sábado, 27 de agosto de 2022

DESCENSO AL ABISMO



La segunda entrega de Marco Duarte es excitante. Con una estructura similar a la primera, algo más extensa, nos introducimos en el primer capítulo de lleno. No hay tregua. Ya el comienzo es premonitorio «El reloj de la salita dio las campanadas de las doce de la noche». La medianoche, momento puntual en el que un día termina para dar comienzo al siguiente en el empeño de que el tiempo sea lineal, el apogeo de la oscuridad que asociamos a caos, muerte, inframundo y misterio, el momento en el que los depredadores nocturnos ostentan su mayor poder.

Y si el tiempo es anunciador, también el espacio es sintomático, «una moqueta desgastada […] la barandilla de madera, sinuosa […] retratos que, como testigos mudos de vidas pasadas, acompañaban en la subida […] un pasillo de puertas cerradas…»; un espacio que cobra vida para avisarnos del final de la misma, «el lamento de las tuberías». En menos de una página ya intuimos lo que va a ser de los personajes, no va a haber sosiego para ellos; nadie tendrá una pausa, a no ser que sea eterna, «Olivia descansó. Para siempre».

Son cincuenta capítulos turbadores más un Epílogo en el que el psicópata de Tablero mortal se da a conocer, para desaparecer con la amenaza de que no será durante mucho tiempo. Hay que leer la tercera novela de Javier Marín, está claro, pues si hemos tenido que realizar un Descenso al abismo para ponerle rostro a este demonio, no podemos permitir que desaparezca sin más. El equipo de Marco Duarte deberá rehacerse de nuevo y poder poner punto final al tormento.

Como en el planteamiento de la saga, el nombre de cada capítulo alude a lo que va a ocurrir, así en el número siete “Presentación”, el equipo conoce a Felipe Castro, el nuevo fichaje que el comisario García ha realizado, buen tirador, máster en Criminalística y Técnicas Forenses y licenciado en Derecho con matrícula de honor. Un portento que, además, esconde otras actividades para las que está dotado y que, en algún momento determinado, servirán para intranquilizar a sus compañeros.

Tras la partida aciaga de Tablero Mortal, que causó alguna baja en la comisaría, además de las víctimas elegidas por LVCF, el asesino vuelve para conseguir que tanto los personajes como los lectores experimentemos una inmersión en el infierno. Varias chicas aparecen asesinadas y mutiladas después. Son pequeños trofeos que obtiene por su hazaña. Y este es el nuevo caso que nos mantendrá en vilo porque aunque señalemos a alguien en concreto como criminal, en cualquier momento Javier Marín dará la vuelta a las circunstancias y conseguirá que lo descartemos para pensar en otro.

Son bastante inquietantes las prolepsis que aparecen constantemente en la novela y que no cumplen realmente la función completiva de brindarnos información relevante sino que en su mayoría van anunciando acontecimientos que aún no han tenido lugar, al mismo tiempo que, después, anulan las expectativas que se van dando en el lector para ir eliminando los diferentes enfoques extradiegéticos que creemos distinguir, «La noche del viernes y la del sábado él mismo acompañaría a Alejandra. Si el asesino seguía su patrón, no dejaría pasar otro viernes sin intentar algo. Esta vez ellos estarían preparados». Así, conforme los personajes se muestran más confiados, el narrador consigue que se vaya acrecentando la tensión en el lector, «Nada les hacía presagiar lo que estaba por venir».

En realidad, entre los protagonistas no hay ningún héroe. Son todos cercanos, entrañables; forman parte de la vida cotidiana, muestran conductas reales en su mayoría, alguna puede considerarse más tópica pero todas son susceptibles de cambio. Nuestro autor modela las creencias, las actitudes y comportamientos de algunos, como Míriam que adquiere una relevancia total en esta entrega, y consigue que esta novela sea idónea para enganchar al noir a los más jóvenes, porque no predispone directamente; como el resto de sus compañeros influye al formar parte de un contexto en el que se desenvuelve e interactúa con los otros.

La repetición de personajes en la saga es buena para los lectores. Los conocemos y podemos sentir cierta empatía con su forma de ser y hacia situaciones más o menos previsibles, incluso hacia determinadas actitudes inesperadas que pueden llegar a inquietarnos, porque estamos arropados en la seguridad que aportan los principios. En este caso, Marco es fundamental; es el referente sobre el que giran los demás a pesar de haber experimentado mínimos (o grandes) cambios. El autor ha elegido bien a sus personajes; alrededor del bueno, serio, intachable, se mueven los demás, cada uno con una característica atractiva, que los acerca al lector como vencedores: el humor inocente de Felipe, la falsa ironía de Salva, la debilidad mortificante de J.J., la racionalidad lógica de Alejandra, la fuerza y decisión de Miriam son creíbles, porque todos convergen en Marco, el que va ligado a la trama con una función estructural; tiene carácter y sabe imponerse sin dificultad, porque es honesto.

Precisamente por eso nunca estamos seguros de que todo vaya a salirles bien. Los lectores somos capaces de experimentar los estados afectivos por los que pasan, hasta el punto de que podemos desgajarlos de la trama y asignarles vida propia. Javier Marín consigue unir lazos entre personajes y lectores, de hecho se percibe cierta proyección del personaje ficcional en el lector real al identificarse cuando el primero expresa los deseos del segundo, esos que pertenecen a los sueños, a la ficción.

No solo los personajes generan predisposición a la lectura. También los espacios crean un ambiente tensional a lo largo de la historia, porque el fundamental es el psicológico. Es un espacio simbólico que corresponde al entorno moral y social en el que se desarrollan los acontecimientos, no importa cuál es la ciudad; hay pocas descripciones para no precisar demasiado la circunstancia en la que transcurre la acción. Acción que pasa de forma incansable de la comisaría a la calle, a las casas, al supermercado, para establecer relaciones extratextuales con un tiempo que corre más de lo que deseamos, en el que influyen también los verbos de acción, las oraciones no demasiado largas y el uso del presente; por eso tenemos la sensación, en un momento de torbellino emocional, de que se multiplican los espacios. J.J. se mueve sobre todo en un espacio vacío, carente de otras personas que podrían interceptar sus actos, aunque sea su casa, aunque sea la comisaría es su espacio íntimo donde se siente atrapado, nervioso. Es el espacio simbólico que se apoyará en la muerte para que los personajes vayan evolucionando. También el paso del tiempo modifica ciertos espacios abiertos, como la calle, que se transforman en cerrados durante la noche para conseguir que el lector mantenga la tensión.

En Descenso al abismo, diferentes historias se van transformando en la trama consiguiendo una novela de estructura casi fragmentaria, pero a pesar de estar dividida en partes, en principio diferenciadas, tienen un punto en común: el infierno al que los personajes han sido sometidos en algún momento.

Todo parte de un núcleo: un asesinato. Sin embargo, pronto irán apareciendo pistas que nos confunden e invitan a cierto caos en la estructura mental del lector:

●   El tormento de J.J.

●   El dragón de Miriam

●   El anónimo que acecha en primera persona.

●   El trauma de Alejandra.

●   La espeluznante historia del cartero, otra rama del intrincado infierno al que la sociedad está expuesta «Esto no es un paso atrás, tenedlo en cuenta. En el mejor de los casos tendremos una pista sobre la posible relación de las víctimas […] los de narcotráfico nos darán las gracias».

●   La historia infernal de mentes débiles que se dejan manejar por otras diabólicas para causar daño por donde van «no sé cómo fui así de estúpida, cómo lo permití, cómo caí tan bajo».

●   El propio infierno particular de Esther Arias, que no es sino el precio que debe pagar por su ambición, «llevaba un par de días sin recibir ningún mensaje de su fuente anónima […] y no podía dejar que la gente perdiera el interés […] Sus ojos se abrieron de par en par, su pulso se aceleró y su corazón se desbocó. El juego había cambiado».

La unidad de esas pistas reside en Javier Marín quien, hábilmente, va tomando el extremo de una para unirlo a una punta de otra en una extensión rizomática cargada de tensión.

En la novela distinguimos cierta reflexión sobre la violencia y sus formas de venganza: la violencia de género requiere una venganza inmediata para eliminar la humillación y el dolor que han sentido las víctimas. La violencia del psicópata que pretende seguir una estrategia justiciera con la que pueda infligir cada vez más dolor. La venganza del sádico que pretende beneficiarse del tiempo y nuevos recursos con los que planificar nuevos ataques.

Hay otra venganza más elaborada, la violencia no ha llegado a su fin. Pero nos queda otra entrega en la que esperamos descubrir la causa de tanta crueldad.

sábado, 20 de agosto de 2022

TABLERO MORTAL

La última novela que he leído la compré tras leer la reseña de Laura Álvarez, otra amiga que he conseguido gracias a Instagram, beneficios de las redes. Gracias, Laura, por estar ahí y por tus consejos.

El libro en cuestión no es muy largo, además se lee rápido, la edición es atractiva, papel grueso, letra clara y espaciada y capítulos cortos que no hacen sino favorecer la lectura. La tapa gruesa me gusta y su diseño es interesante, llama al misterio y, cómo no, al terror, haciendo gala del título.

El prólogo de Tablero mortal, es inquietante, prepara para lo que viene: venganza, que en este caso parece que se sirve fría «…por lo que dejó atrás. Ahora estaba preparado. Devolvería todo el daño que había sufrido allí».

De nada le valen al narrador sus esfuerzos en presentarnos al protagonista y a la ciudad con alguna metáfora poética «contempló el mar de luces a lo lejos» o con ciertas personificaciones enaltecedoras, «el manto azulado de una ciudad que no dormía», o comparaciones atrayentes «destellos como pequeñas luciérnagas».

Todo el lirismo desaparece desde el Capítulo I de la primera parte, donde nos introducimos de lleno en la música trepidante del rock, que no nos abandonará y en la acción vertiginosa de las grandes ciudades. ¿Qué ciudad? No se sabe (aunque las pistas me conducen a una ciudad con nombre de santo y cercana a la mía), da igual. No es importante el espacio. Sí el tiempo, porque corre rápido, a la misma velocidad que un asesino despiadado y cruel que va matando según las reglas de un juego de rol.

Nadie está seguro en ese lugar. La primera muerte de este capítulo inicial es rápida, certera, el asesino apenas da tiempo a la víctima para que se haga una idea de su destino, pero esto es un engaño para el lector, que no va a descansar ni un solo momento hasta que no termine la novela. Las víctimas aparecen después horriblemente mutiladas pero, si el primer asesinado el abogado Andrés Longoria, presenta la tortura post mortem, pronto nos daremos cuenta de que es capaz de ensañarse en vida con mujeres que aguantan hasta que el corazón no resiste más.

Está claro que el asesino tiene acceso a los medios de comunicación, pues desde el primer momento «Las noticias sobre el macabro crimen habían trascendido […] para que todos los jefazos estuvieran nerviosos». La trama de Tablero mortal está bien ideada. Comienza con un asesinato que «apunta a algún tipo de crimen ritual y no tenemos mucho por dónde empezar» y continúa presentando a los personajes que llevarán el caso y que son bastante típicos: el joven y friki informático J.J:, la encargada de relaciones con los medios, Miriam Rueda, la jefa del equipo forense Itziar Rau, los encargados de recopilar los datos en la oficina, Jon y Salva y los que se manejan bien en el trabajo de calle, Alejandra y Marco.

Apenas conocemos la vida íntima de los policías, lo justo para que vayamos atando cabos, tanto los lectores como los propios personajes, «es un juego de mesa. Estoy intentando aficionar a Daniel a ellos […] hay de toda clase, estratégicos, habilidad, cartas…».

Una vez que nos disponemos a seguir la pista del asesino, el caso se complica con otras muertes tanto o más espantosas que la primera y siempre la prensa saca a la luz detalles que a la policía no le interesa airear. El final, frustrante, nos obligará a continuar leyendo la saga de este loco que, por supuesto, tiene secuaces que le hacen el trabajo sucio. Ni siquiera sabemos su nombre, sí su personalidad, orgullosa, pretenciosa e insociable si seguimos la pista que nos ofrece con su seudónimo, pues firma sus resultados como lvcf, e intuimos en él algún rasgo asocial del escritor estadounidense derivado, probablemente, de uno o varios traumas del pasado.

En cualquier caso, la novela de Javier Marín consigue estremecer, hay una sucesión de hechos que horrorizan por la sofisticación de la violencia, mediante la cual el lector es consciente de una tensión que va en aumento. El asesino persigue un objetivo que no se especifica, pero no nos damos cuenta hasta que no llegamos al final, casi agotados por el ritmo in crescendo que han ido tomando los acontecimientos. De hecho, ni siquiera hemos sido conscientes de haber terminado una Primera Parte, en la que todos los personajes han sido presentados paulatinamente a lo largo de veinticinco capítulos, y estar en la Segunda, cuando los policías se dan cuenta de qué está pasando y asumen que no pueden seguir actuando sin resultados satisfactorios. Ellos entran entonces en una vorágine imparable, la misma que los lectores hemos sentido desde el principio.

Precisamente por eso los personajes se hacen creíbles, la novela es verosímil, desgraciadamente, y los lectores somos capaces de entender los sentimientos tanto de los policías como los del asesino. Mentes perturbadas las hay y otras débiles que se dejan llevar por los intereses de alguien fundamentalista, también «Su misión acaba de empezar y su orden espera de él un trabajo digno de su posición». Creo que el verdadero asesino, el que queda en la sombra, es alguien con esta característica, alguien cuyo desprecio por el ser humano es lo que rige todos sus movimientos que, por otro lado, siguen un plan establecido y pensado para no fallar. De ahí que este alguien en la sombra no sienta empatía ni piedad por nadie. Su trabajo es premeditado pero sabemos que no va a cambiar, pues ya al comienzo de la novela advirtió del daño que había sufrido. ¿Habremos de buscar lo que tienen en común todas las víctimas que, en principio no se conocen y dan la impresión de ser totalmente opuestas? Puede que entre ellas hayan tenido algún contacto, pero habremos de seguir con la trilogía.

En esta primera entrega me ha llamado la atención la diferencia de actuación. A la hora de matar a Longoria lo hace de forma violenta pero rápida en su centro de trabajo, sin embargo con las otras víctimas siguientes, mujeres, actúa diferente, las droga para llevarlas a un lugar apartado donde pueda recrearse con la tortura, lenta y dolorosa, algo que confirma su misoginia por encima de la misantropía «El ritual continúa, los trazos son lentos, los disfruta. La piel es tersa […] La fuerza y personalidad de ella también influye».

En fin, esperemos que Javier Marín consiga que el sufrimiento y muerte de estas mujeres no haya sido en vano, así que continuaremos acompañando a Marco Duarte.

viernes, 12 de agosto de 2022

EL ASESINATO DE JULIO ROSTER

Acabo de leer la novela de una autora novel, creo; al menos, yo no la conocía, pero me ha sorprendido gratamente, porque me ha recordado a determinadas series que aún veo en televisión. Si alguien lee esto y ve Crimen en el paraíso, sabe lo que digo, y si le gusta, le va a gustar El asesinato de Julio Roster. Es una novela de misterio al más puro estilo de Agatha Christie, en la que la autora se propone interactuar con el lector desde el primer momento. Por eso, comienza su andadura narrativa señalando el elenco que va a aparecer, veintidós personajes van intercambiando opiniones y acciones para embrollar al lector y llevarlo de una pista a otra hasta que Clarisa Vau decide que es el momento del desenlace.

Por cierto, en el libro encontramos, además de la nómina de personajes y la relación que tenían con el asesinado, un plano de la casa en la que vivía. Y al final adjunta «La libreta del inspector Montgomery» para que los lectores vayamos apuntando las pistas que van apareciendo (la mayoría, falsas; ¡hasta 18 he encontrado!) y que, por supuesto, no hacen sino que sospechemos de casi todos los implicados. Una vez descartadas las que creemos conveniente, llegamos al apartado «Sospechosos y coartadas» y finalmente «Hipótesis y deducciones: Quién, Cómo, Dónde, Cuándo, Qué».

Estamos pues ante una guía que sigue a la perfección la técnica Whodunit, empleada por la pionera de la novela policíaca y consistente en dar la información suficiente para que el lector resuelva el crimen pues, el ayudante del investigador no va a saber más que él y tampoco sabrá más que el propio policía encargado de resolver el asesinato, «Le hablé sobre mi idea de que Flora y Manuel pudieran haberse confabulado para matar a Julio. Abel la consideró, pero no pareció tomarla muy en serio».

De esta forma el lector se identifica rápidamente con quienes llevan el caso y entra, sin darse cuenta apenas, en el juego de la trama que, por cierto, es un rompecabezas donde el misterio siempre está presente. En la narración no hay grandes descripciones ni digresiones que alejen la atención del lector. El estilo es sencillo, el vocabulario, usual, permite acercar a todo tipo de lectores y la estructura, ordenada, casi visual, posibilita observar la novela como si de una película se tratase.

En el capítulo I conocemos a un banquero jubilado y viudo, Héctor Paz, cuyo cuñado, Julio, hermano de su difunta esposa, lo invita para pasar un par de días y asistir a la celebración de su cumpleaños, motivo por el que toda la familia estará presente. La velada transcurre bien, pero de madrugada los gritos de la mujer del homenajeado alertan a todos de su muerte. Rápidamente, Héctor llama a la policía y al médico e inmediatamente se persona Abelardo Montgomery, inspector a quien Héctor ayudó a resolver otro asesinato.

Lo que en un principio parece un ataque al corazón pronto se descubre que es un envenenamiento, así que la pareja de detectives, el profesional y el amateur, se encarga de ir recopilando indicios hasta que, por supuesto, el inspector, puede detener al culpable.

Gracias a Héctor, los lectores conocemos a una serie de personajes cercanos que nos van desvelando el odio que sentían hacia el cabeza de familia «—Yo no dije eso, ni lo maté. Solamente dije que lo odiaba». Héctor se basa en la observación psicológica y llega a conocer a los hijos del muerto, a quienes trabajan para él y al propio asesinado. Nada es lo que parece; Julio encubría una persona detestable que ni el propio Héctor intuía. Así pues vamos encontrando y descartando pistas de la mano del investigador aficionado: la comida, medicamentos, plaguicidas, cartas, dinero nos llevan a la ira de unos, celos de otros y rencor de casi todos. Pero solo la percepción del policía Abel puede llevar a la solución correcta, «Habrá leído sobre las huellas dactilares, pero no debe saber que no es la única forma de detectar al criminal»

El narrador de la historia es el propio Héctor, que, en un momento de la trama se aleja para confesarse como autor de la novela «Una vez en mi habitación, fría y ligeramente mohosa, me senté frente al escritorio y comencé a escribir, en el bloc que siempre llevaba conmigo, la primera crónica de esta historia».

Con este recurso, Clarisa Vau moldea una historia verosímil y al mismo tiempo, llena de intrigas. La capacidad de análisis de la autora es la que proporciona el suspense a la novela y logra un argumento convincente.

No cabe duda de que Vau conoce los elementos que no deben faltar en una novela de misterio. Los conoce y los expone con soltura, de forma que al leerla intuimos que en un momento determinado el crimen es factible. La muerte de Julio se da en extrañas circunstancias, cuando se encuentran en su casa los familiares, algo que despierta la curiosidad del lector, quien intenta conectar con la historia de cada uno de ellos para descubrir al asesino a través de posibles razones. Nada es lo que parece pero la solución final es satisfactoria para todos, aunque llegamos a empatizar tanto con los personajes que lamentamos, incluso, el giro fatal que llevó al inspector a descubrir el porqué del asesinato.

La novela de Clarisa Vau es perfecta para iniciarnos en la novela de misterio; muy entretenida, consigue que no dejemos de leer y, lo más importante, que vayamos razonando y anotando a los posibles sospechosos como si de una pasatiempo se tratase.

Felicidades a la autora, a quien le deseo futuros éxitos como novelista.

sábado, 6 de agosto de 2022

MELVILL

Me gusta leer novelas, preferiblemente ficcionales, aunque no descarto aquellas basadas en personajes importantes o las que parten de hechos reales. Porque es un pasatiempo que me permite disfrutar de la realidad desde otro punto de vista. Y aquí estoy con Melvill, una novela que, al principio creí que se trataba de la vida del creador de Moby Dick, después pensé que era sobre el padre de Herman, Allan Melvill, y poco a poco fui reencontrándome con Rodrigo Fresán, por lo que no pude sino ponerme al habla con Alberto Sáez, gran especialista en este autor pues su tesis doctoral «La narrativa de Rodrigo Fresán y la vertebración de una poética afterpop» (2021), recoge toda la obra del escritor anterior a la novela que hoy comentamos. Así pues, esta crítica no es exclusivamente mía sino que casi todo el mérito corresponde a Alberto. 

La novela de Fresán supone la muerte de la novela actual y convencional; en ella predomina el discurso individualista que a veces suena a monólogo, otras a diálogo entre personajes de este o del otro lado y otras, a diálogo con el propio lector. Creo que el autor no pretende ofrecer una visión total de nada ni un sentido único de la historia que plasma. La realidad de Fresán no es espejo de la realidad tal y como estamos acostumbrados a verla sino que se refleja por partes, sin tener en cuenta la línea temporal o la correspondencia de espacios, «Y entonces Nico C. me advierte acerca de los riesgos de su condición, de los peligros de proponer “una nueva forma de entender primero y de luego narrar las cosas alterando la textura y el tejido de la Historia…».

El narrador de Melvill comienza en tercera persona omnisciente (al cabo de un tiempo de lectura percibimos a Herman Melville), in medias res, contando las sensaciones que Allan Melvill experimenta en un hospital, poco antes de morir y poco después de haber cruzado a pie el río Hudson helado. Y ya, desde la paradoja del comienzo, quedamos advertidos de la realidad ficcional de la novela «Ahora se sabe rodeado por todo y por todos […] Aquí, la soledad perfecta de quien está afuera pero sin salida».

La vida de Allan Melvill va pasando ante nosotros de manera un tanto caótica pues, como en una sucesión de círculos concéntricos volvemos una y otra vez a su decadencia final, de manera que la existencia finita del personaje real abarca lo infinito literario del cronotopo fresaniano. En el abismo de la caída es cuando a Allan se le van revelando las grandes verdades, hasta llegar al infierno de la muerte en una sucesión que lo trascenderá como persona. En el lecho de muerte, tras revisar su vida, egoísta e irracional, anhela lo que únicamente le da Nico C. y cuando lo tiene siente miedo, pues se percata de que le ofrece la ficcionalidad de su vida, así que huye de él y se dirige a Barcelona. «lo que en verdad da miedo es la cada vez más próxima condición de quedarse junto a Nico C., de ya nunca sentir más miedo […] por los siglos de los siglos […] Allan Melvill se siente maldito y condenado. Allan Melvill huye. Allan Melvill roba una góndola y llega a tierra firme…».

En el diálogo que mantienen el padre y el hijo da la impresión de que el niño, Herman, estaba ahí en contra de su voluntad, escuchando los desvaríos de un padre loco que no le dio ni el afecto ni la atención que necesitaba. Un diálogo-monólogo que recuerda al de Keiko Kai en Jardines de Kesinton. Secuestrador y víctima en una habitación a solas a la espera de que uno (o los dos) muera: «Escucha, Herman: primero un pie y, asegurándote de que el hielo no se rompe, recién luego el otro […] Me gustaría poder levantarme para demostrártelo aquí […] A veces pienso en mí mismo en una helada tercera persona […] Ser un buen personaje sin importar sus malas acciones».

Una vez que el padre regresa a Albany continúa por el río helado, ahora como Nico C., que a su vez es el propio Fresán y Allan Melvill. De esta manera el hielo se transforma paradójicamente en el infierno y Nico C. queda —como autor— por encima del personaje. La literatura es aquello que sobrevive a la realidad «Nico C. siendo él uno y otro, hombre y monstruo, creador y criatura […] inseparable de mí mismo […] por siempre y para siempre por encima de mí».

Por correspondencia fonológica, Nico C. recuerda a Nick Cave, habitual en la obra de nuestro autor argentino. Un rockero inmortal que, como un vampiro, trae a Melvill el único rastro de “Canciones tristes” en forma de un elixir capaz de transportarnos a ese realismo mágico, un tanto descarado e irónico, de Fresán. El vampiro con el que satiriza hasta el extremo la figura del monstruo, originalmente la ballena.

Rodrigo Fresán expone el fracaso de Allan Melvill como padre y como marido, el rechazo y el orgullo final por los logros literarios de su hijo, que no fueron sino póstumos. Y el fracaso como padre y como marido de su hijo, Herman Melville. El fracaso social del hijo, tomado como perturbado por su condición de alcohólico homo sexual, que retoma el fracaso social del padre perturbado. Y en ellos está el fracaso del hombre que, sin embargo, queda encumbrado tras la muerte.

El narrador protagonista, aunque desdibujado a veces, toma la voz de Herman Melville; aparece como una identidad genérica diferente al autor, por lo que presenta distintas posibilidades de lectura si bien Melvill es una novela del yo que tiende un puente entre lo real y lo imaginario, «siempre me sentí como un hombre que puso en duda todas las cosas terrenales para poder intuir alguna de las divinas […] del mismo modo que durante el Diluvio la ballena despreció el Arca de Noé, sabiéndose mejor sobreviviente a solas y ajena a toda promesa de compañía a cambio de reclusión y de ser una entre tantos. Igual en mi vida, igual en mi obra […] Así me siento yo». A veces el lector pone en entredicho la verdad que detalla el autor con respecto a su personaje, de hecho incluso Herman y Allan se desdibujan en Melvill, sin tener claro dónde empieza y termina cada uno o dónde terminan ellos para dejar paso a la obra de Fresán, que inventa, deconstruye y transgrede las identidades al llevarlas más allá de un espacio único, al llevarlas al otro lado de las cosas.

Fresán indaga en Allan Melvill, en Herman Melville y en el propio Rodrigo Fresán para visionar el mundo según una particular forma estética. De nuevo fragmenta lo real y crea una nueva real ficción. Es un recurso a la vez de forma y contenido con el que realza una determinada imagen que convierte en hiperrealista hasta que pasa al otro lado, el literario. Es un recurso estilizado del esperpento valleinclanesco, con el que consigue expresar su escepticismo y crítica ante las convenciones sociales.

Las paranomasias profundizan en la familia desestructurada o en el sinsentido de la existencia, «palabras que llamean y llaman, lejanas y ajenas a todo calor de hogar», «vencido y humillado desertor de la crucificante cruzada de tu vida». También el oxímoron conseguirá describir la realidad y, por supuesto, el humor cáustico, irónico, polisémico, personificado o negro refleja la angustia de la religión, de la vida social, de la mala literatura o del proceso de la escritura «Memoriza el Salmo 55 […] llega a ponerle música al piano que, más que ejecutar, condena», «Piensan que ha intentado suicidarse y nadie hace caso a que lo único que quería hacer era modificar y prolongar el trazo de sus líneas de la fortuna».

El relato de Melvill es, en gran medida, ambiguo; cuesta diferenciar la dimensión real de la ficticia porque no las separa ni las mezcla, las ofrece de forma simultánea.

Fresán desnuda el alma de Melvill(e) y rompe los límites de la intimidad al ofrecerla al lector. A la vez despeja espacios y tiempos para presentarnos el origen de su narrativa. El lector, inmerso en la lectura, vive la escritura de la vida, las caídas, la culpa, las dudas, la memoria, lo soñado, lo recordado y lo inventado; lo vivido ayer y transformado hoy. El lector experimenta su propio infierno, sus obsesiones que son también las de tantos. Porque la de Fresán es una aventura que trasciende al hombre a través de la escritura literaria y, a través de la lectura, se hace realidad al tiempo que el yo lector pasa a formar parte de los elementos narrativos, por lo que el proceso lector queda inmerso en la literatura.

Las digresiones y repeticiones le ayudan a reflejar sus obsesiones y temas recurrentes: la avaricia del ser humano que lo lleva a la caída, desde donde percibe el antes y el después de su realidad, los fallos vividos con angustia y la paz de la muerte. La escritura del autor es un modo de autoconocimiento y la lectura de Fresán supone una interiorización para conocernos mejor. La memoria consigue, a través de los sentimientos, transformar la realidad, «lo imaginado, que no es otra cosa que lo que pudo haber sido y, a partir de entonces, lo que es y lo que será».

Los lectores de Melvill vemos el mundo que, tras recordarlo y soñarlo, Fresán inventa como verdadero: «mi cada vez más singular idea del patriotismo como algo que trasciende lo meramente nacional y alcanza dimensiones sin fronteras. Y de que el fin de la guerra no trae la paz sino un largo período de revanchas […] ganadores y perdedores se ponen de acuerdo en que la verdad de lo sucedido es demasiado espantoso para asumirlo como verdadero […] proponer una nueva y revisionista realidad más soportable […] De pronto, todos escritores, todos reescritores».

Es la seña de identidad de Fresán; si las escobas danzantes de Historia Argentina consiguieron un nuevo universo, el río helado de Melvill también lo hace, pero deberemos afrontar el final de una vida de errores para crear la ficcional perfecta, que pronto pasará a formar parte de la real para resquebrajarse de nuevo con el cambio de tiempo. Esta continua creación es la esperanza con la que rompe las limitaciones del escritor, «Una sonrisa inolvidable en su tristeza».

sábado, 30 de julio de 2022

LA PLAYA DE LOS AHOGADOS


¡Qué poco tiempo ha tenido Domingo Villar para escribir! y qué pena para nosotros, lectores que lo hemos descubierto tarde. He terminado La playa de los ahogados. No conocía el título ni al autor; menos mal que mi hermana me lo recomendó y, además me dejó el libro. Lo he leído del tirón. En algunos momentos, Villar me ha recordado a Vázquez Montalbán, el grande desaparecido de la novela negra española; no es que tengan un estilo igual, ni sus protagonistas las mismas inquietudes, pero cada uno a su manera, supo transmitir, con un estilo ameno y penetrante, el amor hacia su tierra y el gusto por la buena cocina, algo que, en Domingo Villar aporta cierto halo costumbrista y, por supuesto, contribuye a valorar los elementos de la cultura popular. He de reconocer que, mientras leía la novela he sentido ganas de probar las castañas de Lola o la lechuga gallega. Alimentos sencillos pero sugerentes por la descripción que les acompaña. La cocina como marca de identidad rubrica la diferencia de valores, donde lo sencillo prevalece y lo tradicional se vuelve imprescindible «—¿Te estás cuidando? —No —aseguró. Es que aquí tienen una lechuga cojonuda. —¿Aquí? —En Galicia —Ah, ya».

Nécoras, camarones, pulpo, percebes, tortilla de patatas, ensalada, patas con garbanzos, fideos con almejas son una muestra de los platos que, naturalmente, comen los protagonistas, con la única pretensión de que sean alimentos frescos. Y sigo pensando que Galicia es una de mis asignaturas pendientes, de hecho las descripciones de la novela me han llevado hasta la costa gallega y me han avivado el deseo de conocerla, «…quedaba oculto por los árboles, pero podían ver el monte Lourido […] Baiona, con su fortaleza medieval, cerraba la bahía, y detrás se vislumbraba el cabo Silleiro, el último quiebro de la costa gallega antes de que el mapa trazase una línea casi recta de cuatrocientos kilómetros hacia el sur».

Tanto la trama como la estructura de la novela revelan, nuevamente, el entorno gallego y el carácter misterioso de su gente. Los capítulos, numerosos y bastante cortos, van enredando a personajes, lugares, actividades y caracteres. Todos comienzan por una palabra cuyos diferentes significados, según el DRAE, aparecen señalados. Uno de ellos tiene que ver con lo expuesto en el capítulo y el lector, cuando lo acaba, se da cuenta de qué acepción es. Todo es discutible, los hechos, las personas… No hay evidencias, hasta que no terminamos la novela, pero mientras la leemos nos acostumbramos a ver el mundo según los gallegos.

En la playa de Panxón aparece muerto un marinero con las manos atadas y dos marcas en la cabeza, que indican que fue golpeado por atrás y luego, caído o echado al mar. Todo queda construido alrededor de la investigación que llevan a cabo los policías Leo Caldas y Rafael Estévez, de la comisaría de Vigo, quienes parten además, de la posibilidad de un suicidio, ya que las manos atadas suele ser algo habitual en estos casos para imposibilitar un último arrepentimiento y salir nadando a la superficie.

Pero estamos en Galicia y los fantasmas aparecen, de manera que, por el pueblo, se va viendo al capitán Sousa, patrón del Xurelo, barco donde, en el pasado, faenaba el ahogado, Justo Castelo, el Rubio. El problema es que Sousa fue el único desaparecido en un naufragio, diez años atrás, en el que además del Rubio iban José Arias, quien a partir del accidente salió un tiempo de Galicia, y Marcos Valverde, que abandonó la pesca desde entonces para dedicarse a los negocios. Ninguno de los tres marineros se hablaba tras el naufragio. Ahora, no solo el Rubio ha muerto, los otros dos también están siendo amenazados «—Hay quien asegura que ha vuelto a ver a Sousa en el pueblo. Dicen que es él quien estaba amenazando a Justo Castelo. Estévez dio un paso atrás, resguardándose del salivazo que se producía una vez que alguien mentaba al capitán».

Estamos en Galicia y hasta que no se despeje la bruma nada resultará claro, el hijo del capitán vive en Barcelona y reconoció el cadáver de su padre meses después de desaparecer, desfigurado por la acción del mar y los peces. Las bridas que sujetaban las manos del Rubio no eran españolas. Incluso hay desavenencias entre los inspectores a la hora de decantarse por el arma y la causa del crimen.

Hay sospechosos, aunque el principal es el fantasma que vaga por el pueblo asustando a los vecinos y, sobre todo, a los dos marineros vivos del Xurelo. Si a esto añadimos que el zamorano Estévez no termina de hacerse a la vaguedad expresiva de los gallegos, nos encontramos con situaciones humorísticas que reflejan tanto la forma de ser de estos como la forma de vida en los pueblos o el temple de Leo Caldas.


—Tranquilo, Rafa —trató de serenarlo el inspector —Ni que te hubiera echado un mal de ojo

—¡Qué mal de ojo ni qué cojones! […] Me ha escupido en el zapato.

La playa de los ahogados fomenta la cultura popular aunque la novela de Villar es literatura culta. Los términos técnicos, relacionados con la pesca, conviven con expresiones populares y la investigación científica no descarta apoyarse en creencias ancestrales. El autor conforma un homenaje a la tierra y sus gentes, «noray, chalupa, defensa, nasa, traje de aguas, escollera, leira, arriate, liquidámbar…» así como un respeto hacia la labor policial y la esperanza en una sociedad mejor.

Leo Caldas reflexiona, con su padre, sobre el paso del tiempo y la importancia del hombre durante toda la vida, no solo en época laboral activa. La nostalgia del pasado convive sin problemas con el presente. La importancia de la memoria es evidente y, aunque débilmente, aparece cierta crítica a las gestiones de los ayuntamientos en los pueblos y a la especulación inmobiliaria. Sin embargo no es una novela negra del desencanto a pesar de que Caldas encarne una visión desencantada del mundo, con cierto sentimiento de culpa ante un caos laboral que le impide mantener las relaciones personales de antaño; arrastra algo de frustración al ser consciente de que la cotidianeidad coarta la exteriorización de sensaciones. Y es, precisamente esto, lo que hace de la trama una historia profundamente humana y del inspector, una persona tremendamente cercana


—Yo ya no sé qué creer —dijo Caldas y, tras sacarse el cigarrillo apagado de la boca comenzó a tamborilear con los dedos en el encendedor de metal.

Estévez le miró de soslayo.

—Inspector —le advirtió—, si va a escupir, haga el favor de abrir un poco más la ventanilla.

El autor se separa de la creencia generalizada de que en la novela negra debe haber un poso de malestar social y crea a Caldas, un hombre con dificultades para perfeccionar sus pasiones individuales. El lector tiene poca información sobre la vida personal del protagonista, esto genera cierta tensión, también las coincidencias que se van dando en el presente con el pasado. Y, por supuesto, nada mejor que los rodeos gallegos para mantener el secreto y la intriga


—¿Y cómo fue la noche? —se interesó Caldas

—Fue —contestó el viejo, arrancando un carraspeo al agente Estévez

Caldas sonrió

—Dicen que hay poca pesca

—Mucha no hay —confirmó—

El ritmo de la novela es lento, esto da tiempo a ir construyendo los hechos hasta que creemos que tenemos la historia, sin sorpresas. Pero los rodeos, las disquisiciones, las posibilidades van de un lado a otro de la cabeza de Caldas hasta solucionar, no uno sino dos casos y dejarnos admirados, con pena de no seguir las andanzas de este inspector que, no cabe duda, fue creado para formar una larga saga y se ha quedado en brillante emblema de la novela negra española.

sábado, 23 de julio de 2022

MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA

Manual para mujeres de la limpieza no es un manual. Tampoco va dirigido a las Kellys. Sí podemos reconstruir la biografía de una mujer, la autora, Lucia Berlin, que durante una temporada trabajó como limpiadora.

Este libro es una colección de relatos que, a pesar de la objetividad con la que están narrados, descubren la vida problemática de su autora. La mayoría de estos relatos son de carácter realista, son retratos de una sociedad que no es precisamente bella, lo bello es vivir en esa realidad de manera auténtica. Esto nos lleva a pensar en el realismo sucio de Bukowski o de Raymond Carver, pero el de Lucia Berlin tiene un enfoque literario que lo hace menos sucio, igual de preciso y sobrio pero con cierto humor intercalado en su frase corta.

Las situaciones no son extraordinarias, son sucesos vulgares que reflejan tragedias cotidianas que no se resuelven al final del relato, igual que ocurre en la vida. Pero Lucia Berlin brilla en las situaciones más sombrías «Me gusta trabajar en Urgencias […] Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos, constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián».

La prosa de Berlin es única, participa de una narrativa fácil, de realismo objetivo, de verdad subjetiva, de la sencillez descriptiva y del buen humor. Y no hay nada más serio, más profundo que relatar una tragedia como si se tratase de algo natural:

Me cuesta entender por qué nuestra madre odiaba tanto a los mexicanos […] los olores de México le parecían aún peores que el humo de los coches […] Aquí es fácil que el sexo y la muerte acaben confundiéndose, nunca dejan de latir. Un paseo de un par de manzanas es sensualidad pura, está cargado de peligro.

A pesar de que hoy en día se supone que nadie debería salir a la calle siquiera, por el nivel de contaminación…

Hasta en lo más desgraciado aparece la alegría de sentirse viva a pesar de la opresión.

En los diferentes relatos encontramos cierta continuidad temporal aunque algunos incurran en otros anteriores dando la impresión de que la vida es algo caótica. En Estrellas y santos aparece la infancia triste de la protagonista, que debe luchar contra su madre despiadada, probablemente a causa del alcohol y otras drogas, contra su abuelo, un dentista alcoholizado al que ella misma deberá sacar todos los dientes para ponerle una nueva dentadura, contra sus recelos al ser una niña diferente, con un físico debilitado y una religión protestante en un colegio católico, «Dejé de hablar […] Me mandaron a casa ese mismo día, expulsada del colegio por agredir a una monja […] no fue así, ni mucho menos».

Todo lo que aparece refleja una cotidianeidad mediocre; los protagonistas viven situaciones grises, de realismo sucio. Se expresan con un lenguaje directo, pero aun en la crudeza se filtran reflexiones tiernas, inocentes que dejan al descubierto los sentimientos puros, infantiles «en aquellos tiempos me inquietaban muchas cosas, como qué insuflaba vida a las velas y de dónde procedían los sonidos de los pupitres. Si en el reino del Señor todo tiene un alma […] debía existir un cielo. A mí el cielo me estaba vedado porque era protestante». El lector empatiza inmediatamente con el personaje, siente ternura hacia ella porque, estamos seguros, habría merecido una vida mejor. Cualquiera. Nadie debería experimentar el sufrimiento. Ningún niño, al menos, debería sufrir.

Y aun en los episodios más desfavorables, la prosa se convierte en pura poesía cuando la narradora se detiene a describir: «Al cabo de mucho rato por fin llegaron las grullas. Cientos, justo cuando empezaba a clarear. Se posaron a cámara lenta sobre sus patas quebradizas […] la superficie plateada del agua se escindió en docenas de arroyuelos».

En estos momentos sentimos que somos testigos de la evolución de un relato de costumbres hacia otro de ficción que dará paso a un cuento maravilloso. Es como si pudiéramos interpretar una fabulación cuidada y detallada en la que la autora pasa a un primer plano y destruye la obscena autenticidad.

En Manual para mujeres de la limpieza no hay adornos, no encontramos superficialidades. Es el atractivo de una prosa que expone la vida tal cual, son situaciones extraordinarias que se perciben de manera normal; las peripecias peculiares se presentan como cotidianas y la realidad se observa a través de singularidades, «El cuarto de baño era una alfombra de pechos, senos de goma de todos los tamaños y colores […] Bella se rio. — No hagas caso, es mamá, en el tejado. […] En Nochebuena irían lanzando bolsas de juguetes y comida desde el aire y caerían en el suburbio de barracas de Juárez […] —¿Qué hay de Lou y de mí? Unos tigres nos atacaron y le hicieron un bombo, y luego huyeron con mi marido». Tenemos la sensación, en ocasiones, de estar ante una narración del realismo mágico pues, al igual que el movimiento latinoamericano, la estética de Berlin escapa de lo pintoresco para retratar situaciones peculiares. La autora transforma la realidad y la convierte en buena literatura. Los lectores reconocemos la verdad de las situaciones aunque no nos identifiquemos con ellas.

La prosa es natural y el narrador, objetivo, aunque a veces cuente la historia en primera persona, incluso en ocasiones se relaciona con el propio personaje y no es raro que en una misma escena cambie de la tercera a la primera persona. En Punto de vista aclara los tipos de narrador que aparecen en las historias, los tipos de personaje. De hecho la protagonista, Lu, Lou, Calotta, Henrietta, señora Lawrence, la chica… es diferente según la situación que protagoniza, según sea narrador o testigo o actante, pero siempre refleja la tristeza absoluta de la autora, el dolor que a veces debe esconderse para poder aliviar otro dolor, el paso acostumbrado de la felicidad al sentimiento apenado «Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos […] Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su cama, apenas una rendija […] El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular con la barbilla […] le observo. Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi nombre? ¿El de un hombre […] Sea cual sea lo borro antes de que nadie lo vea».

La objetividad y el lenguaje cotidiano consiguen aportar un realismo absoluto al relato que, en realidad, se revela a través de verdades emocionales. El estilo de Lucia Berlin permite convertir lo feo en bello, transformar la realidad en algo mejor, pero no edulcorada, es una realidad que conecta con el sentimiento. Probablemente por eso da igual el lugar o la época en la que está escrito el libro; cualquier lector empatiza con las diferentes identidades que aparecen. Descubrimos características distintas de EE.UU, el fracaso social de cierto estilo de vida marginal, descubrimos cierto carácter documental de una época que no colisiona con la nuestra porque el punto de vista, sea el que sea que elija la autora, siempre es interior, el punto de vista de una hija, una hermana, una madre, una mujer que acepta su condición opresiva y sin embargo ejerce una libertad alejada del patriarcado. No hay lucha feminista, pero la denuncia persiste en una realidad que la mujer intenta esquivar como puede para salir adelante.

Las protagonistas no traslucen rencor hacia las humillaciones o traumas vividos, en ningún momento se pierden en la miseria a pesar de que nos compadezcamos de ellas; de hecho, es lo que busca la propia autora «Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla».

sábado, 16 de julio de 2022

SOCIÉTÉ LITTÉRAIRE


En la última Masa Literaria de Babelio pedí un libro que me atrajo, primero por el título, que empezó a generar en mí cierto desasosiego pues intuí que algún grupo de escritores franceses estaba implicado; segundo, por el resumen que se ofrecía y aseguraba que era una novela negra distinta, algo así como en clave de humor. Esto prometía ser divertido.

Nuevamente debo agradecer a Babelio la oportunidad que me brinda de conocer nuevos autores y yo diría que hasta nuevos géneros.

La Société Littéraire fue creada en París en 1905. Cuenta con 8 delegaciones repartidas por Francia, en las que participan 1.800 personas en las actividades que organizan, como publicaciones en revistas, talleres de escritura, cursos didácticos, conferencias, simposios, espectáculos teatrales, musicales, ferias del libro y salidas culturales.

En España hay otra Société Littéraire, creada básicamente para encubrir la salida semanal de una jubilada casada en busca de su amante. Está todo pensado, los jueves harán reuniones en el bar para comentar el libro que aconsejaron en la sesión anterior y luego la pareja de amantes liberará sus cuitas. Hasta aquí todo bien, el problema surge cuando Jimena, la susodicha casada infiel, se convierte un jueves en viuda de Esteban, mientras este aprovechaba la salida regular de su mujer para tener su cita sexual pagada (por la propia Jimena).

Y mientras a Esteban le da un ataque al corazón en plena faena, la ignorante Jimena lanza, durante la tertulia, un jarrón a la cabeza de Ramón, su amante. La reunión de ese jueves debe suspenderse porque el agredido quiere ir al centro de salud para que su sobrino le dé unos puntos en la herida.

El porqué del ataque de Jimena es un misterio, todo apunta a que el libro propuesto por Román, Lastres, lustres, lustros, es el causante; sin embargo, esto no impide que, una vez curado, llame de nuevo a Jimena y tengan su erótico encuentro. Pues si este comienzo de la historia tiene tintes de enredo enigmático, conforme aparecen nuevos personajes y situaciones, se va agrandando hasta el punto de parecer una camorra insidiosa, en la que la tensión del principio se mantiene hasta el final «Román el discreto. ¿Entonces, por qué? ¿Por qué este libro? Y para colmo, había incumplido una de las reglas fundamentales de la tertulia: los autores recomendados debían estar muertos».

Lo único que tenemos claro, leída la novela, es que aparece como un soplo de aire fresco en la rancia sociedad literaria y se erige como soplo de aire en las intrincadas investigaciones de la novela, aunque en todo momento conocemos lo que pasa y a quién. Las muertes no son lo importante, ¿se considerarían asesinatos?, sino la intriga y la historia cargada de elementos tan absurdos que, en ocasiones, sobrepasan la realidad para abrazar la fantasía en medio de una parodia absoluta, que tira por tierra determinados tópicos forzados de las situaciones de la novela negra. Société Littéraire es una parodia del detective noir, «Es lo único que no le he preguntado esta mañana por teléfono […] Lo malo es que entre sus virtudes no figura la valentía […] Ya se siente suficiente afortunado con su paraplejia como para ser agraciado además con un traumatismo craneoencefálico».

Pero la novela da un paso más, realmente Société Littéraire es un extenso territorio donde cabe todo, o casi. No hay policías ni detectives reales porque no hay asesinatos aparentes, hay muertes, claro que, en vista de la edad de los personajes, entran dentro de lo posible.

Quienes investigan no buscan asesinos sino las causas de haber aconsejado leer lo que se consideraría un asesinato a la escritura.

En la trama se superpone el ingenio de la tercera edad a la decadencia que conlleva. El choque entre lo que se espera de este colectivo y sus actos es constante y queda expuesto un amplio horizonte de incertidumbre al ahondar en la pobreza y marginación general de los jubilados. Unido a ellos aparece otro grupo marginal en progresivo aumento: los inmigrantes. Es una rueda. La trama refleja a la perfección la llamada literatura de crisis puesto que los personajes encarnan situaciones de la realidad actual: el paro y la precariedad de los inmigrantes. Mientras que los latinoamericanos, como Marco Vinicio o Luis Fernando, son obligados a realizar tareas en negro muy por debajo de su preparación y con sueldos miserables, a las mujeres negras les quedan pocas salidas que no sean la prostitución, muchas vienen engañadas para terminar así. La inmigración pone de manifiesto la hipocresía capitalista, que oculta el verdadero aspecto de la explotación económica y convierte a los países africanos en responsables de sus desdichadas circunstancias. Las situaciones que aparecen en Société Littéraire, nos hacen sonreír, a veces reír pero siempre reflexionar, pues debajo de la comicidad hay una sátira de los usos y costumbres sociales «…su casero […] bajo amenaza de ponerlo de patitas en la calle, “Donde cabe uno caben más y estoy perdiendo dinero contigo, que eres muy cómodo tú con eso de no querer compartir cama». Son esquemas de poder, a menor escala, entre quienes ejercen de patrón o empresario y los empleados, que adquieren un comportamiento de conformidad inmediata, por lo que la relación de superioridad se presenta de forma natural.

Reflexionamos, con Jimena y Esteban, sobre el hartazgo del matrimonio y la hipocresía que representa el guardar las apariencias.

No hay diversión en la muerte, ni en el deterioro físico, ni en la agresión o la minusvalía, pero las escenas rocambolescas que surgen de todo ello son hilarantes y, desde su comicidad, nos obligan a repensar sobre la condición humana y la absurda sociedad en la que vivimos, «hace apenas media hora que han llegado tras superar los doce trámites funerarioburocráticos de Hércules, pero no espera que venga mucha gente […] no soporta los actos sociales de condolencia de pega, cuando no de pago».

El analfabetismo satisfecho de Basilio es una ironía hacia aquellos críticos que escriben sobre otros autores sin haberlos entendido o sin haberlos leído.

Esteban es el antimodelo del profesor universitario «obligado» a escribir un libro para reforzar su prestigio, y Jimena, «la catedrática» es lo opuesto a la cultura; vive en su propia metaficción independiente que, paradójicamente, termina atrapándola en un mundo de sentimientos y contradicciones.

Y dejamos para el final al autor porque es, en sí mismo, otra parodia del creador. Mariano Zurdo es un vehículo con el que explora la narrativa. Crea palabras que crean un mundo alternativo, relevante, en el que los términos paródicos confieren identidad. Con ello desacraliza la propia palabra y el marco espacial en el que se desarrolla la novela. La parodia adquiere fuerza suficiente para abrirse a la metaficción, mediante la relectura de las novelas escritas por los protagonistas o las intromisiones del narrador al dirigirse al lector (o lectora, en singular).

Mariano Zurdo tensiona la autonomía del escritor disolviendo la frontera entre la zona ficcional y las personas con asedios a la noción de autoría, como hiciera Cervantes con los cuatro autores del Quijote. Mariano Zurdo, Gurú III, el editor de la novela y el propio narrador, que va intercalando la tercera y la primera personas, se convierten en autores de Société Littéraire, con lo que consigue que la estabilidad literaria se tambalee y adquiera tintes autobiográficos. Mariano Zurdo relaciona literatura y realidad a través de un mundo atemporal de sueños que se someten a las reglas del juego literario; expone un panorama que parte de la realidad más absoluta y lo hiperboliza, exagera, agranda para que converjan diferentes situaciones que, en clave de parodia, son hilarantes «Me rindo renunciando a todas estas alternativas. Sé que extrañará siendo nieto de ladrón e hijo de falsificador, pero es una cuestión de honestidad. Demasiadas páginas de paja estoy colando justificándome».

Hay capítulos que podrían ser escenas en movimiento o cuadros estáticos, pero es el lenguaje, vapuleado hasta la saciedad, el que debilita la frontera entre arte y realidad con un intercambio constante, en el que la novela se erige como sombra de una realidad incómoda de ver, «Teresa y Luis Fernando asumen su doble condición de sospechosos y sirvientes habituales y obedecen a don Basilio». Creo que Zurdo escribe una novela de función metaficticia con lo que consigue alertar respecto del uso que le damos socialmente a la integración.

Mariano Zurdo escribe la antinovela negra, una metaficción que asimila las perspectivas del creador-editor-lector dentro de su proceso de creación. Incluso él mismo incorpora el ejercicio crítico como parte de la novela, por lo que asume la idea de ficción autoconsciente y reflexiva, ficción humorística en todas sus variantes: en las notas jocosas a pie de página, superlativos imposibles «obviérrimo», creación de términos «neoviuda», «apctitud», enloquecida polisemia «cantos de sirena. De sirena ambulante», acrónimos inventados «verborragia», hipérboles «Cien años de soledad… traducida a más idiomas de los que existen», cotidianeidades extraordinarias, epítetos épicos absurdos «Toma la palabra Benigno, el Diógenes de los azucarillos y las servilletas celulósicas», títulos humorísticos «Jueves de ceniza», sarcasmos hacia el panorama cultural «Los lunes las ventas (de la librería) tienden a cero pero abre por si la invasión alienígena largamente anunciada corre a cargo de ávidos lectores extraterrestres», vanidad de algunos escritores y críticos...

Ficción humorística que solo despeja las dudas de la realidad al tiempo que homenajea a los grandes creadores y llama la atención de los presuntuosos, «y yo tendría que haberle prestado más atención a Arturo Pérez-Reverte cuando dijo en una entrevista que el peor enemigo del escritor es la vanidad. Tendría que haberle hecho caso, sin duda, sabe de lo que habla, y me habría evitado todo este desaguisado».