Leer a Rosa Montero es un placer. Al comprar Un día en la vida de Clarita
quedé algo decepcionada porque la vi muy corta y, siempre que empiezo algo de
esta autora, no quiero que termine. Me gustaría seguir leyendo más allá. Así
que pensé que la dosificaría para que me durase más. Imposible. No solo porque
no tiene capítulos y no puedes usarlos como excusa para dejar momentáneamente
la lectura; también porque desde el primer momento sentimos la necesidad de
informarnos más sobre esa persona que el narrador parece conocer tan bien.
El comienzo de Un día en la vida de Clarita es un poema en prosa en el que las
metáforas anuncian la opresión en la que vive la protagonista, «enroscada dentro del sudado capullo de las
sábanas», o la relación dañina que tiene con los demás, «el latigazo de la persiana del vecino o
vecina al levantarse». Clarita es una mujer previsora, ordenada, obsesiva,
sola; la descripción de sus acciones así nos la retratan «confirma que no va a llover […] movimientos precisos y repetidos […]
sale de su casa. Y vuelve a entrar. Y sale. Y entra de nuevo. Y sale a la tercera
de manera definitiva». Este comportamiento, esta actitud ante la vida, no
es nuevo, de ahí el «Como siempre» que,
a modo de estribillo, aparece durante el comienzo de la novela. Después iremos
comprendiéndola mejor. El estilo mantendrá las figuras poéticas e irá señalando
un ritmo in crescendo con el que las emociones de la protagonista marcarán el
relato y nuestra empatía con ella irá en aumento.
Clarita sufre maltrato psicológico en
el trabajo; las burlas, el trato infantilizador, los comentarios hirientes
podrían formar parte de lo que hoy llamamos edadismo. Como también queda
discriminada por su jefe, el edadismo sería institucional aunque por supuesto
tiene mucho que ver la cultura machista que nos rodea y oprime más a las
mujeres; de ahí que las mujeres tengan más difícil llegar a la cima laboral o
simplemente ascender. No es nuevo, desde siempre hemos sido testigos del acoso
al débil o a la diversidad «Era todo una
broma, mujer, cómo te pones, no es más que una broma, ¿es que no tienes sentido
del humor?».
Hemos visto situaciones de rechazo al
diferente, de envidia al inteligente, que se solucionan con frases ofensivas o
juegos de palabras ocurrentes para ofender, cuando no se utilizan insultos
directos
—Cada día más chiflada.
—Es paralela, la tía.
—¿Para qué, dices? Jajaja.
Clarita, por su parte, usa la burla
fina contra sus compañeros sin que estos sean conscientes, porque ella nunca
dirá nada en voz alta, son sus pensamientos los que hacen gala de una ironía
capaz de establecer cierta distancia entre ella y el resto. Clarita no busca
herir; para ella es un juego mental con el que reflexiona y manifiesta su
escepticismo respecto al ser humano «Mucho
hablar de la menopausia […] para que luego todos estos tipos cuarentones que de
repente rompen a sudar como gorrinos ignoren por completo que lo que les sucede
no es ni más ni menos que un sofoco. Ja, ríe Clarita para sus adentros, sin
mover la boca».
A través de sus manías, diseminadas
por la novela, entendemos a Clarita, somos conscientes de cómo le afectan los
niveles de ansiedad, por eso necesita cierto orden en su vida, una
previsibilidad que no perturbe sus expectativas, simpatizamos con la
hipervigilancia que ejerce en su entorno y su necesidad de simetría; todo ello,
gracias también a su alta capacidad intelectual, le ha permitido conocer a las
personas y averiguar el significado de sus movimientos «Es de un machismo estructural y a Clarita que además es añosa y debe
parecerle una maldita vieja, ni siquiera le dirige la palabra […] Clarita lleva
cuatro años aprendiendo a descifrar su lenguaje de gestos».
El comportamiento tímido y retraído de
la protagonista está relacionado con el ambiente traumático, de acoso y
maltrato, en el que se desarrolló de pequeña (¿quién es Sebastián?), Rosa
Montero no ahonda más en esto porque le interesa el giro argumental que da el
día de Clarita. Con gran ironía situacional, la temida fiesta que Clarita
estaba dispuesta a perderse es la que da un vuelco a las circunstancias y
permite que nuestro personaje principal empiece a vivir con plenitud.
Es una seña de identidad de Rosa
Montero el dotar a los más deprimidos de cierta capacidad de superación, que
marque la esperanza perdida. Porque hay un mundo mejor en alguna parte y
Clarita lo encuentra. Solo hay que confiar en uno mismo. Y así, esta novela,
corta, que recuerda a una fábula, nos hace disfrutar desde la primera hasta la
última palabra y nos deja con el corazón henchido de agradecimiento a una
autora que aporta alegría y esperanza solo con su presencia.
Hay mucho más en esta novela; con la
intertextualidad añade significados ocultos a la personalidad de Clarita al
conectar su historia a la de Cervantes; como su protagonista universal, hará
gala de bondad infinita y cierta valentía «Leoncitos
a mí, como decía don Quijote cuando se topó con un carro de fieras». La
erudición y reflexión de Borges está presente en nuestra protagonista, «cualquier destino por largo y complicado
que sea, consta en realidad de un solo momento». También Clarita, como Ana
Karenina, busca su libertad en un entorno opresivo, aunque lo resuelve de
distinta manera.
Con esto, Rosa Montero no solo aporta
señales de la forma de ser de su protagonista, también aprovecha para
homenajear a Cervantes, Borges y Tolstoi y establecer cierta complicidad con el
lector.
Colaboración que mantenemos en las citas cinematográficas: el egoísmo caprichoso de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó queda reflejado en la inutilidad de Aguinaga, permitiéndose la autora cierta ironía al dejar ver que «el sobrinísimo» hará cualquier cosa para continuar en la cumbre, algo que la justicia poética, decisiva en la película Ascensor para el cadalso, conseguirá también para Un día en la vida de Clarita.



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