jueves, 22 de octubre de 2026

INVENTARIO DE SIEMBRA

En la última Masa Crítica recibí un libro pequeño que, como suele decirse, vale su peso en oro. Gracias, Babelio, por hacer que vaya conociendo gente nueva interesante y valiosa; en este caso, no solo he descubierto una nueva autora (para mí, por supuesto) sino catorce mujeres más que, pese a las desafortunadas circunstancias que las rodearon, consiguieron hacer lo que querían, aunque a alguna le fuera la vida en ello.

Un inventario es una relación de valores que se hace de forma precisa. La siembra es la acción y el efecto de esparcir algo para conseguir lo que interesa.

Thaïs Gamaza ha inventariado, para todos, la labor de catorce mujeres que, en épocas y lugares diferentes de la historia, sembraron una semilla con el fin de romper las normas que la sociedad tenía dispuestas para las mujeres.

Inventario de siembra es un libro que se lee rápido, o no, porque tras enterarnos de lo que sembró la protagonista, nos puede la curiosidad y vamos a buscar más información, por qué llegó a ese extremo. Y así somos conscientes de que algunas mujeres tuvieron que luchar con enfermedades mentales, otras, contra el ego desmesurado de maridos maltratadores, otras, contra la sociedad entera. Catorce vidas que lo dieron todo para que el mundo se enterase y no volviese a cometer otra injusticia.

Inventario de siembra no podía llegar en mejor momento, ahora que, tras haber conseguido determinados derechos, las mujeres vemos cómo pretenden que quedemos relegadas a expensas de la voluntad de algunos hombres; cómo vuelven a pisotearse los derechos de todas las personas que se salen de la norma, de la norma racial, de la norma sexual, de la norma intelectual.

Thaïs Gamaza divide su libro en catorce apartados, cada uno titulado con algo definitorio en la vida de la mujer a la que luego se va a referir. Tras el título, encontramos dónde se realizó aquella acción (vejatoria para la mujer) el momento en que ocurrió, el oficio de esa mujer y cuáles fueron sus logros. Después habla la protagonista en primera persona «Entreabro los ojos y la luz que traspasa las cortinas oscuras me llega a las pupilas y penetras en las terminaciones nerviosas de las sienes». En alguna ocasión aparece la segunda persona, que se dirige al hijo de la mujer fallecida; es otra forma de contarnos su vida. Hay niños que se criaron sin madre por culpa de la locura de una sociedad que siembra —aún hoy— odio y violencia «Muerde una manzana verde. Mira cómo mamá mancha de tinta la mesa y sale corriendo y gritando de alegría. Guarda debajo de la almohada tu primer diente». La segunda persona nos transforma, a los lectores, en testigos directos de la historia; vivimos lo ocurrido con cierta tensión porque somos conscientes del sufrimiento, nos introducimos en la intimidad familiar y deseamos, con todas nuestras fuerzas, que eso no vuelva a ocurrir.

A veces la segunda persona funciona como nuestra propia conciencia. Nos metemos en la piel de la protagonista y conseguimos identificarnos con ella, es como si estuviéramos ante un espejo que nos devuelve un dolor y una humillación que ni nosotros ni nadie merece «Antes no te preocupaba, pero ahora tienes pesadillas. No te gusta que los demás se vayan al otro lado del pasillo cuando te ven llegar […] y llegas cada día cansada a la escuela porque no puedes dormir como antes».

En alguna ocasión el relato se desdobla. Con la primera persona, la protagonista cuenta sus logros, sus sueños «La imagen de la Venus del espejo de Velázquez, construida desde su mirada masculina, me arroja el guante. Acepto el reto». Y con la tercera, un narrador testigo, externo, cuenta lo ocurrido a la protagonista por saltarse las normas. Es como si ella no tuviera voz ni sueños ni esperanza. Es un vegetal más que la sociedad ha olvidado «Una chica nueva recibe su hábito […] Se alegra de la suerte de tenernos y de lo hermosas que estamos desde que ella nos cuida […] antes de irse a su celda nos vuelve a regar con el agua de sus ojos».

También encontramos relatos que funcionan como atemporales, aunque todos lo sean. El uso del infinitivo constante crea una atmósfera mítica, casi irreal que, cuando menos lo esperamos, se cuela en nosotros al darnos cuenta de que es real. Dictée es el relato, en dos páginas, de la vida, violación y muerte de Teresa Hak Kyung Cha; una niña que tuvo que huir de Corea del Sur durante la guerra y llegar a Nueva York, allí se involucró en la nueva sociedad, triunfó como escritora, se enamoró de su marido y de su trabajo, donde reivindicaba la labor de la mujer… Y tuvo su castigo.

El efecto cinematográfico del infinitivo consigue que su vida quede reducida a la acción. No ha tenido tiempo de saborearla. El efecto de las oraciones encadenadas de manera asindética encierra una monotonía implacable, el personaje no tiene tiempo de reflexionar ni de decidir. La vida le ha sido arrebatada y ella no la ha saboreado.

Asimismo la escritora surrealista, inspirada en el sueño, aparece para contarnos el dolor de una vida, a la que hubo de renunciar para convertirse en otra «Comienzo mi obligado proceso de transformación, no hallo otra manera para que una mujer pueda dedicarse a la música» «Me acostumbro al olor del agua estancada al tiempo que persigo una sombra un tanto extraña que me incita a avanzar tras ella al ritmo de la música».

El desorden de esta vida queda plasmado en la escritura de Thaïs Gamaza, intentando en todo momento capturar el pensamiento puro de esta mujer.

Inventario de siembra es un homenaje a Nancy Cunard, Camille Claudel, Unica Zürn, Aurelia Navarro Moreno, Chaya Pinjasovna Lispector, Ruby Nell Bridges Hall, Zelda Sayre, Raquel Liberman, Emma Goldman, Sylvia Plath, Dorothy Lucille Tipton, Theresa Hak Kyung Cha y María Silva Cruz. Que no se olviden sus nombres, ni el de tantas mujeres que han luchado por querer un mundo mejor.

Gracias Babelio; gracias Editorial Dieci6 y gracias Thaïs Gamaza.






viernes, 16 de octubre de 2026

EL CLUB DEL CRIMEN DE LOS JUEVES

Si las novelas de Agatha Christie han sido llevadas a la pantalla es porque los personajes, sobre todo los protagonistas, tienen cierto gancho inocente que facilita el diálogo lleno de buen humor.

Cuando leí la novela El club del crimen de los jueves me dio la impresión de estar ante una obra de la reina del crimen. No es exactamente igual, el estilo de Richard Osman es diferente pero hay algo que nos la recuerda; puede ser el ambiente agradable en el que se mueven sus protagonistas, cuatro jubilados, bastante afortunados, que pasan sus últimos días en un complejo residencial de lujo. Los jueves, a modo de juego o pasatiempo, se reúnen para intentar, mediante la lógica y la deducción, resolver algunos crímenes del pasado.

Sin embargo se encuentran con un homicidio actual pues, un promotor inmobiliario, Ian Venthan, es asesinado mientras intentaba convencer a los ancianos de la necesidad de levantar el cementerio aledaño a la residencia, ocupado por los cadáveres de las monjas que antaño la poblaban cuando era un convento.

Los abuelos se muestran contrarios a la decisión de Venthan quien, por su parte ha decidido que Bogdan sustituya a su jefe de construcción y matón principal. Bogdan acepta el cargo pero le advierte de que Tony Curran lo matará.

Nuevos personajes van apareciendo y los crímenes se suceden, no como lo esperamos, «Cuando percibe el ruido, es tal vez una fracción de segundo demasiado tarde. Se vuelve y ve venir una llave inglesa. Es enorme, como las de antes. No tiene manera de esquivar el golpe y, en un breve instante de clarividencia, lo comprende».

No hay violencia explícita, esto es lo que nos recuerda a la clásica novela tradicional en la que la resolución de los asesinatos se lleva a cabo mediante la lógica.

Osman escribe una novela negra coral. No hay un detective. Son cuatro protagonistas, que ponen en común sus investigaciones para ir tirando de un hilo que parecía perdido, hasta dar con la clave del misterio, con la historia del cementerio y con los asesinos. Elizabeth, Ibrahim, Joyce y Ron, a pesar de haber superado los setenta años con creces, están en buena forma y cada uno aporta algo decisivo a lo largo de la investigación. No debemos olvidar a Brenda quien, en coma desde hace tiempo, es cuidada constantemente por su marido, y puesta al día de todo lo que va sucediendo por Elizabeth, gran amiga del matrimonio.

En fin, situaciones idílicas, sensibles, plagadas de humor sutil por parte de los protagonistas al aceptar su condición de ancianos que, sin embargo, son requeridos por la propia policía para que la ayuden «Existe una psicología de la distribución de los asientos que todo buen policía acaba asimilando a lo largo de los años. Chris comprende que sus anfitriones han hecho todo lo posible para que se sienta importante […] De modo que ahí está, inmovilizado […] En cambio, Donna tiene a su disposición una mesita auxiliar para apoyar la taza».

No cabe duda, el ambiente es entrañable, el entorno es idílico, algo utópico, y los ancianos “detectives” son adorables, casi superhombres; no son estereotipos sino personas que piensan vivir hasta el último día, llegue cuando llegue. Los diálogos hacen gala del humor blanco de Joyce y del irónico de Elizabeth. Creo que las mujeres llevan más peso en la novela. Ron es más nervioso e Ibrahim, callado, pero sus aportaciones serán decisivas para aclarar el porqué de los hechos aunque después la resolución sea algo casual.

El ritmo es relajado, como corresponde a una comunidad exclusiva como es la de Cooper Chase. Todo favorece a que fluya la lectura: un colectivo de lujo es el sueño de cualquier jubilado, aunque después la realidad se encargue de anular a la mayoría dicho sueño, pero seguimos soñando aunque vivamos una realidad general, para los mayores, vergonzosa, plagada de legislación injusta, derechos violados, venganzas naturales y falsas acusaciones. Por eso, esta novela permite que olvidemos por momentos esa realidad y nos introduzcamos en un mundo en el que los mayores nos emocionan, disponen de más información que la policía y son capaces de aportar algo muy valioso para solventar el caso. Los lectores andamos un tanto confusos pues en el misterio hay demasiados puntos ocultos que luego tendrán una fácil explicación, aunque no cabe duda de que dificultan la resolución.

Durante la lectura, tenemos la impresión de que el asesino es quien más tarde desechamos «—¿Queréis que os diga lo que pienso? —apunta Ron— Si encontráis a Gianni el Turco o a Bobby Tanner, habréis encontrado al asesino».

El narrador en tercera persona, es omnisciente; no solo cuenta lo que sucede sino que se permite opinar sobre la forma de ser de los protagonistas «En parte está sorprendido de que Joyce no haya pensado también subir al cementerio. Quizá carezca del instinto de Elizabeth, después de todo».

Además, Joyce escribe un diario personal en el que va contando las impresiones que tiene sobre los hechos vividos cada día. Es la novata del grupo y probablemente la más dulce. Su diario aparece de vez en cuando a modo de capítulo en letra diferente con la que nos enseña su voz y nos hace partícipes directamente de su personalidad. Es la complicidad con el lector la que la convierte en un personaje especial «Pero se me ocurre que, a estas alturas creeréis que estoy obsesionada con los asesinatos porque no he hablado de otra cosa desde que he empezado este diario […] ¿Qué os puedo contar?».

Richard Osman puede que no acierte con la tensión que hoy pedimos a una novela de misterio pero no cabe duda de que la emoción está ahí, también el final sorpresivo es un acierto, como lo es la idea en la que se asienta la novela y, por supuesto, la visibilización de los mayores.

sábado, 10 de octubre de 2026

UN DÍA EN LA VIDA DE CLARITA

Leer a Rosa Montero es un placer. Al comprar Un día en la vida de Clarita quedé algo decepcionada porque la vi muy corta y, siempre que empiezo algo de esta autora, no quiero que termine. Me gustaría seguir leyendo más allá. Así que pensé que la dosificaría para que me durase más. Imposible. No solo porque no tiene capítulos y no puedes usarlos como excusa para dejar momentáneamente la lectura; también porque desde el primer momento sentimos la necesidad de informarnos más sobre esa persona que el narrador parece conocer tan bien.

El comienzo de Un día en la vida de Clarita es un poema en prosa en el que las metáforas anuncian la opresión en la que vive la protagonista, «enroscada dentro del sudado capullo de las sábanas», o la relación dañina que tiene con los demás, «el latigazo de la persiana del vecino o vecina al levantarse». Clarita es una mujer previsora, ordenada, obsesiva, sola; la descripción de sus acciones así nos la retratan «confirma que no va a llover […] movimientos precisos y repetidos […] sale de su casa. Y vuelve a entrar. Y sale. Y entra de nuevo. Y sale a la tercera de manera definitiva». Este comportamiento, esta actitud ante la vida, no es nuevo, de ahí el «Como siempre» que, a modo de estribillo, aparece durante el comienzo de la novela. Después iremos comprendiéndola mejor. El estilo mantendrá las figuras poéticas e irá señalando un ritmo in crescendo con el que las emociones de la protagonista marcarán el relato y nuestra empatía con ella irá en aumento.

Clarita sufre maltrato psicológico en el trabajo; las burlas, el trato infantilizador, los comentarios hirientes podrían formar parte de lo que hoy llamamos edadismo. Como también queda discriminada por su jefe, el edadismo sería institucional aunque por supuesto tiene mucho que ver la cultura machista que nos rodea y oprime más a las mujeres; de ahí que las mujeres tengan más difícil llegar a la cima laboral o simplemente ascender. No es nuevo, desde siempre hemos sido testigos del acoso al débil o a la diversidad «Era todo una broma, mujer, cómo te pones, no es más que una broma, ¿es que no tienes sentido del humor?».

Hemos visto situaciones de rechazo al diferente, de envidia al inteligente, que se solucionan con frases ofensivas o juegos de palabras ocurrentes para ofender, cuando no se utilizan insultos directos


—Cada día más chiflada.

—Es paralela, la tía.

—¿Para qué, dices? Jajaja.

Clarita, por su parte, usa la burla fina contra sus compañeros sin que estos sean conscientes, porque ella nunca dirá nada en voz alta, son sus pensamientos los que hacen gala de una ironía capaz de establecer cierta distancia entre ella y el resto. Clarita no busca herir; para ella es un juego mental con el que reflexiona y manifiesta su escepticismo respecto al ser humano «Mucho hablar de la menopausia […] para que luego todos estos tipos cuarentones que de repente rompen a sudar como gorrinos ignoren por completo que lo que les sucede no es ni más ni menos que un sofoco. Ja, ríe Clarita para sus adentros, sin mover la boca».

A través de sus manías, diseminadas por la novela, entendemos a Clarita, somos conscientes de cómo le afectan los niveles de ansiedad, por eso necesita cierto orden en su vida, una previsibilidad que no perturbe sus expectativas, simpatizamos con la hipervigilancia que ejerce en su entorno y su necesidad de simetría; todo ello, gracias también a su alta capacidad intelectual, le ha permitido conocer a las personas y averiguar el significado de sus movimientos «Es de un machismo estructural y a Clarita que además es añosa y debe parecerle una maldita vieja, ni siquiera le dirige la palabra […] Clarita lleva cuatro años aprendiendo a descifrar su lenguaje de gestos».

El comportamiento tímido y retraído de la protagonista está relacionado con el ambiente traumático, de acoso y maltrato, en el que se desarrolló de pequeña (¿quién es Sebastián?), Rosa Montero no ahonda más en esto porque le interesa el giro argumental que da el día de Clarita. Con gran ironía situacional, la temida fiesta que Clarita estaba dispuesta a perderse es la que da un vuelco a las circunstancias y permite que nuestro personaje principal empiece a vivir con plenitud.

Es una seña de identidad de Rosa Montero el dotar a los más deprimidos de cierta capacidad de superación, que marque la esperanza perdida. Porque hay un mundo mejor en alguna parte y Clarita lo encuentra. Solo hay que confiar en uno mismo. Y así, esta novela, corta, que recuerda a una fábula, nos hace disfrutar desde la primera hasta la última palabra y nos deja con el corazón henchido de agradecimiento a una autora que aporta alegría y esperanza solo con su presencia.

Hay mucho más en esta novela; con la intertextualidad añade significados ocultos a la personalidad de Clarita al conectar su historia a la de Cervantes; como su protagonista universal, hará gala de bondad infinita y cierta valentía «Leoncitos a mí, como decía don Quijote cuando se topó con un carro de fieras». La erudición y reflexión de Borges está presente en nuestra protagonista, «cualquier destino por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento». También Clarita, como Ana Karenina, busca su libertad en un entorno opresivo, aunque lo resuelve de distinta manera.

Con esto, Rosa Montero no solo aporta señales de la forma de ser de su protagonista, también aprovecha para homenajear a Cervantes, Borges y Tolstoi y establecer cierta complicidad con el lector.

Colaboración que mantenemos en las citas cinematográficas: el egoísmo caprichoso de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó queda reflejado en la inutilidad de Aguinaga, permitiéndose la autora cierta ironía al dejar ver que «el sobrinísimo» hará cualquier cosa para continuar en la cumbre, algo que la justicia poética, decisiva en la película Ascensor para el cadalso, conseguirá también para Un día en la vida de Clarita.

viernes, 2 de octubre de 2026

MIRADAS INESPERADAS


Hace mucho tiempo que conozco a Rosalía. Fue alumna mía; no recuerdo el curso ni el año en que le di clase pero, la sonrisa en su cara ladeada al hablarme no se me olvida. Después seguí viéndola por la ciudad, incluso coincidí con ella a menudo cuando empezó a trabajar cerca de donde vivo. Sé que le encanta leer, le apasiona el cine y es una entusiasta del deporte; cuando empecé a seguirla en Instagram no me extrañaron las buenas críticas que hace de películas o de novelas. Siempre ha sido bastante madura. Y de pronto veo que ha escrito una novela.

En ese momento la compré y aquí estoy, dispuesta a hablaros de Miradas inesperadas. La técnica empleada no es nueva pero tampoco es usual. La novela comienza in medias res, en un presente en el que Adriana pretende tranquilidad aunque no lo consiga. Por eso, a pesar de trabajar en un lugar que adora, una librería, su mundo se viene abajo cuando ve aparecer por la puerta a Daniela. A partir de ese momento, los capítulos de las cuatro partes del libro alternan la voz narradora de ambas protagonistas y, entre las dos van contando su historia. Para ello, la segunda parte supone retroceder al pasado, diez años antes, de manera que los lectores estemos al tanto de qué pasó, cómo se conocieron, cómo descubrieron, al conocerse como profesora y alumna de la universidad, que eran homosexuales, o bisexuales ya que ambas tenían pareja heterosexual con la que disfrutaban…, hasta que se encontraron y la atracción pudo más que cualquier otra cosa. Durante el curso académico se vieron sin que los demás, ni siquiera sus parejas, sospechasen de sus sentimientos. Y cuando todo parece que se va a normalizar, Daniela se va de la ciudad sin dar señales de vida hasta ese presente diez años después.

Ahora, Adriana creía haberla olvidado con su trabajo y su nueva chica, Sara. Será en la tercera y cuarta partes, cuando asistamos al final de la historia. No quiero desvelar nada para no influir en la lectura. En este final todo es posible.

Rosalía Ruiz Gutiérrez ha dejado algo de ella en la novela, pero eso no es importante, lo bueno es que nos ha ofrecido dos puntos de vista distintos de una misma historia. Los lectores sabemos más que las protagonistas, conocemos sus temores, sus dudas, las ilusiones que las embargan y podemos llegar a una conclusión que puede parecer evidente: Cuando hay verdadero amor todos esperamos lo mismo. Lo vivimos de distinta forma pero el objetivo es idéntico: estar con la otra persona a costa de lo que sea «No iba a ser agradable. Tendría que empezar a sentarme en la última fila y fingir que la asignatura ya no me interesaba». «Al día siguiente volvería a arrepentirme y tendría que volver a fingir que nada de aquello había ocurrido».

Nuestra autora ha construido dos personajes que, en principio parecen distintos pero coinciden en lo fundamental; Daniela es dieciocho años mayor que Adriana pero esta disfruta con actividades más relajadas que las que llevan a cabo sus amigas.

El tono de las dos protagonistas podría confundirse; sin embargo, cada una procesa las emociones de diferente manera; probablemente Daniela, por su situación y edad, se muestre más cauta ante el amor que poco a poco se va instalando en ellas; Adriana es más impaciente «Me aterraba el hecho de que, a la mañana siguiente, todo hubiese cambiado […] me miró y la besé de nuevo» «…contemplamos juntas la salida del sol. Solía pensar que los momentos mágicos no existían pero aquel fue uno de ellos».

El ritmo es constante, Rosalía Ruiz ha conseguido gestionar el tiempo y la tensión de forma equilibrada. A veces los diálogos, cortos, parece que lo van a acelerar pero la voz narrativa se introduce en las réplicas para señalar acciones o pensamientos. Sin embargo estas acotaciones no lo ralentizan, porque no hay descripciones excesivamente detalladas ni subordinadas complejas que propongan reflexiones profundas. La lectura fluye fácilmente, los capítulos suponen básicamente una escena; no son largos y terminan sin aclarar cuál es la consecuencia de lo contado que normalmente puntualiza la siguiente narradora, cuando cuenta su impresión sobre el hecho y alivia la intriga que dejó la anterior. De esta manera las vamos conociendo a las dos y, sobre todo, podemos contrastar las circunstancias de cada una.

Rosalía ha escrito una primera novela de estructura difícil; no es sencillo ir aportando visiones parciales de una historia que se vayan complementando mientras se relacionan, pero la autora ha conseguido que entendamos que la vida tiene diferentes perspectivas y que la vivimos según nuestra forma de verla o de enfrentarnos a ella. No hay que pasar por alto que una misma situación supone más o menos dificultad según se experimente, por lo que toda verdad puede llegar a ser cuestionable.

Hay algo que me ha llamado la atención; tanto Adriana como Daniela tienen pareja heterosexual y están bien. Daniela lleva viviendo siete años con Alberto y se presentan estables, disfrutan del sexo y de las salidas. También Adriana, aunque algo más reacia al principio, disfruta con Román y siente que está a gusto con él como confidente y amigo. Sin embargo cuando ambas chicas se conocen todo se desborda; la culpa se instala en ellas aunque no se planteen abandonar a sus respectivos chicos. Da comienzo una relación con altibajos; es placentera pero no quieren seguir con ella para no dañar al otro, la confianza que había en la pareja heterosexual deja paso a la mentira, mientras que ambas mujeres desean que el tiempo pase rápido y ponga las cosas en su sitio.

¿Pasa esto en todas las relaciones homosexuales al principio? ¿Son más intensas en los aciertos y en los errores? Al leer Miradas inesperadas entendemos que sí y que no pasa nada, que todo el mundo tiene derecho, tenga la edad o la condición que tenga, a disfrutar de una vida sexual y relacional plena y feliz.

martes, 22 de septiembre de 2026

BAJO EL CIELO INFERNAL

¿Es posible que conforme cumplimos años tengamos menos reparos a decir la verdad? Puede ser. ¿Es posible que la edad sea un plus en las personas? Es probable. Lo que está claro es que lo fundamental es la mente. Si funciona, una serie de experiencias aparecen entonces ante nosotros para generar, o no, empatía que, unidas al temperamento consiguen nuestra atracción o repulsión hacia esa persona, porque la vemos según es, no según el físico que ostenta y tanto parece importar ahora.

Al terminar Bajo el cielo infernal adoro, más si cabe, a Alicia Giménez Bartlett. Siempre he disfrutado las novelas de la inspectora Petra Delicado, alguien tan contradictorio como su nombre indica, pero en esta última entrega, la voz Petra-Alicia está presente; de hecho, sería incapaz de marcar una línea divisoria entre dónde termina el personaje y empieza la autora. La fuerza de Giménez Bartlett está presente en la inspectora. Nunca ha tenido miedo a enfrentarse a las autoridades. Esta novela es una prueba de ello: la autora critica la actuación de la policía cuando se trata de relacionarse con la iglesia; critica, con una fuerza arrasadora, al estamento eclesiástico porque es capaz de hacer lo que le viene en gana, las leyes terrenales no le afectan, tiene a su dios encargado de perdonar cualquier barbaridad porque ya sabemos que dios es misericordioso y bueno, aunque solo sea con algunos.

También Petra se opone a los deseos de los altos cargos policiales y religiosos y lleva la verdad a sus últimas consecuencias. Alicia Giménez usa la voz de Petra para criticar la incultura social que nos envuelve y los estamentos despiadados que están instalados desde tiempos casi inmemoriales; estamentos intocables, o eso parece, porque en Bajo el cielo infernal, nuestra inspectora no tiene miedo de investigar; de hecho, tirando del hilo del asesinato del jesuita Lorenzo Santos, descubre dos asesinatos más. El problema, cuando víctimas, asesinos y la mayoría de testigos están muertos, es que apenas hay pruebas, por lo que Petra y su fiel amigo y colaborador, el subinspector Garzón, deben hacer uso de suposiciones y presentarlas como ciertas hasta que los criminales confiesen.

Petra pasa por un mal momento, se ha quedado viuda; Marcos tuvo un accidente de coche tras una discusión matrimonial en la que él le pidió que aceptase una situación por la que Petra no pensaba pasar. Ahora, el recuerdo de su marido la atormenta; lo echa de menos y no sabe cómo afrontar la vida sin él. También Alicia Giménez ha debido aprender a vivir sola, sin su marido, por lo que esta novela ha supuesto otra herramienta para superar su duelo. Imagino que el recuerdo queda ahí, para siempre, aunque espero que la autora sepa gestionar sus emociones para llevar una vida feliz. Todos lo merecemos; las personas buenas, fuertes, valientes y comprometidas, más.

El estilo de la novela es el propio que Giménez Bartlett utiliza con la novela policiaca. Plagada de diálogos ingeniosos, los refranes aparecen con afluencia, así como las expresiones populares. Son una seña de identidad de Fermín Garzón: fiel a su superiora, verdadero amigo antes que subordinado, algo anticuado más que tradicional, por lo que aunque en sus actos no lo demuestre, en sus palabras vemos a veces rastros de la educación patriarcal machista imperante en España, que a mí me parecía superada pero veo con auténtico horror que vuelve. Pero esta reflexión pertenecería a otro lugar.

A Petra la define el humor irónico, a veces irreverente, la rapidez para encontrar la réplica certera en las discusiones; por contra, cuando ejerce como voz narradora aparece su intensa reflexión, algo que influye en los lectores y nos permite conocer en profundidad a los personajes: gestos faciales, posturas, tics, contestaciones, acciones… todo es visto con lupa, con un calado psicológico que expone de forma objetiva sin impedimentos. De igual modo, Petra muestra su forma de ser en esas reflexiones, por lo que no abandona del todo la ironía, a veces revestida de humor negro «Coronas no estaba contento, el juez Riaza no estaba contento, yo no estaba contenta y el muerto mucho menos que ninguno de nosotros».

El asesinato de Lorenzo Santos tiene lugar en el barrio de La Mina, plagado de drogadictos, necesitados y personas que, en principio son marginales, pero Petra y Fermín se encargarán de devolverles su dignidad. Otra lección social, no debemos juzgar sino comprometernos de verdad con los más desprotegidos.

Las reservas hacia la Iglesia aparecen desde el primer momento en los dos protagonistas

—[…] La diplomacia hay que extremarla con la Iglesia, siempre ha sido así.

—No sé si estoy en disposición de practicar el guante blanco.

—Pues esfuércese Petra.

[…]

—Pues yo, ya puestos, hubiera preferido que se cepillaran a un cardenal con todos los arreos encima. ¿El arma homicida? ¡Un Winchester como los de John Wayne! La cosa hubiera pintado bien, mucho más original.

Que la autora es filóloga se nota por su estilo, caracterizado con un vocabulario culto, lleno de comparaciones literarias o cinematográficas, saber con el que dota a sus protagonistas «El párroco era un remedo no tan lejano del dómine Cabra: feo, malcarado y con manchurrones en la pechera. Su alzacuello presentaba un sospechoso color marfil matizado en varias intensidades»

Por supuesto, las comparaciones bíblicas están a la orden del día: «me he movido entre un chorreo como el diluvio universal y la expulsión de los mercaderes del templo a hostia limpia». Asimismo son frecuentes las metáforas literarias, concretamente las teatrales, que utiliza para dar expresividad a los juicios de Petra y aportar movimiento a su pensamiento «todo lo demás es ópera, tragedia griega subida a unos coturnos, gesticulación y demanda de protagonismo».

Y por supuesto, nuestra pareja, a pesar de la amistad continúa con un trato respetuoso, aunque plagado de coloquialismos «Está bien, Garzón, deje de darme el turre». Que Petra es una mujer culta lo demuestra en el diferente uso de registros, según a quién va dirigida su locución o en qué contexto «…temía que el caso se enrocara […] entre los mismos peces, con la misma caña, el mismo anzuelo e idéntico cebo […] ¿la omertá de los habitantes debía darse por sabida».

Los diálogos cobran vitalidad especial cuando las palabras toman un doble sentido, cuando los refranes se igualan a expresiones literarias


—[…] me dieron las aguas bautismales y se acabó.

—Sí, a mí también, pero esas son aguas pasadas.

O cuando cambia el sentido de lo dicho al variar de forma irreverente un texto religioso «—¡Madre mía que estás en los cielos! ¡Qué astucia la de ese cura! ¿no?».

La narración va aumentando en intriga conforme van apareciendo nuevos personajes que, encima, apenas han sido vistos un momento, que nadie dice conocer pero luego son elementos fundamentales.

Y entre tanto coloquialismo, cultismo, tecnicismo aparecen llamando profundamente la atención términos anticuados, casi en desuso, expresiones vulgares o irreverentes: gañán, el quinto coño, los plumillas, forajido, humor jupiterino, llorar a tumba abierta, ni monseñor ni monsepollas, sus derechos y todo el copón, la picha un lío, éramos pocos y parió la abuela…

Términos y expresiones con los que logra que leamos casi en un suspiro las casi 450 páginas de la novela que dan, además, para reflexionar sobre la moral. Perfecta Petra y perfecta Alicia. 

martes, 25 de agosto de 2026

LAS VIDAS SECRETAS DE LAS MUJERES DE LOS ASESINOS




Beverly, Margot y Elsie son tres mujeres diferentes. La primera es de clase alta; ha sido educada para ser una buena esposa que acepta todo lo que dice y hace el marido, por lo que en los planes de su madre no entraba otra cosa que no fuera el matrimonio a una edad temprana; es tanta la presión que acepta casarse con un fontanero, simplemente porque es el primero que se lo pide. No descartamos que el chico en cuestión viera un futuro brillante con ella.

Margot fue criada, con su hermano, por su madre, que no dudó en prostituirse para sacar adelante a los niños. Margot ha aprendido la lección, así que aprovecha su físico espectacular para atraer a un renombrado maduro político. Elsie se dejó seducir por su profesor de instituto, con quien se casó. Sin embargo él nunca le perdonó que lo expulsaran del centro por abusar de una alumna «al principio, la piel blancuzca y el vello corporal de Albert le resultaban repulsivos […] Pero no se suponía que ella debiera disfrutar. Era su esposa. Aquel era su trabajo, a fin de cuentas». Económicamente no está tan bien como las dos anteriores, así que trabaja en un periódico de secretaria, aunque pueda ejercer de periodista.

Beverly, Margot y Elsie son diferentes y, sin embargo, tienen algo en común, han sido maltratadas por sus maridos que, además, son asesinos.

Si juzgamos por la portada del libro podemos pensar que el ambiente en el que se desarrolla es glamuroso. Puede que haya cierto glamur en la novela, siempre mucho menos del que sugiere. Es cierto que la sociedad de los años 60 está perfectamente reflejada. La sociedad de clase media-alta. Un ambiente en el que la mujer era poco más que un objeto; se la educaba para serlo y se la castigaba cuando algo no iba bien. Lo que fuera.

Por eso las protagonistas quedan reducidas al ostracismo cuando salen a la luz los asesinatos, cometidos por sus maridos, de mujeres que, por supuesto, «han facilitado, cuando no buscado, su muerte. Por darse a conocer. Por quedarse fuera hasta tarde. Por besar al chico. Por llevar un vestido corto. Por ser guapas. Por no ser lo suficientemente guapas. Por ser gordas. Por ser bajitas. Por ser llamativas…».

Elizabeth Arnott explora la superficialidad de algunas mujeres de los 60. Casi cien años después y tras avanzar en un camino que abrieron mujeres como nuestras protagonistas, da miedo comprobar la regresión que algunas empiezan a experimentar. Para todas ellas es recomendable este libro; es ficción pero real como la vida misma. No nos hemos desecho del maltrato «Henry la había regañado delante de todos. Cuando estuvieron de vuelta en casa él le impuso su castigo. Ahora se retuerce la muñeca como si aún pudiera sentir el pinchazo de las pinzas o pudiera oír todavía el sonido sibilante de su propia carne al chamuscarse».

Las vidas secretas de las mujeres de los asesinos explora en profundidad el pensamiento social machista de la época ¿De los 60?

Aun hoy hay quien está de acuerdo con Alice, la madre de Bev quien, tras haber sido acusado de asesinato y encarcelado Henry, insta a su hija a que vuelva a casarse «Dice que es perjudicial para los niños no tener una figura masculina en su vida, que los vecinos respetarían más a Beverly si tuviera pareja». Este juicio es el responsable del gran conflicto emocional que arrastraban las mujeres del siglo XX. Las de clase alta aportaban cierto glamur en algunas situaciones; las otras eran objetos de los que se servía el hombre para tener una vida más fácil y placentera.

Hay algo turbio en esa importancia extrema de la apariencia externa, en esa preocupación excesiva por el qué dirán. Y, en medio de esta situación, la decisión de tres mujeres vapuleadas cuyo único pecado fue haber estado casadas con asesinos. Mujeres que resuelven con entereza descubrir quién es el nuevo homicida en serie de cuatro chicas; afianzan una relación de solidaridad entre ellas y de empatía con el sexo femenino; un reconocimiento de alianza frente a la opresión masculina y al menosprecio social «”Tienen que detenerla a ella también por cómplice”, oía susurrar. “No entiendo cómo no la consideran tan culpable como él. No hay forma de que no lo supiera”».

El estilo de Arnott es sencillo, claro, de ritmo ligero; la asequibilidad estilística no es obstáculo para meterse de lleno en la psicología femenina de la época, para denunciar la discriminación sexista y la falta de seguridad en sí misma que tenía la mujer.

Es como si el sexo femenino no pudiera llevar a cabo nada sin contar con el hombre; su aprobación era todo lo que hacía falta. «Ella estaba allí para satisfacer sus impulsos y hacerlo feliz, incluso si eso significaba hacer algo que no quería hacer». Pero las protagonistas aprenden durante la novela y atisbamos un conato de esperanza para las mujeres. Eran los años 60, la lucha por la igualdad empezaba con fuerza, sobre todo empezaban a no culpabilizarse ellas mismas «Él nunca lo hubiese hecho si tú no hubieras sido tan coqueta —balbuceó— ¡Lárgate!».

No solo quedan remarcadas en la novela frases como esta que denotan el pensamiento de la mujer sobre la propia mujer. Encontramos una estética social del último cuarto del siglo XX


«se aplica debajo enérgicamente crema solar Coppertone»
«colocaba los huevos rellenos en las bandejas»
«la casa era casi un palacio, con varios Ford Thunderbird en la entrada»
«…prendas con estampados tie-dye y tofu?»

Por otro lado, el misterio sobre quién puede ser el asesino que viene actuando por la zona se mantiene hasta el final. Las tres protagonistas se unen para investigar actuaciones en común de sus exmaridos y sacar un posible patrón del criminal. La lectura es ávida porque la tensión va en aumento con diferentes recursos propios del noir: prolepsis interrogantes, analepsis falsamente sospechosas, cambio de personaje en el siguiente capítulo, cambio de situación, que deja abierta la anterior, intercalación entre los 50 capítulos, titulados según secuencia numérica, de seis cuyo título hace referencia a algo que ocurre a otra mujer. La voz de esta secuestrada surge en primera persona para mantener la esperanza durante su tortura.


Me pondré ropa interior limpia.

Moveré el cuerpo con libertad, sentiré el sol en la cara.

Lavaré tu olor de mi ropa, de mi piel.

Volveré a respirar aire fresco.

Desenlace que no sabremos hasta el final.

miércoles, 12 de agosto de 2026

LA GENTE A VECES

A veces, la gente pasa por situaciones que la ponen a prueba. Un examen que hay que aprobar a toda costa porque se ha estudiado mucho pero la pregunta no se sabe… ¿Podríamos inventar una respuesta con los conocimientos que tenemos? Un ser querido que muere y no estamos preparados… Relaciones basadas en mentiras porque no queremos “defraudar”. Situaciones que fomentan la arrogancia, nuestro lado más prepotente, en un arrebato de falso orgullo que tiene más que ver con la soberbia del engreimiento y su desvanecimiento al ver a otros que la utilizan igual.

A veces, la gente imagina realidades paralelas anhelando una vida menos rutinaria, menos previsible. ¿Qué pasaría si viviéramos un sueño y quisiéramos salir de él al darnos cuenta de que es real? Un futuro marido debe enfrentarse a su prometida y suegra en el peor momento…

A veces, la gente estropea una y otra vez las oportunidades que le brinda la vida para terminar viviendo algo que no entraba en las expectativas. Porque somos así: absurdos e inseguros.

Esto es lo que ocurre en La gente a veces; relatos en los que podemos vernos reflejados en algún momento; si no en el todo, seguro que en parte. Son situaciones que se pueden presentar en la vida, situaciones corrientes pero que, por inseguridad o pedantería las resolvemos de forma penosa. Lorenzo Antúnez lleva el querer ligar, el planificar una familia, el no asumir responsabilidades en el matrimonio, el no desear hijos, el no querer hermanos…, al límite; de hecho, el impersonal “gente” se transforma en este libro en personas a las que conocemos, somos nosotros; los que habitamos una sociedad cada vez menos natural y más desquiciada. El autor emplea a veces el humor, a veces la armonía, el diálogo o la reflexión contenidos hasta que aparece el golpe decisivo, irónico, implacable, ese que nos advierte de lo que somos, en lo que nos hemos convertido.

Los personajes van transformando, con acciones, su forma de ser y los lectores nos vemos plasmados en alguna de esas actividades por lo que la lectura es un ejercicio para comprender la identidad del ser humano, que pasa a ser nuestra propia identidad gracias a la técnica que utiliza Antúnez: dirigirse a un lector-protagonista del hecho, «Por supuesto que adornaba un poco su currículum. No basta con un buen físico. Hay que proyectar la imagen de un hombre triunfador. El que no lo haya hecho alguna vez que se marche de la sala inmediatamente».

El lector deja de ser un mero observador para convertirse en el impulsor de la actuación del protagonista. Es una complicidad irónica porque nos refleja en el típico fanfarrón. Al mismo tiempo ofrece la posibilidad de que cada uno personalice el hecho narrado. De una u otra forma somos parte de estos relatos. En Crucero todo incluido lleva al extremo el machismo; la narración expresa una distancia deliberada entre lo que cuenta y lo que sucede sin revelar contradicciones. El narrador se convierte en alguien poco fiable y deja al lector para que sea quien interprete correctamente lo que ocurre. Sabemos, por el sarcasmo, que el autor no participa de los hechos, «Siete noches daban para mucho, que seis eran más que suficientes para cazar una cervatilla». Los términos peyorativos para referirse a la mujer pasan por la animalización, el abandono corporal «Las mujeres, como locas por volver morenas, se desparramaron por las piscinas» y la cosificación «Todas comiendo de tu mano. Que quieres una rubia con las tetas operadas, hecho. Que quieres una con curvas, hecho». En la realidad las mujeres van abandonando a este tipo de hombres, por eso solo quedan en ese crucero Wallys, hombres que no se cansan de jactarse, con hipérboles absurdas que solo las creen ellos y exponen el mundo vacío en el que viven «Mi nombre es Wally, lo ha hecho usted fenomenal […] Wally con pectorales. Wally montañero. Wally pintor vanguardista, Wally sin colesterol. Ningún diabético alrededor de Wally […] salvo Wally. Todos estaban borrachos de felicidad. Hasta el capitán Wally…»

En ocasiones, la ironía aparece en el contraste de expectativas entre los personajes y remarca los verdaderos sentimientos. Es lo que le ocurre a Tom cuando Vivienne lo abandona para siempre «Resultaba evidente que Vivienne seguía queriéndole. Tom no estaba enamorado desde hacía mucho».

El tipo de ironía que predomina en La gente a veces es la situacional; Antúnez hace que el destino se burle de los esfuerzos de sus personajes, incluso en el caso de los niños, a los que castiga terriblemente. Es una llamada de atención, no debemos descuidar a los más débiles «Que aquella vela cumpliera su deseo tal cual era, sin matices, sin metáfora». Y si hay alguien débil es el drogadicto. Para él, el cuento más duro del libro: Plan nacional sobre Drogas, un relato en poesía que rompe las convenciones. Son versos sin rima, libres, de medida irregular, desde bisílabos hasta alejandrinos. El ritmo se rompe constantemente al mezclar versos de arte mayor y menor. La mezcla de personas primera, segunda y tercera consigue separar los sentimientos del protagonista con los diálogos que mantiene, incluso consigo mismo «Estoy así de loco / Ya verás / ya verás, Petri / hija de puta».

En realidad, la primera y segunda personas aluden a sí mismo y con la tercera nos introduce a todos


                        Esto es lo que diría cualquiera

                        un poco borracho

                        un poco drogado

Los versos paralelísticos anafóricos inciden e igualan la importancia de ese poco. Los tetrasílabos y pentasílabos aportan el ritmo rápido, frenético, de una vida paralizada por tres circunstancias: droga – falta de amor – falta de trabajo. Los versos paralelos con epanadiplosis marcan la fuerza e importancia de esas circunstancias


Es la coca, que te atonta

Es la Patri, que te atonta

Es el paro, que te atonta

El uso de la derivación y la anadiplosis aumenta la premonición de la comparación «Temeroso / temerario / Se ha bajado del coche / un coche negro y brillante como un ataúd».

El cambio de pronombres y el del modo verbal marca el contraste de circunstancias:


Las tuyas: tu ex, el paro, la droga

Las suyas: Su mujer, el curro, el aburrimiento

Y muestra el mundo subjetivo del protagonista.

Todo es ambiguo, de ahí que por momentos no aparezcan comas. Todo es un continuo para él; su vacío es constante, como el tema que unifica el poema: la ineficacia del Plan nacional sobre drogas por el egoísmo humano, por la prepotencia de los que no han caído. El giro argumental que marca la ironía situacional rompe las expectativas del protagonista y las nuestras, justo cuando lo conocemos: «no cae en quién es ese Charli», y genera un desenlace opuesto a la lógica; invalida lo previsible e invita a la reflexión sobre quiénes somos y qué tragedias podemos generar.

Diferentes estilos en los catorce relatos pero en todos la escritura se relaciona con la vida y Lorenzo Antúnez la usa para denunciar a un ser humano cuestionable.