Los autores que forman parte de Un
lugar tan encantador me eran desconocidos excepto Elena Prieto, de la
que me atrae bastante su forma de escribir. Y, en general han supuesto una
agradable sorpresa. He de confesar que he leído el libro dos veces porque en la
primera lectura capté algunas metáforas pero intuía que había algo más. Así que
me fui a la fuente. Leí la letra de Hotel
California y poco a poco mi mente se fue despejando. He visto, de forma
global, en los nueve relatos que componen este volumen, una literatura
psicodélica en la que predominan las expresiones sensoriales tras el uso de las
drogas. El entorno de las historias se adapta a la época. La de los 70 fue una
década rebelde, de probar cosas nuevas, de sentir de manera artificial lo que
no podían hacer de forma natural.
Casi todos los relatos se desarrollan
en Estados Unidos y reflejan, como la canción de Eagles, el lado oscuro del sueño americano. Pero cada uno tiene su
toque personal. En Un inmenso desierto,
Elena Prieto advierte, de alguna
manera, del final de los protagonistas. Para ellos todo ha terminado; el pasado
perfecto nos cuenta la decepción final «Nos
habían contado historias de amor […] Nos habían contado cuentos […] Nos
contaron…».Cuando seguimos leyendo encontramos ecos de la canción
(compuesta en 1976) que van apareciendo para conformar una historia fantasmal, «empezamos a comernos los ratones. Luego Fredo
tuvo esas fiebres. Y después se olvidaron de nosotros». Ecos surrealistas
avisan de sueños que no lo son, es el miedo de los niños cuando lo que perciben
no es amor, «a mamá le dio como una risa
de filos […] y se quedó dormida al lado de Fredo que también se durmió
enseguida». Familias deshechas, atrapadas en su interior sin poder salir a
la vida aunque quisieran. Personas que creen estar en un cielo cuando «también podría ser el mismo infierno».
Esta paradoja cielo-infierno la retoma
Andrés Gusó en Voces en el pasillo. El estilo de Gusó se asemeja al de la
literatura de terror psicológico de Poe. Un cura va a un desierto, en esta
ocasión al de Tabernas, a asistir en un convento de monjas. El viaje, aunque
cómodo, es largo, como los solos de la guitarra que oyen por la radio del
Mercedes, «unos acordes de guitarra de
casi un minuto de duración». El autor avisa del final que le espera al
protagonista, «al final de ese viaje: un
convento de clausura» y de la situación tan extraña a la que deberá hacer
frente «No utilizamos vino desde 1969»;
los actos desmedidos del pasado tendrán consecuencias en el presente, tiempo que
una letanía infernal, sin tregua, se encarga de recordar.
Paula
Palacios matiza con precisión los excesos sexuales a los que lleva el éxito en Hotel Galifornia. También el
protagonista viaja en un Mercedes, también toma drogas que le hacen descubrir «una luz brillante, una claridad que le
nublaba la vista y lo atraía hacia ella».
Palacios une la realidad del viaje con
la ficción alterada por causa de los alucinógenos. El tiempo y el espacio
quedan trastocados, por lo que la serpiente aparece como símbolo del cambio en
Nené, cantante de los Gamusinos Suicidas al que, con un juego de palabras, el
Hotel Galifornia se encarga de mostrarle la realidad que encontrará cuando no
experimente los efectos de la droga.
Jorge
Doménech reaviva en Es Trés
el sexo duro con drogas del que nos avisaba la canción, «aún sostiene las dos copas y el vino del sesenta y nueve». Al
practicarlo, el protagonista se siente un dios invencible que, sin embargo,
quiere desaparecer por las mañanas. Un dios que no lo representa y al que
decide anular para sacar a flote sus verdaderos deseos, aunque «No estará seguro de si escapa al cielo o al
infierno».
María
Collado escribe en Camas una pesadilla de la que la protagonista no sabe si
saldrá o no aunque los lectores estemos avisados por las metáforas tensionales
que salpican la narración «lloro con unas
lágrimas que se deslizan por mi cara pero que no me mojan».
Álvaro
Jarillo libera, en La maleta el pensamiento; la moral se deshace en el horror
vivido y la razón se desprende de toda lógica «el director les ayudó a cambiar la bandera. Esta vez pusieron una que
tenía colores verdes y blancos». El niño protagonista queda atrapado en un
hotel con las cadenas que forman sus deseos, intenta fusionar su vida con sus
propios dibujos, hasta que los lectores somos conscientes de que se lo impide
la vivencia grabada en su mente.
Elisa
María Martínez expone en Siempre ella los efectos devastadores del trastorno mental.
No solo afectan al enfermo, también a sus familias. El protagonista se escuda
en el psiquiátrico al que debe acudir a ver a su hermano para destrozar su
vida, una existencia en la que decidió abandonar a su prometida para abrazar
las drogas «Los faros se extinguieron, la
radio emitió un último suspiro de ruido blanco […] su respiración le daba
miedo». Un relato sorprendente donde la autora explora los miedos
psicológicos y el final, sorpresivo, será bastante oscuro.
Franco
Chiaravalloti mezcla, en Lugares como cuerpos, reflexiones reales con visiones
oníricas. El sarcasmo no se olvida en un relato con altas dosis de suspense y
terror donde el protagonista se deja llevar vencido por las amenazas «Aunque debamos registrarnos para ser
admitidos nadie puede dar cuenta de lo que ocurre dentro de la habitación».
Finalmente, Íñigo Redondo Egaña, en No te puedes ir explora los miedos internos y sociales, el terror escatológico se une al asco y al sexo, mentes que no son humanas o no pueden serlo «experimentando en lo que denomina bioarte: la creación de seres vivos que sean obras de arte en sí mismos». La creación y la destrucción se dan la mano en este impresionante relato que recoge todo el placer y remordimiento de Hotel California: la serpiente, los ratones, el champán rosado, el hotel, la luz… Vivimos en un hotel, un mundo poblado por seres extraños del que no podemos escapar, donde somos prisioneros de nuestro propio artificio. Donde la autodestrucción es la norma.



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