jueves, 3 de abril de 2025

NO SOY YO

El 23 de marzo de 2025, Juan José Millás razonaba en El País un deseo nada descabellado: Todos deberíamos empezar a caminar dándonos la espalda, dormir boca abajo; de esta forma no habría guerras, sería imposible. Así, al volver a mirarnos, a quedar frente a frente, sentiríamos para qué sirven los brazos y los labios. Esta reflexión me vino a la mente cuando empecé a leer el último libro de Belén Conde Durán: «La gente ya no se tocaba pero el caso de Soren era especial, el tacto era su forma de ver el mundo, de relacionarse con las cosas y con las personas».

Ahora que he terminado No soy yo –2081– dedico este análisis a Héctor y a Toñi y, con el permiso de Belén, traslado a ellos su dedicatoria, porque también ellos «valen todo el amor y toda la pena».

Quien haya leído algo de esta autora descubrirá en su última novela una serie de constantes:

Los protagonistas no se ajustan a la norma, aunque pueden desenvolverse sin problemas en la sociedad.

Las revueltas políticas son evidentes, no obstante el triunfo del bien tendrá lugar gracias al amor hacia los demás.

Los antihéroes no tienen cabida en la sociedad soñada.

Los nombres de los personajes recuerdan a los utilizados en sociedades inmemoriales de los cuentos maravillosos: Kalevi, Soren, Melkent, Alia, Élea, Klaus, Sven, Jonella… 

En la narración aparece cierto tono didáctico enfocado a promover valores morales «…lo saludó Kalevi con cortesía. Estaba resuelto a hacer las cosas bien desde el inicio, porque entendía que así tenía más posibilidades de conseguir lo que quería».

La lectura de No soy yo es cómoda; con un vocabulario coloquial, el narrador cuenta en tercera persona cómo Kalevi, el 1 de enero de 2081, tiene una reunión con su padre, Melkent de Nalis, archiduque de la región de Neo Svithiod, en la que le recuerda que, al ser mayor de edad debe casarse con una chica a la que han pagado para que lleve en su vientre al siguiente heredero, sin desvelar el secreto que, de salir a la luz, impediría mantener el archiducado. Los hechos son narrados de forma lineal hasta que Kalevi, ayudado por Soren, su primo lejano y enamorado, consigue sincerarse con el pueblo.

Kalevi y Soren serán testigos del asalto a la región por el ejército de la vecina Tasavolta, que toma Neo Svithiod hasta que pague la deuda contraída. Cuando el futuro archiduque es consciente de la ruina de su tierra, se compromete a reponer la situación anterior al desastre, al tiempo que hace público su secreto para empezar una nueva era de paz, igualdad y cooperación entre todos.

Estamos en 2081, la psicosis de las guerras vividas y las pandemias, unida al aumento de la tecnología, han hecho que la sociedad sea más individualista. El miedo a sufrir algún daño es el causante de que los habitantes vivan encerrados en sus casas, con todo tipo de comodidades, manteniendo contacto con el exterior a través de los medios informativos que, por supuesto, solo emiten lo que dicta el gobierno y lo que todos quieren oír. Fuera quedan los desheredados, gente sin posibles que malvive porque «así es la sociedad».

Los personajes representan tipos actuales. Los protagonistas presentan una “discapacidad” a la que han hecho frente de distinta manera; mientras Soren vive perfectamente integrado a pesar de su ceguera, Kalevi es obligado por su familia a ocultar su feminidad desde el momento en que nació mujer. Ser mujer no le permite tomar decisiones, ni estar al frente de un territorio en donde las relaciones sexuales apenas tienen lugar por miedo a contagios; los embarazos son a través de fecundación in vitro a demanda de los padres, quienes creen que tener una niña es como cualquier otra desgracia. Por eso Melkent y Alia deciden que esa hija será educada y tratada como un chico; pero este chico guarda para sí, en su angustia, más de una sorpresa.

Kalevi experimenta una disforia de género al enamorarse de Soren y mantener relaciones íntimas; no se siente cómodo con sus rasgos sexuales. Hasta ese momento no había supuesto ningún problema pues, a finales del siglo XXI el individualismo ha llegado a su grado máximo, los roces personales son inexistentes. Estamos en 2081 y la sociedad ha involucionado. La tecnología ocupa el eje por el que se mueven los humanos; los coches pueden autoconducirse o ser conducidos mediante información de coordenadas, «Kalevi iba en silencio escuchando la voz del intercomunicador. Era la que avisaba a Soren cada vez que tenía que girar hacia uno u otro lado y emitía chasquidos cuando ejecutaba una maniobra, para dar constancia de que se había llevado con éxito».

El ser humano vive de puertas para adentro, cada uno con sus circunstancias, rodeado de máquinas que aportan necesidades y caprichos, «Kalevi pasó el resto de la tarde cuidando de su bonsái digital». Es lógico pensar que las irregularidades de la actual sociedad vayan en aumento; empezamos a notar falta de empatía y amor hacia el ser humano, esto fomenta el egoísmo; solo pensamos en lo que recibimos a cambio de nuestro esfuerzo o de nada; los niños ya utilizan tamagotchis en los que cuidan a sus mascotas virtuales sin peligro de que en realidad mueran o sufran; la indiferencia hacia los animales y las personas va en aumento; con el aumento de la tecnología vamos destrozando el planeta, no es extraño que en unos años, los árboles y plantas sean también, en realidad, virtuales. Los adelantos sin embargo, nos hacen ser conscientes de los beneficios que tenemos a nuestro alcance; ya conocemos la función terapéutica de la luz, sabemos que la luz roja acelera nuestra recuperación muscular, reduce la fatiga y aumenta el rendimiento deportivo. La verde, además de regular el consumo energético, es relajante y tiene efectos calmantes en la migraña y el sueño; probablemente, dentro de 50 años algunas personas deban depender de ella por la falta de contacto con la naturaleza «…el recibidor, que estaba iluminado por una extraña luz verde. —La luz normal me molesta— le explicó Siv».

Belén Conde expone un mundo reducido a microentornos complacientes que hacen creer que los hombres forman parte de una comunidad en la que no existen problemas. Un mundo en el que no existe la libertad de expresión y donde las diferencias de clases son insalvables, «La gente iba a la cárcel por robar comida […] o por protestar contra las normas. Esto nunca era mostrado en los medios, de modo que técnicamente no existía». Cuando Kalevi sale de su zona de confort es consciente de las necesidades del pueblo. La diferencia de clases es enorme; también las de género. La mujer ha retrocedido hasta casi una época medieval; está en un plano inferior al del hombre. Kalevi necesita a Soren para que le haga ver el mundo desde otra perspectiva, solo así puede adaptarse a su entorno, cambiar su autoestima y llegar a la conclusión de que no merece la pena vivir presionado por la exigencia social y el sufrimiento individual, por eso termina aceptándose como es, alguien que puede desempeñar diversas funciones físicas y mentales, asumidas con gusto y amor: «Soy Kalevi de Nalis, un joven engañado durante mucho tiempo […] que va a instaurar cambios».

Los temas de esta novela son totalmente actuales: La ausencia de reflexión en una sociedad que, al no cuestionar las leyes, ve perjudicado el desarrollo económico, así como el bienestar emocional individual. Una sociedad en la que el arte no es importante, por lo que la imaginación se verá incapacitada para concebir un futuro mejor.

Una sociedad en la que no todos encajan; la angustia de los adolescentes los aboca al suicidio como salida a sus problemas; no se sienten identificados con las imposiciones y no saben cómo salir. La autora les propone, a través del narrador, que acudan a quien los quiere: «No tenía por qué sufrir, pero era egoísta tomar decisiones irreversibles sin antes pedir ayuda».

El problema de la identidad de género ha existido siempre, pero ahora se empieza a vivir no como tal sino como liberación. No todos se sienten identificados con su género de nacimiento; podemos experimentar atracción eróticoafectiva por personas del mismo género, de distinto al que somos o al que nos asociamos. Entramos en la pansexualidad, donde lo que importa son las personas «A mí no me gustan los hombres […] Tampoco las mujeres. Me gustas tú, ¿no lo entiendes?».

A lo largo de No soy yo, la autora discurre sobre las imposiciones sociales, familiares o personales. Todas son la causa de vidas sin afecto y, cuando obviamos los sentimientos, dejamos de ser personas «llegó a la conclusión de que una vida sin afecto no merecía la pena».