jueves, 11 de julio de 2024

22 LARGOS

No conocía a Caroline Wahl, pero hasta cierto punto es lógico, porque esta alemana de 29 años publicó el año pasado su primera novela: 22 largos, con la que obtuvo cuatro premios; fue elegida Novela favorita por los libreros independientes de Alemania y está en la lista de los más vendidos de Spiegel y de #BookTok. Ya se han vendido los derechos cinematográficos. No cabe duda de que con esta presentación había que leerla. Y no defrauda. Todo lo contrario. Hace querer saber más de las protagonistas, así que me he llevado una alegría al constatar que Ida será publicada pronto en Alemania. Aquí, imagino que habremos de esperar algo más.

La narrativa de Caroline Wahl es fresca, inmediata, a pesar de que el argumento es bastante duro: La familia Schmitt quedó totalmente rota cuando el padre abandonó a su mujer y a su propia hija Tilda. La madre empezó entonces a beber y no paró hasta saber que, de nuevo, estaba embarazada de cinco meses. Cuando nació Ida, Tilda fue la que se encargó de cuidarla y protegerla de cualquier percance y de su madre, que cada vez bebía más. Ahora Tilda estudia matemáticas en la universidad, trabaja en un supermercado y nada 22 largos para relajarse y pensar tanto en su futuro como en el de su familia. Tilda es un referente tanto para Ida como para su madre.

Como la han propuesto para una beca de doctorado en Berlín, debe asegurarse de que Ida está preparada para ocupar su puesto o ella tiene que continuar haciéndose cargo de todo.

El planteamiento es impactante porque detrás quedan noches en vela, días agotadores, introducción a las drogas, maltrato físico —aun sin querer— y psicológico. Tilda le da a Ida la infancia que ella no tuvo y sin embargo no encontramos rencor en su pensamiento, solo ganas de hacer las cosas bien, de salvar a su hermana de la propia introversión en la que vive «Se pega a mí y las dos nos quedamos mirando la serie de dibujos que tiene enfrente de la cama […] Lo divertido de los animales de Ida es que siempre tienen una pequeña aleta en la espalda».

Tampoco hay severidad en la escritura de esta autora, tal es el cariño con el que trata a sus personajes y la inmediatez con la que describe sus acciones. A veces no es necesario que especifique qué ocurre porque lo adivinamos, como si estuviéramos viendo una escena de película y oyendo lo que piensa la protagonista «Leche de avena, leche de almendras, mus de anacardo […] pasta de espelta, aguacate, aguacate, aguacate. Juego a que no puedo levantar la vista. De unos treinta, varón, desgarbado, gafas sin montura, camiseta Levi’s, adivino, digo “30,75 euros”, por fin levanto la vista y cuando veo el logo de Levi’s es bastante guay».

La narración en lista aporta cierta exigencia de la protagonista hacia sí misma. Tiene un proyecto y para que todo salga bien debe ir calculado al milímetro «Tranvía, uni, copiar ejercicios y textos. Tengo un cronograma estricto […] “Atasco de Papel” […] Rabia destructora». Curiosamente esta forma de narrar acelerada y no exenta de humor irónico quita tensión a la forma de vida de la protagonista, aunque sepamos que la sufre.

A veces, los gestos forman parte del propio diálogo, un diálogo que también es corto, inmediato, hasta el punto de que cada intervención puede incluso dividirse en dos partes. Con todo, se consigue que la escena sea un acto performativo en sí misma:


Yo: Hola

Viktor se vuelve.

Viktor sonríe.

Viktor: ¿Qué, has vuelto?

Yo: No estoy segura.

Yo: ¿Dónde está Ida?

Viktor: En el colegio.

Pero no todo es rapidez en la narración, Caroline Wahl se descubre como una narradora experimentada, no solo hace uso de términos literarios, las analepsis son continuas, aunque a veces no nos demos cuenta de que está narrando el propio pasado, bien porque aparecen de forma inconsciente en los sueños «y entonces se sumó Max. Max es un hijo de puta engreído, desagradable, sabelotodo», bien porque las introduce en otro recuerdo del pasado «En aquel momento también estaba en nuestro curso…». Las analepsis de 22 largos son fundamentales. En ellas vemos la evolución de Tilda, el carácter fuerte que le ha permitido ser una joven totalmente madura en cada etapa de su vida. Tilda se acepta como es, Imperfecta. Ahora educa a Ida para que también se acepte, para que aprenda a incluir las emociones en sus actos y sepa asumirlas.

Otro rasgo de la narración son las digresiones. Aparecen para que descubramos alguna crítica social como la desprotección hacia los más vulnerables.

Tilda es el alma de la novela. En sus constantes recuerdos al pasado la vemos evolucionar como protagonista indiscutible. Ya sea conscientemente o sin proponérselo, consigue que también se transforme Ida, su madre y Viktor.

Tilda ha necesitado a los que la rodean para actuar con determinación ante los conflictos tomando conciencia de lo verdaderamente importante: la responsabilidad, la familia y el amor.

Todos empatizamos con Tilda; ella hace que Viktor, aun en su asociabilidad, nos resulte adorable y, desde el primer momento, consigue que sintamos debilidad por Ida y comprendamos a su madre.

—¿Papá no va a volver?

La madre se encoge como si la niña le hubiera pegado.

Mamá: No, no somos lo bastante buenas para el señor profesor.

Frío y humedad en la cara. Eso sienta bien.

Tilda es fuerte, decidida y encantadora. Ella es la que ha formado, desde su infancia, una familia que podrá mantenerse unida aun en la distancia.

22 largos es una novela de aprendizaje en la que la protagonista, antes de emprender un viaje real, debe viajar por su interior para mostrarnos a todos, personajes y lectores, cuáles son los verdaderos valores humanos y sociales, valores unidos indefectiblemente a la responsabilidad y madurez; la madurez no está necesariamente unida a la edad. Las dos hermanas la experimentan sobre los diez años, cuando son capaces de enfrentarse a las situaciones que se les presentan cada día y siguen adelante a pesar de los fracasos, hasta que consiguen un logro: ir a la piscina, hacer 22 largos, hablar con los demás, pedir ayuda… «Oigo a Ida decir palabras que una niña nunca debería decir, no soy la única que se ha preparado para esto: Ida Schmitt, Fröhlischstrasse 37. Mi mamá está inconsciente. Sobredosis. Alcohol y pastillas».

Tanto en el argumento como en la trama, el agua es fundamental. Al nadar en la piscina, Tilda conecta con sus emociones más profundas, es como si quisiera dejar su pasado nadando. El agua es símbolo de su forma de vida, en ella se encuentra el origen y allí, en el fondo de la piscina busca purificación, regeneración y refugio.

Yo: Mañana va a llover.

Ida: Ya lo sé.

Yo: ¿Piscina?

Ida: Sí.

El agua de la piscina está relacionada con lo femenino, con la pasividad y la protección.

Cuando está lista, renace y nada; mientras lo hace va planificando nuevos retos, vencer al monstruo y al paso del tiempo para dejar a Ida con la fuerza suficiente para enfrentarse a la vida.

La lección que nos transmite es inolvidable. Ya queremos seguir esos pasos de Ida para saber algo más de ellas.

jueves, 4 de julio de 2024

LOS MISTERIOS DE LA TABERNA KAMOGAWA

Una vez que he terminado la novela de Hisashi Kashiwai, no he podido resistirme y he buscado los seis platos que dan nombre a los capítulos de Los misterios de la taberna Kamogawa; en parte porque no estoy familiarizada con los términos japoneses y en parte porque me ha podido la curiosidad. He llegado a una conclusión: no hace falta buscarlos porque la descripción de los ingredientes, cómo cocinarlos, cómo presentarlos y dónde es minuciosa.

Aun así, en ningún momento se hace pesada, todo lo contrario. Desde que empezamos el libro tenemos la sensación de que somos parte de él o al menos, nos gustaría formar parte de esas personas que se han enterado de que existen ciertos detectives dedicados a encontrar el sabor exacto que buscamos.

Los clientes salen satisfechos en todos los casos, pero no siempre el sabor es idéntico al original, porque los productos frescos no saben igual según dónde se produzcan y los procesados pueden incluir algún ingrediente distinto. Incluso el agua tiene un sabor diferente en cada lugar. Nagare Kamogawa es el encargado de investigar el plato tal como lo comía el interesado, aunque tiene en cuenta pequeños cambios para que el consumidor, una vez puesto en situación, y de vuelta a la realidad, no lo note demasiado: «—Concentrado de caldo de toda la vida. Más vale que se vaya acostumbrando a esos sabores para cuando viva con Nami-chan».

Una vez que su hija Koshi recoge la información del cliente y le queda claro qué busca, «cuando envejece lo que lo atrae de verdad es el sabor que el recuerdo añade a los platos», el padre investiga por los sitios y alimentos relacionados con la receta: «—En Tosa existe una variante de sushi […] cuyo arroz se aromatiza con yuzu autóctono. El color amarillo es consecuencia de la mezcla del vinagre con el jugo de ese yuzu». Solo queda, con los ingredientes adecuados, realizar una buena preparación: «al final nos gusta más lo que está más rico […] tenemos la sensación de que estamos volviendo a disfrutar del sabor que tanto añorábamos».

Hisashi Kashiwai construye a la perfección una atmósfera inmersiva con la que cautiva tanto al personaje como al lector. Han hecho una serie televisiva a partir del libro y no es de extrañar. Los misterios de la taberna Kamogawa no tiene estructura novelesca, al menos no al uso. Empieza y termina de forma abierta. Los seis capítulos son independientes y todos constan de dos partes. Cada uno comienza con un personaje que busca la taberna, en donde, al llegar, le ofrecen un menú con el que queda satisfecho, «omakase»; después de una entrevista, con el fin de conocer los pormenores del plato y al propio personaje en su entorno, termina el primer apartado. El siguiente da paso a la degustación, en la taberna, dos semanas después, cuando el cocinero detective ha investigado todo lo necesario. Mientras el cliente lo come, se va enterando de los avances que Nagare fue obteniendo: lugares y personas que han hecho posible recrear el aroma y sabor capaces de transportarlo a un entorno memorable. El capítulo finaliza con otro cliente satisfecho al revivir la magia del pasado y los cocineros, felices al disfrutar de su realidad presente.

Como predominan los diálogos, es una obra idónea para llevar a la pantalla. El autor la publicó en Japón en 2013 y ya en 2016 se realizó una miniserie de ocho capítulos. Creo que, si la encuentro, la veré para comprobar si las imágenes son tan evocadoras como la escritura de Kashiwai.

Koishi Kamogawa es capaz de conseguir que sus clientes descifren el mensaje oculto que se ha instalado en su memoria; los personajes hablan más de lo que piensan y ella lo va anotando todo: palabras, lugares, personas, dibujos… Después, su padre, Nagare, deberá interpretar esa realidad según una explicación espiritual. Nagare consigue corresponder lo material a lo emocional. La narración tiene, en la subjetividad de cada personaje y en el escenario único donde todos alcanzan la manifestación de sus recuerdos, cierto carácter simbolista.

Los recuerdos producen, individualmente, una razón afectiva a la impresión que tenemos. Para entender nuestra realidad personal, debemos valorar el sentido oculto por el que somos capaces de vivir experiencias irracionales. A veces lo material nos impide percibir la verdad, «Siempre me sentí un extraño en aquella casa —dijo volviendo a bajar la vista—. Para mí fue una época muy difícil, asfixiante».

El autor, a través de sus protagonistas, padre e hija, hace que los clientes y los lectores reflexionemos sobre las distintas vivencias del amor según los recuerdos que tenemos. Es curioso cómo, de forma involuntaria, acuden a nuestra memoria imágenes que luego ahondan en nuestros sentimientos hasta conseguir que incluso modifiquemos las percepciones negativas. Solo hay que conocer la otra perspectiva del suceso, que a su vez será el recuerdo de otra memoria que, al no conocer la nuestra, también se siente sola.

Los símbolos son importantes en Los misterios de la taberna Kamogawa, no solo los olores, sabores o ambiente; el gato tiene una gran importancia en la cultura japonesa, símbolo de prosperidad, en casi todos los restaurantes encontramos figuras de gatos que llaman, con su patita levantada, a los clientes; Hisashi Kashiwai introduce a Hirune, el gato de los dueños que, en la puerta de la taberna atrae a quienes acuden a ella, prometiéndoles felicidad «Hirune se restregó en sus tobillos: parecía acordarse de él».

Los misterios de la taberna Kamogawa es una llamada a la comunicación serena, a respetar las tradiciones y la cultura. Solo así conseguiremos respetar a los demás y, lo más importante, a nosotros mismos. Es la lección que sacamos de Nagare Kamogawa.

Kashiwai ha conseguido involucrar desde el primer momento al lector que, como los futuros clientes de la taberna, se deja llevar: «el olor que flotaba alrededor invitaba a ignorar la primera impresión y entrar».

La importancia de la comida es fundamental. Todos lo sabemos. Según lo que queremos conseguir, nos esmeramos más o menos en la preparación de alimentos, en la cantidad, en la ornamentación, en la construcción del ambiente…

El autor consigue que, a través de la comida, los personajes relacionen un antiguo amor con otro nuevo. También el dolor por una historia de amor que no tuvo un final feliz puede diluirse al recordar los momentos felices y entre ellos está el recuerdo de un sabor determinado. El amor se da en todas sus manifestaciones: el cariño que suplía la falta de amor familiar, el desamor obligado, paradójicamente, por el fuerte amor hacia alguien, la nostalgia del amor recibido en la infancia, el amor incondicional de una madre… Son emociones que perviven agazapadas en la memoria y que, evocamos de manera afectiva al volver a probar un sabor relacionado con ellas. Es fácil conectar con los personajes y muy fácil emocionarse con la novela.

jueves, 27 de junio de 2024

LA LUNA A TRAVÉS DE LA VENTANA

No hace ni medio año que me despedí, en una crítica, con la intención de seguirle la pista a una escritora. Así que aquí estoy, de nuevo con Lorena Escobar.

Esta vez la autora ha dejado la pintura aunque otras artes se unen a su narración, si cabe más poética que en El ilustrador paciente.

Cuando comenzamos a leer La luna a través de la ventana estamos seguros de que la noche será la protagonista, es cierto que la portada ayuda y el poema de Poe que abre la primera parte, nos dirige hacia el recuerdo constante de una relación amorosa llena de claroscuros.

El romanticismo de Edgar Allan Poe preside esta novela. El hermano de la protagonista, Ricardo, utiliza el seudónimo Edgar Polland para seducir constantemente a diferentes chicas, hasta que él muere en trágicas circunstancias. Como con el autor estadounidense al que pretende recordar con su alias, las desavenencias con la figura paterna fueron evidentes, si bien es cierto que por diferentes motivos.

Si Allan Poe revolucionó el terror aportándole una perspectiva psicológica, Lorena Escobar vuelve a incorporar asociaciones auditivas que saltan desde la mente del personaje a la voz del narrador para mezclarse con él. En ocasiones no tenemos claro dónde acaba la realidad que da paso al despropósito del delirio.

La lectura nos va enganchando con diferente ritmo, probablemente por las excesivas metáforas, imágenes y comparaciones de la Parte I que ralentizan la acción y que poco a poco nos van llevando a un pasado tan retorcido y amargo que no podemos intuir ni un rastro de belleza en esa prosa lírica, «Eso hacía Ricardo mientras Sara veía, mientras se apartaban, mientras Sara ponía distancia, mientras dilataba en un parto sin bebé».

La certeza que creemos haber captado se va convirtiendo en sospecha. Las presunciones que obtenemos de confesiones se transforman y dan paso a una realidad tan descarnada que no parece real.

Sexo duro, relaciones complicadas, sadomasoquismo al ritmo de David Bowie, de Fergie o Mody Blues llevan Sara a una confusión total pero, a diferencia de Dorothy, en El mago de Oz, ella no tendrá un hogar al que regresar.

La escritura de Lorena Escobar mantiene una constante: el terror. El pánico es más turbador cuando se viste de lírica y en nuestra autora abundan las sinestesias, las repeticiones, los paralelismos, la poesía… Sin embargo no nos relajamos, no hay tregua para el lector. Conforme vamos avanzando en la trama el desasosiego es mayor, hasta que nos damos de bruces con un final espeluznante.

El tema principal también es recurrente en Lorena Escobar: el desorden mental del psicópata, que daña tanto a él mismo como a todos los que lo rodean. Esto lo vimos en El ilustrador paciente, con un perturbado a consecuencia de un trauma infantil; en La luna a través de la ventana aparece la psicopatía genética. Mentiras y ausencia de remordimientos consiguen que, a pesar de sentir rechazo absoluto por los personajes, lleguemos a compadecernos de los hechos y sus consecuencias.

Las contradicciones son evidentes, lo que leemos no se corresponde a cómo lo leemos, la rapidez exigida se diluye en digresiones que obligan al lector a reflexionar sobre los personajes, bien porque el narrador les cede su voz en un determinado momento, bien porque el monólogo interior se confunde con las analepsis, «Israel sintió la mirada de Roberto en su piel, como un desigual pespunte en herida abierta. Aguantó. A fin de cuentas llevaba toda su vida aguantando lo inevitable».

Asimismo es usual en la autora expresar la sensación que acude a la mente del personaje para que podamos sentir lo mismo que él. Gracias a las repeticiones reforzamos también dichas sensaciones al asimilar lo que ronda por sus mentes que, como en la narración, donde parece que se dan de forma caótica y desordenada, todo cobra sentido al final en una estructura perfecta, redonda. Otra característica de la autora.

Está claro que Lorena Escobar se siente atraída por los trastornos de personalidad, trastornos que, vengan de uno u otro género, perjudican más a la mujer. ¿Somos más vulnerables frente a mentes depravadas?

No quiero comentar más porque es difícil analizar a los personajes sin desvelar algo importante de la novela. Pero tanto Sara como Ricardo tienen un pasado que los va a dejar marcados, también el inspector Israel Guzmán, aunque le cueste admitirlo, y Ángel y Carlos y Jim y Vicky. Todos son víctimas de la demencia humana. De alguna forma. Para conocerlos hay que leer La luna a través de la ventana, solo así nos daremos cuenta de que estamos rodeados por más desequilibrados de los que pensamos. Incluso puede que lleguemos a la conclusión de que tenemos algún comportamiento derivado de algún trastorno psíquico.

La mente, que es caprichosa.

viernes, 21 de junio de 2024

DEL MONO AL SAPIENS

No cabe duda de que Babelio es una plataforma literaria importante. Los libros que recomienda son un referente. Las listas que elaboran los seguidores sobre subgéneros literarios resultan bastante fiables; además casi siempre encontramos alguna reseña sobre un título que nos interese leer. Por si esto fuera poco, cada cierto tiempo se abre una Masa Crítica donde tenemos la posibilidad de obtener un libro, elegido por nosotros, a cambio de realizar una crítica. Gracias a esta iniciativa he recibido Del mono al Sapiens, un libro fabuloso en el que los textos de Bengt-Erik Engholm y las ilustraciones de Jonna Bjōrnstjerna se complementan para que los jóvenes de la casa (y los no tanto) pasen ratos divertidos, agradables y de reflexión sobre quiénes somos.

Mi agradecimiento enorme a Babelio y a la editorial Harperkids.

Llaman la atención en este libro, el orden, la estructura y los dibujos que, no cabe duda, enriquecen el texto; en todas las páginas encontramos personajes de cómic que con onomatopeyas o bocadillos suplementan la historia. El diseño de los personajes es casi igual para todos, lo que nos recuerda que no somos tan diferentes como algunos se empeñan en proclamar. Pero hay color en las imágenes, un tono algo más o menos subido en la piel, un sombrero o la ausencia de él, un cabello más o menos rizado, ciertas prendas de vestir… Los personajes de Del mono al Sapiens van experimentando una evolución, tal como afirma el título, aunque las diferencias son mínimas, desde el principio de la historia nos vemos reflejados. Los dibujos son divertidos; los chicos reirán con las agudezas encontradas en el lenguaje elíptico de los globos o en las onomatopeyas, que quitan gravedad a los hechos ocurridos en realidad. Las ilustraciones conforman casi por sí solas un relato paralelo.

Como el concepto tiempo es abstracto, Bjōrnstjerna, tras un árbol genealógico en el que retrata las caras de los diferentes homínidos a partir del Autralopithecus, y en el que se permite terminar con el Homo Digitalis, dibuja la historia de la Tierra en la esfera correspondiente a los doce meses del año. La Tierra se crearía el 1 de enero y la historia completa del hombre ocuparía los 39 últimos minutos del 31 de diciembre. Visto así, nos damos cuenta de lo ínfimos que somos.

Las dos últimas páginas del libro están ocupadas por tiras cómicas que reflejan la cronología del Sapiens desde hace 70.000 años hasta el momento.

No cabe duda de que los colores son llamativos y los dibujos mantienen un tono humorístico y exagerado. Es una verdadera delicia pasear por las 167 páginas del libro. Y, por supuesto, no solo para recrearnos con las ilustraciones; el texto es bastante completo y fácil de leer. Engholm ha tenido en cuenta la edad de los lectores y ha dividido la historia en cinco grandes apartados; cada uno de ellos está formado por curiosidades (de una página) encabezadas por un título. Aunque siguen una  cronología general, los subapartados no continúan de forma regular; esto facilita la lectura de dos o tres páginas diarias o incluso ir directamente a aquello que les interesa en especial, A saquear en nombre de Dios o Las colonias.

No todo es diversión, al menos, los autores no pretenden solo la risa de los lectores. El libro trata temas muy variados como el racismo, «Tenemos aspectos diferentes porque nuestros predecesores han vivido en sitios diferentes», la xenofobia, la crueldad humana, la inmigración, «a eso se siguen viendo obligadas algunas personas hoy», o el concepto de amistad.

Es cierto que estos aspectos no se tratan en profundidad, pero no se trata sino de que el niño reflexione sobre la poca importancia del color de la piel, la poca importancia del sitio de procedencia y la gran importancia de utilizar la inteligencia, de tener claro que somos los únicos habitantes de la tierra que, al caminar erguidos, nuestro cerebro se desarrolló más que el del resto de especies, y que somos lo suficientemente capaces de evitar confrontaciones innecesarias. Si ahora nos parece inocente la creencia antigua de achacar las malas cosechas a castigos divinos, ¿por qué sentimos la necesidad de intercambiar favores con el dios de cada uno? ¿Aún no nos hemos dado cuenta de que hay poca intervención divina y mucho afán de poder humano? «Los mitos sobre un dios severo ayudaron a los gobernantes a acumular más poder sobre el pueblo».

Una vez leemos el libro, nos damos cuenta de que la supremacía de occidente no ha existido siempre; sin embargo, el hombre sí ha tenido cierta inclinación a la xenofobia, bien por su carácter egoísta, bien por las condiciones ambientales, políticas o económicas, «creíamos que los demás eran peores por el simple hecho de que provenían de otro lugar o de que tenían un aspecto diferente».

A esto hay que añadir otro problema: la superpoblación. Somos millones de personas viviendo en espacios donde antes lo hacían miles o cientos. Las condiciones de vida para la gran mayoría son peores: menos trabajo, menos espacio vital, menos actividades satisfactorias. Hemos sido capaces de inventar artilugios que nos hacen la vida más cómoda pero estamos llegando al punto de apreciar más a las máquinas que a los propios humanos. Tenemos “derechos humanos” pero no consideramos a todos dignos de estos derechos. Estamos consiguiendo una vida totalmente distinta en la que solo los afortunados podemos elegir, «Podemos colocarnos partes mecánicas en el cuerpo», pero Engholm advierte de algo que estamos olvidando, «que se erradicaran las guerras, la pobreza y las enfermedades; que pudiéramos salvar el medio ambiente». Cuando consigamos esto habremos demostrado ser verdaderamente un Homo sapiens.

sábado, 15 de junio de 2024

BAJO TIERRA SECA

Cuando empezamos a leer Bajo tierra seca vamos intuyendo por qué César Pérez Gellida ha elegido ese título; el pronóstico de una tierra yerma siempre es desolador. Esa desolación la confirma, casi al final, uno de los personajes


—No sufras. Tú ya deberías saberlo […]

—¿Debería saber qué?

—Que bajo tierra seca nada bueno germina

Sin embargo, desde el primer momento tenemos esperanza, bien por la aparición de un moderno quijote para el que no hay términos medios, bien por la narrativa directa capaz de enviarnos un nítido mensaje a través de la descripción de dicho personaje. Está claro, hay un héroe: «Infinidad de partículas de polvo en suspensión cubren las botas de montar […] Bien planchado el uniforme de servicio: azul marino con doble hilera de botones dorados, capa de lana […] Bajo el tricornio, Martín Gallardo».

El argumento de Bajo tierra seca está basado en un hecho real. También alude a enfrentamientos reales en la España de principios del siglo XX, pero no es una novela histórica al uso. Sí es una novela negra. Mucho. Quizás porque, en general, la historia de España haya sido negra durante una larga época, o al menos para la mayoría haya discurrido en blanco y negro.

Tampoco Martín Gallardo es un héroe al uso, a pesar de su valentía e intrepidez es un ser humano debilitado por su dependencia del opio, fruto de haber estado como prisionero de guerra en Filipinas. Esto hace que su humor sea habitualmente malo y que la mayoría de las veces actúe de forma irreflexiva, siendo consciente en todo momento de que hay circunstancias en las que solo los disparates pueden combatir tanta locura. Probablemente por esa razón sus maldiciones son constantes, «Me cago en mi condenada alma», «me cago en mi santa vida», «me cago en mi suerte», «Me cago en mi alma negra». Martín Gallardo es un personaje que conserva el sentido de la justicia del literario Alonso Quijano y el de la amistad del cinematográfico Wyatt Earp. Sin duda es atrayente y sus actos nos mantienen en vilo durante toda la novela.

Pérez Gellida ha sabido retratarlo a la perfección; en el extremo opuesto, uno de sus antagonistas queda descrito como un personaje de cómic por el que no llegamos a sentir empatía alguna, a pesar de ser una víctima; incluso su muerte parece la descripción de una tira de tebeo «Tampoco le ofrece demasiada resistencia el espesor de la pared ósea que la separa del cerebro, donde llega, ahora sí, para quedarse. El estropicio para su dueño resulta fatal».

Por supuesto, la villana mayor de la historia es Antonia Monterroso. Toda ella es una mentira, ni se llama así, ni su sobrenombre, la Viuda, hace justicia a su condición dolorida. Todo en Antonia es exagerado, su corpulencia, su apetito sexual, su ambición de dinero y poder, sus amantes, su odio… Antonia no es la causante directa de la desgracia presente en Zafra pero sí la que desencadena el desastre final.

La narración se va ajustando a cada personaje, más o menos ficticia, más o menos teatral, más o menos cómica; sin embargo hay dos constantes, con el héroe mantiene un punto de ironía al relatar sus actos y con los malvados predomina el sadismo hiperbólico. Sea de una u otra forma, el relato queda marcado por cierta lucidez, algo que permite al autor construir personajes redondos, con firmes caracteres formados por unas convicciones fruto de las circunstancias vividas.

La narración es en tercera persona, pero el narrador cambia de perspectiva, como si estuviésemos leyendo el testimonio de diferentes personas que se han visto involucradas en un hecho. Nosotros somos quienes mejor podemos entender lo sucedido en cada momento porque conocemos los puntos de vista de todos los implicados. Es cierto que no a la vez, para eso se vale de analepsis que van aclarando el argumento con hechos sucedidos tiempo atrás. También las prolepsis contribuyen a explicar la trama mientras en el argumento va aumentando el interés del lector, «Y lo que ocurrió allí dentro, aunque él no pudiera preverlo, sellaría su destino fatal».

Los diferentes tiempos que marcan los flashbacks traen consigo distintos escenarios; tanto unos como otros son explicitados con diferente precisión. Las analepsis son más generales, con lo que el salto atrás en la narración incluye el pasado del personaje. Asimismo cuando la prolepsis se convierte en augurio no aporta una fecha exacta sino que es más bien la predicción de un futuro inmediato.

César Pérez Gellida es un maestro del enfoque no lineal; no le interesa el transcurso del tiempo, por lo que su narrativa queda plagada de acciones paralelas expuestas en diferentes momentos de la trama, protagonizada por diferentes personajes que van creciendo en número para conformar lo sucedido a un pueblo y sus alrededores. Todos los habitantes quedarán estigmatizados. Las dimensiones de la narración son grandiosas; leemos descripciones que nos recuerdan a escenas panorámicas de la gran pantalla, otras son de un primer plano agobiante, del que tratas de apartar la vista pero no puedes porque el enfoque es un punto en concreto. Todo lo que rodea al espacio real es, como el enclave, amplio; un espacio duro, preparado para amenazar a sus habitantes. Todo lo que tiene que ver con Antonia Monterroso es hiperbólico, como ella. Sus pasiones son desmedidas, sus expresiones, resolutivas y sus actos, desorbitados.

El lenguaje, como las perspectivas, fluctúa; si bien es cierto que las expresiones duras predominan, también aparecen metáforas, «deja que sus pestañas se abracen antes de caer inconsciente»; hipérboles, «sobrevivió porque tenía el cuerpo tan destrozado que ni siquiera supo morirse»; refranes, «cuanta menos harina tenga que transportar, más vive el buey»; latinismos, «pertenecer de facto a una España…»; tecnicismos, «discinesia», «morlaco leonado y corniabierto»; términos en desuso, «feral» y vocabulario culto «agibílibus», «inefable», «hético», «ataraxia».

Esta mezcla de vocabulario, junto a expresiones vulgares, es perfecta para escribir una novela en la que las narraciones derivadas del delirio y las oníricas conviven con las pragmáticas, donde el terror da la mano de forma natural al humor, al amor, al dolor y la felicidad.

Al final, como en la vida, tiene lugar una justicia parcial. Probablemente se eche en falta un desenlace más poético pero entonces se habría resquebrajado el tema predominante: el valor de la amistad por encima de todo. Toda una lección de honor por parte del autor.

sábado, 8 de junio de 2024

DESENCAJADA


Desencajada no es una novela aunque tiene argumento: la vida de Daria Kovalenko; en torno a la protagonista se dan cita otros personajes, y hay un tema principal: el desarraigo.

Es triste leer Desencajada, pero no más que si nos paramos a pensar durante un momento en la vida de todos aquellos que deben abandonar su casa, a su familia, a sus amigos para enfrentarse a nuevas costumbres, nueva gente, trabajo y, lo más duro, el idioma, «El significado de la palabra liubov es amor».

Una lengua permite contactar con quienes te rodean, sentir que formas parte de una comunidad porque entiendes lo que dicen, lo que sugieren, lo que puedes o no puedes hacer en según qué momento o lugar. Si es duro tener que abandonar el país de origen, llegar a otro en el que no se consigue interpretar nada de lo que se dice debe ser aterrador. Esto es algo de cajón, cualquier ser humano lo entiende, sin embargo hay que agradecer a Margaryta Yakovenko que nos lo recuerde; que existen personas que se sienten fuera de lugar, desencajadas en un sistema que pretende ayudarlas con mayor o menor interés por parte de ciertas personas que piensan que por haber nacido en un lugar les pertenece; que nadie puede llegar allí y pretender tener los mismos derechos que ellos que, fruto del azar, nacieron ahí; que supondrán una amenaza porque se aprovecharán de sus ventajas, de sus trabajos: «Antes de la migración mi madre era enfermera. Después de la migración mi madre trabajaba en un almacén empaquetando limones».

Para los adultos es duro, la mayoría no tiene facilidad para aprender el nuevo idioma y, sobre todo, cuando consiguen cualquier ocupación que les permita salir adelante, aceptan cualquier condición. El miedo a perder el trabajo hace que todo valga, «A los ocho años mis padres me compraron un móvil […] como sustituto de su propia presencia. Cada día, mi madre me llamaba a las dos y media de la tarde […] En el almacén en el que empaquetaba limones le daban media hora para comerse el bocadillo, media hora que ella aprovechaba para llamar a casa».

Los niños no tienen que trabajar. El Estado les ofrece educación y sanidad, pero les falta el cariño, el roce de su familia, la confianza de sus amigos.

Yakovenko rememora su existencia desde que tuvo que abandonar un país donde les era imposible subsistir, después de haber residido veinte años en España, de haber estudiado, de haber conseguido la nacionalidad, de tener una pareja… Aun así no se siente plenamente española, ni ucraniana, ni preparada para compartir su vida con un español «Después de la migración […] Los días de cuando empecé a ser española y me quedé sola. Los días en los que nunca dejé de estar sola».

¿Por qué es tan difícil que algunos puedan salir adelante? ¿Por qué es tanta la crueldad que nos rodea? ¿Por qué si tienes dinero no eres considerado inmigrante y no tienes problemas de adaptación? ¿Por qué el hombre castiga a los más necesitados y premia a aquellos que no tienen necesidades? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es por envidia, algo que aflora para deshumanizarnos por completo «En la frontera entre Ucrania y Polonia mi padre tuvo que meter en su pasaporte un billete de cincuenta dólares para que le pusieran el sello de entrada sin problema. En Madrid, una polaca llamada Jana les pidió ochocientos dólares por conseguirles un puesto de jornalero».

El problema de los verdaderos migrantes es el desarraigo, a pesar de llevar veinte años en un mismo país, a pesar de haber conseguido una relación estable: «Yo me he mudado de casa dieciséis veces». Y el desarraigo conlleva un sentimiento de culpa difícil de eliminar. Te sientes culpable por haber dejado a “los tuyos” en la miseria y culpable por haber salido adelante. Es una situación angustiosa, tienes una nacionalidad que no se corresponde con tu ADN y por la que has tenido que pagar y luchar durante años. Sabes que no todos somos iguales. Todos lo sabemos, aunque la constitución de países democráticos diga lo contrario. Llegados a esta punto, Margaryta Yakovenko concluye, a través de Daria, que la migración es una enfermedad, es un duelo en el que lo has perdido todo, «Lloras los paisajes y el clima». Y los migrantes son aquellos que sufren el síndrome de Ulises, en el que «la verdadera condena es la errancia porque él no sabe cómo vivir en tierra firme […] Y nos hemos vuelto adictos al horizonte».

Aunque Desencajada no sea novela, es un relato autobiográfico que todos deberíamos leer antes de juzgar a los inmigrantes, porque es duro no saber dónde están enterrados los tuyos, «es imposible que les encuentre porque ni siquiera estuve en su funeral», porque es difícil mantener una relación, «cómo vamos a ser familia si ni siquiera estuvo en el lugar en el que empezó a manar la sangre». Es duro, pero hay personas que aún nos hacen creer en el ser humano. La hija de Mª José y Kiko, unos amigos muy queridos, decidió pasar el fin de año, con sus padres y hermanos, en un país remoto de África, de donde es su pareja. Bien por ti, Irene. Os merecéis toda la felicidad del mundo.

viernes, 31 de mayo de 2024

THE BUENOS AIRES AFFAIR

Novela escrita en 1973 por Manuel Puig. No cabe duda de que el autor es él, su estilo es inconfundible, pero la he encontrado más complicada de leer que otras del autor. Hay que terminarla para tener una visión de conjunto. Está claro que el amor por el arte, en general, de Puig, reside en cada una de las páginas. Los capítulos están introducidos por una escena de diferentes películas del cine de oro norteamericano. La música también queda como fondo en algunas secuencias y las citas de autores ponen de relieve la cultura del autor, que indudablemente traslada a su protagonista, Gladys.

Hay que leer las casi 300 páginas de The Buenos Aires Affair para conocer realmente a Gladys, y a Leopoldo.

La novela comienza en 1969 cuando Clara descubre que su hija Gladys, de 35 años, a la que cuidaba, ha desaparecido en Playa Blanca. Las voces son diferentes, los puntos de vista, también; a partir de analepsis y prolepsis podremos ir conformando la vida de Gladys, una niña desafortunada, criada por su madre, débil, con poco éxito en el colegio que, a causa de sufrir una violación en la que perdió un ojo, se vuelve más insegura y tímida. Con el tiempo cree que puede tener más oportunidades en Nueva York o California, y decide encontrar trabajo allí. Las circunstancias harán que vuelva con una depresión mayor. El autor narra la vida de Gladys de forma desapasionada, con cierto sarcasmo y pretendido humor que no hace sino inquietarnos más y asegurarnos de que todo irá a peor, «La resistencia de Gladys a los tratamientos psicoterapéuticos tenía una razón fundamental: en su plan de ahorro para comprar una propiedad inmobiliaria no entraban gastos prescindibles». Puig trata la juventud de la protagonista con el mismo interés que pone en el resto de sucesos, lugares o personajes. Es un compendio de minuciosas descripciones. Incluso las escenas violentas, casi siempre sexuales, están carentes de fuerza aunque la contienen; es como si formaran parte normal de unos personajes, de un país.

Aparecen en la escritura diferentes recursos: páginas de prensa, atestados policiales, informes de autopsia, sesiones con un psicólogo, entrevistas que luego llenarán las páginas de revistas, diálogos telefónicos de los que deducimos lo dicho al otro lado de la línea y que son, en realidad, acosos policiales hacia posibles confidentes, para arremeter contra aquellos que no pertenecen al régimen:


Voz:

Oficial: ¿Segura que por lucro no fue?

Voz:

Oficial: Todo lo que sepa, después nosotros haremos ver que llegamos al acusado por otro conducto.

En realidad el distanciamiento del autor es un arma con la que nos alarma; nuestra desazón va en aumento.

La vida de Gladys se va uniendo, casi sin darnos cuenta, con la de Leo Druscovich para formar una pareja de traumatizados en la infancia que desde que se encuentran se hacen daño; no podía ser de otra manera. Aun así se buscan, a pesar de los ultrajes, a pesar de la violencia desmedida de Leo hacia Gladys. El juego de seducción, atracción, rechazo, miedo es constante.

Tampoco sus vidas laborales se mantienen de forma regular. Hay altibajos en los diferentes negocios de Leo y en el éxito que Gladys tienen como artista. Ninguno parece cambiar de actitud; les vaya bien o mal. Gladys acepta lo que le viene con frialdad, lo asume como algo natural; tanto su desgracia física como psicológica. Justo en esa indiferencia es donde sentimos mayor desasosiego, «permanecería quieta en la cama; si se quedaba quieta en su cama, allí moriría porque nadie le llevaría nada de comer».

La vida de Leo plantea muchas preguntas ¿La actitud sexual de un adulto tiene que ver con un trauma sufrido en la infancia? ¿La impotencia va unida a la masturbación excesiva desde época temprana? ¿O es al revés? No lo tengo claro. Lo evidente es que Leo no disfruta con el sexo —casi nunca— y no hace disfrutar de él —nunca—. Todo es fruto de la vergüenza, de la culpa, del dolor, «Ese bebé no es normal. De su pubis poblado de vello encrespado penden órganos sexuales de hombre y del pene enrojecido, algo confundidas con la espuma blanca, chorrean gotas espesas se semen».

Manuel Puig escribe una novela negra en la que el surrealismo y las imágenes oníricas se diluyen en la realidad; a veces somos incapaces de distinguir qué pertenece al sueño y qué no, qué forma parte de una mente perturbada y cuándo la mente está en equilibrio: «y su carne blanca como el tocino ahumado arrumbado durante semanas entre el hielo granizado del congelador abre paso a la negrura de un gorila que habla para darle las gracias por no quejarse, por no gritar, no llamar a un médico».

Los protagonistas divagan en sus recuerdos, no tienen claro qué sucedió en qué momento; viven sus deseos tal como lo hacen con sucesos reales «Leo cerraba los ojos y al rato su semen se mezclaba en el pensamiento con la sangre de la muchacha».

No sabemos con claridad qué puede ocurrirles a los personajes. Cualquier cosa. Pero siempre tememos lo peor. No sabemos, aunque la sospecha es creciente, hasta qué punto las relaciones se van a quedar en el plano personal o pasarán a exponer una situación social-policial en la que valen pistas verdaderas y falsas, en la que las mentiras son habituales en los delatores.

Todo es un despropósito, un infierno: la resolución de un crimen donde no hay cuerpos que lo corroboren; las amenazas constantes; el cuerpo sin vida que no merece investigación; el ambiente sociopolítico confuso y atemorizador.

Es duro enfrentarse a The Buenos Aires Affair porque el autor se expresa de forma libre; es consciente de su denuncia política (y esto en la Argentina de 1973 era jugársela de forma segura), es consciente de la violencia homosexual (probablemente por la negación requerida) y es consciente de la indefensión sexual de la mujer, sometida a los requerimientos del hombre, aun los más abyectos.

Está claro que Manuel Puig vivió y escribió como quiso, con pasión y demostrando ser alguien tremendamente tolerante con los demás y culto consigo mismo. En esta novela, las escenas cinematográficas que abren los capítulos remarcan su formación como cineasta y la exposición de situaciones, a modo de escenas teatrales con diálogos y acotaciones, indican su amor por la literatura en general; algo que los lectores valoramos porque nos permite hacernos una idea precisa de los personajes. El hiperrealismo es evidente, lo corroboran las descripciones minuciosas, una prosa violenta que se torna en poesía cuando menos se espera, el objetivismo exagerado y la confusión de voces. Esto, con el sexo —también violento, defraudante y doloroso— como motor de la actividad humana nos conduce a una actitud propia de los desheredados de la tierra. Gladys busca en su juventud el trabajo perfecto y al hombre perfecto hasta que se da de bruces con la realidad y la violencia sufrida la lleva a aprender a acomodarse a las situaciones posteriores. A un futuro que no es sino una continuidad de presentes, aunque Leo, ese animal desbocado, no figure en él.