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martes, 5 de mayo de 2026

CAÍN

Después de quedar admirada al leer El evangelio según Jesucristo no he dudado en continuar con Caín, sobre todo porque cuando me enteré de lo ocurrido entre él y su hermano me pareció muy injusto. Yo era una niña y, como tantas veces, no me atreví a cuestionar nada de lo escrito en la Biblia, ni siquiera a pretender que la monja que impartía religión me explicara pasajes que no entendía. En este en concreto no tenía claro por qué Dios rechaza la ofrenda que le hace Caín si le da todo lo que tenía. Tampoco entendí lo del arca de Noé; por muy grande que fuera no cabrían animales de todo tipo, más teniendo en cuenta el tamaño de algunos. No pensé en lo difícil que sería mantener durante cuarenta días a los animales encerrados, ni en la gran cantidad de comida que habría que llevar, ni en los desechos que habría que limpiar si no querían morir asfixiados.

Bueno, tampoco me entraba en la cabeza que Adán y Eva fueran los únicos en el paraíso; teniendo en cuenta que solo tuvieron hijos varones ¿Cómo se propagó la especie? Estas preguntas tan sencillas no me las aclararon; solo me dijeron que eran parábolas o metáforas cuyo significado se desentrañaba con verdadera fe. Así que nada, me quedé sin saber el porqué de tanta ira y no pregunté más porque en el fondo me encantaban las historias, como después me gustó la mitología.

José Saramago también cuestiona esto, y más, en su novela. Caín, aprovechando que es castigado a errar por el mundo sin necesidad de máquina del tiempo, viaja por el espacio y las distintas épocas para verlo todo, su pasado y su futuro y para darse cuenta de que el hombre va a hacer lo mismo una y otra vez, continuamente recibirá el castigo divino; no escarmentará con lo sucedido a generaciones anteriores porque él no lo ha vivido. Somos tan ingenuos, o tan soberbios, que pensamos que nosotros lo haremos mejor, que no terminaremos tan mal como nuestros antepasados.

Hoy, como en la torre de Babel, seguimos peleando con quienes no hablan nuestra lengua; no los entendemos y tenemos miedo a lo desconocido o creemos que es peor que lo que nosotros expresamos. Y seguimos rechazándolos y seguimos impidiendo que ocupen nuestros espacios por miedo a que su pensamiento se imponga. Seguimos teniendo miedo al cambio pero queremos que cambien los demás o desaparezcan. Esto ha sido la historia de la humanidad. Lo peor es que no se dan verdaderas razones de por qué lo hacemos; la mayoría de veces actuamos en nombre de un dios que ordenó que todo estuviera de una manera que curiosamente es la nuestra.

Saramago, fiel a su estilo reflexivo, de frase larga, de la que se vale para introducir un humor irónico fantástico, expone con mucho cuidado los efectos que puede tener en nosotros el no pensar, el llegar a creer cosas que no entendemos, «porque incluso la inteligencia más rudimentaria no tendría ninguna dificultad en comprender que estar informado siempre es preferible a desconocer».

El narrador se confunde con el autor, por eso va opinando, desde su presente, de todo lo que ve, de los pasos que da Caín, a dónde lo llevan. No hay sorpresas, pues la historia ya está escrita, hay reflexiones del narrador y rebeliones de Caín, quien juega con desventaja puesto que por mucho que se enfrente a Dios y le cuente las injusticias, la respuesta va a ser la misma. No hay opción de cambiar el pasado, por eso en Caín conviven el pasado y el presente con cierto tono burlesco que queda acentuado por la narración irónica, «Verdaderamente haber llamado a esto ciudad fue una exageración […] faltan aquí los automóviles y los autobuses […] la modernidad, la vida moderna. Pero todo se andará, el progreso, como se reconocerá más tarde, es inevitable, fatal como la muerte».

Los sinónimos abundan en situaciones de ataque al débil, como el pasaje de Abraham cuando va a sacrificar a su hijo Isaac. Saramago lee e interpreta la historia de forma literal y entonces no hay justificación posible para ese Dios, por lo que nos encontramos que «»además de ser tan hijo de puta como el señor, abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con su lengua bífida […] traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas semejantes». ¿Quién no opinaría igual de alguien dispuesto a matar a su hijo?

Lo asombroso de la nueva narración bíblica de Saramago es que incide en la matanza continua de inocentes; no importa qué les ocurra, lo que cuenta es la destrucción de todo lo que no le gusta a Dios, aunque haya sido creado por él, para poder empezar de nuevo.

Caín se rebela cuando va conociendo la historia, y se pregunta por qué él fue castigado por su crimen mientras que Dios sale una y otra vez impune. El autor advierte que él no ha inventado nada; usando el plural de modestia incluye al lector a la vez que aporta un toque realista cuando afirma que somos «simples repetidores de historias antiguas»; historias en las que la mujer ha sido siempre la malvada, la liberal, la culpable de todas las desgracias ocurridas en el mundo, como el incesto cometido por las hijas de Lot que el autor, con gran humor, se encarga de desmontar «A un hombre borracho de esa manera hasta el punto de no darse cuenta de lo que está pasando, la cosa simplemente no se le levanta […] de engendrar, nada».

La ironía de sus páginas está repleta de complicidad con el lector, con quien consigue gran conexión emocional. La crítica queda suavizada y, paradójicamente, destacada.

lunes, 20 de abril de 2026

EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO



¿Cómo es posible que no hubiera leído este libro de José Saramago? Lo más inquietante es que mi mente, cuando pasaba la vista por lo libros de las estanterías, creía que ya conocía la novela. No es la primera vez, ya viene siendo habitual, que leo algo y luego no recuerdo de qué va. Así que, dispuesta a refrescar mi memoria, cogí El evangelio según Jesucristo y, cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que no lo había leído. Ni siquiera recordaba las palabras que mi hijo le escribió a su padre cuando se lo regaló en 2011. Por cierto, a la altura del escritor portugués. El caso es que me emocionó la belleza de la dedicatoria de Alberto y he quedado maravillada con cada una de las 492 páginas editadas por punto de lectura.

El comienzo, con la descripción del grabado de Durero, es espectacular; no deja ni un solo rincón sin referir, incluso advirtiendo su estilo, con comentarios a lo dibujado en este caso y como más adelante veremos, a lo escrito por el propio autor. Es una novela, es ficción, con lo cual no hay problemas con aquellos que puedan darse por aludidos y piensen que Saramago atenta contra las enseñanzas de Dios. Aunque me consta que en su día los tuvo. El humor es la tónica de su narración, a veces nos saca una sonrisa con su talante inocente, «El pelo, ensortijado, es otro indicio que no engaña, sabiendo como sabemos que los ángeles y los arcángeles así lo llevan». Otras, hará gala de una fina ironía o un sarcasmo cruel.

El motor de la novela es la culpa. Transferida de padres a hijos, esta emoción no consigue rectificar errores, logra que los descendientes se adjudiquen aquellas faltas de los padres y se culpen por ello. Jesús asume la culpa de José y la vergüenza que siente lo lleva a aislarse de su familia. María apenas tiene cabida en la historia, algo que ella acepta como condición natural de la mujer: quedar apartada, invisible; aunque en alguna ocasión Saramago se permite el sarcasmo al advertir la injusticia sufrida desde tiempos remotos, «se sentaron los viajeros a cenar, empezando por los hombres, que las mujeres ya sabemos que en todo son secundarias, baste recordar, y no será la última, que Eva fue creada después de Adán y de una costilla suya, cuándo aprenderemos que hay ciertas cosas que sólo comenzaremos a entender cuando nos dispongamos a remontarnos a las fuentes».

Es una cita larga, y aún continúa, porque la tónica general del estilo es el uso de subordinadas que nos obligan a una lectura pausada, reflexiva, que nos permite ahondar en la cantidad de detalles y personajes que intervienen. Son oraciones que invitan a la consideración filosófica. Esto, unido a la eliminación de guiones en los diálogos y a la casi supresión de puntos y aparte, consigue una continuidad absoluta, sin riesgo de perder claridad porque, no cabe duda, estamos ante uno de los genios de la pluma. Saramago es capaz de construir situaciones fantásticas en un entorno cotidiano, capaz de exponer las injusticias cometidas por los hombres y los desencuentros con Dios como algo natural. Es capaz de humanizar al mismísimo demonio y de conseguir que el propio Dios actúe como un ser maligno y egoísta cuyo máximo interés es expandir su poder sin mirar a costa de qué pues, «el fin justifica los medios».

Algo que me ha llamado la atención es la cantidad de giros que nuestro autor da a los Evangelios tradicionales y, sorpresivamente, no influyen en el conjunto final. Giros como el del anciano profeta Simeón, que hace su profecía no cuando Jesús es presentado en el templo sino cuando María está embarazada y van camino de Belén.

Otro cariz diferente es que no hay tres reyes magos que van a adorar al niño, son tres pastores que, apiadándose de la penuria en la que se encontraban los protagonistas con su recién nacido, se acercan a la cueva y le llevan leche, queso y pan «Entonces se adelantó el tercer pastor, por un momento pareció que llenaba la cueva con su gran estatura, y dijo, pero no miraba ni al padre ni a la madre del niño nacido, con estas manos mías amasé este pan que te traigo, con el fuego que solo dentro de la tierra hay, lo cocí. Y María supo que era él».

La figura del pastor es fundamental en el Evangelio. En el de Saramago, el pastor, este tercer pastor, es Pastor, así se llama y tiene un rebaño de ovejas que va aumentando; durante cuatro años le enseña a Jesús el oficio hasta que Dios se mete por medio. Pastor, sabremos después quién es en realidad, enseña a Jesús a amar a los animales y a la naturaleza; algo que le impide, el día de la Pascua, sacrificar al corderillo.

Tampoco es exactamente fiel al Evangelio, aunque sí más creíble, la vida de Jesús con su familia. Según “Jesucristo”, Jesús fue el mayor de nueve hermanos, y ahí paró la ampliación, cuando José es crucificado por los soldados romanos en su guerra contra Séforis, «El carpintero llamado José, hijo de Heli, era un hombre joven, en la flor de la vida, acababa de cumplir treinta y tres años». Después, la fecha exacta de la muerte de Jesús, no la sabremos; sí su forma de morir, exactamente igual que su padre, pagando por su pecado. Cuando Jesús se entera de que José fue “responsable” indirecto de la matanza de los inocentes culpa también a su madre y se va de casa con catorce años, «No tengo paz ni descanso en esta casa. Quédate tú con mis hermanos». No perdona a María y vive con Pastor durante cuatro años, hasta que este lo echa de su lado por seguir la dura enseñanza de Dios «No has aprendido nada. Vete».

El ángel anunciador llega, en este caso, tarde, una vez que Jesús se había ido de casa, «Hijo, lo que se dice hijo, es solo del Señor, tú, para el caso, no pasaste de ser una madre portadora». En este pasaje el humor corre a cuenta de terrenalizar lo divino y mostrarnos a una María que duda de que Jesús sea hijo de Dios.

Asimismo Saramago juega con personajes, identifica a María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, con María de Magdala, por lo que la prostituta queda con una familia con la que también convivirá Jesús, quien no resucita a Lázaro para evitarle una segunda muerte; sí le cura su enfermedad cuando parecía muerto.

También anula la virginidad de María y cuestiona la necesidad de ayuda que tiene Dios en la tierra, «Como Dios que eres no debías necesitar ayuda».

Tampoco las palabras en la cruz fueron dichas allí sino en la conversación que Jesús mantiene con Dios cuando le desvela para qué ha sido creado realmente.

Tomás duda en seguir a Jesús como apóstol pues no termina de creer que sea hijo de Dios, quiere pruebas, un milagro con el que será complacido.

Jesús, de Saramago, es un hombre bueno que ayuda a los demás y duda de las enseñanzas de su padre «quien nace no tiene pecados suyos, no tiene que arrepentirse de lo que no hizo». Un hombre que perdona hasta el último momento y que consigue un final sorprendente.

Aunque parece que la historia se ha ensañado con algunos pueblos y aunque parece que estemos viviendo ahora lo que ocurrió hace dos mil años, Saramago lo expresa con una sorpresa tal que no tenemos claro si estaba relatando la historia pasada o fue, en 1991, el nuevo profeta que anunció los mayores horrores que vivirían algunos habitantes de la tierra en nombre de Dios, del suyo, del de otros o de los que vengan. Da igual. No hay derecho a tanto horror, «María no sintió miedo, porque imaginaba que un hombre, por amargo e infame de corazón que fuese, pudiera atreverse a hacerle mal a una mujer con el hijo en brazos […] aún los inocentes mamaban la leche de la vida y ya el puñal hería su delicada piel y penetraba en la carne tierna, pero eran soldados esos asesinos…».

Maravillosa lectura y duras reflexiones que hoy se hacen, si cabe, más necesarias que nunca.

sábado, 4 de octubre de 2025

CLARABOYA

Cuando eres consciente de que la vida va a dar pocas oportunidades de mejorar a una determinada clase de gente, cuando ves que el tipo de gente es el mismo que existía ayer, el año pasado, el siglo anterior, quedas sumido en una reflexión en la que tampoco encuentras demasiadas respuestas, al menos respuestas válidas.

He leído Claraboya y lo que me ha llamado la atención es que esta historia tan real, tan dura, esté contada de forma tan bella, casi poética por momentos; no hay cortos capítulos, las oraciones son largas, con reflexiones filosóficas abundantes y, sin embargo, el lector siente la necesidad de seguir leyendo, aun cuando somos conscientes de que no hay solución para Lidia o para Abel o para Claudia o para Isaura…, jóvenes a los que la vida ha marcado con cierto determinismo porque han nacido en el lado equivocado.

Y llama la atención que Claraboya fuera escrita por un joven Saramago de 31 años capaz de dejar constancia de lo que sería su literatura. Porque Claraboya no fue aceptada por la editorial donde la entregó, al menos no le dieron respuesta. Y allí quedó. Dormida hasta 2012. José Saramago hacía dos años que había fallecido así que no la vio publicada, porque en 1989, cuando la editorial es trasladada a otro lugar y aparece el manuscrito del ya famosísimo autor, le ofreció sacarla a la luz, a lo que él se negó.

En esta obra, Saramago se asoma a un edificio humilde para relatarnos la vida de sus habitantes. Cada capítulo cuenta las acciones de los que viven en una casa, empezando por el entresuelo, habitado por Silvestre, el zapatero, «Tenía una figura algo quijotesca, encaramado en las altas piernas como si fueran ancas, en calzoncillos y camiseta, el mechón de pelo manchado de sal y pimienta, la nariz grande y adunca y ese tronco poderoso que las piernas apenas soportaban». Silvestre nos cae bien, sabemos, por su parecido con el quijote, que es buena persona; también, que a su manera busca la justicia y la igualdad. Y nos cae mejor cuando aparece su mujer, Mariana, como otra figura literaria unida irremediablemente a este «loco idealista», «Por el modo de andar se adivinaba que Mariana era gorda y que no podía ir más deprisa. Silvestre tuvo que esperar un buen rato y esperó con paciencia».

Conforme avance la novela seremos testigos de la bondad del matrimonio, la de Mariana enfocada más a resolver problemas corporales y la de Silvestre orientada al razonamiento para solucionar desigualdades sociales.

Las costureras Isaura y Adriana viven en el segundo, con su madre, Cándida, y su hermana, Amelia; ambas viudas. Un grupo de mujeres de vida monótona, la que les permite la sociedad, dedicadas a trabajar para subsistir; mujeres que se evaden de la realidad a través de la música y la lectura. En el primer piso, vive Justina, «Vestía luto cerrado y, así, muy alta y fúnebre, con el pelo negro y una raya larga en el centro, parecía un muñeco mal articulado»; el luto es por su hija, muerta a los 8 años, por una enfermedad, pero también podría ser por Caetano, su marido, un machista mujeriego, causante de las desgracias que le suceden no solo a ella sino a algunas vecinas que lo han rechazado.

También sabremos de la vida de Claudia que, con 19 años, es la que trae más dinero a casa, pues su madre es ama de casa y Anselmo, el padre, apenas gana para sus caprichos; aunque ambos crean que son los mejores padres no sabrán ver venir la decadencia de Claudia, o sí, pero es mejor ponerse una venda en los ojos cuando las causas son el dinero que entra en casa.

Lidia es la que mejor vive del edificio: ropa cara, sugerente, muebles de calidad y con las comodidades que hacen de su vida una especie de jaula de oro donde no pasa privaciones, aunque sabe que será hasta que su amante se canse de ella, por eso, intenta tenerlo satisfecho en todo momento. Lidia no tuvo otra oportunidad, prácticamente fue arrojada a los brazos de Paulino, por su propia madre, cuando esta vio un filón del que vivir.

A este edificio llega Abel, un donnadie dispuesto a vagar hasta encontrar sentido a la vida; Silvestre y Mariana le alquilan una habitación y entre los tres reflexionan sobre el presente: al pesimismo casi existencial de Abel, Silvestre le rebate con alegorías filosóficas y sociales sobre la necesidad de buscar cada uno el bien dentro de sí mismo para poder ofrecerlo a los demás. El zapatero reclama los valores perdidos, valores basados en la ética del bien común, para poder combatir la abyección social.

El narrador es un observador objetivo de este cuadro; como si contemplara desde la claraboya, va exponiendo lo que ocurre, sin inmiscuirse, dejando que el lector saque sus propias conclusiones. Tampoco habrá final cerrado para los personajes. La vida sigue, sin premios por las buenas acciones o castigos para las malas llevadas a cabo. Como la vida misma. Solo en determinados momentos, el narrador cede la palabra a la voz de Adriana cuando su tía Amelia lee su diario.

José Saramago aprovecha esta galería de personajes para tratar la pobreza, la maldad de la condición humana y la bondad, el machismo imperante, las urdimbres que debe tejer la mujer para no sentirse esclava a pesar de la ocultación a la que se ve sometida, el poder, que siempre reside junto al dinero y ante el cual, los que no lo tienen pierden la dignidad, la hipocresía de todos, capaz de lapidar aunque sea mentalmente a quien está señalado por algún poderoso, «la secundó en los lamentos acerca de las costumbres inmorales de ciertas mujeres y, como la vecina, se enorgulleció en su fuero interno de no ser como ellas».

Frente a todo esto, Silvestre proclama el amor desinteresado, «¿Nunca ha sentido al ir por la calle, un deseo repentino de abrazar a las personas que lo rodean?». Un amor que no tiene que ver con el que proclama la religión, «No creo en Dios, si es ahí donde quiere llegar».

José Saramago ya muestra, en su primera novela, lo que será más tarde su marca, lo que lo llevó merecidamente a conseguir el Premio Nobel de Literatura: un lenguaje rico, con términos cultos, con alusiones a otros escritores y filósofos y con cierto humor irónico con el que consigue una crítica absoluta y una prosa fluida, «Y, más aún, nadie se explicaba cómo de dos personas nada bonitas […] pudo nacer una hija de tal manera graciosa como lo era la pequeña Matilde. Se diría que la naturaleza se equivocó y que, más tarde, descubriendo el engaño, trató de enmendarlo haciendo desaparecer a la criatura».

Como tantos otros hombres buenos, murió sin ver un cambio social. Y algunos, como tantos, seguimos constatando que «El día que sea posible construir sobre el amor no ha llegado todavía».

miércoles, 8 de mayo de 2024

ALES JUNTO A LA HOGUERA

El cerebro funciona de forma simultánea, podemos pensar dos cosas al mismo tiempo, hay pensamientos que se superponen a otros causando en nosotros cierta desazón al no tener claro qué sucedió antes, qué es real y qué imaginado.

Son asociaciones libres que insisten en prevalecer, mezcladas, unas sobre otras o todas a la vez. Cuando esto ocurre, y somos conscientes, lo lógico es intentar que nuestra mente haga una pausa para empezar de nuevo y tratar de entender lo que nos dice. Son momentos en los que aflora nuestro interior, nuestra forma de ser, de ver la vida, de sentirnos en ella.

Es difícil trasladar estos momentos al papel porque la escritura es lineal; es muy difícil escribir y que se entienda el flujo de conciencia. No es un monólogo interior que podemos ordenar. Es introducirse en la psicología de un personaje y extraer toda su verdad emocional.

Jon Fosse lo consigue. Es increíble cómo, en unas cien páginas, no abandona ni un solo momento esta técnica. El lector es testigo de las obsesiones de los personajes; de cómo uno de ellos va sacando de su mente sus pensamientos para unirlos a los de su marido Asle, a los de su abuelo, sus bisabuelos y tatarabuelos. Cinco generaciones unidas en un mismo espacio, la Casa Vieja, por un mismo dolor: la muerte traumática del niño Asle, el día de su séptimo cumpleaños en 1897 y la del adulto Asle, ochenta y dos años después.

Pero estamos en el siglo XXI: «pues debe ser jueves, el mes será marzo, y el año 2002, eso sí que lo sabe, claro, pero la fecha y cosas así, pues no las recuerda». Han pasado 23 años desde que Asle desapareció en el fiordo noruego. Veintitrés años, que Signe, su mujer, vive sola en la Casa Vieja mirando por la ventana, esperándolo, recordando a cinco generaciones unidas por la desgracia. Y, sin embargo, es la voz de Asle la que abre el relato para dar paso, enseguida, a la voz de Signe, «Veo a Signe ahí echada en el banco de la sala, mirando a todas las cosas de siempre […] y las mira sin verlas, y está todo como siempre […] y sin embargo ha cambiado todo, piensa, porque desde que él se marchó y desapareció…».

No somos conscientes, tanto es el embelesamiento en el que nos sentimos inmersos, pero cuando nos damos cuenta, Signe ha conectado con Olav, el abuelo de Asle; con Asle, el niño de 7 años, hermano de Olav, ahogado en el fiordo ante su madre; con Kristoffer y Brita, los bisabuelos de Asle, padres de Olav y Asle; con Ales, la tatarabuela de Asle, por quien recibió su nombre.

Signe conecta con el Fiordo, con la playa, con la Casa Vieja familiar, con la montaña, con la barca… y asocia unos hechos a otros en un dolor heredado hasta llegar a ella, sin descendencia, probablemente para que cese ese dolor.

Cinco generaciones que, rodeadas de frío y soledad, mantienen una dolorosa rutina, aquella que empezó la abuela Ales cuando su nieto murió ahogado y ella quedó sentada junto al fuego recordando.

El espíritu de Ales está presente en la familia un siglo después. Todos han mantenido viva la desgracia en el fuego del hogar, que a su vez ha ido regenerándose, como el propio fuego, hasta confundir a unos con otros y confundirse con el espacio y el tiempo.

Ales junto a la hoguera está formado por diferentes voces narrativas que, de manera anárquica, van exponiendo el sentimiento que los ha unido, el amor a pesar del dolor. Y ese amor prevalece y da orden a las voces; a pesar de la falta de puntuación y de las incongruencias ortográficas; a pesar de la ausencia de párrafos. En esta escritura, formalmente caótica y confundida, descubrimos el estilo de Jon Fosse, anteponiendo, en una modalidad coloquial, aquellas palabras que le interesa marcar, como el paso del tiempo: «varios siglos tienen las partes más antiguas de la casa» o el dolor de una madre fracasada: «hijos nunca tuvieron». Repitiendo términos que señalan el interior de los personajes «No pienso en nada […] no miras nada […] no miro nada». Describiendo acciones que desvelan la tristeza y el dolor «y la vieja Ales se lleva una mano, de dedos cortos y retorcidos, a un ojo y se pasa el costado del índice a lo largo del ojo».

Puede que el flujo de conciencia sea confuso, pero en la narrativa de Fosse destacan claramente las conciencias tranquilas, superpuestas a la desesperación íntima, aferradas a la esperanza de la vida y de la fe religiosa.

Signe se mira a sí misma y se ve como la joven de entonces cuando se enamoró de Asle, una figura que avanzaba hacia ella y ya no hubo dudas entre los dos. Y en esa joven ve el pensamiento de la casada esperando a un marido que se ha adentrado en el mar porque es un hombre, porque necesita respirar aire libre, porque debe traer el alimento a casa, porque no sabe vivir en cautividad.

Signe ve el amor hacia ese hombre y siente intranquilidad ante la inseguridad de su situación. Ve la pena por la maternidad frustrada y experimenta la soledad de la rutina. Ve el tormento por la juventud truncada y percibe la tristeza de la soledad. Ve el suplicio de la memoria y lo padece; y se refugia en ese amor que vivió mientras implora que todo acabe.

Fosse introduce imágenes desconcertantes, asombrosas, que nos alejan del confort de la lectura para atraernos al delirio inconsciente de Signe y conectar con ella en su propia introspección. Es difícil encadenar una serie de sucesos que parecen ilógicos pero el Premio Nobel lo consigue, y al final conocemos a una saga de pescadores que ha amado, ha sufrido y ha aceptado su vida tal como se ha presentado.

El foco de atención es la hoguera. Una que hicieron unos niños al quemar la barca de Asle la noche de San Juan. La hoguera que mantiene a la familia caliente en el hogar. Fuego que destruye aquello que queremos pero purifica los sentimientos a través del sacrificio que nos exige.

Fuego capaz de dar vida a la familia y de transportarnos a través de ella. Mirar al fuego despierta la imaginación, es decir, desrealiza lo que nos rodea y nos abstrae en un mundo nuevo formado por imágenes que crea nuestra mente o por las que asocia a lo que nos han contado.

Signe no ha vivido más de cien años y sin embargo revive una y otra vez una realidad que no es la suya sino la que le fue transmitiendo Asle día tras día durante su matrimonio en la comunicación surgida entre ellos, las experiencias de otros quedaron en la mente de Signe que ahora, sola en la realidad, debe conformar una desrealidad para poder sobrellevar la existencia. La imaginación de Signe se despierta en las llamas de la hoguera de su sala, de la hoguera de la playa, de la hoguera que ve en lo alto de la montaña, una luz que une lo terrenal con lo celestial. Fuego que reconforta a las generaciones de una familia.

Fosse no sigue en su relato un tiempo cronológico sino el que marca la imaginación de Signe. Un tiempo simbólico capaz de dar vida a nuestro interior.

Aún hay otro símbolo importante en Ales junto a la hoguera. El mar. En su inmensidad une el cielo y la tierra, conecta lo divino y lo humano. También es creador de vida y de muerte. El fiordo es el encargado de traer la vida a la familia y de quitarla; de forma caprichosa. Es curioso que el mar se llevara dos vidas de la misma familia y en ambas ocasiones las barcas, frágiles, pertenecientes a los dos Asle, permanecieran intactas a pesar del embate de las olas.

Cuando llegan las embarcaciones a la playa, se restablece un orden familiar que no es el que había hasta entonces, pero a través de ellas la familia mantiene la esperanza. Por eso, cuando solo queda Signe y queman la barca, el fuego purifica a esa familia que ya no pertenece a la tierra sino a su imaginación.

Y cuando terminamos de leer Ales junto a la hoguera tenemos la seguridad de que esos personajes, fruto de la imaginación de Jon Fosse, van a formar parte de nuestra realidad.

jueves, 6 de febrero de 2020

LOS ERRANTES



Los errantes es un libro completo, redondo, escrito con diferentes tipos de narrativa que, unidos a dibujos y mapas pretende ser el retrato más íntimo del ser humano.

Uno de los mayores temores del hombre es enfrentarse a la pérdida, de ahí que Olga Tokarczuk proponga una vida nómada, la vida más difícil porque, aunque supone no sentir un apego desmedido por algo o alguien, evita afrontar la amargura del deterioro desde el momento en que «la pérdida y el duelo se convierten el algo cotidiano». Otro temor que nos amenaza es no controlar lo que nos rodea. En una sociedad avanzada como la del siglo XXI tenemos la impresión de que todo lo dominamos; vivimos en la era de la comunicación… pero es solo impresión, de ahí que la autora nos anime a abandonar nuestra posición para mirar el mundo desde otro punto de vista, para conocerlo realmente, «el París al que llegan no se parece en nada a la ciudad que han conocido a través de las guías, las películas y la televisión».

En Los errantes subyace la necesidad de escuchar otras voces para que, al conjugarlas todas, podamos entender al ser humano. A través de lo cotidiano explora el interior del hombre, probablemente porque la autora es consciente de que no hay tantas diferencias entre nosotros «El postulado “una personalidad = una persona” siempre me ha parecido excesivamente reduccionista».

El viaje interior alude al exterior experimentado desde el tiempo interior, subjetivo, por eso Tokarczuk se prepara para enfrentarse a lo posible con la utilización gramatical del futuro. «Encontraremos allí de todo». El momento que más sorpresa causa en el lector es cuando toma conciencia de que no existe un espacio determinado ni un tiempo posible «Porque si el futuro y el pasado son infinitos, en realidad no existe ningún “tiempo ha” y, por supuesto, cuando afronta con lucidez el hecho de que el lugar no debemos tratarlo como algo donde tenemos que llegar con un fin determinado, «da igual dónde. Aquí. Aquí estoy». Este podría ser el objetivo principal del ser humano, estar para los otros, o para sí mismo, el cuándo y el dónde son lo de menos. Algo de contenido tan filosófico contiene sin embargo una pragmática usual, por eso durante la lectura, y en bastantes ocasiones, experimentamos cierto desconcierto, porque somos conscientes de que la idea de estar de manera continua en un mismo lugar nos sobrepasa; queremos conocer otros entornos aunque lleve aparejado cierto temor al intentarlo. Nos da miedo abandonar las comodidades a las que estamos acostumbrados, así que nos trasladamos con aquellas que nos aportarán la seguridad de lo conocido, «reproducción a menor escala de la vida sedentaria, como una miniatura de la misma, divertida y un tanto infantiloide». Nos da miedo encontrar nuestros orígenes, perder la certeza de lo que somos, en lo que creemos, «Apenas comenzaba su viaje, y se le veía bastante agobiado por todo ello».

Y a pesar de este desasosiego ¿por qué somos errantes? Creo que el desencanto con la sociedad en la que vivimos hace que busquemos otros modos de vida; en el fondo anhelamos una existencia sin prejuicios, sin pobreza, sin inconsciencia, sin opresión, sin crueldad. De ahí el movimiento constante que, persistentemente, desemboca asimismo en la miseria, en la mentira, dejando en el hombre la desesperanza del que añora, «Era necesario resignarse al hecho de que no volvería a haber ecosistemas cerrados. El mundo se había fundido en un solo lodazal».

Cualquier lector queda satisfecho al leer Los errantes; no solo podemos enlazar unos relatos con otros hasta concluir que nuestra vida es la que elegimos, que siempre podemos cambiarla sin huir de la que tenemos sino acercándonos a otra con ilusión, porque lo cierto es que nuestra actividad persiste y provoca sentimientos que van desde la confusión hasta la incomprensión o la pertenencia «Las playas de arena le pertenecían no en menor grado que sus propios pies y manos».

También podemos leer por separado alguno de los microrrelatos que lo forman, aspectos autobiográficos de la autora, biografías de personajes que, como Chopin, dejaron parte de ellos en varios lugares hasta ser ciudadanos del mundo, relatos de personas que, aun viviendo en un sitio determinado trasladaban su pasión a donde fuesen, cuentos imaginados, y tan reales, que retratan con ternura la vida cotidiana, tal como la vivimos, sin énfasis, porque no encontraremos en ella grandes situaciones, todo forma parte de lo ordinario, de lo sencillo. El efecto producido es lo que confiere la personalidad a cada protagonista y aporta, a su vez, la profundidad al escrito «Pagará facturas, hará la compra, irá a buscar recetas para Petia, al cementerio, y finalmente viajará al otro extremo de esa ciudad inmensa e inhumana para sentarse en la penumbra a llorar».

Hay relatos que se prestan a la exposición de cartas; es lo que ocurre al leer Viajes del doctor Blau, donde, no sin humor, expone la técnica de la plastinación algo con lo que, dado el amor que sentimos por nuestro cuerpo, cualquiera de nosotros debería estar de acuerdo, incluso los católicos más intransigentes pues «Jesús mostrando su carnoso corazón sangrante podría ser el patrón de la plastinación». Una vez asumido que existe un museo científico, leemos con estupor y angustia las tres cartas de Joséphine Soliman a Francisco I, emperador de Austria en las que expresa el dolor por la brutalidad absurda de aquellos que se consideran superiores a los demás «¿Basta con que una persona sea diferente, […] para que no le sean aplicables las leyes y costumbres socialmente aceptadas por todo el mundo?»

Casi todos los viajes que realizamos, y por ende los que aparecen en Los errantes, marcan la vida, de hecho la propia vida es un viaje metafórico. El viaje es el eje donde la autora ensarta temas como la búsqueda de la verdad, la felicidad, la espiritualidad o el empeño por corporeizar lo espiritual, la tristeza por la situación inferior de la mujer, la impotencia ante la violencia hacia menores, la crítica a la prensa amarilla, el maltrato animal…

La angustia de la duda, el deseo de no afianzarse en el presente tintado de oscuro pasado, la necesidad de cambio, son síntomas de fracaso personal que lleva implacablemente a la inadaptación social. De manera inquietante asistimos al permanente conflicto con la realidad, lo que lleva a soñar climas sombríos donde residimos mediatizados por el miedo y la crisis de identidad. Con el viaje soñado buscamos, como Kunichi, nuevas vías para afrontar el desmoronamiento personal «Espera poder llegar a Zagreb al anochecer y al día siguiente a Split. O sea, mañana verá el mar».

Debemos leer a Tokarczuk y asistir junto a esta reciente Premio Nobel a la exaltación de lo imperfecto, a la mirada escéptica de un mundo que no cambia tanto como nos gustaría.