El 23 de marzo de
2025, Juan José Millás razonaba en El
País un deseo nada descabellado: Todos deberíamos empezar a caminar
dándonos la espalda, dormir boca abajo; de esta forma no habría guerras, sería
imposible. Así, al volver a mirarnos, a quedar frente a frente, sentiríamos
para qué sirven los brazos y los labios. Esta reflexión me vino a la mente
cuando empecé a leer el último libro de Belén Conde Durán: «La gente ya no se
tocaba pero el caso de Soren era especial, el tacto era su forma de ver el
mundo, de relacionarse con las cosas y con las personas».
Ahora que he
terminado No soy yo –2081– dedico este análisis a Héctor y a Toñi y, con
el permiso de Belén, traslado a ellos su dedicatoria, porque también ellos «valen todo el amor y toda la pena».
Quien haya leído
algo de esta autora descubrirá en su última novela una serie de constantes:
Los protagonistas
no se ajustan a la norma, aunque pueden desenvolverse sin problemas en la
sociedad.
Las revueltas
políticas son evidentes, no obstante el triunfo del bien tendrá lugar gracias
al amor hacia los demás.
Los antihéroes no
tienen cabida en la sociedad soñada.
Los nombres de los
personajes recuerdan a los utilizados en sociedades inmemoriales de los cuentos
maravillosos: Kalevi, Soren, Melkent, Alia, Élea, Klaus, Sven, Jonella…
En la narración
aparece cierto tono didáctico enfocado a promover valores morales «…lo saludó Kalevi con cortesía. Estaba
resuelto a hacer las cosas bien desde el inicio, porque entendía que así tenía
más posibilidades de conseguir lo que quería».
La lectura de No soy yo es cómoda; con un vocabulario
coloquial, el narrador cuenta en tercera persona cómo Kalevi, el 1 de enero de
2081, tiene una reunión con su padre, Melkent de Nalis, archiduque de la región
de Neo Svithiod, en la que le recuerda que, al ser mayor de edad debe casarse
con una chica a la que han pagado para que lleve en su vientre al siguiente
heredero, sin desvelar el secreto que, de salir a la luz, impediría mantener el
archiducado. Los hechos son narrados de forma lineal hasta que Kalevi, ayudado
por Soren, su primo lejano y enamorado, consigue sincerarse con el pueblo.
Kalevi y Soren
serán testigos del asalto a la región por el ejército de la vecina Tasavolta,
que toma Neo Svithiod hasta que pague la deuda contraída. Cuando el futuro
archiduque es consciente de la ruina de su tierra, se compromete a reponer la
situación anterior al desastre, al tiempo que hace público su secreto para
empezar una nueva era de paz, igualdad y cooperación entre todos.
Estamos en 2081, la
psicosis de las guerras vividas y las pandemias, unida al aumento de la
tecnología, han hecho que la sociedad sea más individualista. El miedo a sufrir
algún daño es el causante de que los habitantes vivan encerrados en sus casas,
con todo tipo de comodidades, manteniendo contacto con el exterior a través de
los medios informativos que, por supuesto, solo emiten lo que dicta el gobierno
y lo que todos quieren oír. Fuera quedan los desheredados, gente sin posibles
que malvive porque «así es la sociedad».
Los personajes
representan tipos actuales. Los protagonistas presentan una “discapacidad” a la
que han hecho frente de distinta manera; mientras Soren vive perfectamente
integrado a pesar de su ceguera, Kalevi es obligado por su familia a ocultar su
feminidad desde el momento en que nació mujer. Ser mujer no le permite tomar
decisiones, ni estar al frente de un territorio en donde las relaciones sexuales
apenas tienen lugar por miedo a contagios; los embarazos son a través de
fecundación in vitro a demanda de los
padres, quienes creen que tener una niña es como cualquier otra desgracia. Por
eso Melkent y Alia deciden que esa hija será educada y tratada como un chico;
pero este chico guarda para sí, en su angustia, más de una sorpresa.
Kalevi experimenta
una disforia de género al enamorarse de Soren y mantener relaciones íntimas; no
se siente cómodo con sus rasgos sexuales. Hasta ese momento no había supuesto
ningún problema pues, a finales del siglo XXI el individualismo ha llegado a su
grado máximo, los roces personales son inexistentes. Estamos en 2081 y la
sociedad ha involucionado. La tecnología ocupa el eje por el que se mueven los
humanos; los coches pueden autoconducirse o ser conducidos mediante información
de coordenadas, «Kalevi iba en silencio
escuchando la voz del intercomunicador. Era la que avisaba a Soren cada vez que
tenía que girar hacia uno u otro lado y emitía chasquidos cuando ejecutaba una
maniobra, para dar constancia de que se había llevado con éxito».
El ser humano vive
de puertas para adentro, cada uno con sus circunstancias, rodeado de máquinas
que aportan necesidades y caprichos, «Kalevi
pasó el resto de la tarde cuidando de su bonsái digital». Es lógico pensar
que las irregularidades de la actual sociedad vayan en aumento; empezamos a
notar falta de empatía y amor hacia el ser humano, esto fomenta el egoísmo;
solo pensamos en lo que recibimos a cambio de nuestro esfuerzo o de nada; los
niños ya utilizan tamagotchis en los que cuidan a sus mascotas virtuales sin
peligro de que en realidad mueran o sufran; la indiferencia hacia los animales
y las personas va en aumento; con el aumento de la tecnología vamos destrozando
el planeta, no es extraño que en unos años, los árboles y plantas sean también,
en realidad, virtuales. Los adelantos sin embargo, nos hacen ser conscientes de
los beneficios que tenemos a nuestro alcance; ya conocemos la función
terapéutica de la luz, sabemos que la luz roja acelera nuestra recuperación
muscular, reduce la fatiga y aumenta el rendimiento deportivo. La verde, además
de regular el consumo energético, es relajante y tiene efectos calmantes en la
migraña y el sueño; probablemente, dentro de 50 años algunas personas deban
depender de ella por la falta de contacto con la naturaleza «…el recibidor, que estaba iluminado por una
extraña luz verde. —La luz normal me molesta— le explicó Siv».
Belén Conde expone
un mundo reducido a microentornos complacientes que hacen creer que los hombres
forman parte de una comunidad en la que no existen problemas. Un mundo en el
que no existe la libertad de expresión y donde las diferencias de clases son
insalvables, «La gente iba a la cárcel
por robar comida […] o por protestar contra las normas. Esto nunca era mostrado
en los medios, de modo que técnicamente no existía». Cuando Kalevi sale de
su zona de confort es consciente de las necesidades del pueblo. La diferencia
de clases es enorme; también las de género. La mujer ha retrocedido hasta casi
una época medieval; está en un plano inferior al del hombre. Kalevi necesita a
Soren para que le haga ver el mundo desde otra perspectiva, solo así puede
adaptarse a su entorno, cambiar su autoestima y llegar a la conclusión de que
no merece la pena vivir presionado por la exigencia social y el sufrimiento
individual, por eso termina aceptándose como es, alguien que puede desempeñar
diversas funciones físicas y mentales, asumidas con gusto y amor: «Soy Kalevi de Nalis, un joven engañado
durante mucho tiempo […] que va a instaurar cambios».
Los temas de esta novela
son totalmente actuales: La ausencia de reflexión en una sociedad que, al no
cuestionar las leyes, ve perjudicado el desarrollo económico, así como el
bienestar emocional individual. Una sociedad en la que el arte no es importante,
por lo que la imaginación se verá incapacitada para concebir un futuro mejor.
Una sociedad en la
que no todos encajan; la angustia de los adolescentes los aboca al suicidio
como salida a sus problemas; no se sienten identificados con las imposiciones y
no saben cómo salir. La autora les propone, a través del narrador, que acudan a
quien los quiere: «No tenía por qué
sufrir, pero era egoísta tomar decisiones irreversibles sin antes pedir ayuda».
El problema de la
identidad de género ha existido siempre, pero ahora se empieza a vivir no como
tal sino como liberación. No todos se sienten identificados con su género de
nacimiento; podemos experimentar atracción eróticoafectiva por personas del
mismo género, de distinto al que somos o al que nos asociamos. Entramos en la
pansexualidad, donde lo que importa son las personas «A mí no me gustan los hombres […] Tampoco las mujeres. Me gustas tú,
¿no lo entiendes?».
A lo largo de No soy yo, la autora discurre sobre las imposiciones sociales, familiares o personales. Todas son la causa de vidas sin afecto y, cuando obviamos los sentimientos, dejamos de ser personas «llegó a la conclusión de que una vida sin afecto no merecía la pena».