Leí
este libro de cuentos hace unos veinte años. No me acordaba bien de cada uno y,
como no tenía claro cuánto tiempo había pasado desde la lectura lo busqué en el
blog, inútilmente, y, sin buscarla, me apareció una reseña en Babelio denostando
su contenido. Me puse de tan mal humor que decidí volver a leerlo.
A
pesar de que algunos de los doce cuentos que lo componen están escritos por
encargo, se nota la mano del maestro, un genio del lenguaje y de la narrativa
que hasta ahora no ha sido superado. Ante esto, los mortales no podemos poner
una sola pega, quizás que no le concedieran el Premio Nobel pero, ya se sabe,
la política manda y Javier Marías no
tuvo nunca problemas para denunciar aquello que no le parecía bien del poder y
le daba igual quien gobernara, o que fuera central, autonómico o municipal. Más
allá de esto pocos autores (vivos o muertos) logran que su obra esté publicada
en más de catorce países. Así que reitero, sigue siendo el maestro.
Los doce cuentos son de extensión variada, algunos como el que da nombre al libro Cuando
fui mortal o Todo mal vuelve, Menos escrúpulos o Sangre de
lanza son casi novelas cortas. Otros, más reducidos contienen las
características de la narrativa corta, centrados en una trama, con pocos
personajes y alusiones a ellos de manera que fácilmente podemos hacernos una
idea pues sus descripciones, más allá de reproducir los estados de ánimo de los
protagonistas mantienen la tensión generada en la historia.
Los
personajes se van individualizando en el transcurso del relato, «La lanza era suya, traída unos años antes
como recuerdo de un viaje a Kenia y del que vino lamentándose, como de
costumbre […] de vez en cuando cedía al impulso de un capricho […] La mujer
estaba casi desnuda, con unas braguitas tan solo». El relato queda como una
puesta en escena que, al ir siendo detallado poco a poco, nos da la impresión
de encontrarnos ante diferentes secuencias de una película de la que no sabemos
el final.
El
desenlace se va labrando desde el principio y, aunque lo intuyamos, no estamos
seguros del giro que puede producirse, que ciertamente no se da en todos los
cuentos. En los doce hay un hilo conductor y es la expresión de los
sentimientos del narrador aunque a veces nos lleguen a través de la ironía con
cierto toque de humor, y otras mediante la intriga, pero siempre participan de
las características de la novela negra.
Indudablemente,
creo que en esta selección destaca el narrador como observador privilegiado;
podemos asegurar que es testigo de los hechos, aunque algunos los observe desde
un lugar inquietante. Esto hace que la realidad quede difuminada, de ahí que
tengamos la impresión de que en ocasiones divaga ante una existencia que parece
más un sueño. Que el narrador tenga un enfoque ocular, permite aflorar la
nostalgia en unos casos y el testimonio actual en otros.
Los
comienzos de los relatos son meramente anecdóticos «El domingo de Ramos casi todos mis amigos habían abandonado Madrid y
yo me fui a pasar la tarde al hipódromo». Pero según progresan se van transformando
en asombrosos o desasosegantes: «en ese
viaje no se quiere la intromisión de un extraño, aunque yo no fuera un extraño,
creo, para quien ya subía por las escaleras. Sentí un vacío y…» Y al final
todos terminan de forma abierta, aunque los espacios sean significativos de lo
que pueda ocurrir en cada uno de ellos. Eso es lo de menos, el lector se queda
con la impresión de que el protagonista puede actuar según lo previsto o no, «Di media vuelta y abrí la puerta para
marcharme. No contesté nada, pero me pareció recordar que sí».
Su
escritura, no cabe duda, es de gran rigor estilístico, ya sea en una novela
extensa, como Berta Isla o en un cuento cortito como No más amores; el pensamiento crítico aparece en sus líneas así
como la condición humana, por eso, sea el personaje que sea, empatizamos con
él: «la había hecho áspera y
reconcentrada a una edad en que esas características en una mujer ya no pueden
resultar intrigantes ni todavía objeto de broma y entrañables».
Los
lectores de Marías tenemos un reto con cualquiera de sus textos: desentrañar
las claves de su historia, algo que normalmente queda entre líneas. Debajo de
la frialdad de sus personajes se ocultan sentimientos; detrás de nimiedades se
hallan simples malentendidos causantes de comezón, tras el estilo desinhibido,
apasionado de la oración compuesta y largos fragmentos, encontramos normalmente
una historia concentrada en el último párrafo, como ocurre, por ejemplo En el viaje de novios.
Cuando fui mortal son doce relatos que no se pierden en
divagaciones. Apuntan certeros al problema que quiere comunicar su autor,
aunque en ocasiones tenga que exponer relaciones ambiguas o usar la memoria
como aquello que nos aporta nuestra identidad. El pasado es el que nos forma,
de ahí que no importen en su estilo, sino todo lo contrario, las repeticiones, «mi amiga Claudia […] una italiana amiga de
mi anfitriona Claudia, también italiana…».
Son
fundamentales también las hipérboles, que contribuyen a relajar la tensión
normalmente, «el lateral en que se hubiera
instalado habría quedado copado por su desmedida figura y descompensado, él a
solas frente a cuatro comensales pasando apreturas».
La
función metalingüística se agradece cuando nos enfrentamos a términos cultos,
que sin ella ralentizarían la lectura, «hija
de un viejo embajador misino (neofascista, es decir)».
La
inmediatez se logra cuando introduce los pensamientos del narrador en el
momento pasado en que los tuvo y que, nosotros, desde nuestro presente no
podremos saber si se cumplieron: «era la
primera vez que estaba en Sevilla, en viaje de novios con mi mujer tan
reciente, a mi espalda enferma, ojalá no fuera nada».
Los
recursos estilísticos son muy variados y ayudan al ritmo narrativo. Encontramos
paronomasias «y vi a la mujer mejor»,
derivados «me dio sin querer un codazo en
mi codo» y falsos derivados humorísticos «el almirante Almira (su predestinado e incompleto apellido)»,
deícticos personales «sus prismáticos
para ver… ya tenía los míos ante mis ojos», paralelismos «lo primero que vi de él fue […] Lo segundo
que vi fue…», explicaciones jocosas, por innecesarias, porque se entienden
perfectamente en el transcurso narrativo «llevaba
gemelos, quiero decir en los puños de la camisa», empleo de adjetivos
cultos pertenecientes a otro campo «el
pelo rubiáceo»; concatenación: «se
rascaba la espalda, se rascaba la cintura, la cintura era gruesa…»,
contacto directo con el lector «No sé si
contar lo que ocurrió recientemente a Custardoy […] Venga, voy a hacerlo»,
palabras en desuso, que el propio narrador avisa «aún no habían yacido, según la expresión anticuada», otras
pertenecientes al vocabulario técnico culto «la
voluntad de dolo» y otras que forman parte del lenguaje cotidiano o la
jerga «tugurios julaicos».
En
fin, una mezcla de estilo impecable en la forma y de tensión, realidad, sueño
en el fondo con los que señala el problema del éxito en la crítica literaria,
el problema del olvido, el problema de la escritura y las editoriales, la
inseguridad de aquellos que fueron víctimas de abuso infantil, las reflexiones
éticas que nos hacemos, el paso del tiempo capaz de borrar la importancia a
hechos injustos y graves, la tensión que generan algunas profesiones y el poder
del dinero.
Insuperable Marías en cualquier caso.
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