miércoles, 15 de noviembre de 2023

LAS FORMAS DEL QUERER


Hay libros que están bien escritos, que se llevan premios importantes; libros que se leen con gusto, con interés incluso y, sin embargo, cuando los acabas tienes la impresión de que ha faltado algo. No sé, al menos a mí, al terminar Las formas del querer me ha faltado una resolución más literaria, quizás más benevolente con los propios protagonistas, porque Noray ha hecho desde pequeñita aquello que quiso o lo que su mente le permitió, pero la situación en la que se encuentra Ismael y, sobre todo Estrella, no es justa; son una consecuencia más de las enfermedades mentales.

Las formas del querer no es una novela que tenga acción, Inés Martín Rodrigo escribe de forma pausada porque tiene clara la importancia del recuerdo y la función de la escritura como alivio del recuerdo. El lector se sumerge en la historia familiar de Noray y no tiene prisa por saber qué ocurrió ni cuándo; de hecho, llama la atención el no encontrar años exactos o tiempo concreto transcurrido, «mi bisabuela Aurora y la tía Eulalia, que eran más viejas ya que la tana…». Solo hay una fecha precisa en la novela y tampoco trata con claridad lo ocurrido, aunque lo sepamos; pero no hay nombres, no hay personajes específicos que intervengan «aquel lunes aciago del segundo mes del calendario de 1981 se quedó en un susto gordo […] Los tanques regresaron a los cuarteles […] terminó silenciado por la sensatez de la mayoría de los que entonces vestían uniforme. Entre ellos, mi abuelo Tomás».

Noray cuenta la historia de su familia, antepasados humildes que experimentaron el valor de la amistad y la ayuda cuando las circunstancias no eran favorables.

Noray tiene una relación especial con sus abuelos maternos, ha pasado con ellos temporadas de vacaciones y se ha sentido querida por ambos y apoyada sin objeciones. A pesar de todo, puede que, por haber visto morir a su abuelo paterno de repente, cuando era muy pequeña, se activara en su cerebro una alarma que hizo que se obsesionara con cuidar de todo y de todos los que estaban a su alrededor. El fracaso familiar de sus padres le parece que ha podido ser por su culpa. También cree que debía haber sabido proteger más a su hermana para que no se fuera a Edimburgo con su novio. Noray tiene miedo de que la abandonen pero también teme ocasionar daño a los que la rodean. Probablemente por eso cuando se enamora de Ismael se siente aterrada, porque no cree que pueda salir bien y le hace daño una y otra vez y lo rechaza hasta que él se casa con Estrella. Con la muerte de sus abuelos, Tomás y Carmen, de la que también se siente responsable, termina de hundirse. Mientras está en coma, en el hospital, Ismael lee su manuscrito esperando que despierte.

Unas memorias dan para mucho, en ellas no solo se cuentan los hechos sino también los porqués y sus consecuencias.

El estilo de Inés Martín es desenfadado, incluso encontramos alguna pincelada de humor (también reposado), consecuencia de la disparidad de opiniones en ciertos matices de la vida «y al llegar a casa a comer, a eso de las cuatro, gracias a las ventajas que según sus compañeros tenía la jornada intensiva en verano, aunque él no terminaba de vérselas…», o de la falta de prudencia que muestran algunos de los que nos rodean, «A doña Concha le extrañó que llevara unos días —“dos, por lo menos”, según explicó— sin salir de casa, y decidió “tomar cartas en el asunto […] bajó a avisar al portero».

La forma de escribir de la autora es atractiva. La novela está llena de frases hechas y expresiones coloquiales que acercan lo escrito al día a día del lector «haz de tu capa un sayo», «aventurarles el oro y el moro», «va a ser pan comido», «más lista que los ratones coloraos», «más cursi que un repollo con lazos», «otro vino que bueno lo hizo», «los que no comulgan con las ruedas de molino del Régimen». Asimismo las comparaciones son con imágenes comunes y familiares para todos «Comía cual pajarillo». Y sin embargo también abundan los dialectalismos, algunos se entienden por el contexto, otros hemos de buscarlos para quedarnos con una agradable sensación, la de encontrar sentido a expresiones que, en un principio, nos parecen arbitrarias: «mestresiesta» (mientras la siesta), «cenachos» (capazos con asas), «sincio» (deseo de alguna cosa), «pindia» (empinada), «tarama» (leña delgada)…

En las formas del querer hay más de un narrador; las memorias íntimas de Noray están en bastardilla hasta que la letra continúa normal para dar paso a la memoria familiar, que también está escrita por ella en primera persona. El presente, lo que ocurre en la actualidad, está narrado en tercera persona y permite al lector enterarse de los hechos protagonizados, en ese momento, por Ismael, «Apurado, salió de la habitación y, ya en el pasillo, […] respondió a la llamada de su mujer».

Al final, conocemos perfectamente la historia, incluso sabemos algo de lo que más tarde ocurrirá, pero por efecto de las prolepsis no lo tenemos claro, por lo que nuestra inquietud e interés por conocer se acrecientan «y Paco acabó dando, de alguna manera, su vida por él. Pero no quiero adelantarme en mi narración, todo llegará cuando deba».

Además de la historia familiar, tal como reza el título, la novela es un cúmulo de sentimientos que Martín Rodrigo despierta en el lector: la hipocresía de algunos actos religiosos que, a veces, se acercan más a un carnaval que a cualquier rito; la depresión, que tanto daño hace y tanto dolor causó en quienes la sufrieron cuando no se sabía que era una enfermedad mental, cuando había que esconderla porque casi era peor el trato recibido en los manicomios que aguantarla; el horror cuando a esa depresión se le sumaba, sobre todo en las chicas, la anorexia o la bulimia porque, en bastantes ocasiones, no se podía poner remedio y las consecuencias eran órganos dañados o la muerte.

Las enfermedades mentales no se conocían, se pensaba, en general, que uno podía curarse con un mínimo de interés. Los suicidios, casi todos consecuencia de la depresión, eran tomados como una falta cometida contra Dios, por interponerse en sus decisiones, por eso había que ocultarlos, cuando se podía, para poder ser enterrados con los miembros de la familia fallecidos.

Y curiosamente, o resultado de la barbarie y el analfabetismo más profundo y doloroso, los homosexuales eran tratados como enfermos, pero enfermos depravados; la cura estaba muy clara, por lo que las distintas inclinaciones sexuales eran perseguidas; cuando se era diferente, aun ocultándolo, si alguien lo sospechaba podía tomarse la justicia por su mano, como cualquier dios, y torturar o matar a quienes no se atenían a la norma «Pero llegaron tarde. Cuando se presentaron en la prisión, el director les comunicó, con la cara de lameculos que según mi abuelo Dios le había dado, que la noche anterior Manolín había provocado una pelea y le habían rajado la barriga».

Caben muchos sentimientos en la novela y, por supuesto, todas las formas del querer, todas bellas y todas distintas: la que demuestra confianza «Pero el querer tiene muchas formas, y esto es por el bien de los dos. confía en mí, mujer»; la homosexual «…la Trini, que decidió vivir su vida sin importarle lo que dijera la gente»; la amistad verdadera «que es más importante que el amor en su forma romántica»; la aceptación de un amigo de nuestro amigo «la aceptó en su vida»; la amistad entre personas de diferente sexo «quererse como hermanos»; el amor a los abuelos «formas complementarias de amar, nunca excluyentes»; amor rutinario aun siendo infieles, por lo que duele «se nos desbarató la vida»; amor más allá del amor y de la vida «de la forma más dolorosa y generosa posible»; amor en un arrebato «la que se experimenta a primera vista»; amor a pesar de no ser correspondido «varias personas involucradas y todas terminan sufriendo».

Solo por reflexionar sobre el amor, ya merece la pena leer la novela.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

DOS DÍAS DE MAYO

Qué sensación de derrota al terminar de leer Dos días de mayo. Aunque se sabe el final desde el principio. Da igual. Como todas las novelas de la serie del inspector Miquel Mascarell, esta es un testimonio de la condena, aún mayor, de la posguerra, en una España en la que los vencedores se negaban a hablar de guerra; para ellos fue un alzamiento, el que llevó a cabo el caudillo para la gloria de España aunque la mitad de los españoles siguieran muriendo de hambre, enfermedades, miseria o torturas del estado. Una verdadera derrota.

Pero Jordi Sierra i Fabra consigue que, aun en la amargura más absoluta, leamos con avidez esperando, en lo más profundo de nuestros corazones, que cuatro locos, idealistas, hubieran podido cambiar el rumbo de la historia, pero Mascarell lo recuerda en dos ocasiones «la historia no se cambia, continúa».

Miquel ya no vive en la República, ha sido encarcelado, torturado, ha pasado ocho años y medio de trabajos forzados levantando el Valle de los caídos, aun así no puede dejar de investigar, como Sierra i Fabra quien, setenta y un años después de que Franco diera el golpe de estado que llevó a nuestro país a una guerra despiadada, cruel y sin sentido, escribe esta novela recogiendo documentos históricos de medios como La Vanguardia o El mundo deportivo, que siguen conservando una memoria histórica. Es triste pero cierto, no podemos olvidar un solo momento de la barbarie para no volverla a repetir. Estas novelas deberían formar parte de la educación de todos aquellos que no vivieron la guerra porque, además de estar basadas en una realidad histórica, relativamente reciente, están escritas con un estilo impecable. El ritmo es dinámico, yo diría que en esta más que en ninguna de las anteriores, porque incluso en las descripciones, Jordi Sierra es un maestro; con dos pinceladas es capaz de reflejar la cotidianeidad de ambientes determinados; no sobra ni falta nada para que los lectores nos hagamos una idea del ambiente que se vivía no solo en la calle, todo era motivo de alerta, más el alrededor de cualquier hospital, «Por un lado, los que salían y se entretenían hablando de lo que acababan de ver u oír, aliviados o tristes; por el otro, los que se disponían a entrar y aguardaban a los rezagados haciendo comentarios cargados de preocupación ante lo que se iban a encontrar».

La novela se lee con una facilidad asombrosa y estamos deseando saber qué le ocurrirá a Mascarell pues no solo se enfrentará a la policía, también se las verá con un pendenciero al más puro estilo español: la familia Fernández ha conseguido con trapicheos, robar durante la república, en la guerra y ahora en el régimen fascista, ayudando a la policía para que esta haga la vista gorda ante sus chanchullos, «No soy republicano, ni soy fascista. Soy de mí mismo. Mi patria es mi casa […] No me cae bien ese gordito de voz aflautada […] Pero, mire, la verdad, mande quien mande a mí me joderá lo mismo […] El enemigo del pueblo es siempre el poder».

En Dos días de mayo, Patro se encuentra de viaje, visitando a una prima enferma y Miquel la echa de menos; se despierta el lunes, 30 de mayo, con la visita de un chaval que le avisa de la muerte de Mateo Galvany, su antiguo jefe y compañero republicano. Lo han atropellado; pero parece que el atropello ha sido intencionado, así que María, la hija de Mateo, le pide que se entere por qué lo mataron después de haber estado unos días en comisaría siendo torturado.

El antiguo inspector se enfrentará a la trama desquiciada de cuatro personas para matar a Franco durante su visita a Barcelona los dos últimos días de mayo de 1949. El argumento es interesante; en casi 300 páginas, Sierra detalla a la perfección los pasos que da el protagonista hasta descubrir qué trataba su amigo al que hacía meses que no veía. Al reencontrarse con la hija de Mateo, deshecha y atemorizada, no puede evitar recuerdos que intercala en sus diálogos y en las opiniones del narrador omnisciente, con los que conocemos un poco mejor al exinspector


Miquel le puso un vaso en la mano

—Bebe

Le obedeció y él hizo lo mismo después de sentarse en otra de las sillas. Se quedó con sed, pero ni quiso volver a dejarla sola.

«quizás podrías arreglarte con ella»

—Cuéntame eso, María

Y en este caos y desgracia, aún el autor, fiel a la realidad, despliega cierto humor en la cotidianeidad. La clasificación de los taxistas es increíble, por lo real. Poco han cambiado, 


…el taxista que le condujo a la dirección de Enric Macià. Era de los habladores. El tiempo, el calor, los peatones imprudentes, los motoristas, los guardias urbanos que les tenían manía […]
—¿Y usted a qué se dedica? le preguntó no a las primeras pero sí a las segundas.
—Soy inspector de taxis —le dijo.
Fue suficiente para que cerrara la boca

Y la inocencia de criaturas que, a pesar de contar muy pocos años, ya saben buscarse una vida que solo les traerá más miseria, «era muy bonita, unos ocho o nueve años […] llevaba un vestido ajado, descolorido, el cabello ralo y sucio […] sus ojos, por increíble que pareciera, eran transparentes […] como faros en la oscuridad de su piel aceitunada […] una muñeca todavía perfecta, al borde de la rotura que la vida y la miseria le impondrían». Miquel sabe de lo que habla y cada vez que se encuentra ante niñas desprotegidas piensa en la suerte que ha tenido con Patro, un premio que le permitirá, a pesar de todo, vivir feliz sus últimos años «A sus años, hacer el amor le liberaba, le proporcionaba vitalidad y energía, entusiasmo y optimismo. El cansancio de no hacer nada era mayor y más duro».

Desde Cuatro días de enero, el inspector Mascarell tuvo que solucionar casos para empresarios o policía del nuevo régimen. En Dos días de mayo los implicados son republicanos, pero no nos equivoquemos, la policía sin escrúpulos supo acercarse a quienes les servían de confidentes y Jordi Sierra i Fabra no desperdicia ningún argumento para denunciar las atrocidades que se cometían en las comisarías, contra quienes en algún momento fueron sospechosos de pensar de manera diferente a la establecida por el régimen. Al terminar de leer esta novela no podemos evitar preguntarnos, al igual que lo hace el narrador, si es conveniente olvidar las humillaciones, el daño físico y moral, el dolor producido por las consecuencias de la actuación inhumana de los vencedores de la guerra, si es más beneficioso tragar con todo para poder salir adelante, o es más acertado seguir luchando por los derechos que, como seres humanos, tenemos todos.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

DESAFÍO 59'

Una de las características de la novela negra es que el autor aprovecha alguna debilidad de la policía, los investigadores, las víctimas o los asesinos para criticar determinados aspectos de la sociedad, gobierno, educación, administración… Desafío 59’ es diferente; algo más de 500 páginas en las que lo más importante es destacar el comportamiento humano ante situaciones límite. Lo normal es que ese comportamiento oscile entre la desorientación ante lo inesperado y el nerviosismo de lo esperado cuando es consciente del castigo al error.

La psicología de las mentes privilegiadas puede parecer una red en la que las posibilidades van creciendo exponencialmente hasta dar la impresión de que no son mentes humanas. Por otro lado también existen cerebros que consiguen proclamar que el hombre, como tal, no está perdido.

Leyendo a Javier Marín tengo la sensación de que ha intentado plasmar un futuro desasosegante, algo descabellado y de ciencia ficción, pero si profundizamos en su novela y en la vida real, llegaremos a la conclusión de que lo expuesto no es tan irracional, de que el cerebro psicótico cuenta hoy con la ayuda de una inteligencia artificial que, en algunos casos, intimida.

Desafío 59’ es una novela negra discrepante: el tema es el comportamiento humano, la lucha por demostrar que, al margen de normas y encasillamientos, podemos ser personas, «Es algo que tengo que acabar para poder seguir con mi vida».

El autor idea una mente asesina capaz de arrastrar a otras más débiles o igual de ambiciosas, para crear una organización mundial criminal, con el objetivo evidente de estar por encima y dominar el planeta.

Pero este cerebro no puede conseguirlo solo, por lo que utiliza todos los recursos a su alcance, normalmente comprando a quienes van a ayudarle y, todos los que se resistan en un principio hasta que puedan ser doblegados, serán objeto de chantajes, «aquel individuo le mostró, a través de los cristales del coche, la imagen de su mujer llevando de la mano a su hija camino del colegio»; advertencias más o menos veladas, «Pronto lo descubrirá, no sea impaciente. Ya que se ha tomado tantas molestias para conocerme, es justo que los incluya en el plan»; amenazas directas, «Es una pena que esta cruzada en la que ha permanecido ocupada todo este tiempo con sus amigos llegue a su fin»; y pistas insuficientes para llevar a buen término la investigación, «La única pista posible, para ambos, eran aquellas inscripciones».

El título lo dice todo. La estructura es tan simple y compleja como el desafío al que una persona pueda ser sometida sin posibilidad de dar marcha atrás. Encerrada en una habitación, la víctima deberá, si quiere salir, dar con la solución a un enigma en 59 minutos; conforme va acertando o fallando, las máquinas le permiten continuar o lo castigan debilitándola, hasta que le resulta imposible pensar para resolver el acertijo, por lo que, cuando el tiempo termina, la persona muere brutalmente. Después, unos encargados de limpieza dejarán el cuerpo en su domicilio con incriminaciones a los seres más allegados; de esta forma, el caso queda cerrado y el verdadero asesino puede continuar con su plan.

Marín aporta a la novela las dosis justas de terror, sadismo, misterio y tensión. De hecho, la intriga va creciendo conforme vamos aclarando, o nos lo aclaran, quién es el asesino. Hay mucho en juego, no solo las víctimas elegidas, también los familiares afectados, la credibilidad de la policía y la confianza en los compañeros. Estamos seguros de que todo se desarrolla según lo esperado, pero esa seguridad se tambalea constantemente.

En cuanto a los personajes, creo que forman un conjunto, hasta adecuar un todo, mientras avanza la trama contra el criminal, quien tampoco actúa solo. El caso es que no encuentro ningún protagonista destacado. Es cierto que la inspectora Diana es fundamental; probablemente la más humana de todos. Apenada por la muerte de Joan, el amor de su vida, es capaz de empatizar con los que sufren; por eso, desde el principio sabe que Samuel, el principal sospechoso de la muerte de Andrea, su compañera de piso, no ha matado a nadie. Asimismo, Diana confía en Ayla desde que la ve en la discoteca sin saber que ella también va detrás de los crímenes horribles cometidos en Murcia y Valencia

El ambiente en el que circulan: grandes oficinas, empresas importantes, sectores prestigiosos y absorbentes… es bastante realista; no estamos en tugurios de alcohol barato y marihuana. Nos movemos en locales de diseño, con trabajadores exóticos, inteligentes, drogas renovadas y de eficacia imprevista y controlada. Esto por la parte antagonista y oponente. Por el contrario, los ayudantes del bien son algo típicos: el inocente y tímido chaval inteligente, la policía buena, dispuesta a llegar hasta el final, el compañero fiel incapaz de saltarse las normas, el que no está inclinado a colaborar, porque está cómodo esperando la jubilación, pero ayuda, los de fuerzas especiales sin nada que perder para organizar el contrataque… Pero estos ayudantes, aunque al principio parecen arquetipos, van evolucionando durante el trato con el resto, hasta conformar un grupo bien avenido capaz de enfrentarse al verdadero protagonista, el desafío.

Que lo venzan o no es otra historia, habrá que leer la novela para estar seguros. O no. Porque esta es una característica del autor: no dar tregua ni cuando creemos que la ha dado; la experimentamos en la trilogía de Marco Duarte y ahora, el tándem Ayla-Diana puede hacerle frente a otros desafíos si Javier se anima.

La novela es ágil, el estilo sencillo, coloquial, pero de sintaxis intachable, algo de agradecer frente a las patadas al idioma que campan felices en diferentes libros actuales. Javier Marín escribe bien, y es, además, imaginativo e intuitivo. Los capítulos varían, el narrador, en tercera persona va presentando a los personajes, «Alfonso Díaz no era un comisario al uso […] se había ganado el respeto de todos […] haciendo gala de una fuerte personalidad y determinación».

En otras ocasiones, el narrador describe al personaje y durante todo el capítulo no da su nombre; más adelante sabremos de quién se trata por algún rasgo específico, «Se deshizo la coleta con la que mantenía el largo cabello rubio y se inclinó sobre el lavabo para refrescarse […] comprendió que no, que sus ojos no la habían engañado». A veces el espacio es diferente y, mediante analepsis nos enteramos del pasado de los protagonistas. Todos se encuentran en situaciones parecidas, «mi mujer ha muerto, la han asesinado. Me acusan de ello […] Ah, añada fuga temeraria a la lista». Poco a poco irán conformando un grupo sólido con un fin: terminar con los asesinatos y descubrir al culpable.

El diario de Andrea servirá al lector para enterarse, en primera persona, de lo que supuso para ella sospechar del director de las empresas dedicadas a robótica, fibra óptica, marketing, perfumes o ropa de grandes firmas. Andrea, periodista por cuenta propia, quiere trabajar allí para conocer mejor al carismático director; algo que ha utilizado Javier Marín para homenajear al desaparecido Enrique Laso, el escritor autopublicado más influyente hasta ahora, reconocido por grandes escritores y colaborador de multinacionales, «Enrique Laso siempre me ha parecido una figura enigmática, no solo por el indiscutible éxito de las empresas que ha levantado desde cero, sino también por su toma de decisiones […] su carisma, su altruismo, su don de gentes y su sonrisa perfecta…»

Personalmente no conocí a Enrique Laso ni el leído sus novelas. Sí he conocido a Javier Marín, he hablado con él y he leído todas sus novelas. Esto consiguió que me formara una imagen de él bastante positiva. Tras este homenaje a Laso estoy convencida de que Javier es, además de buen escritor, una persona bella y me alegro de que forme parte de mi vida.

miércoles, 25 de octubre de 2023

NO TE FÍES

Si observamos la portada de No te fíes podemos pensar, equivocadamente, que la novela va a ser un tanto superficial. Es cierto que los personajes son jóvenes, que beben —mucho— y que la noche les depara diferentes sorpresas. Pero hay algo más. También estudian, trabajan, intentan labrarse un futuro y se enfrentan a situaciones que muchos adultos no soportarían.

Si nos fijamos en el nombre de la autora, Sarah Miller, creeremos, equivocadamente, que se trata de una mujer anglosajona o estadounidense. Sarah Miller es el nombre de la protagonista que, a su vez es el pseudónimo con el que firmaron tres autoras en 2019 al escribir conjuntamente esta novela.

El argumento es sencillo, Sarah Miller, una chica adinerada venida a menos al arruinarse sus padres, debe cambiar sus planes de estudiar en una universidad privada de Atlanta e ir a Maryland a la pública, donde cursará Criminología «Sé que fuimos unos inconscientes y sé que tú nos habías avisado, pero nadie se imaginaba esta hecatombe. Te prometo que no queríamos esto para ti y que nuestra frustración acabamos pagándola contigo».

Curiosamente, en el campus se suceden una serie de asesinatos con un mismo modus operandi: las víctimas son chicas y todas quedan marcadas con un signo en la frente, el mismo que se le quedó a Sarah cuando, en sus primeros días, fue drogada en una fiesta y atacada. Esto hará que ella misma investigue, porque los asesinatos, ¡hasta siete!, se producen en sitios en los que ella está presente, incluso es ella la que descubre alguna víctima, «…mientras contemplo el cuerpo de Tina que flota sobre el lago como si fuese una muñeca abandonada con una gran placidez en la mirada de sus ojos abiertos». Por supuesto, la policía sospecha de ella pero también del resto de sus nuevos amigos.

Todos se comportan de forma extraña; reaccionan con naturalidad ante sucesos que en ningún momento son corrientes. Todos tienen algo que ocultar. Matt, un reconocido mujeriego es en realidad un desconocido homosexual; Ross, gay declarado, encubre y oculta su amor por Matt disfrazándolo de amistad; Jane, compañera de habitación de Sarah, le demuestra un cariño excesivo aunque a veces le juegue malas pasadas; Blake confiesa a Sarah que está enamorado de ella y, ante su negativa, camufla ese sentimiento con amistad, tanta, que en ocasiones da la impresión de acosarla, «Yo soy el que juzgo si vale la pena o no una cosa. Y esta lo vale. No te preocupes tanto por mí. Te esperaré a la salida de la biblioteca. Iremos a cenar»; Ashton, el centro del deseo de todas las chicas, es repelido por Sarah, por su prepotencia, por sus tatuajes, por su presunción, hasta que cae en sus brazos enamorada, pero Sarah también cree querer a Blake. En el fondo confunde amor y deseo. Es el principio de la juventud; ha entrado en ese periodo en que debe madurar y pensar qué quiere para el futuro. Este curso no lo tendrá fácil. Al verse envuelta en los asesinatos, como víctima y posible asesina, al verse imbuida en circunstancias ajenas a su forma de vida hasta ese momento, consigue que su salud se resienta y sus nervios le jueguen malas pasadas «íbamos a fiestas, pero no como las hacéis de emborracharos y acostaros todos con todos, no»

Nada es lo que parece, ya no tiene claro si su mejor amiga lo es, si ella es homosexual, heterosexual o bisexual. Sarah descubre nuevas sensaciones ante los amigos, ante el sexo, ante los estudios y ante el mundo adulto. Conforme van sucediendo hechos, ella se va fortaleciendo hasta terminar ayudando a la policía y al FBI a resolver los crímenes, «Me viene a la cabeza ahora lo ordenados que tenía los cedés y el grito que dio cuando fui a poner uno fuera de su sitio. Recuerdo que eso es típico de ciertas patologías».

El ritmo de la novela también es irregular. No te fíes empieza algo lenta hasta que, cuando pensamos que es otra novela más, exclusivamente para jóvenes no avezados en lecturas, da un giro espectacular que hace que el lector se interese de verdad por la trama, enredada a cada paso con un nuevo personaje, con un nuevo descubrimiento, hasta que llegamos al final, un final bastante realista que pone un broche adecuado a los entresijos inquietantes por los que pasa Sarah Miller.

En cuanto al resto de personajes, la atención de las autoras no ha sido uniforme, algunos no aportaban demasiado, otros, como en el caso de Ashton o de Blake, nos han dejado la sensación de que estaban incompletos, que, seguramente, podrían haber dado más juego porque las personalidades de ambos tenían los requisitos para profundizar más en ellos. Pero en general es una novela recomendada para iniciarse en el género policiaco. Lo lectores más experimentados en novela negra puede que echen en falta una investigación policial más basada en pruebas y menos en sospechas, «Lo he tachado de cobarde. Esto seguro que lo hace reaccionar». Asimismo, la reputada abogada Marin tiene un papel bastante exiguo; no es comprensible que se le pasen por alto datos que pueden exculpar a determinados personajes. Pero No te fíes es una novela para entretener, una novela que deja en los jóvenes la sensación de que pueden ser capaces de enfrentarse a lo que quieran y de que, aunque piensen que lo tienen todo controlado, el apoyo familiar es fundamental.

La novela, aunque está ambientada en la universidad, está aderezada con historias de amor, desamor, sexo y alcohol, en la que los personajes hacen lo posible para encajar en el grupo. «Jane, Tina, Ross y yo nos dirigimos, junto al resto de la muchedumbre, que nos empuja, hacia afuera. Allí, diez jóvenes beben sin parar mientras son jaleadas por chicas de mi edad». Los lectores más jóvenes pueden verse identificados con alguno de los personajes o situaciones; además, al no profundizar demasiado en la psicología, Sarah Miller construye una novela perfecta para desconectar y dejarse llevar.

sábado, 14 de octubre de 2023

ME VOY

¿Cómo es posible decir tanto con tan poco? Esta es la sensación que me ha quedado con la última novela que he leído. Porque lo es, aunque a veces tengamos la impresión de estar ante una reflexión-ensayo sobre el hombre; no del ser humano en general, más bien del protagonista, Ferrer, alguien que ha llegado a su madurez sin haber madurado, alguien que se deja engañar fácilmente porque, en el fondo, su único interés, si es que en realidad lo tiene, es sobrevivir a costa de engañar; pero tampoco tiene la maldad suficiente para hacer daño a quien no le da lo que necesita; cree que tendrá otras oportunidades, que la vida lo espera con los brazos abiertos porque es él.

Ferrer es un mediocre, indolente, que a veces parece que se mueve porque no le queda más remedio, aunque él no ponga reparo ninguno a sus dificultades. Se deja engañar fácilmente y aun así, asombrosamente, va sorteando los obstáculos.

Él quería ser artista pero no lo es, así que abre una galería de arte con la misma ilusión que afronta su matrimonio, ninguna. Su mujer, Suzanne, lo deja y el encargado que lleva su galería proyecta un desfalco, por lo que lo anima a ir al Polo Norte en busca de un tesoro escondido en el Nechilik después de que hubo naufragado.

El título de la novela, Me voy, lo dice todo, porque Ferrer marcha al Polo en busca del tesoro mientras se van de su lado todos los que lo rodean.

No había leído nada del autor, Jean Echenoz, y fue Humilde lector (de Babelio) quien me lo recomendó a través de esa plataforma. Leer a Echenoz ha sido todo un descubrimiento; si Ferrer encuentra «una armadura de marfil con lazos, un aparato de reventar ojos de caribú hecho con asta de caribú […] cráneos con las bocas rellenas con barras en forma de raíz de obsidiana, las órbitas con bolas de marfil y pupilas de azabache incrustado. Una fortuna», yo he encontrado la verdadera riqueza en la prosa de este escritor. Con un estilo sencillo, casi minimalista, apuesta por resoluciones sorprendentes; la trama, no cabe duda de que es desmesurada, sin embargo podría tratarse de una biografía real. Ferrer es la viva imagen de la soledad; es verdad que él abandona a quienes lo rodean, pero también es abandonado.

El caso es que cierto humor melancólico predomina en esta novela, «ayudado por una joven llamada Elisabeth —a quien ha contratado en plan de prueba en sustitución de Delahaye— […] ya veremos cómo funciona […] le propone ir a buscar uno o dos al taller, haremos un ensayo con ellos […] así verá lo que quiero decir, Elisabeth. Acto seguido se dirige al fondo de la galería, abre la puerta del taller y qué ve: forzada, abierta […] Para qué plantearse si llamar o no a Sonia».

El argumento transita por el universo errante en el que se mueve Ferrer mientras aspira a mucho y obtiene muy poco. Ferrer, aunque esté acompañado, se encuentra solo, por lo que consigue que el narrador, omnipresente, testigo sobre todo de lo que hace el protagonista, exponga su visión personal del mundo, no una realidad social. Nos encontramos al llegar al aeropuerto, en el Polo Norte, en Biarritz, en España…, cierto realismo irónico con el que destaca diferentes tipos de humor, desde el sarcasmo al humor negro o escatológico.

Las digresiones del narrador son frecuentes y a veces se vale de ellas para aportar, con estructuras paralelísticas, cierto ritmo al escrito, «Los habitantes de estas mansiones parecen coincidir en […] Por ejemplo, en un despacho azul, una rolliza joven tocada con dos gruesos auriculares […] Por ejemplo, un hombrecillo pelirrojo de mirada distraída […] Por ejemplo una corresponsal de guerra de la televisión […] Pero por el momento no ve a nadie».

El narrador hace gala de una frase corta, musical, con la que describe con esmero términos técnicos, aunque su prosa no explique sino todo lo contrario, más bien apunta; a veces incluso deja las frases sin terminar para que el lector, a quien tiene siempre en mente, las acabe, porque se entienden, como si estuviéramos presentes ante él para mantener una conversación coloquial. La función conativa es constante, llama nuestra atención con la idea de provocar diferentes reacciones, a veces usa el vocativo «Y mira, qué decíamos, no han pasado dos días y ya aparece otra». Otras veces, el uso de la primera persona del plural es efectivo para lanzarnos guiños sobre la continuación del argumento, «estaría entonces estupendamente sin ninguna mujer en absoluto, pero ya lo conocemos». Y en otras ocasiones, el narrador no duda en utilizar una orden para que cambiemos nuestra atención a algo que requiere más urgencia en la puesta al tanto de la trama «Pero no podemos desarrollar este punto de manera inmediata […] una novedad más urgente: en efecto, nos enteramos en este instante de la trágica desaparición de Delahaye».

Los lectores tenemos constantemente la impresión de que el narrador es un amigo que nos está exponiendo los hechos para que opinemos, por eso él a veces opina sobre el personaje, causando en nosotros extrañeza o adhesión a lo que dice, «Hélène no había dejado dirección ni teléfono alguno dado que el otro idiota no se lo había pedido nunca».

Nos encontramos en una paradoja constante, los personajes presentados para tener cierto papel, van desapareciendo de la vida del protagonista, todos se van volviendo invisibles consiguiendo la desorientación del lector y del propio protagonista que, aunque avisa al principio y al final de que «me voy», en realidad no lo hace; la vida continúa para él acumulando pasados; de hecho, las analepsis constantes, intercaladas, van describiendo a un ser capaz de acaparar un descalabro tras otro con cierta dejadez, «Lo que no funcionaba tan bien, seis meses atrás, era la galería, […] el último electrocardiograma de Ferrer dejaba también bastante que desear […] como trepar indefinidamente por una cuerda, pero lisa».

Llegados a este punto somos conscientes de que Jean Echenoz es un maestro en el uso de la lengua; juega como quiere con las palabras, que indefectiblemente, siempre acompañan al ritmo que le interese imprimir. Si usa las estructuras paralelísticas para dar una cadencia perfecta, el significado de las palabras le ayuda a crear un ritmo lento cuando le interesa: «envolvente, apaciguar, acomodándose, dispuestos, somnífero, espera pacientemente, mirada ausente poniéndose en movimiento imperceptiblemente…».

La ralentización de movimientos ayuda a resaltar la soledad absoluta de Ferrer a pesar de llegar a convivir con Delahaye y Victoire al mismo tiempo, sin haberlo decidido él personalmente.

Usa el polisíndeton para aumentar lo exhaustivo de una descripción o prefiere el asíndeton cuando quiere remarcar la rapidez. Une lenguas diferentes y códigos distintos para estimular la disposición humorística de situaciones con las que llegamos a enjuiciar la esencia de Ferrer, «al poco pasa a hallarse en un estado de media erección: pero lastrado, casi desequilibrado por ese apéndice perpendicular a la combada vertical de sus vértebras […] añadiendo una nueva sedimentación a la papelera pero que, mutatis mutandis si no nolens volens, hace que su aparato recobre un tamaño normal».

El humor es visual, construye con el lenguaje verdaderas imágenes que aportan en más de una ocasión la ilusión de estar ente una obra teatral. Incluso la personificación de todo lo que rodea a Ferrer, los animales, la naturaleza, se confabula para perjudicarlo, «No contentas con enturbiar la trasparencia del aire y hurtar los objetos a la mirada, las nieblas podían agrandarlos de modo considerable», «El cielo […] expectorando, zafio».

Después de esta reflexión he llegado a una conclusión importante, el protagonista es un antihéroe, un pobre hombre que a veces nos causa desprecio; otras, pena; otras, indiferencia; pero sabemos que está ahí, como el resto de personajes, para ensalzar las posibilidades de la lengua que ya de por sí, es suficiente para conformar una novela maravillosa. «Luego articula […] que no va para Toulouse sino a Toulouse, que resulta lamentable y curioso que se confundan esas preposiciones cada vez más frecuentemente».

sábado, 7 de octubre de 2023

CUENTOS FRANCESES

La editorial Gadir tiene una joya en formato pequeño y Babelio me la ha regalado en su última Masa Crítica. Gracias. Muchísimas gracias. He saboreado cada uno de los Cuentos franceses que componen este libro. Son cuentos del siglo XIX, tan lejano ya, escritos por seis de las mejores plumas de la historia. En ningún momento tenemos la impresión de estar leyendo algo anticuado; es lo que tienen los genios, que son universales. Y eso que, en su mayoría, forman parte de la corriente realista, pero cada uno tiene sus peculiaridades. La editorial decidido abrir el volumen El arca y el fantasma, de Henry Beyle, Stendhal, nacido en 1783.

En el cuento se observan ya las características que van a marcar a los protagonistas de sus novelas: el héroe moderno, aislado en la sociedad, aparece en la figura de don Fernando que, enamorado de Inés, debe soportar ser encarcelado porque don Blas, el terrible jefe de policía, se encapricha de ella y soborna a su padre para obtenerla en matrimonio. El policía le propone que liberará a D. Fernando si este se va a Mallorca. Tras estar allí dos años vuelve a Granada y los enamorados burlan los celos de D. Blas aprovechando un baúl y la ayuda de Sancha, la amiga de Inés. El ingenio de la mujer es manifiesto; son capaces de mezclar el asunto de la pareja con una riña callejera «Sancha dijo con medias palabras que, nada más llevar Zaga a su casa el arca con sus géneros, había entrado en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano». Además del ingenio, en la mujer encontramos el uso de la razón, fundamental para salir de las dificultades, pero Inés sabe que su condición está marcada por el determinismo y se lo hace saber a Fernando, «tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga», por lo que ambos ponen en práctica sus ideas avanzadas en el amor. Sin embargo un final sorprendente deja al lector sobrecogido tras leer la historia con gran incertidumbre.

Como su nombre indica, El caballero doble hace gala de inquietante fantasía. Théophile Gautier, nacido en 1811, convierte el principio de su cuento en una descripción lírica de la dama Edwige, enamorada que recuerda, con las interrogaciones retóricas del narrador, a la princesa que Rubén Darío plasmó en su Sonatina «¿Qué es lo que tanto entristece a la rubia Edwige? ¿Qué hace ahí, sentada, sola, con la barbilla apoyada en la mano y el codo en la rodilla…». No cabe duda de que Gautier fue un precursor del Modernismo. Con El caballero doble encontramos una prosa llena de encanto y sensibilidad cargada de léxico romántico «ángel caído», «languidez pérfida». Asimismo otras características románticas van apareciendo en el relato: el epíteto épico «el hijo moreno y rubio de Edwige la triste», la presencia de la muerte «Sobre su tumba hay una estatua tumbada…», el color negro «un ojo de azabache iluminado», el ambiente tenebroso marcado por la condición de los personajes, «Una niebla producida por su sudor y respiración, le envuelve y le persigue». Y no faltan, además, los recuerdos al padre del cuento de terror: «un cuervo negro brillante, con destellos de azabache, posado sobre su hombro». El estilo es depurado, preciso; del que se vale el autor para destacar la ironía de la situación engañosa a la que Edwige somete a su marido. Una circunstancia que acarrea toda una confusión no solo para los padres sino para el niño nacido: «El pequeño conde Oluf tiene una estrella doble».

Gautier se vale de Oluf para destacar la lucha librada cuando alguien arrastra una doble personalidad, de forma que la lírica del comienzo se va doblando en una prosa oscura llena de terror. En El caballero doble distinguimos el conflicto que surge en el hombre cuando se debate entre el bien y el mal.

En Tamango aparece el historiador que, ante todo, fue Prosper Mérimée. Con gran ironía, rayando en ocasiones el sarcasmo, ataca a la sociedad del siglo XIX capaz de tratar a personas peor incluso que a los animales. Mérimée denuncia el comercio de esclavos y los abusos cometidos especialmente con los negros. «Estos aparecieron formando una larga fila, con el cuerpo encorvado por el cansancio y el terror, llevando cada uno en el cuello una larga horca de más de seis pies, con las dos puntas unidas en la nuca por una barra de madera».

La denuncia queda más evidente por la forma de narrar, con fórmulas propias del realismo que dan la impresión de estar contando una crónica más que un relato imaginativo; para ello, el narrador a veces se muestra indeciso, no es omnisciente, no lo sabe todo, es un testigo omnipresente que a veces utiliza el humor, otras la ironía y otras la realidad descarnada para relatar los hechos. Con la primera persona del plural introduce al lector en la narración, lo hace partícipe de lo sucedido «En medio de aquellos hombres desesperados, imaginemos a las mujeres y los niños gritando de miedo». El anticlericalismo es evidente, «invocaban a sus fetiches y a los de los blancos». El estilo de Mérimée, vigoroso, adopta en Tamango un tono violento con el que desmonta cualquier atisbo de afectividad humana. Una historia con tanta fuerza que no nos extraña que fuera llevada al cine para contar la historia de la venta de esclavos.

Bibliomanía, de Gustave Flaubert, nos adentra en el mundo de los libros. Hasta dónde puede llegar nuestra pasión por ellos. En este caso Flaubert confiere al libro, el objeto, el verdadero protagonismo, pues el coleccionista apenas sabía leer, no le interesaba su contenido, «amaba su olor, su forma, su título […] su vieja fecha ilegible, las letras góticas, curiosas y extrañas, los densos dorados que recargaban sus dibujos…».

En Bibliomanía, la realidad contiene la belleza de lo irreal, esto le aporta cierta resonancia romántica al reflexionar sobre los peligros de las obsesiones y adicciones «Era ese: el Misterio de San Miguel […] Saltó por los agujeros, volaba por las llamas, pero no halló la escalera que había llevado hasta el muro […] Se le empezaba a quemar la ropa…». La trama está basada en la historia real de un librero convertido en asesino. Además, las referencias a Dante, añaden misterio y realismo al argumento: «»un hombre que reía amargamente con la risa de los condenados de Dante», y por supuesto, la mención a Hoffmann, unida al entorno calificador del personaje y las constantes oraciones adversativas que terminan en una conclusión nefasta, mantienen rasgos románticos que acentúan la locura del personaje «seres satánicos y extraños a los que Hoffmann desenterraba en sus sueños. […] Era alto […] pero iba encorvado […] su cabello era largo pero blanco […] fisonomía pálida, triste, fea e incluso insignificante».

Con una prosa diáfana y concisa consigue cierta exactitud y musicalidad en la lectura. Las enumeraciones de graduación ascendente y las repeticiones ejemplificadoras definen a la perfección la condición humana que marca, como no podía ser de otra manera, un final espectacular.

La jornada de un periodista americano en 2889 señala los comienzos de la ciencia ficción a pesar de que su autor, Jules Verne afirmase estar más interesado en la ciencia y en lo que en años venideros podía llegar a ocurrir. El caso es que acierta casi con todo lo que aparece en este cuento; no cabe duda de que estaba al tanto de innovaciones científicas y tecnológicas; sus predicciones de «casas de trescientos metros de alto, con la temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches», sobre «energía que proviene de cualquier fuente», sobre el control de la natalidad en China, sobre técnicas de alimentación, sobre la preponderancia de la inteligencia artificial y los avances de la robótica o sobre la criogénesis son asombrosas, y el humor con el que lo afronta todo no resta ni un ápice a su inteligencia y visión de futuro «—¡Nada, no, señor! —respondió Francis Bennett— ¡Les queda Gibraltar!».

Y, por último, la crítica a la burguesía la encontramos en El paraíso de los gatos, una fábula de Émile Zola que le sirve para reflexionar sobre qué es mejor, la seguridad de una vida tediosa o la incertidumbre de la libertad para perseguir los ideales. Además este cuentecillo es una metáfora de la naturaleza del hombre, determinada según el medio y las circunstancias en los que se desarrolla. «Me acordé con amargura de mi triple colcha y mi almohadón de plumas».




Seis autores esenciales de la literatura francesa y universal. Un libro imprescindible de la editorial Gadir.

sábado, 30 de septiembre de 2023

ZONA MUERTA

 

Hay veces en las que al comienzo de la lectura de un libro da la impresión de que se avecina una larga cadena de muertes horribles.

Otras, empiezas a leer y disfrutas con la inteligencia de su protagonista y cómo consigue, legalmente, ganar un juicio; pero sabes que algo tiene que torcerse porque en eso que estás leyendo ves un final de novela antes que un principio.

Al empezar Zona muerta me vi envuelta en las dos situaciones, me equivoqué con la primera impresión, pero no con la segunda.

Si Tilly Bradshaw es fundamental en la resolución de los casos del sargento Abraham Poe, en este, actuando en la sombra, es la auténtica protagonista; da la impresión de que M. W. Craven escribió la novela pensando en ella.

En la entrega anterior, El procurador, a nuestro protagonista le dieron el ultimátum para abandonar su casa porque estaba en unos terrenos recalificados que no podían ser habitados, pues la cabaña que iba con ellos al comprarlos no debía ser ampliada ni modificada en nada que se pareciese al hogar confortable que Poe se había construido. Una vez en el juicio, nadie contaba con Tilly quien, a pesar de no ser abogada, dispone de una curiosa relación con la ley a la hora de acceder a las bases de datos: la ignora. Esto le permite llegar donde nadie más lo hace y relaciona sucesos y personas hasta dar con lo necesario. En el primer juicio, Poe se queda con su casa, pero algo dará la vuelta más adelante.

El juicio queda pendiente porque ambos deber acudir hasta un burdel en el que ha aparecido asesinado un héroe de la guerra de Afganistán, alguien que fue apresado, torturado y rescatado por los británicos cuando se encontraba a punto de morir. Sin poder dejar de culparse cuando el grupo liberador fue aniquilado poco después, Bierman abandona el país y se refugia en EE. UU. hasta que una cumbre de comercio internacional le hace volver.

En Zona muerta no hay un asesino en serie, tampoco vamos a ser testigos de más muertes violentas, pero ni a Poe ni a Tilly los pueden engañar a pesar de que esta vez hayan sido reclamados por el MI5 y las verdades les sean dichas a medias. Puede que el muerto no se llame en realidad Christopher Bierman, puede que no tuviera nada que ver con las prostitutas. O sí, pero Poe es consciente de los silencios del servicio de inteligencia del Reino Unido y no está dispuesto a que le oculten nada. A pesar de que quedan en que habrá transparencia absoluta, los miembros de la agencia contra el crimen deben reconstruir hechos y nombres una y otra vez, porque las pistas siempre llevan a un asesino falso.

En esta ocasión cuentan con la ayuda de Melody Lee, del FBI, que fue crucial para Poe en El procurador, y de Hanna Finch, del MI5 quien, aunque con altercados, finalmente también les asistirá; además Bradshaw relacionará el caso con otra muerte ocurrida tres años antes, «y ocurrieron en rincones opuestos del país, pero la conexión de la rata es curiosa».

A partir de aquí, para conectar estas dos muertes, tan diferentes en principio, deberán tener en cuenta conectores USB de cables especiales, software maligno que se transfiere a los portátiles, programas grabadores de tecleos… Problemas informáticos que Tilly deberá afrontar hasta que, después de sospechar de todos y cada uno de los que van conociendo, «quiero un análisis detallado de todas las personas involucradas en este asunto […] Mañana por la mañana iremos a hablar con la viuda de Danny North, la que creó la página de Justicia para Tango Dos-Cuatro en facebook».

Está claro que Craven conoce el funcionamiento del ejército; conoce el mundo de la informática y sabe hasta dónde puede llegar la maldad, la venganza humana. Por eso Zona muerta nos sumerge en un ambiente frío, de intrigas, ordenadores, tecnología y las consecuencias cuando todo cae en manos inadecuadas, en mentes que solo buscan ajustes de cuentas. En esta novela, el autor ha vuelto a desplegar un final absolutamente obsesivo, que, por supuesto, llevará a Poe a reconquistar su casa y a formar lazos con nuevas personas conforme va despejando incógnitas.

El lector lo entiende todo al final; no hace falta ser experto informático porque el asunto queda perfectamente aclarado.

Es curioso porque aunque en El show de las marionetas, Poe y Tilly formaban una pareja anómala, conforme hemos ido leyendo las siguientes entregas, se han ido complementando, Poe no es tan impetuoso y Tilly no es tan fría. Van alcanzando el estatus de pareja perfecta.