Lo ha vuelto a conseguir. La colección
Clásicos Liberados de Blackie Books ha captado mi entusiasmo total por Homero, Samuel Butler, Miguel Temprano
García, Eurípides y Alberto Conejero, Alessandro Baricco, Marina Garcés… Y por
supuesto por Calpurnio, que estoy segura de que le ha puesto el nivel muy alto
al Evangelio, Génesis, Divina Comedia y
Quijote liberados, para que las
fotografías e imágenes de estos ejemplares igualen la frescura de sus
ilustraciones. No me canso de verlas. Es increíble cómo, entre cientos de
guerreros, detectamos a Héctor, Aquiles, Ulises, Patroclo, Príamo, Helena,
Menelao…, por un rasgo distintivo que nos ayuda a seguir la historia
visualmente. Los dibujos de Calpurnio cobran vida en una narración ya de por sí
apasionada.
Pocos nombres, de todos los guerreros
y mujeres que aparecen, he retenido en mi memoria tras leer La Ilíada
pero, he tenido la sensación, en todo momento, de estar ante una película de
guerra, en cinemascope; los movimientos de los soldados se describen hasta el
más mínimo detalle, «Harpalión […] golpeó
el centro del escudo de Menelao con su lanza, pero no pudo atravesarlo, y para
salvar la vida retrocedió entre sus hombres, mirando a todas partes por si lo
herían. Pero Meríones le apuntó con una flecha de punta de bronce mientras se
alejaba del campo de batalla y acertó en la nalga derecha; la flecha atravesó
el hueso de parte a parte y penetró en la vejiga…». La muerte de Harpalión
no es la única que no escatima en gestos y consecuencias; el dolor de los
padres, muchos luchando al lado de sus hijos, es inconsolable. El autor de La Ilíada, fuera Homero o no, fue un
hombre culto; en la epopeya encontramos, además de una poderosa imaginación,
gran conocimiento de historia, anatomía, reglas sociales y astronomía pero, en
general, lo que llama poderosamente la atención es la habilidad del narrador
para contar los sucesos. A veces informa con pequeñas aclaraciones, otras, con
largas digresiones sobre la filiación de aquel al que se refiere «Los hombres escogidos de los atenienses
ocupaban la vanguardia […] A los epeos los acaudillaban […] encabezaban los
ptiotas. De estos, Medonte era el hijo bastardo de Oileo y hermano de Áyax,
aunque vivía en Fílace, lejos de su patria, pues…».
Aunque constantemente quedamos
informados de que la guerra entre griegos y troyanos duró diez años, La Ilíada solo relata los cincuenta y
dos días finales, cuando todos están cansados de muerte y, en algún momento
piensan que deberían huir; hasta el más colérico, Aquiles, ansía la paz «Valoro más la vida que todas las riquezas
de Troya». Son cincuenta y dos días que exponen todo un mundo de dioses y
héroes enfrentados.
Dioses que intuimos caprichosos y
crueles y héroes que han dejado una gran influencia en nuestra cultura pues si
pensamos en el orgullo y la ira descontrolada, nos viene a la cabeza Aquiles «Cruel Aquiles —decíais—, eres tan
implacable que tu madre debió de amamantarte con bilis»; si tenemos un
modelo de buen liderazgo y estratega guerrero, desgraciadamente Agamenón es el
modelo que, incluso hoy día parece seguirse en determinadas matanzas «No perdonaremos ni a uno solo de ellos, ni
siquiera a un niño no nacido que esté aún en el vientre de su madre»;
indudablemente tenemos a Áyax como ejemplo de valor; Odiseo tendrá su momento
en otra obra aunque aquí ya destaque por su astucia y cobardía «—¡Ulises —gritó—, noble hijo de Laertes!,
¿adónde huyes volviendo la espalda como un cobarde?». Y, por supuesto, si
hubiésemos de tener un modelo de nobleza sería Héctor, tan distinto a su
hermano Paris, quien no teme mostrar su valor, su descontento (a Paris) «eres demasiado, terco y remiso» o su
amor (a Andrómaca) «Ojalá yazca muerto
bajo el túmulo que cubra mi cadáver antes de oírte llorar mientras te llevan
cautiva».
Temas que Homero expone minuciosamente
y han llegado hasta hoy. Son temas universales. Incluso hay expresiones que han
permanecido en nuestra cultura, como «Saldré
con los pies por delante» cuando queremos señalar que estaremos muertos;
así dejaron a Patroclo, «con los pies
hacia la puerta mientras lo lloraban sus camaradas» simbolizando el
trayecto que debía recorrer el alma para no perderse en su tránsito hacia los
dioses.
La guerra entre griegos y troyanos
empieza porque Helena es raptada por Paris. Es uno de los primeros raptos
certificados en la literatura. También Agamenón rapta a Briseida, esclava de
Aquiles. Calcante, el adivino, predice que la peste que asola el campamento
griego se mantendrá hasta que Briseida sea devuelta. Aquiles, enfadado,
abandona el campamento e incluso Agamenón considera la retirada, cuando Zeus le
indica que deben seguir luchando. Así pues, Agamenón decide que Paris luche
contra Menelao; se lleve a Helena quien gane y ponga fin a la contienda. Pero
Afrodita le salva la vida a Paris; Atenea se disfraza e invita a Pandaro a
disparar una flecha a Menelao. Cuando Agamenón se entera vuelve a enfrentar a
los ejércitos aunque los hombres están cansados; de hecho, numerosos tramos de
la epopeya son diálogos entre ellos donde razonan sobre la fugacidad de la vida
«Los hombres pasan como las hojas de los
árboles, año tras año». Reflexionan sobre la conveniencia de tener en
cuenta al contrincante «—Menelao, no seas
insensato, pon fin a este delirio. Sé paciente en lugar de apasionado, no
pienses en combatir con un hombre que te aventaje…».
Está claro que el concepto de guerra
es diferente al de ahora. Los contrincantes se admiran, respetan las normas y
las creencias «Detengamos la lucha por
este día; luego volveremos a combatir hasta que el cielo decida entre nosotros».
Pero los dioses son quienes, por regla general, desprecian las leyes y
alimentan a la venganza. En realidad, llega un momento en que Zeus dispone que
los dioses no deben intervenir para que la guerra no se eternice, sin embargo
será el propio Zeus quien incumpla el mandato al compadecerse de las lágrimas
de Agamenón «y le concedió que su pueblo
viviera y no muriera». Esto hace que los dioses sigan tomando partido según
sus familiares. No hay dioses imparciales en la guerra. Los combatientes lo
saben y lo aceptan con normalidad.
Los lectores conocemos el final de la
batalla y da igual porque al narrador le interesa que prevalezca cómo se hace
la guerra: la fuerza de los hombres y la estrategia ante el destino adverso de
los dioses «Si de verdad el gran Zeus
está decidido a ayudar a los troyanos […] Hagamos por tanto lo que digo…».
Y por supuesto interesa la forma de
contar: hay comparaciones con descripciones exhaustivas, comparaciones con
grandes contrastes sensoriales, comparaciones poéticas en plena batalla,
hiperbólicas e incluso escenas que hoy formarían parte de la ciencia ficción «Ares tuvo que sufrir cuando […] lo ataron
con crueles ligaduras y pasó trece meses en una vasija de bronce».
Y entre todo este fragor encontramos
curiosidades que dotan a esta obra de gran valor por ser pionera: En ella se
nombra la primera plaga enviada por un dios «creo
que debemos volver a casa […] pues nos están matando la guerra y la pestilencia
al mismo tiempo […] que nos cuente por qué Apolo está tan enojado».
Aparece el primer caso de medicina
militar, cuando Macaón «limpió la sangre
y aplicó unas drogas calmantes que Quirón le había dado a su padre Asclepio».
El primer “no a la guerra”, cuando
Aquiles le reprocha a Agamenón que está «embebido
de insolencia y sed de riquezas» y abandona, aunque vuelva después, jurando
venganza, cuando matan a su amigo Patroclo.
La primera violación de guerra, si
bien narrada de forma encubierta «Ven,
acuéstate conmigo y hagamos las paces». Ninguna mujer se podía oponer a los
deseos de un hombre.
La primera vez que se da nombre a los
caballos, Janto, Balio, Pánico, Fuga, Podargo, Etón, Lampo y la primera que un
caballo habla «Entonces el veloz Janto
respondió bajo el yugo […] —Temible Aquiles…».
Aparece la primera cabeza decapitada
que habla «su cabeza (de Dolón) cayó rodando por el polvo mientras seguía
hablando».
Aparece ya la serpiente como animal
maldito. Y es la primera vez que se abren las aguas para que pasen las diosas
Tetis e Iris y se dirijan a ver a Zeus «Las
olas del mar les abrieron camino».
Y creo que la narración contiene
referencias a un segundo autor cuando el narrador lanza una pregunta a las
musas y contesta él mismo «Decidme ahora,
Musas […] quién de los troyanos o de sus aliados fue el primero en enfrentarse
a Agamenón. Fue Ifidamante…». Son preguntas que tienen en cuenta al lector
pues marcan la función fática del relato; así como los epítetos épicos ponen la
importancia en la función poética: Hera la del trono dorado. Hera de blancos
brazos. Aquiles, corazón de león, Paris de corazón negro, apuesto pero falso y
mujeriego. El veloz Aquiles. Zeus portador de la égida. Apolo señor del arco
plateado. Atenea de ojos glaucos. Tetis de pies plateados. La Aurora con su
túnica de azafrán.
La importancia estilística se refuerza
con la descripción del escudo nuevo que Hefesto le fabrica a Aquiles, en oro y
plata con grabados; un escudo hiperbólico, como el proceso de fabricación; son
trece párrafos anafóricos que comienzan «Grabó
en él… Además grabó… Grabó también… Grabó en él…», así hasta cuatro
páginas, para reforzar la labor de numerosos detalles.
Y por supuesto los personajes son tratados con respeto, son personajes redondos, cambian de comportamiento según les vayan las cosas, dejando su personalidad expuesta, incluso la de los dioses, quienes después de tomar partido por unos y otros los abandonan, como Zeus quien, ante la muerte de Héctor, se comporta como Pilato y se va del lugar por no enfrentarse a su hija Atenea; en general las diosas son más astutas, con mayor determinación, lo que contrasta con el papel triste y resignado de la mujer, griega o troyana, que sufre por un marido y unos hijos que la dejan sola, en peores condiciones. De esto dan fe los textos que cierran el volumen de Blackie Books: Alberto Conejero, Alessandro Baricco y Marina Garcés nos invitan a reflexionar sobre la guerra, la de Troya y las de ahora, tan distantes, tan distintas y con el mismo dolor para quienes las sufren.




















