domingo, 27 de noviembre de 2022

LA CRIPTA NEGRA


Hasta casi el final de las 285 páginas se mantiene la tensión de esta novela, porque la historia está tan bien hilada que hasta los sucesos inexplicables tienen aclaración. Hay que leer, entera, La cripta negra para entender la trama, entonces incluso no nos extrañará que un chico tenga visiones paranormales, visiones que lo ponen en contacto con fallecidos cuyas muertes han estado envueltas en el misterio. El poder de la clarividencia es uno de los dones que muchos querrían poseer. No es el caso de Daniel Villena quien, a pesar de que lo tiene, le gustaría no conocer determinados hechos que lo asustan y, sobre todo, lo hacen sufrir.

Daniel es un chico de veinte años que desde casi siempre ha podido ayudar en investigaciones policiales que han quedado estancadas. Los muertos acuden a él reclamando justicia.

La clarividencia, en el mundo real, podría despertar en algunos cierto escepticismo, lo que no cabe duda es que es un recurso fantástico para la literatura. Juan Ramón Barat lo sabe, por eso, desde que escribió Deja en paz a los muertos, con un Daniel Villena de 16 años sufriendo al introducirse en el más allá, ha desarrollado una saga. En La cripta negra Daniel es ya estudiante de periodismo; debido a su inteligencia le surge una oportunidad para ir a México con un grupo de profesores y arqueólogos. Van a abrir un sarcófago encontrado en una cripta recientemente hallada en las pirámides de Teotihuacán.

Paralelamente, en Madrid, él está sufriendo visiones de un chico que, tras señalar un punto determinado, se lanza al vacío desde la azotea de un edificio.

Una vez en México, Daniel se da cuenta de que los problemas que surgen al encontrar la tumba vacía están relacionados con sus visiones. Y así comienza otra nueva aventura para este joven, esta vez sin Alicia, su novia, que lo había acompañado siempre con gran intuición y perspicacia

Alicia desapareció de la pantalla y yo me quedé esperando como un bobo […]

—Magnífico, esa es la palabra que debes buscar

[…]

—Eres increíble

—Y tú un alma cándida

Barat consigue, con esta saga, favorecer el hábito lector; el léxico es actual, adecuado, va evolucionando con el personaje aunque no incide en la jerga juvenil, por lo que asegura un uso más formal y un progresivo perfeccionamiento del protagonista al ir asimilando más cultura; en ningún momento resulta pedante, todo lo contrario, es fácil empatizar con él y con su familia, pues representa un grupo bastante normal exceptuando al propio Daniel y su capacidad que es, no obstante, la que da un plus de tensión a las novelas, «El sol […] estaba circunvalado por una serpiente enroscada cuyas plumas en forma de cresta parecían rayos luminosos. Recordé mi sueño del sarcófago y la momia, y me estremecí». El misterio de la cripta negra, y lo sobrenatural que hay en ella, se unen a problemas actuales como la corrupción de las altas esferas policiales o políticas. Todo esto favorece el pensamiento crítico de los jóvenes lectores.

Mientras intentan resolver el misterio que alberga la cripta, los chicos muertos el día del solsticio de verano de diferentes años pasados se le aparecen a Daniel para que pare el horror que, no cabe duda, continuará el 21 de junio actual con «aquel joven que se había aparecido […] un fantasma de humo que incluso había llegado a susurrarme una frase escalofriante “no quiero morir”».

Podemos encuadrar la trama en la novela detectivesca, en la que el protagonista, Daniel, investiga un suicidio que podría no haberlo sido; para ello estudia minuciosamente el espacio donde ocurrió. De esta manera, mediante la observación y el análisis resuelve el enigma que un muerto le plantea. Como en los casos anteriores, La sepultura 142 o Llueve sobre mi lápida, el enigma consiste en crímenes que, en este caso, puede resolverlos con ayuda de Valeria, la chica mexicana que lo lleva a donde él le indica.

La estructura de la novela está muy bien ideada pues la trama se construye en torno a un secreto, oculto para el lector y para el protagonista quien, conforme avanza el argumento, lo va desvelando. El narrador es el propio Daniel, por lo que el punto de vista es bastante subjetivo, tanto cuando cuenta su propia historia como en sus descripciones.

En la narración encontramos digresiones históricas con las que aprendemos sobre la cultura nahualt, otras éticas en las que Daniel valora la amistad, el cariño familiar y la fidelidad a su pareja. Hay digresiones mitológicas que aportan el ambiente mágico, «en todas estas dualidades siempre figura el Padre Sol, que es invariablemente el dios fecundador de la vida, el origen de todo». Asimismo las digresiones simbólicas desarrollan la ocultación, «Es el color de la vida (el rojo) y de la eternidad. Como el color que tuvieron en su día estas paredes, cuando fueron pintadas con la sangre humana de gente sacrificada al dios Ometeotl». Por otro lado, la curiosidad del lector se acrecienta con algunas digresiones basadas en celebraciones tradicionales, «La alegría de los vivos había tomado por asalto lápidas, tumbas, cruces y mausoleos».

Por todo ello podríamos incluir la novela de Juan Ramón Barat en lo que Poe llamó “cuento del raciocinio” pues el objetivo principal es averiguar la verdad de los sucesos a través de un proceso complejo que combina la intuición, la lógica, lo posible y lo imposible, la realidad y la ficción, consiguiendo una trama totalmente emotiva y humana, «su figura había comenzado a difuminarse […] tuve tiempo de advertir que su rostro expresaba un profundo terror […] De repente […] volví a leer los datos…».

Las visiones de Daniel, junto al diálogo abundante, aportan el ritmo y la tensión que pueden ralentizarse con los incisos. De hecho, el misterio y la angustia van creciendo de forma exponencial conforme se descubren nuevas pistas, probablemente porque hay quien no quiere que se desvele nada del secreto de la pirámide, «Estaba a punto de tocar aquel símbolo con mi dedo índice cuando una fuerza terrible me levantó del suelo y me lanzó contra la pared contraria».

Los personajes secundarios son fascinantes, pues aunque algunos exponen características sospechosas (o amables) en un primer momento, pueden evolucionar a lo largo del argumento hasta hacernos cambiar de opinión sobre ellos, «nos había tratado con bastante frialdad, como si no estuviera muy conforme con nuestra presencia».

Casi nada es lo que parece en La cripta negra. Habremos de leerla entera para entender qué ocurre durante el solsticio de verano, qué significa el sexto sol y quién tiene intereses ocultos. Mientras tanto realizaremos un viaje por México acompañados de fantasmas, esqueletos vivientes, momias que desaparecen, hipnosis, falsos suicidios, sensaciones paranormales, muertos que nos guían hacia el horror… Al final del camino todo tendrá sentido y Daniel podrá respirar, aunque parece que Barat no le va a dar mucha tregua.

jueves, 24 de noviembre de 2022

SUNAKAY

El último libro que he recibido de Babelio es una obra de arte. Felicidades a la editorial Flamboyant por la magnífica y original edición, de tapas duras, páginas enormes, gruesas y colores inolvidables. Felicidades a los autores, Meritxell Martí y Xavier Salomó y muchísimas gracias a Babelio de nuevo.

Al abrir Sunakay echamos en falta la información que suele ir al principio, los copyrights, el año y lugar de edición, el ISBN, depósito legal,… pero no lo buscamos porque una imagen a doble página nos introduce de lleno en la historia. Nos sentimos atraídos desde el principio y queremos saber qué contiene el resto de páginas. Solo al final, cuando los autores han terminado de exponer la trama, encontramos la información, Martí es la autora del texto y Salomó es el ilustrador. Han trabajado juntos en más de 40 libros y su compenetración es evidente.

Sunakay es un libro perfecto para regalar esta navidad o en cualquier momento. Y es perfecto para regalar no solo a los niños. También los adultos deberían disfrutar de él, porque con el paso del tiempo y el énfasis que ponemos en la comunicación escrita, los adultos perdemos habilidades visuales que los niños tienen intactas.

Sunakay es un libro ilustrado que nos ofrece la oportunidad de ser (o intentar ser) más humanos; nos ofrece, como cualquier obra de arte, mayor conciencia ante lo que tenemos delante.

Y esta obra de arte representa una sociedad apocalíptica en la que el hombre ha llegado a un punto de no retorno en la acumulación de residuos y desperdicios, creando un submundo en el que sobreviven unos, trabajando duro para conseguir unas migajas que llevarse a la boca, otros, engañando a los más inocentes, aprovechándose de sus sentimientos.

Meritxell Martí y Xavier Salomó pretenden, con pocas palabras y grandes imágenes hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y que, inexplicablemente, no cuidamos. La destrucción de ese mundo ha comenzado, la naturaleza no es lo que era, el clima tampoco y, como en Sunakay, lo estamos llevando al límite.

Si leemos la historia escrita sabremos que Sunan y Kay son dos hermanas que se han visto obligadas a vivir lejos de la costa, en una isla, “Sunakay”, formada por todos los desperdicios que los hombres hemos ido depositando en el mar. De hecho las palabras de Kay se prestan a la duda de la propia protagonista sobre qué es ella y dónde está «Yo era la única cosa viva».

La lectura de las imágenes tiene dos etapas. En la primera obtenemos una serie de estímulos visuales sobre la nueva visión del mar: el color no es el de siempre, es de un azul verdoso enturbiado por el que cuesta navegar y por donde Kay bucea para encontrar algo que canjear por alimentos. Las ropas de las protagonistas son despojos, hace tiempo que deberían haberlas sustituido por otras nuevas. Su vivienda es una covacha construida con materiales de desecho y está enclavada en la isla de basura. Ahí viven, dedicadas a buscar cualquier cosa que las ayude a sobrevivir. Al otro lado de ese mar se levanta la ciudad de donde vienen buscadores de tesoros. Una ola gigantesca se levanta, pero al pasar por Sunakay se convierte en un mar de basura que al llegar a la ciudad la entierra, quedando de nuevo las aguas limpias, como estaban en los orígenes.

Esta etapa supone ajustarse de manera literal a lo que nos muestra el ilustrador. Es la lectura objetiva en la que vemos dibujos figurativos, bastante sencillos y originales aunque redundantes en la representación de ese mar de desperdicios. Sunan y Kay viven allí, en la basura. Ellas son las que primero percibimos al mirar la imagen del libro, porque están dibujadas con luz; el chubasquero amarillo de Sunan atrae nuestra mirada, la linterna que guía a Kay por el mar vertedero también consigue que ella sea el foco de atención. En la oscuridad de la noche encontramos una luna llena, brillante foco de luz.

En las últimas páginas, la luz se acrecienta, Kay es la que lleva el chubasquero amarillo, luminoso, de Sunan; ya no navega en una tabla por entre la basura grisácea, ahora va en una barca, y otras barcas ocupadas por niños están en el mar azul, luminoso como el cielo. El punto de luz se ha extendido a la página. No hay plásticos, hay peces, y Kay sonríe con el resto de niños.

Al pasar a la segunda etapa de la lectura entramos en la interpretación de esas imágenes, lo que permanece en nuestra memoria. Lo que asociamos a los dibujos. Al principio nos provoca rechazo hacia ese mundo, pena por las niñas obligadas a vivir de esa manera, cierto rencor hacia los adultos que hemos dado lugar a un mundo sin luz, sin vida, indignación porque aun así, en esas condiciones, hay quienes se aprovechan para lucrarse a costa de empobrecer más a quienes no tienen nada. Pero nos queda una esperanza, la única, los puntos de luz que hemos ido observando; la actitud respetuosa y emotiva de los niños y de la propia naturaleza que, siempre compasiva, es capaz de regenerarse una y otra vez para que podamos vivir en ella; al menos las futuras generaciones, las que han comprendido que sin luz no hay vida.

La nuestra, que tanto daño está haciendo al planeta, debe leer Sunakay y repensarlo todo: la cultura de usar y tirar, la invisibilización de realidades ajenas a nuestro entorno, la avaricia insaciable de poseer a costa de lo que sea, el desastre al que estamos llevando a nuestros hijos.

Dura y maravillosa historia la de Sunakay.

sábado, 19 de noviembre de 2022

ONCE CONTRA UNO

Siguiendo la estructura de Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), doce adolescentes se reúnen en casa de una de ellos para reflexionar sobre un juicio al que han asistido. M.A. ha sido acusado de agredir a una compañera y robarle el iPhone. En principio parece claro que todos están de acuerdo en que es culpable. El chico puede ser ingresado en un reformatorio, pero es evidente que ha actuado mal. La sorpresa viene cuando uno de ellos, en la votación, lo declara «inocente». Leo deberá convencer a los once restantes de que el acusado pudo no haber cometido la agresión. O sí, pero antes de juzgar a la ligera deberán analizar los motivos que tuvo M.A.

Once contra uno cumple con la función de entretener, pero como el tema principal es el racismo social, en la representación teatral de esta obra surgen cuestiones sobre este problema y otros que se derivan de él. En general la intención del autor es denunciar la intransigencia que existe hacia los que son diferentes, por lo que creo recomendable que los chicos se acerquen a esta obra de Miguel Griot para que, en su lectura, representación o visualización, se den cuenta de que normalmente juzgamos por prejuicios y, si esto es así, lo más probable es que también nosotros seamos juzgados.

La obra se desarrolla en un marco de discursividad social por lo que se hace eco de las condiciones y desafíos sociales; quienes son distintos a la mayoría deben superar esos desafíos que el conjunto impone. A veces lo consiguen. Otras, no.

Once contra uno representa un microcosmos en el que los que residen en él rechazan lo que temen, tal como ocurre en la realidad; nos da miedo lo que no conocemos, tememos que pueda afectar a nuestra forma de vida. El problema es que no nos damos cuenta de que hay quienes tienen una existencia tan miserable que la única salida es el cambio.

Cuando habla un personaje en la obra, se dirige a un público pequeño para convencerlo de su razonamiento. Al mismo tiempo, la intervención de los doce tiene unas consecuencias en el público real que implican la adhesión o rechazo de las tesis que se exponen en la escena. Pero los espectadores no juzgamos, no hay posibilidad, los espectadores interiorizamos las actitudes expuestas ante nosotros mientras nos replanteamos nuestros propios valores morales. Al final, en la reflexión que inconscientemente hacemos cuando se baja el telón, es cuando somos conscientes de que los niños, los adolescentes, pueden quedar traumatizados por una violencia explícita o invisible


ESTHER.- …nos ha contado cosas que habíamos pasado por alto. Y eso es algo que nos ocurre a todos con frecuencia, ¿no creéis? A veces nos hacemos una idea de una persona, le ponemos una etiqueta y luego somos incapaces de quitársela.

Es conveniente que los jóvenes lean (representen, mejor) la obra, porque los diálogos, sin ahondar demasiado, van destapando determinados testimonios que no tienen consistencia, por eso, una vez que se intentan montar no encajan.

Todos somos inocentes hasta que no demuestren nuestra culpabilidad, esta presunción de inocencia es un derecho fundamental, pero en la sociedad suele pasar lo contrario; cuando alguien es acusado, por racismo sobre todo, es difícil cambiar la opinión pública; es más fácil dejarse llevar por la corriente obviando dudas razonables.


PATRICIA.- En eso lleva razón Leo. Lo que se tiene que demostrar es la culpabilidad, no la inocencia.


En Once contra uno, como en Doce hombres sin piedad, no se demuestra la inocencia del acusado. Las reflexiones de los personajes hacen que, en cadena, todos vayan cambiando de parecer hasta estar seguros de que M.A. no es culpable de todo lo que se le acusa; puede haber cometido el robo pero ellos no deben juzgar ese hecho sino razonar las causas que lo llevaron a esa situación, para poder así desmontar la acusación que pende sobre él.

No podemos enjuiciar cuando nuestra forma de vida, nuestro pensamiento, están llenos de prejuicios. Griot induce a sus personajes (y con ellos a nosotros) a que se olviden de sus propios intereses en favor del conocimiento de la verdad.

La exposición de la duda por parte de Leo, su manifiesto interés en que prevalezcan sus argumentos sobre las evidencias que la mayoría da por válidas, hacen que los demás se vayan viendo reflejados en alguna de las acusaciones que ellos mismos formulan, por lo que van cambiando su manera de pensar respecto al acusado. La humanidad no es un rebaño, aunque a veces se comporte como tal.

En ciertas ocasiones algunos, como Sergio, por falta de madurez, Víctor, por su actitud violenta y racista o Íñigo, por su afán de protagonismo, se muestran hostiles y reacios a cambiar de opinión



VÍCTOR.-  Venga ya, no seáis hipócritas. Todo el mundo sabe que la mayoría de los gitanos son delincuentes.

[…]

VÍCTOR.-  Si no te gusta mi opinión, vete a tu país

[…]

VÍCTOR.-  Entonces tu padre es un extranjero que ha venido a quitar el trabajo a los españoles.

En otras, tampoco quieren aceptar la inocencia de alguien a quien consideran inferior. Leo no ceja en su empeño. Él no sabe si M.A. es inocente, solo quiere que distingan, en las dudas, lo evidente, lo probable y lo posible.

Al mismo tiempo, Miguel Griot va anulando los prejuicios de la sociedad actual, en la que es urgente el diálogo si no queremos formar parte de un mundo en el que una multitud de conexiones solo sirven para que estemos desconectados de los demás.


VÍCTOR.-  La verdad es que, si eres gitano y te han expulsado de dos colegios, te expulsarán del tercero. La verdad es que, si zampas muchos bollos, engordas.

MARTA.-    (Muy dolida, a punto de llorar)

                   Yo tengo un problema de tiroides, que lo sepas

sábado, 12 de noviembre de 2022

EL ÚLTIMO BARCO

Es una pena que la última novela de Domingo Villar haya sido la última. El último barco empieza de forma tranquila. El ambiente es sosegado y familiar a pesar de la tormenta que abre la trama. Es la tercera entrega del inspector Leo Caldas; una historia más familiar, en la que el paisaje gallego actúa como protagonista y se une a los personajes hasta conseguir que todos se fundan en él. No solo los principales, un gran número de secundarios ofrece un panorama bastante completo del hombre unido a la naturaleza y los misterios que encierra. Incluso el aragonés Rafa Estévez, a punto de tener un hijo vigués, está más relajado e intuitivo, aunque su presencia siga imponiendo a los vecinos y los animales experimenten cierta ansiedad a su alrededor.

Leo Caldas, un inspector como pocos en la novela negra, va volviendo a sus orígenes y la complicidad con su padre es maravillosa —y definitiva para resolver este caso—. En El último barco no hay acción trepidante, pero mantiene la intriga del lector hasta la página final y, conforme avanzamos, nuestra tranquilidad se va transformando porque estamos deseosos de saber qué ocurrió. Como en La playa de los ahogados o en Ojos de agua, Caldas da la vuelta a lo evidente para descubrir el enigma. No estamos ante una novela negra tópica ni típica. Tanto el inspector como el agente parecen dos amigos que charlan de su vida mientras buscan aquello que les interesa. A su paso vamos encontrando verdaderas joyas de la naturaleza gallega y descubriendo oficios medievales, que solo quienes disfrutan con el trabajo minucioso y bien hecho mantienen vivos en el siglo XXI.

Es un deleite leer a Domingo Villar pues consigue que nos fijemos en un estilo de vida un tanto atípico, una vida en contacto directo con la tierra, el mar y todo lo que nos ofrecen. Las descripciones exhaustivas, que incluso personifican a la naturaleza, aportan gran profundidad a la narración «El sol incidía sobre las algas descubiertas por la marea envolviendo el mediodía con un aroma intenso». Aprendemos a disfrutar de la comida sencilla, del arte y de quienes ponen todo lo que saben a nuestra disposición. Más allá de la trama, hay algo en la pareja protagonista que nos envuelve y da seguridad, puede ser la intuición, la forma perseverante de trabajar, la ayuda que aceptan de cualquier profesional, la atención dedicada a cualquier posible testigo o la preocupación por el bienestar general.

El inspector no es el cínico desencantado de la vida propio de la novela negra, tampoco debe hacer frente al caso él solo, sino que se rodea de un buen equipo, todos compañeros eficientes, y de su padre, la viva imagen de la paternidad, siempre dispuesto para su hijo. A Leo Caldas le gusta su trabajo y empleará el tiempo que haga falta hasta que quede bien hecho. Además es un gran conocedor de la psicología humana por lo que a su minuciosa investigación le añade una poderosa intuición.

Los diálogos son sugestivos, certeros, irónicos, «—Un día bonito —le saludó Leo Caldas. El hombre se quitó la gorra y se pasó el dorso de la mano por la frente empapada de sudor: —Para pasear no debe ser un día feo —dijo, con una sonrisa»; las conversaciones unen dos tipos de carácter muy distintos, el directo de Rafa y el esquivo de todos los demás; en ellas Villar no pretende reflejar ningún tópico de la forma de ser del gallego, o sí, pero no resulta ofensivo ni caricaturesco. Hay mucho cariño hacia los aldeanos gallegos y, por extensión, hacia los que viven en los pueblos y están acostumbrados a regirse por el sonido del viento sin hacer caso al reloj, a regirse por los movimientos de los animales o al cambio de la luz del sol para saber qué va a ocurrir después. Y hay mucho cariño en la dedicación especial a los diálogos, fundamentales para agilizar la lectura, pues resultan decisivos en su mayoría y amenos o divertidos en su totalidad:


—¿Seguro que era de madera?

—De madera y muy bonito —repitió Carmina. —¿Verdad […] Antucho apenas movió la cabeza

—¿Esto fue el viernes pasado?

—El viernes, sí —Contestó la mujer

—¿Qué hora era? —quiso saber Leo Caldas

—¿Qué hora sería, Antucho, las ocho de la mañana? —consultó Carmina

—¿Iba sola?

—¿Iba sola? —repitió

Otro gesto de Antucho que ella tradujo

—Le parece que no

—Y a usted ¿qué le pareció? —preguntó Caldas mirándola a los ojos —¿Iba sola o no?

—¿Yo cómo quiere que lo sepa? —respondió ella —A esas horas yo estoy en la cama

La novela de Domingo Villar es un canto a la observación. Las intervenciones son fiel reflejo de la personalidad de los personajes, así que apenas hace falta presentarlos; los vamos a conocer en cuanto hablen o no 

—Mira —le dijo acercándose a mostrársela —es Mónica ¿Sabes dónde está

Cuando Camilo notó que el inspector se le aproximaba, se estremeció: cerró los ojos, incrementó el balanceo y contrajo el rostro en una mueca de espanto, como si le faltara vida.

Los vamos a conocer por el gesto o el tono que empleen


—¿Cómo está el doctor? —le preguntó

El resoplido del comisario fue más aclaratorio que cualquier explicación.

Todo es importante, la forma de moverse de Camilo, sus silencios, son claves. También Napoleón, que observa minuciosamente a los transeúntes, es fundamental para ir descubriendo los hechos. La investigación queda expuesta con gran cuidado y detalle, tanto en las conversaciones como en las notas tomadas por los policías o en las impresiones de Leo Caldas.

Entre los temas a los que alude podemos destacar la crueldad con la que son tratadas ciertas personas, por prejuicios, hipocresía o por la mentira que nos lleva a la degradación humana.

Hay una llamada de atención para que apreciemos los cambios que se producen a nuestro alrededor, para que no nos quedemos estancados en el pasado por muy bello que haya sido; la vida continúa y el progreso está en unir el encanto a las nuevas necesidades.

Otra llamada de atención a los medios de comunicación alerta del daño que pueden producir con diferentes tipos de acoso a quien es diferente. Vivimos en una sociedad implacable, que no da segundas oportunidades.

Gracias al ritmo lento podemos reflexionar sobre esto al mismo tiempo que crece nuestra inquietud por un misterio que da más de una vuelta y en el que se van incluyendo numerosos personajes, todo un elenco de sospechosos que aumenta la tensión de la lectura.

Domingo Villar escribe una novela negra apartada de clichés. El asesinato es fortuito pero nos lleva a otros casos más sórdidos que iban causando estragos y sembrando el miedo absoluto entre los habitantes. El último barco engancha desde el principio porque todo es verosímil, lo que ocurre y las hipótesis. Cualquiera de los que aparecen puede ser el asesino. La prolija exposición de posibles hechos consigue hacernos cambiar de opinión una y otra vez por lo que la angustia se intensifica con el paso del tiempo y el temor de los investigadores a no poder solucionar el caso. Hay muchos candidatos para explicar una posible conclusión. Hay muchos personajes sin coartada, pero el círculo se va cerrando con evidencias aunque no podamos descartar a nadie hasta casi el final de la lectura, hasta que somos conscientes de que no había otra posibilidad.

Ojalá sirva esta reflexión como homenaje a Domingo Villar, alguien capaz de cantar, en la novela negra, a la vida y a la esperanza de un mundo mejor.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LAS HEREDERAS

¿Qué heredaremos de aquellos que ya no están? ¿Es tan importante una herencia para solucionarnos esta vida que la intuimos pender de un hilo? ¡Por las diosas! Tenía claro qué iba a comentar de esta novela y empiezo con preguntas retóricas y una exclamación que, encima, no es mía sino de una de las protagonistas de Las herederas. Me ha encantado. Como el argumento. Como la trama. Como el estilo. Acabo de descubrir a otra gran escritora. Aixa de la Cruz es increíble ¿Cómo puede escribir con esa madurez, y tan bien, alguien tan joven? No quiero desvelar nada importante de la novela, así que me limitaré a decir lo que avisa la contraportada e intentaré comentar, en general los temas que aparecen.

Las cuatro nietas de doña Carmen van a la casa de esta cuando ella se ha quitado la vida en su bañera, cortándose las venas. Una semana después del suceso, una vecina dio la alarma a la policía y transcurridos seis meses, Olivia, Nora, Erica y Lis se dan cita en la casa del pueblo para ver qué harán con la herencia. Olivia, la mayor, cardióloga, parece la más sensata y lleva la intención de descubrir por qué su abuela, que tanto amaba la vida, se la ha quitado. Su hermana Nora asiste al encuentro con el propósito de alquilar parte de la vivienda a un amigo, para que la utilice como almacén de droga. Ambas son hijas de Enrique, el difunto hijo de Carmen, muerto a los 40 años por un infarto de miocardio. Lis, prima de estas, también acude aun sin haber superado el terror que le provoca la casa, de donde una mañana de Navidad se la llevaron a un psiquiátrico en el que ha estado encerrada seis meses. Y Erica llega con la ilusión de reformar la finca para convertirla en un centro de contacto con la naturaleza. Cuatro mujeres muy distintas, en un principio, que necesitarán pasar esos días juntas para apreciar cuál es en realidad su legado.

La novela de Aixa de la Cruz se sustenta sobre un eje: la mujer. Las herederas es la historia de cuatro mujeres de una familia cuyas identidades, tan diferentes originalmente, se reconstruyen en un espacio concreto: en casa de la abuela muerta y a través de un tiempo atávico: la repetición de acciones heredadas de doña Carmen. Las cuatro olvidan sus quehaceres tan dispares y se van acercando hasta descubrir que todas han sido consecuentes con sus actos, aunque de sus comportamientos se pudiera deducir lo contrario.

La responsabilidad de Olivia la ha llevado a la obsesión excesiva por agradar, algo parecido al enorme compromiso de Erica con la naturaleza y su confianza en los demás; el compromiso de Nora ha desembocado en su anulación como persona al engancharse a las drogas para rendir más; el mismo final ha conseguido Lis, adicta a estupefacientes recetados para evitar renunciar a su hijo.

Leer a de la Cruz es navegar por la autoconciencia y expresión femeninas; nos encontramos con mujeres sujetas a la valoración externa que se han visto privadas, por ello, de autonomía real. La forma de actuar de Olivia es fruto de la culpa que la aprisiona; la de Erica deriva de la poca confianza en sí misma; la de Nora es consecuencia de la falta de trabajo para poder vivir y la de Lis, el resultado inequívoco de la relación con su marido.

Las personalidades de todas están vinculadas al núcleo familiar, encarnado en doña Carmen, aunque cada una reivindica su propia subjetividad. En Las herederas no existen identidades ni la idea de encontrar una forma ejemplar de comportamiento femenino. Las cuatro nietas rechazan los problemas psicológicos inherentes a la naturaleza de la mujer, algo que desde siempre ha facilitado que se la considerase débil, enfermiza; Lis fue diagnosticada como enferma mental una vez que se apartó del comportamiento socialmente aceptado para la maternidad, «Una intuición dolorosa de que nunca nada es como se publicita ni, mucho menos, como se ha imaginado».

El lector se enfrenta, a través de las protagonistas, a las características que imperan ahora en la sociedad y echa por tierra la homogeneización femenina y lo roles asumidos: la locura unida a íntimas manifestaciones de los sentidos, la falta de adaptación social, derivada de la falta de trabajo, que desemboca en una lucha a costa de ir destrozando el cuerpo y la mente, el sentimiento innato de la maternidad, la historia que marca nuestro día a día de adultas cuando el origen reside en traumas infantiles agazapados en la mente y dispuestos a salir en cualquier momento, la identidad sexual sin ningún tipo de innovación «…los niños la emprendieron contra ellas, concretamente contra Olivia, a quien veían deambular con sus lecturas voluminosas bajo el brazo y su corte de pelo masculino. Olivia la tortilla. Olivia la tortilla».

En Las herederas encontramos nuevas subjetividades, producto de expectativas, experiencias y modos particulares de ver lo que nos rodea «creo que podemos archivar la experiencia como si fuera un libro de biblioteca, para que no se pierda para siempre. Le ponemos un código, un nombre específico, y así, cuando lo oiga, podré acceder a ello».

Hay algo paradójico en la novela que nos confunde, el amor entre las hermanas y el odio entre ellas; el anhelo de un hijo, el rechazo a tenerlo y el miedo a enfrentarse a él; el repudio a las drogas y la necesidad de consumirlas cuando nos evaden, cuando queremos dar rienda suelta a nuestros deseos.

Al leer Las herederas confundimos, a veces, el realismo mágico, el surrealismo y la literatura fantástica «Olivia nos ha explicado que todas fuimos alguien antes pero que, en general, lo olvidamos al nacer. Peter, es decir Sebas, también lo había olvidado pero por algún motivo lo recordó de pronto en navidades, mientras jugábamos al escondite. Y yo […] no fui capaz de entender. Pensé que lo habían suplantado». Estas representaciones maravillosas están integradas en la historia y así las percibimos, no tienen una explicación racional; son los miedos a que el hijo no sea como esperamos, a que nuestro razonamiento no funcione en consonancia con lo establecido. A través de estas experiencias “metafóricas” de las cuatro primas estudiamos la realidad social de la mujer y las ganas de difundir una serie de valores que revelan la verdad interior, los sentimientos que se mantienen ocultos por miedo a que sean tomados como absurdos.

Lis tiene un problema en la relación con su marido. Olivia siempre ha tenido problemas en sus relaciones de género y ambas lo solucionan mediante una transformación simbólica, cuando recuerdan a la abuela y son capaces de eliminar la culpa que las ha perseguido durante años.

Nora tiene problemas con su jefe, que la amenaza constantemente con el trabajo. También se ha anulado ante los sórdidos deseos de su novio. Erica se enfrenta a una relación invisible, alguien la violó pero, al ser drogada, no recuerda quién ni cómo, solo es consciente de la consecuencia.

En la novela somos conscientes de que las características atribuidas al hombre son diferentes a las de la mujer y claramente favorables al sexo masculino, que le aportan autoridad, fuerza razón y libertad, mientras que lo femenino se traduce en sumisión, debilidad, locura y ocultamiento.

Hemos avanzado en materia de igualdad, pero el sistema patriarcal sigue ahí. Aixa de la Cruz aboga por un mundo donde se equilibren estos valores, un mundo en el que sea posible cambiar la realidad, «es lo que habría hecho la abuela […] cuando era niña y oía voces. La realidad es maleable; hay una interpretación posible para cada cuerpo; y es mejor cambiar la realidad que alterar los cuerpos, porque estos son los que al final enferman».

Buscamos un mundo en el que sea posible la libertad, en el que no nos sintamos pertenecientes a nada ni a nadie, «No un lugar para morir sino un lugar de paso». Un mundo donde se reconcilien lo racional y lo emocional, la libertad y la responsabilidad; un mundo en el que la comprensión sustituya a la subordinación. Un mundo en el que los atributos de género se opongan al sexo, «se cruza con una adolescente de aire militar, musculoso y con la cabeza rapada […] rasgos familiares, eso sí, los ojos rasgados y una pelusa rojiza alrededor del cráneo […] —He visto a tu hijo y es perfecta».

sábado, 29 de octubre de 2022

EL ARTILUGIO REGIO

Mi última lectura la empecé de forma distinta a como la he terminado pues, si al principio presagiaba una narración algo soez o de mal gusto, debido al título, fui descubriendo en el estilo una manera de interpretar la realidad histórica desde la deformación intencionada de varios elementos, que llevan indiscutiblemente a la sonrisa, incluso a la risa abierta. El artilugio regio o la conspiración de las pollas no es una novela que pueda leer con facilidad cualquier lector, y no por el humor escatológico predecible debido al título, sino porque el marcado sentido histórico se deja ver no solo en los hechos sino en palabras, expresiones u objetos que ya no se utilizan y nos obligan, a los menos avezados, a buscar en el diccionario, aunque a veces, es cierto, el significado se adivina fácilmente por el contexto.

El artilugio regio no fue ni más ni menos que un cojín circular, con un agujero en el centro, para facilitar el coito a María Cristina cuando se casara con su tío carnal Fernando VII. El tamaño descomunal del pene real es conocido, pero para saber de sus estragos no es conveniente acudir a la historia, porque concluiríamos que al rey Felón habría que haberlo llamado, según los cánones actuales, el violador Felón; sí podemos ver un capítulo de la serie televisiva El ministerio del tiempo, que trató el caso con humor, o leer la novela de Paco F. Moriñigo, que también. Con su lectura nadie puede sentirse ofendido, ni siquiera los descendientes de Fernando VII. El autor aprovecha todas las posibilidades a su alcance para mostrarnos, en un espejo deformante, la imagen cómica y a la vez tan acertada de la realidad del siglo XIX.

Términos de la época, «calesa, landó, cálculo de crujías, pechaba, ortos, lisura…» conviven con otros del baile «zamacuecas, postura en dehors», con tecnicismos: «anorquítico, garlopa, zapa, genuflexa, pensil, finta»; con símiles artísticos «suelo arlequinado», marineros «Prosíganse las diligencias según los usos de la mar», con metáforas un tanto poéticas, «Sus sentimientos navegaban ahora de empopado sobre olas que él creía amainadas» o con un vocabulario culto, específico, ya en desuso: «petimetre, pandemónium, arquibanco, pingüe, fámulo».

El estilo es impecable, no solo por el vocabulario utilizado sino porque las descripciones son soberbias, desde las subjetivas —con las que refleja a la perfección el estado de la situación o los sentimientos triunfales del personaje, «El resto de la velada transcurrió […] con pocas palabras y mucha ternura […] y además se trataba de la viuda de su archienemigo»— a las objetivas, pero no del todo, porque los modificadores oracionales aportan un plus de comicidad a la acción, «Afortunadamente para los amantes, la calle aparecía desierta en toda su extensión y los curas ultramontanos no los amenazaban con sus rezos expiatorios»; pasando, por supuesto, por la etopeya caricaturesca «Lamarq completó un paso de ballet ante el asombro de las monjas […] el hombrecillo estaba exultante», por descripciones topográficas que inciden en la desigualdad social «mientras el landó de los Owen dejaba atrás fértiles vegas de Aranjuez para adentrarse en los secarrales de Valdemoro», o por descripciones tan visuales que parecen el resultado de una escena cinematográfica «Sin prisa, con un movimiento pausado, lady Fricandoug abrió el abanico tirando de las varillas finales».

Así, a veces en serio, otras no tanto, Paco Moriñigo construye el retrato de una España oprimida en la que los únicos que creían tener libertad eran los integrantes de la corte y, por supuesto, la curia. El narrador testigo nos cuenta los hechos desde una perspectiva aventajada que le permite ahondar en la corte española cuando llegan embajadores franceses para llevar a cabo un proyecto pretendidamente secreto, en la nunciatura, del que finalmente todos hablarán excepto el nuncio que, aunque «sin la más mínima duda debe estar al corriente de cuanto se maquina en su casa», no sabe nada, porque todo ha sido urdido por una comisión encabezada por alguien con muchísimo interés en que, finalmente, tras tres matrimonios malogrados, Fernando VII tenga descendencia. Está claro que la estirpe del rey no era lo importante sino mantener como fuera los privilegios que, con otro tipo de gobierno más liberal, perderían todos los cortesanos.

Así pues, el eje de la trama, el futuro embarazo de la futura reina es la excusa para reírse de una monarquía caduca ya en 1823, no en vano el ingenio circula por casi todo el argumento, o con esa actitud lo viven algunos personajes


—la maja, la de los pechos estrávicos y divergentes […] fue amante del rey José I y la silla se la debió regalar en reconocimiento por los servicios prestados —aventuró Theresa

—¡Menuda racanería! —a Cándida le salió del alma.

El meollo de la cuestión no es lo importante; da igual para la historia de España el tamaño, forma o enfermedad de los genitales del rey, pero hay ciertos episodios en El artilugio regio que nos abren los ojos a las intrigas llevadas a cabo para boicotear al gobierno español, anular los intereses de Francia y atenuar el desprecio que los ingleses sentían por este país —o por su máximo gobernante— «Lo que pretende Macron de Medine […] que el infante don Carlos no aceda al trono y que Francia pueda influir en un país a cuyo rey le quedan pocos años de vida […] —Alguna ayudita había que ofrecerle a ese viejo rijoso que tenéis como rey—».

Momentos importantes en los que la opulencia y la sinrazón de la nobleza contrastaba con la pobreza del pueblo. Frente a las numerosas fiestas, descripciones de costumbres y diversas ocupaciones de la corte destacan las escasas escenas que desempeñan los ciudadanos más necesitados, los trabajadores, y sin embargo son significativas. La criada de Theresa, Lucrecia, protagoniza dos de estos momentos que definen al pueblo español de la época: uno de ellos ha quedado, para vergüenza de la historia, reflejado en las pinturas de uno de los más grandes artistas españoles, Francisco de Goya, «figuras de los manolos, mendigos y personajes harapientos que desde lo más alto de la cúpula imploraban la ayuda del santo. Se sentía más identificada con aquellas pinturas que con cualquiera de las iglesias…»; el otro ha sido planteado por el propio autor para reflexión de todos los que consideramos que el avance de un país va en consonancia con la educación igualitaria de sus habitantes, «—Yo no sé francés —se justificó Lucrecia, cuya dificultad residía más en la comprensión de las letras que en el idioma en que se ordenaban—».

La multitud de personajes es un retrato fiel del numeroso elenco de cortesanos que, junto a los gobernantes de la Santa Sede, se divertían y disfrutaban del dinero que le era escamoteado al pueblo «La corte de Madrid superaba con creces las intrigas vaticanas».

Y para mayor escarnio de la realeza, Moriñigo destaca en ocasiones las filiaciones imposibles con las que satiriza la sangre real, «infanta de España, […] sobrina y cuñada del rey y hermana de la futura reina, por lo que de nuevo, cuñada […] Luisa Carlota es fruto de un cruce de sangres que no facilita la adecuada oxigenación del cerebro».

Después de leer El artilugio regio me han quedado claras tres cosas, la primera es que el humor puede ser un vehículo excelente para tratar temas serios; la segunda es que no se pueden justificar actuaciones medievales en las que asumamos que una persona está por encima de cualquiera y la tercera, que hay periodos de nuestra historia que sería mejor disolver pero como no podemos, es más no debemos, de vez en cuando conviene leerlos, recordarlos y no repetirlos.

sábado, 22 de octubre de 2022

LAS HORAS PRESTADAS

Adriana ha recorrido medio mundo acompañando a su padre, único familiar que le queda y que, por cuestiones laborales, es difícil que permanezca más de tres meses en un lugar. Esto hace que, con diecisiete años, sepa más geografía, idiomas, historia y arte que cualquiera, tenga la edad que tenga y consigue, con estupendas descripciones, que los lectores vayamos internándonos en sitios más o menos conocidos, «A comienzos de noviembre tuvimos que hacer una inesperada visita a la ciudad suiza de Ginebra […] vi poca cosa, aparte de su hermoso lago de aguas cristalinas —gentileza de los Alpes».

Pero, su elevado nivel socioeconómico y el cambio constante de ciudad o país no suponen solo ventajas; Adriana echa de menos enraizarse en un sitio y ser feliz porque, a pesar de todo lo que tiene, no se siente afortunada. Le gustaría tener un referente donde refugiarse de verdad, «Establecer una rutina, tener compañeros de estudio. Caras que me resulten familiares». Posiblemente, al percatarse de que no forma parte de ningún núcleo ha hecho que ella experimente con todo lo que tiene a su alcance para conseguir estar bien consigo misma.

En Las horas prestadas la protagonista demuestra que llega a conocer a la perfección diferentes países y culturas, pero carece de estabilidad emocional «También podrías disfrutar de los privilegios que tiene esta vida para variar, en lugar de arrastrarte por los rincones como un alma en pena». Y cuando fallan los sentimientos falla todo. Adriana busca consuelo en profesores particulares que no le dan, aparte de conocimientos, nada que le sirva. Busca consuelo en una sexualidad diferente, se siente atraída tanto por chicas como por chicos porque en realidad no conoce el pensamiento de ninguno; se deja llevar por quien la haga sentir bien. A lo largo de las páginas, los lectores asistimos a la reflexión de esta joven y su inseguridad hasta que transforma el concepto tradicional de la identidad de género como algo inamovible; hay otras opiniones válidas y ella las descubre; es una construcción cultural que aún está en proceso de creación y, como tal, queda expuesta por la autora, Belén Conde Durán.

La identidad sexual femenina no aparece como fruto de la voluntad o el libre albedrío, con plena consciencia, sino como un mecanismo psíquico de poder que opera en la mente de Adriana. Necesita en todo momento controlar lo que ocurre donde únicamente puede, en su cuerpo. Por eso no solo le ofrece placer sino que lo castiga para tener la sensación de que será capaz de llegar al límite. Apenas come y, fruto del acoso sufrido cuando era niña, se siente a gusto con una figura que no es del todo atractiva. La bulimia y la anorexia forman parte de su vida, en estados incipientes, cuando empieza a ser consciente de su delgadez y le gusta «La clavícula sobresalía desobediente por encima de la camiseta de algodón, enmarcada en un cuerpo demasiado delgado que en ocasiones era incapaz de sostener mi alta figura». Su mente aún no le niega su verdadera apariencia ni el daño que se está provocando; piensa que todavía es dueña de sus actos.

Belén Conde hace que tanto Adriana como su padre vuelvan al pasado. Deben viajar desde Tokio hasta Galicia para el entierro de sus abuelos. El contacto con la casa de su infancia hace que el padre quede vinculado a su niñez, algo demasiado doloroso una vez que ya no queda nadie para compartirlo; pero otro pasado más reciente lo espera, y será el que les ofrezca a ambos personajes la oportunidad de plantearse quiénes son en realidad. La prosa de la autora nos hace entrever que la mujer ha avanzado en autoconciencia aunque su identidad está vinculada al pasado social (la colectividad femenina dependiente) e individual (el núcleo familiar). Adriana no ha experimentado nada de esto y lo añora

—…¡diviértete un poco!

[…]

—Eso iba a hacer pero mi padre prefirió romper mi momento de esparcimiento llamándome para presentarnos —remaché—

No es necesaria una familia tradicional, pero es imprescindible cierta estabilidad que nos aporte seguridad y Adriana no pide más, la busca en su padre y se lo dice constantemente, con comidas que no hace, con autolesiones leves, con enfados, con rencor, con indiferencia hasta que él también lo entiende porque probablemente estaba buscando lo mismo.

En Las horas prestadas cobra importancia la transformación de ciertos significados heredados, específicos para la mujer, mientras que despierta la conciencia femenina. Belén Conde demuestra que la mujer puede —y debe— tener una formación igual a la de cualquier hombre, por eso su novela podría pasar por una guía de viajes novelada en la que, mediante acertadas descripciones, conocemos a las personas, lugares, comidas y costumbres de Francia, Alemania, Suiza, Inglaterra, China, Corea… Esta emeritense representa, con una prosa impecable, una mujer nueva que ilustra la toma de conciencia femenina aun habiendo debido pasar (o quizá por eso) por el trauma de no haber aceptado las normas sociales y familiares impuestas «…siento que esta vida no es mía. Que estas horas son prestadas. […] No tengo identidad ni una vida propia […] Jamás sabré lo que me estoy perdiendo».

Las horas prestadas, a pesar de todo, es una novela de iniciación en la que muchas jóvenes se verán reflejadas y a las que les abre una puerta de esperanza a sus miedos e inseguridades.