más duro del libro: Plan nacional sobre Drogas, un relato en poesía que rompe las convenciones. Son versos sin rima, libres, de medida irregular, desde bisílabos hasta alejandrinos. El ritmo se rompe constantemente al mezclar versos de arte mayor y menor. La mezcla de personas primera, segunda y tercera consigue separar los sentimientos del protagonista con los diálogos que mantiene, incluso consigo mismo «Estoy así de loco / Ya verás / ya verás, Petri / hija de puta».

En realidad, la primera y segunda personas aluden a sí mismo y con la tercera nos introduce a todos


                        Esto es lo que diría cualquiera

                        un poco borracho

                        un poco drogado

Los versos paralelísticos anafóricos inciden e igualan la importancia de ese poco. Los tetrasílabos y pentasílabos aportan el ritmo rápido, frenético, de una vida paralizada por tres circunstancias: droga – falta de amor – falta de trabajo. Los versos paralelos con epanadiplosis marcan la fuerza e importancia de esas circunstancias


Es la coca, que te atonta

Es la Patri, que te atonta

Es el paro, que te atonta

El uso de la derivación y la anadiplosis aumenta la premonición de la comparación «Temeroso / temerario / Se ha bajado del coche / un coche negro y brillante como un ataúd».

El cambio de pronombres y el del modo verbal marca el contraste de circunstancias:


Las tuyas: tu ex, el paro, la droga

Las suyas: Su mujer, el curro, el aburrimiento

Y muestra el mundo subjetivo del protagonista.

Todo es ambiguo, de ahí que por momentos no aparezcan comas. Todo es un continuo para él; su vacío es constante, como el tema que unifica el poema: la ineficacia del Plan nacional sobre drogas por el egoísmo humano, por la prepotencia de los que no han caído. El giro argumental que marca la ironía situacional rompe las expectativas del protagonista y las nuestras, justo cuando lo conocemos: «no cae en quién es ese Charli», y genera un desenlace opuesto a la lógica; invalida lo previsible e invita a la reflexión sobre quiénes somos y qué tragedias podemos generar.

Diferentes estilos en los catorce relatos pero en todos la escritura se relaciona con la vida y Lorenzo Antúnez la usa para denunciar a un ser humano cuestionable.

martes, 4 de agosto de 2026

NADA EN SU SITIO

Cuando una niña es simplemente una niña mientras todos sus compañeros de clase y amigos tienen nombre y apellidos, es que algo va mal; al menos para ella porque no es especial sino alguien que pertenece a esa generalidad, pero da igual su identidad, tal como corrobora el indeterminado que sirve para designarla. Ella es una niña inespecífica, desconocida. O así se siente. Esta es la idea con la que Natalia Cantero abre su libro de cuentos Nada en su sitio.

Estamos ante el dolor y la vergüenza de sentirse ignorada en una familia; algo que ella asume con culpabilidad y la acompaña allí donde va, durante toda su vida. ¿Qué hacemos los adultos cuando traemos hijos al mundo para escatimarles amor? ¿Qué hacemos cuando nuestras miserias son tan grandes que no podemos desprendernos de ellas y tenemos al lado un ser más frágil? Puede que le hagamos daño físico o psicológico o moral pero lo que está claro es que lo que conseguimos es marcar para toda la vida a esa criatura.

El estilo de los relatos es amable, casi infantil y por eso al leerlos duele más. La historia de Una niña… nos la cuenta un narrador en tercera persona con un razonamiento adulto, desde un punto de vista infantil. La repetición de “una niña” marca el ritmo del texto mientras conecta con el lector que, inmediatamente, siente el miedo de esa niña, su inquietud y desorientación cuando sabe que en su vida falta la magia de la fantasía.

En El sentido de la marcha, un usuario escribe una carta quejándose de la compañía ferroviaria por haberle dado un asiento a contramarcha. Símil totalmente gráfico de cómo vive en el pasado, sin poder olvidarlo ni permitirle afrontar un futuro mejor. El dolor de la separación de la amada queda atenuado por las metáforas religiosas que convierten a la mujer en un recuerdo definitivo. La comicidad de la imagen la desacraliza a ella mientras resalta la simpleza de él «…yo la he visto así, con los brazos en cruz, que parecía una virgencita […] más y más pequeña, pasando de estatua a medallita…».

En Pérez, aparece el ratoncito de manera algo escatológica porque interesa sobre todo conseguir el regalo prometido en el tiempo adecuado. El narrador, con tono desenfadado expone hasta dónde son capaces de llegar los niños para conseguir lo que quieren. La fusión léxica ocasional aporta a la situación gran fuerza expresiva, «a pesar del gesto de sorpresa de su madre peroadóndevas», «ha vuelto a llamarlo muertodehambre».

El Cambio climático nos va a traer otras consecuencias devastadoras que no tienen que ver con él y quienes saldrán perdiendo, lógicamente, serán quienes posean trabajos más precarios, menos dinero, menos comodidades… Con una prosa agobiante, más aún por el buen talante, Natalia Cantero nos va introduciendo en el infierno que sufre un hombre que ve cómo debe acostumbrarse cada vez a disfrutar de menos bienes «El interfono sonó y esta vez no contestó. Volvió a sonar. Otra vez. Oía las risas de los niños que se bañaban, el ajetreo de los fogones en la cocina, a los vecinos brindar con limoncello en la terraza […] Se tapó los oídos con las manos pero no sirvió de nada»…

Son dieciocho cuentos. La lectura de Nada en su sitio es dinámica; la amabilidad de las palabras, el dinamismo generan sin embargo cierto estado de agitación emocional, que los lectores sentimos antes que los propios personajes. A veces la tensión es casi insoportable; bastan unos puntos suspensivos para advertir un cambio. Lo sabemos, pero no llega y, cuando lo hace, el final cobra una fuerza tan directa que elimina cualquier rastro de esperanza. La falta de comunicación en las relaciones amorosas, con el consiguiente riesgo, la falta de sentimientos en la comunicación con el posterior resentimiento consiguen que a una mujer le baste el amor hacia su hija, todo lo demás es superfluo. Por el contrario podemos llegar a cometer la locura de ofrecer nuestro cariño por un salario. Algo que a lo largo de la Historia no ha sido tan loco: matrimonios concertados, arreglos desesperados en parejas, intereses comunes… La convivencia no es tan romántica como nos han hecho creer «…insistiéndole, tal es mi empeño en estar a su lado, en que me haga un contrato. Hágamelo […] No se arrepentirá».

Por el contrario, podemos conseguir eliminar de nuestras vidas a quienes más nos quieren con tal de destacar. Es difícil la convivencia cuando se impone un jefe; todos pensamos que lo nuestro es lo importante, que somos imprescindibles y, para no quedar al margen, somos capaces de hacer cualquier cosa incluso lo que antes hemos considerado como atrocidad, «Pili me clavó sus ojos azules, sus ojos inundados de mar y me sentí realmente triste».

De la misma manera nos comportamos ante la fama; da igual que lo que se diga sea verdad o mentira, da lo mismo que alguien salga herido. Importa la inmediatez, el momento de gloria ante las cámaras, en las redes. Aunque sea efímero. Y esto contrasta con el dolor, el verdadero dolor, el que nos va a marcar para siempre. Son hechos corrientes los que se narran en Nada en su sitio pero detallados cada uno como si fuera especial. Hechos que se ven envueltos en el despropósito, en la angustia, en la culpa pero buscan ante todo la redención de poder estar tranquilos, solos o acompañados pero sin el agobio de la soledad.

El estilo tierno, inocente, con un punto de ironía, consigue hacer de la lectura algo placentero.

Me ha gustado mucho, más cuando he visto que Natalia es murciana, más cuando he leído que también su familia da los abrazos chillaos.

martes, 14 de julio de 2026

HISTORIAS DE NADIE

Diez cuentos, diez relatos basados en la historia de España más incómoda: la que refiere el sufrimiento, el dolor, la injusticia, las torturas, las muertes de quienes han nacido en el lugar equivocado, en el bando contrario; los que han estado en contacto con los campos del país y han dejado sus restos en la tierra para que sirvan de abono a un suelo que los vio crecer y los ha acogido en su muerte mientras se beneficia de ellos. Así se ha formado este país, enriqueciéndose con las hazañas de los invisibles, glorificando a unos pocos que pueblan la historia de España con grandes acontecimientos.

Historias de nadie es la historia de la tristeza y del padecimiento del hombre como ser individual en la gran historia universal. Cualquier acto glorioso, o vergonzoso, es conocido por el lugar donde se llevó a cabo y el apellido del “prohombre” al mando. Así consta en los libros y manuales. Albert Merino ha querido destacar a las personas sencillas que se jugaron la vida, y en muchos casos la perdieron, sin importar demasiado a los próceres de la patria, porque en momentos de ofuscación no se piensa que la muerte de un hombre, de un niño, puede llevar a la miseria a una familia entera.

Historias de nadie es la historia de Ramiro, de Hialas, de Faustino, de Agustín, de Amparo, de Fray Marciano, de Santiago, de Narciso, de Madani, de Gaspar… de tantos que sería imposible nombrarlos a todos, porque son el país, dañado una y otra vez por diferentes causas. Ramiro, lucha terco en 1984 para poder ser enterrado al lado de su mujer, aunque sea cavando su propia tumba. Los asesinatos encubiertos por ideologías políticas terminan con la vida de los republicanos en 1934; también cae alguno de la CEDA «El militar quita la pistola de la boca de su víctima y se oye una carcajada generalizada, supongo que, del miedo, el pobre desgraciado se habrá meado o cagado encima, y esos degenerados lo celebran».

Ya en Soria, en 133 a.C., los celtíberos aguantan quince meses de bloqueo de las tropas romanas, hasta que prefieren un suicidio colectivo a rendirse a Escipión. Hialas es quien nos cuenta la decisión «Dejar un recuerdo que ni siquiera los romanos olvidarán, un recuerdo que los estremecerá generación tras generación […] ¿Qué decís? No digo nada pero tengo claro mi voto: la rendición».

No todos son héroes. O sí. Porque hay que ser muy valiente también para preferir ver el cielo cada mañana aun a costa de servir a otro toda la vida. La vida como bien único que todos poseemos y que algunos se creen con derecho a arrebatar las que les apetece. Como la guerra absurda y cruel que se vivió en España en 1936 y que detalles supersticiosos podían decidir en algunos casos si seguías con vida. Guerra que siguió en 1938 y en las montañas de Lleida se cobró las vidas de muchos jóvenes republicanos que nunca habían utilizado un arma «—Qué va, Garrido, a mí me alistaron a la fuerza en mi pueblo. Muchos huyeron, pero mi padre, que es de la FAI, me dijo que tenía que defender la libertad de España frente a los fascistas. Y aquí me tienes».

También el siglo XIX fue especialmente duro. Mendizábal ordenó suprimir las órdenes religiosas expropiando conventos para celebrar el triunfo de la revolución liberal, en 1835, de la 1ª Guerra Carlista. Lo de menos eran las vidas de los frailes agustinos, lo que contaba era la plaza de toros que levantarían al tirar el convento.

En 1836 las tropas carlistas deben apropiarse de ganados y tierras para consolidar «la causa del legítimo rey de España». No importa que haya una familia más o menos de pastores «No es posible. Es su medio de vida, y el de Luisa. Y Luisa está preñada». Y así se hicieron muchas guerras, muchas matanzas, sin organización, sin pensar en las consecuencias, «Y, sin más, apunta y descerraja un tiro en el pecho del pastor, que lo mira incrédulo mientras las cabras salen disparadas montaña arriba».

Antes, en el siglo XVI, cualquier mujer podía enfrentarse a la Inquisición por venganza de todo aquel al que no quiso complacer. No hacían falta pruebas para saber si decía la verdad «—¿Para mayor gloria de Dios? ¿Quieren ustedes que todo el pueblo me vea las tetas para mayor gloria de Dios? ¿Y después qué? ¿Qué creen que hará mi esposo después? Repudiarme, abandonarme […] ¿Podrán fornicarme Bartolomé y cuantos quieran del pueblo?».

En fin, ya en 1485, hizo falta una revuelta campesina para acabar con la servidumbre feudal. Los campesinos pagaron con sus vidas antes y durante la lucha. ¿Es este el objetivo de la historia de España? ¿Formar la patria con el dolor y la sangre de los débiles? Albert Merino, con un tono reflexivo, pausado, expone y razona sobre los horrores a los que podemos llegar.

Los diez cuentos son diez etapas diferentes que han formado la intrahistoria de nuestro país. Los temas giran, en todo momento, en torno al miedo, a la injusticia, al dolor de los trabajadores. Son cuentos que no están cerrados pero sí engañosamente abiertos para dejarnos meditando con unas voces narrativas que, ya sea en primera o tercera personas, mantienen la intensidad emocional.

Relatos detallados de un momento clave que aluden a un todo. Hay que leerlos, razonar con sus personajes y discurrir qué futuro queremos.

martes, 7 de julio de 2026

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR

Cuando hablamos de amor podemos estar refiriéndonos a engaño, a hartazgo, de la pareja o de la propia vida, a alcoholismo y sexo o imitación, a odio y violencia… No es necesario explicar en profundidad situaciones, no son imprescindibles copiosas descripciones para tener la certeza de que algo no va bien: «Baila conmigo —le dijo la chica al chico, y luego al hombre; y cuando vio que el hombre se levantaba, avanzó hacia él con los brazos abiertos».

Basta la repetición de un término que iguala oraciones y la insistencia de una palabra, para enfatizar la idea que se quiere destacar.

Basta con que no se diga nada para decirlo todo. Leemos a Raymond Carver en una tensión constante, desde la primera línea «Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa». Y la angustia se instala en nosotros cada vez que empezamos a leer uno de los diecisiete cuentos que componen De qué hablamos cuando hablamos de amor; cuentos sin un final cerrado que, sin embargo no dejan lugar a dudas sobre cómo acaban.

Con pocas palabras, Carver expone, en El señor café y el señor arreglos, engaño, indiferencia, alcoholismo difícil de superar. Choca cómo el hombre se dirige a su mujer y lo que le dice; la falta de interés es evidente. No pedimos permiso para abrazar a la pareja, para besarla, para estar con ella, si todo funciona bien; por eso la respuesta de ella marca con evidencia el final de la relación. Aun así continúan juntos


—Cariño —le dije a Myrna la noche en que volvió al hogar—. ¿Qué tal si nos abrazamos un rato y luego preparas una cena apetitosa de verdad?

Y Myrna dijo:

—Lávate las manos.

Son personas de baja extracción social; viven con lo justo o pasando necesidades pero la mujer no puede independizarse porque no podría hacer frente a los gastos o por convicción social. Estamos en la segunda mitad del siglo XX, en la América profunda. Las dificultades, o alegrías, se celebraban con alcohol. Era la solución más barata que ayudaba a olvidar por momentos para darte de bruces con la realidad una y otra vez, poniendo a prueba, una y otra vez, la resistencia «Por la mañana me echa Teacher’s en la barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana».

La actitud de los personajes es inquietante, también es turbadora la relación que mantienen con el ambiente, normalmente presidido por el alcohol, aun en las clases más pudientes, por eso Mel, doctor, no tiene problemas en mostrar su tedio hacia su mujer delante de una pareja de amigos e insinuarse a la novia. Todo puede empeorar en un momento determinado porque los personajes no tienen filtro. Beber una y otra vez los hace actuar de manera violenta.

El lector percibe el desencanto, el fracaso que arrastran, difícil de eliminar. Se han destrozado como personas, como sociedad, en un momento en el que “el sueño americano” que nos quisieron vender en películas y series de la época dorada de Hollywood, se deshace en la realidad. Personas acompañadas por sus parejas, hijos, amigos, totalmente incomunicados. Hablan con otros para oírse a sí mismos; la opinión del otro no importa, solo exponen sus miserias. Por eso, aunque no quede escrito el final de la situación, tenemos cierta seguridad sobre cómo acabará. En los personajes no hay comunicación, ni lo intentan siquiera; oyen al otro pero no lo escuchan, tampoco se escuchan a sí mismos, probablemente porque sus cerebros están del todo embotados. En los encuentros beben, de forma desmedida, así que el silencio es lo que marca la circunstancia. Parece que el autor quiere reseñar que no salen las palabras, simplemente no se comunican, da igual saber por qué y cómo han llegado a eso.

Descripciones escuetas, diálogos concisos y un silencio profundo que grita la amenaza latente que nos mantiene en vilo hasta que llegamos al final y nos damos cuenta de que todo termina como empieza. Los personajes están inmersos en una terrible tragedia que Carver expone con una ligereza alarmante «Lo que Bill había querido era follar con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. Nunca llegó a saber lo que quería Jerry…».

Lo que tienen en común los diecisiete cuentos es el alcohol, motor indiscutible de la violencia y decadencia y causa inmediata de decepciones. A través de la bebida, los personajes entran en un bucle de ofuscación irracional que conlleva un ambiente tenso, agresivo, en el que todo es posible excepto la esperanza que buscan.

El lenguaje es directo, escueto. Los lectores vamos dando forma al ambiente, a la personalidad de los protagonistas, conocemos su pasado y estamos seguros de su futuro. No hay empatía entre ellos, no se rigen por códigos morales. Viven en una sociedad marcada por el individualismo. Sociedad que podría representar perfectamente a la actual. ¿Realmente el hombre es un ser social? El hombre de los cuentos de Raymond Carver es el antihéroe americano del siglo XX. No tiene privacidad, lo íntimo y lo público se mezclan; observa y es observado; la violencia queda agazapada hasta que salta consiguiendo que todos sufran furia, traición y desesperanza. Pues eso, que con mínimas diferencias, seguimos igual.

lunes, 30 de marzo de 2026

UN LUGAR TAN ENCANTADOR

Los autores que forman parte de Un lugar tan encantador me eran desconocidos excepto Elena Prieto, de la que me atrae bastante su forma de escribir. Y, en general han supuesto una agradable sorpresa. He de confesar que he leído el libro dos veces porque en la primera lectura capté algunas metáforas pero intuía que había algo más. Así que me fui a la fuente. Leí la letra de Hotel California y poco a poco mi mente se fue despejando. He visto, de forma global, en los nueve relatos que componen este volumen, una literatura psicodélica en la que predominan las expresiones sensoriales tras el uso de las drogas. El entorno de las historias se adapta a la época. La de los 70 fue una década rebelde, de probar cosas nuevas, de sentir de manera artificial lo que no podían hacer de forma natural.

Casi todos los relatos se desarrollan en Estados Unidos y reflejan, como la canción de Eagles, el lado oscuro del sueño americano. Pero cada uno tiene su toque personal. En Un inmenso desierto, Elena Prieto advierte, de alguna manera, del final de los protagonistas. Para ellos todo ha terminado; el pasado perfecto nos cuenta la decepción final «Nos habían contado historias de amor […] Nos habían contado cuentos […] Nos contaron…».Cuando seguimos leyendo encontramos ecos de la canción (compuesta en 1976) que van apareciendo para conformar una historia fantasmal, «empezamos a comernos los ratones. Luego Fredo tuvo esas fiebres. Y después se olvidaron de nosotros». Ecos surrealistas avisan de sueños que no lo son, es el miedo de los niños cuando lo que perciben no es amor, «a mamá le dio como una risa de filos […] y se quedó dormida al lado de Fredo que también se durmió enseguida». Familias deshechas, atrapadas en su interior sin poder salir a la vida aunque quisieran. Personas que creen estar en un cielo cuando «también podría ser el mismo infierno».

Esta paradoja cielo-infierno la retoma Andrés Gusó en Voces en el pasillo. El estilo de Gusó se asemeja al de la literatura de terror psicológico de Poe. Un cura va a un desierto, en esta ocasión al de Tabernas, a asistir en un convento de monjas. El viaje, aunque cómodo, es largo, como los solos de la guitarra que oyen por la radio del Mercedes, «unos acordes de guitarra de casi un minuto de duración». El autor avisa del final que le espera al protagonista, «al final de ese viaje: un convento de clausura» y de la situación tan extraña a la que deberá hacer frente «No utilizamos vino desde 1969»; los actos desmedidos del pasado tendrán consecuencias en el presente, tiempo que una letanía infernal, sin tregua, se encarga de recordar.

Paula Palacios matiza con precisión los excesos sexuales a los que lleva el éxito en Hotel California. También el protagonista viaja en un Mercedes, también toma drogas que le hacen descubrir «una luz brillante, una claridad que le nublaba la vista y lo atraía hacia ella».

Palacios une la realidad del viaje con la ficción alterada por causa de los alucinógenos. El tiempo y el espacio quedan trastocados, por lo que la serpiente aparece como símbolo del cambio en Nené, cantante de los Gamusinos Suicidas al que, con un juego de palabras, el Hotel Galifornia se encarga de mostrarle la realidad que encontrará cuando no experimente los efectos de la droga.

Jorge Doménech reaviva en Es Trés el sexo duro con drogas del que nos avisaba la canción, «aún sostiene las dos copas y el vino del sesenta y nueve». Al practicarlo, el protagonista se siente un dios invencible que, sin embargo, quiere desaparecer por las mañanas. Un dios que no lo representa y al que decide anular para sacar a flote sus verdaderos deseos, aunque «No estará seguro de si escapa al cielo o al infierno».

María Collado escribe en Camas una pesadilla de la que la protagonista no sabe si saldrá o no aunque los lectores estemos avisados por las metáforas tensionales que salpican la narración «lloro con unas lágrimas que se deslizan por mi cara pero que no me mojan».

Álvaro Jarillo libera, en La maleta el pensamiento; la moral se deshace en el horror vivido y la razón se desprende de toda lógica «el director les ayudó a cambiar la bandera. Esta vez pusieron una que tenía colores verdes y blancos». El niño protagonista queda atrapado en un hotel con las cadenas que forman sus deseos, intenta fusionar su vida con sus propios dibujos, hasta que los lectores somos conscientes de que se lo impide la vivencia grabada en su mente.

Elisa María Martínez expone en Siempre ella los efectos devastadores del trastorno mental. No solo afectan al enfermo, también a sus familias. El protagonista se escuda en el psiquiátrico al que debe acudir a ver a su hermano para destrozar su vida, una existencia en la que decidió abandonar a su prometida para abrazar las drogas «Los faros se extinguieron, la radio emitió un último suspiro de ruido blanco […] su respiración le daba miedo». Un relato sorprendente donde la autora explora los miedos psicológicos y el final, sorpresivo, será bastante oscuro.

Franco Chiaravalloti mezcla, en Lugares como cuerpos, reflexiones reales con visiones oníricas. El sarcasmo no se olvida en un relato con altas dosis de suspense y terror donde el protagonista se deja llevar vencido por las amenazas «Aunque debamos registrarnos para ser admitidos nadie puede dar cuenta de lo que ocurre dentro de la habitación».

Finalmente, Íñigo Redondo Egaña, en No te puedes ir explora los miedos internos y sociales, el terror escatológico se une al asco y al sexo, mentes que no son humanas o no pueden serlo «experimentando en lo que denomina bioarte: la creación de seres vivos que sean obras de arte en sí mismos». La creación y la destrucción se dan la mano en este impresionante relato que recoge todo el placer y remordimiento de Hotel California: la serpiente, los ratones, el champán rosado, el hotel, la luz… Vivimos en un hotel, un mundo poblado por seres extraños del que no podemos escapar, donde somos prisioneros de nuestro propio artificio. Donde la autodestrucción es la norma.

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ÚNICO ANIMAL

La verdad es que esta vez he jugado con ventaja: me gusta la editorial Talentura, me apasiona el cuento y me encanta Chelo Sierra, así que leer El único animal era un éxito seguro a pesar de la portada un tanto inquietante y que, en el fondo, refleja el estilo de la autora: desenfadado, fresco, con aportes de humor pero incisivo, para recordarnos algo que parece que hemos olvidado; no estamos en un mundo donde todo es estética, no todo quiere alcanzar la superficialidad como sinónimo de felicidad, no todo se puede infantilizar. Los peluches-disfraces que cuelgan de una barra, en la portada, transmiten desde la profundidad de su mirada inerte, la derrota a la que los hemos llevado.

Están en nuestras manos; no se rebelan, no los dejamos. Solo si los miramos directamente a los ojos podremos adivinar también nuestro fracaso.

Es curioso el título para un libro de relatos cuyos protagonistas son animales, diversos, diferentes, todos utilizados por el hombre para su beneficio quien, haciendo gala de su inteligencia, es el que se erige en narrador de estas historias.

Historias que nos interpelan y consiguen que nos cuestionemos si de verdad nos importan estos animales y hasta qué punto estamos comprometidos con ellos. Normalmente, en la relación que mantenemos en un mismo ambiente para humanos y animales, llevamos las de perder porque quedaos como insensibles o como estúpidos.

¿Quién es entonces el único animal?

El libro de Chelo Sierra contiene 14 relatos; en trece, los animales son personajes directos; el último alude a los animales y al proceso de publicación literaria, una manera algo disparatada y valiente de asumir la autoría y aceptar el verdadero riesgo de las redes sociales: «ignora que el escritor magnífico desvelará en algún momento su autoría porque no hay escritor, por magnífico que sea, ajeno a la vanidad».

En El ruido de los pájaros al caer, la autora denuncia la incongruencia de aquellos que aspiran a una vida natural como sinónimo de tranquilidad. Algunos pretendemos cerrar el campo como si de una habitación se tratase. A muchos de los que se decantan por vivir en la naturaleza, no les gusta el campo «por más que se empeñen en abrazar árboles, por más que se pongan pantalones multibolsillos y lleven en uno de ellos una navajita Opinel». En realidad molestan los animales.

Otros nos proclamamos amantes de los animales sin tener en cuenta el sufrimiento por el que algunos deben pasar para que consigamos avances estéticos, científicos o que satisfagan nuestra calidad de vida. Hay en la sociedad actual un maltrato animal silencioso y permitido y, consecuentemente, cierta deshumanización aceptada.

Rodeamos nuestro entorno de avances tecnológicos sin tener en cuenta la fauna que se desenvuelve en él y después, cuando no tiene arreglo, nos asombramos de la destrucción de determinados ecosistemas que, antes o después, influirán en el cambio climático que irremediablemente contribuirá a la aniquilación de nuestra forma de vida.

El hombre es un ser superior, esto lo tenemos tan asumido que a veces se nos olvida nuestra propia ignorancia. Los animales no son muñecos de peluche, son seres con pegas, con inconvenientes y, a veces, nos arrepentimos de habernos hecho cargo de alguno de ellos. El egoísmo es evidente, hablamos de lo que nos aportan los animales de compañía pero no de lo que les aportamos nosotros. A veces los entornos son poco aptos para la convivencia animal-humano, gozamos de comodidades que no lo son tanto para ellos.

En fin, los cuentos abordan la condición humana; cómo hemos ido introduciendo animales en nuestra vida y, al final ha ido en detrimento de su libertad, porque nosotros no queremos renunciar a la nuestra. En un mundo incongruente buscamos el sentido aunque no lo tenga.

Entonces nuestra esencia se desvanece en el bienestar de nuestra existencia «Vuelven a sacar las imágenes de los terneros muertos, supones que para darle mayor dramatismo a la noticia y tú te preguntas qué más da que estén muertos si total los llevaban al matadero. Eres una mujer pragmática […] Llamas a Glovo. Pides una hamburguesa. Poco hecha. Y de las grandes, que tienes hambre».

Creemos vivir de forma auténtica sin darnos cuenta de que no asumimos nuestra responsabilidad sino que nos evadimos en lo que otros han calificado como idóneo. Chelo Sierra invita a que .llevemos una vida consciente de nuestra realidad porque si anulamos la responsabilidad podemos estar en un sinsentido «Urgente: cambio dos relatos sobre problemas conyugales por dos que traten de animales».

Vivir de manera auténtica sin dejarnos llevar por lo que se espera de nosotros «Los sonidos molestos van desapareciendo al mismo ritmo con el que lo mencionan los huéspedes, aunque siempre surgen nuevas quejas».

La familia puede transformarse en una atmósfera opresiva para los animales, también para los ancianos. El hombre, y la mujer, moderno necesita autonomía sin que nada ni nadie coarte su libertad de movimiento, porque eso es lo principal para mantener la vida que hemos elegido en la que, a veces, tampoco disfrutamos «Anda, hija, nosotros ya hemos estado un ratito juntos, ve a casa, corre, no vaya a ser que le pase algo al perrín […] sí, me voy que ya es muy tarde, cualquier día llego y le ha dado un síncope».

El único animal es un espejo en el que su autora nos invita a examinar nuestra conciencia, generalmente contradictoria. En los relatos observamos un reflejo fiel de la sociedad actual, con tensiones, temores y discordancias de nuestra época. Unos, muestran deseos ocultos, como El coraje de los héroes y otros, las verdades más indignantes: Crema antiarrugas, Demasiadas veces, Bioko y la artista…

Chelo Sierra nos invita a reflexionar y cuestionar la veracidad del mundo narrado y real.

martes, 12 de agosto de 2025

EL NUEVO

¿Por dónde empezar a escribir tras leer El Nuevo?

Sin duda, por agradecer a Babelio y su Masa Crítica la oportunidad de conocer a Rogelio Guedea. Y agradecer a Rogelio Guedea que escriba como lo hace, tan bien, con tanta fuerza, con tanta poesía dentro de un realismo de lo más sucio que podamos imaginar. Vivimos en un mundo en el que la violencia es cada vez más habitual, estamos acostumbrados a ver morir inocentes pero no queremos, o no podemos, adentrarnos en las causas y en las consecuencias humanas y sociales.

Guedea sorprende y analiza en su discurso cómo se construye la violencia, con palabras, con hechos que se reflejan en la experiencia de los más desprotegidos.

El Nuevo son catorce cuentos en los que las situaciones se dan en un contexto feroz. El conjunto es el testimonio de los que viven en un infierno y no han conocido otra cosa «lo que tenía que hacer era coger la cinta que estaba en la repisa de concreto y pasárselas de nuevo por la boca, dándole dos o tres vueltas, hasta que quedara bien apretada. Tengo haciendo este trabajo desde que entré a quinto de primaria, hace dos años».

Analizamos la realidad y cómo la perciben los personajes que viven un determinismo absoluto. El autor se arma de términos coloquiales, diminutivos cariñosos o bellas descripciones para entregarnos una narrativa combativa, denunciante, comprometida. A pesar de la brevedad de los cuentos, la carga simbólica es evidente; el sufrimiento individual y colectivo está latente en la palabra de Rogelio Guedea. La acusación es evidente. La desesperanza, también. Las agresiones físicas o psicológicas se viven como corrientes, como si formase parte de lo habitual descuartizar personas, como si desaparecer de pronto estuviese dentro de lo razonable, como si perder un hijo fuese natural, «El hombre hace un hueco en su cuerpo para que ahí se recueste la niña. Un hueco oscuro, donde ahora duerme toda ella solita: para siempre».

Este mexicano golpea a todo y a todos y grita lo más sórdido de la sociedad, lo más animalizado del ser humano. En El Nuevo, un pueblecito imaginado, pero tan real, de México, no hay esperanza; la corrupción alcanza todos los niveles en los que el autor explora el dolor y la condición existencial del hombre. Es un pueblo pequeño y, aun así, cada uno de sus habitantes se mueve en su propio mundo interior, oscuro, sórdido, tan personal que ni siquiera es opresivo; se acepta. Son piezas que se dejan llevar por el envilecimiento reinante, «…que lo llamara mañana temprano, se comprometió a hablar con el capataz encargado […] De la ilusión hasta el hambre se le había quitado. Gracias, Eloy, dijo […] escuchando la voz del otro lado del auricular diciéndole número inexistente, número inexistente». No hay piedad para nadie. Es la realidad que golpea constantemente, acompañando al individuo, pero esta realidad no es otra que su propia angustia, forma parte de él y constantemente lo oprime; la ley, corrompida, campa a su antojo, expuesta también a las consecuencias de la opresión «El policía se lo echó a la bolsa de atrás del pantalón […] y ufano, dijo: usted encárguese de que las méndigas plagas no le hagan la vida imposible y yo aquí me encargo de que ni un alabestrado le vuelva a robar sus herbicidas. Ta’güeno, dijo don Chema».

Los personajes de El Nuevo se mueven en circunstancias reales de miseria. Leemos un cuento y pensamos que no se puede caer más bajo. Y entonces leemos el siguiente. Las condiciones literarias de supervivencia son tan reales que nos permiten analizar el condicionamiento que define a cada ser humano. Hay quienes solo conocen el dolor y el miedo desde que nacen. No pueden luego aportar otra cosa. Para Guedea, una anécdota como un cumpleaños o un entierro es el detonante para desvelar toda una vida; asimilamos lo sucedido pero no tenemos claro la repercusión. Ni siquiera los protagonistas están seguros de sus actos; todo forma parte de una pesadilla, de una terrible angustia, «es que usted me puso tanto a matar, que ahora ya no sé hacer otra chingada cosa […] Bosques miró al interior de los ojos de Camachín con extrañeza. En realidad era la primera vez que no sabía lo que tenía que hacer».

La narración de Rogelio Guedea no es lineal; a veces aparecen analepsis otras, el presente es una fotografía fija del pasado y del futuro. Nos movemos en un sincronismo; la simultaneidad de planos despliega el caos de la violencia; la vida pende de un hilo en cualquier momento porque el ser humano es imprevisible «Nadie supo en qué momento el cuerpo de Chavira que flotaba por detrás de la reventazón, desapareció».

El autor narra para el pueblo con un estilo coloquial. Los refranes, los dichos populares conviven con mexicanismos y vulgarismos: «a moco tendido», «bien sabía que a ojo del amo engorda el caballo», «lo están poniendo como palo de gallinero», «cuanti más…». El folclore se camufla hasta desembocar en lo abstracto del destino; una fatalidad de la que solo se puede salir mediante la muerte. Es la libertad para los inocentes. El destino impide así que los más puros se enfrenten al infierno que les pertenece.

El realismo sucio que rodea a El Nuevo se transforma en un realismo mágico cargado de lenguaje evocador, denunciante. Es la literatura comprometida de Guedea «Cuca era un pajarito y así, su cuerpo flotaba como flota un velo de novia sobre el viento».

En El Nuevo no hay verdaderas familias, aunque sean interminables, ni verdadera policía, aunque esté en todos los caminos, ni verdadera justicia. Todo es una metáfora despectiva que convierte la vida del ser humano en una pesadilla amoral. Metáforas explícitas que aparecen cargadas de connotaciones agresivas que animalizan al hombre. No hay equívocos en la interpretación subjetiva. El significado del contexto juega un importante papel en la crítica sociocultural donde se suceden fotogramas como si la existencia formase parte de un cómic en el que a pesar de los elementos fantásticos, los personajes portan características humanas y se mueven en situaciones reales. Guedea explora el dolor, el terror, la muerte como partes de la condición humana, vividas en la existencia y generadas en el sueño, aunque a veces los protagonistas no sepan si todo sucedió al revés. Cualquier cosa puede pasar cuando la frontera entre lo real y lo mágico queda rota. Es un mundo machista donde la mujer permanece invisible, desvalida aunque no lo sea «la mujer, una hilacha, se disolvió en el aire», soportando las condiciones más duras sin quejarse, sin tener derechos médicos o jurídicos, es el desecho de los desechados, una cosa que se puede vapulear al antojo de quien quiera «un espantajo de mujer, un vestido deshilachado, colgando de un tendedero», algo sobre lo que el hombre tiene derecho a decidir qué hará en cada momento.

Con términos coloquiales el narrador refuerza la condición indefensa de los proletarios. Las enumeraciones asindéticas alargan lo que interesa en cada momento. Todo lo que rodea al pequeño pueblo de El Nuevo es exagerado, hiperbólico, la familia, la tradición, el odio, la corrupción y la bondad. Los detalles contrastivos evidencian la pobreza. Las reduplicaciones de términos alargan el dolor o la sensación de vivir algo irreal. El narrador en tercera persona omnisciente, confunde su voz con la de algún personaje y la narración cambia a primera persona al no separar con guiones las voces del discurso.

Las reglas sintácticas pueden romperse, también las sociales. El autor juega, así mismo, con los tiempos verbales en la narración, usando el condicional cuando le interesa que lo ocurrido adquiera un aspecto imperfectivo «Sí, licenciado, diría ella».

Y, por supuesto, las repeticiones anafóricas permanecen en los lectores como una letanía incesante que coloca la muerte como una tragedia antigua y habitual en la vida de El Nuevo.

Contrastes irónicos denunciantes. Una prosa demoledora, indispensable porque, entre otras razones, clama por los derechos humanos para todos aquellos que no los tienen. Se los negamos.

martes, 29 de abril de 2025

PÚSTULAS

No cabe duda de que Talentura es sinónimo de buena y diferente literatura; en esta ocasión ha apostado, de nuevo, por Raúl Ariza, una de las mejores voces de la narrativa actual, y si alguien lo dudaba no tiene más que leer su último libro: Pústulas, dividido de manera desigual en doce relatos y dos partes. La primera, Epidermis, contiene once historias, mientras que la segunda, Dermis, solo una: La vida desde mi ventana, cuyo protagonista es un mero observador de lo que ocurre en su entorno; conoce a los vecinos, está enamorado, pero no participa en una serie de acontecimientos espectaculares, que nos va relatando de forma lineal, en la plaza del barrio, llevados a cabo por unos vecinos con música y artificios en directo. Todos se implican en este evento y todos comparten felicidad excepto él que, aunque desea estar al lado de Maribel y su hijo Tito, expía sus pecados como si fuera el protagonista de la ópera que están representando. ¿Pretende redimirse a través del amor como Tannhäuser? En cualquier caso la algarabía de la plaza contrasta con su silencio y soledad.

Los relatos de Epidermis mantienen cierto tono decadente con el que puede enfatizar la desilusión de los protagonistas, Las últimas lluvias da fe de ello: «Dentro estoy a gusto, a pesar del calor». A través del declive expuesto aparece cierta búsqueda de la belleza que abre una finísima veta, índice de una personalidad celosa, controladora, capaz de albergar y mantener solo relaciones acaparadoras, tóxicas: «La caseta de mi familia a la que ella y yo venimos a refugiarnos, ocultarnos y a amarnos». El personaje pretende evadirse de la realidad con su «novia de siempre»; sin embargo, algo alerta al lector, se trata de dos adultos que continúan un amor «juvenil, irreal y apasionado». El protagonista nos transmite esta circunstancia como una heroicidad, pero esta proeza es en realidad una hombrada individual, por lo que cuando ella decide terminar con esa relación que ya no le aporta nada, él decide terminar con ella. El narrador, en sus recuerdos, explora las regiones más profundas de su sensibilidad y se revela como alguien que no acepta una catástrofe personal; pero es un cobarde, porque elimina lo que él cree que es la causa de su desgracia. 

En las reflexiones individuales de Epidermis aparece de forma tímida la crítica del autor hacia una iglesia que intenta aportar consuelo divino a cualquier depredador que se arrepienta en el último momento de su existencia. Será la justicia terrenal la encargada de castigar al asesino.

Hay otros relatos, como el que abre Pústulas, en donde el criminal es un maltratador que permanece inmune en una sociedad que lo acoge; deberá ser la propia naturaleza la que inflija el castigo, «Por culpa de la absoluta falta de ingesta y de las fiebres constantes, lucía unas ojeras profundas». En el nombre del Padre comienza in medias res para mostrar cómo se desarrolla un conflicto que empezó años antes. Con secuencias retrospectivas, el narrador, hijo del protagonista, va poniendo en conocimiento del lector la vida de este sádico que mantiene atemorizada a su familia desde el momento en que se casó.

Algunos relatos comienzan in extremis. En ellos la situación inicial coincide con el desenlace, justo antes de describir la coyuntura final. En Verso a verso, el narrador, en tercera persona, explicita una circunstancia en la que una pareja mantiene una situación desigual: él es quien habla «incandescente y envalentonado por la coca, mientras se le acerca hasta casi rozar su oreja con los labios tratando de salvar el barullo ambiental»; por su parte, «Ella esboza una sonrisa desganada». La situación es totalmente efectista y, una vez marcada, el narrador retrocede casi un mes para contar cómo se conocieron y qué hicieron hasta llegar al presente, en el que el desenlace, demoledor, es la consecuencia de esa situación final-inicial. Es lo que obtenemos al vendernos por interés, cuando sabemos que hemos tocado fondo pero aún seguimos intentando aparentar lo que nunca hemos llegado a ser.

Esta técnica utilizada por el autor nos deja intrigados desde el principio; una vez que conocemos el final, queremos saber más, queremos conocer cómo llegaron ahí y cómo termina realmente el cierre de la historia, el desenlace, el que reserva la información más importante, aunque el autor marca el tono del relato, como es habitual en él, desde el comienzo, «suaves y húmedos como el interior de tus muslos», «La fiesta se agota de forma alcohólica».

Si tuviera que definir la clave del estilo de Raúl Ariza, diría que es el uso inigualable de las oraciones subordinadas, que van apareciendo de forma encadenada como causa, consecuencia de la principal, como sintagmas nominales, adverbiales o adjetivales que completan la idea con precisión absoluta. Los lectores estamos deseosos de obtener más información, queremos entender la idea, queremos que, como en Maullidos nos vaya revelando detalles poco a poco, aunque sean demoledores «a Dios a veces también se le va la mano […] Jesús, el mayor de todos los vástagos de aquella esmirriada prole, tuvo que asumir el mando familiar…».

El factor común de la narrativa de Ariza —por lo tanto— es la oración larga, que imprime en el lector la sensación de reflexión. Aunque algunos relatos sean más cortos que otros, ninguno mantiene un ritmo rápido, todos invitan a leer con calma, algo que los reviste de atractivo; es la propia subordinada la que va generando interés a través de sus conectores «Desde el día de Todos los Santos; cuando […] que […] y […] para […] y […] y […] que […] por […] que […] hasta […] durante […] que…». Oraciones que pueden ocupar media página en las que se van dando a conocer relaciones tóxicas con una madre, los contrapuntos en relaciones amorosas, consecuencias de la invisibilidad (sobre todo de la mujer) la desubicación de la soledad, la necesidad de supervivencia y la aceptación de la derrota. Son relatos que se van pegando a nuestra piel y oprimen como Aquellos zapatos a su protagonista.

Otros recursos literarios conforman Pústulas como una joya que es conveniente releer: las metáforas literarias compiten con las meramente sexuales, «primero la encandiló con unos cumplidos en asonante». La personificación de símbolos religiosos y políticos constriñe con más fuerza a los desvalidos «Un rastro rancio de incienso, teñido de un azul peleón sobre el que destacaba un yugo con flechas bordado en rojo sangriento, le daba cada mañana los buenos días a la ciudad». Las comparaciones abstractas resultan evidentes por obvias. El uso de varias perífrasis verbales en un determinado contexto expresan diferentes matices de la significación del proceso narrativo «suele bajar», «puede encontrarse», «comienza a arrepentirse».

Escrito en párrafos anafóricos, Necedades, otorga notoriedad a «Algunas cosas no cambian nunca» como la desaparición de la intimidad familiar, ejecuciones y violaciones a los más débiles, engaños amorosos, el cuerpo se apaga a pesar de la mente o las relaciones frías sin amor.

El empleo de perífrasis enfatiza la información del narrador mientras crea sensaciones vertiginosas en el «desvarío corporal al que con frecuencia me someto».

La crítica irónica a la Iglesia deviene en sátira en ocasiones «antes de ser abatidos y silenciados por los que se sabían apostólicamente vencedores».

Merece la pena leer Pústulas. El estilo es apasionante. Y merece la pena el cambio de registro efectuado en Cienfuegos, en el que el humor irónico, poco reflexivo, insolente del protagonista pone en evidencia su cinismo y falta de valores. Raúl Ariza dramatiza lo cómico hasta la tragedia mientras lleva a cabo una apología del crimen y del machismo en un mundo excesivo y peligrosamente cercano.