sábado, 30 de septiembre de 2023

ZONA MUERTA

 

Hay veces en las que al comienzo de la lectura de un libro da la impresión de que se avecina una larga cadena de muertes horribles.

Otras, empiezas a leer y disfrutas con la inteligencia de su protagonista y cómo consigue, legalmente, ganar un juicio; pero sabes que algo tiene que torcerse porque en eso que estás leyendo ves un final de novela antes que un principio.

Al empezar Zona muerta me vi envuelta en las dos situaciones, me equivoqué con la primera impresión, pero no con la segunda.

Si Tilly Bradshaw es fundamental en la resolución de los casos del sargento Abraham Poe, en este, actuando en la sombra, es la auténtica protagonista; da la impresión de que M. W. Craven escribió la novela pensando en ella.

En la entrega anterior, El procurador, a nuestro protagonista le dieron el ultimátum para abandonar su casa porque estaba en unos terrenos recalificados que no podían ser habitados, pues la cabaña que iba con ellos al comprarlos no debía ser ampliada ni modificada en nada que se pareciese al hogar confortable que Poe se había construido. Una vez en el juicio, nadie contaba con Tilly quien, a pesar de no ser abogada, dispone de una curiosa relación con la ley a la hora de acceder a las bases de datos: la ignora. Esto le permite llegar donde nadie más lo hace y relaciona sucesos y personas hasta dar con lo necesario. En el primer juicio, Poe se queda con su casa, pero algo dará la vuelta más adelante.

El juicio queda pendiente porque ambos deber acudir hasta un burdel en el que ha aparecido asesinado un héroe de la guerra de Afganistán, alguien que fue apresado, torturado y rescatado por los británicos cuando se encontraba a punto de morir. Sin poder dejar de culparse cuando el grupo liberador fue aniquilado poco después, Bierman abandona el país y se refugia en EE. UU. hasta que una cumbre de comercio internacional le hace volver.

En Zona muerta no hay un asesino en serie, tampoco vamos a ser testigos de más muertes violentas, pero ni a Poe ni a Tilly los pueden engañar a pesar de que esta vez hayan sido reclamados por el MI5 y las verdades les sean dichas a medias. Puede que el muerto no se llame en realidad Christopher Bierman, puede que no tuviera nada que ver con las prostitutas. O sí, pero Poe es consciente de los silencios del servicio de inteligencia del Reino Unido y no está dispuesto a que le oculten nada. A pesar de que quedan en que habrá transparencia absoluta, los miembros de la agencia contra el crimen deben reconstruir hechos y nombres una y otra vez, porque las pistas siempre llevan a un asesino falso.

En esta ocasión cuentan con la ayuda de Melody Lee, del FBI, que fue crucial para Poe en El procurador, y de Hanna Finch, del MI5 quien, aunque con altercados, finalmente también les asistirá; además Bradshaw relacionará el caso con otra muerte ocurrida tres años antes, «y ocurrieron en rincones opuestos del país, pero la conexión de la rata es curiosa».

A partir de aquí, para conectar estas dos muertes, tan diferentes en principio, deberán tener en cuenta conectores USB de cables especiales, software maligno que se transfiere a los portátiles, programas grabadores de tecleos… Problemas informáticos que Tilly deberá afrontar hasta que, después de sospechar de todos y cada uno de los que van conociendo, «quiero un análisis detallado de todas las personas involucradas en este asunto […] Mañana por la mañana iremos a hablar con la viuda de Danny North, la que creó la página de Justicia para Tango Dos-Cuatro en facebook».

Está claro que Craven conoce el funcionamiento del ejército; conoce el mundo de la informática y sabe hasta dónde puede llegar la maldad, la venganza humana. Por eso Zona muerta nos sumerge en un ambiente frío, de intrigas, ordenadores, tecnología y las consecuencias cuando todo cae en manos inadecuadas, en mentes que solo buscan ajustes de cuentas. En esta novela, el autor ha vuelto a desplegar un final absolutamente obsesivo, que, por supuesto, llevará a Poe a reconquistar su casa y a formar lazos con nuevas personas conforme va despejando incógnitas.

El lector lo entiende todo al final; no hace falta ser experto informático porque el asunto queda perfectamente aclarado.

Es curioso porque aunque en El show de las marionetas, Poe y Tilly formaban una pareja anómala, conforme hemos ido leyendo las siguientes entregas, se han ido complementando, Poe no es tan impetuoso y Tilly no es tan fría. Van alcanzando el estatus de pareja perfecta.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

LA GRAN SERPIENTE

Conocí a Pierre Lemaitre con Irene y quedé maravillada con la forma de contar de este autor francés y con la capacidad de su protagonista, el inspector Camile Verhoeven, para asumir su diferencia; esto hizo que, página a página me fuera encariñando con él, por lo que me costó tanto asumir su desgracia que juré que no volvería a leer nada de la saga de ese policía. Y tengo los libros.

Al final, tras muchos meses, o años, me he decidido por La gran serpiente, la primera novela negra escrita por Lemaitre (ajena a la saga Verhoeven) y la última en ser publicada en España.

Pues sí, este parisino ya apuntaba maneras desde el principio. La gran serpiente es una novela dura pero se lee con facilidad; entre otras cosas, la maestría del autor a la hora de contar ya aparece en su primera novela. Además, el humor consigue que el ritmo vaya creciendo hasta llegar a un trepidante final, que estamos deseando para ver si cumple nuestras expectativas.

Con esta entrega no hay que llevarse a engaño. El autor afirma en el prólogo que se despedía del noir con la primera novela que escribió y, después de leerla, no me parece que La gran serpiente sea novela negra. Es verdad que comienza con un crimen, pero no se resuelve; de hecho, la asesina, a la que conocemos desde el principio, continúa matando una y otra vez por razones diversas, la más importante es que sufre de cierta locura, que no es transitoria y que tampoco debe de estar relacionada con la demencia senil. Es una protagonista diferente. Esta podría ser una característica en la novela de Lemaitre, sus personajes no se adaptan a la norma: «Mathilde tiene diecinueve años, es preciosa. Nada que ver con el tonel mofletudo en el que se ha convertido», «Tiene cincuenta y cuatro años. No busquemos matices para describirlo: es un retaco».

Puede que la parte negra de La gran serpiente es la que permite al lector canalizar y dar rienda suelta a su lado más oscuro. El lector no puede poner en marcha su cerebro para analizar las pistas y encontrar al asesino, simplemente se deja llevar por su locura; en este sentido estamos a merced del autor y de la protagonista, Mathilde Perrin, una sexagenaria, heroína de la resistencia francesa, que lleva treinta años trabajando con éxito para el Servicio de Inteligencia. Ella debe limitarse a estar informada del objetivo que debe liquidar, pedir un arma en Suministros, llevar a cabo la misión y deshacerse del arma tirándola por alguno de los puentes del río. Sin embargo, no ha resultado ser tan disciplinada y, con la edad, además de incumplir alguna que otra norma, olvida detalles fundamentales para llevar a cabo la misión con éxito.

La viuda Perrin, madre de una hija a la que ve poco por considerarla imbécil, pasó de matar nazis a liquidar lo que sea, «su hija no es que se diga una lumbrera, o no se habría casado con semejante gilipollas. Y encima norteamericano. Pero sobre todo, gilipollas. Norteamericano, vaya». Estar a su lado es un peligro y sin embargo, nadie sospecha de una anciana entrada en carnes que respira con dificultad y va arreglada desde que se levanta hasta que se acuesta, porque tampoco ella tiene el don de la cordialidad, no se relaciona apenas excepto con Ludo, un dálmata tranquilo y obediente, o Coockie, un cachorro de cocker, con el que piensa pasar sus días de jubilación. Parece que hubo otros perros en su vida, pero nunca más de uno a la vez. «Es un dálmata de un año con una mirada estúpida pero cariñoso […] es un perro sociable, de los que se encariñan con su ama y ya no cambian de opinión, ni siquiera los días malos».

Hay otro personaje clave para la protagonista: Henri Latournelle, el comandante por el que Mathilde siente cariño, o admiración; el caso es que se llevan bien. Henri es quien la avisa de los trabajos que debe llevar a cabo y, por miedo a estropear su relación, ninguno da un paso para intimar. En realidad ambos se conocen, saben que son asesinos y saben que no pueden confiar en el otro.

La gran serpiente no es tampoco una novela policíaca; aquí no hay enigmas que resolver excepto para la policía, que no atina en el porqué de los crímenes mientras estos se le acumulan con los de las bandas del barrio, que no hacen sino alejarla de la verdadera asesina.

En realidad, la novela es la historia de Mathilde Perrin. Esa sí que es negra, oscura; es una historia espeluznante de una asesina sin piedad, resolutiva, sin ningún tipo de empatía con nadie hasta que su cabeza empieza a jugarle malas pasadas y tiene graves despistes que traerán unas consecuencias demoledoras.

La novela se lee con facilidad. Llama la atención la descripción acertada de los personajes aun sin decir mucho de ellos. La economía de lenguaje, no cabe duda, consigue que el argumento se nos presente atractivo en todo momento, «La señora Quentin parece una viuda de toda la vida más que una viuda reciente»

La trama está escrita en presente, algo que le aporta actualidad. Da igual que las analepsis de Mathilde, en sus recuerdos, la lleven al pasado lejano o inmediato; da igual que el narrador intente referirse a un futuro o al pasado, el lector lo lee en presente, todo se cuenta desde el momento en que están ocurriendo los hechos «En cuando vea a la chica, arrancará, se dirigirá hacia ella […] A partir de ese momento, las cosas van a ir muy deprisa…»; la narración se renueva en cada frase, todo nos lleva al ahora porque incluso, el narrador, que da la impresión de ser omnisciente, cambia de perspectiva según el personaje que actúa, de manera que para él es una intriga total todo lo que no se refiera a sus propios actos. Y los lectores así lo leemos, nos enteramos de ciertos hechos cuando es el turno de un personaje determinado; es como si un testigo distinto contase lo que ve en cada momento.

En La gran serpiente no vamos a encontrar esa línea difuminada entre buenos y malos que aporta a la novela negra cierta ambigüedad moral. Aquí está claro quiénes son los buenos, por eso respiramos cuando cierta justicia poética hace su aparición. Y aun sin haber podido poner a prueba nuestra capacidad deductiva, porque la que deduce en todo momento es Mathilde, unas veces con más acierto que otras, no cabe duda de que quedamos fascinados con el final. Un final que, intuimos, hará imposible que la policía pueda atar todos los cabos. Como en la realidad. «En este tipo de asuntos, más frecuentes de lo que se cree, a menudo hay que esperar mucho tiempo antes de descubrir, por casualidad, un indicio».

La novedad de La gran serpiente es que en esta novela, dura, de estilo incisivo, de humor irónico, cáustico, sarcástico, es Mathilde la absoluta protagonista, la mordaz, la inteligente, la desequilibrada, la criminal, la que investiga el misterio, la que persigue, la que envuelve sus conversaciones con un halo, inquietante para el lector, que los personajes no saben cómo asumir.

Esta novela ingeniosa, atípica, en la que no estamos seguros de qué va a ocurrir es, más que novela negra, una comedia negra. Una trama que apena más, porque ahonda sin piedad en la decadencia humana, en lo horroroso de una vida en la que, siempre pendientes de un hilo, vivimos ajenos al destino. Es una vida que no es ficticia, que pertenece a una realidad más surrealista de lo que pensamos los que dejamos el bienestar de nuestra existencia en manos de los encargados del orden, sin tener en cuenta que son humanos, como nosotros. «Por el momento, la pista más sólida es la de los hermanos Tan».

En fin, la prosa de Lemaitre ha conseguido que le dé otra oportunidad a Camile Verhoeven.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

ESPECIE

Creo que el maltrato se está convirtiendo en algo usual en la sociedad actual. El hombre ha creído estar por encima de cualquier otro género de seres vivos que pueble el planeta, por eso algunas especies se han extinguido, las hemos aniquilado; otras, no, gracias a que asociaciones para la defensa de los animales, y del planeta, han dado la voz de alarma. Focas, visones, ballenas… gozan hoy de protección aunque haya quien siga empeñado en obtener beneficios económicos o de otra índole, a costa de burlar las leyes.

No solo los animales, también sufrimos el maltrato a la mujer y al menor. Siempre a los más débiles. El más fuerte, el más alto, el de mayor envergadura, el de menor capacidad mental (curioso) es quien se permite abusar de quien no le obedece o, simplemente, de quien tiene a mano para descargar sobre él su ira. No hace mucho los habitantes de un pueblo de Zamora fueron noticia (algunos) por matar a perdigonazos a los gatos que se encontraban. Otra de las noticias que da escalofríos es que pandillas de adolescentes (cada vez con más frecuencia) agreden a niñas de su entorno, a sus propias compañeras de colegio.

Es aterrador. Por eso mientras leía Especie he sentido una impotencia tremenda.

Susana Martín Gijón se centra en la actualidad y repasa algunas de las muertes que, de forma natural, infligimos a los animales sin pensar en el dolor, en la angustia que pueden sufrir. O sí, pero se toman como un mal menor, como desastres colaterales para que la raza humana viva un poco mejor. Y no escatimamos a la hora de matarlos: con la fuerza, con ayuda tecnológica, química o incluso con la asistencia de otros animales adiestrados para un fin determinado.

Después de leer Especie creo que Martín Gijón lo tiene muy claro y aprovecha toda la crueldad que aparece en sus páginas para denunciar ciertas actividades que, aun hoy, están permitidas. Es un comportamiento sádico, cruel, hecho público por muchos e incluso comparado con verdaderos genocidios «Desde el premio Nobel Isaac Bashevis Singer, judío, por cierto, hasta Marguerite Yourcernar, o más recientemente, Franz-Olivier Giesbert o Charles Patterson, que publicó un libro titulado Eternal Treblinka: Nuestro trato a los animales y el Holocausto, en el que muestra el paralelismo entre la explotación y matanza de los animales en la actualidad y el Holocausto nazi».

Una de las consecuencias de este maltrato es que el límite entre hacerlo a un animal y a una persona no existe. Susana Martín Gijón lo sabe y lo demuestra en una trama que lleva de cabeza a todo el departamento de la Policía Judicial de Sevilla. Y como no podía ser de otra forma, la inspectora Camino Vargas se enfrenta a un sádico que no deja pistas pero se ha empeñado en acabar con quienes han dañado en algún momento a alguna especie animal. El problema es múltiple, ¿Por dónde buscar? ¿Qué empresas no utilizan a animales para su beneficio?

El equipo de Vargas se pone en marcha, no hay efectivos para cubrir toda Sevilla, así que se verán ayudados por Paco Arenas que, a pesar de encontrarse aún de baja, tras el coma que superó en Progenie, no puede dejar sola a Camino, su gran amor «Camino se ha acostumbrado a contarle las decisiones a Paco y dejar que le dé su opinión». Todos son sospechosos, los animalistas y los depredadores de animales. El giro que da la trama, muy al final de la novela, nos tendrá en vilo hasta terminar la lectura, cuando nos demos cuenta de que, en realidad, las matanzas dirigidas a cualquier especie solo traen dolor, rencor y locura.

Los personajes han cambiado, no solo el inspector Arenas aparece, también la comisaria Ángeles Mora se implica en el caso como otra más del equipo, para ayudar en el campo de acción, y la novata Eva Gallego que junto a su novio, un abogado animalista, tendrán un papel fundamental en el caso.

Por otro lado, Pascual Molina desvela su lado más humano que nos enternece del todo en su relación con Camino «Él la mira con cara de pasmo. Le parece inconcebible que la gran jefa del Grupo de Homicidios lleve el teléfono silenciado y solo lo revise cuando se acuerda. Pero se cuida muy bien de decirlo porque es la jefa y porque no le iba a hacer ni puñetero caso».

La forense Micaela Velasco continúa trabajando entre cadáveres a pesar de su estado de gestación «a todo el operativo allí trasladado le llegan con una claridad meridiana las arcadas de la forense. Ha vuelto a vomitar».

Y gracias a los veganos animalistas reflexionamos sobre expresiones cotidianas a las que no damos importancia pero que, curiosamente, denostan a mujeres, hombres y animales comparados: víbora (mujer mala), foca (mujer gorda), más puta que las gallinas (que son forzadas a criar para aumentar la producción), hacer de conejillo de indias, poner toda la carne en el asador, matar dos pájaros de un tiro

La autora, no desaprovecha la ocasión para recordarnos el papel que aún desempeñan algunos hombres en nuestra sociedad, para vergüenza de todos, «el hombre mira a Pascual, un policía grande y fornido, con bigote de los de antes. Ese sí le inspira confianza y no la rubia regordeta que no le llama ni de usted».

En fin, cualquier personaje es bueno para denunciar determinadas actuaciones, crueldad física, crueldad psicológica, machismo, corporativismo, incluso las prácticas sadomasoquistas le sirven a la autora para evidenciar situaciones que, aun siendo normales para unos, pueden desembocar en malentendidos.

Susana Martín Gijón no se anda por las ramas. La novela tiene 460 páginas y en ningún momento se hace pesada. Puede que los capítulos cortos ayuden. Puede que cuando el narrador deja paso a la voz de las víctimas (personas o animales) también fomente la lectura. Puede que ir uniendo los pasos que dan en la investigación a los sentimientos personales, también sea efectivo. Puede que, presentarnos un equipo humano, que comete errores, que disfruta de los momentos de ayuda entre ellos, que exterioriza la rabia hacia determinados actos de los compañeros, que antepone en alguna ocasión la vida personal a la laboral, llegue a conformar situaciones que dan pie a los lectores para reflexionar, para opinar, para enfadarnos o alegrarnos con ellos y por ellos.

Son personajes cercanos, tremendamente reales y eso contribuye a generar empatía en el lector, que en un momento determinado se ve superado por las circunstancias. Los cadáveres se multiplican y traspasan las fronteras.

Nos encontramos ante uno de los problemas de la globalización. El ritmo es frenético. En pocos días deben resolver el asunto porque hay muchas vidas en juego. El estilo es directo, las expresiones coloquiales de Camino contrastan con las más cultas y técnicas de los animalistas o los científicos. Todo tiene su lugar y su momento, el humor, la ironía, el sarcasmo y el dolor. La autora no tiene problemas con la escritura desafiante, directa, apoyándose en unos personajes diferentes por separado y que forman un grupo de trabajo excelente. El argumento es fabuloso, original y la trama, vibrante.

En ocasiones he estado tentada de saltarme alguna línea, por la dureza contenida, pero no lo he hecho porque es bueno saber dónde vivimos y hasta dónde podemos llegar; es bueno pensar si debemos cambiar algo nuestra forma de vivir. Estamos recibiendo muchas llamadas de atención: el cambio climático es, probablemente, la consecuencia de cómo se mueve el hombre en su entorno y con quienes tiene a su alrededor. Nos queda la certeza, tras leer Especie, de que las muertes de animales ya están pasando factura a todos los habitantes del planeta, incluidos los humanos.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

EL PROCURADOR

Cuando una pareja funciona bien en la literatura, la lectura de sus peripecias es agradable. Cuando a esa pareja se le añade un equipo, no hace falta que sea numeroso, en el que sus miembros se respetan, creen en ellos, en sus posibilidades y en las del otro y, lo más importante, además de ser buenos compañeros, son amigos, la lectura es amena. Cuando la novela en la que se mueven esos personajes tiene 420 páginas y estás en tensión porque no sabes cómo acabará todo hasta la última línea de la página 420, esa lectura ha sido trepidante.

Esto ocurre cuando abres El procurador. El comienzo es desasosegante, no entiendes bien qué ocurre pero es cruel, de un sadismo absoluto. Es solo una página. Después, la Navidad se instala para darnos un respiro; entonces leemos más relajados aunque tras cada capítulo esperamos que todo cambie para Washington Poe y su equipo, Matilda Bradshaw y Elizabeth Flynn.

M. W. Craven se ha superado. Si en El show de las marionetas, el hombre inmolación nos mantuvo en tensión, El procurador consigue que el estrés nos lleve al desasosiego, aunque en ningún momento podemos dejar la novela. El autor es un maestro del thriller. Ya tengo preparada Zona muerta porque, aun sufriendo, los lectores reconocemos un estilo impecable en el que la presión, a veces, se diluye en el humor; el argumento concebido desde la imaginación más siniestra se nos presenta con una trama espeluznante fruto de una mente perversa.

Cada vez estoy más convencida de que las peores acciones del ser humano son las que derivan de la envidia. El envidioso sufre una tortura psicológica constante por lo que perfectamente puede torturar a quien sea. Sin piedad.

En fin, es Navidad; el clima de Cumbria, un condado inglés fronterizo al norte con Escocia y al oeste con el mar de Irlanda, es en invierno especialmente frío, con temperaturas bajo cero, nieve, viento y lluvias que van a dificultar la solución de tres asesinatos, de los que solo ha aparecido un cuerpo. De los otros dos, dos dedos de cada víctima son la prueba, ya que uno fue cortado ante mortem y el otro, tras morir. En principio las víctimas no tenían nada en común, ni su trabajo, ni su vivienda las vinculaba, «Si lo de Teasdale era una caverna glorificada, esto era un hogar» pero Poe sabe que deben estar relacionadas; por eso no duda en trabajar con la forense Estelle Doyle: probablemente su sarcasmo sea lo único que sobrepasa a su inteligencia, «—Feliz Navidad, Poe […] Inspectora Flynn, me alegro de volver a verla. ¿En qué lío le ha metido esta vez la versión cumbriana de C. Auguste Dupin?». Tampoco Flynn, a pesar de su avanzado embarazo dejará a Poe solo en la investigación «—Me matan los pies y mis tobillos tienen el doble de su tamaño normal. ¿Podemos pasar directamente al momento en que ya hemos discutido y he ganado yo, pero Tilly hace lo que le da la gana igualmente?». Y, por supuesto, Tilly sigue a su lado, «—Matilda Bradshaw —contestó— Trabajo con el sargento Washington Poe y la inspectora Stephanie Flynn, de la Agencia Nacional del Crimen».

La comisaria Jo Nightingale es la encargada de reclutar a Poe y Flynn; Tilly va en el pack, sin ella nada tiene sentido, «Créame es imposible sobrevalorar la aportación de Tilly Bradshaw a la investigación».

Por si fuera poco, en esta ocasión Melody Lee, del FBI, es quien le aporta a Poe una pista fundamental que, en su propio departamento habían desechado por no encontrarle ninguna lógica. Pero Craven ha ideado a un sargento que trabaja bien con las mujeres y se fía de ellas. Son mujeres inteligentes capaces de ocupar cargos importantes; mujeres atractivas cuya forma de ser las hace únicas y cuyo conocimiento las vuelve irresistibles. Esto no cabe duda de que es un añadido para leer a Craven. Otro, por supuesto, es la incertidumbre constante. No se puede parar de leer porque la mente de Craven va por delante de la nuestra, pobres ilusos que creíamos poder resolver el caso; y el intelecto de nuestro escritor va más allá del que posea el asesino más retorcido y degradado. El autor razona como si su mayor pecado fuese la envidia, y con el razonamiento del envidioso es capaz de solucionar los diversos conflictos a los que deben enfrentarse aquellos personajes que han de luchar contra alguien depravado que los pervierte, a ellos y a otros, a través de la informática (cuánto daño está haciendo), mientras los protagonistas se valen de ella para salvar sus vidas (cuánto bien nos proporciona).

No quiero desvelar nada porque el lector va de sorpresa en sorpresa. A cada página surgen nuevos descubrimientos que desatan nuevas preguntas, y son muchas, ¿cómo cortaron los dedos que aparecen?, ¿dónde están los cadáveres?, ¿por qué los oculta el asesino?, ¿cómo entra en los lugares para dejar los miembros amputados sin dejar rastro de él? En fin, seguimos leyendo. Hemos de hacerlo, hasta el final. Entonces se abandona con pena la novela, casi queremos volver a empezar. Estamos pletóricos de la energía con que Craven impregna su prosa; no deja nada al azar, el humor, el ingenio y la tensión son constantes, las alusiones a novelas anteriores ofrecen una continuidad real a Poe «…él había convertido aquella ruinosa cabaña de pastor en un hogar que estaba convencido ya nunca abandonaría», la forma de actuar de Washington Poe, en la que su intuición lo lleva a descubrir en cualquier momento la verdad, tras haber sido engañado más de una vez, lo hacen decidido, con agallas; no lo pensamos solo los lectores, también sus amigas, que lo conocen y valoran, y por eso mismo temen que pueda actuar de manera irracional.

—Estoy en deuda con usted —continuó Doyle— tengo entendido que sacó a este arriscado hombre de un edificio en llamas, ¿no es así?

Bradshaw contestó:

—Es mi amigo

Las alusiones a los maestros de la novela negra ofrecen una continuidad al género «…y lo del final era una cita de Edgar Allan Poe. Es de “El hombre de la multitud”. Poe frunció el ceño. Qué extraño había sido todo».

Y las oraciones bimembres mantienen la agilidad necesaria que debe llevar el ritmo del thriller.

Nada es lo que parece en las novelas de Craven, los secretos están agazapados hasta que el autor quiere revelarlos, poco a poco. Seguro que los protagonistas también esconden algunos de los que nos enteraremos en las siguientes entregas.

El show de las marionetas nos descubrió la fragilidad del ser humano. Verano negro pone de manifiesto hasta dónde puede llegar la ambición. El procurador evidencia el poder de la envidia. Todas estas transgresiones conscientes transforman al hombre en un absoluto psicópata.

¿Qué se reserva Craven?

Sea lo que sea sus personajes son los suficientemente fuertes como para impulsar la historia y su pluma lo suficientemente clara como para denunciar aspectos de la realidad ocultos en su ficción.