Diez cuentos, diez relatos basados en
la historia de España más incómoda: la que refiere el sufrimiento, el dolor, la
injusticia, las torturas, las muertes de quienes han nacido en el lugar
equivocado, en el bando contrario; los que han estado en contacto con los
campos del país y han dejado sus restos en la tierra para que sirvan de abono a
un suelo que los vio crecer y los ha acogido en su muerte mientras se beneficia
de ellos. Así se ha formado este país, enriqueciéndose con las hazañas de los
invisibles, glorificando a unos pocos que pueblan la historia de España con
grandes acontecimientos.
Historias de nadie
es la historia de la tristeza y del padecimiento del hombre como ser individual
en la gran historia universal. Cualquier acto glorioso, o vergonzoso, es
conocido por el lugar donde se llevó a cabo y el apellido del “prohombre” al
mando. Así consta en los libros y manuales. Albert Merino ha querido destacar a las personas sencillas que se
jugaron la vida, y en muchos casos la perdieron, sin importar demasiado a los
próceres de la patria, porque en momentos de ofuscación no se piensa que la
muerte de un hombre, de un niño, puede llevar a la miseria a una familia
entera.
Historias
de nadie es la historia de Ramiro, de Hialas, de
Faustino, de Agustín, de Amparo, de Fray Marciano, de Santiago, de Narciso, de
Madani, de Gaspar… de tantos que sería imposible nombrarlos a todos, porque son
el país, dañado una y otra vez por diferentes causas. Ramiro, lucha terco en
1984 para poder ser enterrado al lado de su mujer, aunque sea cavando su propia
tumba. Los asesinatos encubiertos por ideologías políticas terminan con la vida
de los republicanos en 1934; también cae alguno de la CEDA «El militar quita la pistola de la boca de su víctima y se oye una
carcajada generalizada, supongo que, del miedo, el pobre desgraciado se habrá
meado o cagado encima, y esos degenerados lo celebran».
Ya en Soria, en 133 a.C., los
celtíberos aguantan quince meses de bloqueo de las tropas romanas, hasta que
prefieren un suicidio colectivo a rendirse a Escipión. Hialas es quien nos
cuenta la decisión «Dejar un recuerdo que
ni siquiera los romanos olvidarán, un recuerdo que los estremecerá generación
tras generación […] ¿Qué decís? No digo nada pero tengo claro mi voto: la
rendición».
No todos son héroes. O sí. Porque hay
que ser muy valiente también para preferir ver el cielo cada mañana aun a costa
de servir a otro toda la vida. La vida como bien único que todos poseemos y que
algunos se creen con derecho a arrebatar las que les apetece. Como la guerra
absurda y cruel que se vivió en España en 1936 y que detalles supersticiosos
podían decidir en algunos casos si seguías con vida. Guerra que siguió en 1938
y en las montañas de Lleida se cobró las vidas de muchos jóvenes republicanos
que nunca habían utilizado un arma «—Qué
va, Garrido, a mí me alistaron a la fuerza en mi pueblo. Muchos huyeron, pero
mi padre, que es de la FAI, me dijo que tenía que defender la libertad de
España frente a los fascistas. Y aquí me tienes».
También el siglo XIX fue especialmente
duro. Mendizábal ordenó suprimir las órdenes religiosas expropiando conventos
para celebrar el triunfo de la revolución liberal, en 1835, de la 1ª Guerra
Carlista. Lo de menos eran las vidas de los frailes agustinos, lo que contaba
era la plaza de toros que levantarían al tirar el convento.
En 1836 las tropas carlistas deben
apropiarse de ganados y tierras para consolidar «la causa del legítimo rey de España». No importa que haya una
familia más o menos de pastores «No es
posible. Es su medio de vida, y el de Luisa. Y Luisa está preñada». Y así
se hicieron muchas guerras, muchas matanzas, sin organización, sin pensar en
las consecuencias, «Y, sin más, apunta y
descerraja un tiro en el pecho del pastor, que lo mira incrédulo mientras las
cabras salen disparadas montaña arriba».
Antes, en el siglo XVI, cualquier
mujer podía enfrentarse a la Inquisición por venganza de todo aquel al que no
quiso complacer. No hacían falta pruebas para saber si decía la verdad «—¿Para mayor gloria de Dios? ¿Quieren
ustedes que todo el pueblo me vea las tetas para mayor gloria de Dios? ¿Y
después qué? ¿Qué creen que hará mi esposo después? Repudiarme, abandonarme […]
¿Podrán fornicarme Bartolomé y cuantos quieran del pueblo?».
En fin, ya en 1485, hizo falta una
revuelta campesina para acabar con la servidumbre feudal. Los campesinos
pagaron con sus vidas antes y durante la lucha. ¿Es este el objetivo de la
historia de España? ¿Formar la patria con el dolor y la sangre de los débiles?
Albert Merino, con un tono reflexivo, pausado, expone y razona sobre los
horrores a los que podemos llegar.
Los diez cuentos son diez etapas
diferentes que han formado la intrahistoria de nuestro país. Los temas giran,
en todo momento, en torno al miedo, a la injusticia, al dolor de los
trabajadores. Son cuentos que no están cerrados pero sí engañosamente abiertos
para dejarnos meditando con unas voces narrativas que, ya sea en primera o
tercera personas, mantienen la intensidad emocional.
Relatos detallados de un momento clave que aluden a un todo. Hay que leerlos, razonar con sus personajes y discurrir qué futuro queremos.



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