martes, 23 de junio de 2026

SOMOS VIENTO EN LA PLAYA

Acabo la novela y no dejo de pensar. Cuando la tuve por primera vez entre mis manos experimenté impresiones encontradas, el título me sugería fuerza, libertad, mientras que la ilustración de la portada las negaba. Alas enormes que no servían para volar pues están hechas de papel y, aun así, oprimen a una cáscara de nuez, una barquita atrapada entre las alas que, por otro lado, parece que lleva la solución para su viaje en los remos.

Somos viento en la playa genera cierta inquietud; la misma que tiene “la amiga” de la cantiga de Mendinho con la que Paula Palacios García abre su novela en el íncipit. A través del poema del siglo XIII anticipa el tono y sugiere de forma casi imperceptible el mensaje. La amiga espera a su amigo en la ermita de San Simón, pero él no llega y la marea sube… La intriga continúa.

Así, empezamos a leer Somos viento en la playa y nos asombramos de la mezcla de estilos y puntos de vista. Tres narradores se dan la mano para contarnos una historia. El primer narrador es la voz de Mirren; esto lo vamos averiguando después.

En principio parece que el narrador es alguien ajeno al texto, en tercera persona, que conoce a la perfección a Mirren y sabe cuáles son sus sensaciones. Después nos damos cuenta de que este narrador pretende, con la tercera persona, una objetividad que no cumple del todo puesto que llegamos a conocer a Mirren a la perfección y al resto, Olivia, Dani, Leo…, solo por lo que hacen, aunque conforme avanza la historia tenemos la impresión de que el narrador sabe mucho más pero no le interesa contarlo.

La voz de Mirren aparece claramente en unos poemas que podríamos considerar como inicios de capítulo. Formados por tres estrofas anafóricas y desiguales que expresan sus emociones. Al figurar como una letanía marcan el dolor constante de la protagonista, sus anhelos, sufrimientos, esperanzas y desesperación.


Aquella prisa.

Aquel viento enfurecido que casi gritaba […]

Aquel caos de gaviotas.

Si solo leyésemos estos poemas nos daríamos cuenta de los sentimientos de Mirren en cada momento durante el tiempo que estuvieron escondidos en mitad de la ría de Vigo, huyendo de Claudora.

Seguidamente al poema, el narrador en tercera persona desarrolla la sensación que nos ha transmitido Mirren, «Mirren observaba el cielo gris claro, casi blanco […] comenzaban a caer algunas gotas […] La incertidumbre moviéndose a tanta velocidad es capaz de abrirte un agujero negro en el alma, pensó».

Y el capítulo se cierra con otro punto de vista y otro estilo; Yael, uno de los adolescentes que Mirren ha escondido para salvarlos de Claudora, cuenta en primera persona sus experiencias en esa comunidad. Con un lenguaje fresco, lleno de términos utilizados por la generación alfa, pone un punto contrastivo al ritmo anterior: «Yo no quería mangarle la lancha a Olivia, literal […] pero lo pensaba un huevo de veces porque además no me faltaban chances […] Olivia nos miraba como el culo, rollo jéiter total […] era un putadón de los gordos». Los términos de la jerga juvenil conviven con otros que han adoptado como palabras y en realidad son abreviaturas usadas en tecnología «qué aplis se descargaban», «enséñame alguna de sus favs». Y después de leer a Yael nos convencemos de que aunque cambien las expresiones, los jóvenes siguen siendo los mismos de siempre.

Es un personaje hiperrealista que conecta desde el primer momento con el lector, tanto si es joven como adulto; su monólogo es ágil, con el que refleja la inmediatez a la que está acostumbrado en la comunicación —que deriva de la influencia de internet— y en la relación —que también tiene que ver con el uso constante de la tecnología—. Su estilo es directo, con frases cortas casi siempre. Apenas analiza pero sí interpreta los actos de los demás. En la convivencia con el Arousano llega a entenderse incluso a sí mismo. Desde ese momento sabemos que da igual la tecnología; lo más importante para Yael es la comunicación; sus palabras están vivas y expresan sus emociones. A veces incluso con una sola palabra se refiere a un hecho sucedido, a una forma de ser o a toda una actitud «Igual que había tenido que salir de San Simón, cuando Olivia y Mirren habían pasado tantísimo de mi culo». El lector empatiza con Yael, bien por su forma desenfadada de transmitir una tragedia, bien por sus constantes hipérboles con las que, como sin querer, plantea la crítica a un proceso que ya ha dado comienzo en nuestra sociedad y podría conducir a un caos sin solución.

Las tres voces de Somos viento en la playa se transforman en las objetivas de los adultos responsables que analizan lo que sucede, la dolida de aquellos que lo están pasando mal y la subjetiva de los jóvenes que ven cómo se vienen abajo sus expectativas. Es una novela coral.

La paradoja de la imposición de alas para quitar la libertad y la dignidad a las personas es la paradoja de lo que está sucediendo en la sociedad. Prometen vidas fantásticas, soñadas, que en realidad se transforman en pesadilla para aquellos que piensan «como Mirren, que era un cocazo pero que casi no podía moverse».

Estamos volviendo a una sociedad que desconfía de las personas, «cualquier extraño era, antes que nada, un delator». Sin embargo nos creemos todo lo que nos dice cualquier inteligencia artificial o lo que vemos en internet «Aunque no hubiese pruebas o aunque las que hubiese fuesen feique total, había mogollón de mentiras tan universales que colaban como verdades y que nadie discutía».

Estamos viviendo la ruina medioambiental «Las viejas atarazanas ya no eran más que un desguace de hierros retorcidos y amontonados que destilaban el óxido de su abandono junto al mar».

Asistimos a retos virales que promueven el daño físico, moral o incluso la muerte «gente vulnerable a la que enganchaban en algún tipo de juego viral».

Vivimos la persecución a las instituciones públicas y a la educación, «se comenzó a mirar todo aquello con más recelo y no tardaron en llegar las denuncias».

Vivimos la cacería a los inmigrantes, tratados como animales en ocasiones «el lanchón iría hasta los topes y la peña al mogollón […] después […] echar a correr monte arriba, porque aquello se convertiría en una especie de cacería y habría que separarse».

Empezamos a ser como inválidos mentales «tan incapaces que podrían confundir el cacareo de las gallinas con cualquier pájaro silvestre […] desconocer todo lo que era de real utilidad en la vida y, sobre todo, en la naturaleza».

Nos estamos deshumanizando y, como en San Simón, «Hacía demasiado tiempo que la vida no tenía sentido para nadie».

Esta es, aproximadamente, la distopía que Paula Palacios presenta en Somos viento en la playa. Pero no es el futuro. En este presente empezamos a vivir observados en una sociedad en la que se altera la información y se limitan los derechos humanos. Hay voces que se levantan en contra, es cierto, pero otras viven instaladas en esta distopía social.

Palacios lleva a cabo una denuncia porque hay algunos, cada vez más, que deben moverse sin apenas recursos si quieren conservar la dignidad. La protagonista busca la libertad constantemente, sobre todo para una generación que empieza y lo tiene complicado.

Estilo impecable, vocabulario culto y coloquial, estudiantil y tecnológico conforman una narración ágil, profunda y emotiva.

martes, 16 de junio de 2026

HAN CANTADO BINGO

¿Cómo es posible leer una novela muy triste y no terminar hundida? ¿Cómo es posible contar un suceso terrible, traumático como si fuera parte de la vida cotidiana?

No lo tengo claro pero Lana Corujo lo consigue. Escribe una novela corta que asombra porque todo en ella es singular. La estructura, el lenguaje, el humor, incluso las ilustraciones son originales, dibujos que aunque se piensen en la madurez quedan expuestos como pintados en la infancia.

La protagonista de Han cantado bingo vive con su hermana; siempre presente. Durante un tiempo la acompaña en la realidad; después en una irrealidad que para ellas es común y por último la lleva en su pensamiento.

La estructura es insólita. Son capítulos muy cortos, algunos formados por un solo verso, cuya característica es que llevan el título marcado por un número y que al comienzo del libro se nos advierte «cada número que acompaña el título del capítulo indica la edad de la voz de la protagonista».

Tampoco es usual la normativa que rige la ortografía. No hay guiones que indiquen los diálogos. Estos van entre llaves, subrayados o en letra cursiva cuando habla la protagonista. La escritura es seguida, no hay apartados para cada interlocutor «Ya llegan. El sonido de las llaves contra la puerta avisa […] {Yo también voy a ser capaz de ver uno} […] ¿Por qué lloras.

A pesar de que los capítulos van marcados con la edad de la protagonista, no siguen una línea temporal; los saltos en el tiempo, adelante, atrás, repetidos, dan cuenta de su tristeza y soledad continua.

Hay dos capítulos que no llevan número porque corresponden a diferentes realidades; uno es el realismo mágico que vive Alejandra con la perrita muerta y el otro el que vive Abuela con su madre muerta. Poco a poco vamos conociendo a la familia a través de las fotografías que suponen esos capítulos cortos: «Veo dos mariposas. Somos Aleja y yo en otro universo».

Los temas de la novela son aquellos que van ligados a las impresiones de la protagonista: El vacío que deja la muerte y la soledad que nos acompaña a pesar de estar con gente alrededor; la culpa derivada de un trauma que no hemos sido capaces de asimilar; la nostalgia, a veces incluso alegre, que sentimos hacia alguien muy próximo que no está con nosotros; el dolor que no nos abandona, permaneciendo explícito o agazapado a lo largo de nuestra vida adulta; el cariño que todos los niños necesitan para sobrellevar sus miedos.

Son temas íntimos, sensaciones de la protagonista que, sin querer o con intención, nos introducen en nuestra propia infancia; preguntas que nos hacemos cuando empezamos a reflexionar «¿Crees que hay algo después de la muerte?», y que nos hemos respondido cuando nuestra razón no había abandonado aún la imaginación «No lo sé. Me da miedo pensar en eso».

El contexto que acoge a la novela de Lana Corujo no es usual, como tampoco lo son sus personajes; refleja la opresión y el miedo de las niñas a la soledad. Un paraje agreste, con el volcán presidiendo sus vidas; con las fantasías que rodean al Ahorcado y atemorizan a las pequeñas; con una casa vacía que las mantiene unidas y asustadas, temiendo la llegada de unos padres jóvenes, que se olvidan que lo son y salen por las noches y beben y se enfadan y gritan dejando a Alejandra y a su hermana inseguras e intimidadas; con una herencia que no es la misma para todos, una herencia que no ha recibido la madre por lo que se siente culpable y estigmatizada.

Y todos los miedos están contados con un lenguaje poético bello, «La marea suena con estruendo al fondo y la luna llena nos mira con ternura»; las metáforas ayudan a entender la realidad de la protagonista «Pronuncio palabras que se me astillan en la boca»; las enumeraciones asindéticas aceleran el ritmo y resaltan cada elemento con mayor intensidad, «Soy una hija, una hermana, una nieta, una prima, una niña ruin, una mujer asustada, una chica mediocre, un animal rabioso». La narración permite al lector, con algunas representaciones, ordenar el relato y transmitir toda la información necesaria en una sola imagen; en otras ocasiones, la protagonista narradora se decide por oraciones anafóricas, que aparecen como fotogramas de una cinta, para retratar a los personajes hasta que los asimilamos, entendemos por qué son así y llegamos a quererlos mientras renegamos de los vapuleos de la vida.

Han cantado bingo es una simple narración de los hechos ocurridos a la protagonista desde que tenía dos años, cuando nació su hermana Alejandra, hasta los 90, edad en la que está preparada para morir. La vida se ve como una lotería en la que cada uno debe afrontar lo que le viene; por eso ella elige de sus noventa años, los mismos que forman parte del bombo, los quince que la han marcado más. Será al final cuando pueda cantar bingo y recibir su premio.

El 2 marca el nacimiento de Aleja, unida a ella para siempre.

El 7 recuerda los juegos con Aleja, quien la adoraba.

El 10 refleja las historias que le contaba para no oír las discusiones de sus padres.

El 13 marca el nacimiento del hijo de su prima adolescente.

El 15 establece su visita al médico, pues las pesadillas la atormentan.

El 18 muestra la decisión de su padre, que la insta a estudiar fuera.

El 22 contrasta las discusiones con su madre y el confort de Abuela.

El 28 supone la decisión de no seguir viviendo con su hermana.

El 30 prescribe la pronta ausencia de la abuela.

El 36 marca el nacimiento de su hijo.

El 48, el 64, el 72 suponen la etapa en la que cada vez que ve dos animales juntos se identifica con su hermana.

El 90; cuando está preparada «Creo con fuerza reencontrarme con todas las caras que quise y me dejaron en un tiempo u otro».

Algo tan prosaico como un bingo adquiere una dimensión emocional tan profunda que nos inunda. El lenguaje se eleva por encima de su función informativa y nos enseña la poética. Los canarismos aportan sonoridad y ritmo consiguiendo que, a pesar del dolor, leamos de forma placentera la vida de una niña, una mujer, una anciana que gira en torno al deseo de estar siempre junto a su hermana.

«Pinto cada día para que Aleja tenga diez años rodeada de belleza y juego. Pinto y vivo por nosotras. Llegó el momento de romper la herencia».

martes, 9 de junio de 2026

BAILANDO ENTRE CAMPOS DE COLORES

Cuando me llegó el paquete de Masa Crítica pensé que era un libro muy grande, pero no, es que contenía dos ejemplares así que uno de ellos se queda en mi librería y el otro lo disfruta mi nieta, que le ha encantado; lo abre una y otra vez para ver los colores.

Gracias una vez más a Babelio; sus iniciativas me han permitido conocer diferentes editoriales, autores y, en el caso de la literatura infantil, diferentes ilustradores. Y gracias, por supuesto, a Bellaterra Música Ed. una editorial especializada en música infantil, algo que la hace idónea para trabajar en colegios o desde la propia casa.

A finales de 2024 recibí y comenté Un botón, cuento que le encantó a Erin con catorce meses. Cada vez que encontraba el botón reía y disfrutaba. Bailando entre campos de colores lleva la música integrada a través de un código QR, para oírla mientras colores y sentimientos se van instalando en los pequeños lectores. La imaginación se pone en marcha desde el primer momento.

Bailando entre campos de colores es apropiado para niños de 3 a 6 años e incluye, además, una actividad de pintura y una ampliación de la vida y obra de la pintora Helen Frankenthaler, protagonista del cuento y clave en el expresionismo abstracto del siglo XX.

La cubierta es perfecta. Una Helen niña aparece de puntillas, estirada como si quisiera tocar el cielo, en el cuadrante inferior izquierdo, con un pincel en sus manos con el que llena la tapa blanca de colores azules, rosas, lilas, verdes, amarillos y anaranjados. Una explosión de color, una expansión de alegría que apreciamos en la cara de la niña y en los dibujos que han formado esos colores. La ilustración se ajusta perfectamente al título, tanto en la forma, Bailando entre campos de colores con letra redondilla, como en el fondo. Helen es feliz con esos colores que sugieren césped, flores, mariposas y aire. No hay nada encerrado. La libertad y la alegría rodean a la protagonista y ella la traslada a los lectores.

Las guardas del libro, tanto anteriores, volantes y posteriores, con líneas, círculos y manchas en diferentes tonos de lila, nos impactan al abrirlo. Un cuento grande, como las pinturas de Helen Frankenthaler, de tapas duras y hojas de alto gramaje.

Después nos encontramos con una página inicial que actúa de portadilla, con el título, los nombres de la autora e ilustradora, Elizabeth Brown y Aimée Sicuro, la editorial y un dibujo que representa a Helen Frankenthaler rodeada de manchas de los mismos colores que la portada.

Una vez pasadas las páginas iniciales entramos en el cuerpo de la historia de la expresionista. El cuento no lleva fechas «En una época en que se enseñaba a las niñas a estarse quietas…», Es como si la autora quisiera dotar a la obra, a la suya y a la de Frankenthaler, de universalidad; el pasado nos alerta de que no es actual, sin embargo sigue vigente.

Tampoco las páginas van numeradas. Nada constriñe; podemos abrir el libro por donde queramos y los dibujos, grandes, ocupando las dos páginas que tenemos delante, son los que nos cuentan lo que pasa a través del color.

El texto escrito es una breve explicación de lo que vemos pero perfectamente podemos saltar páginas; importa ver la sensación de libertad del mar, la alegría de un día en familia tanto en casa como en el parque; los largos collares de cuentas de colores que realizan Helen y su madre unen ambos momentos. También quedan subordinados al dibujo los paseos por la naturaleza que disfruta la familia; los sueños felices que depara el dormitorio; la ternura y calidez del malva y ocre contrastan con el dolor del negro cuando muere su padre. Conforme Helen crece, lo hace también la amplitud de movimientos con la pintura y los colores hasta que quedan unidos a ella y su pintura a la tierra, la lluvia, el viento, el mar y el sentimiento. Helen y su pintura son una misma idea. Ambas están vivas y hacen sentir a quienes las observamos esa vida. Sus cuadros son ternura, alegría, dolor, amor, optimismo y afecto hacia lo que nos rodea.

Los colores bailan, pasean y se expanden por el cuento hasta que llegamos a las páginas finales donde, con letra más pequeña, la autora nos informa sobre momentos de su vida, preparación y técnicas artísticas que utilizó. Ahora sí, siguiendo una cronología precisa a lo largo de los 83 años que vivió esta norteamericana, pionera del arte abstracto.

Otros anexos incluyen una actividad propuesta para que hagan los niños, una selección bibliográfica sobre la pintora y notas de la autora Elizabeth Brown.

Una gozada de libro.

martes, 2 de junio de 2026

EL FRAUDE ES EL FUTURO

Cada vez que leo una novela de Petros Markaris me siento como si estuviera ante un periódico o un noticiario televisivo; el tema es real, actual y predictivo, es algo que, al menos yo, considero no solo que está pasando sino que irá a más. El protagonista, Kostas Jaritos, es un policía sencillo, totalmente anclado en la cotidianeidad; no es la típica figura principal de la novela negra. Kostas necesita a sus subordinados para resolver los casos, a sus superiores para enfadarse sin perderles nunca el respeto y a su familia para sobrellevar el día a día. La familia de Jaritos y los verdaderos amigos, que también son familia, consiguen que su salud mental no se resienta después de todo lo que ve en la calle; consiguen que sea un hombre feliz.

El Jefe de las Fuerzas de Seguridad del Ática es un hombre discreto que no se ha visto atrapado por el poder ni el dinero, por eso es capaz de hablar con un comunista recalcitrante sin ningún tipo de problema. Zisis y él son amigos y, cada uno desde un lado de la política, quieren el bienestar de la sociedad. Así de fácil. Ojalá aprendiéramos de estos personajes en los que intuyo mucho del propio Márkaris, un hombre de bien, compenetrado con los perdedores de este sistema capitalista en el que vivimos que no pierde la oportunidad de denunciarlo.

El fraude del futuro lo tenemos ya con nosotros; la inteligencia artificial escribe tesis a aquellos alumnos que no quieren esforzarse, libros a escritores mediocres que pretenden ser reconocidos por algo que no han hecho. Siempre han existido personas que trabajaban para la gloria de otros pero la inteligencia artificial está alcanzando unos niveles de perfección tales que, en unos años cambiará la concepción que tenemos del arte. El fraude es el futuro nos introduce en ese mundo cuando un vigilante de seguridad del yacimiento arqueológico de Elefsina aparece muerto y varias piezas de la Antigüedad han sido sustituidas por réplicas elaboradas mediante I.A. Para algunos, lejos de suponer un problema, implica una medida de enriquecimiento. El equipo de Jaritos debe resolver hasta cuatro asesinatos y la recuperación de las piezas. Cuando la ciencia y la tecnología quedan en manos de redes ilegales artísticas se nos presenta, ante todo, un problema moral.

El punto de vista de la novela es el del protagonista, el jefe de policía Jaritos quien, eligiendo los momentos para él fundamentales, nos va contando su día a día desde la mañana hasta que llega a casa, habla con Adrianí, su mujer, cena, ven un rato la televisión y se acuestan. Otros días va al refugio de inmigrantes, que ahora es Adrianí quien dirige mientras que Zisis se repone de su ataque al corazón; allí lo esperan normalmente sus amigos, su hija, su yerno y su nieto Lambros para pasar un rato agradable y cenar antes de finalizar la jornada. Son momentos felices que Kostas agradece por muy cansado que esté «Cuando termina de cenar, Fanis se pone de pie. —Se acabó el recreo por hoy —le dice a Zisis—. Ahora tú te irás a tu habitación y nosotros, a casa. La velada de la alegre subversión ha concluido y subimos a los coches para poner rumbo a nuestras casas… y a nuestras camas».

Creo que esta es la decimosexta entrega de la saga Jaritos y Márkaris se mantiene fiel a la estructura en la que uno de los apartados más importantes del día a día es el final de la jornada. También los lectores estamos deseando conocer en qué consistirá la cena, cómo disfrutarán los mayores con el pequeño Lambros y cómo estarán dispuestos siempre para una palabra amable hacia el otro.

La voz de Kostas aporta su versión íntima de lo que sucede. Con ello nos priva de saber la interpretación de los demás, hemos de confiar en sus impresiones y lo hacemos porque empatizamos desde el primer momento con el protagonista, porque a través de los diálogos intuimos que el resto de personajes está a gusto con él «Mi intuición demostró ser acertada. Adrianí me contó las buenas noticias del refugio y me describió el primer paseo de Zisis por la cocina y el vestíbulo».

Todo es asequible en la novela de Petros Márkaris, el vocabulario natural ayuda a la lectura, las comparaciones cotidianas favorecen que los lectores entendamos la situación «Como nos estamos ahogando en mar abierto, hasta unos manguitos de niño nos serían de ayuda», los platos que preparan, de los que dan buena cuenta, no pueden ser más sugerentes: pulpo al vino, arroz con mejillones, albóndigas con salsa de huevo y limón, tomates rellenos, bocaditos de pollo con jilopites… Y las frases hechas, de carácter popular, también tienen su lugar en el estilo, «nos agarramos a un clavo ardiendo».

Hay otros lugares comunes en la saga: la denuncia al tráfico nefasto por causa de las obras constantes poco eficaces; la introducción de cartas a la policía o a altos cargos políticos en las que los delincuentes piden llegar a acuerdos para salir indemnes


Señor ministro:

[…]

Atentamente,

Grupo de Revitalización del Legado Antiguo

En otras ocasiones la policía recibe comunicados anónimos para instarla a decidirse.

Asimismo, el que la policía vea coaccionada su actuación a causa de intereses políticos representa una situación habitual en las novelas, «Sé que el director está de mi parte pero esto no me supone ningún alivio, puesto que mi superior es rehén del ministro, igual que yo».

No faltan, por supuesto, costumbres sociales que van cambiando para estresarnos más en general, al “obligarnos” a un consumismo desmedido «la mamá de Nikos su amigo, había organizado una fiesta de cumpleaños perfecta. Claro que eso al final me pasará factura —añadió […] en algún momento ella también tendrá que organizar una fiesta».

Y, sin duda alguna, no podemos terminar la novela sin la visita obligada de Kostas Jaritos al Dimitrakos que, aunque parece algo aislado, no solo a él, también a nosotros nos ayuda a entender mejor las expresiones que usamos para nombrar algunos conceptos


inteligencia. f.  Capacidad de comprender o entender / Habilidad, destreza y experiencia.

En fin, siempre es un placer compartir la sencillez e inteligencia de Petros Márkaris.

miércoles, 27 de mayo de 2026

LA INTRIGA DEL FUNERAL INCONVENIENTE

Desde que me enteré de que Eduardo Mendoza iba a sacar un nuevo libro de la saga del inspector innominado esperé con ansia que llegase la fecha para comprarlo. Pero fue un regalo de Antonio por el Día del Libro, momento en el que vi en televisión cómo unos fanáticos llegaban a amenazar con la quema de los libros del autor por asegurar este, en broma, el nombre con el que deberíamos referirnos a la festividad de San Jordi. Menos mal que, haciendo gala de su buen humor, no hizo el menor caso y todo quedó ahí. Si algo se puede decir de Mendoza, como persona, es que ostenta un humor excelente, una educación intachable y una cordialidad espléndida.

No vamos a cuestionar su maestría como escritor a estas alturas; ya no tiene que convencer a nadie, pero leer La intriga del funeral inconveniente ha sido un acto renovado de admiración. ¿Cómo es posible que mantenga la capacidad de hacer reír con un personaje que protagoniza ya su sexta aventura? Lo consigue. Y esta vez con una estructura diferente. Mendoza deconstruye la trama in extrema res, por lo que, si al principio: «El funeral», andamos algo perdidos y creemos tenerlo más o menos claro, cuando acaba esta primera parte y empieza «La intriga» vemos que nuevos personajes aparecen y enredan más el asunto; nada es lo que parecía hasta que nos damos cuenta de que ese principio de la novela puede no ser el de la historia. Historia que para entender a la perfección hemos de leer «El inconveniente», la última parte. Al llegar al final somos conscientes de que la intriga no residía en saber qué pasó sino cómo ocurrió todo.

Un genio, Mendoza, capaz de sorprender a los 83 años. La novela se abre con una noticia periodística sobre un funeral al que han asistido pocos personajes y no conocemos el nombre de ninguno: el difunto, que no sabemos quién es, la hermana del difunto, de la que tampoco se dice su identidad, un policía jubilado, un hombre que se oculta bajo un sombrero, gabardina y gafas de sol, el dueño de la funeraria y RV, el que firma la necrológica.

El enredo surge cuando aparecen diferentes analepsis en las que se va contando una historia tan absurda que resulta creíble. Los lectores quedamos atrapados desde el principio con algo de inquietud, porque tememos encontrarnos con el final de la saga. Una sorpresa tras otra nos van sacando del error y, al ser conscientes de lo que pasa, ponemos nuestra atención en el continuo narrativo. Por supuesto la risa facilita la lectura en los diferentes flashbacks y prolepsis que nos vamos encontrando en esta anacronía.

Creo recordar que Allan Poe alabó aquellos libros cuyo final conocía el autor antes de sentarse a escribir. El maestro del terror lo puso en práctica en muchos de sus relatos. Ahora, este maestro del ingenio ha conseguido que en esa estructura no lineal aparezcan muertes, malversaciones o fuga de capitales bañados por su humor característico. Eduardo Mendoza imaginó el final y en La intriga del funeral inconveniente lo expone en forma de obituario. Inmediatamente nos damos cuenta del absurdo novelístico, marcado por la descabellada situación, «Dicho tanatorio dispone de salas de velorio y de dos capillas amplias y muy bien puestas, pero en esta ocasión, dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking». Y una vez enterados del único responso que se dirige al muerto, «Se veía venir», somos conscientes de que no vamos a ver nada hasta que quiera el autor. Cuando nos lo enseña, quedamos rendidos a su imaginación.

Los personajes van aumentando, unos son nuevos, otros, de novelas anteriores; estos forman parte de quienes hemos sido fieles a la saga, «Acabó internado en un centro psiquiátrico […] anduvo malviviendo de varios trabajos infamantes. Hasta trabajó en una peluquería de señoras»; unos ricos; otros, pobres; poderosos y menesterosos pero todos son marginales bien sea para enriquecerse más al margen de la ley, bien para subsistir.

Habitual en Mendoza es el espacio barcelonés; el cariño hacia la Ciudad Condal es evidente, aunque no descarta hacer cierta crítica social; en este caso, la censura a las posibilidades que tiene la clase alta para beneficiarse de paraísos fiscales es manifiesta.

Otra seña de identidad es el humor, bien destacando imposibilidades fonéticas «sus eses eran labiodentales […] y sustituía la ele por la eme y la erre por la pe […] pero acrecentaba su atractivo»; bien por asociación de significantes «…se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte como su nombre parece indicar».

El humor es visual «rechazó una falda plisada muy corta: tenía las piernas largas y flacas y el conjunto resultaba esquemático» o se basa en hacer lo contrario a lo que se dice «—Como nos vemos, no hemos de dar nombres y para afirmar o negar, solo has de mover la cabeza de arriba abajo o de lado a lado. ¿Lo has entendido? —Sí, don Basilio».

Asimismo, Mendoza expone la situación actual: tras conocer los trapicheos de la clase alta somos testigos de lo que pasa por la mente del pueblo llano —«Para mí —terció la señora Rialles— que buena parte de la culpa la tienen los inmigrantes».

El humor va in crescendo. Conforme vamos atando cabos no podemos evitar la sonrisa a veces; otras, la risa franca y siempre, la admiración ante esa mezcla de humor y parodia incluso al tratar temas como el desvío de capitales o el asesinato. También es manifiesto el humor acentuado por la mezcla de variedades lingüísticas: términos cultos, arcaísmos, lenguaje técnico y popular conviven en un mismo personaje «se te ha pasado el arroz», «hecho un perdis», «mindundi», «aledaño al pueblo», «la horda roja», «pelendengues»…

Pero no nos engañemos, la lectura de este Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025 es rápida, fácil, divertida y sencilla. Eduardo Mendoza es único urdiendo y exponiendo tramas y personajes que, ya desde el nombre, denotan alguna característica: mediante diminutivos que intentan debilitar: Melusina, Ramoncito Valenzuela; con alusiones a la personalidad, Don Pufo Colorado, reforzada a veces por epítetos, «la pobre Cándida»; con intención de seriedad eliminada por el apodo, Juan Ignacio Rodríguez Jarana «el Tigre Malo» o con alusiones religiosas: Monsieur Caminoi, baronesa Pía, profesor Barrabás le doyen…

Ya espero otra entrega del detective.

martes, 19 de mayo de 2026

LAS CARNICERAS

Expresiones serias en la portada. Tres chicas con delantal. La mirada de una de ellas deja ver enfado. Debajo de las figuras femeninas, en semicírculo, una colección de cuchillos rodea el dibujo de un cerdo con las partes comestibles marcadas según el valor de cada pieza. El blanco y negro de la ilustración contrasta con el fondo de la portada en cuadros Vichy Rosas.

Inquieta la oposición entre femineidad y dureza. Y con esa zozobra comenzamos a leer lo que el narrador nos cuenta primero de Anne y, seguidamente, de Stacey. Es el comienzo de la primera parte de Las carniceras. Dividida a su vez en varios apartados cortos que no tienen título ni marca alguna excepto porque cada uno comienza en hoja nueva; esta primera parte termina de la misma forma que comienza «El gesto brotó, instintivo, la hoja del cuchillo carnicero que se hunde en la carne. La sangre que mana. Gritos, luego el silencio, solo el silencio».

Anne y Stacey son dos compañeras de Formación Profesional de carnicería; las dos únicas chicas entre todos los estudiantes y deben andar con cuidado para hacerse valer en un mundo que normalmente ha pertenecido a los hombres. En esta primera parte conocemos a las chicas, su pasado, enturbiado por los hombres que las rodean. Su presente en el que, tras abrir un negocio, deben esforzarse por agradar a la clientela, hacerle ver que el género es de la mejor calidad, que no hay trampa en “Las carniceras”, que todo se despieza, se corta y se sirve a la vista. Contratan a Michelle, una inmigrante que además de mujer es negra, otro inconveniente en ese barrio de clase media de Ruan. Tres mujeres que deben competir por ganarse la aprobación social y que las vean cualificadas, no como subordinadas. Mujeres que han de demostrar que valen no por su belleza sino por su eficiencia. Mujeres que han de dejar a un lado su inseguridad y aprender a quererse «Se quedó un rato aferrada a él, mendigando un gesto de cariño. Él terminó por acariciarle el pelo. Luego se durmió vestido en su cama […] No tenía ni un hematoma, al fin y al cabo, era una simple pelea de pareja».

Son mujeres que buscan consciente o inconscientemente la validación que les puede dar un hombre.

Pero consiguen superar los inconvenientes y llegar a la conclusión de que merecen, como cualquiera, el éxito por su trabajo bien hecho.

En la segunda parte están definitivamente instaladas «En apenas un año habían abierto una carnicería de éxito de la que se hablaba en todo Ruan». Pero son mujeres y los errores que otros cometieron en el pasado las persiguen para hacérselos pagar. No es fácil desprenderse de las garras del hombre, amparado por una sociedad que lo exime de cualquier culpa. Esto lo han vivido en sus madres y la pena de ellas las acecha en lo más oscuro de su mente. Son pensamientos dolorosos que están ahí, en las tres. Sophie Demange refuerza esta idea en su estilo estructural, el final de un capítulo en el que la figura materna es símbolo de sufrimiento para una persona, queda retomado por otra al comienzo del siguiente. La mujer ha representado a lo largo de la historia la descarga de la violencia del hombre «Pensó en un nombre, el nombre de su madre». «Lo que más echaba de menos era el lepi de su madre».

La prosa enunciativa deriva, en ocasiones, a irónica para denunciar la violencia sexual, los abusos que desde la familia aún hoy se llevan a cabo con las niñas; por esa razón, y por miedo, hay mujeres que siguen viendo en el hombre la imagen del protector al que hay que obedecer y perdonar los deslices «propios de su naturaleza».

La memoria pervive en las mujeres de Las carniceras. No se olvidan los abusos sufridos en la infancia sobre todo los que se comenten en la familia, el supuesto refugio que toda niña debe tener.

Demange se posiciona al lado de sus carniceras para aportarles la fuerza necesaria hasta el punto de que la voz narradora aparece femenina, incluso podría ser una reflexión de la propia autora «Tenía aquella sonrisa malvada […] la sonrisa de la impunidad […] ¿Qué problema había? Pagaba bien, se portaba bien con ellas». La interrogación retórica convierte sus reflexiones en reivindicación femenina. La escritura es directa, tanto que algunos pueden encontrar la novela algo incómoda.

Estamos ante asesinas que no quieren ninguna excusa pues sus actos se viven sin dramatismo, sin culpabilidad. Pero la culpa, igual que el dolor, está dentro y brota cuando se sienten incapaces de tener relaciones normales con un hombre porque rechazan la figura masculina

Las carniceras supone la rebelión de la mujer que ha debido soportar una carga denigrante, una infancia que no lo ha sido. Sophie Demange quiere justicia poética por lo que los deseos de las protagonistas, en principio, se hacen realidad. La narración de este trauma constante está exenta de dramatismo, es incluso humorística a veces. La violencia expuesta sin crudeza consigue aumentar la tensión narrativa porque las protagonistas son vulnerables aunque muestren sus heridas en una atmósfera luminosa, rosa, propia de las comedias hollywoodienses del siglo XX.

Las tres son transparentes en la exploración de su identidad, donde recuerdan cierto empoderamiento femenino de las comedias musicales de los 80; pero no se pueden liberar de la presión social por lo que están obligadas a refugiarse en la oscuridad, a ocultar su oscuridad en la fachada rosa que dejan ver.

Anne, Sophie, Michelle son reflejo de la sororidad; juntas son más fuertes, no se juzgan. La novela es el fundamento feminista que pretende la ayuda entre mujeres para terminar con la competencia que llevan a cabo entre ellas para poder figurar en una sociedad machista.

martes, 12 de mayo de 2026

LA FLECHA INVERTIDA

Nueve cartas dirigidas a nueve personas son suficientes para que la protagonista exprese sus sentimientos. Pero en realidad son para ella misma, para agradecer, para acusar, para perdonar, para comenzar, a los cincuenta años, una vida sin rencores, sin rincones oscuros en su memoria que la inmovilizan cuando quieren salir.

La última carta va dirigida a Jesús, el autor del libro, y en ella le da permiso para que utilice estas sensaciones escritas como quiera; puede publicarlas porque, aunque sean dolorosas, exponen las ganas de vivir y la esperanza que, tras perdonar e intentar olvidar, siente la protagonista, decidida a darse otra oportunidad. Y Jesús Castro Lago recoge las cartas y las recoloca en La flecha invertida para que los lectores entendamos la vida de Johanne.

Lleva un tiempo junto a Jean Christian con el que es feliz. Para él no hay carta, habla de él a sus hermanos. Las cartas son como una despedida del pasado que quiere dejar a un lado y afrontar el futuro, renacida «Desde aquel beso, nuestra relación fue fortaleciéndose cada vez más […] aquel beso habló por él, dijo más de lo que había dicho hasta entonces».

Este libro conforma una novela  epistolar puesto que a través de las cartas conocemos la historia de la protagonista. Y, sin embargo, no es a través de ella sino de Jesús, el segundo autor, «Ahora toda esa información te pertenece y sé que harás con ella algo bello». Este segundo autor puede haber cambiado el curso de los hechos; no lo sabemos porque Castro Lago, el tercer autor, es el que aporta el grado de ficción a la historia real de Johanne. Esto de que sea ella la remitente de misivas es una técnica para dotar de verosimilitud a lo sucedido. Es una historia monofónica contada por Johanne que, más que epistolar, puesto que no hay respuestas esperadas, adquiere forma de diario íntimo, por lo que es fácil de entender.

Es una primara voz tranquila en la que el rencor, si lo tuvo, ha desaparecido para afianzar la gratitud del presente. La novela es fácil de leer; la protagonista no profundiza demasiado en los aspectos truculentos familiares (una denuncia a tiempo les habría solucionado la vida a las niñas); puede que no lo haga porque está segura de cómo va a ser recibida esa información; ella no estará presente, o puede que no le interese mostrar determinados sucesos a según quién sea el supuesto receptor. 

En cualquier caso el realismo se acentúa, aunque es cierto que al haber un solo punto de vista y nueve personajes nos falta la perspectiva de los demás, al menos a mí me hubiera encantado conocer qué pensaba de su amistad, Alain, qué pensaba Claudine de Louis, qué pensaban sus hermanas sobre la actuación paterna y, sobre todo, qué pasaba por la cabeza de la madre. De esta manera podría haber juzgado los comportamientos y haberlos, o no, entendido. Solo con lo confesado por Johanne se me hace muy difícil aceptar, perdonar a unos padres maltratadores y abusadores. Johanne lo hace, probablemente redimida por el amor de Jean Christian, al que no conocemos y eso no importa, lo que cuenta es que para ella supone su punto de partida.

El vocabulario coloquial de Castro Lago le aporta a la novela una gran carga afectiva, consigue que los sentimientos salgan con facilidad y lleguen al receptor de forma precisa, algo que suple la casi ausencia de interjecciones o modismos que denoten estados de ánimo, como si la primera autora, Johanne, quisiera salir fuera del relato, apartarse de lo vivido para no tener que revivirlo y continuar sufriendo «Tú y yo, a pesar del amor que existía como hermanos, no nos abrazábamos. En verdad, en casa ninguno lo hacía. Es algo a lo que nuestros padres no nos acostumbraron». La frialdad con la que expresa los hechos es un arma de protección. Por eso no tengo claro, creo que Jesús Castro Lago tampoco, que Johanne pueda comenzar una vida plenamente feliz. Son muchas las heridas.