miércoles, 20 de marzo de 2024

COINCIDENCIAS

En este librito, formado por tres relatos, vemos la esencia de Rosa Montero. No debemos olvidar lo que hemos sido pues marcará lo que somos ahora y las circunstancias en las que nos encontramos. Pero la memoria acude a retazos, por lo que nuestra identidad, producto de esos recuerdos, puede estar afectada por ellos. Y el presente siempre se dirige a la muerte, que curiosamente aparecerá de forma reiterada en nuestra imaginación. Es decir, memoria, identidad, imaginación y muerte están conectadas.

La asesina de insectos expone dónde están los límites del compromiso. Dónde queda el papel del hombre y el de la mujer en el matrimonio, en la convivencia. Qué ocurre con el chantaje emocional de los egoístas, que por lo demás son vagos intentando dar pena para salir adelante.

El matrimonio supone un proyecto en el que, quienes lo forman deben implicarse. Si no ocurre así, está claro que fracasará y, vaya coincidencia, la mayoría de las veces es la mujer la que lleva las riendas, organiza, trabaja y alienta al hombre. Cuando esto ocurre sin reciprocidad, todo se viene abajo. ¿Por qué en estos casos es normalmente ella quien lleva la carga y además acusa una culpabilidad por no haber sabido alentar al marido?

Mujeres que viven una vida triste «de color panza de burra» porque no analizan sus emociones; si lo hicieran se darían cuenta de que pueden disfrutar de la existencia sin tener que cargar con parásitos abusones que desprecian todo aquello que supone un cambio en sus costumbres que, por otro lado, quedaron estancadas en la adolescencia. Parásitos que no han madurado, incapaces de darse cuenta de que son un lastre para aquellos que los rodean; o se dan cuenta y no les importa. Hacen daño a la mujer, culpándola de su propia inutilidad «Marina siempre detrás clavándose en su tímpano, Marina torturante y berbiquí». El rencor que sienten hacia la mujer envuelve en una mentira su existencia «Toda una vida con ella, contra ella» y la de quienes los rodean. Una vida tocada por la desesperanza que se convierte en mera subsistencia.

En El hombre de mis sueños también la mujer espera mejorar con un hombre. El sueño recurrente de ascenso en el ascensor es significativo. Pero en ese sueño hay un aviso inquietante, cuando el hombre va a estrangularla, ella despierta, «pero sé, con total certidumbre, que estoy muerta» y así somos las mujeres. Si nuestra autoestima está baja, podemos pensar que el contacto con un hombre nos solucionará la vida, arreglará nuestros problemas porque nos protegerá y amará como en las películas. De esta forma, una vez establecida la relación de dependencia, pocas veces se puede dar marcha atrás. Si se pone violento es por algo que hemos hecho, algo que lo ha enfadado, «temía que mi comportamiento de esta mañana le hubiera parecido propio de una loca furiosa» y a pesar de saber que su actitud no va a cambiar, continuamos a su lado, porque seguimos intentando vivir nuestra ficción, «Siempre me despierto en ese momento», como si en cualquier momento, llegado el peligro, pudiéramos retroceder. Pero hay que tener en cuenta que vivir en una mentira no puede traer nada bueno y Rosa Montero nos avisa de ello, «Como me suponía, ni trabaja allí ni le conoce nadie», porque aunque sepamos lo que nos espera esperamos que nuestro amor pueda cambiarlo. Y no. Los violentos no quieren a nadie.

El último relato, Parecía el infierno, pone sobre el papel las consecuencias que la envidia puede traer. En Los tiempos del odio, la autora ya trató la aversión como un sentimiento nacido de la envidia. En este relato, Violeta se encuentra en un infierno que curiosamente está formado por el sol abrasador y el agua de una cala profunda. Ella, tumbada en la arena, «veía el mar como una pared vertical […] que amenazaba con desplomarse sobre la playa». Violeta ha llegado a su propio infierno, que no es sino la envidia que siente hacia su prima Carolina y la vida que la rodea, «un cuerpo de revista, una carne atlética y tostada». El problema es que Violeta se siente sola; su madre se está muriendo y ella querría ser otra persona, como su prima, despreocupada, capaz de conseguir lo que se propone, incluso a Nicolás, el chico del que Violeta se había enamorado y pensaba que ella también le gustaba hasta que un día vio a Carolina y Nicolás juntos en el agua, «se agitaban los cuerpos con raros movimientos». La chica odia desde ese momento a todos, a Carolina y Nicolás por arrebatarle su sueño y al resto de amigos por burlarse de ella, así que esperará el momento en que, en una coincidencia que le brinda el destino, puede transformar esa cala en un infierno real aunque no para ella «…el sol calcinaba. Parecía el infierno, pero tan solo era una aburrida mañana de verano».

Al leer Coincidencias reflexionamos sobre cómo el amor puede transformarse en dolor. Marina Gálvez se ha visto abocada a una vida llena de penurias rutinarias que la ahogan. La protagonista de El hombre de mis sueños ni siquiera tiene nombre, vive instalada en una falsa realidad amorosa, un sueño que es solo de ella y que, por no saber salir de él para enfrentarse a la realidad, terminará causándole un dolor absoluto.

La frustración de Violeta la lleva al aislamiento, al desprecio hacia los demás y al dolor.

Son mujeres que sufren porque no se aman a sí mismas y, para darse cuenta de esto y ponerle solución, solo deben prestar más atención a sus sueños o deseos. La mayoría de veces al vernos en un sueño dejamos que nuestro inconsciente nos muestre nuestra personalidad o los rasgos que quisiéramos tener. Una vez despiertos, nuestra consciencia es la que nos guía para alertarnos de si se trata de experiencias pasadas o posibles o son meras advertencias. Para distinguir lo correcto abandonaremos un pensamiento lineal. Hemos de estar preparados para visualizarnos capaces. Solo así podremos convivir, al menos, con nosotros mismos.

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