lunes, 20 de abril de 2026

EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO



¿Cómo es posible que no hubiera leído este libro de José Saramago? Lo más inquietante es que mi mente, cuando pasaba la vista por lo libros de las estanterías, creía que ya conocía la novela. No es la primera vez, ya viene siendo habitual, que leo algo y luego no recuerdo de qué va. Así que, dispuesta a refrescar mi memoria, cogí El evangelio según Jesucristo y, cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que no lo había leído. Ni siquiera recordaba las palabras que mi hijo le escribió a su padre cuando se lo regaló en 2011. Por cierto, a la altura del escritor portugués. El caso es que me emocionó la belleza de la dedicatoria de Alberto y he quedado maravillada con cada una de las 492 páginas editadas por punto de lectura.

El comienzo, con la descripción del grabado de Durero, es espectacular; no deja ni un solo rincón sin referir, incluso advirtiendo su estilo, con comentarios a lo dibujado en este caso y como más adelante veremos, a lo escrito por el propio autor. Es una novela, es ficción, con lo cual no hay problemas con aquellos que puedan darse por aludidos y piensen que Saramago atenta contra las enseñanzas de Dios. Aunque me consta que en su día los tuvo. El humor es la tónica de su narración, a veces nos saca una sonrisa con su talante inocente, «El pelo, ensortijado, es otro indicio que no engaña, sabiendo como sabemos que los ángeles y los arcángeles así lo llevan». Otras, hará gala de una fina ironía o un sarcasmo cruel.

El motor de la novela es la culpa. Transferida de padres a hijos, esta emoción no consigue rectificar errores, logra que los descendientes se adjudiquen aquellas faltas de los padres y se culpen por ello. Jesús asume la culpa de José y la vergüenza que siente lo lleva a aislarse de su familia. María apenas tiene cabida en la historia, algo que ella acepta como condición natural de la mujer: quedar apartada, invisible; aunque en alguna ocasión Saramago se permite el sarcasmo al advertir la injusticia sufrida desde tiempos remotos, «se sentaron los viajeros a cenar, empezando por los hombres, que las mujeres ya sabemos que en todo son secundarias, baste recordar, y no será la última, que Eva fue creada después de Adán y de una costilla suya, cuándo aprenderemos que hay ciertas cosas que sólo comenzaremos a entender cuando nos dispongamos a remontarnos a las fuentes».

Es una cita larga, y aún continúa, porque la tónica general del estilo es el uso de subordinadas que nos obligan a una lectura pausada, reflexiva, que nos permite ahondar en la cantidad de detalles y personajes que intervienen. Son oraciones que invitan a la consideración filosófica. Esto, unido a la eliminación de guiones en los diálogos y a la casi supresión de puntos y aparte, consigue una continuidad absoluta, sin riesgo de perder claridad porque, no cabe duda, estamos ante uno de los genios de la pluma. Saramago es capaz de construir situaciones fantásticas en un entorno cotidiano, capaz de exponer las injusticias cometidas por los hombres y los desencuentros con Dios como algo natural. Es capaz de humanizar al mismísimo demonio y de conseguir que el propio Dios actúe como un ser maligno y egoísta cuyo máximo interés es expandir su poder sin mirar a costa de qué pues, «el fin justifica los medios».

Algo que me ha llamado la atención es la cantidad de giros que nuestro autor da a los Evangelios tradicionales y, sorpresivamente, no influyen en el conjunto final. Giros como el del anciano profeta Simeón, que hace su profecía no cuando Jesús es presentado en el templo sino cuando María está embarazada y van camino de Belén.

Otro cariz diferente es que no hay tres reyes magos que van a adorar al niño, son tres pastores que, apiadándose de la penuria en la que se encontraban los protagonistas con su recién nacido, se acercan a la cueva y le llevan leche, queso y pan «Entonces se adelantó el tercer pastor, por un momento pareció que llenaba la cueva con su gran estatura, y dijo, pero no miraba ni al padre ni a la madre del niño nacido, con estas manos mías amasé este pan que te traigo, con el fuego que solo dentro de la tierra hay, lo cocí. Y María supo que era él».

La figura del pastor es fundamental en el Evangelio. En el de Saramago, el pastor, este tercer pastor, es Pastor, así se llama y tiene un rebaño de ovejas que va aumentando; durante cuatro años le enseña a Jesús el oficio hasta que Dios se mete por medio. Pastor, sabremos después quién es en realidad, enseña a Jesús a amar a los animales y a la naturaleza; algo que le impide, el día de la Pascua, sacrificar al corderillo.

Tampoco es exactamente fiel al Evangelio, aunque sí más creíble, la vida de Jesús con su familia. Según “Jesucristo”, Jesús fue el mayor de nueve hermanos, y ahí paró la ampliación, cuando José es crucificado por los soldados romanos en su guerra contra Séforis, «El carpintero llamado José, hijo de Heli, era un hombre joven, en la flor de la vida, acababa de cumplir treinta y tres años». Después, la fecha exacta de la muerte de Jesús, no la sabremos; sí su forma de morir, exactamente igual que su padre, pagando por su pecado. Cuando Jesús se entera de que José fue “responsable” indirecto de la matanza de los inocentes culpa también a su madre y se va de casa con catorce años, «No tengo paz ni descanso en esta casa. Quédate tú con mis hermanos». No perdona a María y vive con Pastor durante cuatro años, hasta que este lo echa de su lado por seguir la dura enseñanza de Dios «No has aprendido nada. Vete».

El ángel anunciador llega, en este caso, tarde, una vez que Jesús se había ido de casa, «Hijo, lo que se dice hijo, es solo del Señor, tú, para el caso, no pasaste de ser una madre portadora». En este pasaje el humor corre a cuenta de terrenalizar lo divino y mostrarnos a una María que duda de que Jesús sea hijo de Dios.

Asimismo Saramago juega con personajes, identifica a María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, con María de Magdala, por lo que la prostituta queda con una familia con la que también convivirá Jesús, quien no resucita a Lázaro para evitarle una segunda muerte; sí le cura su enfermedad cuando parecía muerto.

También anula la virginidad de María y cuestiona la necesidad de ayuda que tiene Dios en la tierra, «Como Dios que eres no debías necesitar ayuda».

Tampoco las palabras en la cruz fueron dichas allí sino en la conversación que Jesús mantiene con Dios cuando le desvela para qué ha sido creado realmente.

Tomás duda en seguir a Jesús como apóstol pues no termina de creer que sea hijo de Dios, quiere pruebas, un milagro con el que será complacido.

Jesús, de Saramago, es un hombre bueno que ayuda a los demás y duda de las enseñanzas de su padre «quien nace no tiene pecados suyos, no tiene que arrepentirse de lo que no hizo». Un hombre que perdona hasta el último momento y que consigue un final sorprendente.

Aunque parece que la historia se ha ensañado con algunos pueblos y aunque parece que estemos viviendo ahora lo que ocurrió hace dos mil años, Saramago lo expresa con una sorpresa tal que no tenemos claro si estaba relatando la historia pasada o fue, en 1991, el nuevo profeta que anunció los mayores horrores que vivirían algunos habitantes de la tierra en nombre de Dios, del suyo, del de otros o de los que vengan. Da igual. No hay derecho a tanto horror, «María no sintió miedo, porque imaginaba que un hombre, por amargo e infame de corazón que fuese, pudiera atreverse a hacerle mal a una mujer con el hijo en brazos […] aún los inocentes mamaban la leche de la vida y ya el puñal hería su delicada piel y penetraba en la carne tierna, pero eran soldados esos asesinos…».

Maravillosa lectura y duras reflexiones que hoy se hacen, si cabe, más necesarias que nunca.

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