Acabo la novela y no dejo de pensar.
Cuando la tuve por primera vez entre mis manos experimenté impresiones
encontradas, el título me sugería fuerza, libertad, mientras que la ilustración
de la portada las negaba. Alas enormes que no servían para volar pues están
hechas de papel y, aun así, oprimen a una cáscara de nuez, una barquita
atrapada entre las alas que, por otro lado, parece que lleva la solución para
su viaje en los remos.
Somos viento en la playa
genera cierta inquietud; la misma que tiene “la amiga” de la cantiga de
Mendinho con la que Paula Palacios
García abre su novela en el íncipit. A través del poema del siglo XIII
anticipa el tono y sugiere de forma casi imperceptible el mensaje. La amiga
espera a su amigo en la ermita de San Simón, pero él no llega y la marea sube…
La intriga continúa.
Así, empezamos a leer Somos viento en la playa y nos
asombramos de la mezcla de estilos y puntos de vista. Tres narradores se dan la
mano para contarnos una historia. El primer narrador es la voz de Mirren; esto
lo vamos averiguando después.
En principio parece que el narrador es
alguien ajeno al texto, en tercera persona, que conoce a la perfección a Mirren
y sabe cuáles son sus sensaciones. Después nos damos cuenta de que este
narrador pretende, con la tercera persona, una objetividad que no cumple del
todo puesto que llegamos a conocer a Mirren a la perfección y al resto, Olivia,
Dani, Leo…, solo por lo que hacen, aunque conforme avanza la historia tenemos
la impresión de que el narrador sabe mucho más pero no le interesa contarlo.
La voz de Mirren aparece claramente en
unos poemas que podríamos considerar como inicios de capítulo. Formados por
tres estrofas anafóricas y desiguales que expresan sus emociones. Al figurar
como una letanía marcan el dolor constante de la protagonista, sus anhelos,
sufrimientos, esperanzas y desesperación.
Aquella prisa.
Aquel viento enfurecido que casi
gritaba […]
Aquel caos de gaviotas.
Si solo leyésemos estos poemas nos
daríamos cuenta de los sentimientos de Mirren en cada momento durante el tiempo
que estuvieron escondidos en mitad de la ría de Vigo, huyendo de Claudora.
Seguidamente al poema, el narrador en
tercera persona desarrolla la sensación que nos ha transmitido Mirren, «Mirren observaba el cielo gris claro, casi
blanco […] comenzaban a caer algunas gotas […] La incertidumbre moviéndose a
tanta velocidad es capaz de abrirte un agujero negro en el alma, pensó».
Y el capítulo se cierra con otro punto
de vista y otro estilo; Yael, uno de los adolescentes que Mirren ha escondido
para salvarlos de Claudora, cuenta en primera persona sus experiencias en esa
comunidad. Con un lenguaje fresco, lleno de términos utilizados por la
generación alfa, pone un punto contrastivo al ritmo anterior: «Yo no quería mangarle la lancha a Olivia,
literal […] pero lo pensaba un huevo de veces porque además no me faltaban
chances […] Olivia nos miraba como el culo, rollo jéiter total […] era un
putadón de los gordos». Los términos de la jerga juvenil conviven con otros
que han adoptado como palabras y en realidad son abreviaturas usadas en
tecnología «qué aplis se descargaban»,
«enséñame alguna de sus favs». Y después de leer a Yael nos convencemos de
que aunque cambien las expresiones, los jóvenes siguen siendo los mismos de
siempre.
Es un personaje hiperrealista que
conecta desde el primer momento con el lector, tanto si es joven como adulto; su
monólogo es ágil, con el que refleja la inmediatez a la que está acostumbrado
en la comunicación —que deriva de la influencia de internet— y en la relación
—que también tiene que ver con el uso constante de la tecnología—. Su estilo es
directo, con frases cortas casi siempre. Apenas analiza pero sí interpreta los
actos de los demás. En la convivencia con el Arousano llega a entenderse
incluso a sí mismo. Desde ese momento sabemos que da igual la tecnología; lo
más importante para Yael es la comunicación; sus palabras están vivas y
expresan sus emociones. A veces incluso con una sola palabra se refiere a un
hecho sucedido, a una forma de ser o a toda una actitud «Igual que había tenido que salir de San Simón, cuando Olivia y Mirren
habían pasado tantísimo de mi culo». El lector empatiza con Yael, bien por
su forma desenfadada de transmitir una tragedia, bien por sus constantes
hipérboles con las que, como sin querer, plantea la crítica a un proceso que ya
ha dado comienzo en nuestra sociedad y podría conducir a un caos sin solución.
Las tres voces de Somos viento en la playa se transforman en las objetivas de los
adultos responsables que analizan lo que sucede, la dolida de aquellos que lo están
pasando mal y la subjetiva de los jóvenes que ven cómo se vienen abajo sus
expectativas. Es una novela coral.
La paradoja de la imposición de alas
para quitar la libertad y la dignidad a las personas es la paradoja de lo que
está sucediendo en la sociedad. Prometen vidas fantásticas, soñadas, que en
realidad se transforman en pesadilla para aquellos que piensan «como Mirren, que era un cocazo pero que
casi no podía moverse».
Estamos volviendo a una sociedad que
desconfía de las personas, «cualquier extraño
era, antes que nada, un delator». Sin embargo nos creemos todo lo que nos
dice cualquier inteligencia artificial o lo que vemos en internet «Aunque no hubiese pruebas o aunque las que
hubiese fuesen feique total, había mogollón de mentiras tan universales que
colaban como verdades y que nadie discutía».
Estamos viviendo la ruina
medioambiental «Las viejas atarazanas ya
no eran más que un desguace de hierros retorcidos y amontonados que destilaban
el óxido de su abandono junto al mar».
Asistimos a retos virales que
promueven el daño físico, moral o incluso la muerte «gente vulnerable a la que enganchaban en algún tipo de juego viral».
Vivimos la persecución a las
instituciones públicas y a la educación, «se
comenzó a mirar todo aquello con más recelo y no tardaron en llegar las
denuncias».
Vivimos la cacería a los inmigrantes,
tratados como animales en ocasiones «el
lanchón iría hasta los topes y la peña al mogollón […] después […] echar a
correr monte arriba, porque aquello se convertiría en una especie de cacería y
habría que separarse».
Empezamos a ser como inválidos
mentales «tan incapaces que podrían
confundir el cacareo de las gallinas con cualquier pájaro silvestre […]
desconocer todo lo que era de real utilidad en la vida y, sobre todo, en la naturaleza».
Nos estamos deshumanizando y, como en
San Simón, «Hacía demasiado tiempo que la
vida no tenía sentido para nadie».
Esta es, aproximadamente, la distopía
que Paula Palacios presenta en Somos
viento en la playa. Pero no es el futuro. En este presente empezamos a
vivir observados en una sociedad en la que se altera la información y se
limitan los derechos humanos. Hay voces que se levantan en contra, es cierto,
pero otras viven instaladas en esta distopía social.
Palacios lleva a cabo una denuncia porque
hay algunos, cada vez más, que deben moverse sin apenas recursos si quieren
conservar la dignidad. La protagonista busca la libertad constantemente, sobre
todo para una generación que empieza y lo tiene complicado.
Estilo impecable, vocabulario culto y coloquial, estudiantil y tecnológico conforman una narración ágil, profunda y emotiva.




















