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martes, 22 de septiembre de 2026

BAJO EL CIELO INFERNAL

¿Es posible que conforme cumplimos años tengamos menos reparos a decir la verdad? Puede ser. ¿Es posible que la edad sea un plus en las personas? Es probable. Lo que está claro es que lo fundamental es la mente. Si funciona, una serie de experiencias aparecen entonces ante nosotros para generar, o no, empatía que, unidas al temperamento consiguen nuestra atracción o repulsión hacia esa persona, porque la vemos según es, no según el físico que ostenta y tanto parece importar ahora.

Al terminar Bajo el cielo infernal adoro, más si cabe, a Alicia Giménez Bartlett. Siempre he disfrutado las novelas de la inspectora Petra Delicado, alguien tan contradictorio como su nombre indica, pero en esta última entrega, la voz Petra-Alicia está presente; de hecho, sería incapaz de marcar una línea divisoria entre dónde termina el personaje y empieza la autora. La fuerza de Giménez Bartlett está presente en la inspectora. Nunca ha tenido miedo a enfrentarse a las autoridades. Esta novela es una prueba de ello: la autora critica la actuación de la policía cuando se trata de relacionarse con la iglesia; critica, con una fuerza arrasadora, al estamento eclesiástico porque es capaz de hacer lo que le viene en gana, las leyes terrenales no le afectan, tiene a su dios encargado de perdonar cualquier barbaridad porque ya sabemos que dios es misericordioso y bueno, aunque solo sea con algunos.

También Petra se opone a los deseos de los altos cargos policiales y religiosos y lleva la verdad a sus últimas consecuencias. Alicia Giménez usa la voz de Petra para criticar la incultura social que nos envuelve y los estamentos despiadados que están instalados desde tiempos casi inmemoriales; estamentos intocables, o eso parece, porque en Bajo el cielo infernal, nuestra inspectora no tiene miedo de investigar; de hecho, tirando del hilo del asesinato del jesuita Lorenzo Santos, descubre dos asesinatos más. El problema, cuando víctimas, asesinos y la mayoría de testigos están muertos, es que apenas hay pruebas, por lo que Petra y su fiel amigo y colaborador, el subinspector Garzón, deben hacer uso de suposiciones y presentarlas como ciertas hasta que los criminales confiesen.

Petra pasa por un mal momento, se ha quedado viuda; Marcos tuvo un accidente de coche tras una discusión matrimonial en la que él le pidió que aceptase una situación por la que Petra no pensaba pasar. Ahora, el recuerdo de su marido la atormenta; lo echa de menos y no sabe cómo afrontar la vida sin él. También Alicia Giménez ha debido aprender a vivir sola, sin su marido, por lo que esta novela ha supuesto otra herramienta para superar su duelo. Imagino que el recuerdo queda ahí, para siempre, aunque espero que la autora sepa gestionar sus emociones para llevar una vida feliz. Todos lo merecemos; las personas buenas, fuertes, valientes y comprometidas, más.

El estilo de la novela es el propio que Giménez Bartlett utiliza con la novela policiaca. Plagada de diálogos ingeniosos, los refranes aparecen con afluencia, así como las expresiones populares. Son una seña de identidad de Fermín Garzón: fiel a su superiora, verdadero amigo antes que subordinado, algo anticuado más que tradicional, por lo que aunque en sus actos no lo demuestre, en sus palabras vemos a veces rastros de la educación patriarcal machista imperante en España, que a mí me parecía superada pero veo con auténtico horror que vuelve. Pero esta reflexión pertenecería a otro lugar.

A Petra la define el humor irónico, a veces irreverente, la rapidez para encontrar la réplica certera en las discusiones; por contra, cuando ejerce como voz narradora aparece su intensa reflexión, algo que influye en los lectores y nos permite conocer en profundidad a los personajes: gestos faciales, posturas, tics, contestaciones, acciones… todo es visto con lupa, con un calado psicológico que expone de forma objetiva sin impedimentos. De igual modo, Petra muestra su forma de ser en esas reflexiones, por lo que no abandona del todo la ironía, a veces revestida de humor negro «Coronas no estaba contento, el juez Riaza no estaba contento, yo no estaba contenta y el muerto mucho menos que ninguno de nosotros».

El asesinato de Lorenzo Santos tiene lugar en el barrio de La Mina, plagado de drogadictos, necesitados y personas que, en principio son marginales, pero Petra y Fermín se encargarán de devolverles su dignidad. Otra lección social, no debemos juzgar sino comprometernos de verdad con los más desprotegidos.

Las reservas hacia la Iglesia aparecen desde el primer momento en los dos protagonistas

—[…] La diplomacia hay que extremarla con la Iglesia, siempre ha sido así.

—No sé si estoy en disposición de practicar el guante blanco.

—Pues esfuércese Petra.

[…]

—Pues yo, ya puestos, hubiera preferido que se cepillaran a un cardenal con todos los arreos encima. ¿El arma homicida? ¡Un Winchester como los de John Wayne! La cosa hubiera pintado bien, mucho más original.

Que la autora es filóloga se nota por su estilo, caracterizado con un vocabulario culto, lleno de comparaciones literarias o cinematográficas, saber con el que dota a sus protagonistas «El párroco era un remedo no tan lejano del dómine Cabra: feo, malcarado y con manchurrones en la pechera. Su alzacuello presentaba un sospechoso color marfil matizado en varias intensidades»

Por supuesto, las comparaciones bíblicas están a la orden del día: «me he movido entre un chorreo como el diluvio universal y la expulsión de los mercaderes del templo a hostia limpia». Asimismo son frecuentes las metáforas literarias, concretamente las teatrales, que utiliza para dar expresividad a los juicios de Petra y aportar movimiento a su pensamiento «todo lo demás es ópera, tragedia griega subida a unos coturnos, gesticulación y demanda de protagonismo».

Y por supuesto, nuestra pareja, a pesar de la amistad continúa con un trato respetuoso, aunque plagado de coloquialismos «Está bien, Garzón, deje de darme el turre». Que Petra es una mujer culta lo demuestra en el diferente uso de registros, según a quién va dirigida su locución o en qué contexto «…temía que el caso se enrocara […] entre los mismos peces, con la misma caña, el mismo anzuelo e idéntico cebo […] ¿la omertá de los habitantes debía darse por sabida».

Los diálogos cobran vitalidad especial cuando las palabras toman un doble sentido, cuando los refranes se igualan a expresiones literarias


—[…] me dieron las aguas bautismales y se acabó.

—Sí, a mí también, pero esas son aguas pasadas.

O cuando cambia el sentido de lo dicho al variar de forma irreverente un texto religioso «—¡Madre mía que estás en los cielos! ¡Qué astucia la de ese cura! ¿no?».

La narración va aumentando en intriga conforme van apareciendo nuevos personajes que, encima, apenas han sido vistos un momento, que nadie dice conocer pero luego son elementos fundamentales.

Y entre tanto coloquialismo, cultismo, tecnicismo aparecen llamando profundamente la atención términos anticuados, casi en desuso, expresiones vulgares o irreverentes: gañán, el quinto coño, los plumillas, forajido, humor jupiterino, llorar a tumba abierta, ni monseñor ni monsepollas, sus derechos y todo el copón, la picha un lío, éramos pocos y parió la abuela…

Términos y expresiones con los que logra que leamos casi en un suspiro las casi 450 páginas de la novela que dan, además, para reflexionar sobre la moral. Perfecta Petra y perfecta Alicia. 

sábado, 3 de febrero de 2024

LA MUJER FUGITIVA

Leer a Alicia Giménez Bartlett supone mantener una sonrisa mientras las páginas se van tintando de diferentes tipos de negro. La lectura es tranquila, distendida; da tiempo a admirar la perfecta sintaxis, el acopio de matices que, sin alardes, introduce en la narración. Si vamos buscando esto al comenzar la novela no saldremos defraudados, al contrario, la ironía, en ocasiones imperceptible, se adueña de los comentarios y pensamientos de la protagonista. Tanto, que en ocasiones tenemos la impresión de que es la voz de la autora la que sobresale.

Me encanta Petra Delicado, no solo porque sea probablemente la primera inspectora de homicidios española, no solo porque el subinspector Fermín Garzón le muestre su fidelidad y apoyo una y otra vez por mucho que lo saque de sus casillas, no solo porque el tándem Delicado-Garzón dé juego desde el principio hasta el final y guste tanto que pocas parejas tendrán tanto éxito en televisión pues, no podía ser de otra manera, la saga se llevó a la pequeña pantalla y he de reconocer que cada vez que habla Fermín acude a mi mente Santiago Segura, creo que inmejorable en aquel papel.

Pues con esta buena disposición me dispuse a leer La mujer fugitiva , regalo de mi compañero Antonio, que espera paciente poder empezarlo él. No decepciona. Los lectores nos llevamos más de una sorpresa en una lectura que va enlazando la trama del trabajo policial con las vidas familiares de Petra y Fermín. En esta ocasión, una feria gastronómica ambulante en la que se degustan diferentes platos elaborados en las propias furgonetas, que sus propietarios utilizan como lugar de trabajo y domicilio, es el lugar en el que se ha cometido un crimen.

El cuerpo de Christophe Dufour yace sin vida en la furgoneta; presenta varias puñaladas, por lo que su compañero, Eduardo Castillo Montes, aparece como principal sospechoso. Pero lo que en un principio parece algo claro, se va oscureciendo con la falta de comunicación que había entre los dueños y socios de la food truck. El francés apenas hablaba, ni con Eduardo ni con el resto de los feriantes. Todo se complica con dos muertes más, que llevarán a una tercera cuando el comisario esté a punto de pasar los casos a otro departamento. Pero el final será sorprendente y, como no nos puede dejar así, esperamos que la siguiente entrega no se demore. Giménez Bartlett no puede abandonarnos con esta incertidumbre.

Está claro que la pareja Chris-Eduardo formaban un contrapunto increíble. Uno mujeriego, con ganas de disfrutar, el otro, depresivo, perdedor en todos los sentidos. Pero no podemos confiarnos, pocas cosas son como parecen y en todos sitios hay gente que ve lo que no debiera para conseguir hacer saltar las alarmas.

No quiero desvelar nada de la trama, pero sí aludiré al estilo de la autora. Alicia Giménez, fiel a sí misma, no abandona la ironía en sus personajes, tan fina que el humor está presente en todo momento, o casi, sin necesidad de emplear chistes. Es suficiente mezclar atractivamente expresiones coloquiales «—dijo con la inocencia de un niño de pecho. […] trasplantado a Barcelona desde tiempo inmemorial» con términos cultos que, a veces son científicos «que no ofendiera su ortodoxia lingüística» y otras forman similicadencias «lo prefería llorando a perorando».

Las traducciones que Petra hace de los coloquialismos de Garzón son impresionantes «…e intenta dar toda clase de detalles que no se le han pedido oculta algo. El bosque verborreico tapa el hallazgo concreto». Y sus deducciones son perfectamente acertadas «Descarte solo a los niños, Fermín, y no porque no tengan instintos asesinos, que cada vez van a más. Hay mujeres muy fuertes». No le falta razón a Petra, la fuerza de la mujer es comparable a la del hombre. Pero nuestra inspectora no necesita utilizarla. Se vale de su inteligencia, de la reflexión (y de la buena suerte) para descubrir al asesino aunque sea cuando está a punto de claudicar. La pareja de policías no son héroes, no aciertan a la primera, son un reflejo de la realidad, donde en ocasiones se atina antes y en otras después. Ambos son diferentes a la hora de ver la sociedad; Garzón hace gala de más prejuicios, es el prototipo de «mucha gente que vive en el Pleistoceno, créanme» y el prototipo de hombre primario que disfruta con lo básico: comer, «Aunque le pongan delante a la madre de todas las coliflores no le hinque el diente, se lo ruego» y sobre todo, preocuparse por poco más que su trabajo «¿Cómo se puede sacar la conclusión de que uno ya no quiere a su esposa porque no se interesa por unas putas cortinas?».

En fin, Garzón representa bastante bien al tópico machista, si bien en el fondo tiene gran corazón. Por el contrario, Petra hace gala de un feminismo acorde con la actualidad aunque no cabe duda de que fue pionera en valorar la inteligencia de la mujer. De hecho, sus expresiones están cubiertas de un lenguaje perfecto, cargado de latinismos, «se había largado sin decirme adiós “Sic transit gloria mundi”, pensé, y como era lo único que sabía de latín, no añadí nada más». Puede que no sepa demasiado latín pero es experta en ironizar sobre «nuestra querida y soleada España» burlándose de las expresiones cuyo significado no se corresponde con el significante: un momentito, un segundo, un ratito, ya está casi, pierda cuidado, no se preocupe,… Las expresiones vulgares conviven en armonía con las cultas «acabas con la picha hecha un lío, como dicen los clásicos […] La panda de saltimbanquis gastronómicos».

Giménez Bartlett es una maestra del uso del castellano y lo demuestra en una novela negra, donde el vocabulario culto no es frecuente, más aún cuando las expresiones soeces ocupan parte de los diálogos «algo lacerante», «el otro cabrón», «concitar verdadera atención» «y yo, qué coño sé». Las expresiones coloquiales están perfectamente traídas a la escena «A buenas horas mangas verdes». Los pareados humorísticos «Sin haberlo sospechado, una bronca me han echado» conviven con metáforas «¿Qué demonio tenía Marco en el imaginario mental?» y con sinécdoques «los plumillas sí rondaban a la poli» para dar fe del acierto de las frases populares «las prisas son malas consejeras». Todo es motivo de humor, incluso en los tópicos que acusan a los españoles de vagos, «cumpliendo con la sagrada obligación de todo trabajador español que conozca sus derechos: el café de las once en el bar». Con el humor más elegante y cáustico a la vez, la autora es capaz de llamar la atención sobre el funcionamiento de una sociedad que no avanza todo lo que debiera, obligando a los jóvenes a buscarse la vida con trabajos con los que no soñaban, como el matrimonio que vendía comida vegetariana «Elisenda era licenciada en sociología, Javier, químico».

También la relación de los clientes con los bancos se va convirtiendo en inexistente, provocando cierta deshumanización social, «todo funciona online. En realidad solo comprobamos […] impagos anteriores, fiscalidad adecuada…».

La rivalidad entre distintos cuerpos policiales es un espejo de la competencia que existe, en un afán por sobresalir sin importarnos los demás «Eso que todos negamos de boca para afuera resulta que existe de verdad». Y por supuesto, como responsable de todo esto queda la escasez de cultura, algo cada vez más habitual y mejor visto, «¿Por el hecho de que trabajes como funcionario de limpieza no puedes leer algún puto libro de vez en cuando, ver un programa cultural en la tele, comprar algún maldito periódico? No, fútbol, bar y noticias de cotillero, eso es lo que hay. ¡Vaya país de mierda el nuestro, Garzón».

Pues nada que añadir, larga vida a Petra Delicado.

sábado, 30 de abril de 2022

LA PRESIDENTA

Alicia Giménez Bartlett ha vuelto para poner el dedo en la llaga, esta vez a través de Berta y Marta Miralles, un par de principiantes que entran en el Cuerpo General de Policía por la puerta grande, aunque permanezcan, a todos los efectos, en el anonimato.

La presidenta de la Comunidad Valenciana, Vita Castellá, aparece muerta en su habitación del hotel un día antes de ser juzgada, en Madrid, por malversación. Ha sido envenenada, pero esto no puede salir a la luz por miedo a que altas instancias del estado y del partido en el poder queden implicadas. El caso se llevará en absoluto secreto y será investigado por algún novato, como un caso sin importancia. Al nuevo no le darán la información oportuna y a los medios de comunicación se les dirá que la presidenta ha sufrido un infarto.

Las altas esferas policiales envían el cadáver a Valencia y allí pondrán a trabajar en su nuevo cargo como inspectoras a «Dos hermanas, Berta y Marta Miralles. De treinta y dos y treinta años […] las reclamará el comisario Pepe Solsona, que es mi hombre de confianza, de la comisaría de Russafa».

Pero las hermanas no son tontas, aunque piense lo contrario la cúpula policial, así que con sus pesquisas lograrán quebrar los nervios de un importante militante corrupto del partido, devenido asesino que, cuando se ve acorralado, termina suicida.

Hasta que no resuelven el caso, con ayuda del exjefe de prensa de Vita Castellá, el forense y el inspector Sales, las novatas pasan unos días bastante estresantes, haciendo turnos larguísimos de vigilancia, casi sin comer, descansando apenas, pagando gastos de la investigación de su bolsillo, inventándose informes para un juez que, dejándose llevar por el jefe de la policía, los firma sin leer o buscando colaboradores en los bajos fondos. Sus vidas llegan a estar en peligro. Sus puestos de trabajo también.

Aunque Giménez Bartlett lo niega, no cabe duda de que los hechos y personajes están basados en la realidad. Hace unos años Valencia fue conocida por el alto nivel de corrupción. Hoy le sacarían ventaja otras comunidades, «Nombramientos y adjudicaciones a dedo, recalificaciones de terrenos por interés, financiación ilegal, desfalcos, sobornos, eventos multitudinarios donde el dinero pasaba como un rayo de lo público a las arcas del partido».

En realidad da la impresión de que el territorio español, ávido de protagonismo, lucha por obtener el dudoso primer puesto de perversión, «para velar por el bienestar general no siempre se podía transitar por el camino de la ortodoxia».

Y es en este ambiente del partido, al más puro estilo degenerado, donde aparecen dos jóvenes policías que no se dejan comprar, que ponen en juego sus puestos y sus vidas, para destapar una trama en la que la inmoralidad llega hasta las más altas esferas. Berta y Marta no obtendrán felicitaciones, tampoco reconocimientos, pero van eliminando a todos los cargos implicados en el proceso. Un devenir que acaba con la vida de los donnadies, meros peones atraídos por el dinero, esa avaricia que siempre rompe el saco; y con la de mujeres inapreciables, inservibles en la mente de poderosos que las consideraban desechos por los que no valía la pena preocuparse.

Asistimos a cinco crímenes en La presidenta, la última novela de Alicia Giménez, escrita con una ironía que saborea al máximo para denunciar la corrupción de un partido que no ha podido caer más bajo (y sin embargo ahí continúa, acogiendo en sus filas a los reyes del mambo, o eso parece)


Ya has visto la que nos ha caído encima con lo de Vita. El ministro está de los nervios

—Pobre Vita, no se merecía semejante final aunque […] era como una especie de bomba ambulante que campaba por ahí […] ¿Tú crees que se la han cargado los del propio partido para que estuviera calladita?


y para evidenciar la corrupción de los altos cargos policiales preocupados, sobre todo, por mantener el puesto a costa de lo que sea «Hay que enfriar el tema de cara al exterior […] No sabemos quién ha sido ni nos interesa saberlo. Fue un infarto y en paz».

Ojalá vivamos en una realidad en la que haya más Bertas y más Martas capaces de observar, analizar, deducir cuándo las órdenes de los jefes son un sinsentido; más policías sin miedo a las represalias, que no toleren la impunidad de hechos delictivos. Ojalá la autora continúe con sus investigadoras porque, a pesar de los crímenes, la novela está marcada por el optimismo. Es realista aunque grandes esperanzas planean en la Comunidad Valenciana, probablemente porque Giménez Bartlett ha dado la vuelta a la novela policial: Es cierto que se parte de un crimen –encubierto–. Es cierto que hay delitos muy graves –que no se especifican del todo–. No hay uno sino dos investigadores, son mujeres, novatas tratadas con paternalismo, humillación y suficiencia. Hay un sospechoso, desde el principio, que va anulando las pistas mientras enreda a otros. Las pistas son verdaderas aunque, por increíbles, no lo parecen; por lo tanto, hasta el final de la novela, las hermanas Miralles no dejan al lector ser consciente de lo que ocurre, cuando tiran del hilo y van cayendo los implicados como fichas de dominó, porque el criminal tampoco es al uso. Ese ser inteligente que preside la novela negra es, en La presidenta, un chapucero que se rodea de inexpertos para llevar a cabo sus planes.

La autora no se anda con tapujos, «todos esos nuevos ricos, horteras, maleducados, convencidos de que podían hacer cualquier cosa porque tenían el poder. ¡Gente de la política que debía dar ejemplo a los demás!», pero el humor hace gala desde la primera página, en la que descubrimos quién es la asesinada. Humor en la ironía con la que se toman las órdenes, en la propia actuación policial, en la falta de confianza que los jefes muestran hacia las investigadoras


—¿Tú crees que sospecha algo? (el juez)

—¡Qué coño va a sospechar! Nos toma por dos floreros decorativos

Humor en las actitudes machistas de los altos cargos policiales y del gobierno, con el que refuerza, al final, el verdadero valor de la mujer «¿Será posible? ¡Este Pepe Solsona es más estúpido de lo que parecía! […] ¡Mujeres, mujeres! ¿Hay algún animal más dañino en el mundo?». Humor en las hipérboles irónicas y en la concatenación del lenguaje con los sentimientos


—Otro corazón puro ganado para la causa –clamó

—Para puro el que nos va a caer

[…]

—¡Joder, qué buena frase! Deberías haberte hecho abogada en vez de policía

—Un buen abogado es lo que vamos a necesitar

Pero no lo necesitan porque si su lenguaje es efectivo, sus hechos también. Solo esperamos que este sea el principio de una saga. Las Miralles lo merecen.

viernes, 13 de noviembre de 2020

SIN MUERTOS

Si tuviéramos que escribir nuestra vida, una vez consumida gran parte de esta, posiblemente nos encontrásemos un «un montón de papeles manuscritos» que nos produjeran «cierta perplejidad», no por haber sido los protagonistas de grandes hazañas o incidentes miserables, aunque puede que también, sino porque es probable que al mirar hacia atrás veamos nuestra propia vida a través del caleidoscopio del tiempo. A veces nos llegan evocaciones brillantes y en ocasiones se impone la oscuridad. En cualquier caso, los recuerdos no son hechos, por eso hay que encajarlos como las sensaciones que han permanecido en nosotros y que de alguna manera nos condicionan a la hora de formar nuestra personalidad, «¿se falsean necesariamente las cosas cuando se cuentan? No lo sé… Sólo a mí me han servido. Creo conocerme mejor ahora». Esta reflexión es a la que llega Petra Delicado tras pasar una semana en un convento escribiendo sus recuerdos. Una temporada que por suerte ha afrontado, Sin muertos, en unas vacaciones durante las que se ha aislado para descansar.

Pero, afortunadamente también, Alicia GiménezBartlett ha utilizado esos papeles y nos los ha presentado agrupados en cuatro partes para contar, en primera persona, la vida de Petra, la primera inspectora de policía protagonista de novela negra. A quienes nos gusta el género policial, hemos disfrutado con cada caso, pero aquellos a los que la lectura en general, o esta en particular, no les atrae demasiado, también tuvieron, tienen, la oportunidad de conocer a la inspectora Delicado y al subinspector Garzón, pues en 1999, Televisión Española estrenó una serie de 13 episodios, basados en esta saga de novelas de Giménez Bartlett, promotora de la igualdad de oportunidades para la mujer, que dejaba su papel secundario para convertirse en jefa, teniendo a sus órdenes a los hombres en su trabajo y tomando sus propias decisiones en su vida privada: divorciada, libre y sin hijos. Indudablemente esto hizo que muchas mujeres se quisieran ver reflejadas en este modelo, inteligente, intuitiva, irónica, dura… Creo que aún hoy choca encontrar mujeres en situaciones parecidas; por mucho que se empeñen los gobiernos en llevar a cabo la paridad, encontramos profesiones en las que abundan las mujeres como enfermería, enseñanza, limpieza… y, sin embargo, los altos cargos están ocupados por hombres. Pero esto sería otra historia.

En Sin muertos, Petra va narrando su infancia y juventud en la Primera parte. Con el sentido del humor característico de Giménez Bartlett, leemos complacidos cómo Petra fue la tercera hija, tardía, de un matrimonio burgués, en el que su madre, puede que obsesionada por no haber brillado lo suficiente, se entrega en cuerpo y alma a amargarles la vida a sus hijas dirigiéndolas hacia lo que ella consideraba mejor «Mi madre continuó con su llanto sofocado para subrayar, como siempre hacía, que estuviera contra quien estuviera dirigida una afrenta, era ella quien pagaba las mayores costas de dolor».

En esta primera parte es donde más asoma la propia autora. En una época en la que la mujer debía ser obsequiosa no solo en sociedad sino, ante todo, familiarmente, Alicia Giménez es capaz de plasmar con ironía las circunstancias que rodeaban al sexo femenino y los ajustes que debía realizar para llegar a donde quería «Jacinto era un marido de paja, alguien con quien efectuar el trámite matrimonial para pasar el examen materno definitivo. No me equivoqué, dos años después del casorio, Amanda lo abandonó. Se divorciaron […] y ella fue libre por fin, libre de verdad».

Ironías aparte, este periodo de Petra sirve para exponer las diferencias educacionales respecto a los niños actuales, la obsesión que, en algunos casos, se mostraba por la abundancia o calidad de la comida, dependiendo de la propia infancia paterna y el peso que suponía, para una hija, las propias circunstancias de su madre.

En la Segunda parte tomamos conciencia de la vida universitaria de los jóvenes de finales del XX, preocupados por la política y, en general, simpatizantes con los trabajadores de la izquierda «Las clases se habían suspendido. Se inició la asamblea […] “¡hay que ser solidarios con nuestros compañeros trabajadores!”».

Pero Petra, obsesionada con abandonar la familia, se enamorará de Hugo hasta el punto de seguirlo en todo lo que hace y dice. Se cambia de carrera para estudiar Derecho, como su enamorado, se casan antes de obtener el título y montan un despacho juntos. Con el tiempo, el sueño de Hugo, triunfar, se hace realidad. El de Petra, vivir en un mundo de amor y felicidad, se hace añicos. Así que la abogada Petra Delicado se separa de su marido y decide preparar oposiciones a la Policía.

En la Tercera parte se hace policía, aunque la destinan a documentación, por lo que no se cumple su sueño de investigar y trabajar en la calle. Pero retoma la amistad con Pepe, quien olvidó su objetivo de ser policía para abrir un bar. Pepe, más joven que Petra, se enamora perdidamente de ella y la convence para que ambos se casen, hasta que ella se da cuenta de que más que como mujer actúa como madre para su marido. Supone el segundo divorcio para la protagonista.

En la Cuarta parte, Petra consigue llegar a ser inspectora de homicidios, conoce al subinspector Garzón y al arquitecto Marcos, un divorciado con cuatro hijos, con el que también se casa, aunque esta situación queda abierta para posibles entregas de Petra Delicado «“en el dolor y en la enfermedad”, lo de que la muerte nos separe, está por ver».

En general es una novela entretenida. La particularidad de que las memorias sean de un personaje ficticio nos aporta una trama intimista también ficticia. La narradora protagonista no ahonda demasiado en el análisis de situaciones; de manera subjetiva cuenta el discurrir de España en una etapa especial en la que el miedo a la dictadura se iba relajando, más por las ansias de libertad que por lo que en realidad se pudiera llevar a cabo. Ante el lector va apareciendo un pasado histórico en el que los hechos reales se distancian como consecuencia de la visión paródica que aporta Giménez Bartlett. En dichas memorias ficticias conjuga algo de historia real con la construcción de una prosa atractiva y sugerente que expone la trayectoria de la inspectora de policía, por eso encontramos alguna que otra incursión de las novelas de Petra Delicado en la propia vida de Petra; aparecen, en su recuerdo, algunos casos —el del vagabundo que expuso en Día de perros, «un drama callejero que siempre me había llamado la atención: los sintecho», drama que vuelve a tratar en Un barco cargado de arroz— y personajes que investigaron con ella y con quienes tuvo una relación (llamativa la conexión con el inspector ruso protagonista de Mensajeros de la oscuridad).

Asimismo la autora plasma los sentimientos de la protagonista, sentimientos que ahondan en la familia, la amistad, la felicidad, la amargura, el amor… Cuestiones que, seguro, muchas mujeres de la época se preguntasen a lo largo de su vida y que debían responder según las normas establecidas para ellas «¿qué es un matrimonio exitoso: aquel que dura más tiempo, el basado en la absoluta fidelidad, el de convivencia más fácil? No tengo ni idea». Son verdades íntimas de las que se vale la autora para reflexionar sobre aquellos eventos relevantes de la vida que son parte histórica de una época. Sin embargo, con ironía, mediante el distanciamiento, consigue que la protagonista se replantee el poder afrontar la vida burguesa exigida «vivíamos en un piso lujoso […] cenábamos con amigos agradables, los domingos por la mañana salíamos a pasear, hacíamos el amor una vez a la semana […] ¿Qué coño quería yo entonces, subir cada día en un tiovivo para experimentar mayor diversión?».

Aunque dentro del humor, de la ironía y la banalidad, Alicia Giménez advierte de las verdades que se llegan a decir en una relación y que, salpicadas de reproches, consiguen que la convivencia ya no sea la misma «A partir de aquel enfrentamiento ya nada fue igual entre nosotros». Es fácil caer en la decepción, lo difícil es tener la valentía de admitir que no era eso lo que se buscaba porque correríamos un riesgo, «nadie se presentaría a la hora de cenar, nadie me besaría en la mejilla cuando llegara».

Hombres desnudos supuso una mirada a la España actual. En Sin muertos, la autora se apoya en Petra Delicado para repasar las condiciones y condicionamientos de la España posfranquista. El pensamiento de Giménez Bartlett se convierte en estandarte de una generación algo ilusa y muy ilusionada respecto a cómo encauzar una vida que no cambió lo rápido que hubiese gustado. Hay algo típico de la autora en Sin muertos a pesar de ser un subgénero diferente al utilizado hasta ahora: la ausencia moralista, didáctica. El no intentar convencer de que algo es muy bueno o muy malo. No hay verdades absolutas. No hay víctimas o culpables. Los matrimonios de Petra, pese a no haber salido bien, lo corroboran. Los personajes son tan realistas que a veces tenemos la impresión de estar ante una crónica de la época y otras veces nos parece observar los fallos o aciertos que una mujer de cualquier época se cuestiona «Juré no volver a casarme jamás. ¿Para qué? Para contraer nupcias con el jovenzuelo en cuestión».

Es interesante el planteamiento que observamos del matrimonio; lejos de suponer algo monótono, obligado, aparece como una situación en la que no son necesarias las luchas por conservar una realidad estresante. Después de ver la actitud adoptada por Petra llegamos a la conclusión de que intentar salvar una circunstancia que comenzó a resquebrajarse puede conllevar un cambio en la persona. La separación se presenta como liberadora, una opción que impide la formación de un carácter irritable, el acrecentamiento de los defectos del otro, la continua sensación de que alrededor de la vida establecida falta algo que la haga cómoda

—… ¿Tú no crees que a ti te cambió el carácter después del matrimonio?

—Puede ser. En cualquier caso, ¿vamos a echarnos las culpas el uno al otro de que esto no haya funcionado?

—¡No, ni hablar! Quien insistió en casarse fui yo

Así pues, Sin muertos no es novela negra, aunque mantenga la problemática de la mujer para insertarse en una sociedad y en un género en los que no brillaba, y la nostalgia de dicha mujer por el desencanto que le produjo la sociedad pretendidamente igualitaria.    





lunes, 8 de enero de 2018

MI QUERIDO ASESINO EN SERIE



A estas alturas escribir sobre Alicia Giménez Bartlett no tiene sentido puesto que ya lo hemos hecho en alguna entrada en el blog. Por supuesto, si la protagonista es Petra Delicado, da la impresión de que, yo, al menos, tengo poco nuevo que decir. Si habéis leído las reseñas sobre Crímenes que no olvidaré y Mensajeros de la oscuridad sabréis que me encanta.

Así pues, para finalizar las vacaciones pensé en Mi querido asesino en serie, pues el estilo de Giménez Bartlett es ágil, los diálogos son bastante realistas y los casos interesantes. No pensaba tomar notas, pues no lo iba a reseñar en Aurisecular, sólo quería leerlo pasando alguna mañana agradable.

Imposible. Aunque parezca increíble, la autora me sigue sorprendiendo, se está convirtiendo en uno de mis ídolos, y la protagonista me cautiva cada vez más, es ya mi referente femenino actual; tengo tanta empatía hacia ella que, a veces, me comparo y me veo igualita (lógicamente ése es un deseo, porque aunque es cierto que coincido con ella en bastantes pensamientos, su forma de enfrentarse a la vida está algo lejos de como yo lo hago. Pero sí, me gustaría ser de mayor, si no fuera porque ya llego algo tarde, como Petra).

Así que aquí estoy, dispuesta a recomendar fervientemente la novela porque, en Mi querido asesino en serie, nada es lo que parece en un principio. Hasta la última página estamos con la intriga, con el alma en vilo para ver la resolución del caso y la disposición en la que quedan los protagonistas. Porque en esta ocasión, qué oportuna por otro lado, la Policía Nacional debe colaborar con los Mossos d’Escuadra, algo que no sienta demasiado bien a nuestra inspectora, mucho menos cuando el inspector que se les une es bastante más joven que ella y queda al mando. A Petra le sienta mal que ocupen su puesto, aunque a ella no se lo parezca en un principio, pero para eso tiene a su lado al subinspector Garzón, que actúa, con todo el cariño del mundo, de conciencia de Petra para recordarle cuándo no tienen sentido sus enfados, cuándo no está cuidándose lo suficiente y cuándo debe descansar para que siga rindiendo con eficiencia.

Indudablemente esta relación entre ambos es lo mejor, parece que con el tiempo se haya ido afianzando más, si cabe, y funcionen como una familia. Siempre desde el respeto pero entre ellos no hay limitaciones jerárquicas, si tienen que felicitarse lo hacen y si deben insultarse, también; esto genera un ambiente distendido, cargado de momentos humorísticos que relajan, como en la vida real, la tensión a la que se ven sometidos por los crímenes que deben solucionar. Petra y Garzón son los que aportan a la novela el encanto necesario para que el lector quede seducido ante ellos; son imprescindibles porque son reales, en pocos momentos aparece en ellos la corrección política, y cuando el trabajo está más relajado, son capaces de escabullirse por cuestiones personales «de repente un buen día, frente al espejo, percibes que te han caído encima un montón de años […] ¿Alguien me había lanzado un conjuro […]? Puestos a ser supersticiosos, me decanté por el Génesis, con mucha más tradición y categoría que el mal de ojo […] Le pediría a Garzón que me solapara un rato mientras yo intentaba insuflar cierto orden en el caos de mi aspecto». Petra tampoco tiene reparos en mentir al jefe: «—¿Algún tipo de excusa que quiera darme? […] —Era mi ginecólogo […] Bajó los ojos con actitud mixta […] El tabú de la mujer como ente ginecológico había funcionado, nunca suele fallar». Y la inspectora no se muerde la lengua casi nunca, de hecho aunque lo haga, su pensamiento queda expuesto mediante la primera persona «Lo que se entiende por “equipo” deviene normalmente en varias personas que se matan entre sí por destacar […] no te digo nada si el equipo está formado por individuos que vienen de distintos cuerpos policiales» Así que ante un asesinato, a Petra no le hace gracia colaborar con la policía autonómica. Por su parte el nuevo integrante, el mosso Roberto Fraile, queda en un principio alarmado por el trato que se dan sus actuales compañeros de la Nacional. El mismo efecto surte su comportamiento en la inspectora Delicado y el subinspector Garzón, así que entre los tres partirán con algún tipo de desasosiego para resolver un caso particularmente grave en el que no cabe duda de que el ensañamiento es la clave, «yacía una mujer. Tenía la cara destrozada. Llevaba un pijama cuya parte superior estaba arremangada alrededor de los pechos. Los pantalones le enmarcaban el vientre desnudo, cuajado de marcas que parecían profundos cortes». Cada uno se enfrenta a los hechos de diferente forma. Garzón, no cabe duda, es el intermediario «No le dé tanta caña a este chico, Petra. Seguro que es buen tío» Fraile es incansable, en un principio parece debido a su juventud «Estaremos en su despacho, si a usted le parece bien —¡Adelante, adelante, Roberto, siéntase como en su casa! Iré en cuanto pueda» Y Petra, madura, analiza la sociedad actual con una clarividencia precisa: «Como influir en lo realmente importante nos está vedado, ponemos toda nuestra pasión en las chorradas. Ya nadie se plantea rebelarse […] Pero cuidamos compulsivamente nuestra salud, nos desesperamos por ser eficientes en nuestro trabajo […] desviamos la atención hacia lo superfluo.»

Lógicamente el tema principal de la novela es la resolución de los asesinatos cometidos, sin embargo hay otros subtemas que hacen de la narración algo totalmente interesante, bien por los pensamientos de Petra sobre la sociedad actual, bien porque, al tratarse de mujeres asesinadas, aparece retratado con bastante acierto el perfil de la mujer sola, madura, capaz de aguantar su soledad rodeada de otras en condiciones parecidas; algo diferente al hombre solo que, por regla general, no forma grupos de hombres en sus mismas circunstancias sino que necesita a una mujer a su lado. ¿Machismo? Puede ser pero esto confirma que nos encontramos en una sociedad machista porque siempre, en rasgos generales, es cierto

Encontramos otro subtema de total actualidad, el racismo en la sociedad española; tan avanzados y justos que nos creemos y, sin embargo, no opinan lo mismo aquéllos que vienen de fuera por obligación «me acuerdo de él porque a mi bar no vienen muchos españoles. Somos pueblos hermanos, españoles e hispanos, pero debe ser en la distancia, porque cuando los hispanos venimos a la madre patria para trabajar parece que la familia no está tan unida».

Asimismo aparece, desde el humor, una crítica al infantilismo social, a la falta de independencia en las personas que necesitamos un guía para todo, de ahí que el país, los países, se vayan amansando, vayan perdiendo su personalidad y se vayan creando sociedades pobladas por pusilánimes.

—Seré antiguo pero tengo sentido común. Esta sociedad es una mierda. Parece que la gente necesite de los servicios profesionales para todo, ya nadie es capaz de pensar ni sentir por sí mismo.
—¡Por Dios, Garzón, cómase un chorizo que calme su ansiedad!

Otro subtema que aparece con gran ironía humorística es el empleo del vocabulario que hacen las sociedades modernas, tanto mediante eufemismos para no herir sensibilidades, como a través de expresiones diferentes para conceder una importancia desmesurada a algo o a alguien y al mismo tiempo acallar conciencias «no era jefa de personal sino de recursos humanos, y eso se debía a que en las empresas ya no trabaja el personal sino las personas […] Estuve a punto de aplaudir. A lo mejor gracias a aquellos cambios sustanciales en el vocabulario los ejecutivos de la empresa conseguían una candidatura al Nobel de la Paz».

Con menos ironía, pero mucho cariño, Alicia Giménez expone el problema familiar que surge cuando uno de los cónyuges tiene un trabajo que no le permite estar en casa todo lo que le gustaría, que no le permite un horario fijo y que el estrés es el predominante en el mismo debido a que el paso del tiempo es crucial para resolver o no los casos que se presentan. Problemas que suelen devenir en el fracaso de la pareja real pero, afortunadamente, no en la novela; Petra tiene por compañero a alguien envidiable, que la acepta como es aunque a veces se enfade.

—Curiosamente eres vehemente en tu vida profesional y racional en tu vida. Quizá convendría que fuera al revés.
[…]
¡Al carajo! exclamé para mis adentros. Apuré el whisky y me metí en la cama, tan fresca como una rosa primaveral

Petra no se permite rastro alguno de debilidad ante nadie, pues se da cuenta de que, sobre todo a las mujeres débiles se las tacha de apocadas, y ella no está dispuesta a ser noqueada por nadie.

Otro de los subtemas más entrañables es que, si se quiere, el ser humano puede franquear todas las barreras que impiden la comunicación, el buen entendimiento e incluso el cariño, de ahí que poco a poco Roberto y Petra vayan aclarando malentendidos, acercando posturas; dos polos opuestos, en un principio, en todo: generación, sexo, modales, forma de trabajar, forma de vivir, prioridades, consiguen aceptarse hasta llegar a la amistad

—…Roberto está intentando hacerla participar en lo más íntimo de su vida.
—¡Afortunadamente no me ha invitado a estar presente en su ducha matinal!
—¡No sea bruta! Se siente en deuda con usted […] no todo el mundo es tan silvestre como usted suele serlo

Y por supuesto no debemos olvidar el tema de los esquizofrénicos, el dolor que supone tanto para ellos como para sus familiares, las reacciones que van provocando , desde la pena por el enfermo hasta la rabia, la soledad y la desolación del que vive una situación traumática, pasando por la impotencia de quienes se sienten apegados tanto al enfermo como al tutor o responsable del afectado

—¿Qué puedo esperar yo de la vida? Dígame. No tengo mujer pero no soy viudo. Si alguna vez me olvido de todo y me siento feliz, enseguida me asalta su imagen.

Y entre esos subtemas vamos asistiendo paso a paso a la resolución de varios crímenes, ya que cuando parece que las pesquisas para atrapar al culpable van por buen camino aparece otra mujer asesinada de la misma forma, que no tiene nada que ver con la anterior. Esto hace que el cansancio se vaya acumulando en ellos, si bien al principio no en todos «descubrí a un Garzón que parecía Drácula volviendo de una juerga sangrienta. Contrariamente, Roberto Fraile tomaba notas sin parar…», al final el ánimo queda equilibrado

—¡Coño con el mosso d’escuadra! ¡Vaya mala leche que se gasta! ¡La está machacando a conciencia!
—Lo está haciendo muy bien, esa mujer miente.

Si el lenguaje destaca por el humor, negro a veces, bastante salvaje otras, en ocasiones aparece una ironía esplendorosa «—Joder, inspectora, cuando la miro es como si viera un puercoespín en un campo de cactus!». Asimismo las comparaciones son bastante acertadas «Salimos los tres a toda máquina como tres vampiros que hubieran visto un ajo». De igual manera, aun en las situaciones más realistas y siniestras, no desaparece el punto de vista humorístico, todo vale con tal de hacer más llevadero el trabajo «Aquel cadáver […] era efectivamente el de Berlamina Mendizábal […] tenía una hermana […] se llamaba Emérita. Algo ya sabíamos antes de empezar con las pesquisas: los padres de las Mendizábal no tenían piedad a la hora de poner nombres a sus hijas.».

Y por supuesto las situaciones más cotidianas también hacen gala de un humor que sirve para ensalzar a la policía, desde el momento en que echa por tierra determinados clichés y la acerca a seres humanos

—…he dejado este detalle golfo para el final.
[…]
Yo estaba más animada que sorprendida, pero Fraile no salía de su estupefacción.
[…]
—¡Madre de Dios, alcohol en la comisaría!

Poco a poco, entre risas y sonrisas, la autora nos va llevando por donde quiere, vamos cambiando de opinión como Petra, Garzón y Roberto y, con la misma ansiedad que aparece al comienzo de la novela, llegamos a la última página, sintiéndonos satisfechos por la labor bien hecha, la de Petra y su equipo y la de Giménez Bartlett y su caso, lamentando, si acaso, que Roberto Fraile no siga con ellos pues llegan a ser un trío imparable.

¡Fabulosa!

viernes, 12 de agosto de 2016

MENSAJEROS DE LA OSCURIDAD

He  terminado de leer, en la playa, Mensajeros de la oscuridad y creo que es una novela perfecta para disfrutarla durante las vacaciones, en el campo, en la playa, o la ciudad (por cierto, donde mayoritariamente transcurren las mías). Hubo un tiempo en el que me negaba a considerar libros de invierno o de verano, o lecturas para la época laboral o vacacional; los libros eran historias y daba igual cuándo leerlas.

Es verdad. Pero también lo es que hay algunos argumentos que se leen de un tirón, que no sugieren demasiados calentamientos de cabeza y que te ayudan a pasar un día tranquilo, relajado, de descanso. Esto es lo que consigue Petra Delicado. La protagonista estrella de Alicia Giménez Barlett ya apuntaba maneras en la tercera novela de la saga.

Está claro que Petra no sería la misma sin Garzón, el subinspector fiel que, aunque reniegue una y otra vez del trabajo al que lo somete su inspectora no es nadie sin ella. Ambos lo saben, y la química que hay entre ellos salta a la vista de cualquiera.

Mensajeros de la oscuridad es una novela entretenida. El argumento parte de una premisa bastante usual en la novela policíaca: a la comisaría llegan unos paquetes que contienen determinadas pistas para desentrañar las atrocidades cometidas por alguien; pero aquí los paquetes llevan destinatario, Petra Delicado, por lo que es ella, junto a Garzón, quien se encargará de resolver el caso; además las pistas van introducidas en un “envase” insólito, lo que añade intriga al entretenimiento. Nada será lo que parece y casi hasta la mitad de la novela el lector permanece en una especie de limbo argumental, pues la trama puede desembocar en cualquier camino.

Una vez conducidos por el correcto, todavía encontramos sorpresas que, agazapadas, salen de manera dosificada para mantener el enigma hasta el final de la novela. Así pues, la amenidad nos acompaña durante toda la lectura.

Sin embargo no todo es diversión o pasatiempo en Mensajeros de la oscuridad; el título alude a lo tenebroso y, efectivamente, la protagonista-narradora se va introduciendo en un ambiente misterioso, impenetrable, peligroso; el fundamentalismo entra en juego. Es sabido que no hay nada peor que llevar las creencias al límite y confiar sin razonamiento alguno en lo que nos imponen; la persona deja de ser autónoma y queda cautiva, sin la libertad que nos aporta el pensamiento crítico. Esta es la realidad de las sectas, lideradas por mentes razonadoras que privan a sus integrantes de la libertad de pensamiento, convirtiéndolos en marionetas capaces de cometer atrocidades incluso autoinfligidas, como es el caso de esos mensajeros a los que Petra y Garzón intentan sacar de la oscuridad.

Además de la crítica a las sectas hay una sutil ironía hacia la sociedad que tenemos, una sociedad capaz de conceder importancia desmedida a cosas o asuntos que son superficiales, otra causa posible de la falta de crítica de sus habitantes.

...un gran establecimiento singular [...] el grueso eran las velas. Las había de todos tipos, formas y colores: velones decorativos, velas perfumadas, antimosquitos, antihumo, velitas de cumpleaños, velas de Navidad, especiales para Halloween, especiales de bodas y comuniones, velas con el escudo del Barça y otras con el del Madrid, resistentes cirios de jardín y guirnaldas de flores secas en las que se insertaban velas también [...] Garzón [...] dijo de pronto:
—Esta sociedad nuestra se va a ir al carajo de un momento a otro [...] hay algo que no va bien en un mundo donde uno puede comprar cuarenta tipos de una cosa superflua —añadió.

Y, unido a lo anterior, en ocasiones observamos algo de escepticismo con respecto a los valores del ser humano «Sólo puedo decirle que quien ve cómo son las cosas a su alrededor nunca puede ser completamente feliz».

El recelo se mezcla en ocasiones con una filosofía positiva respecto de los sentimientos más irracionales, de lo que se desprende un optimismo crucial ante el ser humano primario

—No olvides que estás en Oriente, Petra, no toda la lógica aquí proviene de las mismas fuentes.
Le miré atónita y él se echó a reír.
—¿Y con esa falta de fe en lo irracional eres capaz de quejarte por falta de experiencias insólitas? —soltó.
Me eché a reír yo también. Él estaba en lo cierto, cada uno obtiene sólo aquello que abarca con la mente, nada más.

Me gusta que, como pinceladas, aparezcan sugerencias de lo que puede ser importante para el ser humano. En el fondo, todos coinciden: el cura, el policía ruso, Alexander, Garzón, Petra... de vez en cuando nos recuerdan que somos personas y, por lo tanto, tenemos un componente del que no podemos olvidarnos si queremos ser felices, si no siempre, al menos por momentos: la imaginación.

Y me gusta, sobre todo, la personalidad de Petra Delicado, mujer que no llega a conocerse del todo hasta que Alexander le abre los ojos

La sensación que tienes es el resultado de darte cuenta de que no eres como creías ser: arriesgada, anárquica, amante de los cambios [...] ¿Has pensado que quizá tu verdadera naturaleza estriba en el orden, la inmovilidad, el racionalismo más absoluto?

Es este amante eventual quien llega a conocer a Petra perfectamente. Ella, como gran parte de mujeres de su época, que tuvieron que luchar por un puesto significativo en una sociedad paternalista (digámoslo con delicadeza) es, ante todo, competitiva, con ganas de triunfar en un ambiente en el que intuye no le van a dar demasiadas posibilidades si se confía, por lo que constantemente debe demostrar (a sí misma y a los demás) lo que vale. ¿Hasta cuándo? No importa, hasta caer rendida si hace falta «...Yo me voy a mi casa, necesito dormir un par de horas para no caer muerta. Después lo relevaré y descansará usted. Es el único modo que se me ocurre para poder resistir toda la noche».

La dureza de carácter de la inspectora es ficticia, Petra sale de casa con una máscara para no dar en ningún momento la impresión de que puede desfallecer, por eso refuerza esa severidad con el lenguaje, otro recurso que ha sido bien visto en el hombre y nada digno de una mujer «Estoy harta de la diplomacia, de dar buena imagen y de aparentar. Lo único que me interesa en este momento es acabar con ese jodido caso de una puta vez.»

Petra es capaz de bromear con su estado en desventaja, aunque no es más que otra técnica, en este caso para subrayar su condición humilde «—siempre lo he sido (mística) —contesté sonriendo, y mientras nos dirigíamos a la salida añadí—: ¡Pero nunca he tenido seguidores!» Esto no se lo cree nadie, ni siquiera ella misma, que es consciente de su valía, por eso no duda en tomar las riendas aun a costa de saltarse el protocolo. De alguna manera confía en su intuición, en sus ideas y en su capacidad para solucionar el caso «¿De qué tenéis miedo, decid de qué? me acerqué con gestos furibundos a la mesilla del instrumental y tomé un bisturí. Luego volví junto a Ivanov y, encarándome a los chicos, bramé: ¡¿Queréis ver en qué acaba vuestro profeta, queréis verlo?! ¡Pues adelante, un poco de justicia final para él!
Cogí el pene helado del muerto entre mis manos y de un tajo preciso, se lo rebané». ¡Mucha Petra!, a ella le gusta que tengan en cuenta su modo de actuar, que aprecien su valía mediante la ironía, el humor o la seriedad, da igual, lo importante es que la valoren «...si algún día me hace falta ayuda, pensaré en usted; ha demostrado tener muy buena mano para la disección».

Por eso le molesta que la pillen en un renuncio, así que «Antes de que me preguntara por las llamadas nunca respondidas, decidí atacar —¿Y cómo demonio se les escapó a ustedes Ivanov?»


Buen libro, de estilo ágil, divertido, con toques de humor, y reivindicativo del papel social de la mujer. Son diez casos los que componen la saga Delicado. Creo que leeré alguno más.