sábado, 29 de abril de 2023

EL HOMBRE QUE MATÓ A ANTÍA MORGADE

Ya he terminado la trilogía; en esta última entrega Arantza Portabales no da respiro al lector. Tampoco a los protagonistas; por eso, precisamente, los lectores creemos que la tensión en la que nos ha dejado, como quien no quiere la cosa, debe ser disuelta con un nuevo título.

En El hombre que mató a Antía Morgade la culpa vuela por encima de los personajes, de todos, incluso de los que creemos que no la tienen. Y es difícil vivir con sentimiento de culpa porque conlleva rencor, ira, depresión, ansiedad…, un cóctel incendiario capaz de destrozar lo que lo rodea sin que el culpable sea consciente de la responsabilidad de sus actos, «se limitó a recibir nuestras condolencias, sin sostenernos la mirada. Sé lo que piensa […] Nos culpa para evitar sentirse ella culpable».

En esta ocasión, un grupo de personas se reúne en Santiago después de veinte años sin verse, para celebrar que Iago es un famoso biólogo y vuelve a España con un futuro prometedor. Iago reserva una mesa en un restaurante al que irán Mónica, que ha conseguido tener cierta fama como modelo e influencer en las redes sociales; Eva, casada y trabajadora en una peluquería, Lito, drogadicto en proceso de rehabilitación; Xabi, conductor, casado con Vanesa y Carlos, cantautor, amargado desde que se quedó solo en el mundo.

En realidad, todos formaron parte de una familia en un piso de acogida cuando eran adolescentes. La familia, porque en realidad no tenían a nadie más. Carlos se incorporó al grupo, con su hermana Antía, cuando murieron sus padres, sin ser conscientes de que no iban precisamente al paraíso. En la casa de acogida, Héctor, un trabajador, violaba a las chicas y las amenazaba para que no hablasen.

Una mañana encuentran a Antía muerta en el salón. Se había cortado las venas y sus amigos pensaron que lo hizo por el miedo a quedarse sola en el piso, con Héctor, cuando Carlos, a punto de cumplir la mayoría de edad, debería abandonarlo para estudiar o buscar un trabajo. Para no perjudicar al programa de acogida, todos callaron en el juicio contra Héctor, aunque este es encarcelado por las acusaciones de otra chica. El grupo rehace su vida hasta que dos décadas más tarde el violador sale de la cárcel y Iago pretende recuperar la unidad familiar. En la cena de reencuentro, Xabi es asesinado. A partir de ahí, los inspectores Santi Abad y Ana Barroso, junto al comisario Álex Veiga deberán aclarar quién mató a Xabi y quién fue el culpable de la muerte de Antía. Las cosas no van a resultar fáciles. Santi fue compañero de colegio de Carlos y Iago, así que le costará trabajo mostrarse imparcial en el caso y pondrá en peligro su participación. También Santi y Ana vuelven a encontrarse tras pasar ella dos años estudiando Criminología en Ponferrada, «La distancia y el tiempo lo habían puesto todo en su sitio. Se había acostumbrado a hablar con él a diario. […] Se prometió a sí misma que sería mejor».

Durante la investigación, verán que no todo es tan claro como parece; los personajes ocultan datos, esconden sus verdaderos sentimientos, mienten por miedo. Antía fue una niña atormentada, infeliz, de la que abusaron y a la que crearon un remordimiento tal que no la dejó vivir hasta que terminó suicidándose «—Y en eso consiste una investigación policial, en ir destruyendo esos estereotipos. En apartar lo superficial y destruir la parte real que habita en cada uno de los sospechosos».

La velada de reencuentro sirve para que los que quedan de esa familia desconfíen unos de otros y, sobre todo, de un violador que a su vez desconfía de todos, también se siente acorralado y tiene miedo. También por miedo pueden llegar a cometerse actos atroces.

Los protagonistas son personas que vienen de familias desestructuradas y tienen la desgracia de formar una nueva familia también desestructurada. Si nos preguntamos qué podría salir mal, está claro que la respuesta es evidente. Portabales da un giro más de tuerca hasta introducirnos en un ambiente agresivo y desquiciante, no solo para las víctimas, también para los verdugos y la policía, que debe trabajar bajo triple presión, personal, profesional y mediática.

Los personajes tienen perfiles diferentes: Mónica vive pendiente de su fama, ha luchado por abrirse un futuro en los medios de comunicación y aprovecha cualquier ocasión; Iago tiene un panorama de éxitos profesionales en la ciencia y no quiere que ningún suceso empañe el prestigio que ha conseguido; Eva ha logrado vivir tranquila con su marido, que le aporta estabilidad, algo que su débil carácter agradece a pesar de haber deseado otra vida; Lito ha conseguido tras años de adicción, estar más o menos limpio y dispuesto para afrontar un futuro que le sonría, tampoco quiere verse envuelto en ningún escándalo por miedo a ser expulsado del programa de inserción; Carlos ha conseguido actuar expresando su aislamiento y su dolor. Todos, sin embargo, tienen un punto en común, saben que el mal por el que pasaron lo llevan dentro a pesar de las vicisitudes de cada uno. Todos sienten que no ha habido justicia para ellos y todos intentan justificar cualquier degradación. La culpa los persigue, como a Antía. Lo que tenemos que descubrir es si la culpa solo se puede expiar con la muerte


—Esta canción se titula “Malditas las ganas que tengo de olvidar.

Aplauden. Hay que joderse.


Arantza Portabales dirige una mirada inquisitiva a los poderes de la culpa, más fuertes que los del amor incluso, y es capaz de transmitirlos en un thriller que no ofrece sosiego. El lector cambia constantemente de sospechoso, como les ocurre a los policías y como es habitual en la novela de la autora. Hasta la última página no tendremos descanso, y ni aun así «—Pues nos encontrará esperándolo —afirmó Carlos, estrechándola aún más fuerte y aguantándole a Iago la mirada—. Y esta vez estaremos todos juntos».


Los personajes se arrepienten de los fallos cometidos pero no del todo, por lo que el remordimiento es cada vez mayor, así que no pueden dejar atrás lo que pasó. El lector se va enterando poco a poco y se va dando cuenta, despacio, de que no hay solución para ellos. El argumento es triste, desolador, y la trama se va desarrollando a modo de tragedia griega. En realidad están determinados por el destino, fueron personajes marginados que poseen personalidades existencialistas. «Todos deberíamos olvidar. Si es que eso es posible». Casi que la policía no interviene, «no puede hacerlo»; solo al final, el buen trabajo de los investigadores logrará despejar la verdad.


La estructura sigue la línea de Belleza roja y La vida secreta de Úrsula Bas: capítulos cortos, unos narrados en tercera persona con diálogos insertos y otros en primera persona donde la voz de un personaje reflexiona sobre lo que es fundamental para él y para el caso. Aunque el lector no sea capaz de relacionarlo todo. Interesante.


Sólo echo en falta observar un espacio más gallego, un carácter más gallego. Aunque sea algo tópico me gustarían más guiños a la tierra donde vive la autora. Veo Madrid en muchas novelas, así que no estaría mal encontrar algún término gallego además del “¡carallo!” cuando se enfadan los policías.

sábado, 22 de abril de 2023

LA VIDA SECRETA DE ÚRSULA BAS


En esta segunda entrega, Abad y Barroso reaparecen distintos, Ana es subinspectora y no se va a dejar intimidar por el carácter de Santi, a quien apenas le da tiempo a readaptarse —tras pasar por una baja psicológica después de los acontecimientos entre Sam, su exmujer y la propia Ana—, cuando la desaparición de una de las escritoras más famosas del momento hace saltar la alarma en la policía.

El nuevo comisario, Álex Vega, es más joven, más resolutivo, más decidido que el anterior, el jubilado Lojo, pero por eso mismo los investigadores deberán atenerse a sus órdenes aunque a veces no estén de acuerdo. Se llevan bien a pesar de que por momentos parece que Álex, divorciado, intenta empezar una relación con Ana, algo que pone a prueba los celos de Santi y su escaso control de la ira; según él, reforzado tras haber estado año y medio en manos de una psicóloga y, sobre todo, de Connor Brenan, el psiquiatra que también apareció en Belleza Roja y que ahora es gran amigo del policía. No sabemos si lo va a conseguir, pero lo intenta «—Los vi un día en el coche juntos —se rindió Santi finalmente—, y lo único que deseé en ese momento fue matarlos a hostias […] te juro que en mi cerebro suena incluso coherente».

En fin, aunque la vida privada de los tres está en pausa, de vez en cuando saltan chispas entre ellos sin que ninguno olvide que la profesión es lo primero, «Santi siempre le había gustado y dar un paso más allá de la relación de trabajo había sido un error por parte de ella […] saber que él había sido capaz de pasar página […] aunque si era justa, había sido ella la que había pedido que lo dejasen correr».

En esta ocasión los detectives no saben a qué agarrarse; Ana deja claro desde un primer momento que el marido de Úrsula Bas, la escritora desaparecida, no le cae bien a pesar de que su comportamiento es envidiable; está tranquilo, cuida de su hija y no tiene problemas en colaborar con la policía. Barroso cree que oculta algo. Abad, por su parte, desconfía de Raquel, íntima amiga de Úrsula que, con estudios universitarios, sin embargo trabaja como su ayudante personal.

Pero las sospechas se dirigen a un caso de secuestro anterior, el de Catalina, que ahora nos enteramos de que podría haber tenido una aventura con su secuestrador y posterior asesino. Catalina lleva casi tres años desaparecida y ahora, cuando el propio asesino ofrece la ubicación, encuentran su cadáver. Las sospechas recaen en Adrián, el viudo, quien podría tener a Úrsula escondida, por lo que el revuelo policial y mediático es evidente. La verdad es que Arantza Portabales conduce la trama de tal forma que hasta el final no sabemos qué ocurrió a pesar de que, desde el cautiverio, las voces de Catalina y de Úrsula se mezclan con las del narrador en tercera persona para desvelar sus vidas, o una parte de ellas. Sabemos que ambas se sintieron queridas y valoradas por alguien que no era su marido pero era un maltratador, psicológico y físico, sabemos que este alguien sabía todos sus movimientos; a través del móvil pudo acceder a sus cuentas, a sus actividades, a sus vidas…

En este sentido también Raquel teme por su integridad, pues está siendo observada y amenazada por el secuestrador.

Trama muy compleja y un argumento muy bien llevado, capaz de mantener la intriga del lector hasta el final; de hecho, cada vez que descubrimos algo creemos saberlo todo pero quien únicamente lo sabe es la autora. Nosotros somos conscientes al final, cuando encajamos las piezas y todo cobra sentido, si es que lo tiene la mente de un perturbado.

El tema que subyace en La vida secreta de Úrsula Bas, es la soledad. Catalina y Úrsula, a pesar de ser de nivel cultural diferente, a pesar de tener un matrimonio estable, son mujeres que se sienten solas pero en ningún momento se consideran víctimas de nada, ni siquiera cuando empiezan a ser acosadas. No se dan cuenta. Caen en las redes que les tiende el acosador. Pero Catalina termina reconduciendo esa soledad en amargura; su realidad, su entorno se vuelven viscosos y se siente culpable de su decisión. Pero cuando quiere cambiarla es demasiado tarde. Una vez que has caído en la red no eres dueña de nada, tus decisiones son las suyas y tu vida también. El psicópata no está dispuesto a ser contrariado, «Úrsula […] se creía muy lista […] Catalina, que pronto se dio cuenta de que a veces me llenaba de esa rabia que yo creía tener domesticada. Asco. Yo le daba asco. El sonido de su cráneo al quebrarse era como el de un insecto bajo mi pie».

La soledad de Úrsula es el resultado de querer luchar contra la propia persona que ella misma ha construido y que una vez formada no le gusta. Úrsula deja de reflexionar sobre lo que es y se deja llevar por la autocomplacencia porque le aterra encontrarse con su yo verdadero. Cuando es consciente de que, a pesar de haber obtenido lo que deseaba, sigue estando sola, es cuando puede cambiar de actitud, cuando percibe lo verdaderamente importante, pero a lo mejor es tarde para salir de ese infierno al que ha ido entrando con gusto «coincidir con mis más íntimos y alocados pensamientos era lo que más me había gustado de él […] Hacía esas cosas para demostrarme que tenía el control de mi vida».

Úrsula deberá enfrentarse al mundo desde sí misma y cambiar su rutina para poder eliminar la tragedia personal. El encierro al que la somete su secuestrador la hace reflexionar para poder encarar la realidad y llevar a cabo un cambio.

También Raquel se encuentra sola y quiere huir de todo cuando es consciente de ello, cuando siente verdadera angustia por su cotidianeidad, «necesito alejarme. No sabía adónde iba, solo sabía que no aguantaba ni un día más en su casa […] Se quedó paralizada delante de la pantalla. Una pequeña vibración […] “Vuelve”».

Ninguna de estas mujeres podrá salir de su soledad, de la que han sido conscientes, paradójicamente, por la conexión de las redes sociales. Arantza Portabales recuerda con La vida secreta de Úrsula Bas que de la soledad sólo se sale en la reflexión que permite la soledad y una vez que nos sentimos liberados podremos llevar una vida en común liberada de tristeza.

sábado, 15 de abril de 2023

BELLEZA ROJA

El título de la última novela que he leído me resultó inquietante, porque asocio el rojo no con el color en sí, sino con la sensación que percibo. El rojo consigue despertar mi atención ante el peligro, el dolor, el calor, la pasión, el poder, la fuerza, la actividad, el éxito… Normalmente cuando leo “rojo” me vienen a la mente situaciones peligrosas y esto es lo que sentí al tener en mis manos Belleza roja. Esta bipolaridad que surge del propio título es la que ocupa las páginas del libro.

El cadáver de Xiana Alén es encontrado por su tía Lía, en su habitación, boca abajo y cubierto de sangre, en una posición que recordaba a un cuadro pintado por Aurora Sieiro, abuela de Xi. El suceso tuvo lugar la noche de San Juan, mientras sus padres, Sara y Teo, su tía Lía y unos amigos, Inés y Fernando, cenaban en el jardín de la casa. Y la tía abuela Amalia, octogenaria gemela de la fallecida Aurora, descansaba en su habitación.

Nadie hubo entrado ni salido de la casa a la hora de la muerte, por lo que el caso, para el inspector Santi Abad y la policía Ana Barroso, se presenta sin acción, es un caso cerrado en el que la lógica y el razonamiento primarán en sus investigaciones. Arantza Portabales ha escrito, en este sentido, una novela policíaca de corte clásico en la que las dudas y desconfianzas irán pasando por los seis sospechosos sin la posibilidad de que haya implicados de fuera. El asesino puede ser cualquiera. Aunque en un principio nadie mataría a Xiana —una chica de quince años, dulce, guapa y, a pesar de su juventud, pintora excepcional— el crimen se ha cometido y quien lo ha llevado a cabo figura en su círculo de allegados, «Ya nunca más desearé ser ella. Ni ambicionaré su talento. Ni podré decirle que es la reina de la luz». Aquí está la clave de todo el entramado: la envidia llevada al más alto nivel, si es que este sentimiento se puede graduar.

En Belleza Roja existe una pasión de delirio paranoico, por parte de las mujeres, que las lleva a sentirse acosadas entre ellas. Curiosamente los hombres no muestran envidia hacia los demás, creando un matriarcado familiar digno de figurar entre las descendientes de Abel Sánchez.

Las gemelas Sara y Lía Somoza han vivido siempre unidas en una casa en la que su madre, Aurora Sieiro, reputada artista y obsesionada con la sangre y el color rojo en sus obras, tenía poco tiempo para ellas, además su egolatría llegaba hasta el punto de ridiculizar a Lía, una niña que siempre quiso seguir los pasos de su madre, aunque sólo consiguió su desprecio: «Unos trabajos que su madre había ridiculizado por realistas, poco innovadores y enormemente predecibles». Aurora sentía envidia de su propia hija, Lía y por eso intenta avergonzarla con cada obra que hace, y por eso siente predilección por Sara, una niña con altas cualidades para el baile y la danza, una niña que no pinta sino que quiere ser abogada, como su padre, una niña que nunca será su rival. Amalia, la hermana gemela de Aurora, se queda a vivir con la familia, básicamente para cuidar de las niñas mientras la madre pasa largas temporadas de giras y exposiciones. La influencia de Amalia es notable en las gemelas, pero no cabe duda de que ambas viven obsesionadas con el rojo de la pintura de Aurora.

Sara se casa con Teo, el novio de Lía, una vez que ella lo dejó para ir a estudiar fuera. Cuando vuelve, vive con ellos y con su sobrina Xiana, una niña que quiere parecerse a su tía Lía y que tiene unas dotes extraordinarias para pintar.

Teo apenas influye en nada; se deja llevar por la pasión de Sara y por el amor que aún siente por Lía. Sara es el rojo exuberante, obsesivo, descontrolado; la envidia que siente hacia su hermana no la deja creer en sus propias posibilidades «—Adrián, ¿me creerías si te dijese que era yo la que tenía celos de ella?» Sara representa el tema ancestral literario de Caín y Abel. Es ególatra hasta el punto de que es ella quien se impide realizarse como ser humano. La envidia que siente es un motor con el que destruye cualquier sentimiento de amor o gratitud. Su envidia es hacia otra mujer, hacia otras mujeres; es fuente de odio y tragedia. Pero puede ser una historia repetida, que también Amalia sintiera envidia de Aurora, por haberla relegado a mera cuidadora de las niñas, a no tener familia propia.

En Amalia intuimos la amargura de La tía Tula, aferrada a la religión hasta el paroxismo, enamorada de su cuñado o envidiosa por no haber formado su propia familia.

La tía Amalia representa lo irracional en el conflicto familiar; ella ve la realidad desde una óptica diferente, desde el enfoque religioso, algo que le permite redefinir la existencia, «rezando sin rezar […] en las dos últimas semanas no había hablado de otra cosa que del apocalipsis y de baños de sangre». A través de la locura de Amalia, Arantza Portabales refleja y cuestiona la irrealidad que nos rodea, la tía es el símbolo de la crisis familiar «Abrí los ojos y estaba allí. Después fue hacia la puerta. Antes de salir, me dijo, bajito: “Tita Amalia, ¿por qué me hizo esto mi madrina?”». Su muerte sirve para que los demás tomen conciencia de lo que ocurre. Con las analogías religiosas que emplea, se transforma en la intérprete de un mensaje aparentemente indescifrable; ella es la clave que utiliza la autora para denunciar la descomposición familiar. Es el rojo del sacrificio y de la purificación redentora.

Lía es el rojo de la culpa, llega a infravalorarse tanto al lado de su hermana, que pone sus expectativas en Xiana; intenta paliar con su actitud la aversión que su propia madre tuvo hacia ella. La locura de Lía es fruto del daño que su inconsciente le causó a Sara y es consciente de que el dolor de su hermana sólo puede remitir con su propio sacrificio, «Ver la cara de Sara era como estar muerta y flotar en las alturas para verme a mí misma desde otra perspectiva».

Aún hay otra sospechosa resentida, Inés. La amiga de Sara representa el rojo irreflexivo, visceral. Inés busca constantemente respuestas emotivas intensas. Es envidiosa de cualquier mujer atractiva; personifica otra forma de envidia, por lo que los efectos que vemos en ella son, fundamentalmente, los derivados de la desconfianza que tiene de sí misma; le exaspera que su marido, Fernando, se sienta atraído por las mujeres bellas y que sea correspondido. Sin embargo no lo abandona. Sabe que nunca la va a mirar como a las otras pero no le importa mientras siga siendo suyo. Su envidia es la de alguien pusilánime que se conforma con desear el mal ajeno, para demostrar a todos que ella está a la altura y es merecedora de Fer. «Eso le dijo su madre cuando se lo presentó […] Los hombres como Fer eran siempre demasiado para mujeres como ella [,…] inteligentes, no especialmente hermosas, ni especialmente mundanas ni especialmente nada».

Inés se verá inmersa, sin ser consciente, en el problema familiar de Xiana Alén Somoza, que parte de la relación de amor-odio entre gemelas. Es interesante observar cómo ambas se revuelven contra su otro yo. ¿Es un odio hacia ellas mismas? ¿Se sienten incapaces de querer a no ser lo que no puedan tener?

Belleza roja es la tragedia de la mujer que se autodestruye y, para ello, destruye.

Y me he centrado en las mujeres porque creo que es donde está el problema. Los hombres son detestables, peleles sin personalidad que intentan suplir su complejo de inferioridad con una mujer bella a su lado. Así de viriles. Así de machistas. Fernando es un obseso de las mujeres jóvenes hasta que cae en lo más bajo: abusar de menores. Teo tiene tan poca ética que prefiere estar con su mujer sólo por tener al lado a su cuñada; Sara le aporta sexo pero Lía es quien lo satisface. Incluso el protagonista, el inspector Santi Abad, representa al típico hombre incapaz de estar con una mujer si no es ocupando el lugar secundario que le corresponde. Y puede llegar al maltrato físico o verbal «—Que sea la última vez que empiezas a hablar antes que yo».

Y el psiquiatra Connor Brennan, es otro atormentado por sus relaciones familiares; familia que deja relegada ante sus amistades o su propio interés personal «Contó mentalmente las pintas […] quizá seis. Recogió a la niña en casa de Jordan y la metió en el asiento trasero».

En fin, también Belleza roja es la inconsciencia masculina que desbarata una y otra vez el mundo femenino. Espero que en las siguientes entregas, Portabales coloque junto a Ana Barroso, la única mujer sincera, fuerte e inteligente de la novela, un protagonista a su altura para que disfrutemos nuevamente de una lectura que oscila entre la tranquilidad del ritmo de un narrador en tercera persona, la reflexión de la primera (en Lía), el dinamismo de los diálogos, la rapidez de las onomatopeyas que reflejan las acciones de los personajes y el misterio de las transcripciones de llamadas telefónicas, en las que imaginamos al interlocutor que está al otro lado de la línea.

Novela interesante que se deja leer bastante bien. Aunque sepamos con antelación quién es el asesino. Lo importante es cómo llevan a cabo la resolución de un caso que, en principio, cuesta trabajo imaginar que se pueda poner en práctica.

sábado, 8 de abril de 2023

LA DESCONOCIDA

Acabo de terminar una novela escrita por dos autores en la que ha debido haber una perfecta simbiosis porque el sello de Rosa Montero está en sus páginas. No cabe duda de que el amor es la clave de la trama. Hay una chica que aparece medio muerta y atada de pies y manos en un contenedor del puerto de Barcelona. No lleva identificación y ella no recuerda quién es, sufre amnesia, pero «Por fortuna tienes intacta la memoria anterógrada». Así que, en principio, el narrador la llama María. La inspectora Anna Ripoll encuentra el carnet de un gimnasio de Lyon donde figura como Alicia Garone. Sin embargo «Alicia no se siente Alicia, así que vamos a seguir llamándola María». Por otro lado, el inspector Zapori, de Lyon, se ve acosado por asuntos internos por lo que decide quitarse de en medio unos días y ser él quien vaya a investigar a Barcelona, junto a Ripoll. No le importa hacerse cargo del caso que hasta ese momento ha llevado el sargento Fachelle, aun a costa de ponerlo más en su contra.

Entre Ana y Zapori resolverán el caso de María-Alicia-Clara y, en un final trepidante también solucionarán el problema de Erik Zapori.

La desconocida pasa por todo tipo de problemas, el dolor la acompaña durante toda su vida, también la culpa y, sobre todo, el amor. Por amor es capaz de reconstruirse física y mentalmente. Sólo así esta desconocida será la pieza fundamental para resolver un caso de trata de mujeres. Poco a poco, María irá recobrando la memoria, otro tópico en la novela de Rosa Montero, hasta rescatar su verdadera identidad, característica que, con el dolor y la asunción de la muerte, aparece en La desconocida para no defraudar a los lectores de nuestra Premio Nacional de las Letras, desde 2017. El universo de Montero se materializa en esta novela corta que, para mayor dificultad, está escrita a cuatro manos junto al francés Olivier Truc; la fusión España-Francia también se da en los autores, quienes junto a sus protagonistas nos regalan una trama redonda en un argumento esperemos que abierto. La novela se lee en una tarde, entre otras razones porque es imposible dejarla: Los diálogos rápidos, la acción vibrante, los cambios de escenario… todo conforma una novela negra original en la que no importa si descubrimos al asesino demasiado pronto. Los autores no lo llevan muy en secreto, nos dan pistas para reconocerlo, porque lo que importa es saber qué va a pasar con Clara, con Anna, con Erik.

¿Será esto el comienzo de una saga o se trata simplemente de un experimento? Espero que tanto Rosa Montero como Oliver Truc sean conscientes de que han creado algo inusitado. No había leído nada del periodista y escritor francés; he leído casi todo de la periodista y escritora española y he de decir que me ha gustado la novela. La he disfrutado mucho porque he creído ver la marca Montero en ella. Cómo me gustaría saber si estoy equivocada o no, aunque en el fondo da lo mismo, pero creo que los capítulos impares, son lo que ha escrito Rosa. En el 1 La llamaremos María, la chica nos recuerda a una de sus protagonistas «Uno setenta de altura […]. Sus cortos y enredados cabellos son un revuelo que le nimba el cráneo […] tiene un aspecto lamentable. La piel lívida […] Las ojeras como un luto bajo los párpados. Muy delgada, quizás demasiado. Pero tiene bonitos pechos, hombros anchos, brazos musculados, una estructura atlética». Veo algo de Bruna Husky en María.

En el capítulo 3 Una noche en el Raval, María se confirma como otra de las mujeres fuertes de Montero, incluso sus conocimientos y movimientos podrían formar parte del mundo de ciencia ficción que aparece en El peso del corazón, «Krav-magá. La mítica lucha cuerpo a cuerpo que usan las fuerzas de seguridad israelíes». También Alicia, como Bruna, se sale del papel asignado a la mujer y es capaz de construirse una nueva identidad.

En el capítulo 5, El misterio de las flores, aparece Lala Fleurs, «Sus pesadas manos de gigante están cubiertas de cicatrices, como si se las hubiera quemado. Pero lo peor es el rostro, tan estirado, tan operado. Un cabezón tremendo con una carita diminuta e irreal como de Michael Jackson, la nariz como la de un duende, los labios confitados, las cejas dibujadas al carboncillo» También Tonea en Historia del rey transparente tenía la cara quemada, también hay otros personajes en la novela de Montero que se caracterizan por la desmesura, personajes cuya descripción podría estar encuadrada en cierto humor negro o irónico, personajes que nos recuerdan a los distorsionados de Valle-Inclán. Asimismo, en este capítulo el mundo narrativo queda traspasado por lo grotesco, elevando así una crítica social referida a los sectores más desprotegidos, inmersos en la droga y la prostitución «La mataron con despreocupada facilidad, como quien pisa un insecto […] Ahora sabe por qué está aquí y qué es lo que va a hacer».

Y en el capítulo 7, Yo soy, indudablemente nuestra replicante preferida, casi se materializa «Clara no contesta […] Luego agarra una maquinilla de afeitar y se la pasa por el cráneo una y otra vez, hasta acabar con la cabeza monda». También Clara, una vez recobrada su identidad, será la encargada de desentrañar el caso. Los lectores somos conscientes de estar ante un personaje que, hasta ahora, no ha sabido adaptarse al mundo que le ha tocado.

Puede que haya fallado en mis deducciones. Probablemente. Pero me ha sorprendido recordar diferentes personajes de otras novelas en Clara; de ahí mis conclusiones. Lo que está claro es que la labor de ambos escritores ha sido fantástica porque el estilo es prácticamente el mismo y los personajes están tratados por los dos como si fuesen suyos. Erik Zapori ostenta un sarcasmo que no es propio de la madrileña por lo que Truc ha debido ser el responsable. Los diálogos del capítulo 2 DominoMer me descubren una pluma nueva, socarrona, en donde los tacos son normales a la hora de dirigirse al otro «—Coño, Zapo, qué imbécil eres […] Vortard te va a joder aún más —¿De verdad crees que ese comisario de mierda puede hundirme más de lo que ya estoy?».

Pero este inspector es el contrapunto de Clara y de Anna, entre los tres, entre los dos autores, dan una chispa increíble a La desconocida. Entre los dos han destapado temas tan candentes como las autolesiones derivadas del sentimiento de culpa, la corrupción social, el acoso laboral, la desconfianza en el ser humano y la esperanza en un mundo mejor o los diferentes usos tecnológicos que conforman distintas realidades. Y entre los dos han creado una trama llena de giros, de sorpresas, de desvaríos, que al final se cierra a la perfección con un protagonista que aparece en el capítulo 1 y en el 8 capaz de enmarcar el argumento en la única salida posible para nosotros: la confianza en el otro, la lealtad y el amor. Eso es lo que ambos autores han demostrado que son capaces de hacer y han sabido transmitirlo a la novela. ¡Felicidades!

sábado, 1 de abril de 2023

ÚLTIMO AUTOBÚS A WOODSTOCK


No había leído nada de Colin Dexter y he disfrutado, gracias a Masa Crítica de Babelio, de una de las mejores plumas del Reino Unido del siglo XX. Me ha impresionado el dominio de la técnica para generar cierta tensión dramática, no sólo al final de cada capítulo sino constantemente. A veces, incluso las descripciones terminan de forma inacabada, como si fuese un cliffhanger que deja al personaje en una situación complicada y provoca inquietud en el lector. Dexter posee una tremenda maestría en la creación de pistas falsas, ni una sola línea de las trescientas páginas del libro está escrita inocentemente. El narrador y el protagonista se dirigen al lector, incluso lo manipulan para que simpatice con quien les interesa, en ocasiones con personajes irrelevantes, en otras con el propio asesino.

Último autobús a Woodstock está dividida en tres partes y, como en la literatura clásica, se atiene al comienzo, desarrollo y desenlace. Un desenlace que no llega hasta prácticamente la última página a pesar de que el protagonista sabe quién asesinó a Sylvia desde el final de la segunda parte, pero sigue jugando con nosotros, y con su compañero, para no despertar sospechas.

En la primera parte, el cadáver de Sylvia Kaye, mecanógrafa ineficaz de la Compañía de Seguros Town & Gown, «siempre había sido puntual y discreta», es encontrado en el patio trasero de un pub, que hace las veces de aparcamiento para los clientes. La chica ha aparecido violada y asesinada con un golpe en la parte posterior del cráneo. El inspector Morse es el encargado de resolver el caso junto a su ayudante, el sargento Lewis. La pareja Morse-Lewis es agradable, quizás porque se mueve en el entorno pacífico de un pueblo pequeño de Oxford, donde abundan profesores universitarios y los típicos pubs ingleses, donde ni siquiera un crimen altera las costumbres de sus habitantes.

Los movimientos del inspector y del sargento retratan a una sociedad inglesa del último cuarto del siglo XX capaz de esconder las más bajas pasiones, en los ambientes más apacibles, sin que la elegancia desaparezca. Es la clase alta de cultura elevada, machismo más elevado aún —usual en la época— y falsa religiosidad que instala al clero en sectores privilegiados mientras predica la palabra de Dios


…entre el cóctel de zumo de frutas, la sopa de tortuga, el salmón ahumado, los solomillos Rossini, la tarta, el queso y la fruta, pensaba en los millones de personas en el mundo […] víctimas del hambre en África y Asia

—Estás silencioso esta noche —dijo el capellán, mientras le pasaba el clarete a Bernard

Aunque parece sencillo en un principio, el crimen es bastante intrincado, por lo que Morse aventura diferentes hipótesis, todas plausibles, para entender lo ocurrido. El inspector lo plantea como un problema de lógica y para resolverlo no dudará en saltarse las normas oficiales que considera que pueden alterar sus análisis y razonamientos.

La realidad es que nos gusta Morse, se hace querer a pesar de contar con una mente machista, llena de estereotipos que infravaloran a la mujer, a pesar de beber demasiado y a pesar de su elevada autoestima «Y podía habérsele ocurrido a cualquier miembro de la brigada criminal […] que todas las muchachas corren como malditos patos […] —Le vendría bien una pinta de cerveza, señor. Morse pareció alegrarse un poco».

Pero el inspector es sensible, aunque prefiera hacer gala de mal humor, y está dotado para analizar cualquier caso desde la perspectiva más insospechada, probablemente por su desconfianza en el ser humano pero, sobre todo, por su confianza y conocimiento de la literatura, la mitología, la ópera y la correcta escritura «Leyó los dos textos una vez más […] si bien no es improbable […] volvió a consultar el Fowter. Eso era. Lítotes. […] y había otra coincidencia…». No cabe duda de que su curiosidad y su afán por aprender facilitan la investigación a pesar de que la trama está repleta de confusiones. Esto permite que no perdamos interés en ningún momento por el asunto.

De hecho, al final de la segunda parte, demuestra que ha merecido la pena su razonamiento. Ha tomado a los personajes como elementos necesarios para llevar a cabo la investigación. Los lectores apenas sabemos nada de la asesinada, mucho menos del asesino, pero él ya sabe de quién se trata. Aún quedan casi cien páginas de la tercera parte, en las que hace gala de su carácter presuntuoso, y nos lleva, a nosotros y a Lewis, por los caminos equivocados hasta que tiene a bien descubrir al culpable. El sarcasmo de Morse forma un tándem perfecto con la timidez de Lewis, que por momentos se transforma en hartazgo aunque al final dé la razón a su superior por el silencio mantenido, fundamental para la resolución.

Colin Dexter elabora una novela policiaca clásica, que sigue escrupulosamente las reglas dictadas por Van Dyne. De hecho el inspector es el único detective, el culpable tiene un papel relevante en el argumento, no hay mafias ni criados implicados y el motivo del crimen es personal. Todo esto lo iremos descubriendo en la tercera parte, siguiendo con avidez una trama en la que mezcla la narración, los diálogos que surgen en el momento y las entrevistas o pensamientos anacrónicos que, en forma de flashforward se intercalan en el presente para distraer la atención del lector.

El narrador cuenta hechos ocurridos en diferentes espacios y al mismo tiempo; asimismo las descripciones son exhaustivas, escritas con la intención de poner en situación al lector o, la mayoría de veces, de confundirlo «De la otra chica recordaba poco: una chaqueta fina, pantalones oscuros…, pero ¿de qué color? […] Gaye era una joven atractiva de pelo color caoba y esa noche de miércoles iba inmaculadamente vestida con unos pantalones negros de traje…».

Predominan las oraciones largas con términos especuladores y detalles descriptivos valorativos que aportan un ritmo lento, donde la reflexión se impone a la acción y aumenta la dificultad para resolver el caso.

Mediante la primera persona, Morse toma la palabra con la intención de argumentarse a sí mismo la tesis, basándose en autoridades filosóficas, mientras se dirige a un público imaginario, que no es otro que el lector real; las preguntas retóricas en tercera persona ponen en marcha la función conativa y nos acercan a sus convencimientos; entretanto las incursiones del narrador aligeran la gravedad del momento con toques de humor «El orador empezaba a sentirse un poco cansado y decidió recuperar fuerzas con otra lata de cerveza».

Morse retrata a la perfección a la sociedad inglesa, satiriza las costumbres de los altos cargos mientras empatiza con el pueblo sin alterarse, casi indolente. Por su parte, Dexter retrata a Morse a lo largo de la novela como bebedor, misógino, orgulloso, irónico, frío, minucioso, trabajador e inteligente. Pero en su relación con Lewis es donde vemos su sentido del humor único, derivado del convencimiento de la falsedad humana y de su carácter un tanto arrogante «—¿Y eso no es ilegal, señor? —Nunca he estudiado ese apartado de la ley».

El humor es constante en la novela; aparece para remarcar el cargo de inspector,


—Un whisky doble —dijo Morse, empujando el vaso.

—¿Quiere tomar algo, señor? El gerente miró a Lewis con aire dubitativo.

—El sargento Lewis está de servicio.

al utilizar adjetivos irrelevantes para categorizar a alguien o en la obsesión por la corrección lingüística


Vio a la chica asesinada

—Querrá decir —interrumpió Morse— que vio a la chica que después fue asesinada, supongo

Humor en las afirmaciones que connotan lo contrario a lo que dice y retratan al inspector. Humor en las ironías hiperbólicas que acentúan el hartazgo de Lewis y en el uso exagerado de términos cultos «Aproximadamente a la misma hora que Morse, el megalópodo se marchaba con sus compras bajo el brazo».

También encontramos animalizaciones de la mujer aunque de forma inocente, casi infantil, «pio Ruth», algo que cuadra perfectamente con el concepto que se tenía de la mujer, una persona ingenua que servía poco más que para estimular la ternura, «Por mal equipada que estuviera intelectualmente, era una chica sensible…» aunque se digan de ella verdaderas barbaridades.

Las comparaciones mitológicas, las citas literarias, los derivados que acentúan la mediocridad de los personajes, las deducciones repentinas… todo aumenta el valor estilístico de la narración y la tensión de la lectura. Los recursos de Dexter son inacabables.