domingo, 31 de marzo de 2024

CANTO YO Y LA MONTAÑA BAILA

Parece increíble que un libro tan pequeño contenga tanto.

Es un libro corto, no llega a doscientas páginas, pero grande. Como grande es su protagonista: la naturaleza vista desde diferentes perspectivas, los seres vivos, humanos, animales y vegetales y los que no lo están pero hacen posible la vida: la nubes, la lluvia, la montaña, la tierra… Hay hasta dieciocho puntos de vista, subjetivos, diversos, algunos contradictorios que, en forma de voces narrativas se van presentando en primera persona de forma individual mientras tejen una red que los engloba a todos, que los hace partes interactivas de una unidad.

Al leer Canto yo y la montaña baila tenemos la certeza de que el canto es el de la vida, más allá de la muerte, y de que las ganas de vivir de Irene Solà han hecho posible que de estas páginas, llenas de dolor, de sufrimiento y de muerte, salga uno de los homenajes escritos más bellos a la alegría de estar vivos.

Las montañas del Pirineo conforman el espacio. Todo lo perteneciente al entorno influye en los seres que lo habitan; seres amados por la autora, tratados con respeto porque ella está segura de que todos cuentan.

La estructura, fragmentada en diferentes voces narrativas y enlazada en los hechos, hace del libro una novela coral con narradores intradiegéticos que exponen los acontecimientos de forma sesgada, según los sienten en el momento elegido. Los lectores conocemos la versión de cada narrador aunque no podamos evitar que la tensión se acumule conforme vayamos siendo testigos de sus apreciaciones.

Cada capítulo está contado desde el punto de vista de un personaje que habita en la montaña. El protagonismo va cediendo paso de unos a otros, de esta forma, normalmente en primera persona, somos conscientes de la importancia de la lluvia o de los animales en el medio ambiente y su influencia en el ser humano. Todos los seres vivos estamos para conseguir que la naturaleza funcione. Apreciamos los sentimientos de los animales o las motivaciones y debilidades de los humanos.

Incluso las montañas, que parecen inamovibles avisan en su discurso profético de que nada es eterno «Y nuestros restos, nuestros despojos, nuestras peñas se convertirán en valles, llanuras, toneladas de materia rocosa que se hunde en el mar».

No podemos desengancharnos de esta novela en la que en ocasiones tenemos la impresión de estar ante cuentos independientes. Esto le confiere al libro una personalidad diferente porque cada voz conserva distintas matizaciones, desde la emocionada de Sió hasta la pícara de las nubes. Son ópticas diferentes que expresan emociones, órdenes, dudas, deseos… a veces ironizan, otras ruegan, afirman o niegan. A veces aparecen matices recelosos y otras reveladores.

La vida es dura en la montaña, no cabe duda, para todos, pero primordialmente para la mujer pues ha sufrido el peso de las supersticiones, la ignorancia y el odio irracional del hombre «Ponía el mantel, el pan, el vino, las viandas, el agua y un espejo, para que se miraran en él los malos espíritus y se vieran comiendo y bebiendo y así no mataran a sus hijos. Pero también te pueden ahorcar por una cosa pequeñita».

Aunque es dura, el tono que predomina es el poético, incluso cuando aporta un enfoque dudoso que consigue aumentar la tensión. El tono irónico, que aparece en ocasiones en las leyendas mitológicas, evidencia las contradicciones que los hombres han mantenido desde tiempos inmemoriales con la mujer «el propio Heracles, después de violarla y dejarla encinta, encontró su cuerpo devorado por las alimañas en la montaña y le rindió honras fúnebres […] Hombre, Heracles, ¡gracias!».

En la actualidad, cuando el tono informativo se transforma en didáctico, alerta de lo indescifrable de la barbarie que supuso la guerra civil. Los cadáveres de los que huían de la guerra reviven y reivindican la vida sesgada con la que llenaron las montañas «Cuando huíamos casi no se veía el río. Como si también tuviera miedo y se escondiera, y solo se oía su murmullo como un susurro asustado».

La autora, Irene Solà, necesita las voces de los muertos para entenderlo todo; los fantasmas acuden en ayuda de los vivos para poder superar el dolor de la ausencia. Escribe una ficción con retazos de realidad en los diversos conflictos que surgen. Prácticamente cada personaje tiene uno, porque así es la vida, y no todos se resuelven o lo hacen con el devenir; el paso del tiempo está siempre presente y el espacio es el que contextualiza la propia estructura de la novela, porque el propio ambiente, con el acontecer, desarrolla y arregla la situación.

Asimismo, en su estructura encontramos, en algunos párrafos, poesía, «No hay pena si no hay muerte. No hay dolor si el dolor es compartido. No hay dolor si el dolor es memoria…». O percibimos algunas cancioncillas que uno de los muertos compone al fundirse con la tierra; de esta forma descubre y nos descubre qué le ocurrió y cuáles fueron sus sensaciones


No quería ponerte triste, tan solo, Jaume,

no quería dejarte solo, tan triste, Jaume.

El poema dedicado a Mia es en realidad el estado de ánimo en el que ella se queda tras ser separada abruptamente de su hermano. Todo el capítulo La poesía no constituye una selección lírica sino un refuerzo con el que afianzar la unión del hombre y la naturaleza


Ven, madre, hablemos

de lo que pasa en el bosque, por la noche

y para asegurar que en esa unión reside el título del libro, la esencia:


Canto como si plantara

[…]

Como Dios creando animales y plantas.

Canto yo y la montaña baila.

Y en esta estructura, que no es la de poesía, ni la de prosa poética ni la de novela, también encontramos pasajes donde los sueños forman parte de la realidad; al principio le cuesta al personaje diferenciar lo onírico de lo real pero después es capaz de distinguirlo aunque lo introduzca en su cotidianeidad.

Canto yo y la montaña baila no pertenece al realismo mágico o no, al menos, al referente del boom hispanoamericano. Me cuesta dónde clasificar esta novela de Irene Solà por eso estoy convencida de que en ello reside su belleza; los sentimientos son primordiales pero no podemos afirmar que estemos ante una novela psicológica; no ahonda en los motivos o temores de los personajes, en sus causas; están ahí y aparecen sin llamarlos, en el sueño o en el pensamiento. La nostalgia, la melancolía, la tristeza, la alegría, el miedo, la fuerza de todos los que conforman el paisaje es un canto a la naturaleza y a la integridad del ser humano.

Solà ha conformado una historia a través de los años que le va dando carácter a las montañas y a quienes las habitan. La naturaleza parte de la imaginación, donde la memoria armoniza el espacio cambiante en el tiempo, por eso es capaz de igualarse en un cronoespacio que despierta la sensibilidad y emotividad del lector


Cruzan la montaña como si fuera un campo […] Les digo adiós con la mano […] ¡Adiós, adiós! […] ¡Adiós, adiós! Les digo adiós con la mano y se meten en la mañana para no volver nunca más.

miércoles, 27 de marzo de 2024

CUANDO FUI MORTAL

Leí este libro de cuentos hace unos veinte años. No me acordaba bien de cada uno y, como no tenía claro cuánto tiempo había pasado desde la lectura lo busqué en el blog, inútilmente, y, sin buscarla, me apareció una reseña en Babelio denostando su contenido. Me puse de tan mal humor que decidí volver a leerlo.

A pesar de que algunos de los doce cuentos que lo componen están escritos por encargo, se nota la mano del maestro, un genio del lenguaje y de la narrativa que hasta ahora no ha sido superado. Ante esto, los mortales no podemos poner una sola pega, quizás que no le concedieran el Premio Nobel pero, ya se sabe, la política manda y Javier Marías no tuvo nunca problemas para denunciar aquello que no le parecía bien del poder y le daba igual quien gobernara, o que fuera central, autonómico o municipal. Más allá de esto pocos autores (vivos o muertos) logran que su obra esté publicada en más de catorce países. Así que reitero, sigue siendo el maestro.

Los doce cuentos son de extensión variada, algunos como el que da nombre al libro Cuando fui mortal o Todo mal vuelve, Menos escrúpulos o Sangre de lanza son casi novelas cortas. Otros, más reducidos contienen las características de la narrativa corta, centrados en una trama, con pocos personajes y alusiones a ellos de manera que fácilmente podemos hacernos una idea pues sus descripciones, más allá de reproducir los estados de ánimo de los protagonistas mantienen la tensión generada en la historia.

Los personajes se van individualizando en el transcurso del relato, «La lanza era suya, traída unos años antes como recuerdo de un viaje a Kenia y del que vino lamentándose, como de costumbre […] de vez en cuando cedía al impulso de un capricho […] La mujer estaba casi desnuda, con unas braguitas tan solo». El relato queda como una puesta en escena que, al ir siendo detallado poco a poco, nos da la impresión de encontrarnos ante diferentes secuencias de una película de la que no sabemos el final.

El desenlace se va labrando desde el principio y, aunque lo intuyamos, no estamos seguros del giro que puede producirse, que ciertamente no se da en todos los cuentos. En los doce hay un hilo conductor y es la expresión de los sentimientos del narrador aunque a veces nos lleguen a través de la ironía con cierto toque de humor, y otras mediante la intriga, pero siempre participan de las características de la novela negra.

Indudablemente, creo que en esta selección destaca el narrador como observador privilegiado; podemos asegurar que es testigo de los hechos, aunque algunos los observe desde un lugar inquietante. Esto hace que la realidad quede difuminada, de ahí que tengamos la impresión de que en ocasiones divaga ante una existencia que parece más un sueño. Que el narrador tenga un enfoque ocular, permite aflorar la nostalgia en unos casos y el testimonio actual en otros.

Los comienzos de los relatos son meramente anecdóticos «El domingo de Ramos casi todos mis amigos habían abandonado Madrid y yo me fui a pasar la tarde al hipódromo». Pero según progresan se van transformando en asombrosos o desasosegantes: «en ese viaje no se quiere la intromisión de un extraño, aunque yo no fuera un extraño, creo, para quien ya subía por las escaleras. Sentí un vacío y…» Y al final todos terminan de forma abierta, aunque los espacios sean significativos de lo que pueda ocurrir en cada uno de ellos. Eso es lo de menos, el lector se queda con la impresión de que el protagonista puede actuar según lo previsto o no, «Di media vuelta y abrí la puerta para marcharme. No contesté nada, pero me pareció recordar que sí».

Su escritura, no cabe duda, es de gran rigor estilístico, ya sea en una novela extensa, como Berta Isla o en un cuento cortito como No más amores; el pensamiento crítico aparece en sus líneas así como la condición humana, por eso, sea el personaje que sea, empatizamos con él: «la había hecho áspera y reconcentrada a una edad en que esas características en una mujer ya no pueden resultar intrigantes ni todavía objeto de broma y entrañables».

Los lectores de Marías tenemos un reto con cualquiera de sus textos: desentrañar las claves de su historia, algo que normalmente queda entre líneas. Debajo de la frialdad de sus personajes se ocultan sentimientos; detrás de nimiedades se hallan simples malentendidos causantes de comezón, tras el estilo desinhibido, apasionado de la oración compuesta y largos fragmentos, encontramos normalmente una historia concentrada en el último párrafo, como ocurre, por ejemplo En el viaje de novios.

Cuando fui mortal son doce relatos que no se pierden en divagaciones. Apuntan certeros al problema que quiere comunicar su autor, aunque en ocasiones tenga que exponer relaciones ambiguas o usar la memoria como aquello que nos aporta nuestra identidad. El pasado es el que nos forma, de ahí que no importen en su estilo, sino todo lo contrario, las repeticiones, «mi amiga Claudia […] una italiana amiga de mi anfitriona Claudia, también italiana…».

Son fundamentales también las hipérboles, que contribuyen a relajar la tensión normalmente, «el lateral en que se hubiera instalado habría quedado copado por su desmedida figura y descompensado, él a solas frente a cuatro comensales pasando apreturas».

La función metalingüística se agradece cuando nos enfrentamos a términos cultos, que sin ella ralentizarían la lectura, «hija de un viejo embajador misino (neofascista, es decir)».

La inmediatez se logra cuando introduce los pensamientos del narrador en el momento pasado en que los tuvo y que, nosotros, desde nuestro presente no podremos saber si se cumplieron: «era la primera vez que estaba en Sevilla, en viaje de novios con mi mujer tan reciente, a mi espalda enferma, ojalá no fuera nada».

Los recursos estilísticos son muy variados y ayudan al ritmo narrativo. Encontramos paronomasias «y vi a la mujer mejor», derivados «me dio sin querer un codazo en mi codo» y falsos derivados humorísticos «el almirante Almira (su predestinado e incompleto apellido)», deícticos personales «sus prismáticos para ver… ya tenía los míos ante mis ojos», paralelismos «lo primero que vi de él fue […] Lo segundo que vi fue…», explicaciones jocosas, por innecesarias, porque se entienden perfectamente en el transcurso narrativo «llevaba gemelos, quiero decir en los puños de la camisa», empleo de adjetivos cultos pertenecientes a otro campo «el pelo rubiáceo»; concatenación: «se rascaba la espalda, se rascaba la cintura, la cintura era gruesa…», contacto directo con el lector «No sé si contar lo que ocurrió recientemente a Custardoy […] Venga, voy a hacerlo», palabras en desuso, que el propio narrador avisa «aún no habían yacido, según la expresión anticuada», otras pertenecientes al vocabulario técnico culto «la voluntad de dolo» y otras que forman parte del lenguaje cotidiano o la jerga «tugurios julaicos».

En fin, una mezcla de estilo impecable en la forma y de tensión, realidad, sueño en el fondo con los que señala el problema del éxito en la crítica literaria, el problema del olvido, el problema de la escritura y las editoriales, la inseguridad de aquellos que fueron víctimas de abuso infantil, las reflexiones éticas que nos hacemos, el paso del tiempo capaz de borrar la importancia a hechos injustos y graves, la tensión que generan algunas profesiones y el poder del dinero.

Insuperable Marías en cualquier caso.

miércoles, 20 de marzo de 2024

COINCIDENCIAS

En este librito, formado por tres relatos, vemos la esencia de Rosa Montero. No debemos olvidar lo que hemos sido pues marcará lo que somos ahora y las circunstancias en las que nos encontramos. Pero la memoria acude a retazos, por lo que nuestra identidad, producto de esos recuerdos, puede estar afectada por ellos. Y el presente siempre se dirige a la muerte, que curiosamente aparecerá de forma reiterada en nuestra imaginación. Es decir, memoria, identidad, imaginación y muerte están conectadas.

La asesina de insectos expone dónde están los límites del compromiso. Dónde queda el papel del hombre y el de la mujer en el matrimonio, en la convivencia. Qué ocurre con el chantaje emocional de los egoístas, que por lo demás son vagos intentando dar pena para salir adelante.

El matrimonio supone un proyecto en el que, quienes lo forman deben implicarse. Si no ocurre así, está claro que fracasará y, vaya coincidencia, la mayoría de las veces es la mujer la que lleva las riendas, organiza, trabaja y alienta al hombre. Cuando esto ocurre sin reciprocidad, todo se viene abajo. ¿Por qué en estos casos es normalmente ella quien lleva la carga y además acusa una culpabilidad por no haber sabido alentar al marido?

Mujeres que viven una vida triste «de color panza de burra» porque no analizan sus emociones; si lo hicieran se darían cuenta de que pueden disfrutar de la existencia sin tener que cargar con parásitos abusones que desprecian todo aquello que supone un cambio en sus costumbres que, por otro lado, quedaron estancadas en la adolescencia. Parásitos que no han madurado, incapaces de darse cuenta de que son un lastre para aquellos que los rodean; o se dan cuenta y no les importa. Hacen daño a la mujer, culpándola de su propia inutilidad «Marina siempre detrás clavándose en su tímpano, Marina torturante y berbiquí». El rencor que sienten hacia la mujer envuelve en una mentira su existencia «Toda una vida con ella, contra ella» y la de quienes los rodean. Una vida tocada por la desesperanza que se convierte en mera subsistencia.

En El hombre de mis sueños también la mujer espera mejorar con un hombre. El sueño recurrente de ascenso en el ascensor es significativo. Pero en ese sueño hay un aviso inquietante, cuando el hombre va a estrangularla, ella despierta, «pero sé, con total certidumbre, que estoy muerta» y así somos las mujeres. Si nuestra autoestima está baja, podemos pensar que el contacto con un hombre nos solucionará la vida, arreglará nuestros problemas porque nos protegerá y amará como en las películas. De esta forma, una vez establecida la relación de dependencia, pocas veces se puede dar marcha atrás. Si se pone violento es por algo que hemos hecho, algo que lo ha enfadado, «temía que mi comportamiento de esta mañana le hubiera parecido propio de una loca furiosa» y a pesar de saber que su actitud no va a cambiar, continuamos a su lado, porque seguimos intentando vivir nuestra ficción, «Siempre me despierto en ese momento», como si en cualquier momento, llegado el peligro, pudiéramos retroceder. Pero hay que tener en cuenta que vivir en una mentira no puede traer nada bueno y Rosa Montero nos avisa de ello, «Como me suponía, ni trabaja allí ni le conoce nadie», porque aunque sepamos lo que nos espera esperamos que nuestro amor pueda cambiarlo. Y no. Los violentos no quieren a nadie.

El último relato, Parecía el infierno, pone sobre el papel las consecuencias que la envidia puede traer. En Los tiempos del odio, la autora ya trató la aversión como un sentimiento nacido de la envidia. En este relato, Violeta se encuentra en un infierno que curiosamente está formado por el sol abrasador y el agua de una cala profunda. Ella, tumbada en la arena, «veía el mar como una pared vertical […] que amenazaba con desplomarse sobre la playa». Violeta ha llegado a su propio infierno, que no es sino la envidia que siente hacia su prima Carolina y la vida que la rodea, «un cuerpo de revista, una carne atlética y tostada». El problema es que Violeta se siente sola; su madre se está muriendo y ella querría ser otra persona, como su prima, despreocupada, capaz de conseguir lo que se propone, incluso a Nicolás, el chico del que Violeta se había enamorado y pensaba que ella también le gustaba hasta que un día vio a Carolina y Nicolás juntos en el agua, «se agitaban los cuerpos con raros movimientos». La chica odia desde ese momento a todos, a Carolina y Nicolás por arrebatarle su sueño y al resto de amigos por burlarse de ella, así que esperará el momento en que, en una coincidencia que le brinda el destino, puede transformar esa cala en un infierno real aunque no para ella «…el sol calcinaba. Parecía el infierno, pero tan solo era una aburrida mañana de verano».

Al leer Coincidencias reflexionamos sobre cómo el amor puede transformarse en dolor. Marina Gálvez se ha visto abocada a una vida llena de penurias rutinarias que la ahogan. La protagonista de El hombre de mis sueños ni siquiera tiene nombre, vive instalada en una falsa realidad amorosa, un sueño que es solo de ella y que, por no saber salir de él para enfrentarse a la realidad, terminará causándole un dolor absoluto.

La frustración de Violeta la lleva al aislamiento, al desprecio hacia los demás y al dolor.

Son mujeres que sufren porque no se aman a sí mismas y, para darse cuenta de esto y ponerle solución, solo deben prestar más atención a sus sueños o deseos. La mayoría de veces al vernos en un sueño dejamos que nuestro inconsciente nos muestre nuestra personalidad o los rasgos que quisiéramos tener. Una vez despiertos, nuestra consciencia es la que nos guía para alertarnos de si se trata de experiencias pasadas o posibles o son meras advertencias. Para distinguir lo correcto abandonaremos un pensamiento lineal. Hemos de estar preparados para visualizarnos capaces. Solo así podremos convivir, al menos, con nosotros mismos.

miércoles, 13 de marzo de 2024

ACERCA DEL ALMA

El concepto “alma” ha supuesto un enigma para mí durante toda mi vida. En el colegio nos hablaban de un alma espiritual que solo tenían los seres humanos y nos abandonaba al morir (hay pinturas que lo demuestran) para seguir viviendo libremente, incorpórea, por el cielo o abrasándose en el infierno esperando ocupar de nuevo nuestro cuerpo el día del juicio final, cuando adoptásemos forma corpórea eterna en un lugar u otro. Lejos de tranquilizarme, entré en shock. Llegué a pensar que el día de la resurrección supondría otro fin del mundo pues, que millones y trillones de hombres volvieran a él lo aplastarían sin duda. Como tantos misterios de la religión quedó sin resolver y con el tiempo fui asociando el alma a la personalidad de cada uno.

Al ver Acerca del alma, de Aristóteles, en Babelio, no lo dudé, opté por leer el primer tratado filosófico-psicológico a ver si me despejaba alguna duda.

Como siempre, estoy agradecida a esta página literaria que constantemente nos ayuda a leer. Y ahora, tras leer este libro, estoy más admirada, si es que eso fuera posible, de la inteligencia que, no solo Aristóteles, los intelectuales de hace más de dos mil años demostraron. ¿Cómo es posible que ahora se cuestionen menos conceptos que antes?

Este tratado, del siglo III a.C., influyó en la Escolástica Medieval y en el Humanismo Renacentista. Incluso hoy me ha hecho pensar.

Son tres libros. En el Primero, el Estagirita plantea los posibles problemas que puede acarrear el concepto de alma «Si se trata de una realidad individual, de una entidad […] si se encuentra entre los seres en potencia o más bien constituye una entelequia […] si es divisible…». Para analizar esto, Aristóteles va estableciendo una relación causa-consecuencia hasta llegar a la conclusión de que el alma es un afecto o sentimiento que puede influir en el cuerpo. Este afecto está formado por varias afecciones: encolerizarse, atemorizarse, apetecer… que no tendrían lugar sin una materia o cuerpo.

En este primer libro, Aristóteles analiza y rebate las teorías que sus coetáneos y antepasados realizaron sobre el alma. Considera que las hipótesis de Anaxágoras, Demócrito, Leucipo, Empédocles, Heráclito o Hipón son incompletas aunque todos están de acuerdo en que el alma tiene «movimiento, sensación e incorporeidad».

En realidad el alma no puede ser algo único, movible que pueda incidir en cualquier elemento porque está claro que lo que deja de moverse es un órgano del cuerpo y, al corromperse hace que desaparezca el alma, entendida en el hombre como intelecto. El intelecto no se corrompe con la vejez, es el cuerpo en el que se encuentra. El intelecto es lo que mantiene unidos a los elementos del alma. A cada órgano le corresponde un elemento. Es un todo formado por varias partes que hacen que sintamos, vivamos y nos movamos. Pero como hay plantas y animales que «viven aun después de haber sido divididos» podemos concluir que «cada parte del alma no es separable de las demás aunque el alma sea divisible».

Algo en esta teoría aristotélica nos recuerda al misterio de la Trinidad, lo que demuestra que la Iglesia, una vez más, partió de teorías paganas para conformar una religión.

El Libro Segundo está formado por doce capítulos en los que, tras rechazar las teorías existentes define el Alma como acto primero del cuerpo. Hay tres clases de alma: vegetativa. sensitiva e intelectiva (esta última solo del hombre). El alma puede actuar o mantenerse en potencia, es lo que se conoce como facultades del alma.

Una vez aclarado el problema, En el Libro Tercero afirma que el alma es la irrealidad de un cuerpo natural, organizado en facultades sensoriales (los cinco sentidos).

El alma y el cuerpo no son separables aunque sí lo sean algunas de sus partes «el alma es entelequia y forma de aquel sujeto que tiene la posibilidad de convertirse en un ser de un determinado tipo».

El alma posee cinco facultades: nutritiva, sensitiva, desiderativa, motora y discursiva. En algunos vivientes se dan todas, en otros solo una. El hombre las tiene todas. Estamos formados por aire, fuego, tierra y agua, por donde percibimos cualidades sensibles, aunque solo el agua y el aire sean órganos sensitivos, gracias a los cuatro todos podemos mover ciertas partes del cuerpo (por ejemplo hacer la digestión mediante el calor).

Todos los seres vivos poseen la función nutritiva. Es básica.

Las facultades están en potencia y pueden llegar a ser Actos cuando el sentido (órgano sensorial) perciba lo sensible. Pero cuando esos sensibles son muy agresivos (olor fuerte, sabor muy picante,…) pueden destruir el sentido que a su vez afectará a los otros órganos sensoriales. Tampoco es agradable para los sentidos la falta de lo sensible.

Los sensibles son el color, el sonido, el sabor… y los sentidos la vista, el oído, el gusto… Cada sensible es propio de un sentido y además tiene cualidades comunes a todos ellos (como el movimiento, el tamaño, la forma…).

El sentido más importante es el tacto; es el que aporta más inteligencia, «los de carne dura son por naturaleza mal dotados intelectualmente».

Todos los sentidos se dan en potencia (gusto – tacto…) y sus sensibles son el acto (gustable – tangible…).

Los sentidos permiten conocer sus sensibles cuando actúan pero hay una facultad que discierne todos los sensibles en el momento del acto. Es la sensibilidad; permite tener en cuenta todos los sensibles en potencia y, sin dividirse, discernir uno en el acto «no cabe ser blanco y negro a la vez».

Pero la sensibilidad no es inteligir, para llegar a ello hemos de enjuiciar aquella sensación percibida.

La imaginación son las imágenes que aparecen y se mueven cuando no funciona el intelecto, porque no hay o se nubla. Para discernir lo real de lo imaginado, de lo sensible, debemos razonarlo.

La inteligencia es la que analiza la información que dan los sentidos en conjunto. Esto es el alma, lo que es capaz de distinguir y reconocer alguna realidad. El alma es lo que hace que aparezca el sentido común, a través del cual distinguimos los sensibles que se dan en los diferentes sentidos.

El alma reside en el intelecto por lo que es inseparable del cuerpo. El alma es incorruptible pero la acción de entender se puede deteriorar; de ahí que podamos tener un alma corrompida.

Pues ya quisiéramos muchos, del siglo XXI, tener las cosas tan claras. Por mi parte, me ha quedado claro, por fin lo entiendo, que cuando decimos de alguien que no tiene alma, no es ni más ni menos que su intelecto está pervertido y es incapaz de razonar.

Habría que leer más a los clásicos, (sobre todo) en las escuelas.

miércoles, 6 de marzo de 2024

CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS

Ocho cuentos por los que no ha pasado el tiempo. Será porque la música que los envuelve es eterna. Será por la poesía que rezuman sus frases. Será por las metáforas, siempre presentes. Será por la elipsis de sus sintaxis, que no simplifica el texto sino que refuerza el contexto y la situación de lo narrado. Será porque la inseguridad, concepto atemporal unido al hombre, se proyecta en sus protagonistas. Será porque la fantasía se mezcla con la realidad para difuminar sus fronteras. Da igual. Siempre es el momento idóneo para leer a Julio Cortázar.

Carta a una señorita en París es un cuento que abre esta recopilación, que en 1994 llevó a cabo el periódico La verdad; su protagonista no tiene nombre. El narrador de Ómnibus relata las peripecias de Clara y otro pasajero (también sin nombre) en un trayecto de autobús. En La salud de los enfermos, mamá deja de vivir cuando su hijo Alejandro ya no la llama como solía, un apelativo que sólo ellos conocían; el resto de la familia no era consciente de esa identidad. A mamá le invade cierta inquietud sobre el paradero de su hijo y, aunque se lo ocultan por todos los medios, ella intuye que ha muerto.

El procónsul de Todos los fuegos el fuego tampoco tiene nombre. Esto afectará a la relación celosa que mantiene con Irene, su mujer. Al mismo tiempo, en otro tiempo y otro lugar, Roland no llamará a Jeanne por su nombre; ni siquiera ella, cuando habla con él por teléfono, se identifica, «negándose a creer que la mano que ha alcanzado y vuelto a dejar el tubo de pastillas en su mano, que la voz que acaba de repetir “Soy yo”, es su voz, al borde del límite».

El protagonista moribundo de Liliana llorando sabe que el paso del tiempo lo ha vuelto invisible para su mujer, por eso queda innominado a su lado, desapareciendo mientras a ella la percibe feliz en compañía de otros; Liliana permanecerá rodeada, ayudada y querida por Alonso, Acosta, el Pincho, el doctor Ramos… Todos, menos él, la ayudarán a sentirse viva de nuevo. Pero la realidad a veces puede, con segundas oportunidades, jugar malas pasadas a la imaginación.

Asimismo aparece sin nombre el protagonista de Manuscrito hallado en un bolsillo, aunque él se lo ponga a las mujeres que le gustan y se cruzan en su trayecto del metro. Según le convenga, verá a Ana, seguirá a Margrit, Paula u Ofelia. Siempre habrá una Marie Claude para que él se refleje en su rostro y vea en ellos sus propias inestabilidades, «las arañas mordían demasiado». La inseguridad hace que aparezcan en nosotros sentimientos negativos.

El protagonista de Las caras de la medalla es Javier; aunque se siente unido a Mireille no logrará contactar íntimamente con ella pues Eileen, su mujer, imagen de lo rutinario que debe soportar sin atreverse a abandonarlo, es capaz de eliminar cualquier momento mágico fruto del deseo. La atracción da paso, entonces, a la decepción, puede que por miedo a que desaparezca. La magia cederá ante la tristeza que lo acompañará siempre, como consecuencia de su indecisión «En la penumbra Javier sintió que las palabras le llegaban como mojadas, un instantáneo ceder pero secándose ya los ojos con el revés de la manga…».

Para Diana, protagonista de Fin de etapa, cuento que da fin a la selección y a la situación de todos ellos, lo que ve le devuelve el concepto que tiene de sí misma tras una decepción amorosa. Entra a una casa museo donde se expone la obra de un «pintor ignoto» y los cuadros le devuelven su propia indecisión y soledad, con la impresión de «ver cosas como quien es visto por ellas, allí esa tienda de antigüedades sin interés […] también el color estaba lleno de silencio». Y, como si se tratase de un espejo dentro de otro, en el pueblo «entrevió en la penumbra una galería idéntica a la de uno de los cuadros del museo».

Diana vuelve a ver una y otra vez lo mismo, la realidad se le aparece constantemente, invariable, algo que despierta en ella cierta indolencia, rota solo cuando se descubre con claridad entre las figuras borrosas, anónimas, a ella misma sin vida, muerta. Solo podrá resurgir de la soledad a través de la muerte.

En los cuentos, los protagonistas miran hacia dentro, hacia el fondo de sus almas; les da miedo lo que ven, por eso intentan dar marcha atrás aunque deban retomar la rutina, puesto que la otra solución en esa huida es la desaparición. El desencanto, la mayoría de veces amoroso, no es sino el resultado de lo que hemos forzado con nuestra actitud monótona, carente de la magia del comienzo.

Los cuentos son más que eso, son novelas cortas, esferas perfectas por las que hacer viajes temporales que coinciden en un final aniquilador. En algunos, los triángulos sentimentales funcionan en espejo, en otros basta la pareja, o el propio protagonista que se percata de sus problemas, para ser conscientes de que no podremos funcionar sin violar la monotonía establecida. Cada vez que intentemos cambiar algo surgirán nuevos desórdenes que nos llevarán a la evasión.

La tensión provocada por terrores cotidianos, que no son sino el pesimismo ante la uniformidad social, es la consecuencia de la soledad. La fuerza del narrador, que se desdobla a veces en tres personas en un mismo párrafo, consigue despertar la ansiedad en el lector. «…sé que él se va a ocupar que no haya eso que llaman agonía… Ramos se me queda mirando a los pies de la cama […] pobre viejo. No le digas nada a Liliana, porqué la vamos a hacer llorar antes de lo necesario […] y decile a la enfermera que no me joda cuando escribo» Es un narrador omnisciente o testigo, pero esconde en las palabras alejadas de la razón, cierto humor que cuestiona el pensamiento convencional. Asimismo, en la narración, queda implícito el diálogo de los personajes para enriquecer la trama con su expresividad, algo que señala el amor por la escritura. La voz de Cortázar se abre paso a través del narrador y, nosotros, no tenemos claro el curso que tomará la historia pues, en el día a día la realidad se convertirá en fantasía y lo normal pasará a insólito. Lo real pretérito y lo ficticio futuro se unirán en un surrealismo presente y continuo donde vemos reflejado nuestro fracaso, «con la obstinación de la mosca que se posa cien veces en un brazo, en Eileen».

Al leer estos cuentos tenemos la seguridad —fatídica— de que solo la rutina mata la magia de lo desconocido, magia que se mantiene en lo escrito.