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domingo, 26 de septiembre de 2021

LA PISTA DE ARENA

Ha dado para mucho esta última novela; para tanto, que de vez en cuando tenía que volver atrás y leer de nuevo un determinado pasaje porque mi mente había volado a otro sitio. Me ha permitido redistribuir las actividades de la semana, crear algún que otro texto literario (o texto a secas) y visualizar mi futuro a corto plazo.

Todo, porque La pista de arena no es la novela que estoy acostumbrada a leer de Salvo Montalbano. El argumento apenas mantiene una trayectoria de novela negra; de hecho hay un muerto y es el que menos sentido tiene, ni para el que lo mata ni para el propio muerto ni, por supuesto, para su mujer, que cuando recibe la noticia le da un desmayo; yo creía que era de alegría por haberse librado por fin de su maltratador y no, era de pena porque en realidad lo quería «No pudo seguir. Las piernas se le doblaron y se desplomó, desmayada». No se pueden dar esos mensajes tal y como está el patio. «—Dottore –respondió Fazio […] Entre los puñetazos, los puntapiés y los guantazos de su marido y, lo que debió decirle Ciccio Bellavia, la pobrecilla no tenía más remedio que acceder».

En fin, no creo que Andrea Camilleri fuese machista, simplemente tenía 80 años (más o menos) cuando escribió La pista de arena, y se nota. Yo lo he notado. Hay cosas que no se sostienen y hacen perder el interés, el mío al menos, porque apenas son influyentes para la trama. Montalbano está especialmente despreocupado con lo que rodea el caso, a saber, la muerte a golpes de un caballo y el secuestro de otro. Pero en realidad el caso no es de su jurisdicción, aunque lo lleva él… ¿Porque se ha visto atraído por la dueña del caballo y no se resiste a perderla de vista? El caballo, tras ser apaleado, va a morir a la puerta de su casa y, desde que llama a sus compañeros de la Científica hasta que vienen a tomar huellas, tiempo que aprovecha para ir a la cocina a tomarse un café, el animal desaparece. Los ladrones saben que Salvo ha visto el cadáver así que lo vigilan desde una barca anclada en el mar, hecho que no consigue ponerlo nervioso especialmente. Como tampoco le afecta demasiado que uno de los ladrones, al intentar quemar su casa, muriese de un tiro.

No encuentro ni siquiera un poco de realismo en que la policía no estuviera enterada de las carreras ilegales que la alta sociedad hace a menudo, a una de las cuales lo invita la guapa millonaria, dueña del caballo, que así, sin venir a cuento, como si fuese un flechazo, se queda prendada de nuestro comisario, que ha cumplido más de cincuenta años y empieza a acusar, con fuerza, el paso del tiempo. Ahí es donde está la clave de todo. En La pista de arena lo importante es que el comisario Montalbano siente que no es joven. Ha llegado a un punto de su vida en que la relación que mantiene con Livia hace aguas, probablemente por la distancia entre ellos, los celos que provoca el simple hecho de pensar en el otro con parejas diferentes y que, en el caso de Salvo, es cierto. Por el contexto, intuimos que Livia se mantiene fiel, algo que también queda hoy un tanto obsoleto. El hombre puede tener algún desliz de vez en cuando, mientras que la mujer permanece fuerte ante cualquier tentación.

La pista de arena está enmarcada en unas coordenadas espaciotemporales específicas que intentan explicarla en una época concreta y no en otra; pero creo que es el “tiempo” de Andrea Camilleri porque, aunque está escrita en 2007, al leerla me viene a la mente el siglo XX, en un pueblecito de la costa mediterránea donde los adelantos no eran disfrutados por todos sus habitantes, donde las investigaciones, lentas, tenían mucho de intuición, «he extraído la bala y la he enviado a la Científica, que, naturalmente, dará señales de vida después de la próxima elección del Presidente de la República», donde temas muy graves se resolvían en un ambiente familiar para no dañar la imagen del acusado, sobre todo si este era un hombre «el pequeño le contó que el maestro se la había sacado para que él se la tocara. La señora Verruso, mujer sensata, no creía que el maestro, un cincuentón padre de familia, fuera capaz…». Y donde, a pesar de todo, el buen hacer y el buen humor reinaban.

Camilleri deja en cada novela su ideología, su forma de pensar, corroborando la relación existente entre literatura y sociedad, de ahí que, en general, los géneros cambien con el paso del tiempo y que la literatura del autor sea tan particular. La realidad actual se va alejando de los modelos tradicionales que seguimos observando en las novelas de Andrea Camilleri. Ahora prima lo fragmentario, lo perecedero, el cambio. Enfrentarse a Salvo Montalbano supone mirar a un hombre forjado según una serie de valores éticos que han conformado su auténtico yo. Con sus arrepentimientos y autorrecriminaciones. En esta ocasión, Montalbano llega más lejos y mantiene un debate en el que su yo lucha contra su otro yo hasta que él mismo llega a una conclusión.

El estilo de Camilleri es el propio estilo Montalbano, o al revés. Su evolución íntima y continua acerca la saga a una especie de diario en el que las impresiones sobre su familia, amigos y compañeros se van intercalando con sus actividades profesionales. Por eso seguimos viendo pasión, ternura, cansancio, fallos y ganas de mejorar.

El argumento de La pista de arena es una justificación para que Montalbano, Montalbano1, Montalbano2 y Camilleri formen una sola voz reconocible, la que entabla una batalla consigo mismo por negarse a lo evidente, el paso del tiempo. Es una crisis temporal que se trasluce en su relación con Livia y en el deseo irresistible de gustar a las mujeres de las que se rodea, por otra parte bellísimas —que para eso es literatura—. El comisario no acepta su decadencia, al menos por ahora; en ese aspecto no es literario, envejece, acusa los excesos, la pérdida de visión, la sucesión de sueños eróticos que no lo llevan a ninguna parte y los deseos irrefrenables que, una vez satisfecho el impulso, se esfumarán. Porque en el fondo está feliz, es feliz con lo que tiene, un trabajo excitante y una vida personal tranquila, sin sobresaltos, tradicional, con su fiel novia ocasional, sus mañanas nadando en la playa, sus mediodías paseando por Vigata y sus noches cenando, a veces, con alguna guapa mujer.

domingo, 19 de septiembre de 2021

INDEPENDENCIA

Acabo de leer una novela negra diferente, probablemente porque se acerque más a una crónica negra, tanto se parece a la vida misma. El caso se desarrolla en un ambiente elitista, de esos que, pase lo que pase, predominan la buena educación y la cordialidad. Externamente, a primera vista, no hay una atmósfera de miedo o violencia… pero todo es fachada, y para que conste, en las primeras páginas leemos una especie de prólogo que sirve presentar al protagonista, Melchor Marín; de hecho, este comienzo in medias res, sitúa al policía en un tugurio, cuyo dueño, a pesar de haber salido indemne de un juicio por trata de blancas, continúa esclavizando a niñas inmigrantes con la seguridad de que no podrán probarle nada. Para eso está Melchor, para darle una paliza al sujeto en cuestión, amenazarlo de verdad hasta atemorizarlo y después sacar a las chicas del local.

Esta introducción no tiene que ver con la trama de Independencia sino con la lucha particular del protagonista. Quienes leímos Terra alta lo conocemos, pero los lectores que se acercan por primera vez a Melchor, irán averiguando sus circunstancias personales con el fluir del argumento.

Creo que, en esta ocasión, Javier Cercas pone en tela de juicio nuestro sistema democrático y para eso nada mejor que contar con un policía cuyos orígenes están en lo más bajo de la escala social, expresidiario, recibió ayuda en su momento de un abogado defensor de causas perdidas, Vivales, y la aprovechó, llegando a estar al otro lado, al de los que hacen cumplir la ley. Sin embargo arrastra cierto halo de fracaso, por lo que está convencido de que los problemas no se solucionan solamente razonando «—…Hay que arreglar esto antes como sea. No vamos a tolerar que unos chorizos decidan quién tiene que ser alcalde de Barcelona y quién no, ¿no te parece? Melchor se despide».

Melchor carga con sus demonios personales, que lo alientan para que se deje guiar por sus instintos y por su sentimiento. Es un policía de acción que, cuando está seguro de llevar razón no atiende a ninguna ley que le impida tomar medidas y ejercer la justicia. A veces tenemos la impresión de habernos trasladado al lejano oeste, «Yo soy la ley», pero en realidad la intención de Javier Cercas es visibilizar, denunciar y dar cuenta de lo que pasa política y económicamente en nuestra sociedad, porque se ambienta en la Barcelona de 2025 pero bien podría ser Madrid, de 2020 o Murcia, de 2021. Lo estamos viviendo. La corrupción política está a la orden del día y lo curioso es que gran parte de la sociedad lo ve bien o al menos lo tolera, que es lo mismo. ¿Será porque si estuvieran en esa situación harían lo mismo? El autor nos trae, para demostrarlo, a una serie de personajes de diferente nivel social pero capaces de actuar de la misma manera.

La alcaldesa de Barcelona está siendo extorsionada para que pague 300.000 € si no quiere que salga a la luz un vídeo de contenido sexual que, años atrás, cuando el procés, protagonizó con el que hoy es su exmarido, con su teniente de alcalde y con otro amigo de cierto renombre en el Ayuntamiento.

La policía recomienda que deje el dinero en el sitio acordado, donde pondrán vigilancia para pillar a los chantajistas. Esa noche no acude nadie, y a la mañana siguiente el dinero no está. Vuelven a pedir la misma cantidad y su dimisión. Cuando la alcaldesa está dispuesta a dejar el cargo por miedo a que su carrera se destroce, Melchor Marín lo resolverá todo a su manera. Sin importarle si ha de mentir, amenazar o matar a quien él considere necesario. Es cierto que los implicados representan a los típicos corruptos, capaces de actuar con total impunidad mientras tratan al resto de los mortales como objetos que se utilizan en beneficio propio hasta que no son necesarios. Políticos de la alta sociedad que durante años han manejado los hilos del país. Pero los manejados se mueven por la avaricia de obtener alguna migaja aun sabiendo que nunca entrarán a formar parte de los elegidos. Tan despreciables unos como otros.

La novela es el diagnóstico del mundo actual, violento pero escondido en la elegancia, en el que la vida de los demás no vale mucho y la integridad no tiene sentido.

Independencia denuncia una serie de acontecimientos ocurridos para espolear la conciencia del lector, para que advierta lo que está por venir, que no es sino más de lo mismo.

En esta novela negra la muerte es la consecuencia de la corrupción, de las ansias de poder, de la injusticia social y la violencia institucional encubierta. Cercas reflexiona sobre lo que ocurre actualmente y lo traslada a un futuro, tan cercano, que es presente, de hecho el argumento se nutre de la vida, es como un espejo en el que podemos vernos reflejados en cualquiera de los personajes. Hay para todos los gustos, los políticos de clase alta acostumbrados a ser adorados y reverenciados sin que importen sus fechorías, policías que se dejan corromper por dinero o promesas de poder, personajes de clase media, oscuros y amargados, que critican a los poderosos hasta que les surge la posibilidad de alcanzar algún protagonismo, abogados criticados por defender a delincuentes mientras los defensores de quien paga bien esconden sin pudor hechos delictivos y mujeres, mujeres agredidas, sometidas a la voluntad de los hombres.

En medio de este caos brilla la defensa de los derechos humanos por encima de cualquier ley escrita. Algo que está perfecto en la ficción, en los sueños, en las utopías pero que en la realidad puede ser peligroso.

El autor no se esconde para hacernos ver lo fácil que puede resultar traspasar la línea de la ficción, por eso advierte que no debemos confundirla; la narración es tranquila, el ritmo se mantiene sin sobresaltos, de hecho algunos comentarios se desvían del tema para aportar verosimilitud al personaje, mientras relajan la posible tensión de la intriga, y en cuatro ocasiones, Melchor Marín aparece como persona real utilizada por el autor para protagonizar una novela sobre unos asesinatos ocurridos cuatro años atrás, «nosotros tenemos que conformarnos con la novelita de Javier Cercas. Qué desastre, Dios santo, qué falta de autoestima. Y luego hay quien quiere que los catalanes seamos independientes». Y si Marín es una persona, Javier Cercas es un personaje más de Independencia, algo que le viene perfecto para aclararle al lector algunas consideraciones sobre el panorama actual

—¿Quieres que le metamos un pleito? —pregunta

—¿A quién? —contesta Melchor

—Al tal Cercas

[…]

—…cualquier excusa es buena para meter un pleito. Ese Cercas debe de ser un muerto de hambre, pero, en fin, algo le sacaremos.

Con su inclusión en la obra, el autor consigue cierta complicidad con los lectores quienes, al ser conscientes de que es real, lo revisten de importancia y credibilidad en la ficción. Cercas pretende objetividad con la denuncia que lleva implícita la novela, mientras que, al aparecer como personaje que escribe sobre un personaje, evidencia claramente su punto de vista, al mismo tiempo que añade cierto realismo a lo narrado ya que él, como autor, mantiene un dominio total de la situación. Y el tema principal de lo escrito en Independencia es la corrupción de un sistema democrático de gobierno. Estamos de acuerdo en que probablemente la democracia no sea perfecta. Pero mucho menos lo es cualquier tipo de dictadura que maneja, atemoriza y gobierna según la ley del más fuerte.

En la vida real, Melchor Marín deberá llevar más cuidado con su proceder.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

LAVINIA


Nunca me han gustado los libros de guerra, tampoco cuando en los libros de historia se contaban las estrategias llevadas a cabo para atacar un país, someterlo, esclavizarlo, porque el país no es la tierra; eso es lo de menos. La guerra trata de planificar hasta el último detalle para matar a personas. Por eso, las películas de guerra son las que primero he descartado siempre.

En fin, parece que no soy la única porque Úrsula K. Le Guin ha contado partes de las luchas llevadas a cabo por etruscos, troyanos, rutulianos, latinos… para fundar territorios que, más tarde se convertirían en la capital del mundo. Luchas derivadas de una guerra anterior, la de Troya, a la que sobrevivió el troyano Eneas, quien huyendo de su ciudad natal llegó hasta Latinum y luchó contra Turno, rey de los rútulos, que pretendía unir su poder al de Latino casándose con su hija Lavinia.

Pero Lavinia es más que una novela bélica, es el punto de vista de una mujer sobre los sucesos que ocurrieron en su primera juventud como esposa y en su madurez como viuda y madre, y, sobre todo, es la voz que se les ha negado a todas las mujeres en general, y a Lavinia en particular, a la hora de tomar decisiones importantes.

Lavinia aparece hasta once veces en La Eneida y, curiosamente, no habla nunca. Pero Le Guin le pone arreglo pues en esta novela revitaliza el pasado para que reflexionemos sobre la condición femenina a través de la historia.

Probablemente, desde la mentalidad actual, costaría trabajo creer que el comportamiento de Lavinia y el de quienes la rodeaban, con todo el poder que ostentaban, fuese real. Hoy pensamos que una mujer del siglo VIII a.C. no sería más que un objeto, más o menos valioso, pero siempre prescindible. Por eso la autora soluciona el problema desde la mitología, y con Lavinia reclama el turno femenino para que determinados hechos sean contados por mujeres que le dan voz —en este caso de forma literal— a otras mujeres de la historia.

Además de convertir a esta reina en representante de las mujeres, la novela es doblemente original:

Por un lado, Lavinia, personaje ficticio, cuenta en primera persona su autobiografía, hija del rey Latino y de Amata, princesa de los rutulianos, vive feliz con sus dos hermanos pequeños hasta que mueren a causa de unas fiebres «Mi padre […] no me culpó a mí por no haber muerto […] Amata […] Para él solo tenía desprecio; para mí, rabia».

Por otro, Lavinia sale de La Eneida y habla con su autor una vez muerto, cuando comprende que ella tiene mucho que decir, aclarar decisiones que tomó Virgilio en su obra y ella no entendió y contar aspectos de la vida que ella protagonizó, «Pero él no lo escribió. Él menospreció mi vida en su poema».

Lavinia y Virgilio hablan a lo largo de años y él la tranquiliza. No se casará sino con Eneas, cuando llegue la hora. Y serán felices durante tres años como reyes de Lavinium, hasta que todo acabe. El poeta no quiere revelarle exactamente el final, para que ella lo descubra. Pero mientras tanto el lector es consciente de la mano femenina de la escritura. Ni Eneas ni Latino son los héroes mitológicos al uso; están dotados de una sensibilidad especial, uno es capaz de llorar ante las preocupaciones de Lavinia que, como mujer, y una vez que ha encontrado el amor de su pareja y el de su hijo, teme los enfrentamientos y apuesta por resolver los conflictos mediante la conciliación. Latino se debate en un enfrentamiento cultural y opta, más que por obedecer al oráculo, por hacer feliz a su hija. De alguna manera sacrifica su imagen por el bienestar de Lavinia.

La protagonista consigue una conexión total con el lector, es una niña-mujer que expone sus temores ante lo desconocido, su angustia por lo vivido y la aceptación que debe por su condición hasta que se atreve a elevar la voz para ser oída, y habla con Turno, con Eneas, con Latino y hasta con Virgilio, a quien le reprocha haber alojado a los bebés muertos en la segunda esfera del inframundo en vez de situarlos en la cuarta, en los Campos Elíseos, donde van las almas buenas:


—Si la crueldad procede de la debilidad, tal como dijiste, debes ser muy débil —dije.

[…]

—Si es un error, lo sacaré del poema, niña —dijo— Si se me permite.


Lógicamente no se le permitió, La Eneida quedó escrita, afortunadamente, para que otros genios, a lo largo del tiempo, basasen en ella sus obras. No cabe duda que la lectura de este poema épico alentó a Dante a escribir su Divina Comedia y a elegir a Virgilio para que lo acompañase por el infierno y el purgatorio, pues ya había estado en esos lugares


—Estuve allí

—¿En el inframundo? ¿Con Eneas?

—¿Con quién si no?

Úrsula K. Le Guin es consciente de que Virgilio es maestro de los maestros. Por eso la autora no duda en atribuirle el descubrimiento de la fama, algo que luego Jorge Manrique estableció en las Coplas a la muerte de mi padre: «Me han concedido algo que se les concede a muy pocos poetas. Puede ser porque no he terminado mi poema. Así que aún puedo vivir en él. Incluso mientras me muero, puedo vivir en él».

Y si Le Guin es capaz de vislumbrar a los verdaderos poetas, también su protagonista distingue a los verdaderos héroes, mientras Turno es impulsivo, fallaba «en la contención con un objetivo», Eneas es reflexivo, «podía titubear, confundido, pensando en el desenlace, desgarrado entre posibilidades y exigencias conflictivas».

Lavinia relata la guerra que vive entre rutulianos y latinos (ayudados por troyanos) mientras, apoyándose de prolepsis, cuenta algunas conversaciones y experiencias con su marido Eneas y su hijo Silvio, usando analepsis, Eneas le relata aspectos de la Guerra de Troya, y basándose en sus propios sueños presagia la fundación de Roma, «La ciudad de tu escudo, la gran ciudad».

No abundan escenas violentas, la trama avanza entre reflexiones con Virgilio, con el héroe y narraciones sobre costumbres cotidianas que algunas sorprenden por lo similares a las actuales: en la boda de Lavinia y Eneas «la gente se unió a la comitiva por todo el camino […] nos arrojaban frutos secos y hacían bromas subidas de tono […] A mí se me hacía extraño caminar dentro del velo de fuego…». La vida de la Antigua Roma no queda en nuestra retina como un conflicto permanente, no es tan limitada, es un encuentro constante con la reflexión y la palabra. Por eso intuimos en la novela un halo poético, mágico, que nos rodea y facilita el paso del hombre por el mundo.

Le Guin maneja el lenguaje de forma excepcional; es una unión de tiempo y palabra al mismo tiempo que supone una herramienta esencial con la que insufla vida a sus personajes y, a través de ellos, nos transmite su amor por la vida, su denuncia a la injusticia, su admiración por la amistad y su pasión por el amor.

lunes, 30 de agosto de 2021

IRENE

¡Vaya libro! He terminado Irène. No cabe duda de que es novela negra. Y un homenaje a la novela negra. Y al cine negro. Pero también tiene grandes dosis de sensibilidad, algo inusual en el subgénero negro. Desde las primeras páginas conectamos con el protagonista porque entendemos que ha debido pasarlo mal en su infancia, adolescencia, juventud… No es fácil crecer en un ambiente casi selecto, con una madre pintora de cierto éxito que no supo controlar su adicción en el embarazo, provocando una hipotrofia en su futuro hijo. Y así nos encontramos con que «Desde lo alto de su definitivo metro cuarenta y cinco, Camille no sabía, en aquella época, a quién odiaba más, a esa madre envenenadora que le había fabricado como una pálida copia de Toulouse-Lautrec solo que menos deforme, a ese padre tranquilo […] o a su propio reflejo en el espejo: a los dieciséis años, todo un hombre que se había quedado a medio hacer».

Pero tiene otras cualidades, entre ellas es inteligente y tenaz, por lo que después de terminar Derecho ha llegado a comandante de la Brigada Criminal y se ha casado, en su madurez, con Irene, una chica dulce y alegre que ha sabido apreciar su sentido del humor. Y están esperando un hijo en el que tiene todas sus esperanzas puestas y con quien vislumbra un futuro feliz.

El narrador, en tercera persona, nos va poniendo al tanto de la vida íntima de Camille Verhoeven, con pequeñas dosis diseminadas por la novela, porque lo principal es que se ha producido un asesinato doble en Courbevoie, una masacre en la que los cuerpos de dos chicas han aparecido mutilados en un caos perfectamente estudiado. El dueño del apartamento reconoce que lo alquilaron con un año de antelación, solo para unos días. Camille intuye algo diferente e inquietante en la escena «—La huella del dedo, allí, en la pared, es demasiado perfecta para ser involuntaria […] hay todo lo necesario, teléfono, contestador, salvo lo esencial: no hay línea».

Efectivamente, el equipo de investigación llega a la conclusión de que es un escenario preparado, sacado precisamente de una novela negra, American Psycho, de B. E. Ellis. Poco a poco van descubriendo que los crímenes basados en novelas comenzaron en el 2000, cuando trataron de imitar El crimen de Orcival, de Gaboriau y el de Roseanna (de Sjöwall y Wahlöö); en 2001 escandalizaron la puesta en escena del asesinato que ocurre en Laidlaw, de Mcllvanney, y la recreación del sucedido en La dalia negra, de Ellroy y finalmente la de American Psycho, en 2003. Tres años preparando y cometiendo los homicidios de seis mujeres con las mismas características y en el mismo lugar que los narrados en la ficción.

No cabe duda de que el autor es un psicópata que intenta una representación de la realidad. Además graba, como si fuera un director de cine que expone al público la ficción que ha preparado basada en la propia ficción. Es como representar una metanovela.

El comandante Verhoeven y su equipo investigan contra reloj pues, para rizar el rizo, el asesino se pone en contacto personalmente con Camille para confirmarle su obra inacabada. Camille se rodea de unos compañeros a quienes admira y, sobre todo, en quienes confía. Los sospechosos, un librero y un profesor de universidad, eruditos en novela negra, ayudarán a resolver dudas. Pero podrían actuar así para despistar. Mientras tanto, el periódico Le matin anuncia los hechos antes de que el comandante avise a sus superiores, lo que nos previene de un delator cercano que tiene contacto directo con el periodista Buisson quien, como es lógico, no desvela su fuente.

El equipo consigue atar cabos hasta que el lector no puede desviar la mirada de las páginas porque intuye el final. Por supuesto, lo presiente cuando Pierre Lemaitre quiere. Antes ha jugado con nosotros, nos ha llevado de un lugar a otro, de un sospechoso a otro, hasta que estamos seguros (porque nos ha sido revelado). En esos momentos necesitamos llegar al final para saber cómo termina. También el narrador, que como si fuese él quien rueda ahora una película, salta de una escena a otra dejando a medias los diálogos, cambia de personaje sin explicar ni describir del todo las acciones, la información se ajusta al ritmo frenético de la narración, que es el de la búsqueda excitada, para que, inacabada, la termine el lector,


Camille entra en el cuarto de baño, se sube a la papelera para mirarse en el espejo.

Es un buen golpe […]

Verhoeven se vuelve bruscamente. Brieuc está en el umbral de la puerta […]

—Creo que cogí unas cajas para mi hijo […] Deben estar en el sótano. Si quieren echar un vistazo…

El coche va demasiado deprisa. Esta vez es Louis quien conduce…

Y así, el lector, leyendo de forma desordenada, con el equipo, la última novela, llega al final de la escrita por Pierre Lemaitre, donde todo encaja a la perfección, los días transcurren y la policía hace su trabajo con precisión, de manera que apenas notamos que la historia fluye hasta que estamos inmersos, irreversiblemente, en ella.

Una novela dura, negra, pero excepcional. Original, inteligente y, probablemente, uno de los mayores reconocimientos al género y a los grandes de la literatura.

Pero no todo es terror o espanto en Irène. Camille conoce a su equipo y nos lo muestra desde la ironía, pero con cierto cariño. Conocemos a Armand, ordenado, minucioso, eficiente y tacaño en demasía, hasta en informaciones falsas para que hablen los sospechosos


Armand se decidió a entrar

—Acabamos de encontrar a Marco. Tenía razón, está en un estado lamentable.

Camille, fingiendo sorpresa, miró a Armand.

—¿Dónde?

—En su casa.

Camille miró a su compañero con lástima: Armand ahorraba hasta en imaginación.

Conocemos al comisario Le Guen, fatalista, probablemente porque «llevaba veinte años a régimen sin haber perdido un solo gramo». Jean Claude Maleval, un joven que «abusaba de todo, de la noche, de las chicas, del cuerpo […] Maleval tenía el perfil de un futuro corrupto». Y Louis, elegante, rico, culto, con talento, «odiaba la religiosidad y por ende el voluntariado y la caridad. Se preguntó qué podría hacer, buscó un lugar miserable. Y de pronto lo vio todo claro: ingresaría en la policía».

Por supuesto también Camille queda descrito, por sus actos, como observador minucioso, algo inseguro en cuanto a su persona pero seguro y pertinaz en el trabajo, bromista con sus compañeros y sarcástico o cortante con quienes no le caen bien.

La brigada Verhoeven no es al uso, tampoco la novela. Desde el principio, el narrador crea emociones en el lector con diferentes estilos, la prosa poética, al referirse a Irene, contrasta con la irónica cuando alude a Camille y la cruel y descarnada con la que relata lo concerniente al psicópata. Es difícil no sentirse atraídos por Camille y casi imposible no admirarnos ante la relación que ha establecido con su mujer.

En el aspecto social, la novela toma conciencia de los problemas comunitarios a los que nos enfrentamos desde que el hombre es un ser civilizado y consigue que seamos conscientes de la maldad y corrupción que nos rodea.

Pierre Lemaitre es el autor de una novela criminal, diferente en el estilo y en el protagonista. Aunque el asesino sea el centro, el autor da voz a los personajes secundarios que ayudan, con las investigaciones, a ceder el puesto protagonista a la propia novela, al género negro que aumenta su popularidad cuando trasciende de las páginas al cine. A todo color el asesino está vigilando siempre la escena, como un dios que decide la suerte de las mujeres cuando él lo ve oportuno. La mujer es un medio para darle fama y poder cuando deje expuesta su obra. El asesino se vale del universo ficticio para crear su realidad basada en la ficción. La policía vive una realidad sacada de la peor pesadilla. Nada tiene sentido hasta que Camille encuentra luz en la novela negra. Fantástica.

sábado, 21 de agosto de 2021

NAUSICANA BLUES

Está claro que soy afortunada. Conozco a mucha gente buena, inquieta, que se preocupa por que haya un mundo mejor. Es reconfortante hablar con personas que buscan el lado bueno y, sobre todo, que intentan que todos podamos ver ese lado bueno. Dos de esas personas son Ana y Rafa, compañeros durante mucho tiempo en el instituto. Y amigos.

Pues el otro día, revisando estanterías, tropecé con Nausicana Blues, un librito que Rafa escribió en 2012, después de haber estado de profesor de español en un instituto de Texas durante un año. Aún no había visto la luz el blog Aurisecular, por eso no comenté la obra en su día. Hoy le ponemos arreglo ya que merece ser leída.

Rafael Pérez Bielsa ha escrito la historia de Scott Saberton, un inmigrante de Barbados que llega a la localidad —ficticia— de Nausicana, en el estado de Texas, buscando la oportunidad para realizar su sueño americano. Pero le va a costar trabajo. Scott no es del todo consciente de que su vida tiene poco valor desde que se le ocurrió nacer negro (hay algunos que tienen cada idea…). Por supuesto, ese valor bajó en picado al pretender formar parte de los EE.UU. y nada menos que en Texas.

Podríamos resumir la historia de Scott como «Cuando nada sale bien». Conocemos al protagonista en un domingo, con un calor sofocante y un plan: hacer la colada. Mientras espera para poder meter la ropa en la secadora se acerca a una gasolinera a comprar cervezas, pero aún no es mediodía, hora mágica para encontrarse con ciertos efluvios reconfortantes, así que el empleado lo denuncia y la policía lo acusa de intentar «comprar alcohol, insultando a Dios y se había resistido a las fuerzas del orden». Así pues, le colocan un GPS en el tobillo y lo dejan sin ahorros al tener que pagar una multa para no entrar en la cárcel.

Scott recibe la advertencia de no renovar su contrato si mantiene su actitud rebelde ante las normas, y las amenazas de sus compañeros si no se aviene a cometer un delito por ellos. Todo es posible si eres negro. Y ahí comienza su aventura, con la amenaza de los hermanos Esparza, de la que lo libran los miembros de una fraternidad religiosa «Nuestra Iglesia», fundada porque «los permisos necesarios para la creación de una nueva iglesia eran infinitamente más sencillos que los necesarios para abrir un local que sirviera alcohol y tuviera música en directo» dos condiciones aceptadas legalmente en la casa del Señor y prohibidas en el resto de establecimientos. Scott deberá pagar el favor realizando todo tipo de trabajos delictivos para la comunidad.

Pero a este barbadense no se le ocurre otra cosa que pretender investigar la poligamia, pedofilia y selección de embriones que el reverendo Williams lleva a cabo amparándose en su congregación de rubios blanquísimos, Tu Iglesia. Los formantes de Nuestra Iglesia, todos negros, saben que no tienen nada que hacer frente a la supremacía blanca, por lo que Scott se encuentra solo ante un final que no augura nada bueno, «si los hermanos Esparza no hubieran buscado una puerta para su camioneta en aquel desguace, habría muerto con toda seguridad».

Pero nunca se sabe.

Hay cierto humor en la forma de contar de Rafael Pérez, cierta ironía, porque el autor no pretende hacer reír, sino dar testimonio de las dificultades de los emigrantes, sobre todo cuando pasan a ser inmigrantes a los que, por el color de su piel, se les recortan casi todos los derechos y solo son valorados cuando consiguen beneficios para los oriundos del lugar. El humor tiene una peculiaridad, consigue resaltar avasallamientos o injusticias al tiempo que ayuda a paliarlos, por eso Rafa no duda en relatar situaciones verdaderamente graves desde una actitud positiva, con el ingenio irónico que pone en evidencia la condición del ser humano, la inocente del doblegado y la injusta de los opresores «Por otra parte, las cámaras de seguridad de los cajeros grabaron a unos sospechosos individuos enmascarados que durante más de 15 minutos permanecieron en cuclillas junto a dichos cajeros».

Nausicana Blues podría haber sido una novela larga, plagada de escenas violentas, muertes escabrosas, violaciones encubiertas, torturas llevadas a cabo por fanáticos sectarios, pero es una novela corta caracterizada por un estilo sobrio «El dolor era penetrante, violento, sin comparación con nada que hubiese sentido antes […] Su cuerpo, empapado en todo tipo de fluidos corporales, producía un hedor insoportable que le provocaba continuas náuseas». El narrador expone los hechos de forma directa y clara; apenas deja afluir los sentimientos, como si quisiera dar fe, simplemente, de la vida que algunos llevan; y cuestiona la realidad desde un punto de vista original pues aunque intenta ser neutral, sin que su opinión salga a la luz, en ocasiones aparece, en las preguntas retóricas que enfatizan sus reflexiones. La voz del protagonista se refleja entonces en la ira del narrador «¿En qué coño estaba pensando cuando se le ocurrió venir a los Estados Unidos?».

La narración es rápida, el ritmo se convierte en recurso específico del lenguaje literario, que aporta cierta desenvoltura a la hora de contar multitud de ideas que parecen simultáneas: el racismo usual, el apoyo de bandas racistas a determinadas sectas, tradiciones paganas apropiadas por la iglesia que evidencian claros intereses de dominio y poder… Y es que son simultáneas, todo tiene lugar al mismo tiempo, es el día a día de los desfavorecidos. Solo alguna vez detalla ciertas costumbres para matizar lo que le interesa, como las posturas de desconfianza que la tradición más irracional tomaba, o toma, hacia quienes molestaban por el simple hecho de vivir en la escasez o por tener pensamientos que se desmarcaban de la mayoría, «Su aspecto empezaba a ser lamentable y en cualquier momento algún ayudante del sheriff lo detendría por acosador, merodeador o indigente».

El apoyo y la sumisión a quienes ostentan el poder llegaban a límites extremos, como las delaciones encubiertas que, con toda tranquilidad, se llevaban a cabo no para avisar de algún delito sino por venganza, «para presentar denuncias o quejas sin tener que identificarte […] podías conseguir una recompensa».

Asimismo, en la narración lineal encontramos alguna digresión o alguna analepsis cuando interesa presentar a un personaje nuevo para el lector al que, sin embargo, Scott ya conocía y que además de ayudarlo en su periplo desvelará determinadas costumbres de otros lugares «le invitó a la celebración de los quince años de su hija Guadalupe».

El narrador no se identifica con el protagonista, Rafael Pérez, tampoco, pero empatiza con él, por eso pone de manifiesto la vida dura de ciudades cerradas y encerradas en sus costumbres; dureza para quienes han nacido en esas ciudades, que se convierte en crueldad para los inmigrantes que solo quieren ver cumplido el sueño de trabajar y vivir como una persona cualquiera.

martes, 17 de agosto de 2021

EL MURCIÉLAGO

Todavía estoy alucinando. Y eso que me he enfadado con el autor por decidir dejar solo a Harry Hole. Pero mi enfado no es otra cosa que la descarga de emociones ante un personaje de tamaña envergadura. Harry ha nacido, en esta primera novela de su serie, El murciélago, para estar solo. Y con suerte. Ya venía atormentado desde Noruega, aunque en proceso de rehabilitación. Aficionado al alcohol, termina la relación que mantenía con su novia. Borracho, conduce el coche patrulla con su compañero de copiloto, que muere cuando Hole provoca un accidente. En el hospital, se entera de que sus jefes le darán otra oportunidad. Obviarán su estado en el informe. Es un aviso. Sin beber alcohol llega a Sídney para investigar el asesinato de Inger Holter, una noruega que trabajaba como camarera en Australia. Allí le asignan como compañero a Andrew Kesington, detective aborigen, que desde un segundo plano conoce perfectamente el ambiente en el que se desenvuelve el asesino, la asesinada y Birgitta, que aparece como un ángel para cuidar y amar a Harry en todo momento.

Pero no podemos relajarnos mientras leemos con pasión, seducidos por el estilo y el personaje, porque nada es lo que parece. Hablamos de un asesino en serie. Hablamos de alguien con un lado oscuro, totalmente sociópata y sádico. Tanto, que es capaz de descargar su podredumbre y su odio en seres frágiles y mujeres desvalidas que no van a poner trabas a sus intenciones ocultas, que van a confiar en él porque su falta de empatía consigue mostrarlo amable, cuando le interesa, con todos, hasta que se quita la máscara y confiesa su rencor «Ustedes nos quitaron la tierra, la violaron y la mataron delante de nosotros […] Bueno, ahora sus mujeres sin hijos son mi Terra Nullius, Harry. Nadie las ha fecundado y, por consiguiente, no son propiedad de nadie. Simplemente sigo la lógica del hombre blando y actúo como él».

Pero esto no es del todo cierto.

El psicópata no es un ser humano. Su cabeza no funciona como la del resto, intenta despistar a la policía haciendo recaer la culpa en quien no la tiene, por eso las pesquisas van pasando por el novio de Inger, por camellos, drogadictos, amigos… todos irán muriendo también antes de que la policía se dé cuenta de que ellos no han podido ser. Una vez terminada la novela somos conscientes de que el asesino ha ido dejando pistas, pero es imposible que las averigüemos hasta que no llegamos al final «¿Han descubierto algo nuevo sobre el caso que le hizo venir aquí, Harry? —No lo sé —contestó Harry con sinceridad— A veces […] la solución se encuentra tan cerca que no se ve más que como algo borroso en la lente».

Hay magia en la lectura de Jo Nesbø. Quizá por la acumulación de leyendas, fábulas, tradiciones aborígenes australianas que rodean la fealdad del asunto investigado por Hole y consiguen cierta aura de irrealidad capaz de que disfrutemos de la lectura sin perder por un momento siquiera la expectación. Todo lo contrario. Cuando más relajada es la anécdota, un nuevo mazazo cae implacable sobre el lector que asiste, incrédulo, al desmoronamiento del protagonista una y otra vez; que es testigo de la pérdida de aquellos que se le acercan para mostrarle su amor, comprensión o confianza. El lector, desconcertado, cae en la frustración, en el desánimo, en el escepticismo al ver cómo se desvanecen las esperanzas que había puesto en los personajes.

Pero Nesbø es soberbio en la creación de la trama, por eso, cuando todo parece perdido para el protagonista, resurge como el ornitorrinco de la fábula australiana para adaptarse a las nuevas condiciones extremas y respirar en el agua si quiere sobrevivir. Harry renace como alguien que no es de este mundo y sale de entre las leyendas antiguas para obtener ayuda de seres fabulosos que podrán atacar sin piedad a un contrincante mucho más fuerte que él.

El murciélago es una novela negra. Por eso encontramos una crítica evidente hacia la injusticia cometida con los aborígenes. Es el problema de los conquistadores blancos, que siempre verán a un «negro cabrón» desde su punto de vista «blanquito». El hombre blanco, desde su estatus superior se permite cierta magnificencia con aquellos que vivían en una tierra antes de que él la ocupara. Es magnánimo, paternal, pero no puede evitar el racismo «Por supuesto, no tiene ni la más remota posibilidad de ascender en el escalafón, pero le consideran uno de los mejores investigadores de Sídney».

«Incluso los australianos blancos son unos histéricos que se cuidan de no decir nada inconveniente. Esa es la paradoja. Primero arrebatan a nuestro pueblo su orgullo y cuando ya se lo han quitado tienen miedo de pisarlo».

Nesbø incide en las atractivas historias fantásticas australianas, expuestas como metáforas alusivas a la vida de los protagonistas, o a la evolución del ser humano.

La creación de la cigüeña y el emú, además de ser interesante, dura y bella al mismo tiempo, es la historia de cómo el hombre es capaz de salir adelante con los medios que cuenta. Es la que hace posible que Harry pueda vencer en su lucha final. Y es la que advierte de los beneficios (siempre beneficios) de la mezcla de razas: somos diferentes, con costumbres distintas, aunque capaces de forjar nuevas tradiciones en la convivencia. Quienes no se adaptan son seres miserables que no aceptan a los demás, algo temerán, y sacan su «Frustración por el hecho de que no se contentan con destruir su propia vida sino que tienen que llevarse por delante a los demás en su caída».

Harry Hole es un acierto. Sus métodos varían según el estado de ánimo del momento, desde los buenos modales hasta la amenaza pasando, por supuesto, por la cínica provocación «¿Ve a aquel tipo enorme y calvo junto a la puerta? […] es el primo del tipo al que le partieron el cráneo con el bate ayer. Hoy se ha ofrecido encarecidamente a acompañarme hasta aquí…».

Y Jo Nesbø ha acertado de pleno al llevar a Hole desde Noruega hasta Australia porque con un estilo en el que se mezcla lo expositivo, el cuento, la fábula, la ironía, el humor y el cinismo, puede reflejar la situación laboral de aquellos que emigran a un país, que no viene a ser mucho mejor que la de los indígenas de ese país, cuando el color de su piel es negro.

sábado, 7 de agosto de 2021

ASESINOS SIN ROSTRO

¿Qué hace del relato policial algo cada vez más recurrido por autores y lectores? La novela que acabo de leer se escribió en 1991. Según se mire, en comparación con las obras clásicas, hace dos días; pero si tenemos en cuenta nuestra medida del tiempo en esta época de inmediatez en que vivimos, una eternidad. Y eso es lo que me llama la atención. Después de veinte años la situación viene siendo, si no igual, bastante parecida. ¡Qué poco avanzamos a pesar de lo que queremos pensar!

La novela negra es un nuevo modo de denunciar la realidad social y enfrentarse a todos aquellos discursos que nos parecen abusivos. Está claro que, ante una situación de injusticia, si nos mantenemos equidistantes, la estamos apoyando, y los autores de novela negra, se posicionan para que veamos qué opinan. Ya lo sabéis; si hay alguien que lea el blog; adoro a Camilleri porque es un espejo de cómo actuamos por aquí, por esta cultura mediterránea (Antonio Manzini sigue sus pasos). También Márkaris expone su sociedad griega sin tapujos, y en nuestro país, Berna González Harbour es una representante a la altura de los anteriores. Pues me acabo de enganchar a los países nórdicos. Henning Mankell escribió una saga, no demasiado extensa, es cierto, murió en 2015, sobre el policía Kurt Wallander. En esta primera entrega hay algo que llama la atención: el título, Asesinos sin rostro y la portada, dos caballos extraídos de una pintura de James Abbott. Inquietan los caballos y el título.

Al sur de Suecia (Escania), en una granja de Lenarp han sido torturados y asesinados dos ancianos. El marido, Johannes Lövgren, «yacía bocabajo […] con la parte superior del cuerpo al descubierto y los calzoncillos bajados». La mujer, María, estaba en el suelo «atada a una silla. Le habían puesto una fina cuerda alrededor del escuálido cuello». María aún tiene tiempo, antes de morir en el hospital, de decir una palabra, «extranjeros», pista por donde empiezan la investigación, incidiendo en aquellos que viven en Suecia pero no son de allí. El matrimonio vivía de forma austera, por lo que no entienden que una tortura tan atroz se haya llevado a cabo sin robar nada. Además, el único caballo que tenían estaba comiendo cuando llegó la policía. Y ahí la segunda pregunta: ¿Quién capaz de cometer dos brutales asesinatos se dirige luego al establo, para dar de comer al caballo?

Pues esto es lo que deben resolver Wallander y su equipo. Como en la realidad, la investigación parece que fluye, se estanca, empieza por otra pista, vuelve a pararse, hasta que seis meses después encuentran el rastro que los llevará a solucionar los crímenes, quiénes lo hicieron y por qué. Todo tiene un por qué y, a veces, la vida que llevamos no es la que mostramos a los demás, sino que escondemos la cara en actos vergonzantes, humillantes para los demás, incluso con tendencias asesinas.

Asesinos sin rostro extrema la causalidad y el razonamiento deductivo para establecer la relación entre la propia novela y el testimonio social reflejado en los personajes, entre los que encontramos policías corruptos, gente oculta en movimientos xenófobos, personas que esconden sus intenciones por el poder del dinero, la soledad de los ancianos y sus consecuencias, los problemas de la inmigración, el alcoholismo y todo lo que de él se deriva, la violencia de género, las relaciones familiares… Una sociedad que desmonta el paraíso idílico, educado y feliz que mostraban al mundo los países escandinavos.

Puede que el caso y su resolución no sea todo lo trepidante a lo que estamos acostumbrados en la novela negra. Transcurren seis meses y tampoco quedan resueltos todos los cabos, pero creo que esto es precisamente lo que me ha atraído de la novela. Mankell da un respiro al lector, pues las paradas de la investigación sirven para traer otros asuntos que van formando una descripción perfecta del ambiente social, policial y familiar de Kurt Wallander. No he leído más novelas del autor pero tengo la impresión de que en esta ha querido retratar a su protagonista principal. Alguien a quien, en principio, lo vemos como el antihéroe total, por el que sentimos cierta antipatía incluso, hasta que nos damos cuenta de que no es ni más ni menos que un hombre normal.

Henning Mankell no pretende interpretar los problemas sino que los trae a las páginas, sin ningún tipo de pudor. El racismo infundado es algo que tiene cabida en todo el mundo «¿Qué hay detrás? ¿Nuevos nazis? […] ¿Salir a la carretera y pegarle un tiro a una persona totalmente desconocida? ¿Solo porque da la casualidad de que es negro?».

Los conflictos más o menos graves del alcoholismo —según el grado— van desde puntuales contratiempos que prácticamente no contempla la ley, pero influyen en el trabajo policial, «Hemos tenido un fin de semana excepcionalmente problemático por peleas y borracheras. Apenas he podido hacer mucho más que tirar a la gente de las orejas», hasta agresiones o actos que pueden poner en peligro nuestra integridad o la vida de los demás, como violaciones «El alcohol lo volvía agresivo. La miró y notó que se excitaba» o accidentes «De la misma manera que cuando había conducido borracho después de la cita con Mona». Kurt Wallander pasa por esto. Imbuido en el estrés que supone su trabajo sufre el divorcio de su mujer y la separación de su hija. Las trabas para llevar una vida feliz se multiplican por lo que va siendo consciente (y el lector también) de sus defectos. El día a día es tan agobiante que su arreglo personal pasa a un segundo plano «Volvió la cara al contestar, pues en ese momento se dio cuenta de que había olvidado lavarse los dientes». Es adicto a la comida basura, rápida, aun siendo consciente de que lo ha hecho engordar «se sentía inseguro, indeciso. Y la ensalada no era suficiente comida para él».

Kurt se distancia también de su padre quien, solo, empieza a acusar los síntomas de la demencia senil «El mal olor que desprendía el cuerpo de su padre era agrio. […] Era inútil seguir hablando de un geriátrico o un piso protegido. Primero tenía que hablar con su hermana». Todo se desmorona en torno a este jefe de policía en funciones hasta que es consciente de que ha tocado fondo, «Salió del coche. La noche era fría. Tenía frío. Algo había terminado».

Pero Wallander continúa confrontando sus emociones con reflexiones hasta que, seis meses después comienza a ver los resultados. Va entendiendo los problemas que trae consigo la inmigración; el mayor, la inseguridad a la que están sometidos tanto los ciudadanos, expuestos a drogas, robos, violencia, asesinatos, como los propios inmigrantes, expuestos al paro, la mendicidad, trabajos esclavos y asesinatos. El autor es consciente del problema «La inseguridad en este país es grande […] Es la falta de política de refugiados la que está creando el caos […] Pero el Departamento de Inmigración y el gobierno tendrán que aceptar su parte de culpa».

Mankell trae a la novela los movimientos de extrema derecha, la inestabilidad e inseguridad de los campos de refugiados, las estratagemas que utilizan aquellos que no son aceptados en un país y la injusticia que se comete al mirar a todos los extranjeros como gente que invade exigiendo derechos.

Kurt Wallander va tomando consciencia de la presión que ejercen estos problemas en su yo desdoblado hasta que deja de culparse y puede volver a la normalidad «Logró perder cuatro kilos […] notaba que sus celos se desvanecían despacio». Está preparado para afrontar los siguientes casos que se le presenten. Y nosotros también. Lo hemos conocido y nos ha gustado. También el estilo del autor, frío, conciso aunque sin obviar detalles poco importantes que no aportan nada a la investigación pero reflejan el día a día de la profesión


Dejó su informe a uno de los policías […]

Luego repasó las facturas que había olvidado pagar […]

Más tarde contestó a una encuesta […]

A las ocho leyó el informe de Svedberg sobre el accidente […]

A las ocho y media, dos hombres empezaron una pelea…