miércoles, 27 de mayo de 2026

LA INTRIGA DEL FUNERAL INCONVENIENTE

Desde que me enteré de que Eduardo Mendoza iba a sacar un nuevo libro de la saga del inspector innominado esperé con ansia que llegase la fecha para comprarlo. Pero fue un regalo de Antonio por el Día del Libro, momento en el que vi en televisión cómo unos fanáticos llegaban a amenazar con la quema de los libros del autor por asegurar este, en broma, el nombre con el que deberíamos referirnos a la festividad de San Jordi. Menos mal que, haciendo gala de su buen humor, no hizo el menor caso y todo quedó ahí. Si algo se puede decir de Mendoza, como persona, es que ostenta un humor excelente, una educación intachable y una cordialidad espléndida.

No vamos a cuestionar su maestría como escritor a estas alturas; ya no tiene que convencer a nadie, pero leer La intriga del funeral inconveniente ha sido un acto renovado de admiración. ¿Cómo es posible que mantenga la capacidad de hacer reír con un personaje que protagoniza ya su sexta aventura? Lo consigue. Y esta vez con una estructura diferente. Mendoza deconstruye la trama in extrema res, por lo que, si al principio: «El funeral», andamos algo perdidos y creemos tenerlo más o menos claro, cuando acaba esta primera parte y empieza «La intriga» vemos que nuevos personajes aparecen y enredan más el asunto; nada es lo que parecía hasta que nos damos cuenta de que ese principio de la novela puede no ser el de la historia. Historia que para entender a la perfección hemos de leer «El inconveniente», la última parte. Al llegar al final somos conscientes de que la intriga no residía en saber qué pasó sino cómo ocurrió todo.

Un genio, Mendoza, capaz de sorprender a los 83 años. La novela se abre con una noticia periodística sobre un funeral al que han asistido pocos personajes y no conocemos el nombre de ninguno: el difunto, que no sabemos quién es, la hermana del difunto, de la que tampoco se dice su identidad, un policía jubilado, un hombre que se oculta bajo un sombrero, gabardina y gafas de sol, el dueño de la funeraria y RV, el que firma la necrológica.

El enredo surge cuando aparecen diferentes analepsis en las que se va contando una historia tan absurda que resulta creíble. Los lectores quedamos atrapados desde el principio con algo de inquietud, porque tememos encontrarnos con el final de la saga. Una sorpresa tras otra nos van sacando del error y, al ser conscientes de lo que pasa, ponemos nuestra atención en el continuo narrativo. Por supuesto la risa facilita la lectura en los diferentes flashbacks y prolepsis que nos vamos encontrando en esta anacronía.

Creo recordar que Allan Poe alabó aquellos libros cuyo final conocía el autor antes de sentarse a escribir. El maestro del terror lo puso en práctica en muchos de sus relatos. Ahora, este maestro del ingenio ha conseguido que en esa estructura no lineal aparezcan muertes, malversaciones o fuga de capitales bañados por su humor característico. Eduardo Mendoza imaginó el final y en La intriga del funeral inconveniente lo expone en forma de obituario. Inmediatamente nos damos cuenta del absurdo novelístico, marcado por la descabellada situación, «Dicho tanatorio dispone de salas de velorio y de dos capillas amplias y muy bien puestas, pero en esta ocasión, dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking». Y una vez enterados del único responso que se dirige al muerto, «Se veía venir», somos conscientes de que no vamos a ver nada hasta que quiera el autor. Cuando nos lo enseña, quedamos rendidos a su imaginación.

Los personajes van aumentando, unos son nuevos, otros, de novelas anteriores; estos forman parte de quienes hemos sido fieles a la saga, «Acabó internado en un centro psiquiátrico […] anduvo malviviendo de varios trabajos infamantes. Hasta trabajó en una peluquería de señoras»; unos ricos; otros, pobres; poderosos y menesterosos pero todos son marginales bien sea para enriquecerse más al margen de la ley, bien para subsistir.

Habitual en Mendoza es el espacio barcelonés; el cariño hacia la Ciudad Condal es evidente, aunque no descarta hacer cierta crítica social; en este caso, la censura a las posibilidades que tiene la clase alta para beneficiarse de paraísos fiscales es manifiesta.

Otra seña de identidad es el humor, bien destacando imposibilidades fonéticas «sus eses eran labiodentales […] y sustituía la ele por la eme y la erre por la pe […] pero acrecentaba su atractivo»; bien por asociación de significantes «…se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte como su nombre parece indicar».

El humor es visual «rechazó una falda plisada muy corta: tenía las piernas largas y flacas y el conjunto resultaba esquemático» o se basa en hacer lo contrario a lo que se dice «—Como nos vemos, no hemos de dar nombres y para afirmar o negar, solo has de mover la cabeza de arriba abajo o de lado a lado. ¿Lo has entendido? —Sí, don Basilio».

Asimismo, Mendoza expone la situación actual: tras conocer los trapicheos de la clase alta somos testigos de lo que pasa por la mente del pueblo llano —«Para mí —terció la señora Rialles— que buena parte de la culpa la tienen los inmigrantes».

El humor va in crescendo. Conforme vamos atando cabos no podemos evitar la sonrisa a veces; otras, la risa franca y siempre, la admiración ante esa mezcla de humor y parodia incluso al tratar temas como el desvío de capitales o el asesinato. También es manifiesto el humor acentuado por la mezcla de variedades lingüísticas: términos cultos, arcaísmos, lenguaje técnico y popular conviven en un mismo personaje «se te ha pasado el arroz», «hecho un perdis», «mindundi», «aledaño al pueblo», «la horda roja», «pelendengues»…

Pero no nos engañemos, la lectura de este Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025 es rápida, fácil, divertida y sencilla. Eduardo Mendoza es único urdiendo y exponiendo tramas y personajes que, ya desde el nombre, denotan alguna característica: mediante diminutivos que intentan debilitar: Melusina, Ramoncito Valenzuela; con alusiones a la personalidad, Don Pufo Colorado, reforzada a veces por epítetos, «la pobre Cándida»; con intención de seriedad eliminada por el apodo, Juan Ignacio Rodríguez Jarana «el Tigre Malo» o con alusiones religiosas: Monsieur Caminoi, baronesa Pía, profesor Barrabás le doyen…

Ya espero otra entrega del detective.

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