Merece la pena, al menos de vez en
cuando, leer obras escritas en otro tiempo; podemos tener otros puntos de vista
sobre determinados asuntos, o la certeza de que los sentimientos del ser humano
varían poco de una época a otra.
En 2005, Julio Llamazares escribió una novela que bien podría ser un largo
poema, un libro de confesiones o una obra en prosa de gran belleza poética. El
protagonista, en primera persona, cuenta cómo empezó a pintar en Madrid tras
instalarse allí después de llegar de Gijón, su lugar de nacimiento. Las
emociones de este narrador protagonista son tan intensas que, bien podrían ser
las del autor las que salpican las páginas, envueltas en figuras retóricas. Y
están todas. Mediante anadiplosis se intensifica la repetición y al mismo tiempo
refuerza la importancia de El Limbo,
al encadenar las oraciones, «protegido,
como el resto de la gente, del calor tras las personas a medio echar. Tras las
persianas a medio echar y con el ventilador…».
El cielo de Madrid
está dividida en cuatro partes, los subtítulos los toma prestados de Dante. El
Primer círculo, El Limbo, se desarrolla en el bar del mismo nombre donde se
reúne un grupo de amigos todas las noches para beber, hablar de sueños, de
fracasos y esperar. Era la década de los 80, ellos estaban en la treintena y el
bar, en Madrid. El protagonista lleva 10 años frecuentando El Limbo, un bar que
refleja la decadencia de los propios clientes, y cuenta cómo tuvo a la pareja
más bella, Julia «Era tan bella que
parecía pintada». No solo Julia, nuestro pintor vive también la realidad
como irreal y así nos la pinta, «La
calle, el camión, el cielo, hasta las luces de las farolas parecían dibujadas
por un pintor invisible, quizá el mismo que había pintado también el cielo que
cubría El Limbo». Así como si se tratase de un cuadro, nos describe el bar,
de manera que los lectores tenemos la impresión de estar ante una obra de arte.
De hecho, una vez que nos introducimos en la lectura nos damos cuenta de que no
somos los principales destinatarios; hay un «Tú» a quien va dirigido y habremos
de llegar al final de la obra para saber quién es. La prolepsis pretendida
cumple su función, «Todos aquellos
colores que ya utilizaba entonces y que aún uso algunas veces, como pronto tú
descubrirás».
Como este protagonista,
que se analiza en su autorretrato, Llamazares lleva a cabo en El cielo de Madrid un ejercicio de
autoconocimiento, en el que va construyendo su identidad. Es como una
descripción que se hace frente a ese «tú» que le sirve de espejo.
El nombre es lo de
menos, al menos para él no es una seña clara de identidad; sabemos que se llama
Carlos por la réplica que una vez le da Suso mientras hablan. Nada más. Sin
embargo, en la analepsis intensa que va apareciendo llegamos a conocerlo en
profundidad. Su obra va expresando el estado de ánimo y el suyo es el de una
generación que vivió ansiosa el final de una dictadura. Las elipsis ayudan a
que entendamos la desolación de algunos jóvenes «Estaba negro, como la noche. Como el del Limbo, solo que sin estrellas».
No hay cielo con el que soñar, o al menos costaba encontrarlo. Por eso Carlos
pinta hojas, es como si quisiera reequilibrar su estado de ánimo con la
naturaleza, como si pudiera protegerlo del rescoldo de la dictadura: «Acostumbrados como ya estábamos a convivir
con la policía, su irrupción grosera y tosca en cualquier momento del día».
El Segundo círculo.
El infierno, le vale para seguir buscándose, por eso se aleja de El Limbo y del
amor. Ahora rompe con Eva; tiene miedo a la responsabilidad. Son los 90 y vive
la decepción de la juventud, descubre la falta de moralidad de quienes habían
triunfado, «Todos unidos y confundidos
por una espesa madeja cuyo hilo conductor era el poder».
El deterioro de la
amistad es normal según el crecimiento de cada uno y acusa un desconcierto
evidente ante la superficialidad de la fama. Por eso, tras 19 años viviendo en
la capital decide abandonarla; se siente solo a pesar de su éxito y de estar
rodeado de gente. Se va a Miraflores, en la Sierra de Madrid, al Tercer
círculo. El purgatorio. Allí, en soledad, reflexiona sobre las injusticias de
la guerra, las consecuencias… Una guerra que no perdimos todos. Hubo quien la
ganó y se aprovechó de ello toda su vida. Reflexiona sobre el olvido que trae
la soledad y el misterio que rodea al que se aísla; sobre sentirse forastero en
cualquier lugar por no echar raíces en ninguno; sobre los efectos de la
depresión reflejados en derivaciones: «sentir,
sentía, sentirme, sentimiento, había sentido», en sinestesias: «los años que recordaba habían sido todos
rosas […] Los había habido rosas pero también grises y hasta negros»; y en
epíforas: «Al final viene a ser lo mismo.
Recordar y pintar viene a ser lo mismo». En este recuerdo se da cuenta de
que la felicidad está en uno mismo, no en el lugar, que no es sino un «espejo deformado en el que se proyectan
nuestras ilusiones».
Cuando descubre esto vuelve a Madrid. El Cuarto círculo. El cielo. El lugar que, desde su intimidad ha formado él.



















