A veces, la gente pasa por situaciones
que la ponen a prueba. Un examen que hay que aprobar a toda costa porque se ha
estudiado mucho pero la pregunta no se sabe… ¿Podríamos inventar una respuesta
con los conocimientos que tenemos? Un ser querido que muere y no estamos
preparados… Relaciones basadas en mentiras porque no queremos “defraudar”.
Situaciones que fomentan la arrogancia, nuestro lado más prepotente, en un
arrebato de falso orgullo que tiene más que ver con la soberbia del
engreimiento y su desvanecimiento al ver a otros que la utilizan igual.
A veces, la gente imagina realidades
paralelas anhelando una vida menos rutinaria, menos previsible. ¿Qué pasaría si
viviéramos un sueño y quisiéramos salir de él al darnos cuenta de que es real?
Un futuro marido debe enfrentarse a su prometida y suegra en el peor momento…
A veces, la gente estropea una y otra
vez las oportunidades que le brinda la vida para terminar viviendo algo que no
entraba en las expectativas. Porque somos así: absurdos e inseguros.
Esto es lo que ocurre en La
gente a veces; relatos en los que podemos vernos reflejados en algún
momento; si no en el todo, seguro que en parte. Son situaciones que se pueden
presentar en la vida, situaciones corrientes pero que, por inseguridad o pedantería
las resolvemos de forma penosa. Lorenzo
Antúnez lleva el querer ligar, el planificar una familia, el no asumir
responsabilidades en el matrimonio, el no desear hijos, el no querer hermanos…,
al límite; de hecho, el impersonal “gente” se transforma en este libro en
personas a las que conocemos, somos nosotros; los que habitamos una sociedad
cada vez menos natural y más desquiciada. El autor emplea a veces el humor, a
veces la armonía, el diálogo o la reflexión contenidos hasta que aparece el
golpe decisivo, irónico, implacable, ese que nos advierte de lo que somos, en
lo que nos hemos convertido.
Los personajes van transformando, con
acciones, su forma de ser y los lectores nos vemos plasmados en alguna de esas
actividades por lo que la lectura es un ejercicio para comprender la identidad
del ser humano, que pasa a ser nuestra propia identidad gracias a la técnica
que utiliza Antúnez: dirigirse a un lector-protagonista del hecho, «Por supuesto que adornaba un poco su
currículum. No basta con un buen físico. Hay que proyectar la imagen de un
hombre triunfador. El que no lo haya hecho alguna vez que se marche de la sala
inmediatamente».
El lector deja de ser un mero
observador para convertirse en el impulsor de la actuación del protagonista. Es
una complicidad irónica porque nos refleja en el típico fanfarrón. Al mismo
tiempo ofrece la posibilidad de que cada uno personalice el hecho narrado. De
una u otra forma somos parte de estos relatos. En Crucero todo incluido lleva al extremo el machismo; la
narración expresa una distancia deliberada entre lo que cuenta y lo que sucede
sin revelar contradicciones. El narrador se convierte en alguien poco fiable y
deja al lector para que sea quien interprete correctamente lo que ocurre.
Sabemos, por el sarcasmo, que el autor no participa de los hechos, «Siete noches daban para mucho, que seis
eran más que suficientes para cazar una cervatilla». Los términos
peyorativos para referirse a la mujer pasan por la animalización, el abandono
corporal «Las mujeres, como locas por volver
morenas, se desparramaron por las piscinas» y la cosificación «Todas comiendo de tu mano. Que quieres una
rubia con las tetas operadas, hecho. Que quieres una con curvas, hecho». En
la realidad las mujeres van abandonando a este tipo de hombres, por eso solo quedan
en ese crucero Wallys, hombres que no se cansan de jactarse, con hipérboles absurdas
que solo las creen ellos y exponen el mundo vacío en el que viven «Mi nombre es Wally, lo ha hecho usted
fenomenal […] Wally con pectorales. Wally montañero. Wally pintor vanguardista,
Wally sin colesterol. Ningún diabético alrededor de Wally […] salvo Wally.
Todos estaban borrachos de felicidad. Hasta el capitán Wally…»
En ocasiones, la ironía aparece en el
contraste de expectativas entre los personajes y remarca los verdaderos
sentimientos. Es lo que le ocurre a Tom cuando Vivienne lo abandona para
siempre «Resultaba evidente que Vivienne
seguía queriéndole. Tom no estaba enamorado desde hacía mucho».
El tipo de ironía que predomina en La gente a veces es la situacional;
Antúnez hace que el destino se burle de los esfuerzos de sus personajes,
incluso en el caso de los niños, a los que castiga terriblemente. Es una
llamada de atención, no debemos descuidar a los más débiles «Que aquella vela cumpliera su deseo tal
cual era, sin matices, sin metáfora». Y si hay alguien débil es el
drogadicto. Para él, el cuento más duro del libro: Plan nacional sobre Drogas, un relato en poesía que
rompe las convenciones. Son versos sin rima, libres, de medida irregular, desde
bisílabos hasta alejandrinos. El ritmo se rompe constantemente al mezclar
versos de arte mayor y menor. La mezcla de personas primera, segunda y tercera
consigue separar los sentimientos del protagonista con los diálogos que
mantiene, incluso consigo mismo «Estoy
así de loco / Ya verás / ya verás, Petri / hija de puta».
En realidad, la primera y segunda
personas aluden a sí mismo y con la tercera nos introduce a todos
Esto es lo que diría cualquiera
un poco borracho
un poco drogado
Los versos paralelísticos anafóricos
inciden e igualan la importancia de ese poco.
Los tetrasílabos y pentasílabos aportan el ritmo rápido, frenético, de una vida
paralizada por tres circunstancias: droga – falta de amor – falta de trabajo.
Los versos paralelos con epanadiplosis marcan la fuerza e importancia de esas
circunstancias
Es la coca, que te atonta
Es la Patri, que te atonta
Es el paro, que te atonta
El uso de la derivación y la
anadiplosis aumenta la premonición de la comparación «Temeroso / temerario / Se ha bajado del coche / un coche negro y
brillante como un ataúd».
El cambio de pronombres y el del modo
verbal marca el contraste de circunstancias:
Las tuyas: tu ex, el paro, la droga
Las suyas: Su mujer, el curro, el
aburrimiento
Y muestra el mundo subjetivo del
protagonista.
Todo es ambiguo, de ahí que por
momentos no aparezcan comas. Todo es un continuo para él; su vacío es constante,
como el tema que unifica el poema: la ineficacia del Plan nacional sobre drogas
por el egoísmo humano, por la prepotencia de los que no han caído. El giro
argumental que marca la ironía situacional rompe las expectativas del
protagonista y las nuestras, justo cuando lo conocemos: «no cae en quién es ese Charli», y genera un desenlace opuesto a la
lógica; invalida lo previsible e invita a la reflexión sobre quiénes somos y
qué tragedias podemos generar.
Diferentes estilos en los catorce relatos pero en todos la escritura se relaciona con la vida y Lorenzo Antúnez la usa para denunciar a un ser humano cuestionable.



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