¿Cómo es posible que no hubiera leído
este libro de José Saramago? Lo más
inquietante es que mi mente, cuando pasaba la vista por lo libros de las
estanterías, creía que ya conocía la novela. No es la primera vez, ya viene
siendo habitual, que leo algo y luego no recuerdo de qué va. Así que, dispuesta
a refrescar mi memoria, cogí El evangelio según Jesucristo y,
cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que no lo había leído. Ni siquiera
recordaba las palabras que mi hijo le escribió a su padre cuando se lo regaló
en 2011. Por cierto, a la altura del escritor portugués. El caso es que me
emocionó la belleza de la dedicatoria de Alberto y he quedado maravillada con
cada una de las 492 páginas editadas por punto
de lectura.
El comienzo, con la descripción del
grabado de Durero, es espectacular; no deja ni un solo rincón sin referir,
incluso advirtiendo su estilo, con comentarios a lo dibujado en este caso y
como más adelante veremos, a lo escrito por el propio autor. Es una novela, es
ficción, con lo cual no hay problemas con aquellos que puedan darse por
aludidos y piensen que Saramago atenta contra las enseñanzas de Dios. Aunque me
consta que en su día los tuvo. El humor es la tónica de su narración, a veces
nos saca una sonrisa con su talante inocente, «El pelo, ensortijado, es otro indicio que no engaña, sabiendo como sabemos
que los ángeles y los arcángeles así lo llevan». Otras, hará gala de una
fina ironía o un sarcasmo cruel.
El motor de la
novela es la culpa. Transferida de padres a hijos, esta emoción no consigue
rectificar errores, logra que los descendientes se adjudiquen aquellas faltas
de los padres y se culpen por ello. Jesús asume la culpa de José y la vergüenza
que siente lo lleva a aislarse de su familia. María apenas tiene cabida en la
historia, algo que ella acepta como condición natural de la mujer: quedar
apartada, invisible; aunque en alguna ocasión Saramago se permite el sarcasmo
al advertir la injusticia sufrida desde tiempos remotos, «se sentaron los viajeros a cenar, empezando por los hombres, que las
mujeres ya sabemos que en todo son secundarias, baste recordar, y no será la
última, que Eva fue creada después de Adán y de una costilla suya, cuándo
aprenderemos que hay ciertas cosas que sólo comenzaremos a entender cuando nos
dispongamos a remontarnos a las fuentes».
Es una cita larga,
y aún continúa, porque la tónica general del estilo es el uso de subordinadas
que nos obligan a una lectura pausada, reflexiva, que nos permite ahondar en la
cantidad de detalles y personajes que intervienen. Son oraciones que invitan a
la consideración filosófica. Esto, unido a la eliminación de guiones en los
diálogos y a la casi supresión de puntos y aparte, consigue una continuidad
absoluta, sin riesgo de perder claridad porque, no cabe duda, estamos ante uno
de los genios de la pluma. Saramago es capaz de construir situaciones
fantásticas en un entorno cotidiano, capaz de exponer las injusticias cometidas
por los hombres y los desencuentros con Dios como algo natural. Es capaz de
humanizar al mismísimo demonio y de conseguir que el propio Dios actúe como un
ser maligno y egoísta cuyo máximo interés es expandir su poder sin mirar a
costa de qué pues, «el fin justifica los
medios».
Algo que me ha
llamado la atención es la cantidad de giros que nuestro autor da a los
Evangelios tradicionales y, sorpresivamente, no influyen en el conjunto final.
Giros como el del anciano profeta Simeón, que hace su profecía no cuando Jesús
es presentado en el templo sino cuando María está embarazada y van camino de
Belén.
Otro cariz
diferente es que no hay tres reyes magos que van a adorar al niño, son tres
pastores que, apiadándose de la penuria en la que se encontraban los
protagonistas con su recién nacido, se acercan a la cueva y le llevan leche,
queso y pan «Entonces se adelantó el
tercer pastor, por un momento pareció que llenaba la cueva con su gran
estatura, y dijo, pero no miraba ni al padre ni a la madre del niño nacido, con
estas manos mías amasé este pan que te traigo, con el fuego que solo dentro de
la tierra hay, lo cocí. Y María supo que era él».
La figura del
pastor es fundamental en el Evangelio. En el de Saramago, el pastor, este
tercer pastor, es Pastor, así se llama y tiene un rebaño de ovejas que va
aumentando; durante cuatro años le enseña a Jesús el oficio hasta que Dios se
mete por medio. Pastor, sabremos después quién es en realidad, enseña a Jesús a
amar a los animales y a la naturaleza; algo que le impide, el día de la Pascua,
sacrificar al corderillo.
Tampoco es
exactamente fiel al Evangelio, aunque sí más creíble, la vida de Jesús con su
familia. Según “Jesucristo”, Jesús fue el mayor de nueve hermanos, y ahí paró
la ampliación, cuando José es
crucificado por los soldados romanos en su guerra contra Séforis, «El carpintero llamado José, hijo de Heli,
era un hombre joven, en la flor de la vida, acababa de cumplir treinta y tres
años». Después, la fecha exacta de la muerte de Jesús, no la sabremos; sí
su forma de morir, exactamente igual que su padre, pagando por su pecado.
Cuando Jesús se entera de que José fue “responsable” indirecto de la matanza de
los inocentes culpa también a su madre y se va de casa con catorce años, «No tengo paz ni descanso en esta casa.
Quédate tú con mis hermanos». No perdona a María y vive con Pastor durante
cuatro años, hasta que este lo echa de su lado por seguir la dura enseñanza de
Dios «No has aprendido nada. Vete».
El ángel anunciador
llega, en este caso, tarde, una vez que Jesús se había ido de casa, «Hijo, lo que se dice hijo, es solo del
Señor, tú, para el caso, no pasaste de ser una madre portadora». En este
pasaje el humor corre a cuenta de terrenalizar lo divino y mostrarnos a una
María que duda de que Jesús sea hijo de Dios.
Asimismo Saramago
juega con personajes, identifica a María de Betania, la hermana de Marta y
Lázaro, con María de Magdala, por lo que la prostituta queda con una familia
con la que también convivirá Jesús, quien no resucita a Lázaro para evitarle
una segunda muerte; sí le cura su enfermedad cuando parecía muerto.
También anula la
virginidad de María y cuestiona la necesidad de ayuda que tiene Dios en la
tierra, «Como Dios que eres no debías necesitar
ayuda».
Tampoco las
palabras en la cruz fueron dichas allí sino en la conversación que Jesús
mantiene con Dios cuando le desvela para qué ha sido creado realmente.
Tomás duda en
seguir a Jesús como apóstol pues no termina de creer que sea hijo de Dios,
quiere pruebas, un milagro con el que será complacido.
Jesús, de Saramago,
es un hombre bueno que ayuda a los demás y duda de las enseñanzas de su padre «quien nace no tiene pecados suyos, no tiene
que arrepentirse de lo que no hizo». Un hombre que perdona hasta el último
momento y que consigue un final sorprendente.
Aunque parece que
la historia se ha ensañado con algunos pueblos y aunque parece que estemos
viviendo ahora lo que ocurrió hace dos mil años, Saramago lo expresa con una
sorpresa tal que no tenemos claro si estaba relatando la historia pasada o fue,
en 1991, el nuevo profeta que anunció los mayores horrores que vivirían algunos
habitantes de la tierra en nombre de Dios, del suyo, del de otros o de los que
vengan. Da igual. No hay derecho a tanto horror, «María no sintió miedo, porque imaginaba que un hombre, por amargo e
infame de corazón que fuese, pudiera atreverse a hacerle mal a una mujer con el
hijo en brazos […] aún los inocentes mamaban la leche de la vida y ya el puñal
hería su delicada piel y penetraba en la carne tierna, pero eran soldados esos
asesinos…».
Maravillosa lectura y duras reflexiones que hoy se hacen, si cabe, más necesarias que nunca.



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