sábado, 29 de octubre de 2022

EL ARTILUGIO REGIO

Mi última lectura la empecé de forma distinta a como la he terminado pues, si al principio presagiaba una narración algo soez o de mal gusto, debido al título, fui descubriendo en el estilo una manera de interpretar la realidad histórica desde la deformación intencionada de varios elementos, que llevan indiscutiblemente a la sonrisa, incluso a la risa abierta. El artilugio regio o la conspiración de las pollas no es una novela que pueda leer con facilidad cualquier lector, y no por el humor escatológico predecible debido al título, sino porque el marcado sentido histórico se deja ver no solo en los hechos sino en palabras, expresiones u objetos que ya no se utilizan y nos obligan, a los menos avezados, a buscar en el diccionario, aunque a veces, es cierto, el significado se adivina fácilmente por el contexto.

El artilugio regio no fue ni más ni menos que un cojín circular, con un agujero en el centro, para facilitar el coito a María Cristina cuando se casara con su tío carnal Fernando VII. El tamaño descomunal del pene real es conocido, pero para saber de sus estragos no es conveniente acudir a la historia, porque concluiríamos que al rey Felón habría que haberlo llamado, según los cánones actuales, el violador Felón; sí podemos ver un capítulo de la serie televisiva El ministerio del tiempo, que trató el caso con humor, o leer la novela de Paco F. Moriñigo, que también. Con su lectura nadie puede sentirse ofendido, ni siquiera los descendientes de Fernando VII. El autor aprovecha todas las posibilidades a su alcance para mostrarnos, en un espejo deformante, la imagen cómica y a la vez tan acertada de la realidad del siglo XIX.

Términos de la época, «calesa, landó, cálculo de crujías, pechaba, ortos, lisura…» conviven con otros del baile «zamacuecas, postura en dehors», con tecnicismos: «anorquítico, garlopa, zapa, genuflexa, pensil, finta»; con símiles artísticos «suelo arlequinado», marineros «Prosíganse las diligencias según los usos de la mar», con metáforas un tanto poéticas, «Sus sentimientos navegaban ahora de empopado sobre olas que él creía amainadas» o con un vocabulario culto, específico, ya en desuso: «petimetre, pandemónium, arquibanco, pingüe, fámulo».

El estilo es impecable, no solo por el vocabulario utilizado sino porque las descripciones son soberbias, desde las subjetivas —con las que refleja a la perfección el estado de la situación o los sentimientos triunfales del personaje, «El resto de la velada transcurrió […] con pocas palabras y mucha ternura […] y además se trataba de la viuda de su archienemigo»— a las objetivas, pero no del todo, porque los modificadores oracionales aportan un plus de comicidad a la acción, «Afortunadamente para los amantes, la calle aparecía desierta en toda su extensión y los curas ultramontanos no los amenazaban con sus rezos expiatorios»; pasando, por supuesto, por la etopeya caricaturesca «Lamarq completó un paso de ballet ante el asombro de las monjas […] el hombrecillo estaba exultante», por descripciones topográficas que inciden en la desigualdad social «mientras el landó de los Owen dejaba atrás fértiles vegas de Aranjuez para adentrarse en los secarrales de Valdemoro», o por descripciones tan visuales que parecen el resultado de una escena cinematográfica «Sin prisa, con un movimiento pausado, lady Fricandoug abrió el abanico tirando de las varillas finales».

Así, a veces en serio, otras no tanto, Paco Moriñigo construye el retrato de una España oprimida en la que los únicos que creían tener libertad eran los integrantes de la corte y, por supuesto, la curia. El narrador testigo nos cuenta los hechos desde una perspectiva aventajada que le permite ahondar en la corte española cuando llegan embajadores franceses para llevar a cabo un proyecto pretendidamente secreto, en la nunciatura, del que finalmente todos hablarán excepto el nuncio que, aunque «sin la más mínima duda debe estar al corriente de cuanto se maquina en su casa», no sabe nada, porque todo ha sido urdido por una comisión encabezada por alguien con muchísimo interés en que, finalmente, tras tres matrimonios malogrados, Fernando VII tenga descendencia. Está claro que la estirpe del rey no era lo importante sino mantener como fuera los privilegios que, con otro tipo de gobierno más liberal, perderían todos los cortesanos.

Así pues, el eje de la trama, el futuro embarazo de la futura reina es la excusa para reírse de una monarquía caduca ya en 1823, no en vano el ingenio circula por casi todo el argumento, o con esa actitud lo viven algunos personajes


—la maja, la de los pechos estrávicos y divergentes […] fue amante del rey José I y la silla se la debió regalar en reconocimiento por los servicios prestados —aventuró Theresa

—¡Menuda racanería! —a Cándida le salió del alma.

El meollo de la cuestión no es lo importante; da igual para la historia de España el tamaño, forma o enfermedad de los genitales del rey, pero hay ciertos episodios en El artilugio regio que nos abren los ojos a las intrigas llevadas a cabo para boicotear al gobierno español, anular los intereses de Francia y atenuar el desprecio que los ingleses sentían por este país —o por su máximo gobernante— «Lo que pretende Macron de Medine […] que el infante don Carlos no aceda al trono y que Francia pueda influir en un país a cuyo rey le quedan pocos años de vida […] —Alguna ayudita había que ofrecerle a ese viejo rijoso que tenéis como rey—».

Momentos importantes en los que la opulencia y la sinrazón de la nobleza contrastaba con la pobreza del pueblo. Frente a las numerosas fiestas, descripciones de costumbres y diversas ocupaciones de la corte destacan las escasas escenas que desempeñan los ciudadanos más necesitados, los trabajadores, y sin embargo son significativas. La criada de Theresa, Lucrecia, protagoniza dos de estos momentos que definen al pueblo español de la época: uno de ellos ha quedado, para vergüenza de la historia, reflejado en las pinturas de uno de los más grandes artistas españoles, Francisco de Goya, «figuras de los manolos, mendigos y personajes harapientos que desde lo más alto de la cúpula imploraban la ayuda del santo. Se sentía más identificada con aquellas pinturas que con cualquiera de las iglesias…»; el otro ha sido planteado por el propio autor para reflexión de todos los que consideramos que el avance de un país va en consonancia con la educación igualitaria de sus habitantes, «—Yo no sé francés —se justificó Lucrecia, cuya dificultad residía más en la comprensión de las letras que en el idioma en que se ordenaban—».

La multitud de personajes es un retrato fiel del numeroso elenco de cortesanos que, junto a los gobernantes de la Santa Sede, se divertían y disfrutaban del dinero que le era escamoteado al pueblo «La corte de Madrid superaba con creces las intrigas vaticanas».

Y para mayor escarnio de la realeza, Moriñigo destaca en ocasiones las filiaciones imposibles con las que satiriza la sangre real, «infanta de España, […] sobrina y cuñada del rey y hermana de la futura reina, por lo que de nuevo, cuñada […] Luisa Carlota es fruto de un cruce de sangres que no facilita la adecuada oxigenación del cerebro».

Después de leer El artilugio regio me han quedado claras tres cosas, la primera es que el humor puede ser un vehículo excelente para tratar temas serios; la segunda es que no se pueden justificar actuaciones medievales en las que asumamos que una persona está por encima de cualquiera y la tercera, que hay periodos de nuestra historia que sería mejor disolver pero como no podemos, es más no debemos, de vez en cuando conviene leerlos, recordarlos y no repetirlos.

sábado, 22 de octubre de 2022

LAS HORAS PRESTADAS

Adriana ha recorrido medio mundo acompañando a su padre, único familiar que le queda y que, por cuestiones laborales, es difícil que permanezca más de tres meses en un lugar. Esto hace que, con diecisiete años, sepa más geografía, idiomas, historia y arte que cualquiera, tenga la edad que tenga y consigue, con estupendas descripciones, que los lectores vayamos internándonos en sitios más o menos conocidos, «A comienzos de noviembre tuvimos que hacer una inesperada visita a la ciudad suiza de Ginebra […] vi poca cosa, aparte de su hermoso lago de aguas cristalinas —gentileza de los Alpes».

Pero, su elevado nivel socioeconómico y el cambio constante de ciudad o país no suponen solo ventajas; Adriana echa de menos enraizarse en un sitio y ser feliz porque, a pesar de todo lo que tiene, no se siente afortunada. Le gustaría tener un referente donde refugiarse de verdad, «Establecer una rutina, tener compañeros de estudio. Caras que me resulten familiares». Posiblemente, al percatarse de que no forma parte de ningún núcleo ha hecho que ella experimente con todo lo que tiene a su alcance para conseguir estar bien consigo misma.

En Las horas prestadas la protagonista demuestra que llega a conocer a la perfección diferentes países y culturas, pero carece de estabilidad emocional «También podrías disfrutar de los privilegios que tiene esta vida para variar, en lugar de arrastrarte por los rincones como un alma en pena». Y cuando fallan los sentimientos falla todo. Adriana busca consuelo en profesores particulares que no le dan, aparte de conocimientos, nada que le sirva. Busca consuelo en una sexualidad diferente, se siente atraída tanto por chicas como por chicos porque en realidad no conoce el pensamiento de ninguno; se deja llevar por quien la haga sentir bien. A lo largo de las páginas, los lectores asistimos a la reflexión de esta joven y su inseguridad hasta que transforma el concepto tradicional de la identidad de género como algo inamovible; hay otras opiniones válidas y ella las descubre; es una construcción cultural que aún está en proceso de creación y, como tal, queda expuesta por la autora, Belén Conde Durán.

La identidad sexual femenina no aparece como fruto de la voluntad o el libre albedrío, con plena consciencia, sino como un mecanismo psíquico de poder que opera en la mente de Adriana. Necesita en todo momento controlar lo que ocurre donde únicamente puede, en su cuerpo. Por eso no solo le ofrece placer sino que lo castiga para tener la sensación de que será capaz de llegar al límite. Apenas come y, fruto del acoso sufrido cuando era niña, se siente a gusto con una figura que no es del todo atractiva. La bulimia y la anorexia forman parte de su vida, en estados incipientes, cuando empieza a ser consciente de su delgadez y le gusta «La clavícula sobresalía desobediente por encima de la camiseta de algodón, enmarcada en un cuerpo demasiado delgado que en ocasiones era incapaz de sostener mi alta figura». Su mente aún no le niega su verdadera apariencia ni el daño que se está provocando; piensa que todavía es dueña de sus actos.

Belén Conde hace que tanto Adriana como su padre vuelvan al pasado. Deben viajar desde Tokio hasta Galicia para el entierro de sus abuelos. El contacto con la casa de su infancia hace que el padre quede vinculado a su niñez, algo demasiado doloroso una vez que ya no queda nadie para compartirlo; pero otro pasado más reciente lo espera, y será el que les ofrezca a ambos personajes la oportunidad de plantearse quiénes son en realidad. La prosa de la autora nos hace entrever que la mujer ha avanzado en autoconciencia aunque su identidad está vinculada al pasado social (la colectividad femenina dependiente) e individual (el núcleo familiar). Adriana no ha experimentado nada de esto y lo añora

—…¡diviértete un poco!

[…]

—Eso iba a hacer pero mi padre prefirió romper mi momento de esparcimiento llamándome para presentarnos —remaché—

No es necesaria una familia tradicional, pero es imprescindible cierta estabilidad que nos aporte seguridad y Adriana no pide más, la busca en su padre y se lo dice constantemente, con comidas que no hace, con autolesiones leves, con enfados, con rencor, con indiferencia hasta que él también lo entiende porque probablemente estaba buscando lo mismo.

En Las horas prestadas cobra importancia la transformación de ciertos significados heredados, específicos para la mujer, mientras que despierta la conciencia femenina. Belén Conde demuestra que la mujer puede —y debe— tener una formación igual a la de cualquier hombre, por eso su novela podría pasar por una guía de viajes novelada en la que, mediante acertadas descripciones, conocemos a las personas, lugares, comidas y costumbres de Francia, Alemania, Suiza, Inglaterra, China, Corea… Esta emeritense representa, con una prosa impecable, una mujer nueva que ilustra la toma de conciencia femenina aun habiendo debido pasar (o quizá por eso) por el trauma de no haber aceptado las normas sociales y familiares impuestas «…siento que esta vida no es mía. Que estas horas son prestadas. […] No tengo identidad ni una vida propia […] Jamás sabré lo que me estoy perdiendo».

Las horas prestadas, a pesar de todo, es una novela de iniciación en la que muchas jóvenes se verán reflejadas y a las que les abre una puerta de esperanza a sus miedos e inseguridades.

viernes, 14 de octubre de 2022

EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO

Hay que leer a Chesterton. Aunque no nos guste la política. Aunque no confesemos con ninguna religión. A pesar de eso, todos deberíamos leer, al menos, uno de los ocho relatos que conforman Elhombre que sabía demasiado. Son relatos independientes, pero de alguna manera, vamos siendo testigos en ellos de cómo la amistad entre Horne Fisher y Harold March va creciendo, desde que se encuentran en La cara en el blanco hasta que se separan en La venganza de la estatua. Una amistad en la que prima, sobre todo, el respeto y la confianza por lo que la fidelidad está asegurada.

Los relatos constituyen una paradoja sobre la condición de la sociedad y están construidos desde el humor y el espíritu crítico. Cada uno comienza con la exposición de un ambiente determinado en el que las intenciones que llevan los agrupados allí se verán malogradas por un asesinato. El nexo de unión de los relatos es Horne Fisher, un político que no ejerce pero sí su familia y sus conocidos. El narrador, en tercera persona, expone cada caso como un acertijo de lógica aunque Fisher se valga también, para resolverlo, de excelentes razonamientos filosóficos.

Harold March es un periodista político cuyos conocimientos sobre el funcionamiento del gobierno son extraordinarios pero tiene poca intuición sobre la manera de pensar de los demás y se deja convencer fácilmente; para eso está asistido por Fisher, alguien que se dedica a observar a los demás, llegando a conocer perfectamente al ser humano. Esto, lejos de contentarlo, lo ve como una fatalidad; tiene la impresión de que sabe demasiado. Probablemente sea esa la causa de su apatía ante lo que lo rodea. Entre estos dos personajes retratan, a lo largo de los ocho relatos, las pasiones humanas: el complejo de inferioridad en La cara en el blanco, el fanatismo religioso o político en Las fugas del príncipe, la avaricia en El alma del colegial, la extorsión en La fuente insondable, la deslealtad hacia la propia profesión en El agujero en la pared, la culpa en Manía de pescador, los intereses personales por encima de la familia en El loco de la familia y la honradez pese a la familia en La venganza de la estatua.

Estos arrebatos consiguen hacer del ser humano alguien atroz, sin escrúpulos para agraviar de forma oculta, mientras intenta que los demás no distingan su evidente incapacidad. En todos los relatos la hipocresía humana es evidente y universal; a pesar de estar escritos en 1922 el mal funcionamiento político es bastante actual.

Como Sherlock Holmes y Watson, en 1887, Fisher y el bueno de March forman una pareja entrañable y aguda a quien no confunden las apariencias por muy engañosas que sean. A pesar de su aire despistado, la lógica con la que Fisher encara las desapariciones es aplastante; Chesterton se vale de ella para proclamar, ante todo, el sentido común como único recurso para mantener en paz una sociedad, algo que si en 1922 estaba en entredicho, en 2022 también.

Hay otro punto que une estos cien años, y es la falta de ética general. En realidad leer a Chesterton supone la desilusión que lleva el confirmar el escaso razonamiento del ser humano cuando se trata de pensar como colectivo frente a las excesivas reflexiones si queremos sacar provecho de manera individual. El sentido común de Fisher va unido al sentido del humor del narrador. Los relatos tienen gran inventiva, son agudos e ingeniosos, tanto que en pocas páginas consiguen resolver un crimen o un robo «me parecía que en ese asesinato había un error […] Un hombre había llevado allí a otro con intención de precipitar su cuerpo en el pozo; pero nadie había caído finalmente en él […] una fea sospecha sobre cierta posible sustitución, sobre un cambio de papeles»

El método que usa es casi siempre deductivo, parte de dos o tres premisas para llegar a la conclusión, o bien parte de unos hechos con los que elabora una hipótesis, la enfrenta a la realidad y la confirma «…Pero si estaba muerto y usted tenía una razón para matarlo, pudo callarse por miedo […] —Sí, yo tenía un motivo. —Entonces está a salvo —repuso Fisher…».

Para el detective aficionado la búsqueda de la verdad está siempre en la virtud del ser humano, por eso los inocentes quedan a salvo; pero en general, los ocho cuentos de El hombre que sabía demasiado suponen una visión amarga y desesperanzada «Gané la elección, pero jamás entré en los Comunes. Mi vida se ha desarrollado en aquel cuartito de una isla solitaria. […] Probablemente moriré allí» El apático Horne Fisher, relacionado con las altas esferas políticas, se ve envuelto en diferentes asesinatos que consigue resolver, a pesar de que en la resolución permanece el tono amargo del fracaso; el asesino puede quedar libre porque sería improbable que la sociedad creyera su culpabilidad de tan absurda que resulta. Los asesinos planean crímenes perfectos y sólo Fisher está en posesión de la verdad, «La inteligencia contemporánea no acepta nada que se le imponga por autoridad, pero en cambio acepta cualquier cosa sin autoridad».

El humor y los planteamientos asombrosos son una excusa para exponer la psicología del ser humano y la clave de su comportamiento, algo que se aprende a base de escuchar y observar, «En realidad todos nosotros vivimos en la más absoluta dependencia y sin embargo hablamos sin cesar de independencia».

Fisher está atento a todo lo que ocurre a su alrededor: cambios, estructuras, opiniones… a veces una palabra es la clave para dar con el asunto; de esta manera se mete en la piel del asesino y puede entender su punto de vista; interpreta lo que ve y llega a asombrosas paradojas que aparecen en el relato como metáforas, «el lápiz de plata de la luna…», ironías o juegos de ingenio «si hay algún animal viviente que detesto es un valet».

Asombra encontrar, en una narración repleta de duras críticas a la hipocresía humana y a la realidad sociopolítica, la gran imaginación visual de las descripciones en las que aparecen, con tintes nostálgicos, conjunciones en desuso de origen medieval, «Horne Fisher, maguer su afectada indiferencia…», sustantivos americanos «había escuchado esas futilezas con íntima impaciencia» o locuciones preposicionales típicas en Argentina, indudable fruto del magnífico traductor, Julio Cortazar, «Y luego de atravesar el césped pasó al otro lado…».

Además, en esta maravillosa edición de Alma Clásicos Ilustrados, podemos leer otros relatos en los que quedan confrontadas la lógica y la superstición para llegar a la conclusión, como en El relato de los árboles pavo real, de que las apariencias engañan y la verdad puede residir donde no se la espera, «Todas las lánguidas maneras del esteta lo abandonaron de pronto». La confrontación de La torre de la traición complica un espacio onírico hasta que es capaz de ordenar el caos, de sacar a la luz el enigma sin violencia, algo que dice mucho del optimismo de Chesterton «En la soledad de aquel callado y frondoso desierto el joven andaba hacia atrás […] Cuando este muro miraba hacia el oriente, las piedras relucían como pálidos mármoles».

Y por supuesto, las ilustraciones de Natalia Zaratiegui aportan otro valor añadido a este clásico. Es increíble cómo láminas tan sencillas, en rojo y negro, exponen la reflexión que el autor realiza en sus cuentos.

El relato y la ilustración quedan unidos como muestra del arte contemporáneo.

sábado, 8 de octubre de 2022

LA ÚLTIMA VEZ


Es curioso, pero he de confesar que en esta novela que acabo de leer he debido dar más de una vuelta, las que ha querido el autor, para no despistarme sobre el asunto de la trama. Deben ser los nombres parecidos, los reales mezclados con los pseudónimos, las acciones similares, el ambiente familiar un tanto inusual, el humor y la tristeza en un mismo episodio… En fin, Guillermo Martínez ha conseguido en una novela corta plantear entre líneas una serie de cuestiones que nos mantienen en una constante reflexión. Y no es que La última vez presente dificultades de lectura, todo lo contrario: el ritmo es ágil, los diálogos coloquiales que salpican las disquisiciones, bien a modo de citas bien como preguntas retóricas, consiguen mantenernos alerta y expectantes por saber qué pasa en realidad.

La historia, contada en presente, se refiere a un pasado no demasiado inmediato, tampoco tan alejado para que algunos de los protagonistas implicados lo hayan olvidado. Precisamente al sernos revelado como un testimonio los lectores no tenemos dudas de que ocurrió en realidad. Y realmente a pesar de ser una fantasía de Guillermo Martínez, lo que propone es tan evidente en nuestra sociedad que podemos tomarlo como verdadero.

Un joven y apreciado crítico literario argentino —llamémosle Merton, para no desvelar su identidad—, famoso por analizar con gran acierto las obras literarias que caen en sus manos, sin tener en cuenta la fama de los autores, llega a ser tan respetado como temido en el ambiente cultural, tanto que es contratado por un reputado diario nacional, de España, para que realice las críticas de ese periódico y aporte si cabe más prestigio a la empresa. Pero cuando ataca sin piedad la última novela de un encumbrado escritor, termina lo que «Empezó así el año mirabilis de Merton», y nuestro crítico es expulsado del periódico, del país, y bajo la amenaza de que nunca encontrará trabajo: «su honestidad a toda costa tenía algo de metal demasiado refulgente que dañaba la vista y que era mejor mantener alejado».

El joven Merton regresa a Argentina pero a los dos años recibe una carta de —llamémosla— Nuria Monclús, la más reputada agente literaria catalana, de renombre mundial, invitándolo a Barcelona para que valore, a petición del propio autor, sobre la última novela del más célebre escritor argentino —llamémosle A— quien desea que Merton le dé su opinión válida y sincera sobre su obra. La esposa de A, Morgana, lo acoge en su casa y pone a su disposición todo lo que tiene para que se encuentre cómodo. También la adolescente Mavi, hija de A y Morgana, intenta agradarlo por todos los medios.

A partir de aquí los lectores somos testigos de la lucha encubierta entre madre e hija por recibir los favores del crítico quien, en realidad, se encuentra bastante a gusto con la situación «Lo miró con una sonrisita entre burlona y desafiante que a Merton le pareció una copia quizá involuntaria del modo seductor de la madre, todavía sin los suficientes ensayos, pero que aun así, reconoció, lograba sus propios efectos».

De forma paralela, el crítico parece haber dado con lo que pretendía A, pero circunstancias externas hacen que regrese a Argentina sin tener claro haber acertado con su teoría.

Hay algo que indiscutiblemente llama la atención en La última vez y es la ironía implícita que rodea las constantes reflexiones que, sobre crítica literaria, han formulado distintos filósofos o filólogos, expuesta en un ambiente ampuloso, casi obsceno: «Subastas sangrientas de contratos millonarios, pases estruendosos de editoriales, fichajes clandestinos y aun intrigas amorosas que habían oficiado en esa misma mesa».

Aparecen a menudo deliberaciones sobre el papel del lector, sobre la forma de leer. ¿Leemos lo que el autor tenía intención de reflejar o lo que nos forjamos en nuestra mente al asociar los hechos a aquello que queda instalado en nuestra memoria? ¿Tiene el lector un papel autónomo en el libro o queda influenciado por lo que el autor deja entre líneas? ¿Actuamos los lectores según la hipótesis de Adorno?: «En filosofía hay que seguir diciendo, en contra de Wittgenstein, lo que no puede ser dicho». Merton continúa investigando en la novela de A hasta creer descubrir aquello que no aparece con palabras, aquello que queda como una marca de agua que no hace sino aumentar la intriga sobre lo que es cierto o inventado en un argumento, sobre hasta dónde un autor permanece reflejado en su personaje. A partir de ahí, el crítico discurre sobre la escritura y su carácter lineal. El signo lingüístico se desenvuelve en el tiempo por lo que no puede ser escrito de forma simultánea. Sin embargo, al formarse una imagen en la mente del lector, se convierte en un significante visual, completo, capaz de contener la marca propia de un autor determinado.

Las mismas palabras adquieren de esta forma significados totalmente distintos, incluso opuestos, en diferentes escritores. La clave está en «reunir en la memoria lo leído al finalizar». Este es el paso que damos los lectores para comprender La última vez, para distinguir entre la vida de A y su novela, para diferenciar entre Donka y «el desfile tragicómico de enfermeras contratadas para un profesor de filosofía en la hora más desnuda de una enfermedad terminal», para que entre esas enfermeras despunten Helga y Lila, «una chica radiante […] Apenas la vio —y apenas sorprendió la mirada de rechazo y disgusto de Helga cuando la hizo pasar—»; para que en realidad, no haya tanta diferencia entre la verdad y la ficción, «quería aclararte que esos favores están muy bien pagados, aunque él no se haya enterado».

Los lectores creemos averiguar, como también lo cree Merton, dónde está la clave de la obra de A, solo porque hemos descubierto la relación entre Morgana y «una esposa muy joven», porque hemos ubicado la relación entre Morgana, Mavi y Merton en paralelo a la que mantienen Helga, Lila y A. Pero en realidad, todo se esfuma ante nuestros ojos porque es inútil pretender la verdad absoluta cuando esta se difumina entre lo que pensamos real «Historia de mi vida, de Casanova» y lo que obviamos ficticio «La conciencia de Zeno, de Svevo».

La última vez es una tragicomedia que ahonda en la verdad relativa, la que exigimos socialmente pero castigamos cuando no nos interesa, la que nos resulta grotesca en la ficción pero nos reconforta cuando la aplicamos a nuestra vida, la que deseamos nos identifique pero nos frustra cuanto nos la revelan.

Guillermo Martínez aboga por vivir cada momento y disfrutarlo, no esperar a llegar al final para entender lo sucedido, porque lo más seguro es que nos decepcionemos tras el razonamiento, seremos un «suicida lógico» al que «el suicidio, la supresión del yo, sería como disparar a un muerto».

sábado, 1 de octubre de 2022

LOCOS E INOCENTES

En la última novela de Estela Melero los límites entre un tiempo y otro se desdibujan cuando nos encontramos en el mismo espacio; es una estrategia literaria para realizar, en principio, una crítica social hacia ciertos establecimientos que dan cabida a «ignoscents, folls e orats». Pero una vez que nos adentramos en las páginas descubrimos otros intereses.

No cabe duda de que en el siglo XV existió una cruda sociedad en decadencia que negaba la libertad, los derechos de los más débiles, alienados, pobres, prostitutas… Quienes estaban en posiciones privilegiadas ostentaban el poder sobre los demás, considerando a algunos de ellos meros animales. La sociedad actual ha avanzado algo.

Hay dos textos diferenciados en Locos e inocentes que corresponden a dos etapas distintas de la Historia, a dos mujeres de distinta condición social y a dos maneras de perder la cordura. Es una novela que constituye un testimonio para hacernos reflexionar sobre la salud mental, la medicina, las instituciones sanitarias y su organización.

Los hechos sucedidos tanto a Caterina como a Lidón se van uniendo en una trama, muy bien ideada, en la que llama la atención la capacidad que tenemos los humanos para mantener escondida la culpa, hasta que sale, y nos atrapa en un caos mental capaz de destruirnos.

En el centro penitenciario para enfermos mentales, de Valencia, Lidón cuenta su vida a Blanquita, mera figura simbólica con la que la protagonista mantiene un diálogo interior mientras intenta recordar por qué está encerrada, por qué de pronto se vio privada de su éxito como doctora en Historia de la Universidad. Pero no será suficiente, harán falta otros personajes que cierren el círculo para ayudar a Lidón a recordar lo que pasó un día que la declararon culpable de asesinar a Martín, su exmarido, con quien mantenía buenas relaciones.

Conforme vayamos oyendo a esta reclusa presagiaremos que ha sido víctima de un complot; la actitud que tenía Andreu, su nueva pareja tras divorciarse de Martín, era agobiante. Nunca la abandonaba; celoso, aunque transigiera con que Martín siguiera estando en su vida, y en su casa; la hacía sentir querida en sus brazos aunque presumiera que también estaba en los de su ex… A Andreu lo vemos como el prototipo de hombre controlador, de ahí que pase a ser el principal sospechoso. Conforme leemos, nuestra percepción va cambiando; los sospechosos se multiplican, las causas para hacer daño a Lidón, también; hasta que al final, Estela Melero permite, con un giro sorprendente, que la propia protagonista se construya como persona. Es un momento tenso en el que Lidón comienza a actuar sin ningún tipo de restricción para dejar al lector en shock; somos observadores de la situación hasta que atamos cabos y entendemos a Lidón, sentimos con ella el vértigo angustioso cuando descubre que los valores que la sustentaban se desvanecen, «Me doy cuenta ahora de que mi infelicidad procedía de la misma búsqueda de la felicidad. Una incesante búsqueda que no te da paz».

El remordimiento ha conseguido taladrar su mente hasta escindirla, ¿o es al revés? ¿Puede una mente dividida llevarnos a cometer actos que nos dañen? ¿Hasta dónde conviene que un cerebro en ebullición se relaje?

Hay dos temas relevantes en Locos e inocentes; en la historia de Caterina se esconden las pulsiones más abyectas del ser humano, ese que hoy perdería el calificativo de tal y que pertenece a una Edad Media mucho más cercana a nosotros de lo que nos gustaría, «La muchacha le respondió que la había visto una vez, en una de las orgías, cuando giraba la cabeza para no ver lo que a ella le hacían, como si eso le pudiera restar dolor o vergüenza». La autora denuncia la falta de ética de los responsables de ciertas instituciones que la tienen por bandera: médicos y sacerdotes; teje una prosa con experiencias reales, consideraciones reflexivas y estrategias narrativas, para construir una seña de identidad, la suya, la de la mujer que narra un hecho real mientras defiende la libertad de la mujer para utilizar su cuerpo como quiera y denuncia la actitud de quienes la apresan para torturarla mientras se creen con libertad para utilizar su cuerpo y descargar en él sus perversiones.

En la historia de Lidón se esconde el afán de ascender laboral y socialmente, aun sabiéndolo inmerecido por haber hecho uso del engaño y la ocultación.

Tanto Caterina como Lidón son sensuales, mujeres que disfrutan con el placer hasta que un hombre, real o imaginario, se interpone para hacerlas sufrir hasta volverlas locas; tanto, que solo hay una salida para ellas, la muerte, real o cerebral, «Yo te liberé de aquel incendio. Te llevé a casa y cuando nos avisaron tú estabas tan drogada que solo asentías con la cabeza […] tus pensamientos son míos, tus actos, también».

Las protagonistas se han visto privadas de su seña de identidad; cada una de forma distinta, pero en ambas el éxito alcanzado queda truncado por unas relaciones perturbadoras. Son mujeres que han transgredido la norma, así que consciente o inconscientemente quedan marcadas por la culpa, un sentimiento que pocas veces se porta bien con quien lo padece.

Locos e inocentes hay que leerlo del tirón para poder sufrir sus efectos sin obstáculos que nos relajen, porque sabemos que al retomar la lectura, seguirá la tensión. Es lo que tiene la culpa, el poder de conseguir que no olvidemos, de hacernos creer que nos hemos liberado hasta que sale de lo más recóndito de nosotros para demolernos. Cuando todo pasa, cuando terminamos la novela, se apodera de nosotros un desasosiego del que no podemos escapar hasta que no hemos diseccionado los hechos. Y los hechos ficticios quedan avalados por la realidad; la historia es testigo del trato vejatorio que los poderosos dan a quienes no pueden pedir ayuda, porque se ven tan insignificantes que se sienten culpables de lo que les ha pasado «. Me grita que ha asesinado a Sara y Sergio Me grita, llora. Oigo las sirenas. Se corta […] Ahora irá al centro, como yo».

Y la Historia es testigo de que las más vapuleadas son las mujeres, en el siglo XV y en el XXI, probablemente porque somos más emocionales, o no, pero está claro que llevamos las de perder «Los médicos habían dejado que Caterina participara en orgías, aunque su estado físico y mental se deterioraba por momentos».

Y si esto está claro en Caterina, con Lidón permanece nuestra inquietud al preguntarnos hasta qué punto la culpa es exclusiva de uno mismo ¿Somos los únicos responsables de nuestra forma de actuar? «No tengo la culpa. Es un psicópata que me ha embaucado. No he sido yo, ha sido él».