sábado, 10 de octubre de 2026

UN DÍA EN LA VIDA DE CLARITA

Leer a Rosa Montero es un placer. Al comprar Un día en la vida de Clarita quedé algo decepcionada porque la vi muy corta y, siempre que empiezo algo de esta autora, no quiero que termine. Me gustaría seguir leyendo más allá. Así que pensé que la dosificaría para que me durase más. Imposible. No solo porque no tiene capítulos y no puedes usarlos como excusa para dejar momentáneamente la lectura; también porque desde el primer momento sentimos la necesidad de informarnos más sobre esa persona que el narrador parece conocer tan bien.

El comienzo de Un día en la vida de Clarita es un poema en prosa en el que las metáforas anuncian la opresión en la que vive la protagonista, «enroscada dentro del sudado capullo de las sábanas», o la relación dañina que tiene con los demás, «el latigazo de la persiana del vecino o vecina al levantarse». Clarita es una mujer previsora, ordenada, obsesiva, sola; la descripción de sus acciones así nos la retratan «confirma que no va a llover […] movimientos precisos y repetidos […] sale de su casa. Y vuelve a entrar. Y sale. Y entra de nuevo. Y sale a la tercera de manera definitiva». Este comportamiento, esta actitud ante la vida, no es nuevo, de ahí el «Como siempre» que, a modo de estribillo, aparece durante el comienzo de la novela. Después iremos comprendiéndola mejor. El estilo mantendrá las figuras poéticas e irá señalando un ritmo in crescendo con el que las emociones de la protagonista marcarán el relato y nuestra empatía con ella irá en aumento.

Clarita sufre maltrato psicológico en el trabajo; las burlas, el trato infantilizador, los comentarios hirientes podrían formar parte de lo que hoy llamamos edadismo. Como también queda discriminada por su jefe, el edadismo sería institucional aunque por supuesto tiene mucho que ver la cultura machista que nos rodea y oprime más a las mujeres; de ahí que las mujeres tengan más difícil llegar a la cima laboral o simplemente ascender. No es nuevo, desde siempre hemos sido testigos del acoso al débil o a la diversidad «Era todo una broma, mujer, cómo te pones, no es más que una broma, ¿es que no tienes sentido del humor?».

Hemos visto situaciones de rechazo al diferente, de envidia al inteligente, que se solucionan con frases ofensivas o juegos de palabras ocurrentes para ofender, cuando no se utilizan insultos directos


—Cada día más chiflada.

—Es paralela, la tía.

—¿Para qué, dices? Jajaja.

Clarita, por su parte, usa la burla fina contra sus compañeros sin que estos sean conscientes, porque ella nunca dirá nada en voz alta, son sus pensamientos los que hacen gala de una ironía capaz de establecer cierta distancia entre ella y el resto. Clarita no busca herir; para ella es un juego mental con el que reflexiona y manifiesta su escepticismo respecto al ser humano «Mucho hablar de la menopausia […] para que luego todos estos tipos cuarentones que de repente rompen a sudar como gorrinos ignoren por completo que lo que les sucede no es ni más ni menos que un sofoco. Ja, ríe Clarita para sus adentros, sin mover la boca».

A través de sus manías, diseminadas por la novela, entendemos a Clarita, somos conscientes de cómo le afectan los niveles de ansiedad, por eso necesita cierto orden en su vida, una previsibilidad que no perturbe sus expectativas, simpatizamos con la hipervigilancia que ejerce en su entorno y su necesidad de simetría; todo ello, gracias también a su alta capacidad intelectual, le ha permitido conocer a las personas y averiguar el significado de sus movimientos «Es de un machismo estructural y a Clarita que además es añosa y debe parecerle una maldita vieja, ni siquiera le dirige la palabra […] Clarita lleva cuatro años aprendiendo a descifrar su lenguaje de gestos».

El comportamiento tímido y retraído de la protagonista está relacionado con el ambiente traumático, de acoso y maltrato, en el que se desarrolló de pequeña (¿quién es Sebastián?), Rosa Montero no ahonda más en esto porque le interesa el giro argumental que da el día de Clarita. Con gran ironía situacional, la temida fiesta que Clarita estaba dispuesta a perderse es la que da un vuelco a las circunstancias y permite que nuestro personaje principal empiece a vivir con plenitud.

Es una seña de identidad de Rosa Montero el dotar a los más deprimidos de cierta capacidad de superación, que marque la esperanza perdida. Porque hay un mundo mejor en alguna parte y Clarita lo encuentra. Solo hay que confiar en uno mismo. Y así, esta novela, corta, que recuerda a una fábula, nos hace disfrutar desde la primera hasta la última palabra y nos deja con el corazón henchido de agradecimiento a una autora que aporta alegría y esperanza solo con su presencia.

Hay mucho más en esta novela; con la intertextualidad añade significados ocultos a la personalidad de Clarita al conectar su historia a la de Cervantes; como su protagonista universal, hará gala de bondad infinita y cierta valentía «Leoncitos a mí, como decía don Quijote cuando se topó con un carro de fieras». La erudición y reflexión de Borges está presente en nuestra protagonista, «cualquier destino por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento». También Clarita, como Ana Karenina, busca su libertad en un entorno opresivo, aunque lo resuelve de distinta manera.

Con esto, Rosa Montero no solo aporta señales de la forma de ser de su protagonista, también aprovecha para homenajear a Cervantes, Borges y Tolstoi y establecer cierta complicidad con el lector.

Colaboración que mantenemos en las citas cinematográficas: el egoísmo caprichoso de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó queda reflejado en la inutilidad de Aguinaga, permitiéndose la autora cierta ironía al dejar ver que «el sobrinísimo» hará cualquier cosa para continuar en la cumbre, algo que la justicia poética, decisiva en la película Ascensor para el cadalso, conseguirá también para Un día en la vida de Clarita.

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