miércoles, 30 de enero de 2019

LA TERNURA



No es de extrañar que a Alfredo Sanzol le concedieran el XII Premio Valle-Inclán de teatro, el mejor dotado, económicamente, de los escenarios españoles. Vi representada La ternura en Madrid y creo que pasé uno de los mejores ratos de mi vida, tal es el humor e ingenio que desprende. Pero es que al leer el texto me ha impresionado más. Podría hacerlo una y otra vez porque es de esas obras en las que siempre descubres algo nuevo, un movimiento, un gesto, una palabra… No hay ningún cabo suelto en La ternura. Todo tiene su porqué, y el enredo y la magia propios del teatro barroco cobran fuerza e ilusión en este siglo XXI, porque la obra es un homenaje al teatro del XVII en general y a Shakespeare en particular y, como nuestro autor inglés, no pasará de moda. Es universal. El sentimiento que prevalece es el de la ternura, tal y como anuncia el título, algo que en la sociedad en la que vivimos es conveniente poner en marcha de vez en cuando para no quedar enfundados en la reseca cubierta que la recubre.

El argumento es propio de los cuentos fantásticos, de princesas y leñadores que sufren desgracias y todos viven felices al final; pero no debemos olvidar que hay críticas y reivindicaciones hacia determinados colectivos, aun hoy marginados, censuras hacia prejuicios aun hoy existentes, y demandas de cultura, del saber, de leer para entender mejor al ser humano, no tanto en abstracto sino al que vive junto a nosotros y forma parte de nuestra existencia.

La obra está compuesta por veinte escenas agrupadas en un único acto. Seis personajes constituyen el elenco, tres mujeres y tres hombres y todos aluden a su nombre. Aquí es donde encontramos la primera referencia humorística, pues si en la literatura clásica el nombre solía ir relacionado con la personalidad de quien lo portaba, en La ternura es alusivo al color del traje que lleva cada uno. Así nos encontramos por un lado, a la reina Esmeralda con sus hijas Salmón y Rubí, y por otro al leñador Marrón y sus hijos Verdemar y Azulcielo.

La reina Esmeralda y sus hijas viajan en un galeón de La Armada Invencible en agosto de 1588 (justo cuando históricamente ésta es derrotada por uno de los piratas de Isabel I, Hawkins, quien prendió fuego a ocho brulotes y los lanzó contra las naves españolas). Durante la noche la reina convoca a Salmón y Rubí para decirles que ha pensado hundir la Armada pues las lleva a Inglaterra para casarlas con el enemigo. Las quejas de Rubí no le valen de nada «tengo más de cuarenta años […] Aunque lo deteste, deja que acabe mis días con el Conde de Lancaster», y así, con humor totalmente blanco se arropan en una manta mágica, que Esmeralda ha ideado tras muchos estudios, y desaparecen del barco para aparecer en una isla desierta «de muy reducido tamaño y solo yo conozco su existencia». Pero veinte años antes, otro estudioso de las plantas ideó el mismo plan al ser abandonado por su mujer, «se esfumó por la chimenea», por lo que se llevó a la isla a sus dos hijos, con quienes vive. El mayor, Verdemar, tenía veinticuatro años cuando hizo el viaje, pero el pequeño sólo cuatro, por lo que no tiene recuerdo alguno de mujer, sólo lo que su padre y hermano le han dicho, para que no crea que se pierde nada bueno, «Él dice que en lugar de cabellos tienen serpientes […] Que su piel es de sapo y rezuma continuamente un ácido abrasador…».

Y a esa isla, tras provocar, Esmeralda, el incendio de la Armada Invencible llegan contentas las mujeres pues «Ya se han quedado los hombres /dándole al viento sus órdenes. / Ya se han quedado aburridos / lanzando al aire gemidos / ¡Vivan los días sin ellos! / ¡Mueran las horas con ellos! / ¡Vivan las islas desiertas / para mujeres despiertas!».

Pero este plan fracasa, igual que lo hizo el de el Leñador Marrón, y la isla no está desierta sino ocupada por personas de diferente sexo, de quienes querían huir. Ellas se dan cuenta de la presencia de ellos y deciden disfrazarse de hombres. Así conviven, más o menos armoniosamente hasta que el Leñador Verdemar se enamora de “El sargento-Princesa Rubí” y el leñador Azulcielo lo hace de “El alférez-Princesa Salmón”. Poco a poco al leñador marrón le gusta estar con “El capitán-Reina Esmeralda”, discutir con él, hablar de medicina, se siente acompañado con la conversación de alguien afín.

La reina Esmeralda idea otro plan, finge que tiene fiebres contagiosas, para quedar aisladas y no ser descubiertas. Todo es inútil pues los leñadores hijos van con las princesas al volcán a buscar la flor que curará “al Capitán”. Plan ideado por el padre leñador, al que tampoco le sale bien ya que la reina lo obliga a bebérselo él mismo y le da enormes retortijones. El siguiente plan —fracasado— de la reina es convertirse ella misma en Verdemar para hablar con el leñador Marrón y, de padre a hijo enterarse del plan que aquél tenía para salir de la isla cuando quisieran. De esta forma Esmeralda es consciente del enamoramiento de los cuatro hijos y las parejas formadas. Su último plan —fallido por supuesto— es echarles humo de forma que al aspirarlo alguien se enamore de quien vea primero. Su idea es que impregne a Salmón para que vea a Verdemar, las dos hermanas se peleen por celos, y corten con los leñadores; pero nada es como se piensa en esa isla maravillosa, así que todos van oliendo el humo de una forma u otra hasta formar una auténtica orgía. Una vez pasados los efectos, recapacitan los padres y envían, en la manta de Esmeralda, a sus hijos a la civilización, quedando ellos en la isla bajo la perspectiva de una vida interesante en todos los sentidos.

Enredo, humor, final feliz; la comedia tiene todo lo que una de capa y espada podría tener, pero aquí las armas son hachas de trabajo y la mujer no decide cuál será su hombre, ni éste obligará a la dama a convivir con él, sino que el amor surge de forma espontánea entre ellos, y los padres, tras razonar, admiten su error y dejan que los jóvenes vivan según sus deseos.

El argumento es fantástico, el enredo se va agrandando con los planes fracasados de ambos padres hasta convertirse, al final, en un despropósito hiperbólico en el que el público no deja de reír. De hecho no dejamos de reír desde el comienzo de la representación, o en este caso de la lectura, pues el enredo empieza casi al principio de la obra, al darnos cuenta de que hay una estructura paralela en el planteamiento «Mientras tanto, en la isla que la Reina Esmeralda considera desierta, tres leñadores cantan». La expectación está servida, pues el discurso del leñador Marrón «Hemos vivido felices sin las voces agudas. Los cambios de humor. Las preguntas incomprensibles. Las largas peroratas. Y los llantos súbitos», es similar al que la reina Esmeralda expuso a sus hijas «Mis opiniones han pasado siempre a segundo plano […] Mis ideas para un mejor gobierno han tenido que viajar siempre en cartas firmadas con un seudónimo con nombre de hombre […] los hombres hacen de su imperio nuestra condena».

Pero no sólo hemos de ensalzar el argumento. Las referencias a la literatura y conceptos del Siglo de Oro, o de los Clásicos, son constantes y llenos de humor:

o como en el cuento las liebres se volverán tortugas

El tábano de Io ha despertado a Júpiter y esta es su venganza

¡La mar se traga a sus hijos como un Saturno hambriento!

tus sueños son más reales que los cuentos de tu padre. Es lo que puedo decirte

(Al leñador Azulcielo) Tú. Carda la lana (A la princesa Salmón) Y tú. Cría la fama

este sueño es tan vivo que me anima tanto como la vida. Siga dormido pues y llévame tú hasta la vida ahora mismo

Y el homenaje a Shakespeare es evidente pues recorre toda la obra:

Querido estómago, mucho ruido y pocas nueces

Como en un cuento de invierno

La comedia de los errores se ha resuelto

durante el sueño de una noche de verano a un nieto acalorado

He estado casado dos veces con las alegres comadres de Windsor

el mercader de Venecia, le pondría, sin duda, el nombre de “madera preciosa”

Los dos hidalgos de Verona os envidiarían

El humor no aparece sólo en el contexto de estas referencias literarias, que son dichas bien por mujeres, bien por hombres apartados de la civilización. El humor lo impregna todo, los equívocos propios de quedar inconsciente, los propios de la confusión de la persona verbal, «los hombres, son, somos tan torpes…», de la confusión del posesivo «Verdemar-Esmeralda.- y vuestros hijos se quedan, nos quedamos solos, y sin conocer el secreto que podría salvar sus vidas, nuestras vidas».

Humor en el equívoco sexual «La princesa Salmón.- No se acercaba a mí, era al Alférez que represento a quien se acercaba. Quizás sea un hombre que se siente atraído por los hombres».

También el juego de palabras con los verbos ser y estar refuerza la identidad difuminada de las personas; no importa la apariencia «Quiero estar junto a ese Alférez como quiere estar la hierba junto al río»; de hecho las dos cualidades propias de cada sexo en el Siglo de Oro, se reúnen en La ternura en el hombre «lleváis en vuestro estandarte la discreción» «lleváis la valentía, y creo que ambas virtudes, discreción y valentía se dan la mano».

Pero si aún quedaban dudas de que en esta obra hemos de reír, las acotaciones se encargan de recordarlo

Verdemar-Esmeralda cruza las piernas
[…]
El leñador Marrón -…Por todos los santos. Te debes estar estrujando los…

Las acotaciones están colocadas con finalidad informativa, o para indicar movimientos que lleven incorporados una función expresiva, idóneos pues refuerzan el carácter del personaje, «esconde el muñeco debajo de la piedra y sale con el hacha en la mano», o una función representativa, para eliminar decoración y dar más importancia a los actores en el espectáculo, «miran al suelo como si estuviesen viendo un agujero al que van a saltar […] Se quedan en cuclillas mirando hacia arriba».

Los juegos de palabras, los equívocos, los dobles sentidos, las ironías, las concatenaciones, y las paradojas consiguen de La ternura una obra maravillosa, en la que no se puede poner ni una sola pega

Ay libertad, enciérrame para salvarme

domingo, 27 de enero de 2019

ENIGMAS DE LA CASA DEL PLACER



He terminado un librito de Sor Juana Inés de la Cruz que recomiendo encarecidamente. El título, Enigmas de la Casa del Placer, refleja sólo una parte, aquella que contiene estos enigmas o acertijos que nuestra monja escribió para deleite de sus compañeras y cuyo objetivo era la Condesa de Paredes, o mejor, exponer la experiencia amorosa que tuvo con María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, desde la pasión hasta el orgasmo.

Pues sí, en el siglo XVII, Juana aprendió a leer a los tres años, antes de los dieciséis pidió ir a la Universidad, travestida de chico por supuesto, (algo que luego ridiculizó en una escena inolvidable de Los empeños de una casa, en la que traviste al criado y consigue que uno de los galanes se enamore de ella-él). Y cuando se dio cuenta de que la esperaba un matrimonio por el que no se sentía atraída (aún no se permitía el casamiento homosexual), decidió meterse a monja, no por vocación, aunque era creyente, sino para poder estudiar, investigar, escribir, dedicarse a cultivar la mente y el alma. Así llegó al convento de Santa Paula, de la Orden de San Jerónimo, donde disponía de una celda de dos pisos y sirvientas, perfecta para celebrar reuniones y recibir visitas en las que trataban temas para combatir la misoginia y atacar la política sexual basada en la teoría de que hombres y mujeres somos diferentes y los hombres son superiores. Estas tertulias pertenecían a la Casa del placer, movimiento político sobre la reivindicación del valor de lo femenino, que empezó en el siglo XIII y podríamos decir que aún no ha terminado.

La poesía y dramaturgia de Sor Juana Inés le valió en su época el apelativo de décima musa.

Las musas eran deidades de la mitología griega que inspiraban las ciencias o las artes y vivían en el Parnaso, junto a Apolo. Nacieron cuando Zeus se unió a Mnemosine durante nueve noches seguidas dando como fruto a Calíope, musa de la poesía épica, Clío, de la historia, Erato, de la poesía lírica, Euterpe, musa de la música, Melpómene, de la Tragedia, Talía, de la Comedia, Terpsícore, de la danza, Polimnia, musa de los himnos y Urania, de la Astronomía. Así pues, las musas eran nueve.

Durante el Siglo de Oro Lope de Vega denominó como Musa Décima a doña Oliva Sabuco, gran filósofa contemporánea del Fénix de las letras; algo después, también en el siglo XVII, se consideró a Sor Juana Inés la décima musa, por ser una de las escritoras más famosas e influyentes, y defensora del derecho a la libertad sexual e intelectual de la mujer.

Esto es fantástico, aunque para ser exactos debería haber sido la duodécima musa, ya que Platón concedió a Safo (por motivos parecidos a los de Sor Juana Inés) el apelativo de Décima musa.

Sea cual sea el ordinal que ostente, con lo que debemos quedarnos es con la labor que la mujer (de todos los tiempos) ha venido realizando para ser considerada igual que los hombres.

En los temas que predominan en la literatura de la religiosa mexicana abundan los típicos del barroco español, el desengaño, la brevedad de la vida, lo efímero de lo material… pero en estos enigmas brillan, con agudeza indescriptible, los sentimientos provocados por el amor, en concreto hacia María Luisa Manrique, condesa de Paredes, casada con Tomás de la Cerda y Aragón, virrey de Nueva España.

Los enigmas son poemas amorosos en los que la forma de acertijo remite a un retrato perfecto del impulso y ansiedad entre ambas mujeres.

Pero aún leeremos antes en el libro la dedicatoria de Sóror Juana Ignés de la Cruz a su Lysi, en forma de romance, con un comienzo totalmente respetuoso

A vuestros ojos se ofrece
este libro por quedar
ilustrado a tanto sol,
digno de tanta Deidad.

que pasa por la seguridad del amor correspondido y termina con un final cargado del doble sentido humorístico, propio de la escritora

Y si por naturaleza
quanto oculta penetráis
todo lo que es conocer
ya no será adivinar.

A la dedicatoria le sigue un prólogo, en donde avisa al lector de que eleva sus pensamientos al cielo pues «Piedoso absuelve sus indignidades».

Hasta cuatro preámbulos, escritos por religiosas de diferentes monasterios y por la propia condesa de Paredes, ensalzan la labor de nuestra poeta.

El primero, en forma de endechas reales compara a la Décima Musa con las flores que «mejoran de Estación las primaveras»; de hecho, las metáforas naturales abundan, «amaneciendo solo en tus estrellas». El preámbulo finaliza, como era usual, al dar fe de la autenticidad y valor de lo escrito «Tan hijo de tu musa / este libro se ostenta».

La respuesta satisfecha de la Condesa de Paredes queda expuesta en forma de romance

A ti misma te excediste
pues este Libro, que veo,
casi que sería malo
si aun no fuera mas que bueno

El tercer preámbulo, a cargo de Sor Françisca Xavier, en forma de romance de arte mayor, recuerda el «sentido encubierto» de los enigmas, y con juegos de palabras coloca a nuestra musa por encima de Apolo «tan sabia te riges que de embidia Apolo / si no rompe la lira, la depone» e insta a España a leerlo para que dé testimonio de la amistad con México «que son más perdurables las memorias / gravadas en los pechos, que en los bronces».

El último preámbulo, también en endechas endecasílabas o reales, escrito por una religiosa del monasterio de Santa Ana, proclama a Sor Juana Inés como vencedora absoluta «A quien el alto Apolo / la frente coronó» y causante de que México haya elevado su categoría literaria «Por ti la nueva India […] ser noble Cuna de otra Luz mejor».

Le siguen al libro, como era usual, dos censuras y tres licencias, también escritas por monjas en las que los recomiendan encarecidamente como válidos para pasar el tiempo pues son «Inigmas considerados e expostos com igual decoro que engenho», enigmas «dignos de que na Casa do Prazer, espera de mais lúzidos Astros, se Leam e se interpreten», enigmas perfectamente legales «que não tem nenhum defeito / pois da Caza do Respeito / passa à Caza do Prazer», enigmas, por fin, adecuados a la sociedad «pois ter altos pensamentos / não hé contra o bom costume».

Una vez leídas todas las alabanzas previas, escritas por mujeres, no por hombres importantes como era costumbre, podemos introducirnos con gusto en los veinte enigmas, de los que es obligado resaltar las numerosas antítesis que sugieren cierto engaño de los sentidos y afianzan la fragilidad del afecto, lo esquivo de la esperanza, «el callarLa, cobardía, / dezirLa, desatención?».

Estos acertijos tienen todos la misma respuesta, la pasión amorosa, los celos, el amor, la contención sexual, la imagen de Cupido, la conquista amorosa, el poder humillante de la idolatría en el amor, el llanto, el beso, el impulso sexual, el flechazo amoroso, las lisonjas del cortejo, las relaciones sexuales o la imagen de Venus en todo su esplendor. Es decir, la respuesta está implícita en las experiencias amorosas, en lo que supuso el amor para Juana y Lysi.

La estrofa elegida, la redondilla, es perfecta para expresar este sentimiento sin aristas, circular, rotundo

¿Quál es aquella homicida
que piedosamente ingrata
siempre en quanto vive mata
y muere quando da vida?

El empleo del oxímoron refuerza el caos que provoca en nuestra mente el afecto «el mejor mal». Las alusiones mitológicas y a la literatura grecolatina ennoblecen esta poesía aportando a la redondilla categoría de Arte Mayor

¿Quál es la Sirena atroz
que en dulces ecos veloces

Las paradojas aseguran la contención que toda libertad sexual conlleva «se haze a sí mismo dichoso / y a sí mismo desdichado?»

Las rimas internas se consolidan con las paranomasias, por lo que el contraste antitético se convierte en un paralelismo, reflejo del gozo experimentado “atrevido-proferido” “osado-callado”.

Finalmente, el uso del hipérbaton no es sólo un cultismo sintáctico que pretende recrear una construcción latina, sino que adquiere una finalidad enfática al unirse a la lítote, para remarcar acciones propias del flechazo amoroso «es su remedio cegar, / siendo su achaque el no ver».

Pues si en el siglo XVII, una mujer lo dijo tan claro, sin tapujos, hoy, en el XXI no sólo las mujeres, todos los hombres también deberían leer estas reivindicaciones para que no suceda, aún, lo que la propia Sor Juana Inés de la Cruz advirtió en su poema Hombres necios que acusáis:

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis

sábado, 26 de enero de 2019

GRANDES PREGUNTAS



Me gusta Eduardo Mendoza, soy una apasionada de su novela, del humor absurdo que emana de sus páginas y que no es sino una estrategia perfecta para criticar, sin insultos, con inteligencia, con el savoir-faire que también lo caracterizan como persona, determinadas costumbres sociales, la acción política ineficaz que no lleva más que al enfrentamiento del pueblo por las ansias de poder de los gobernantes, para censurar los prejuicios que consiguen hacer del ser humano alguien superficial.

Por eso, al ver que Seix Barral había sacado una trilogía teatral de nuestro Premio Cervantes, me apresuré a comprarla; he de confesar que desconocía su labor como dramaturgo. Me llevé una sorpresa al leer en el prólogo que la infancia de Mendoza estaba unida al teatro. No entiendo cómo ha escrito solamente tres obras, Restauración, Gloria y Grandes preguntas. En las tres se nota el sello del autor, pero hoy sólo voy a comentar Grandes preguntas porque es la que más me ha gustado. Es donde he podido distinguir sin dificultad al Eduardo Mendoza novelista, escritor, portador de uno de los estilos que confieso más difíciles sin caer en la tontería, el absurdo, subgénero en el que parece desenvolverse como pez en el agua y que me atrae especialmente porque me obliga a pensar.

Y, aunque es cierto que la mayoría de ocasiones el absurdo pretende reflejar lo disparatado de la vida humana, también lo es que Mendoza evidencia además el sinsentido social, quedando sus obras como crítica hacia esa sociedad (que es la nuestra).

Creo que Grandes preguntas, obra teatral en la que paradójicamente se hacen constantemente preguntas nimias,

Tobías.- … ¿Deportes?
Daniel.-  ¿Deportes… qué?
Tobías.- ¿Le gustan los deportes?
Daniel.-  Como a todo el mundo
Tobías.- La respuesta no es válida

es un referente del absurdo de Ionesco o Beckett; algo que no pasará de moda, universal, porque revela la obsesión por hallar la verdad absoluta que, por supuesto, no se encuentra en este mundo en el que estamos solos, como el anacoreta Tobías

No lo sé. Yo de las cosas del mundo no me ocupo. Ni siquiera cuando estaba vivo… A los doce años me fui al desierto, a vivir en una cueva.

el boxeador Marcial, el recientemente fallecido Daniel, su secretaria, a la que obligó bajo amenaza a ocultar un fraude que cometió «como todo el mundo», o sus mujeres pagadas, mujeres de una noche por las que no sintió ningún aprecio, simplemente las usó cuando tuvo necesidad y las dejó como quien deja algo gastado que ya no le vale.

Grandes preguntas es una mezcla entre interrogatorio policial y confesión religiosa (supuestamente el fallecido llega al cielo y supuestamente el guardián le pregunta por sus actos, para juzgar si puede entrar. Nada más lejos de la realidad)

Yo indiscreciones no quiero oír. Si usted ha hecho estas cosas y se las quiere contar a alguien búsquese a otro. Yo no estoy aquí para oír fanfarronadas ¿Quién se ha creído que soy?

El careo se convierte en un espejo acusador de los valores impuestos por una sociedad que los considera trascendentes, sexo, comida, deportes… hasta que el propio interesado se da cuenta de lo que es importante y, lo que es peor, ya no puede remediarlo.

En las repeticiones están condensadas las acusaciones, en la falta de sentido de las preguntas se esconde la falta de sentido de la existencia, propicia para cuestionar a la sociedad y al ser humano

Daniel.-  ¿Que me guste la tortilla de patatas?
Tobías.-
Daniel.-  No me parece ni bien ni mal. Es una cosa natural
Tobías.- Un huevo es una cosa natural. Una tortilla es un atentado contra la naturaleza tal y como Dios la creó.

La falta de secuenciación dramática, el no seguir una estructura coherente, consigue crear una atmósfera onírica en la que la realidad se desdibuja en el sueño, en la enajenación

Y cuando llegó al valle se encontró que su pueblo había hecho un becerro de oro […] Entonces Moisés lanzó las piedras contra una roca y las hizo añicos. Y a partir de aquel momento ya no hubo más ley…, sólo reglamentos y jurisprudencia.

La entrada de Marcial y su monólogo, sin venir a cuento en la conversación entre Tobías y Martín, es demoledora, de una tragedia espantosa, de cómo podemos llegar a aprovecharnos del débil, sin importarnos las consecuencias que deba sufrir, sin afectarnos su muerte y, lo que es peor, sin que todo esto permanezca bajo el amparo de la justicia y pueda quedar, cualquier maltratador físico o moral, cualquier asesino sin una sentencia honesta.

Y te vas a reír, pero no noté nada […] sentí como dos…, como dos, no sé, como dos carbones en los ojos. Y Luego ya nada […] Si te hubiera visto, habría podido, quizá habría podido… Pero miré y no estabas, bicho. ¿Adónde fuiste?

Esta denuncia aparece en Grandes preguntas, no sólo en el desorden estructural sino en los recuerdos que le vienen a Daniel sobre Missy «Si ella se había hecho ilusiones de alguna clase, yo no tengo la culpa» y a los que Tobías, ese supuesto juez, parece no conceder ninguna importancia. De ahí que nuestro fallecido, al darse cuenta de sus errores y la poca repercusión que van a tener en el veredicto, se lo echa en cara a Tobías, acusándolo de ser igual que él «Somos la misma cara de la misma moneda. Y encima la moneda es falsa».

Daniel, símbolo del hombre, se encuentra perdido en un mundo sin sentido. ¿Está realmente en el cielo? ¿es el infierno? ¿es un sueño? Al no tener nada claro, al sentirse parte de una arbitrariedad total es cuando asaltan, tanto al personaje como al espectador, la conciencia de estar solo, la certeza de la incomunicación, la convicción de que nada es importante, de que el paso del tiempo es inflexible, implacable, circular, consiguiendo que todos los desastres vuelvan a cometerse. La existencia no entiende de lógica por eso el espacio de representación está vacío, sólo ocupado por personajes que se sienten fuera de contexto representando escenas incoherentes, contrarias a la razón.

En Grandes preguntas se cuestiona la necesidad de la espera puesto que Daniel, desde el primer momento está expectante por saber qué se va a decidir hacer con él, y tras el interrogatorio se da cuenta de que nadie decide nada, que todo le ha servido para reflexionar, para que reflexionemos, sobre sus hechos y los de quienes lo rodean, pero va a continuar solo aun en la falsa esperanza de una vida eterna tras ser absuelto «No hay ningún veredicto».

No hay vida eterna, no puede haberla desde el momento en que la vida terrenal es irracional, por lo tanto si la existencia no tiene lógica, es inexplicable que intentemos buscar fundamento en una vida imaginaria.

Tobías.- Estamos llegando al final. La luz se apaga y la vida es como un sueño olvidado al despertar. Ya se irá acostumbrando. A todos les cuesta. Pero poco a poco se van haciendo a la idea.

Grandes preguntas pertenece a ese teatro intelectual que exige un análisis profundo, al que llamamos absurdo. El público está presente desde el principio experimentando cierta identificación al reflexionar sobre las respuestas de Daniel.

Si los diálogos dejan que los personajes se den a conocer como emblemas de determinados grupos sociales, los gestos y movimientos ayudan a reforzar la riqueza lingüística, riqueza que, no podía ser de otra manera en el absurdo y en particular en Mendoza, adolece de todo tipo de humor: al plasmar lo relativo del paso del tiempo «(Sale una luna muy grande da una vuelta por el horizonte y vuelve a desaparecer) ¿Lo ve? Aquí el tiempo pasa volando.»

Humor al exponer la importancia absoluta que otorgamos a ciertos aspectos y que en realidad es relativa

Tobías.- La religión se ha de practicar con moderación, a diferencia del sexo.
Daniel.-  ¿El sexo no se ha de practicar con moderación?
Tobías.- No lo sé. Es lo que dice el prospecto…

Humor irónico al referirse a aquéllos que creen saberlo todo

Tobías.- ¿Usted en la vida era un sabio?
Daniel.-  ¿A qué se refiere?
Tobías.- Es tonto, obstinado y grandilocuente…

Humor en el significado denotativo de las palabras

Tobías.- Trascendente, según la escolástica, es lo que queda fuera de toda experiencia posible, es decir, más allá del espacio y del tiempo. Si lo decía en ese sentido…
Daniel.-  No. Sólo quería decir una relación sin compromiso…

Humor crítico hacia los psiquiatras «…tendrá que ir al psiquiatra. Pero no sé cómo lo hará, porque aquí no los dejamos entrar.»

Y hasta cierto sarcasmo al referirse a las normas que deciden quién va al cielo o al infierno «¡Uf, hay tanto! La predestinación, la misericordia divina, un sorteo. ¿Qué diferencia hay?»

Puesto que estamos en una obra teatral, la comunicación no verbal es igual de importante para poner en marcha el espectáculo. Encontramos en Daniel gestos emblemáticos que acentúan su respeto ante el interlocutor, supuestamente superior, hasta que se da cuenta de que son «dos caras de la misma moneda» por lo que cambia además el tono sumiso anterior por otro testimonial con la finalidad de que todos nos identifiquemos.

Asimismo, el tono de Tobías varía a lo largo de la obra, desde el interrogatorio para dar la impresión de que sólo quiere informarse, hasta el coercitivo para imponer su voluntad, quiere que Daniel llegue a donde a él le interesa, pasando por el irónico para ridiculizar determinadas apreciaciones sociales no del todo correctas:

Tobías.- Bah, el amor, el amor… ¿Qué pinta en todo esto el amor? San Francisco amaba a los animales y no bailaba con ellos. Y que yo sepa no hizo ningún intento de reproducirse…
[…]
Tobías.- ¿No se peleaban nunca?
Daniel.-  Con mi padre, alguna vez.
Tobías.- ¿A puñetazos?
Daniel.-  ¡No! Por cosas sin importancia. La diferencia generacional, ya sabe.
Tobías.- Por supuesto. Mi padre compraba y vendía […] Desde pequeño yo quería ser anacoreta. Tuvimos unas palabras ¿sabe? Y puñetazos… Por eso se lo preguntaba.

Tobías, realiza al comienzo de la obra un gesto ilustrador al cambiar su actitud y dar credibilidad a lo que va a suceder «(Tobías lo ve, deja de cantar y adopta una expresión seria)». Gesto que irá transformándose en aburrido, según se desarrolla el diálogo.

Los gestos reguladores favorecen la función fática, de contacto entre los personajes, aunque a veces, por medio de las acotaciones, entendamos que esa interacción se rompe. Estamos condenados a no entendernos

Daniel.-  Como le acabo de decir. Yo había ido a tomar una copa…
              (Interrumpiendo a Tobías, que se dispone a hacer una pregunta) ¡No recuerdo cual!

El personaje de Marcial es quien probablemente realice más gestos adaptadores, que incrementan su tensión con determinados tics y pretenden controlar su estado emocional.

Y él: Te vas a reír, me dice, te vas a reír […] Y yo: ¿qué estás diciendo?, ¿te has vuelto loco o… loco o qué? Y él […]
(Pausa)
Y entonces voy y le digo: está bien, te vas a reír, acepto, pero sólo por esta vez y porque es de beneficencia

Lo que apenas encontramos son gestos emocionales. Los sentimientos no tienen cabida en una sociedad despiadada, irracional.

Tobías.- Nadie ha dicho que esto fuera un juicio. Esto no es más que un test. Vuelva a sentarse.

Por eso, las grandes preguntas son aquellas que se refieren a todo lo que hacemos y a lo que no concedemos importancia, bien porque es la costumbre, bien porque lo encontramos intrascendente y, al final, dejándonos llevar por “lo políticamente correcto” estamos creando una sociedad absurda, desnaturalizada, deshumanizada.

jueves, 24 de enero de 2019

UN INVITADO INESPERADO



¿Por qué tienen tanto éxito algunas obras de arte, pretendidas copias de otras que ya lo habían alcanzado? ¿Es que el lector o el espectador no ha visto las originales? Puede ser. O puede que tengan éxito porque realmente lo merezcan y quien no lo entiende es que en realidad no ha interpretado bien la obra en cuestión.

Algo así me ha ocurrido al leer esta novela. No he entendido su éxito abrumador. Cuando Petrarca se dio cuenta de que no podría superar a Virgilio en su estilo, dejó de escribir en latín y comenzó a hacerlo en una mezcla de dialectos italianos hasta llevar esta lengua vulgar a la altura de la entonces considerada como literaria.

Es muy difícil superar al maestro, aunque en ocasiones se haga, y estemos entonces ante otro genio, pero Agatha Christie fue, en la primera mitad del siglo XX, la reina indiscutible del Whodunit, estilo cuyo significado es aproximadamente “¿Quién lo ha hecho?” y en el que la trama se presenta como un rompecabezas que aporta pistas e hipótesis para que el lector intente deducir la identidad del autor del delito, mientras que éste se revela justo al final. Una de las características de este tipo de novelas es que el lector debe disponer de los mismos indicios que el investigador para estar en igualdad de condiciones a la hora de poder resolver el crimen.

Pues este subgénero policial fue llevado a cabo por Christie, con tanto acierto que no sólo se venden aún sus novelas sino que algunas de ellas fueron llevadas al cine, al teatro y a la televisión y, más tarde, juegos de mesa se basaron en esa técnica para pasar ratos agradables entre amigos. Al leer Un invitado inesperado he tenido la impresión de estar ante una copia de la maestra, pero en ella no hay intriga, no hay rompecabezas, el enredo da paso a una perfecta linealidad, al menos para el lector. La expectación se queda exclusivamente entre los personajes. Ahora intentaremos analizar por qué.

La estructura es, realmente, propia de la novela de principios del XX en general (y teniendo en cuenta el avance que han experimentado el género policial, el de misterio o la novela negra, ya es un punto en contra pues no aporta sorpresas), y de Agatha Christie en particular, es decir, hay una presentación de todos los personajes, que por razones naturales se ven encerrados en un hotel de montaña, totalmente apartados de la civilización y sin personal para poder servirlos excepto el dueño y su hijo, ya que los trabajadores, debido a la tormenta, no han podido llegar.

Pronto aparece el primer cadáver y así, aislados sin luz eléctrica, deben apañárselas para investigar las causas de la muerte.

Hay un personaje, podríamos llamarlo el principal, que toma de inmediato las riendas; dotado de un instinto en parte innato, en parte debido a su profesión de abogado, interroga a los demás, aunque otro personaje descubrirá en él al posible asesino de su mujer, algo que, aunque lo niegue con absoluta vehemencia pues quedó absuelto por falta de pruebas, lo dejará como principal sospechoso ante los huéspedes; no así ante el lector, no puede haber un asesino tan evidente; además de esta diferencia con las novelas de la reina del suspense, el investigador es bastante normal, no despierta en el lector la ternura de Miss Marple ni el rechazo por la vanidad excesiva de Hércules Poirot. Nuestro David no tiene marca específica alguna en su personalidad.

Por último, en el Whodunit alguien comete, de forma casual, un pequeño error para que tanto el lector, como el detective puedan reconstruir el caso.

Nada más lejos de lo ocurrido en Un invitado inesperado; de hecho el lector que intente estar ante un juego, mediante el que poder descubrir al culpable según el modo de vida que ha llevado antes, se quedará decepcionado, pues las fobias ajenas o implícitas a la personalidad de los protagonistas, de donde podríamos entrever a los posibles candidatos, no se insinúan para que trabaje nuestra mente. No las de todos. Sabemos del gusto por el dinero o las drogas de Bradley y la preocupación de su padre James. Conocemos de dónde procede el desequilibrio de Riley, el porqué de la inseguridad de Gwen, el suceso horrible en el que se vio envuelto David Paley, la bondad y despreocupación de Ian, la decisión de Lauren, la angustia de Beverly y el odio de su marido Henry, la superficialidad de Candice. Características que son descubiertas porque nada más reunirse se hacen preguntas, dialogan en soledad o nos informa el narrador omnisciente.

Si en la novela policíaca se forma un rompecabezas con pistas, falsas o verdaderas, aquí se echan en falta pues el narrador selecciona perfectamente a unos personajes y deja a otros sumidos en un desconocimiento casi total ante el lector.

La incertidumbre con la que empieza la novela, al igualar civilización con protección, montaña y bosque a peligro «algo acechante», y huir, sin embargo hacia él «Un pequeño hotel de lujo en medio de las montañas, buena comida, sin internet, naturaleza impoluta», se desvanece; como también lo hacen los símbolos de falsa inocencia con que son presentados algunos personajes como David, a quien Shari Lapena le concede especial importancia con el color blanco «bajo la nieve […] bajo toda esa nieve […] nieve blanca, limpia y esponjosa […] la nieve cae suavemente sobre su pelo […] amable e inocente».

El estrés sugerido al comienzo se disipa. De hecho apenas hay tensión hasta que no salen del encierro y se encuentran con la trampa mortal de la tormenta exterior, esto ocurre en la página 260 aproximadamente, lo que nos lleva a pensar que a partir de ahí empieza el juego «Nadie responde […] Cree oír un sonido como de algo que cae con fuerza pero no sabe de dónde procede […] Solos en el vestíbulo, Henry y su mujer están sentados […] hay algo en ella que le repugna […] coge el atizador con fuerza». Pero no, la narración es bastante lineal, escrita a modo de horario desde el viernes a las 16:45 horas hasta el domingo a las 17:30. En orden se van sucediendo tres crímenes y una desaparición con un único punto de vista, el del narrador, y de forma algo repetitiva pues lo que piensa un personaje más tarde se lo dice a otro en particular o al resto en general. Así llega un momento que podríamos denominar como turno de confesiones, aunque algunas tengan poco sentido para los casos por resolver ya que no se dan suficientes detalles «Hay algo en la forma en que Ian cuenta la historia de su hermano que no le cuadra»; otras veces la confesión no parte del propio afectado sino que es el narrador quien la revela al lector, dejando a los personajes en inferioridad de condiciones

—Me temo que yo tampoco tengo ningún secreto oscuro —dice Lauren en voz baja.
Eso no es verdad del todo. Ha sobrevivido a una familia disfuncional y a una época desagradable y corta en una casa de acogida. Pero ha sobrevivido.

Y en ocasiones algún personaje insta a otro para que diga algo que el lector ya sabía y que es completamente improductivo para la resolución

Entonces, inesperadamente Riley mira a Gwen y le pregunta:
—Si de verdad ha llegado el momento de las confesiones ¿por qué no les cuentas a todos tu gran secreto oscuro?

De hecho, entre tanta pregunta ineficaz son incapaces de detectar quién es el asesino, aunque luego el abogado interrogador afirme haberlo sospechado; debe venir la policía para detectar una prueba que llevará a descubrir al culpable, alguien en quien el lector es incapaz de pensar porque no sabemos nada de la persona ni de la pista hasta que el narrador lo cuenta todo al final.

Aquí es justo aclarar que el final es sorprendente y mantiene la inseguridad de si podrán acusar al culpable o no, pero esto no constituye una novela de intriga sino un cuento de misterio, un cuento fabuloso, es cierto, aunque perteneciente a otro género literario.

De hecho los diálogos son algo insulsos, prescindibles, pues apenas aportan nada nuevo a los pensamientos antes descritos. Sólo con la narración es suficiente, de ahí que crea que podría estar encuadrada en el cuento,

—¿Eres tú David?
Es Gwen y, a pesar de la decisión que antes ha tomado, el corazón le da un brinco.
—Sí.
Se gira para mirarla de pie en la puerta y ve que está sola.
—Me he acordado de que has dicho que ibas a venir a la biblioteca.
Qué guapa está, piensa él a la vez que se levanta del sillón.
—Es perfecta —dice ella mirando a su alrededor.
—Sí, ¿verdad? —asiente él…

o bien son meramente informativos de la situación

—El chef ha conseguido llegar? —Pregunta Ian— Porque me muero de hambre.
Bradley levanta una ceja.
—No se preocupe. El chef es mi padre. Es un hotel familiar. Vivimos aquí…

Tampoco me he sentido identificada con los personajes femeninos. Es lógico que Gwen tenga miedo de ayudar a una chica mientras está siendo violada por tres hombres, pero no lo es tanto que luego no quiera ayudarla en la denuncia. Es de una cobardía excesiva.

El personaje de Riley es demasiado hiperbólico, al menos la situación en la que aparece pues si está aún tan afectada por el trauma vivido en la guerra no es razonable que quiera salir de fin de semana. Lauren, demasiado fisgona. Dana, demasiado narcisista. Candice demasiado sufridora y Beverly, demasiado machista. Son personajes demasiado tópicos. Estamos en el siglo XXI y, al menos a mí me resulta increíble que una mujer a la que su marido le dice que no la quiere, que quiere el divorcio, que tiene una amante, piense que «No va a divorciarse de él. Seguramente, esto no sea más que un capricho temporal, una canita al aire fruto de la crisis de la mediana edad…» y no sólo lo piense sino que se lo diga: «No va a durar mucho. Te cansarás de ella. Ella se cansará de ti […] Te vas a arrepentir. Estoy segura […] Henry, no destruyas lo que tenemos. Olvídala». Y yo me pregunto ¿qué tienen? pero claro, yo no he escrito la novela ni he llevado la situación hasta un límite desquiciado para luego darle un “cierto” sentido al final.

Pues eso, que he visto una forma de pensar anticuada en la mujer de Un invitado inesperado, típica de una sociedad machista, más propia del siglo XIX, como el entorno cerrado y misterioso de estilo victoriano, propicio para el crimen y el terror, que Shari Lapena elige para su novela. De hecho las descripciones son bastante realistas, minuciosas, no dejan nada de libertad para la imaginación del lector que se encuentra, al leerlas, delante de una pantalla «La escalera le recuerda a Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó […] A continuación, ve la gran chimenea de piedra del lado izquierdo del vestíbulo. A su alrededor se han colocado varios sofás y sillones que parecen cómodos para descansar, algunos de terciopelo azul marino, otros de piel color chocolate intenso, acompañados de mesitas con lámparas…».

Creo que para tener verdadero efecto terrorífico se debería haber dado más importancia a los personajes y menos al narrador, así como haber intercalado momentos de dramatismo con otros de alta tensión y, por supuesto otros de humor (que no lo hay aunque sea adecuado para relajar algunas escenas). Pero, claro, esa es mi opinión.