martes, 23 de junio de 2026

SOMOS VIENTO EN LA PLAYA

Acabo la novela y no dejo de pensar. Cuando la tuve por primera vez entre mis manos experimenté impresiones encontradas, el título me sugería fuerza, libertad, mientras que la ilustración de la portada las negaba. Alas enormes que no servían para volar pues están hechas de papel y, aun así, oprimen a una cáscara de nuez, una barquita atrapada entre las alas que, por otro lado, parece que lleva la solución para su viaje en los remos.

Somos viento en la playa genera cierta inquietud; la misma que tiene “la amiga” de la cantiga de Mendinho con la que Paula Palacios García abre su novela en el íncipit. A través del poema del siglo XIII anticipa el tono y sugiere de forma casi imperceptible el mensaje. La amiga espera a su amigo en la ermita de San Simón, pero él no llega y la marea sube… La intriga continúa.

Así, empezamos a leer Somos viento en la playa y nos asombramos de la mezcla de estilos y puntos de vista. Tres narradores se dan la mano para contarnos una historia. El primer narrador es la voz de Mirren; esto lo vamos averiguando después.

En principio parece que el narrador es alguien ajeno al texto, en tercera persona, que conoce a la perfección a Mirren y sabe cuáles son sus sensaciones. Después nos damos cuenta de que este narrador pretende, con la tercera persona, una objetividad que no cumple del todo puesto que llegamos a conocer a Mirren a la perfección y al resto, Olivia, Dani, Leo…, solo por lo que hacen, aunque conforme avanza la historia tenemos la impresión de que el narrador sabe mucho más pero no le interesa contarlo.

La voz de Mirren aparece claramente en unos poemas que podríamos considerar como inicios de capítulo. Formados por tres estrofas anafóricas y desiguales que expresan sus emociones. Al figurar como una letanía marcan el dolor constante de la protagonista, sus anhelos, sufrimientos, esperanzas y desesperación.


Aquella prisa.

Aquel viento enfurecido que casi gritaba […]

Aquel caos de gaviotas.

Si solo leyésemos estos poemas nos daríamos cuenta de los sentimientos de Mirren en cada momento durante el tiempo que estuvieron escondidos en mitad de la ría de Vigo, huyendo de Claudora.

Seguidamente al poema, el narrador en tercera persona desarrolla la sensación que nos ha transmitido Mirren, «Mirren observaba el cielo gris claro, casi blanco […] comenzaban a caer algunas gotas […] La incertidumbre moviéndose a tanta velocidad es capaz de abrirte un agujero negro en el alma, pensó».

Y el capítulo se cierra con otro punto de vista y otro estilo; Yael, uno de los adolescentes que Mirren ha escondido para salvarlos de Claudora, cuenta en primera persona sus experiencias en esa comunidad. Con un lenguaje fresco, lleno de términos utilizados por la generación alfa, pone un punto contrastivo al ritmo anterior: «Yo no quería mangarle la lancha a Olivia, literal […] pero lo pensaba un huevo de veces porque además no me faltaban chances […] Olivia nos miraba como el culo, rollo jéiter total […] era un putadón de los gordos». Los términos de la jerga juvenil conviven con otros que han adoptado como palabras y en realidad son abreviaturas usadas en tecnología «qué aplis se descargaban», «enséñame alguna de sus favs». Y después de leer a Yael nos convencemos de que aunque cambien las expresiones, los jóvenes siguen siendo los mismos de siempre.

Es un personaje hiperrealista que conecta desde el primer momento con el lector, tanto si es joven como adulto; su monólogo es ágil, con el que refleja la inmediatez a la que está acostumbrado en la comunicación —que deriva de la influencia de internet— y en la relación —que también tiene que ver con el uso constante de la tecnología—. Su estilo es directo, con frases cortas casi siempre. Apenas analiza pero sí interpreta los actos de los demás. En la convivencia con el Arousano llega a entenderse incluso a sí mismo. Desde ese momento sabemos que da igual la tecnología; lo más importante para Yael es la comunicación; sus palabras están vivas y expresan sus emociones. A veces incluso con una sola palabra se refiere a un hecho sucedido, a una forma de ser o a toda una actitud «Igual que había tenido que salir de San Simón, cuando Olivia y Mirren habían pasado tantísimo de mi culo». El lector empatiza con Yael, bien por su forma desenfadada de transmitir una tragedia, bien por sus constantes hipérboles con las que, como sin querer, plantea la crítica a un proceso que ya ha dado comienzo en nuestra sociedad y podría conducir a un caos sin solución.

Las tres voces de Somos viento en la playa se transforman en las objetivas de los adultos responsables que analizan lo que sucede, la dolida de aquellos que lo están pasando mal y la subjetiva de los jóvenes que ven cómo se vienen abajo sus expectativas. Es una novela coral.

La paradoja de la imposición de alas para quitar la libertad y la dignidad a las personas es la paradoja de lo que está sucediendo en la sociedad. Prometen vidas fantásticas, soñadas, que en realidad se transforman en pesadilla para aquellos que piensan «como Mirren, que era un cocazo pero que casi no podía moverse».

Estamos volviendo a una sociedad que desconfía de las personas, «cualquier extraño era, antes que nada, un delator». Sin embargo nos creemos todo lo que nos dice cualquier inteligencia artificial o lo que vemos en internet «Aunque no hubiese pruebas o aunque las que hubiese fuesen feique total, había mogollón de mentiras tan universales que colaban como verdades y que nadie discutía».

Estamos viviendo la ruina medioambiental «Las viejas atarazanas ya no eran más que un desguace de hierros retorcidos y amontonados que destilaban el óxido de su abandono junto al mar».

Asistimos a retos virales que promueven el daño físico, moral o incluso la muerte «gente vulnerable a la que enganchaban en algún tipo de juego viral».

Vivimos la persecución a las instituciones públicas y a la educación, «se comenzó a mirar todo aquello con más recelo y no tardaron en llegar las denuncias».

Vivimos la cacería a los inmigrantes, tratados como animales en ocasiones «el lanchón iría hasta los topes y la peña al mogollón […] después […] echar a correr monte arriba, porque aquello se convertiría en una especie de cacería y habría que separarse».

Empezamos a ser como inválidos mentales «tan incapaces que podrían confundir el cacareo de las gallinas con cualquier pájaro silvestre […] desconocer todo lo que era de real utilidad en la vida y, sobre todo, en la naturaleza».

Nos estamos deshumanizando y, como en San Simón, «Hacía demasiado tiempo que la vida no tenía sentido para nadie».

Esta es, aproximadamente, la distopía que Paula Palacios presenta en Somos viento en la playa. Pero no es el futuro. En este presente empezamos a vivir observados en una sociedad en la que se altera la información y se limitan los derechos humanos. Hay voces que se levantan en contra, es cierto, pero otras viven instaladas en esta distopía social.

Palacios lleva a cabo una denuncia porque hay algunos, cada vez más, que deben moverse sin apenas recursos si quieren conservar la dignidad. La protagonista busca la libertad constantemente, sobre todo para una generación que empieza y lo tiene complicado.

Estilo impecable, vocabulario culto y coloquial, estudiantil y tecnológico conforman una narración ágil, profunda y emotiva.

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