martes, 5 de mayo de 2026

CAÍN

Después de quedar admirada al leer El evangelio según Jesucristo no he dudado en continuar con Caín, sobre todo porque cuando me enteré de lo ocurrido entre él y su hermano me pareció muy injusto. Yo era una niña y, como tantas veces, no me atreví a cuestionar nada de lo escrito en la Biblia, ni siquiera a pretender que la monja que impartía religión me explicara pasajes que no entendía. En este en concreto no tenía claro por qué Dios rechaza la ofrenda que le hace Caín si le da todo lo que tenía. Tampoco entendí lo del arca de Noé; por muy grande que fuera no cabrían animales de todo tipo, más teniendo en cuenta el tamaño de algunos. No pensé en lo difícil que sería mantener durante cuarenta días a los animales encerrados, ni en la gran cantidad de comida que habría que llevar, ni en los desechos que habría que limpiar si no querían morir asfixiados.

Bueno, tampoco me entraba en la cabeza que Adán y Eva fueran los únicos en el paraíso; teniendo en cuenta que solo tuvieron hijos varones ¿Cómo se propagó la especie? Estas preguntas tan sencillas no me las aclararon; solo me dijeron que eran parábolas o metáforas cuyo significado se desentrañaba con verdadera fe. Así que nada, me quedé sin saber el porqué de tanta ira y no pregunté más porque en el fondo me encantaban las historias, como después me gustó la mitología.

José Saramago también cuestiona esto, y más, en su novela. Caín, aprovechando que es castigado a errar por el mundo sin necesidad de máquina del tiempo, viaja por el espacio y las distintas épocas para verlo todo, su pasado y su futuro y para darse cuenta de que el hombre va a hacer lo mismo una y otra vez, continuamente recibirá el castigo divino; no escarmentará con lo sucedido a generaciones anteriores porque él no lo ha vivido. Somos tan ingenuos, o tan soberbios, que pensamos que nosotros lo haremos mejor, que no terminaremos tan mal como nuestros antepasados.

Hoy, como en la torre de Babel, seguimos peleando con quienes no hablan nuestra lengua; no los entendemos y tenemos miedo a lo desconocido o creemos que es peor que lo que nosotros expresamos. Y seguimos rechazándolos y seguimos impidiendo que ocupen nuestros espacios por miedo a que su pensamiento se imponga. Seguimos teniendo miedo al cambio pero queremos que cambien los demás o desaparezcan. Esto ha sido la historia de la humanidad. Lo peor es que no se dan verdaderas razones de por qué lo hacemos; la mayoría de veces actuamos en nombre de un dios que ordenó que todo estuviera de una manera que curiosamente es la nuestra.

Saramago, fiel a su estilo reflexivo, de frase larga, de la que se vale para introducir un humor irónico fantástico, expone con mucho cuidado los efectos que puede tener en nosotros el no pensar, el llegar a creer cosas que no entendemos, «porque incluso la inteligencia más rudimentaria no tendría ninguna dificultad en comprender que estar informado siempre es preferible a desconocer».

El narrador se confunde con el autor, por eso va opinando, desde su presente, de todo lo que ve, de los pasos que da Caín, a dónde lo llevan. No hay sorpresas, pues la historia ya está escrita, hay reflexiones del narrador y rebeliones de Caín, quien juega con desventaja puesto que por mucho que se enfrente a Dios y le cuente las injusticias, la respuesta va a ser la misma. No hay opción de cambiar el pasado, por eso en Caín conviven el pasado y el presente con cierto tono burlesco que queda acentuado por la narración irónica, «Verdaderamente haber llamado a esto ciudad fue una exageración […] faltan aquí los automóviles y los autobuses […] la modernidad, la vida moderna. Pero todo se andará, el progreso, como se reconocerá más tarde, es inevitable, fatal como la muerte».

Los sinónimos abundan en situaciones de ataque al débil, como el pasaje de Abraham cuando va a sacrificar a su hijo Isaac. Saramago lee e interpreta la historia de forma literal y entonces no hay justificación posible para ese Dios, por lo que nos encontramos que «»además de ser tan hijo de puta como el señor, abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con su lengua bífida […] traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas semejantes». ¿Quién no opinaría igual de alguien dispuesto a matar a su hijo?

Lo asombroso de la nueva narración bíblica de Saramago es que incide en la matanza continua de inocentes; no importa qué les ocurra, lo que cuenta es la destrucción de todo lo que no le gusta a Dios, aunque haya sido creado por él, para poder empezar de nuevo.

Caín se rebela cuando va conociendo la historia, y se pregunta por qué él fue castigado por su crimen mientras que Dios sale una y otra vez impune. El autor advierte que él no ha inventado nada; usando el plural de modestia incluye al lector a la vez que aporta un toque realista cuando afirma que somos «simples repetidores de historias antiguas»; historias en las que la mujer ha sido siempre la malvada, la liberal, la culpable de todas las desgracias ocurridas en el mundo, como el incesto cometido por las hijas de Lot que el autor, con gran humor, se encarga de desmontar «A un hombre borracho de esa manera hasta el punto de no darse cuenta de lo que está pasando, la cosa simplemente no se le levanta […] de engendrar, nada».

La ironía de sus páginas está repleta de complicidad con el lector, con quien consigue gran conexión emocional. La crítica queda suavizada y, paradójicamente, destacada.

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