lunes, 23 de febrero de 2026

EL CIELO DE MADRID

Merece la pena, al menos de vez en cuando, leer obras escritas en otro tiempo; podemos tener otros puntos de vista sobre determinados asuntos, o la certeza de que los sentimientos del ser humano varían poco de una época a otra.

En 2005, Julio Llamazares escribió una novela que bien podría ser un largo poema, un libro de confesiones o una obra en prosa de gran belleza poética. El protagonista, en primera persona, cuenta cómo empezó a pintar en Madrid tras instalarse allí después de llegar de Gijón, su lugar de nacimiento. Las emociones de este narrador protagonista son tan intensas que, bien podrían ser las del autor las que salpican las páginas, envueltas en figuras retóricas. Y están todas. Mediante anadiplosis se intensifica la repetición y al mismo tiempo refuerza la importancia de El Limbo, al encadenar las oraciones, «protegido, como el resto de la gente, del calor tras las personas a medio echar. Tras las persianas a medio echar y con el ventilador…».

El cielo de Madrid está dividida en cuatro partes, los subtítulos los toma prestados de Dante. El Primer círculo, El Limbo, se desarrolla en el bar del mismo nombre donde se reúne un grupo de amigos todas las noches para beber, hablar de sueños, de fracasos y esperar. Era la década de los 80, ellos estaban en la treintena y el bar, en Madrid. El protagonista lleva 10 años frecuentando El Limbo, un bar que refleja la decadencia de los propios clientes, y cuenta cómo tuvo a la pareja más bella, Julia «Era tan bella que parecía pintada». No solo Julia, nuestro pintor vive también la realidad como irreal y así nos la pinta, «La calle, el camión, el cielo, hasta las luces de las farolas parecían dibujadas por un pintor invisible, quizá el mismo que había pintado también el cielo que cubría El Limbo». Así como si se tratase de un cuadro, nos describe el bar, de manera que los lectores tenemos la impresión de estar ante una obra de arte. De hecho, una vez que nos introducimos en la lectura nos damos cuenta de que no somos los principales destinatarios; hay un «Tú» a quien va dirigido y habremos de llegar al final de la obra para saber quién es. La prolepsis pretendida cumple su función, «Todos aquellos colores que ya utilizaba entonces y que aún uso algunas veces, como pronto tú descubrirás».

Como este protagonista, que se analiza en su autorretrato, Llamazares lleva a cabo en El cielo de Madrid un ejercicio de autoconocimiento, en el que va construyendo su identidad. Es como una descripción que se hace frente a ese «tú» que le sirve de espejo.

El nombre es lo de menos, al menos para él no es una seña clara de identidad; sabemos que se llama Carlos por la réplica que una vez le da Suso mientras hablan. Nada más. Sin embargo, en la analepsis intensa que va apareciendo llegamos a conocerlo en profundidad. Su obra va expresando el estado de ánimo y el suyo es el de una generación que vivió ansiosa el final de una dictadura. Las elipsis ayudan a que entendamos la desolación de algunos jóvenes «Estaba negro, como la noche. Como el del Limbo, solo que sin estrellas». No hay cielo con el que soñar, o al menos costaba encontrarlo. Por eso Carlos pinta hojas, es como si quisiera reequilibrar su estado de ánimo con la naturaleza, como si pudiera protegerlo del rescoldo de la dictadura: «Acostumbrados como ya estábamos a convivir con la policía, su irrupción grosera y tosca en cualquier momento del día».

El Segundo círculo. El infierno, le vale para seguir buscándose, por eso se aleja de El Limbo y del amor. Ahora rompe con Eva; tiene miedo a la responsabilidad. Son los 90 y vive la decepción de la juventud, descubre la falta de moralidad de quienes habían triunfado, «Todos unidos y confundidos por una espesa madeja cuyo hilo conductor era el poder».

El deterioro de la amistad es normal según el crecimiento de cada uno y acusa un desconcierto evidente ante la superficialidad de la fama. Por eso, tras 19 años viviendo en la capital decide abandonarla; se siente solo a pesar de su éxito y de estar rodeado de gente. Se va a Miraflores, en la Sierra de Madrid, al Tercer círculo. El purgatorio. Allí, en soledad, reflexiona sobre las injusticias de la guerra, las consecuencias… Una guerra que no perdimos todos. Hubo quien la ganó y se aprovechó de ello toda su vida. Reflexiona sobre el olvido que trae la soledad y el misterio que rodea al que se aísla; sobre sentirse forastero en cualquier lugar por no echar raíces en ninguno; sobre los efectos de la depresión reflejados en derivaciones: «sentir, sentía, sentirme, sentimiento, había sentido», en sinestesias: «los años que recordaba habían sido todos rosas […] Los había habido rosas pero también grises y hasta negros»; y en epíforas: «Al final viene a ser lo mismo. Recordar y pintar viene a ser lo mismo». En este recuerdo se da cuenta de que la felicidad está en uno mismo, no en el lugar, que no es sino un «espejo deformado en el que se proyectan nuestras ilusiones».

Cuando descubre esto vuelve a Madrid. El Cuarto círculo. El cielo. El lugar que, desde su intimidad ha formado él.

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ÚNICO ANIMAL

La verdad es que esta vez he jugado con ventaja: me gusta la editorial Talentura, me apasiona el cuento y me encanta Chelo Sierra, así que leer El único animal era un éxito seguro a pesar de la portada un tanto inquietante y que, en el fondo, refleja el estilo de la autora: desenfadado, fresco, con aportes de humor pero incisivo, para recordarnos algo que parece que hemos olvidado; no estamos en un mundo donde todo es estética, no todo quiere alcanzar la superficialidad como sinónimo de felicidad, no todo se puede infantilizar. Los peluches-disfraces que cuelgan de una barra, en la portada, transmiten desde la profundidad de su mirada inerte, la derrota a la que los hemos llevado.

Están en nuestras manos; no se rebelan, no los dejamos. Solo si los miramos directamente a los ojos podremos adivinar también nuestro fracaso.

Es curioso el título para un libro de relatos cuyos protagonistas son animales, diversos, diferentes, todos utilizados por el hombre para su beneficio quien, haciendo gala de su inteligencia, es el que se erige en narrador de estas historias.

Historias que nos interpelan y consiguen que nos cuestionemos si de verdad nos importan estos animales y hasta qué punto estamos comprometidos con ellos. Normalmente, en la relación que mantenemos en un mismo ambiente para humanos y animales, llevamos las de perder porque quedaos como insensibles o como estúpidos.

¿Quién es entonces el único animal?

El libro de Chelo Sierra contiene 14 relatos; en trece, los animales son personajes directos; el último alude a los animales y al proceso de publicación literaria, una manera algo disparatada y valiente de asumir la autoría y aceptar el verdadero riesgo de las redes sociales: «ignora que el escritor magnífico desvelará en algún momento su autoría porque no hay escritor, por magnífico que sea, ajeno a la vanidad».

En El ruido de los pájaros al caer, la autora denuncia la incongruencia de aquellos que aspiran a una vida natural como sinónimo de tranquilidad. Algunos pretendemos cerrar el campo como si de una habitación se tratase. A muchos de los que se decantan por vivir en la naturaleza, no les gusta el campo «por más que se empeñen en abrazar árboles, por más que se pongan pantalones multibolsillos y lleven en uno de ellos una navajita Opinel». En realidad molestan los animales.

Otros nos proclamamos amantes de los animales sin tener en cuenta el sufrimiento por el que algunos deben pasar para que consigamos avances estéticos, científicos o que satisfagan nuestra calidad de vida. Hay en la sociedad actual un maltrato animal silencioso y permitido y, consecuentemente, cierta deshumanización aceptada.

Rodeamos nuestro entorno de avances tecnológicos sin tener en cuenta la fauna que se desenvuelve en él y después, cuando no tiene arreglo, nos asombramos de la destrucción de determinados ecosistemas que, antes o después, influirán en el cambio climático que irremediablemente contribuirá a la aniquilación de nuestra forma de vida.

El hombre es un ser superior, esto lo tenemos tan asumido que a veces se nos olvida nuestra propia ignorancia. Los animales no son muñecos de peluche, son seres con pegas, con inconvenientes y, a veces, nos arrepentimos de habernos hecho cargo de alguno de ellos. El egoísmo es evidente, hablamos de lo que nos aportan los animales de compañía pero no de lo que les aportamos nosotros. A veces los entornos son poco aptos para la convivencia animal-humano, gozamos de comodidades que no lo son tanto para ellos.

En fin, los cuentos abordan la condición humana; cómo hemos ido introduciendo animales en nuestra vida y, al final ha ido en detrimento de su libertad, porque nosotros no queremos renunciar a la nuestra. En un mundo incongruente buscamos el sentido aunque no lo tenga.

Entonces nuestra esencia se desvanece en el bienestar de nuestra existencia «Vuelven a sacar las imágenes de los terneros muertos, supones que para darle mayor dramatismo a la noticia y tú te preguntas qué más da que estén muertos si total los llevaban al matadero. Eres una mujer pragmática […] Llamas a Glovo. Pides una hamburguesa. Poco hecha. Y de las grandes, que tienes hambre».

Creemos vivir de forma auténtica sin darnos cuenta de que no asumimos nuestra responsabilidad sino que nos evadimos en lo que otros han calificado como idóneo. Chelo Sierra invita a que .llevemos una vida consciente de nuestra realidad porque si anulamos la responsabilidad podemos estar en un sinsentido «Urgente: cambio dos relatos sobre problemas conyugales por dos que traten de animales».

Vivir de manera auténtica sin dejarnos llevar por lo que se espera de nosotros «Los sonidos molestos van desapareciendo al mismo ritmo con el que lo mencionan los huéspedes, aunque siempre surgen nuevas quejas».

La familia puede transformarse en una atmósfera opresiva para los animales, también para los ancianos. El hombre, y la mujer, moderno necesita autonomía sin que nada ni nadie coarte su libertad de movimiento, porque eso es lo principal para mantener la vida que hemos elegido en la que, a veces, tampoco disfrutamos «Anda, hija, nosotros ya hemos estado un ratito juntos, ve a casa, corre, no vaya a ser que le pase algo al perrín […] sí, me voy que ya es muy tarde, cualquier día llego y le ha dado un síncope».

El único animal es un espejo en el que su autora nos invita a examinar nuestra conciencia, generalmente contradictoria. En los relatos observamos un reflejo fiel de la sociedad actual, con tensiones, temores y discordancias de nuestra época. Unos, muestran deseos ocultos, como El coraje de los héroes y otros, las verdades más indignantes: Crema antiarrugas, Demasiadas veces, Bioko y la artista

Chelo Sierra nos invita a reflexionar y cuestionar la veracidad del mundo narrado y real.

jueves, 12 de febrero de 2026

COSMÉTICA DEL ENEMIGO

No había leído nada de Amélie Nothomb y, con esta novela corta que me dejó Alberto, he alucinado. Podría llevarse al teatro pues es un diálogo en su totalidad. De hecho mantiene cierta técnica teatral. El primer párrafo actúa como una acotación para aclararle a uno de los personajes cómo debe aparecer «…Tenía que estar presentable con el fin de conocer a su víctima según mandan los cánones». No cabe duda de que el comienzo de Cosmética del enemigo es inquietante; prepara al lector para ser testigo de un ataque, por lo que la conversación que mantienen Textor Texel y Jérôme Angust, en principio absurda, no nos distrae del objetivo brutal que intuimos.

La novela se lee con rapidez. Los diálogos son expectantes, la ansiedad se va apoderando del lector a pesar de las pequeñas dosis de humor pretendidas:

—Verá. Hábleme de su mujer, caballero.

—¿Cómo sabe que estoy casado? No llevo anillo.

—Acaba usted de decirme que está casado. Hábleme de su mujer

Nothomb escribe una novela que no llega a 100 páginas y nos atrae desde el principio. La posible escena teatral representa una dualidad. Cosmética es una metáfora de apariencia agradable y, sin embargo, Textor se hace antipático a su interlocutor. La conversación trivial con la que se presenta a Jérôme va cerrando más el asunto hasta tenerlo atrapado en un acoso incesante. Es como un animal que no suelta a su presa, no respeta sus deseos; en el fondo es el creador de lo que pasa, por lo que Angust va interesándose poco a poco en lo que Textor tiene que decir:


—En resumen, que su nombre significa «tejedor»

—Yo me inclino más por la segunda acepción, más elevada, de «redactor»: aquel que teje el texto.

También los lectores seguimos con atención la pesadilla dialéctica en la que se sumerge este empresario, Jérôme Angust, cuando debe esperar en el aeropuerto a que salga su vuelo, mientras lee. Pero Textor Texel lo abordará consiguiendo que deje su lectura y se interese con pasión por un relato en el que una violación, un asesinato y él mismo se convertirán en fantasmas del pasado revividos en una pesadilla actual.

En la lectura no dudamos de lo que cuenta Textor, tampoco dudamos de Jérôme, quien va cambiando su escepticismo inicial por sospecha y finalmente aceptación.

Textor es un acosador que goza de libertad total, sin embargo vive asediado por la culpa «—Poco a poco empecé a tener remordimientos». Una culpa mucho más poderosa para el ser humano que el peor enemigo, porque no nos abandona, está en nosotros y ni siquiera Dios puede salvarnos de ella «Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece callado […] vives bajo la autoridad de un tirano malévolo que reside dentro de tu estómago».

Texel es un hostigador culto que razona sus teorías con citas de Guillaume, de Spinoza, de Stirner o incluso del Génesis; con estas reflexiones consigue interesar a Jérôme quien, en un giro casi inesperado, es el que insta a Textor a que siga con su historia. Después encontraremos otro giro, definitivo, para entender esta obra de Amélie Nothomb, en la que predomina la función del espejo. El lector se mira en la obra y se da cuenta de que la culpa interior es capaz de disfrazar cualquier transgresión en falsa moralidad; de ahí que nuestro enemigo interior intente ser quien se vengue, implacable, como un jansenista, del que ha provocado el delito.

Textor Texel, con un nombre que es un trabalenguas anafórico, mantiene esta función de estimular la memoria y la concentración. Es la conciencia de Jérôme, por lo que estamos ante un protagonista dual cuyo duelo verbal deviene en algo irracional que transforma incluso el espacio, el aeropuerto anunciador de libertad, se desfigura en algo opresor.

El estilo incisivo de la autora marca no solo a los personajes. También los lectores encontramos que las consecuencias de nuestras propias acciones llevarán por bandera la culpa. Cómo desprendernos de ella es cosa de cada uno.

jueves, 5 de febrero de 2026

MIAU

No sé si había leído Miau o simplemente la estudié en su día, de lo que estoy segura es que no había percibido la idea de la inmoralidad del estado, puede que ahora la situación, pese a no ser la misma, nos haya hecho ver como normal que los gobernantes sean imperfectos, causantes directos de los problemas que nos aquejan.

En 1888, Benito Pérez Galdós expuso a través de Ramón Villaamil la relación entre el deseo de libertad del hombre y las restricciones sociales. Lo curioso es que parte de la culpa de la situación en la que se encuentra el protagonista es de su mujer; de hecho, él reniega de ella y de su hija culpándolas de haber malgastado su dinero. Y es que, después de treinta y cuatro años trabajando como cesante en Hacienda, no tiene dinero ahorrado. En un suspiro, a dos meses de la jubilación, es despedido del trabajo, sin la promesa del ascenso y en unas condiciones mendicantes pues no le corresponde paga hasta que no vuelva a ser contratado. Pero de Ramón se ríen todos, de las mujeres de su casa y de él, por consentir que dilapidaran el dinero en superficialidades. Cuando su puesto se lo dan a su yerno, Víctor Cadalso, un mujeriego estafador, causante de la muerte de su hija mayor y de la desgracia de la menor, al enamorarla, Villaamil se vuelve loco «—Amigo Ventura —indicó Villaamil con dolorosa consternación—, acuérdate de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas apostemos algo… ¿A que ascienden a Víctor y a mí no me colocan? Otra cosa sería justicia y razón y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes».

Miau es una novela que expone la situación de España en un momento determinado de revueltas constantes; a través de Villaamil, Galdós anima a otra revolución. Las Miau es como llaman, por sus rostros algo felinos, tanto a su mujer, Pura, como a su cuñada, Modesta, como a su hija, Abelarda. Sin embargo, en esta onomatopeya residen en forma de acróstico los temas tratados en la novela y por los que Ramón Villaamil lucha de manera infructuosa: Moralidad, Impuestos, Aduanas y Unificación de la deuda. Este “miau” no conseguido es lo que lleva a Ramón a la desesperación total y a la locura frente al sistema corrupto en el que vive, «Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa necesidad le obligaba a sacar fuerzas de flaqueza y a forrar de vaqueta su cara. Con todo, a veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: “No puedo, Señor, no puedo. El papel de mendigo porfiado no es para mí”».

La restauración borbónica queda en entredicho, también la honradez y la decadencia de una sociedad en la que el entorno puede ser determinista; de hecho, Luisito, el nieto de Villaamil ve afectada su salud física y mental al estar en un ambiente poco propicio donde falta qué comer, donde se le hace depositario de los problemas del abuelo y donde su formación escolar pasa a un segundo plano. En esta situación, Luisito se aferra a un dios que se le aparece para prometerle que todo se solucionará si estudia y se esfuerza, consiguiendo que el niño solo piense en ordenarse sacerdote.

La familia de Villaamil podría ser una metáfora de la sociedad española: no está bien económicamente, formada por un granuja, alguna despreocupada, alguna frívola, un trabajador en conflicto y una infancia desprotegida. Los flashbacks en los que vemos tiempos mejores critican la situación actual.

Los personajes son extremos, como esperpentos sociales; al no haber término medio la denuncia social es más evidente: la sociedad abandona al hombre dejándolo a su suerte. Todos están desequilibrados, solo Luisito, en su inocencia, es capaz de vislumbrar un mundo más justo, aunque no deja de ser curioso que la paz y la justicia vengan de la mano de la iglesia, pues también la hija, enamorada y engañada por su cuñado Cadalso al tiempo que estaba prometida por conveniencia a un hombre con dinero, abandona la vida que lleva para ingresar en un convento.

El tema de la honradez choca con la lógica del español. Y el deseo de los protagonistas choca con la realidad en la que viven: ni las Miau tendrán las riquezas que anhelan, ni Luisito tendrá un padre como es debido ni Ramón tendrá el trabajo que merece. Los sueños se desvanecen en una sociedad que se presenta implacable y que toma la religión como un bálsamo para sus penas «Verás, verás —le decía—, qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: Santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro […] candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios…».

Y dentro de esa sociedad religiosa el suicidio no estaría permitido, de ahí que el final sea abierto, poco claro, «¿Apostamos a que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas Miaus, ¡como os vais a reír de mí!... Ahora, ahora… ¿A que no sale?».

Y por eso Luisito confirma a Ramón que sus intenciones de quitarse la vida son aprobadas por «el hacedor de la vida».

La muerte es contemplada como una liberación. Cuando la madre de Luisito, la hija epiléptica de Villaamil, muere, se libera tanto de su padecimiento físico como mental pues Cadalso la engañaba constantemente. Cuando Ramón no puede soportar la miseria y humillación a las que se ha visto abocado cree que solo podrá liberar su sufrimiento a través de la muerte.

Es verdad que la situación no es la misma, pero la base continúa parecida: los que quieren trabajar y estudiar más para contribuir a una sociedad mejor, son ignorados, se cortan las subvenciones a la enseñanza y la medicina, por ejemplo. Los que no se han esforzado sino que están en el poder con mentiras y corruptelas, se les deja el campo libre para que sigan medrando. Gobiernan el mundo desquiciados del poder que pretenden anular la libertad de acción del pueblo a costa de lo que sea.

No pasa nada si tenemos un país menos o desaparecen miles de personas. No encuentro el avance respecto del siglo XIX. Todo lo contrario.