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jueves, 22 de octubre de 2026

INVENTARIO DE SIEMBRA

En la última Masa Crítica recibí un libro pequeño que, como suele decirse, vale su peso en oro. Gracias, Babelio, por hacer que vaya conociendo gente nueva interesante y valiosa; en este caso, no solo he descubierto una nueva autora (para mí, por supuesto) sino catorce mujeres más que, pese a las desafortunadas circunstancias que las rodearon, consiguieron hacer lo que querían, aunque a alguna le fuera la vida en ello.

Un inventario es una relación de valores que se hace de forma precisa. La siembra es la acción y el efecto de esparcir algo para conseguir lo que interesa.

Thaïs Gamaza ha inventariado, para todos, la labor de catorce mujeres que, en épocas y lugares diferentes de la historia, sembraron una semilla con el fin de romper las normas que la sociedad tenía dispuestas para las mujeres.

Inventario de siembra es un libro que se lee rápido, o no, porque tras enterarnos de lo que sembró la protagonista, nos puede la curiosidad y vamos a buscar más información, por qué llegó a ese extremo. Y así somos conscientes de que algunas mujeres tuvieron que luchar con enfermedades mentales, otras, contra el ego desmesurado de maridos maltratadores, otras, contra la sociedad entera. Catorce vidas que lo dieron todo para que el mundo se enterase y no volviese a cometer otra injusticia.

Inventario de siembra no podía llegar en mejor momento, ahora que, tras haber conseguido determinados derechos, las mujeres vemos cómo pretenden que quedemos relegadas a expensas de la voluntad de algunos hombres; cómo vuelven a pisotearse los derechos de todas las personas que se salen de la norma, de la norma racial, de la norma sexual, de la norma intelectual.

Thaïs Gamaza divide su libro en catorce apartados, cada uno titulado con algo definitorio en la vida de la mujer a la que luego se va a referir. Tras el título, encontramos dónde se realizó aquella acción (vejatoria para la mujer) el momento en que ocurrió, el oficio de esa mujer y cuáles fueron sus logros. Después habla la protagonista en primera persona «Entreabro los ojos y la luz que traspasa las cortinas oscuras me llega a las pupilas y penetras en las terminaciones nerviosas de las sienes». En alguna ocasión aparece la segunda persona, que se dirige al hijo de la mujer fallecida; es otra forma de contarnos su vida. Hay niños que se criaron sin madre por culpa de la locura de una sociedad que siembra —aún hoy— odio y violencia «Muerde una manzana verde. Mira cómo mamá mancha de tinta la mesa y sale corriendo y gritando de alegría. Guarda debajo de la almohada tu primer diente». La segunda persona nos transforma, a los lectores, en testigos directos de la historia; vivimos lo ocurrido con cierta tensión porque somos conscientes del sufrimiento, nos introducimos en la intimidad familiar y deseamos, con todas nuestras fuerzas, que eso no vuelva a ocurrir.

A veces la segunda persona funciona como nuestra propia conciencia. Nos metemos en la piel de la protagonista y conseguimos identificarnos con ella, es como si estuviéramos ante un espejo que nos devuelve un dolor y una humillación que ni nosotros ni nadie merece «Antes no te preocupaba, pero ahora tienes pesadillas. No te gusta que los demás se vayan al otro lado del pasillo cuando te ven llegar […] y llegas cada día cansada a la escuela porque no puedes dormir como antes».

En alguna ocasión el relato se desdobla. Con la primera persona, la protagonista cuenta sus logros, sus sueños «La imagen de la Venus del espejo de Velázquez, construida desde su mirada masculina, me arroja el guante. Acepto el reto». Y con la tercera, un narrador testigo, externo, cuenta lo ocurrido a la protagonista por saltarse las normas. Es como si ella no tuviera voz ni sueños ni esperanza. Es un vegetal más que la sociedad ha olvidado «Una chica nueva recibe su hábito […] Se alegra de la suerte de tenernos y de lo hermosas que estamos desde que ella nos cuida […] antes de irse a su celda nos vuelve a regar con el agua de sus ojos».

También encontramos relatos que funcionan como atemporales, aunque todos lo sean. El uso del infinitivo constante crea una atmósfera mítica, casi irreal que, cuando menos lo esperamos, se cuela en nosotros al darnos cuenta de que es real. Dictée es el relato, en dos páginas, de la vida, violación y muerte de Teresa Hak Kyung Cha; una niña que tuvo que huir de Corea del Sur durante la guerra y llegar a Nueva York, allí se involucró en la nueva sociedad, triunfó como escritora, se enamoró de su marido y de su trabajo, donde reivindicaba la labor de la mujer… Y tuvo su castigo.

El efecto cinematográfico del infinitivo consigue que su vida quede reducida a la acción. No ha tenido tiempo de saborearla. El efecto de las oraciones encadenadas de manera asindética encierra una monotonía implacable, el personaje no tiene tiempo de reflexionar ni de decidir. La vida le ha sido arrebatada y ella no la ha saboreado.

Asimismo la escritora surrealista, inspirada en el sueño, aparece para contarnos el dolor de una vida, a la que hubo de renunciar para convertirse en otra «Comienzo mi obligado proceso de transformación, no hallo otra manera para que una mujer pueda dedicarse a la música» «Me acostumbro al olor del agua estancada al tiempo que persigo una sombra un tanto extraña que me incita a avanzar tras ella al ritmo de la música».

El desorden de esta vida queda plasmado en la escritura de Thaïs Gamaza, intentando en todo momento capturar el pensamiento puro de esta mujer.

Inventario de siembra es un homenaje a Nancy Cunard, Camille Claudel, Unica Zürn, Aurelia Navarro Moreno, Chaya Pinjasovna Lispector, Ruby Nell Bridges Hall, Zelda Sayre, Raquel Liberman, Emma Goldman, Sylvia Plath, Dorothy Lucille Tipton, Theresa Hak Kyung Cha y María Silva Cruz. Que no se olviden sus nombres, ni el de tantas mujeres que han luchado por querer un mundo mejor.

Gracias Babelio; gracias Editorial Dieci6 y gracias Thaïs Gamaza.






sábado, 10 de octubre de 2026

UN DÍA EN LA VIDA DE CLARITA

Leer a Rosa Montero es un placer. Al comprar Un día en la vida de Clarita quedé algo decepcionada porque la vi muy corta y, siempre que empiezo algo de esta autora, no quiero que termine. Me gustaría seguir leyendo más allá. Así que pensé que la dosificaría para que me durase más. Imposible. No solo porque no tiene capítulos y no puedes usarlos como excusa para dejar momentáneamente la lectura; también porque desde el primer momento sentimos la necesidad de informarnos más sobre esa persona que el narrador parece conocer tan bien.

El comienzo de Un día en la vida de Clarita es un poema en prosa en el que las metáforas anuncian la opresión en la que vive la protagonista, «enroscada dentro del sudado capullo de las sábanas», o la relación dañina que tiene con los demás, «el latigazo de la persiana del vecino o vecina al levantarse». Clarita es una mujer previsora, ordenada, obsesiva, sola; la descripción de sus acciones así nos la retratan «confirma que no va a llover […] movimientos precisos y repetidos […] sale de su casa. Y vuelve a entrar. Y sale. Y entra de nuevo. Y sale a la tercera de manera definitiva». Este comportamiento, esta actitud ante la vida, no es nuevo, de ahí el «Como siempre» que, a modo de estribillo, aparece durante el comienzo de la novela. Después iremos comprendiéndola mejor. El estilo mantendrá las figuras poéticas e irá señalando un ritmo in crescendo con el que las emociones de la protagonista marcarán el relato y nuestra empatía con ella irá en aumento.

Clarita sufre maltrato psicológico en el trabajo; las burlas, el trato infantilizador, los comentarios hirientes podrían formar parte de lo que hoy llamamos edadismo. Como también queda discriminada por su jefe, el edadismo sería institucional aunque por supuesto tiene mucho que ver la cultura machista que nos rodea y oprime más a las mujeres; de ahí que las mujeres tengan más difícil llegar a la cima laboral o simplemente ascender. No es nuevo, desde siempre hemos sido testigos del acoso al débil o a la diversidad «Era todo una broma, mujer, cómo te pones, no es más que una broma, ¿es que no tienes sentido del humor?».

Hemos visto situaciones de rechazo al diferente, de envidia al inteligente, que se solucionan con frases ofensivas o juegos de palabras ocurrentes para ofender, cuando no se utilizan insultos directos


—Cada día más chiflada.

—Es paralela, la tía.

—¿Para qué, dices? Jajaja.

Clarita, por su parte, usa la burla fina contra sus compañeros sin que estos sean conscientes, porque ella nunca dirá nada en voz alta, son sus pensamientos los que hacen gala de una ironía capaz de establecer cierta distancia entre ella y el resto. Clarita no busca herir; para ella es un juego mental con el que reflexiona y manifiesta su escepticismo respecto al ser humano «Mucho hablar de la menopausia […] para que luego todos estos tipos cuarentones que de repente rompen a sudar como gorrinos ignoren por completo que lo que les sucede no es ni más ni menos que un sofoco. Ja, ríe Clarita para sus adentros, sin mover la boca».

A través de sus manías, diseminadas por la novela, entendemos a Clarita, somos conscientes de cómo le afectan los niveles de ansiedad, por eso necesita cierto orden en su vida, una previsibilidad que no perturbe sus expectativas, simpatizamos con la hipervigilancia que ejerce en su entorno y su necesidad de simetría; todo ello, gracias también a su alta capacidad intelectual, le ha permitido conocer a las personas y averiguar el significado de sus movimientos «Es de un machismo estructural y a Clarita que además es añosa y debe parecerle una maldita vieja, ni siquiera le dirige la palabra […] Clarita lleva cuatro años aprendiendo a descifrar su lenguaje de gestos».

El comportamiento tímido y retraído de la protagonista está relacionado con el ambiente traumático, de acoso y maltrato, en el que se desarrolló de pequeña (¿quién es Sebastián?), Rosa Montero no ahonda más en esto porque le interesa el giro argumental que da el día de Clarita. Con gran ironía situacional, la temida fiesta que Clarita estaba dispuesta a perderse es la que da un vuelco a las circunstancias y permite que nuestro personaje principal empiece a vivir con plenitud.

Es una seña de identidad de Rosa Montero el dotar a los más deprimidos de cierta capacidad de superación, que marque la esperanza perdida. Porque hay un mundo mejor en alguna parte y Clarita lo encuentra. Solo hay que confiar en uno mismo. Y así, esta novela, corta, que recuerda a una fábula, nos hace disfrutar desde la primera hasta la última palabra y nos deja con el corazón henchido de agradecimiento a una autora que aporta alegría y esperanza solo con su presencia.

Hay mucho más en esta novela; con la intertextualidad añade significados ocultos a la personalidad de Clarita al conectar su historia a la de Cervantes; como su protagonista universal, hará gala de bondad infinita y cierta valentía «Leoncitos a mí, como decía don Quijote cuando se topó con un carro de fieras». La erudición y reflexión de Borges está presente en nuestra protagonista, «cualquier destino por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento». También Clarita, como Ana Karenina, busca su libertad en un entorno opresivo, aunque lo resuelve de distinta manera.

Con esto, Rosa Montero no solo aporta señales de la forma de ser de su protagonista, también aprovecha para homenajear a Cervantes, Borges y Tolstoi y establecer cierta complicidad con el lector.

Colaboración que mantenemos en las citas cinematográficas: el egoísmo caprichoso de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó queda reflejado en la inutilidad de Aguinaga, permitiéndose la autora cierta ironía al dejar ver que «el sobrinísimo» hará cualquier cosa para continuar en la cumbre, algo que la justicia poética, decisiva en la película Ascensor para el cadalso, conseguirá también para Un día en la vida de Clarita.

viernes, 2 de octubre de 2026

MIRADAS INESPERADAS


Hace mucho tiempo que conozco a Rosalía. Fue alumna mía; no recuerdo el curso ni el año en que le di clase pero, la sonrisa en su cara ladeada al hablarme no se me olvida. Después seguí viéndola por la ciudad, incluso coincidí con ella a menudo cuando empezó a trabajar cerca de donde vivo. Sé que le encanta leer, le apasiona el cine y es una entusiasta del deporte; cuando empecé a seguirla en Instagram no me extrañaron las buenas críticas que hace de películas o de novelas. Siempre ha sido bastante madura. Y de pronto veo que ha escrito una novela.

En ese momento la compré y aquí estoy, dispuesta a hablaros de Miradas inesperadas. La técnica empleada no es nueva pero tampoco es usual. La novela comienza in medias res, en un presente en el que Adriana pretende tranquilidad aunque no lo consiga. Por eso, a pesar de trabajar en un lugar que adora, una librería, su mundo se viene abajo cuando ve aparecer por la puerta a Daniela. A partir de ese momento, los capítulos de las cuatro partes del libro alternan la voz narradora de ambas protagonistas y, entre las dos van contando su historia. Para ello, la segunda parte supone retroceder al pasado, diez años antes, de manera que los lectores estemos al tanto de qué pasó, cómo se conocieron, cómo descubrieron, al conocerse como profesora y alumna de la universidad, que eran homosexuales, o bisexuales ya que ambas tenían pareja heterosexual con la que disfrutaban…, hasta que se encontraron y la atracción pudo más que cualquier otra cosa. Durante el curso académico se vieron sin que los demás, ni siquiera sus parejas, sospechasen de sus sentimientos. Y cuando todo parece que se va a normalizar, Daniela se va de la ciudad sin dar señales de vida hasta ese presente diez años después.

Ahora, Adriana creía haberla olvidado con su trabajo y su nueva chica, Sara. Será en la tercera y cuarta partes, cuando asistamos al final de la historia. No quiero desvelar nada para no influir en la lectura. En este final todo es posible.

Rosalía Ruiz Gutiérrez ha dejado algo de ella en la novela, pero eso no es importante, lo bueno es que nos ha ofrecido dos puntos de vista distintos de una misma historia. Los lectores sabemos más que las protagonistas, conocemos sus temores, sus dudas, las ilusiones que las embargan y podemos llegar a una conclusión que puede parecer evidente: Cuando hay verdadero amor todos esperamos lo mismo. Lo vivimos de distinta forma pero el objetivo es idéntico: estar con la otra persona a costa de lo que sea «No iba a ser agradable. Tendría que empezar a sentarme en la última fila y fingir que la asignatura ya no me interesaba». «Al día siguiente volvería a arrepentirme y tendría que volver a fingir que nada de aquello había ocurrido».

Nuestra autora ha construido dos personajes que, en principio parecen distintos pero coinciden en lo fundamental; Daniela es dieciocho años mayor que Adriana pero esta disfruta con actividades más relajadas que las que llevan a cabo sus amigas.

El tono de las dos protagonistas podría confundirse; sin embargo, cada una procesa las emociones de diferente manera; probablemente Daniela, por su situación y edad, se muestre más cauta ante el amor que poco a poco se va instalando en ellas; Adriana es más impaciente «Me aterraba el hecho de que, a la mañana siguiente, todo hubiese cambiado […] me miró y la besé de nuevo» «…contemplamos juntas la salida del sol. Solía pensar que los momentos mágicos no existían pero aquel fue uno de ellos».

El ritmo es constante, Rosalía Ruiz ha conseguido gestionar el tiempo y la tensión de forma equilibrada. A veces los diálogos, cortos, parece que lo van a acelerar pero la voz narrativa se introduce en las réplicas para señalar acciones o pensamientos. Sin embargo estas acotaciones no lo ralentizan, porque no hay descripciones excesivamente detalladas ni subordinadas complejas que propongan reflexiones profundas. La lectura fluye fácilmente, los capítulos suponen básicamente una escena; no son largos y terminan sin aclarar cuál es la consecuencia de lo contado que normalmente puntualiza la siguiente narradora, cuando cuenta su impresión sobre el hecho y alivia la intriga que dejó la anterior. De esta manera las vamos conociendo a las dos y, sobre todo, podemos contrastar las circunstancias de cada una.

Rosalía ha escrito una primera novela de estructura difícil; no es sencillo ir aportando visiones parciales de una historia que se vayan complementando mientras se relacionan, pero la autora ha conseguido que entendamos que la vida tiene diferentes perspectivas y que la vivimos según nuestra forma de verla o de enfrentarnos a ella. No hay que pasar por alto que una misma situación supone más o menos dificultad según se experimente, por lo que toda verdad puede llegar a ser cuestionable.

Hay algo que me ha llamado la atención; tanto Adriana como Daniela tienen pareja heterosexual y están bien. Daniela lleva viviendo siete años con Alberto y se presentan estables, disfrutan del sexo y de las salidas. También Adriana, aunque algo más reacia al principio, disfruta con Román y siente que está a gusto con él como confidente y amigo. Sin embargo cuando ambas chicas se conocen todo se desborda; la culpa se instala en ellas aunque no se planteen abandonar a sus respectivos chicos. Da comienzo una relación con altibajos; es placentera pero no quieren seguir con ella para no dañar al otro, la confianza que había en la pareja heterosexual deja paso a la mentira, mientras que ambas mujeres desean que el tiempo pase rápido y ponga las cosas en su sitio.

¿Pasa esto en todas las relaciones homosexuales al principio? ¿Son más intensas en los aciertos y en los errores? Al leer Miradas inesperadas entendemos que sí y que no pasa nada, que todo el mundo tiene derecho, tenga la edad o la condición que tenga, a disfrutar de una vida sexual y relacional plena y feliz.

miércoles, 12 de agosto de 2026

LA GENTE A VECES

A veces, la gente pasa por situaciones que la ponen a prueba. Un examen que hay que aprobar a toda costa porque se ha estudiado mucho pero la pregunta no se sabe… ¿Podríamos inventar una respuesta con los conocimientos que tenemos? Un ser querido que muere y no estamos preparados… Relaciones basadas en mentiras porque no queremos “defraudar”. Situaciones que fomentan la arrogancia, nuestro lado más prepotente, en un arrebato de falso orgullo que tiene más que ver con la soberbia del engreimiento y su desvanecimiento al ver a otros que la utilizan igual.

A veces, la gente imagina realidades paralelas anhelando una vida menos rutinaria, menos previsible. ¿Qué pasaría si viviéramos un sueño y quisiéramos salir de él al darnos cuenta de que es real? Un futuro marido debe enfrentarse a su prometida y suegra en el peor momento…

A veces, la gente estropea una y otra vez las oportunidades que le brinda la vida para terminar viviendo algo que no entraba en las expectativas. Porque somos así: absurdos e inseguros.

Esto es lo que ocurre en La gente a veces; relatos en los que podemos vernos reflejados en algún momento; si no en el todo, seguro que en parte. Son situaciones que se pueden presentar en la vida, situaciones corrientes pero que, por inseguridad o pedantería las resolvemos de forma penosa. Lorenzo Antúnez lleva el querer ligar, el planificar una familia, el no asumir responsabilidades en el matrimonio, el no desear hijos, el no querer hermanos…, al límite; de hecho, el impersonal “gente” se transforma en este libro en personas a las que conocemos, somos nosotros; los que habitamos una sociedad cada vez menos natural y más desquiciada. El autor emplea a veces el humor, a veces la armonía, el diálogo o la reflexión contenidos hasta que aparece el golpe decisivo, irónico, implacable, ese que nos advierte de lo que somos, en lo que nos hemos convertido.

Los personajes van transformando, con acciones, su forma de ser y los lectores nos vemos plasmados en alguna de esas actividades por lo que la lectura es un ejercicio para comprender la identidad del ser humano, que pasa a ser nuestra propia identidad gracias a la técnica que utiliza Antúnez: dirigirse a un lector-protagonista del hecho, «Por supuesto que adornaba un poco su currículum. No basta con un buen físico. Hay que proyectar la imagen de un hombre triunfador. El que no lo haya hecho alguna vez que se marche de la sala inmediatamente».

El lector deja de ser un mero observador para convertirse en el impulsor de la actuación del protagonista. Es una complicidad irónica porque nos refleja en el típico fanfarrón. Al mismo tiempo ofrece la posibilidad de que cada uno personalice el hecho narrado. De una u otra forma somos parte de estos relatos. En Crucero todo incluido lleva al extremo el machismo; la narración expresa una distancia deliberada entre lo que cuenta y lo que sucede sin revelar contradicciones. El narrador se convierte en alguien poco fiable y deja al lector para que sea quien interprete correctamente lo que ocurre. Sabemos, por el sarcasmo, que el autor no participa de los hechos, «Siete noches daban para mucho, que seis eran más que suficientes para cazar una cervatilla». Los términos peyorativos para referirse a la mujer pasan por la animalización, el abandono corporal «Las mujeres, como locas por volver morenas, se desparramaron por las piscinas» y la cosificación «Todas comiendo de tu mano. Que quieres una rubia con las tetas operadas, hecho. Que quieres una con curvas, hecho». En la realidad las mujeres van abandonando a este tipo de hombres, por eso solo quedan en ese crucero Wallys, hombres que no se cansan de jactarse, con hipérboles absurdas que solo las creen ellos y exponen el mundo vacío en el que viven «Mi nombre es Wally, lo ha hecho usted fenomenal […] Wally con pectorales. Wally montañero. Wally pintor vanguardista, Wally sin colesterol. Ningún diabético alrededor de Wally […] salvo Wally. Todos estaban borrachos de felicidad. Hasta el capitán Wally…»

En ocasiones, la ironía aparece en el contraste de expectativas entre los personajes y remarca los verdaderos sentimientos. Es lo que le ocurre a Tom cuando Vivienne lo abandona para siempre «Resultaba evidente que Vivienne seguía queriéndole. Tom no estaba enamorado desde hacía mucho».

El tipo de ironía que predomina en La gente a veces es la situacional; Antúnez hace que el destino se burle de los esfuerzos de sus personajes, incluso en el caso de los niños, a los que castiga terriblemente. Es una llamada de atención, no debemos descuidar a los más débiles «Que aquella vela cumpliera su deseo tal cual era, sin matices, sin metáfora». Y si hay alguien débil es el drogadicto. Para él, el cuento más duro del libro: Plan nacional sobre Drogas, un relato en poesía que rompe las convenciones. Son versos sin rima, libres, de medida irregular, desde bisílabos hasta alejandrinos. El ritmo se rompe constantemente al mezclar versos de arte mayor y menor. La mezcla de personas primera, segunda y tercera consigue separar los sentimientos del protagonista con los diálogos que mantiene, incluso consigo mismo «Estoy así de loco / Ya verás / ya verás, Petri / hija de puta».

En realidad, la primera y segunda personas aluden a sí mismo y con la tercera nos introduce a todos


                        Esto es lo que diría cualquiera

                        un poco borracho

                        un poco drogado

Los versos paralelísticos anafóricos inciden e igualan la importancia de ese poco. Los tetrasílabos y pentasílabos aportan el ritmo rápido, frenético, de una vida paralizada por tres circunstancias: droga – falta de amor – falta de trabajo. Los versos paralelos con epanadiplosis marcan la fuerza e importancia de esas circunstancias


Es la coca, que te atonta

Es la Patri, que te atonta

Es el paro, que te atonta

El uso de la derivación y la anadiplosis aumenta la premonición de la comparación «Temeroso / temerario / Se ha bajado del coche / un coche negro y brillante como un ataúd».

El cambio de pronombres y el del modo verbal marca el contraste de circunstancias:


Las tuyas: tu ex, el paro, la droga

Las suyas: Su mujer, el curro, el aburrimiento

Y muestra el mundo subjetivo del protagonista.

Todo es ambiguo, de ahí que por momentos no aparezcan comas. Todo es un continuo para él; su vacío es constante, como el tema que unifica el poema: la ineficacia del Plan nacional sobre drogas por el egoísmo humano, por la prepotencia de los que no han caído. El giro argumental que marca la ironía situacional rompe las expectativas del protagonista y las nuestras, justo cuando lo conocemos: «no cae en quién es ese Charli», y genera un desenlace opuesto a la lógica; invalida lo previsible e invita a la reflexión sobre quiénes somos y qué tragedias podemos generar.

Diferentes estilos en los catorce relatos pero en todos la escritura se relaciona con la vida y Lorenzo Antúnez la usa para denunciar a un ser humano cuestionable.

martes, 4 de agosto de 2026

NADA EN SU SITIO

Cuando una niña es simplemente una niña mientras todos sus compañeros de clase y amigos tienen nombre y apellidos, es que algo va mal; al menos para ella porque no es especial sino alguien que pertenece a esa generalidad, pero da igual su identidad, tal como corrobora el indeterminado que sirve para designarla. Ella es una niña inespecífica, desconocida. O así se siente. Esta es la idea con la que Natalia Cantero abre su libro de cuentos Nada en su sitio.

Estamos ante el dolor y la vergüenza de sentirse ignorada en una familia; algo que ella asume con culpabilidad y la acompaña allí donde va, durante toda su vida. ¿Qué hacemos los adultos cuando traemos hijos al mundo para escatimarles amor? ¿Qué hacemos cuando nuestras miserias son tan grandes que no podemos desprendernos de ellas y tenemos al lado un ser más frágil? Puede que le hagamos daño físico o psicológico o moral pero lo que está claro es que lo que conseguimos es marcar para toda la vida a esa criatura.

El estilo de los relatos es amable, casi infantil y por eso al leerlos duele más. La historia de Una niña… nos la cuenta un narrador en tercera persona con un razonamiento adulto, desde un punto de vista infantil. La repetición de “una niña” marca el ritmo del texto mientras conecta con el lector que, inmediatamente, siente el miedo de esa niña, su inquietud y desorientación cuando sabe que en su vida falta la magia de la fantasía.

En El sentido de la marcha, un usuario escribe una carta quejándose de la compañía ferroviaria por haberle dado un asiento a contramarcha. Símil totalmente gráfico de cómo vive en el pasado, sin poder olvidarlo ni permitirle afrontar un futuro mejor. El dolor de la separación de la amada queda atenuado por las metáforas religiosas que convierten a la mujer en un recuerdo definitivo. La comicidad de la imagen la desacraliza a ella mientras resalta la simpleza de él «…yo la he visto así, con los brazos en cruz, que parecía una virgencita […] más y más pequeña, pasando de estatua a medallita…».

En Pérez, aparece el ratoncito de manera algo escatológica porque interesa sobre todo conseguir el regalo prometido en el tiempo adecuado. El narrador, con tono desenfadado expone hasta dónde son capaces de llegar los niños para conseguir lo que quieren. La fusión léxica ocasional aporta a la situación gran fuerza expresiva, «a pesar del gesto de sorpresa de su madre peroadóndevas», «ha vuelto a llamarlo muertodehambre».

El Cambio climático nos va a traer otras consecuencias devastadoras que no tienen que ver con él y quienes saldrán perdiendo, lógicamente, serán quienes posean trabajos más precarios, menos dinero, menos comodidades… Con una prosa agobiante, más aún por el buen talante, Natalia Cantero nos va introduciendo en el infierno que sufre un hombre que ve cómo debe acostumbrarse cada vez a disfrutar de menos bienes «El interfono sonó y esta vez no contestó. Volvió a sonar. Otra vez. Oía las risas de los niños que se bañaban, el ajetreo de los fogones en la cocina, a los vecinos brindar con limoncello en la terraza […] Se tapó los oídos con las manos pero no sirvió de nada»…

Son dieciocho cuentos. La lectura de Nada en su sitio es dinámica; la amabilidad de las palabras, el dinamismo generan sin embargo cierto estado de agitación emocional, que los lectores sentimos antes que los propios personajes. A veces la tensión es casi insoportable; bastan unos puntos suspensivos para advertir un cambio. Lo sabemos, pero no llega y, cuando lo hace, el final cobra una fuerza tan directa que elimina cualquier rastro de esperanza. La falta de comunicación en las relaciones amorosas, con el consiguiente riesgo, la falta de sentimientos en la comunicación con el posterior resentimiento consiguen que a una mujer le baste el amor hacia su hija, todo lo demás es superfluo. Por el contrario podemos llegar a cometer la locura de ofrecer nuestro cariño por un salario. Algo que a lo largo de la Historia no ha sido tan loco: matrimonios concertados, arreglos desesperados en parejas, intereses comunes… La convivencia no es tan romántica como nos han hecho creer «…insistiéndole, tal es mi empeño en estar a su lado, en que me haga un contrato. Hágamelo […] No se arrepentirá».

Por el contrario, podemos conseguir eliminar de nuestras vidas a quienes más nos quieren con tal de destacar. Es difícil la convivencia cuando se impone un jefe; todos pensamos que lo nuestro es lo importante, que somos imprescindibles y, para no quedar al margen, somos capaces de hacer cualquier cosa incluso lo que antes hemos considerado como atrocidad, «Pili me clavó sus ojos azules, sus ojos inundados de mar y me sentí realmente triste».

De la misma manera nos comportamos ante la fama; da igual que lo que se diga sea verdad o mentira, da lo mismo que alguien salga herido. Importa la inmediatez, el momento de gloria ante las cámaras, en las redes. Aunque sea efímero. Y esto contrasta con el dolor, el verdadero dolor, el que nos va a marcar para siempre. Son hechos corrientes los que se narran en Nada en su sitio pero detallados cada uno como si fuera especial. Hechos que se ven envueltos en el despropósito, en la angustia, en la culpa pero buscan ante todo la redención de poder estar tranquilos, solos o acompañados pero sin el agobio de la soledad.

El estilo tierno, inocente, con un punto de ironía, consigue hacer de la lectura algo placentero.

Me ha gustado mucho, más cuando he visto que Natalia es murciana, más cuando he leído que también su familia da los abrazos chillaos.

martes, 14 de julio de 2026

HISTORIAS DE NADIE

Diez cuentos, diez relatos basados en la historia de España más incómoda: la que refiere el sufrimiento, el dolor, la injusticia, las torturas, las muertes de quienes han nacido en el lugar equivocado, en el bando contrario; los que han estado en contacto con los campos del país y han dejado sus restos en la tierra para que sirvan de abono a un suelo que los vio crecer y los ha acogido en su muerte mientras se beneficia de ellos. Así se ha formado este país, enriqueciéndose con las hazañas de los invisibles, glorificando a unos pocos que pueblan la historia de España con grandes acontecimientos.

Historias de nadie es la historia de la tristeza y del padecimiento del hombre como ser individual en la gran historia universal. Cualquier acto glorioso, o vergonzoso, es conocido por el lugar donde se llevó a cabo y el apellido del “prohombre” al mando. Así consta en los libros y manuales. Albert Merino ha querido destacar a las personas sencillas que se jugaron la vida, y en muchos casos la perdieron, sin importar demasiado a los próceres de la patria, porque en momentos de ofuscación no se piensa que la muerte de un hombre, de un niño, puede llevar a la miseria a una familia entera.

Historias de nadie es la historia de Ramiro, de Hialas, de Faustino, de Agustín, de Amparo, de Fray Marciano, de Santiago, de Narciso, de Madani, de Gaspar… de tantos que sería imposible nombrarlos a todos, porque son el país, dañado una y otra vez por diferentes causas. Ramiro, lucha terco en 1984 para poder ser enterrado al lado de su mujer, aunque sea cavando su propia tumba. Los asesinatos encubiertos por ideologías políticas terminan con la vida de los republicanos en 1934; también cae alguno de la CEDA «El militar quita la pistola de la boca de su víctima y se oye una carcajada generalizada, supongo que, del miedo, el pobre desgraciado se habrá meado o cagado encima, y esos degenerados lo celebran».

Ya en Soria, en 133 a.C., los celtíberos aguantan quince meses de bloqueo de las tropas romanas, hasta que prefieren un suicidio colectivo a rendirse a Escipión. Hialas es quien nos cuenta la decisión «Dejar un recuerdo que ni siquiera los romanos olvidarán, un recuerdo que los estremecerá generación tras generación […] ¿Qué decís? No digo nada pero tengo claro mi voto: la rendición».

No todos son héroes. O sí. Porque hay que ser muy valiente también para preferir ver el cielo cada mañana aun a costa de servir a otro toda la vida. La vida como bien único que todos poseemos y que algunos se creen con derecho a arrebatar las que les apetece. Como la guerra absurda y cruel que se vivió en España en 1936 y que detalles supersticiosos podían decidir en algunos casos si seguías con vida. Guerra que siguió en 1938 y en las montañas de Lleida se cobró las vidas de muchos jóvenes republicanos que nunca habían utilizado un arma «—Qué va, Garrido, a mí me alistaron a la fuerza en mi pueblo. Muchos huyeron, pero mi padre, que es de la FAI, me dijo que tenía que defender la libertad de España frente a los fascistas. Y aquí me tienes».

También el siglo XIX fue especialmente duro. Mendizábal ordenó suprimir las órdenes religiosas expropiando conventos para celebrar el triunfo de la revolución liberal, en 1835, de la 1ª Guerra Carlista. Lo de menos eran las vidas de los frailes agustinos, lo que contaba era la plaza de toros que levantarían al tirar el convento.

En 1836 las tropas carlistas deben apropiarse de ganados y tierras para consolidar «la causa del legítimo rey de España». No importa que haya una familia más o menos de pastores «No es posible. Es su medio de vida, y el de Luisa. Y Luisa está preñada». Y así se hicieron muchas guerras, muchas matanzas, sin organización, sin pensar en las consecuencias, «Y, sin más, apunta y descerraja un tiro en el pecho del pastor, que lo mira incrédulo mientras las cabras salen disparadas montaña arriba».

Antes, en el siglo XVI, cualquier mujer podía enfrentarse a la Inquisición por venganza de todo aquel al que no quiso complacer. No hacían falta pruebas para saber si decía la verdad «—¿Para mayor gloria de Dios? ¿Quieren ustedes que todo el pueblo me vea las tetas para mayor gloria de Dios? ¿Y después qué? ¿Qué creen que hará mi esposo después? Repudiarme, abandonarme […] ¿Podrán fornicarme Bartolomé y cuantos quieran del pueblo?».

En fin, ya en 1485, hizo falta una revuelta campesina para acabar con la servidumbre feudal. Los campesinos pagaron con sus vidas antes y durante la lucha. ¿Es este el objetivo de la historia de España? ¿Formar la patria con el dolor y la sangre de los débiles? Albert Merino, con un tono reflexivo, pausado, expone y razona sobre los horrores a los que podemos llegar.

Los diez cuentos son diez etapas diferentes que han formado la intrahistoria de nuestro país. Los temas giran, en todo momento, en torno al miedo, a la injusticia, al dolor de los trabajadores. Son cuentos que no están cerrados pero sí engañosamente abiertos para dejarnos meditando con unas voces narrativas que, ya sea en primera o tercera personas, mantienen la intensidad emocional.

Relatos detallados de un momento clave que aluden a un todo. Hay que leerlos, razonar con sus personajes y discurrir qué futuro queremos.

martes, 23 de junio de 2026

SOMOS VIENTO EN LA PLAYA

Acabo la novela y no dejo de pensar. Cuando la tuve por primera vez entre mis manos experimenté impresiones encontradas, el título me sugería fuerza, libertad, mientras que la ilustración de la portada las negaba. Alas enormes que no servían para volar pues están hechas de papel y, aun así, oprimen a una cáscara de nuez, una barquita atrapada entre las alas que, por otro lado, parece que lleva la solución para su viaje en los remos.

Somos viento en la playa genera cierta inquietud; la misma que tiene “la amiga” de la cantiga de Mendinho con la que Paula Palacios García abre su novela en el íncipit. A través del poema del siglo XIII anticipa el tono y sugiere de forma casi imperceptible el mensaje. La amiga espera a su amigo en la ermita de San Simón, pero él no llega y la marea sube… La intriga continúa.

Así, empezamos a leer Somos viento en la playa y nos asombramos de la mezcla de estilos y puntos de vista. Tres narradores se dan la mano para contarnos una historia. El primer narrador es la voz de Mirren; esto lo vamos averiguando después.

En principio parece que el narrador es alguien ajeno al texto, en tercera persona, que conoce a la perfección a Mirren y sabe cuáles son sus sensaciones. Después nos damos cuenta de que este narrador pretende, con la tercera persona, una objetividad que no cumple del todo puesto que llegamos a conocer a Mirren a la perfección y al resto, Olivia, Dani, Leo…, solo por lo que hacen, aunque conforme avanza la historia tenemos la impresión de que el narrador sabe mucho más pero no le interesa contarlo.

La voz de Mirren aparece claramente en unos poemas que podríamos considerar como inicios de capítulo. Formados por tres estrofas anafóricas y desiguales que expresan sus emociones. Al figurar como una letanía marcan el dolor constante de la protagonista, sus anhelos, sufrimientos, esperanzas y desesperación.


Aquella prisa.

Aquel viento enfurecido que casi gritaba […]

Aquel caos de gaviotas.

Si solo leyésemos estos poemas nos daríamos cuenta de los sentimientos de Mirren en cada momento durante el tiempo que estuvieron escondidos en mitad de la ría de Vigo, huyendo de Claudora.

Seguidamente al poema, el narrador en tercera persona desarrolla la sensación que nos ha transmitido Mirren, «Mirren observaba el cielo gris claro, casi blanco […] comenzaban a caer algunas gotas […] La incertidumbre moviéndose a tanta velocidad es capaz de abrirte un agujero negro en el alma, pensó».

Y el capítulo se cierra con otro punto de vista y otro estilo; Yael, uno de los adolescentes que Mirren ha escondido para salvarlos de Claudora, cuenta en primera persona sus experiencias en esa comunidad. Con un lenguaje fresco, lleno de términos utilizados por la generación alfa, pone un punto contrastivo al ritmo anterior: «Yo no quería mangarle la lancha a Olivia, literal […] pero lo pensaba un huevo de veces porque además no me faltaban chances […] Olivia nos miraba como el culo, rollo jéiter total […] era un putadón de los gordos». Los términos de la jerga juvenil conviven con otros que han adoptado como palabras y en realidad son abreviaturas usadas en tecnología «qué aplis se descargaban», «enséñame alguna de sus favs». Y después de leer a Yael nos convencemos de que aunque cambien las expresiones, los jóvenes siguen siendo los mismos de siempre.

Es un personaje hiperrealista que conecta desde el primer momento con el lector, tanto si es joven como adulto; su monólogo es ágil, con el que refleja la inmediatez a la que está acostumbrado en la comunicación —que deriva de la influencia de internet— y en la relación —que también tiene que ver con el uso constante de la tecnología—. Su estilo es directo, con frases cortas casi siempre. Apenas analiza pero sí interpreta los actos de los demás. En la convivencia con el Arousano llega a entenderse incluso a sí mismo. Desde ese momento sabemos que da igual la tecnología; lo más importante para Yael es la comunicación; sus palabras están vivas y expresan sus emociones. A veces incluso con una sola palabra se refiere a un hecho sucedido, a una forma de ser o a toda una actitud «Igual que había tenido que salir de San Simón, cuando Olivia y Mirren habían pasado tantísimo de mi culo». El lector empatiza con Yael, bien por su forma desenfadada de transmitir una tragedia, bien por sus constantes hipérboles con las que, como sin querer, plantea la crítica a un proceso que ya ha dado comienzo en nuestra sociedad y podría conducir a un caos sin solución.

Las tres voces de Somos viento en la playa se transforman en las objetivas de los adultos responsables que analizan lo que sucede, la dolida de aquellos que lo están pasando mal y la subjetiva de los jóvenes que ven cómo se vienen abajo sus expectativas. Es una novela coral.

La paradoja de la imposición de alas para quitar la libertad y la dignidad a las personas es la paradoja de lo que está sucediendo en la sociedad. Prometen vidas fantásticas, soñadas, que en realidad se transforman en pesadilla para aquellos que piensan «como Mirren, que era un cocazo pero que casi no podía moverse».

Estamos volviendo a una sociedad que desconfía de las personas, «cualquier extraño era, antes que nada, un delator». Sin embargo nos creemos todo lo que nos dice cualquier inteligencia artificial o lo que vemos en internet «Aunque no hubiese pruebas o aunque las que hubiese fuesen feique total, había mogollón de mentiras tan universales que colaban como verdades y que nadie discutía».

Estamos viviendo la ruina medioambiental «Las viejas atarazanas ya no eran más que un desguace de hierros retorcidos y amontonados que destilaban el óxido de su abandono junto al mar».

Asistimos a retos virales que promueven el daño físico, moral o incluso la muerte «gente vulnerable a la que enganchaban en algún tipo de juego viral».

Vivimos la persecución a las instituciones públicas y a la educación, «se comenzó a mirar todo aquello con más recelo y no tardaron en llegar las denuncias».

Vivimos la cacería a los inmigrantes, tratados como animales en ocasiones «el lanchón iría hasta los topes y la peña al mogollón […] después […] echar a correr monte arriba, porque aquello se convertiría en una especie de cacería y habría que separarse».

Empezamos a ser como inválidos mentales «tan incapaces que podrían confundir el cacareo de las gallinas con cualquier pájaro silvestre […] desconocer todo lo que era de real utilidad en la vida y, sobre todo, en la naturaleza».

Nos estamos deshumanizando y, como en San Simón, «Hacía demasiado tiempo que la vida no tenía sentido para nadie».

Esta es, aproximadamente, la distopía que Paula Palacios presenta en Somos viento en la playa. Pero no es el futuro. En este presente empezamos a vivir observados en una sociedad en la que se altera la información y se limitan los derechos humanos. Hay voces que se levantan en contra, es cierto, pero otras viven instaladas en esta distopía social.

Palacios lleva a cabo una denuncia porque hay algunos, cada vez más, que deben moverse sin apenas recursos si quieren conservar la dignidad. La protagonista busca la libertad constantemente, sobre todo para una generación que empieza y lo tiene complicado.

Estilo impecable, vocabulario culto y coloquial, estudiantil y tecnológico conforman una narración ágil, profunda y emotiva.

martes, 16 de junio de 2026

HAN CANTADO BINGO

¿Cómo es posible leer una novela muy triste y no terminar hundida? ¿Cómo es posible contar un suceso terrible, traumático como si fuera parte de la vida cotidiana?

No lo tengo claro pero Lana Corujo lo consigue. Escribe una novela corta que asombra porque todo en ella es singular. La estructura, el lenguaje, el humor, incluso las ilustraciones son originales, dibujos que aunque se piensen en la madurez quedan expuestos como pintados en la infancia.

La protagonista de Han cantado bingo vive con su hermana; siempre presente. Durante un tiempo la acompaña en la realidad; después en una irrealidad que para ellas es común y por último la lleva en su pensamiento.

La estructura es insólita. Son capítulos muy cortos, algunos formados por un solo verso, cuya característica es que llevan el título marcado por un número y que al comienzo del libro se nos advierte «cada número que acompaña el título del capítulo indica la edad de la voz de la protagonista».

Tampoco es usual la normativa que rige la ortografía. No hay guiones que indiquen los diálogos. Estos van entre llaves, subrayados o en letra cursiva cuando habla la protagonista. La escritura es seguida, no hay apartados para cada interlocutor «Ya llegan. El sonido de las llaves contra la puerta avisa […] {Yo también voy a ser capaz de ver uno} […] ¿Por qué lloras?».

A pesar de que los capítulos van marcados con la edad de la protagonista, no siguen una línea temporal; los saltos en el tiempo, adelante, atrás, repetidos, dan cuenta de su tristeza y soledad continua.

Hay dos capítulos que no llevan número porque corresponden a diferentes realidades; uno es el realismo mágico que vive Alejandra con la perrita muerta y el otro el que vive Abuela con su madre muerta. Poco a poco vamos conociendo a la familia a través de las fotografías que suponen esos capítulos cortos: «Veo dos mariposas. Somos Aleja y yo en otro universo».

Los temas de la novela son aquellos que van ligados a las impresiones de la protagonista: El vacío que deja la muerte y la soledad que nos acompaña a pesar de estar con gente alrededor; la culpa derivada de un trauma que no hemos sido capaces de asimilar; la nostalgia, a veces incluso alegre, que sentimos hacia alguien muy próximo que no está con nosotros; el dolor que no nos abandona, permaneciendo explícito o agazapado a lo largo de nuestra vida adulta; el cariño que todos los niños necesitan para sobrellevar sus miedos.

Son temas íntimos, sensaciones de la protagonista que, sin querer o con intención, nos introducen en nuestra propia infancia; preguntas que nos hacemos cuando empezamos a reflexionar «¿Crees que hay algo después de la muerte?», y que nos hemos respondido cuando nuestra razón no había abandonado aún la imaginación «No lo sé. Me da miedo pensar en eso».

El contexto que acoge a la novela de Lana Corujo no es usual, como tampoco lo son sus personajes; refleja la opresión y el miedo de las niñas a la soledad. Un paraje agreste, con el volcán presidiendo sus vidas; con las fantasías que rodean al Ahorcado y atemorizan a las pequeñas; con una casa vacía que las mantiene unidas y asustadas, temiendo la llegada de unos padres jóvenes, que se olvidan que lo son y salen por las noches y beben y se enfadan y gritan dejando a Alejandra y a su hermana inseguras e intimidadas; con una herencia que no es la misma para todos, una herencia que no ha recibido la madre por lo que se siente culpable y estigmatizada.

Y todos los miedos están contados con un lenguaje poético bello, «La marea suena con estruendo al fondo y la luna llena nos mira con ternura»; las metáforas ayudan a entender la realidad de la protagonista «Pronuncio palabras que se me astillan en la boca»; las enumeraciones asindéticas aceleran el ritmo y resaltan cada elemento con mayor intensidad, «Soy una hija, una hermana, una nieta, una prima, una niña ruin, una mujer asustada, una chica mediocre, un animal rabioso». La narración permite al lector, con algunas representaciones, ordenar el relato y transmitir toda la información necesaria en una sola imagen; en otras ocasiones, la protagonista narradora se decide por oraciones anafóricas, que aparecen como fotogramas de una cinta, para retratar a los personajes hasta que los asimilamos, entendemos por qué son así y llegamos a quererlos mientras renegamos de los vapuleos de la vida.

Han cantado bingo es una simple narración de los hechos ocurridos a la protagonista desde que tenía dos años, cuando nació su hermana Alejandra, hasta los 90, edad en la que está preparada para morir. La vida se ve como una lotería en la que cada uno debe afrontar lo que le viene; por eso ella elige de sus noventa años, los mismos que forman parte del bombo, los quince que la han marcado más. Será al final cuando pueda cantar bingo y recibir su premio.

El 2 marca el nacimiento de Aleja, unida a ella para siempre.

El 7 recuerda los juegos con Aleja, quien la adoraba.

El 10 refleja las historias que le contaba para no oír las discusiones de sus padres.

El 13 marca el nacimiento del hijo de su prima adolescente.

El 15 establece su visita al médico, pues las pesadillas la atormentan.

El 18 muestra la decisión de su padre, que la insta a estudiar fuera.

El 22 contrasta las discusiones con su madre y el confort de Abuela.

El 28 supone la decisión de no seguir viviendo con su hermana.

El 30 prescribe la pronta ausencia de la abuela.

El 36 marca el nacimiento de su hijo.

El 48, el 64, el 72 suponen la etapa en la que cada vez que ve dos animales juntos se identifica con su hermana.

El 90; cuando está preparada «Creo con fuerza reencontrarme con todas las caras que quise y me dejaron en un tiempo u otro».

Algo tan prosaico como un bingo adquiere una dimensión emocional tan profunda que nos inunda. El lenguaje se eleva por encima de su función informativa y nos enseña la poética. Los canarismos aportan sonoridad y ritmo consiguiendo que, a pesar del dolor, leamos de forma placentera la vida de una niña, una mujer, una anciana que gira en torno al deseo de estar siempre junto a su hermana.

«Pinto cada día para que Aleja tenga diez años rodeada de belleza y juego. Pinto y vivo por nosotras. Llegó el momento de romper la herencia».

miércoles, 27 de mayo de 2026

LA INTRIGA DEL FUNERAL INCONVENIENTE

Desde que me enteré de que Eduardo Mendoza iba a sacar un nuevo libro de la saga del inspector innominado esperé con ansia que llegase la fecha para comprarlo. Pero fue un regalo de Antonio por el Día del Libro, momento en el que vi en televisión cómo unos fanáticos llegaban a amenazar con la quema de los libros del autor por asegurar este, en broma, el nombre con el que deberíamos referirnos a la festividad de San Jordi. Menos mal que, haciendo gala de su buen humor, no hizo el menor caso y todo quedó ahí. Si algo se puede decir de Mendoza, como persona, es que ostenta un humor excelente, una educación intachable y una cordialidad espléndida.

No vamos a cuestionar su maestría como escritor a estas alturas; ya no tiene que convencer a nadie, pero leer La intriga del funeral inconveniente ha sido un acto renovado de admiración. ¿Cómo es posible que mantenga la capacidad de hacer reír con un personaje que protagoniza ya su sexta aventura? Lo consigue. Y esta vez con una estructura diferente. Mendoza deconstruye la trama in extrema res, por lo que, si al principio: «El funeral», andamos algo perdidos y creemos tenerlo más o menos claro, cuando acaba esta primera parte y empieza «La intriga» vemos que nuevos personajes aparecen y enredan más el asunto; nada es lo que parecía hasta que nos damos cuenta de que ese principio de la novela puede no ser el de la historia. Historia que para entender a la perfección hemos de leer «El inconveniente», la última parte. Al llegar al final somos conscientes de que la intriga no residía en saber qué pasó sino cómo ocurrió todo.

Un genio, Mendoza, capaz de sorprender a los 83 años. La novela se abre con una noticia periodística sobre un funeral al que han asistido pocos personajes y no conocemos el nombre de ninguno: el difunto, que no sabemos quién es, la hermana del difunto, de la que tampoco se dice su identidad, un policía jubilado, un hombre que se oculta bajo un sombrero, gabardina y gafas de sol, el dueño de la funeraria y RV, el que firma la necrológica.

El enredo surge cuando aparecen diferentes analepsis en las que se va contando una historia tan absurda que resulta creíble. Los lectores quedamos atrapados desde el principio con algo de inquietud, porque tememos encontrarnos con el final de la saga. Una sorpresa tras otra nos van sacando del error y, al ser conscientes de lo que pasa, ponemos nuestra atención en el continuo narrativo. Por supuesto la risa facilita la lectura en los diferentes flashbacks y prolepsis que nos vamos encontrando en esta anacronía.

Creo recordar que Allan Poe alabó aquellos libros cuyo final conocía el autor antes de sentarse a escribir. El maestro del terror lo puso en práctica en muchos de sus relatos. Ahora, este maestro del ingenio ha conseguido que en esa estructura no lineal aparezcan muertes, malversaciones o fuga de capitales bañados por su humor característico. Eduardo Mendoza imaginó el final y en La intriga del funeral inconveniente lo expone en forma de obituario. Inmediatamente nos damos cuenta del absurdo novelístico, marcado por la descabellada situación, «Dicho tanatorio dispone de salas de velorio y de dos capillas amplias y muy bien puestas, pero en esta ocasión, dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking». Y una vez enterados del único responso que se dirige al muerto, «Se veía venir», somos conscientes de que no vamos a ver nada hasta que quiera el autor. Cuando nos lo enseña, quedamos rendidos a su imaginación.

Los personajes van aumentando, unos son nuevos, otros, de novelas anteriores; estos forman parte de quienes hemos sido fieles a la saga, «Acabó internado en un centro psiquiátrico […] anduvo malviviendo de varios trabajos infamantes. Hasta trabajó en una peluquería de señoras»; unos ricos; otros, pobres; poderosos y menesterosos pero todos son marginales bien sea para enriquecerse más al margen de la ley, bien para subsistir.

Habitual en Mendoza es el espacio barcelonés; el cariño hacia la Ciudad Condal es evidente, aunque no descarta hacer cierta crítica social; en este caso, la censura a las posibilidades que tiene la clase alta para beneficiarse de paraísos fiscales es manifiesta.

Otra seña de identidad es el humor, bien destacando imposibilidades fonéticas «sus eses eran labiodentales […] y sustituía la ele por la eme y la erre por la pe […] pero acrecentaba su atractivo»; bien por asociación de significantes «…se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte como su nombre parece indicar».

El humor es visual «rechazó una falda plisada muy corta: tenía las piernas largas y flacas y el conjunto resultaba esquemático» o se basa en hacer lo contrario a lo que se dice «—Como nos vemos, no hemos de dar nombres y para afirmar o negar, solo has de mover la cabeza de arriba abajo o de lado a lado. ¿Lo has entendido? —Sí, don Basilio».

Asimismo, Mendoza expone la situación actual: tras conocer los trapicheos de la clase alta somos testigos de lo que pasa por la mente del pueblo llano —«Para mí —terció la señora Rialles— que buena parte de la culpa la tienen los inmigrantes».

El humor va in crescendo. Conforme vamos atando cabos no podemos evitar la sonrisa a veces; otras, la risa franca y siempre, la admiración ante esa mezcla de humor y parodia incluso al tratar temas como el desvío de capitales o el asesinato. También es manifiesto el humor acentuado por la mezcla de variedades lingüísticas: términos cultos, arcaísmos, lenguaje técnico y popular conviven en un mismo personaje «se te ha pasado el arroz», «hecho un perdis», «mindundi», «aledaño al pueblo», «la horda roja», «pelendengues»…

Pero no nos engañemos, la lectura de este Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025 es rápida, fácil, divertida y sencilla. Eduardo Mendoza es único urdiendo y exponiendo tramas y personajes que, ya desde el nombre, denotan alguna característica: mediante diminutivos que intentan debilitar: Melusina, Ramoncito Valenzuela; con alusiones a la personalidad, Don Pufo Colorado, reforzada a veces por epítetos, «la pobre Cándida»; con intención de seriedad eliminada por el apodo, Juan Ignacio Rodríguez Jarana «el Tigre Malo» o con alusiones religiosas: Monsieur Caminoi, baronesa Pía, profesor Barrabás le doyen…

Ya espero otra entrega del detective.