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miércoles, 27 de mayo de 2026

LA INTRIGA DEL FUNERAL INCONVENIENTE

Desde que me enteré de que Eduardo Mendoza iba a sacar un nuevo libro de la saga del inspector innominado esperé con ansia que llegase la fecha para comprarlo. Pero fue un regalo de Antonio por el Día del Libro, momento en el que vi en televisión cómo unos fanáticos llegaban a amenazar con la quema de los libros del autor por asegurar este, en broma, el nombre con el que deberíamos referirnos a la festividad de San Jordi. Menos mal que, haciendo gala de su buen humor, no hizo el menor caso y todo quedó ahí. Si algo se puede decir de Mendoza, como persona, es que ostenta un humor excelente, una educación intachable y una cordialidad espléndida.

No vamos a cuestionar su maestría como escritor a estas alturas; ya no tiene que convencer a nadie, pero leer La intriga del funeral inconveniente ha sido un acto renovado de admiración. ¿Cómo es posible que mantenga la capacidad de hacer reír con un personaje que protagoniza ya su sexta aventura? Lo consigue. Y esta vez con una estructura diferente. Mendoza deconstruye la trama in extrema res, por lo que, si al principio: «El funeral», andamos algo perdidos y creemos tenerlo más o menos claro, cuando acaba esta primera parte y empieza «La intriga» vemos que nuevos personajes aparecen y enredan más el asunto; nada es lo que parecía hasta que nos damos cuenta de que ese principio de la novela puede no ser el de la historia. Historia que para entender a la perfección hemos de leer «El inconveniente», la última parte. Al llegar al final somos conscientes de que la intriga no residía en saber qué pasó sino cómo ocurrió todo.

Un genio, Mendoza, capaz de sorprender a los 83 años. La novela se abre con una noticia periodística sobre un funeral al que han asistido pocos personajes y no conocemos el nombre de ninguno: el difunto, que no sabemos quién es, la hermana del difunto, de la que tampoco se dice su identidad, un policía jubilado, un hombre que se oculta bajo un sombrero, gabardina y gafas de sol, el dueño de la funeraria y RV, el que firma la necrológica.

El enredo surge cuando aparecen diferentes analepsis en las que se va contando una historia tan absurda que resulta creíble. Los lectores quedamos atrapados desde el principio con algo de inquietud, porque tememos encontrarnos con el final de la saga. Una sorpresa tras otra nos van sacando del error y, al ser conscientes de lo que pasa, ponemos nuestra atención en el continuo narrativo. Por supuesto la risa facilita la lectura en los diferentes flashbacks y prolepsis que nos vamos encontrando en esta anacronía.

Creo recordar que Allan Poe alabó aquellos libros cuyo final conocía el autor antes de sentarse a escribir. El maestro del terror lo puso en práctica en muchos de sus relatos. Ahora, este maestro del ingenio ha conseguido que en esa estructura no lineal aparezcan muertes, malversaciones o fuga de capitales bañados por su humor característico. Eduardo Mendoza imaginó el final y en La intriga del funeral inconveniente lo expone en forma de obituario. Inmediatamente nos damos cuenta del absurdo novelístico, marcado por la descabellada situación, «Dicho tanatorio dispone de salas de velorio y de dos capillas amplias y muy bien puestas, pero en esta ocasión, dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking». Y una vez enterados del único responso que se dirige al muerto, «Se veía venir», somos conscientes de que no vamos a ver nada hasta que quiera el autor. Cuando nos lo enseña, quedamos rendidos a su imaginación.

Los personajes van aumentando, unos son nuevos, otros, de novelas anteriores; estos forman parte de quienes hemos sido fieles a la saga, «Acabó internado en un centro psiquiátrico […] anduvo malviviendo de varios trabajos infamantes. Hasta trabajó en una peluquería de señoras»; unos ricos; otros, pobres; poderosos y menesterosos pero todos son marginales bien sea para enriquecerse más al margen de la ley, bien para subsistir.

Habitual en Mendoza es el espacio barcelonés; el cariño hacia la Ciudad Condal es evidente, aunque no descarta hacer cierta crítica social; en este caso, la censura a las posibilidades que tiene la clase alta para beneficiarse de paraísos fiscales es manifiesta.

Otra seña de identidad es el humor, bien destacando imposibilidades fonéticas «sus eses eran labiodentales […] y sustituía la ele por la eme y la erre por la pe […] pero acrecentaba su atractivo»; bien por asociación de significantes «…se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte como su nombre parece indicar».

El humor es visual «rechazó una falda plisada muy corta: tenía las piernas largas y flacas y el conjunto resultaba esquemático» o se basa en hacer lo contrario a lo que se dice «—Como nos vemos, no hemos de dar nombres y para afirmar o negar, solo has de mover la cabeza de arriba abajo o de lado a lado. ¿Lo has entendido? —Sí, don Basilio».

Asimismo, Mendoza expone la situación actual: tras conocer los trapicheos de la clase alta somos testigos de lo que pasa por la mente del pueblo llano —«Para mí —terció la señora Rialles— que buena parte de la culpa la tienen los inmigrantes».

El humor va in crescendo. Conforme vamos atando cabos no podemos evitar la sonrisa a veces; otras, la risa franca y siempre, la admiración ante esa mezcla de humor y parodia incluso al tratar temas como el desvío de capitales o el asesinato. También es manifiesto el humor acentuado por la mezcla de variedades lingüísticas: términos cultos, arcaísmos, lenguaje técnico y popular conviven en un mismo personaje «se te ha pasado el arroz», «hecho un perdis», «mindundi», «aledaño al pueblo», «la horda roja», «pelendengues»…

Pero no nos engañemos, la lectura de este Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025 es rápida, fácil, divertida y sencilla. Eduardo Mendoza es único urdiendo y exponiendo tramas y personajes que, ya desde el nombre, denotan alguna característica: mediante diminutivos que intentan debilitar: Melusina, Ramoncito Valenzuela; con alusiones a la personalidad, Don Pufo Colorado, reforzada a veces por epítetos, «la pobre Cándida»; con intención de seriedad eliminada por el apodo, Juan Ignacio Rodríguez Jarana «el Tigre Malo» o con alusiones religiosas: Monsieur Caminoi, baronesa Pía, profesor Barrabás le doyen…

Ya espero otra entrega del detective.

miércoles, 14 de febrero de 2024

TRES ENIGMAS PARA LA ORGANIZACIÓN

Cuando la realidad sale a la luz en un conjunto de actos trastocados. Cuando no tenemos claro si el nombre de los personajes alude a su forma de ser. Cuando los juegos de palabras se multiplican hasta exprimir todo lo que puede dar de sí una escena. Cuando las situaciones devienen raudas en algo imposible. Cuando al leer ciertas páginas no podemos contener la carcajada y en la siguiente nos vemos calculando la dureza escondida, o no tanto, en las circunstancias, lo más probable es que tengamos entre manos una novela de Eduardo Mendoza. Es inigualable. Su prosa aun estando plagada de palabras cultas es para todos los públicos porque cualquiera de sus novelas consideradas de humor tiene varias lecturas, la que expone una bufonada, un absurdo; la que enarbola una crítica social y otra más íntima, que nos toca la fibra y hace que nos replanteemos muchas ideas que pensábamos firmes y, a lo mejor, se tambalean si hurgamos un poco en ellas «Todo lo que me cuentan los clientes no es más que un saco de frustraciones, indignación y resentimiento».

Tres enigmas para la organización es la última novela de este barcelonés que ha acumulado gran cantidad de premios a lo largo de su carrera y esperemos que continúe, porque no solo nos hace reír; al pensar en Sin noticias de Gurb, El rey recibe, El negociado del yin y el yang, Transbordo en Moscú… o en Tres enigmas para la organización nos invade un optimismo revitalizante, algo que pocos autores consiguen; no solo divertirte, Mendoza nos predispone a la bonhomía y a la felicidad.

El espíritu del ciudadano español está en los personajes-protagonistas, porque en esta novela todos los agentes “secretos” lo son. Sin tener medios, ni mucha idea, se lanzan a ayudar al prójimo y, de paso, investigan los tres enigmas que se les van planteando (o más). Por el camino van esparciendo, como si fueran menudencias sociales, el hambre, el desempleo, la ineficacia administrativa, la corrupción política y eclesiástica, la soledad…

La trama parece en principio redactada mediante el absurdo, caracterizado por contener ideas sarcásticas y disparatadas. Las acciones pueden parecer incongruentes «—Grassiela, ya sabes que no estoy […] No existo. Esto no es una oficina normal […] El carácter secreto de este recinto es nuestra máxima prioridad […] —Vaya pregunta. Si cada mañana se la tengo que recordar a José Mari, ve a la calle Valencia, a hacer de agente secreto». Pero una vez terminada la lectura encontramos un argumento, si no razonable, sí reflexivo, en el que lo irreverente no es sino la consecuencia de cuestionar la existencia humana tal como la conocemos y la vivimos, con incongruencias e injusticias políticas, morales y sociales; injusticias que se mantienen con el paso del tiempo, por eso los personajes no cambian su actitud a lo largo de la trama, por eso son representantes de estereotipos sociales, por eso no van a superar su situación personal, por eso interactúan con el medio de forma totalmente irracional. Ahí está la crítica de Eduardo Mendoza; casi cincuenta años escribiendo y aún no se ha cansado de denunciar porque en el fondo, el barcelonés, es un enamorado de Barcelona, de España, del planeta y un optimista ante la vida, «volverá el compañerismo a la hora de afrontar riesgos, de ayudarse mutuamente».

Cerca del Paseo de Gracia existe un local, secreto, que acoge una Organización secreta que se dedica a desagraviar a personas o investigar daños. A esta organización llega Marrullero Vicente, «—Así me llamo […] Vea la cédula de identidad […] Tengo otra a nombre de Buenaventura Adelantado», quien va a pasar a ser «el nuevo» por antonomasia.

El nuevo llega a tiempo de resolver, junto a sus veteranos compañeros: el jorobado, Grassiela, Pocorrabo, Buscabrega, Monososo, la Boni y el jefe, tres enigmas: un asesinato, una desaparición y el declive de una conservera. Por supuesto, cuentan con la ayuda inestimable del taxista y de Irina, además de otros personajes que van entrando poco a poco hasta formar una situación global hilarante que no deja títere con cabeza.

En el transcurso de las resoluciones aparece una crítica hacia nuestra sociedad, que sabe y consiente, con cierta actitud apática, la esclavitud, la trata de mujeres y de inmigrantes «atraídas por engaños […] huyendo de la guerra, del hambre, de matrimonios forzados […] expuestas a enfermedades y malos tratos por parte de organizaciones criminales y rufianes…»; Mendoza denuncia un mundo que vive en la urgencia, y otro que forma parte del fracaso connatural. En ambos falla la relación paternofilial; por falta de tiempo o por ignorancia se obvia la necesidad de contacto con sus progenitores que tienen los niños «su hijo nunca le ha contado lo que ahora cuenta sin cortapisas a una desconocida».

Eduardo Mendoza acusa a una ciudadanía que permite a jóvenes preparados trabajar de una manera precaria aun sabiendo que lo contrario redundaría no solo en el bienestar de los trabajadores sino, sobre todo, en el progreso social «A mí la policía y el hotel me traen sin cuidado y tanto si hago las cosas bien como si las hago mal, dentro de una semana me pondrán en la calle».

Delata a una sociedad que ya no se esconde para proclamar su odio a personas de otra raza, necesitadas, porque cree que sus integrantes son los elegidos, «No sé de dónde son. De Mauritania, diría yo, por la pinta. Gente obtusa, sin modales. Ahora encima, sin dinero».

Y en esta sociedad, que ya de por sí es una astracanada, el autor reflexiona con nostalgia sobre el paso del tiempo y la importancia de dejarse llevar por la alegría de la inocencia, pues al final «todo lo aprendido es inútil, toda experiencia es tardía y toda vida es de una vulgaridad sin paliativos».

Lo que no es vulgar es la persona de Eduardo Mendoza, mucho menos su pluma; gran conocedor de nuestra lengua, juega con ella como quiere, introduce metátesis en palabras, para escarnio de algunos funcionarios, «suspendido de una soga […] atada a una viga de madera. En el atestado dice “una higa”, pero sin duda se trata de un error tipográfico». Abundan también las ambigüedades, las evidencias humorísticamente revocadas, las expresiones sin atenuaciones ni eufemismos, «El jorobado dijo que prefería quedarse de pie. Una vez se había encaramado a un taburete alto como aquellos y, al bajar, se había ido de bruces». No hay piedad con los defectos ni con los que gestionan mal su trabajo «—Mire, dijo el agente, un tanto perplejo […] —Sólo por esta vez, voy a hacer la vista gorda».

Eduardo Mendoza es capaz de unir los hechos más disparatados utilizando de forma magistral términos cultos: escandallo, malevolencia, lacustre, alabeadas; expresiones vulgares: «tocándome el pirindolo», «Me han dao bien dao»; locuciones en desuso: «sin parar mientes»; palabras mal empleadas: «no estoy muy impuesto en el tema»; mezcla de coloquialismos y cientifismos: «¿no le parece fetén la injerencia? Todo ello, por supuesto, aludiendo al mismo tiempo a series populares «Los taxistas somos gente honrada» y a obras de grandes literatos «—¿Nunca gana? —preguntó él. —Sí —dijo ella […] ¿No has leído a Dostoievski?».

En fin, se me ocurre que, al igual que el innominado del psiquiátrico protagonizó una serie: El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, El enredo de la bolsa y la vida, El secreto de la modelo extraviada, nuestra Secreta Organización podría resolver muchos más interrogantes.

martes, 25 de mayo de 2021

TRANSBORDO EN MOSCÚ


En la década de los 80 pasamos por cierta prosperidad económica capaz de encubrir cualquier posible decadencia. El mundo ya no es lo que era; si España se levanta como democracia, la caída del Muro de Berlín presagia un cambio en la Unión Soviética, por lo que ese reino de Livonia, que demandaba el príncipe Tuukulo en El negociado del yin y el yang y en El rey recibe, se hace más factible.

En esta tercera entrega, Rufo Batalla también se ha estabilizado, y ha prosperado muchísimo pues al casarse con Carol Escolá, hija del empresario Víctor Escolá, pasa a formar parte de las familias más adineradas de Barcelona. Cuando comienza a viajar, a instancias de enigmáticas llamadas que aluden al príncipe y a Queen Isabella, se da cuenta de que será difícil compaginar su vida matrimonial con su afán detectivesco. No obstante, como se aburre, viaja de nuevo a París, Londres, Austria, Moscú o Nueva York.

Pero Rufo no es un detective al uso, a veces el lector tiene la impresión de estar ante un personaje de cómic. Todo le surge de manera disparatada y se embarca en la aventura casi de forma temeraria. Los hechos le van viniendo casualmente y él los recibe sin aspavientos, sin demostrar demasiado interés por lo que va a suceder. Esto es perfecto para que vaya relatando su periplo objetivamente, sin engreimiento ni falsa modestia. En esos momentos deja de ser un personaje de ficción y asume rasgos de su autor, porque Eduardo Mendoza va desnudando su alma en reflexiones, sueños o deseos que echan por tierra algunas de las ideas sobre las que se sustenta nuestra sociedad.

Trasbordo en Moscú es una comedia de reflexión social. Es reflexiva porque cualquiera de sus personajes, en un momento u otro del argumento expresan sus razonamientos sobre diversos enfrentamientos que, si comenzaron a finales del siglo XX o antes, aún no se han resuelto sino todo lo contrario. El problema es que todos opinamos de todo y parece que nos preocupamos más de lo que sucede a los demás que de lo que podríamos arreglar en nuestro entorno. Es más fácil hablar de problemas ajenos, como el asesor jurídico madrileño, Arévalo, quien «estaba alarmado y un tanto molesto por la presencia cada vez mayor de la lengua catalana en las relaciones personales, en los medios de comunicación y, sobre todo, en la enseñanza primaria», problema que se presentaba a «quienes consideraban indiscutible la unidad de España» y no a quienes no toleran que en el territorio español exista una verdadera diversidad de lenguas y comunidades.

Hay un sector de la población, lamentablemente cada vez mayor o que cada vez se deja oír más, que considera que todo lo que no es de derechas es comunismo; ante esto Rufo recapacita sobre lo defectuoso del mundo y del ser humano. Si es cierto que el hombre es imperfecto cualquier sistema de gobierno lo será, pero hoy más que nunca vemos en el capitalismo una corrupción desmesurada, mientras que en un sistema comunista «No creo que haya grandes cuentas en Suiza o en las Islas Caimán […] ¿Dónde preferiría que creciera mi hijo?».

Otras observaciones interesantes recaen en conceptos tan dispares sobre qué es el dinero y si lo despreciamos de verdad. La diferencia sutil entre clasismo y racismo es clave en países desarrollados, que admitimos a personas de cualquier raza siempre que sean de una determina clase social. El grupo cobarde de la clase media que «se burla de la vulgaridad» del proletariado mientras que esa clase media es «plañidera y servil, cumplidora de la ley, fiel a los preceptos de la Iglesia, leal al que manda […] creada por la clase dominante […] como señuelo para engatusar a los pobres». Probablemente solo mirando desde esta perspectiva entendamos el porqué del aumento de la derecha en la clase media, se ve incapaz de llegar a clase alta pero teme quedar relegada al escalón proletario.

Encontramos especulaciones sobre las consecuencias que el paso del tiempo va dejando en nuestras ilusiones perdidas, que nos llevan irremediablemente a adoptar actitudes cómodas y eficaces para nuestro bienestar. Reflexiones sobre el arte en general y la labor del crítico en particular quien, al desentrañar la obra para que esté al alcance de todos, ¿la desliga del arte como expresión del artista? Razonamientos sobre la poca efectividad del teatro independiente cuando se repiten las mismas técnicas, pues cansan al público y a los propios autores y actores. El teatro independiente debe ser variado en temas y métodos, y englobar al resto de manifestaciones artísticas, por esta dificultad que conlleva es más fácil querer buscar «otras salidas». Consideraciones generales sobre el ser humano, tan explícitas y obvias que, al pensar en ellas, no podemos evitar sentir cierto temor ante algunos supuestos hombres «Si algo distingue a los humanos de las fieras es la capacidad de empatía, de generosidad y de perdón», y nos llevan al verdadero sentido de la justicia y la igualdad ¿Existe? ¿Para todos? Está claro que son pilares que se tambalean. Cualquiera hace lo que sea por mantener su nivel, o el que cree que le corresponde, por eso el príncipe Tuukulo «con vistas a la toma del poder […] contactos con los sectores más execrables de la sociedad […] Con todos ellos había contraído deudas cuantiosas […] por prudencia, desde hacía un tiempo vivía oculto en un lugar solitario, fuertemente custodiado» ¡Vaya! ¡Qué cercano siento todo esto! 

Hay muchas formas de afrontar estos problemas y Eduardo Mendoza los expone desde el lado amable, aparentemente despreocupado. Con un ojo clínico de observador perfecto, no es la primera vez que se vale de un personaje convertido, por circunstancias ajenas, en detective para soportar, entender y desentrañar lo que nos rodea, desde lo más evidente hasta lo dudoso. No cabe duda de que el prototipo de detective absurdo-surrealista es el innombrable residente en una institución psiquiátrica, que en condiciones casi mendicantes nos sacó numerosísimas carcajadas y alguna lágrima, desde la primera hasta su última aventura (El secreto de la modelo extraviada).

Rufo Batalla tampoco es detective de profesión, pero se deja llevar por lo que le proponen y recorre medio mundo analizándolo. En esta entrega, la última de Mendoza (¡No me lo quiero creer!), el espía se ha capitalizado, no por méritos propios sino matrimoniales; Rufo no niega que vive bien gracias a sus suegros, que lo aceptan desde el principio porque saben que no les dará problemas, porque Rufo Batalla, como su creador, también es amable, conciliador, el personaje perfecto para protagonizar una comedia. Mediante el humor, Mendoza puede desplegar una visión amplia de la sociedad, al conseguir que empresarios, políticos, gente culta o analfabeta, ricos o pobres rodeen a Rufo Batalla como un coro griego que presagia la tragedia «en nuestra sociedad el pequeño estafador ya no tiene nada que rascar […] Hoy aquí mandan las mafias, señor Batalla. Créame, yo no tengo estudios y soy un fontanero retirado, pero en mi juventud fui apoderado de novilleros y he visto mundo».

El humor de Eduardo Mendoza es inigualable, con un estilo propio, mendociano, a medio camino entre los hermanos Marx y Mihura, cuya base es una mezcla de expresiones ingeniosas, inteligentes y absurdas que se dicen como evidencias mientras somos testigos de acciones cercanas a imágenes vívidas y gesticulantes. Los juegos de palabras son inverosímiles y el comportamiento muchas veces infantil, con exageraciones expresadas por defecto

Soy buen fisonomista, pero para los nombres, una calamidad. Mi amigo es alto, fuerte, de rasgos eslavos

[…]

—Si no me da más datos…

—No se me ocurre ninguno más

Las conclusiones inesperadas al ofrecer respuestas que no se ajustan a la pregunta, o al confirmar lo contrario de lo que en principio se pretende, son de gran hilaridad, sobre todo porque traspasan las fronteras ficticias de la novela y se acercan a la realidad más actual: «Como los dos ganaban un buen dinero y sentían apego por aquel lugar, habían ampliado la casa, añadiendo a la vieja construcción un edificio moderno, rectangular, de muros blancos y grandes ventanas. El conjunto era un adefesio».

Eduardo Mendoza nos deja escenas que sacan la carcajada no importa las veces que las leamos. La del perrito Walter huyendo ante la amenaza, «¡Walter, deja de ladrar o te daré una azotaina!» e intentando ser atrapado por su dueña, Mimí, que «lo perseguía a cuatro patas» y por el mayordomo Antonio quien «A mi madre la tiene convencida de que es abstemio pero a partir de las seis de la tarde no se aguanta en pie», es épica. Pero sobre todo, Mendoza es un excelente escritor y un hombre bueno, y culto. De ahí que la novela quede salpicada por curiosidades de los grandes de la literatura como Shakespeare o Vázquez Montalbán, y por citas de obras de John le Carré, Cervantes, Quevedo o San Agustín.

Transbordo en Moscú supone el cierre perfecto para esta trilogía que representa una mirada crítica al siglo XX. Espero, deseo, que no sea el cierre de su labor como escritor. Un genio. Y un modelo a seguir.

domingo, 17 de noviembre de 2019

EL NEGOCIADO DEL YIN Y EL YANG



A principios del siglo XX, Pío Baroja escribió una trilogía: La lucha por la vida, donde expone, entre realidad y ficción, las andanzas de Manuel Alcázar, un personaje apático que intenta encauzar su vida en el marco cambiante de la política española.

Ahora, a principios del XXI, Eduardo Mendoza, extrae algunas citas de la obra del noventayochista para ilustrar las peripecias de Rufo Batalla, personaje que, haciendo honor a su nombre está en constante movimiento aunque paradójicamente no sea amigo de aventuras.

El negociado del yin y el yang es la segunda parte de la trilogía, encabezada por El rey recibe, que trata momentos definitivos sociopolíticos del siglo XX. El protagonista es el mismo que ocupó las páginas de la primera parte, Rufo Batalla, y continúa sus relaciones (impuestas por las circunstancias) con el príncipe Tuukulo quien, en su intento de recuperar su reino, absorbido por la URSS, lo envía a Oriente para que negocie en su nombre con Tuam Patam, quien está al mando de Ju Ju Island, paraíso fiscal de cuantiosas divisas que, los nuevos empresarios de la reciente democracia española, derivan allí. A cambio de sus servicios, Rufo recibirá una importante suma que quedará blanqueada en el momento en el que él le dé curso legal desde su banco.

Curiosamente Rufo Batalla no es consciente de su cometido hasta que los hechos no van sucediéndose. Se va enterando de lo ocurrido paso a paso. El príncipe le advirtió que era mejor su ignorancia en el asunto y a Rufo le resultó más cómodo dejarse llevar, porque, en realidad, tampoco se sentía a gusto donde estaba ni con lo que hacía.

Nuestro protagonista es un exiliado forzoso en Nueva York, que en los 70, y con motivo de la muerte de su padre, vuelve a España, donde tiene ocasión de acudir a una fiesta en casa de un representante de Naciones Unidas. Allí se cerciora de la falta de entusiasmo, escasez de opinión y de la soledad que se respira en un país dictatorial «Me respondió que en realidad defendían los intereses de su país y de sus compatriotas, fuera cual fuera el gobierno de turno», así que regresa a Nueva York. A la muerte de Franco, en 1975, se plantea volver a su Barcelona natal, viaje que pospone para aceptar el encargo de Tuukulo; se da cuenta de que su juventud ha sufrido un vuelco en Estados Unidos, hasta el punto de que no se siente parte de ningún lugar, tiene miedo de encontrarse cara a cara con el país atrasado y cerrado que dejó atrás, y miedo de quedarse en un lugar donde no se siente del todo parte real, así que vuela a Tokio con la misión de entregar una carta.

De Tokio viaja a Bangkok y de allí a la isla Ju Ju Island; a la vuelta es apresado por unos piratas que confundidos por su identidad, creían que era el príncipe, pretenden sacar beneficios. Rescatado por Norito, su acompañante en Tokio, puede regresar a Barcelona, donde lo defrauda un país no tan moderno y libre como esperaba. Tras muchos sinsabores consigue un trabajo, la recompensa por la misión llevada a cabo para Tuukulo y una sorpresa con la que no contaba y que nos hace esperar, impacientes, la siguiente entrega de la trilogía Las tres leyes del movimiento.

Eduardo Mendoza hace referencia, en esta novela, a cómo podemos aunar las fuerzas del universo, responsables de que encontremos un equilibrio entre lo que nos ata a la tierra, el concepto femenino del yin, y lo que nos fuerza al movimiento, concepto masculino del yang.

Curiosamente Rufo Batalla representa el yin a su pesar, puesto que él, pasivo por naturaleza y conformista, no se siente llamado a echar raíces en ningún sitio, pero tampoco busca el cambio. Serán las mujeres con las que se relaciona quienes, como el yang que le da el equilibrio, vayan abriendo un resquicio de luz en su vida. Su hermana Anamari lo fuerza a viajar a Alemania, para que pueda conocer mejor a su hermano, y de esta forma a sí mismo, mientras le busca desesperadamente un trabajo en España que solucione sus problemas. Su madre le aporta la casa familiar para que resida normalmente en Barcelona. Por otro lado, la esposa del príncipe, Quenn Isabella, en realidad Mónica Coover,  la sobrina de la abadesa, Mme Kwank, Norito, y la propia Caroll, son quienes lo buscan, deciden tener sexo y sacarlo de cualquier apuro,

…oí la voz de Norito […]
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Nadando
—¿Para qué?
—Vaya pregunta. Para sacarte de este enredo

Si el planteamiento del autor entre el yin y el yang es original, también lo es la construcción que realiza de la ciudad a partir de focalizar la atención en el protagonista. El espacio adquiere, junto a Rufo Batalla, la categoría de personaje, hasta el punto de que empatizamos con la ciudad acogedora y moderna de Nueva York, con la llamada de auxilio que nos llega de Oriente Medio y con el rechazo que le supone a Rufo su propio país, al que no ve avanzar, «Reconozco que mi queja es estúpida. Estamos rodeados de dolor, de violencia gratuita. Al enfermo y a la víctima no se les brinda la posibilidad de quejarse, porque no hay alternativa a su infortunio. La queja surge cuando hay alternativa y reflexión: una infrecuente conjunción de lujos».

Y lo más relevante es que este espacio-personaje perteneciente a un tiempo anterior, ilustra en todo momento el presente ¿Cómo es posible que no aprovechemos las alternativas?

Mendoza consigue literaturizar las ciudades mediante el contraste entre lujo y abandono, o con una parodia de las circunstancias propias del lugar «Enmarcada entre una espaciosa franja de mar y una suave y diminuta cordillera, Barcelona viene definida por sus límites. Por esa causa el barcelonés vive encajonado y, aunque finge ignorar su discapacidad, por más que se apresure, nunca saldrá del corto perímetro de su demarcación». Asimismo une la documentación de los hechos reales que reconstruyen una época, con una descripción subjetiva del espacio, donde representa los sucesos históricos que le sirven para profundizar en lo problemático, «En aquella época y a nivel simbólico, todo barcelonés se identificaba en su fuero interno con el más estrafalario de sus habitantes: un gorila albino apodado sin ingenio Copito de Nieve […] atracción única en el mundo por la que nadie sentía piedad, quizá porque él nunca esbozó un ademán que la inspirara».

El estilo cervantista de Mendoza también aparece en El negociado del yin y el yang; Rufo Batalla actúa sin saber qué va a hacer ni cuáles serán las consecuencias; ante unos personajes es Rufo pero ante otros es el príncipe Tuukulo, alguien desubicado por completo de la realidad para poder ofrecernos, con el característico humor mendoziano, otra deformada, absurda, «Me encontré en la cubierta de un barco bastante grande rodeado de individuos de tez oscura, con pinta de antropófagos. Uno de ellos se plantó delante de mí y pronunció unas frases guturales en un idioma desconocido. Le pregunté si hablaba inglés. Emitió un gruñido».

Una realidad que intuimos verdadera, pues los sentimientos que afloran convierten a las conclusiones en universales al estar asentadas en un tiempo anterior, profético. Una realidad pretérita que refleja de forma desconcertante la actualidad. Excelente novela, y valiente, que, como su autor, conjuga a la perfección el yin y el yang.

sábado, 26 de enero de 2019

GRANDES PREGUNTAS



Me gusta Eduardo Mendoza, soy una apasionada de su novela, del humor absurdo que emana de sus páginas y que no es sino una estrategia perfecta para criticar, sin insultos, con inteligencia, con el savoir-faire que también lo caracterizan como persona, determinadas costumbres sociales, la acción política ineficaz que no lleva más que al enfrentamiento del pueblo por las ansias de poder de los gobernantes, para censurar los prejuicios que consiguen hacer del ser humano alguien superficial.

Por eso, al ver que Seix Barral había sacado una trilogía teatral de nuestro Premio Cervantes, me apresuré a comprarla; he de confesar que desconocía su labor como dramaturgo. Me llevé una sorpresa al leer en el prólogo que la infancia de Mendoza estaba unida al teatro. No entiendo cómo ha escrito solamente tres obras, Restauración, Gloria y Grandes preguntas. En las tres se nota el sello del autor, pero hoy sólo voy a comentar Grandes preguntas porque es la que más me ha gustado. Es donde he podido distinguir sin dificultad al Eduardo Mendoza novelista, escritor, portador de uno de los estilos que confieso más difíciles sin caer en la tontería, el absurdo, subgénero en el que parece desenvolverse como pez en el agua y que me atrae especialmente porque me obliga a pensar.

Y, aunque es cierto que la mayoría de ocasiones el absurdo pretende reflejar lo disparatado de la vida humana, también lo es que Mendoza evidencia además el sinsentido social, quedando sus obras como crítica hacia esa sociedad (que es la nuestra).

Creo que Grandes preguntas, obra teatral en la que paradójicamente se hacen constantemente preguntas nimias,

Tobías.- … ¿Deportes?
Daniel.-  ¿Deportes… qué?
Tobías.- ¿Le gustan los deportes?
Daniel.-  Como a todo el mundo
Tobías.- La respuesta no es válida

es un referente del absurdo de Ionesco o Beckett; algo que no pasará de moda, universal, porque revela la obsesión por hallar la verdad absoluta que, por supuesto, no se encuentra en este mundo en el que estamos solos, como el anacoreta Tobías

No lo sé. Yo de las cosas del mundo no me ocupo. Ni siquiera cuando estaba vivo… A los doce años me fui al desierto, a vivir en una cueva.

el boxeador Marcial, el recientemente fallecido Daniel, su secretaria, a la que obligó bajo amenaza a ocultar un fraude que cometió «como todo el mundo», o sus mujeres pagadas, mujeres de una noche por las que no sintió ningún aprecio, simplemente las usó cuando tuvo necesidad y las dejó como quien deja algo gastado que ya no le vale.

Grandes preguntas es una mezcla entre interrogatorio policial y confesión religiosa (supuestamente el fallecido llega al cielo y supuestamente el guardián le pregunta por sus actos, para juzgar si puede entrar. Nada más lejos de la realidad)

Yo indiscreciones no quiero oír. Si usted ha hecho estas cosas y se las quiere contar a alguien búsquese a otro. Yo no estoy aquí para oír fanfarronadas ¿Quién se ha creído que soy?

El careo se convierte en un espejo acusador de los valores impuestos por una sociedad que los considera trascendentes, sexo, comida, deportes… hasta que el propio interesado se da cuenta de lo que es importante y, lo que es peor, ya no puede remediarlo.

En las repeticiones están condensadas las acusaciones, en la falta de sentido de las preguntas se esconde la falta de sentido de la existencia, propicia para cuestionar a la sociedad y al ser humano

Daniel.-  ¿Que me guste la tortilla de patatas?
Tobías.- Sí
Daniel.-  No me parece ni bien ni mal. Es una cosa natural
Tobías.- Un huevo es una cosa natural. Una tortilla es un atentado contra la naturaleza tal y como Dios la creó.

La falta de secuenciación dramática, el no seguir una estructura coherente, consigue crear una atmósfera onírica en la que la realidad se desdibuja en el sueño, en la enajenación

Y cuando llegó al valle se encontró que su pueblo había hecho un becerro de oro […] Entonces Moisés lanzó las piedras contra una roca y las hizo añicos. Y a partir de aquel momento ya no hubo más ley…, sólo reglamentos y jurisprudencia.

La entrada de Marcial y su monólogo, sin venir a cuento en la conversación entre Tobías y Martín, es demoledora, de una tragedia espantosa, de cómo podemos llegar a aprovecharnos del débil, sin importarnos las consecuencias que deba sufrir, sin afectarnos su muerte y, lo que es peor, sin que todo esto permanezca bajo el amparo de la justicia y pueda quedar, cualquier maltratador físico o moral, cualquier asesino sin una sentencia honesta.

Y te vas a reír, pero no noté nada […] sentí como dos…, como dos, no sé, como dos carbones en los ojos. Y Luego ya nada […] Si te hubiera visto, habría podido, quizá habría podido… Pero miré y no estabas, bicho. ¿Adónde fuiste?

Esta denuncia aparece en Grandes preguntas, no sólo en el desorden estructural sino en los recuerdos que le vienen a Daniel sobre Missy «Si ella se había hecho ilusiones de alguna clase, yo no tengo la culpa» y a los que Tobías, ese supuesto juez, parece no conceder ninguna importancia. De ahí que nuestro fallecido, al darse cuenta de sus errores y la poca repercusión que van a tener en el veredicto, se lo echa en cara a Tobías, acusándolo de ser igual que él «Somos la misma cara de la misma moneda. Y encima la moneda es falsa».

Daniel, símbolo del hombre, se encuentra perdido en un mundo sin sentido. ¿Está realmente en el cielo? ¿es el infierno? ¿es un sueño? Al no tener nada claro, al sentirse parte de una arbitrariedad total es cuando asaltan, tanto al personaje como al espectador, la conciencia de estar solo, la certeza de la incomunicación, la convicción de que nada es importante, de que el paso del tiempo es inflexible, implacable, circular, consiguiendo que todos los desastres vuelvan a cometerse. La existencia no entiende de lógica por eso el espacio de representación está vacío, sólo ocupado por personajes que se sienten fuera de contexto representando escenas incoherentes, contrarias a la razón.

En Grandes preguntas se cuestiona la necesidad de la espera puesto que Daniel, desde el primer momento está expectante por saber qué se va a decidir hacer con él, y tras el interrogatorio se da cuenta de que nadie decide nada, que todo le ha servido para reflexionar, para que reflexionemos, sobre sus hechos y los de quienes lo rodean, pero va a continuar solo aun en la falsa esperanza de una vida eterna tras ser absuelto «No hay ningún veredicto».

No hay vida eterna, no puede haberla desde el momento en que la vida terrenal es irracional, por lo tanto si la existencia no tiene lógica, es inexplicable que intentemos buscar fundamento en una vida imaginaria.

Tobías.- Estamos llegando al final. La luz se apaga y la vida es como un sueño olvidado al despertar. Ya se irá acostumbrando. A todos les cuesta. Pero poco a poco se van haciendo a la idea.

Grandes preguntas pertenece a ese teatro intelectual que exige un análisis profundo, al que llamamos absurdo. El público está presente desde el principio experimentando cierta identificación al reflexionar sobre las respuestas de Daniel.

Si los diálogos dejan que los personajes se den a conocer como emblemas de determinados grupos sociales, los gestos y movimientos ayudan a reforzar la riqueza lingüística, riqueza que, no podía ser de otra manera en el absurdo y en particular en Mendoza, adolece de todo tipo de humor: al plasmar lo relativo del paso del tiempo «(Sale una luna muy grande da una vuelta por el horizonte y vuelve a desaparecer) ¿Lo ve? Aquí el tiempo pasa volando.»

Humor al exponer la importancia absoluta que otorgamos a ciertos aspectos y que en realidad es relativa

Tobías.- La religión se ha de practicar con moderación, a diferencia del sexo.
Daniel.-  ¿El sexo no se ha de practicar con moderación?
Tobías.- No lo sé. Es lo que dice el prospecto…

Humor irónico al referirse a aquéllos que creen saberlo todo

Tobías.- ¿Usted en la vida era un sabio?
Daniel.-  ¿A qué se refiere?
Tobías.- Es tonto, obstinado y grandilocuente…

Humor en el significado denotativo de las palabras

Tobías.- Trascendente, según la escolástica, es lo que queda fuera de toda experiencia posible, es decir, más allá del espacio y del tiempo. Si lo decía en ese sentido…
Daniel.-  No. Sólo quería decir una relación sin compromiso…

Humor crítico hacia los psiquiatras «…tendrá que ir al psiquiatra. Pero no sé cómo lo hará, porque aquí no los dejamos entrar.»

Y hasta cierto sarcasmo al referirse a las normas que deciden quién va al cielo o al infierno «¡Uf, hay tanto! La predestinación, la misericordia divina, un sorteo. ¿Qué diferencia hay?»

Puesto que estamos en una obra teatral, la comunicación no verbal es igual de importante para poner en marcha el espectáculo. Encontramos en Daniel gestos emblemáticos que acentúan su respeto ante el interlocutor, supuestamente superior, hasta que se da cuenta de que son «dos caras de la misma moneda» por lo que cambia además el tono sumiso anterior por otro testimonial con la finalidad de que todos nos identifiquemos.

Asimismo, el tono de Tobías varía a lo largo de la obra, desde el interrogatorio para dar la impresión de que sólo quiere informarse, hasta el coercitivo para imponer su voluntad, quiere que Daniel llegue a donde a él le interesa, pasando por el irónico para ridiculizar determinadas apreciaciones sociales no del todo correctas:

Tobías.- Bah, el amor, el amor… ¿Qué pinta en todo esto el amor? San Francisco amaba a los animales y no bailaba con ellos. Y que yo sepa no hizo ningún intento de reproducirse…
[…]
Tobías.- ¿No se peleaban nunca?
Daniel.-  Con mi padre, alguna vez.
Tobías.- ¿A puñetazos?
Daniel.-  ¡No! Por cosas sin importancia. La diferencia generacional, ya sabe.
Tobías.- Por supuesto. Mi padre compraba y vendía […] Desde pequeño yo quería ser anacoreta. Tuvimos unas palabras ¿sabe? Y puñetazos… Por eso se lo preguntaba.

Tobías, realiza al comienzo de la obra un gesto ilustrador al cambiar su actitud y dar credibilidad a lo que va a suceder «(Tobías lo ve, deja de cantar y adopta una expresión seria)». Gesto que irá transformándose en aburrido, según se desarrolla el diálogo.

Los gestos reguladores favorecen la función fática, de contacto entre los personajes, aunque a veces, por medio de las acotaciones, entendamos que esa interacción se rompe. Estamos condenados a no entendernos

Daniel.-  Como le acabo de decir. Yo había ido a tomar una copa…
              (Interrumpiendo a Tobías, que se dispone a hacer una pregunta) ¡No recuerdo cual!

El personaje de Marcial es quien probablemente realice más gestos adaptadores, que incrementan su tensión con determinados tics y pretenden controlar su estado emocional.

Y él: Te vas a reír, me dice, te vas a reír […] Y yo: ¿qué estás diciendo?, ¿te has vuelto loco o… loco o qué? Y él […]
(Pausa)
Y entonces voy y le digo: está bien, te vas a reír, acepto, pero sólo por esta vez y porque es de beneficencia

Lo que apenas encontramos son gestos emocionales. Los sentimientos no tienen cabida en una sociedad despiadada, irracional.

Tobías.- Nadie ha dicho que esto fuera un juicio. Esto no es más que un test. Vuelva a sentarse.

Por eso, las grandes preguntas son aquellas que se refieren a todo lo que hacemos y a lo que no concedemos importancia, bien porque es la costumbre, bien porque lo encontramos intrascendente y, al final, dejándonos llevar por “lo políticamente correcto” estamos creando una sociedad absurda, desnaturalizada, deshumanizada.

domingo, 23 de septiembre de 2018

EL REY RECIBE



Aún no hemos leído todo lo que Eduardo Mendoza tiene que decirnos.

Aún no hemos dejado de sorprendernos con las reflexiones de Eduardo Mendoza.

Aún no hemos rendido suficiente homenaje a esa gran persona que, de sí mismo, Eduardo Mendoza plasma en sus novelas.

Asomarse a la literatura de Eduardo Mendoza es entrar de lleno en el humor, en el buen humor; incluso su ironía, su sarcasmo no ofenden porque es un maestro del lenguaje; juega con las palabras de manera que, como en cualquiera de los más grandes, Cervantes o Shakespeare, los términos coloquiales conviven en armonía con los cultos… y hay muchos en El rey recibe: aquiescencia, baldía, inexpugnable, idiocia, edecán, heréticas, margrave, civilidad, proceloso, timorata, atrabiliario, molicie, soflama, calmuco, deletéreas, delación, staretz, simonía, mansarda, ostracismo, execrable, tedioso, circunnavegándolo o adlátere son sólo un ejemplo del vocabulario que podemos encontrar, por supuesto junto a otro de nivel coloquial, latinismos o extranjerismos, «grosso modo», «un abrazo, Bobby, the once and furure king», «Erbarme dich, mein Gott, pensé, por más que se me antojaba…», «para comer buenos fruits de mer había que ir al Midi». Igualmente, aunque no es usual, a veces aparece alguna expresión vulgar «me preocupa lo que pueda pasar en España cuando se muera Franco —Ah, ¿ves? Pues a mí eso me la suda», «¿qué coño pasa?».

Asimismo, las diferentes situaciones se abren con una cita de autores famosos, en su lengua original, pero a esto volveremos después; ahora simplemente he querido remarcar la profusión de variedades lingüísticas, giros, lenguas, para señalar que El rey recibe parece imbuido de un tinte internacional. Pero no nos engañemos, si bien es cierto que la segunda parte de la novela transcurre en Nueva York, también lo es que sus personajes son españoles en su mayoría. Con esto, España y el cambio que experimenta en la 2ª mitad del siglo XX es la protagonista

—Ah, no. Yo no hago performances. Eso se lo dejo a los artistas plásticos. Yo soy un músico. Y puedo tocar esa mierda tan bien como Richter. Pero lo que yo quiero es destruir al maldito farsante.
—¿El maldito farsante es Brahms?
[…]
—Yo soy un artista que se expresa a través de la música. Y al margen de las convenciones impuestas por el poder.

Rufo Batalla es el encargado de informar al lector sobre los sucesos ocurridos en nuestro país que dejaron huella en sus habitantes.

La novela se divide en dos partes, en la primera, Rufo Batalla, «ferviente partidario de la revolución a ultranza en sus años de estudiante», entra a trabajar, en la década de los 60 a un periódico —por enchufe paterno— y lo mandan a Mallorca a cubrir la boda del príncipe Tuukulo. Sin pretenderlo, y tras sufrir una de las típicas situaciones surrealistas a las que nos tiene acostumbrados nuestro autor, mantiene una conversación con el propio príncipe de Livonia, en realidad república socialista, a la que quiere recuperar mediante un golpe de Estado. Rufo Batalla, sin tenerlo claro, se ofrece a ayudar a Bobby (verdadero nombre del príncipe). Una vez de vuelta a Barcelona siente curiosidad por ver Europa del Este y enterarse de lo que ocurre allí en primera persona. En Checoslovaquia lo ponen en contacto con Katerina quien, con otros compañeros de izquierdas le hablan de lo bien que funcionaba el país y la ruina en la que se encontraba actualmente por no cambiar a los dirigentes caducos. Rufo regresa a Barcelona un poco antes de la liberación política llevada a cabo durante La primavera de Praga; esto y el mayo del 68 francés consiguen que se sienta más distante de todo, menos apasionado en su trabajo. Le proponen entonces, dirigir una revista, “Gong”, que le permite independizarse, tener una novia, que lo engaña, cortar con ella, mantener una aventura con la mujer de Tuukulo, Mónica (Queen Elizabeth) y embarcarse en una «maniobra geopolítica de amplio alcance que, de salir bien, le devengará cuantiosos beneficios, y no sólo espirituales».

Así es como llegamos a la segunda parte, Rufo Batalla va a Nueva York ya que le ofrecen un puesto en la delegación de la Cámara de Comercio en la gran manzana. Además de sus compañeros de oficina, que le resultan indiferentes, conoce, de forma casual, a una pareja, China (Conchita) y Allan Higgins, abogado de buena posición económica, con mucho tiempo para el trabajo y poco para su mujer quien, sola, se aficiona a dar fiestas en su casa, a las que acude gente selecta. Rufo conoce allí a Valentina (de la que se enamora); después vendrá Ernie, de quien tiene celos hasta que se entera de que es homosexual; y conoce, sobre todo, la tristeza del emigrante, la soledad que no lo abandona en ningún momento. El príncipe Tuukulo vuelve a ponerse en contacto con él y le explica la historia de su país, cómo fue conquistado, destruido, reconstruido, vuelto a destruir y a formar parte de Rusia, con lo que se le trastocan los pensamientos de aspirar al trono, algo de lo que no desiste (en parte gracias a la aportación con la que, sin ser demasiado consciente, Rufo lo avala). Y ahí, solo en Nueva York queda nuestro protagonista a la espera de nuevas aventuras.

El argumento es totalmente real y, sin embargo es una realidad ficcionada donde se mezclan, complicando la trama, casos de corrupción, mafia, dictaduras… todo ello relatado desde el humor, por el absurdo que emana de diferentes situaciones, por la tristeza que aparece en otras.

La novela podría pertenecer al movimiento posmodernista, durante el que los socialistas defraudaron al mundo pues cuando el poder estaba en manos de quien tenía la riqueza, los jóvenes intentaron una forma de vida que anulase el capitalismo, sin pararse a pensar si sería válido y si lo que en realidad los movía era el mismo deseo de enriquecerse

Las Meninas es un icono vil y malintencionado que debería ir a la hoguera […] si no ha sido destruido ya es porque una tasación ficticia le confiere un valor económico desmesurado.
—Pues si Las Meninas no es arte ¿qué lo es?
—La suela de mi zapato, hurgarse la nariz. Cualquier cosa que un ricacho no compraría.
—Pues eso es precisamente lo que están comprando. Y vosotros hacéis cabriolas para que siga la fiesta

Desde el comienzo, la narración se nos presenta deconstruida por un formato nuevo aunque metaliterario; el tipo de letra cambia, y normalmente el código lingüístico pues las citas aparecen en inglés, francés, alemán, catalán o, es cierto, castellano «Tuve esta historia de alguien que no tenía nada que contarme ni a mí ni a ningún otro»; la novela abre con este guiño a Edgar Rice Bourroughs y su obra Tarzán, que tanto éxitos le trajo en la primera mitad del siglo XX. Este Tarzán, criado en un paisaje idílico es, además del rey de la selva, el hijo legítimo heredero del señor de Inglaterra. Y si Tarzán representa a ese ídolo de la virtud terrenal de EE.UU. que había sido desplazado por la ciudad decadente, no debemos olvidar que fue el primer icono de la cultura pop, pues alcanzó la saturación global.

Si entendemos esto comprenderemos mejor «la suntuosa boda del heredero de una de las más antiguas realezas e Europa con una señorita perteneciente a una noble y adinerada familia de la aristocracia inglesa […] eligieron para contraer matrimonio el marco incomparable de Mallorca».

Hay que prestar mucha atención a estas anotaciones con las que Mendoza comienza determinados acontecimientos o secuencias, pues marcan la clave del significado universal. Así este Tarzán-príncipe Tuukulo, legítimo heredero de Livonia (en un pasado remoto) llamado a convertirse en Tadeusz I es en realidad Bobby en una ciudad decadente, de ahí que su mayor deseo consista en dar un golpe de estado para recuperar el poder y su gloria. Podemos decir que en El rey recibe no hay rey porque la sociedad ha avanzado y no tiene sentido el concepto de realeza. Incluso desde una perspectiva lejana tampoco lo tiene ese aspirante a rey español que viaja a Nueva York para visitar a los emigrantes fracasados, a quienes les importa bien poco las aspiraciones de los acaudalados que permanecieron en España

Los días de Franco estaban contados […] la continuidad del régimen asegurada con amenazadora firmeza por sus miembros más vociferantes […] y la alternativa daba miedo, […] —Me acaban de comunicar de nuestro consulado que dentro de unos días sus Altezas Reales don Juan Carlos y doña Sofía vendrán a los Estados Unidos en una visita oficial […] saludar a todos los funcionarios españoles destinados en esta ciudad […] don Juan Carlos nos dirigió la palabra. En un tono monótono y mala dicción nos agradeció nuestra presencia y nos animó a seguir dando una imagen positiva de la España presente y futura […] —Vaya panoli […] para mí que este hombre hará bien su papel cuando le toque, y lo hará bien porque se ve a la legua que no sirve para otra cosa.

Pues, así, siguiendo las citas podremos reflexionar lo que va ocurriendo en la novela: la neurosis obsesiva del perfeccionismo que lleva a la infelicidad (Freud), el problema del conocimiento (Kant), lo intratable de la libertad (Montaigne), los sueños amorosos soñados (Rimbaud), la realidad-ficción (Valle-Inclán), la soledad de la noche (Joyce), el final del orgullo (Luys Santa Marina), la indecisión de la juventud (T.S. Elliot), el sentido de la vida y las señas de identidad (Unamuno), la confusión del ser humano (Graham Green), sobre los que se van, cansados de la rigidez, para experimentar nuevas sensaciones (Lewis Carroll)…

Hay más, bastantes más, y entre todas ellas descubrimos la personalidad solitaria, indecisa, triste de Rufo Batalla; aunque lo más sorprendente es que Mendoza ha trazado, partiendo de la literatura universal la historia de un pasado rancio por el que debemos sentirnos avergonzados, y todo ello sin dejar de lado el humor; no hay exaltación en El rey recibe, hay reflexión elegante sobre un tema que no se presta a carcajadas pero tampoco al olvido «Los espías y los reyes sin corona estamos condenados a la rutina y al inmovilismo». Al leer la novela nos sentimos cómplices y capaces de afrontar la vida con optimismo. «He de hacer llegar una carta a una persona y no confío en el servicio de correos de este país, por lo demás excelente»

Todos (los españoles al menos) tenemos la obligación de leer El rey recibe pues, sin ofender a nadie, como es habitual en Mendoza, ironiza hasta lo inimaginable sobre la vida sin libertad de acción o expresión del siglo XX, que no hizo sino despertar, más si cabe, la picaresca de un español que necesitaba la mentira, el disimulo para sobrevivir dentro o fuera del país.

Con aquella conversación puse punto final a otro capítulo de mi existencia que tampoco había dejado huella.

Un capítulo que finaliza la noche vieja de 1973 y que promete nuevas aventuras para Rufo Batalla, probablemente enmarcadas en el poder emergente de la globalización, aunque nadie (en aquella época y casi nadie en la actual) supiera dónde llevaría eso.