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miércoles, 13 de marzo de 2024

ACERCA DEL ALMA

El concepto “alma” ha supuesto un enigma para mí durante toda mi vida. En el colegio nos hablaban de un alma espiritual que solo tenían los seres humanos y nos abandonaba al morir (hay pinturas que lo demuestran) para seguir viviendo libremente, incorpórea, por el cielo o abrasándose en el infierno esperando ocupar de nuevo nuestro cuerpo el día del juicio final, cuando adoptásemos forma corpórea eterna en un lugar u otro. Lejos de tranquilizarme, entré en shock. Llegué a pensar que el día de la resurrección supondría otro fin del mundo pues, que millones y trillones de hombres volvieran a él lo aplastarían sin duda. Como tantos misterios de la religión quedó sin resolver y con el tiempo fui asociando el alma a la personalidad de cada uno.

Al ver Acerca del alma, de Aristóteles, en Babelio, no lo dudé, opté por leer el primer tratado filosófico-psicológico a ver si me despejaba alguna duda.

Como siempre, estoy agradecida a esta página literaria que constantemente nos ayuda a leer. Y ahora, tras leer este libro, estoy más admirada, si es que eso fuera posible, de la inteligencia que, no solo Aristóteles, los intelectuales de hace más de dos mil años demostraron. ¿Cómo es posible que ahora se cuestionen menos conceptos que antes?

Este tratado, del siglo III a.C., influyó en la Escolástica Medieval y en el Humanismo Renacentista. Incluso hoy me ha hecho pensar.

Son tres libros. En el Primero, el Estagirita plantea los posibles problemas que puede acarrear el concepto de alma «Si se trata de una realidad individual, de una entidad […] si se encuentra entre los seres en potencia o más bien constituye una entelequia […] si es divisible…». Para analizar esto, Aristóteles va estableciendo una relación causa-consecuencia hasta llegar a la conclusión de que el alma es un afecto o sentimiento que puede influir en el cuerpo. Este afecto está formado por varias afecciones: encolerizarse, atemorizarse, apetecer… que no tendrían lugar sin una materia o cuerpo.

En este primer libro, Aristóteles analiza y rebate las teorías que sus coetáneos y antepasados realizaron sobre el alma. Considera que las hipótesis de Anaxágoras, Demócrito, Leucipo, Empédocles, Heráclito o Hipón son incompletas aunque todos están de acuerdo en que el alma tiene «movimiento, sensación e incorporeidad».

En realidad el alma no puede ser algo único, movible que pueda incidir en cualquier elemento porque está claro que lo que deja de moverse es un órgano del cuerpo y, al corromperse hace que desaparezca el alma, entendida en el hombre como intelecto. El intelecto no se corrompe con la vejez, es el cuerpo en el que se encuentra. El intelecto es lo que mantiene unidos a los elementos del alma. A cada órgano le corresponde un elemento. Es un todo formado por varias partes que hacen que sintamos, vivamos y nos movamos. Pero como hay plantas y animales que «viven aun después de haber sido divididos» podemos concluir que «cada parte del alma no es separable de las demás aunque el alma sea divisible».

Algo en esta teoría aristotélica nos recuerda al misterio de la Trinidad, lo que demuestra que la Iglesia, una vez más, partió de teorías paganas para conformar una religión.

El Libro Segundo está formado por doce capítulos en los que, tras rechazar las teorías existentes define el Alma como acto primero del cuerpo. Hay tres clases de alma: vegetativa. sensitiva e intelectiva (esta última solo del hombre). El alma puede actuar o mantenerse en potencia, es lo que se conoce como facultades del alma.

Una vez aclarado el problema, En el Libro Tercero afirma que el alma es la irrealidad de un cuerpo natural, organizado en facultades sensoriales (los cinco sentidos).

El alma y el cuerpo no son separables aunque sí lo sean algunas de sus partes «el alma es entelequia y forma de aquel sujeto que tiene la posibilidad de convertirse en un ser de un determinado tipo».

El alma posee cinco facultades: nutritiva, sensitiva, desiderativa, motora y discursiva. En algunos vivientes se dan todas, en otros solo una. El hombre las tiene todas. Estamos formados por aire, fuego, tierra y agua, por donde percibimos cualidades sensibles, aunque solo el agua y el aire sean órganos sensitivos, gracias a los cuatro todos podemos mover ciertas partes del cuerpo (por ejemplo hacer la digestión mediante el calor).

Todos los seres vivos poseen la función nutritiva. Es básica.

Las facultades están en potencia y pueden llegar a ser Actos cuando el sentido (órgano sensorial) perciba lo sensible. Pero cuando esos sensibles son muy agresivos (olor fuerte, sabor muy picante,…) pueden destruir el sentido que a su vez afectará a los otros órganos sensoriales. Tampoco es agradable para los sentidos la falta de lo sensible.

Los sensibles son el color, el sonido, el sabor… y los sentidos la vista, el oído, el gusto… Cada sensible es propio de un sentido y además tiene cualidades comunes a todos ellos (como el movimiento, el tamaño, la forma…).

El sentido más importante es el tacto; es el que aporta más inteligencia, «los de carne dura son por naturaleza mal dotados intelectualmente».

Todos los sentidos se dan en potencia (gusto – tacto…) y sus sensibles son el acto (gustable – tangible…).

Los sentidos permiten conocer sus sensibles cuando actúan pero hay una facultad que discierne todos los sensibles en el momento del acto. Es la sensibilidad; permite tener en cuenta todos los sensibles en potencia y, sin dividirse, discernir uno en el acto «no cabe ser blanco y negro a la vez».

Pero la sensibilidad no es inteligir, para llegar a ello hemos de enjuiciar aquella sensación percibida.

La imaginación son las imágenes que aparecen y se mueven cuando no funciona el intelecto, porque no hay o se nubla. Para discernir lo real de lo imaginado, de lo sensible, debemos razonarlo.

La inteligencia es la que analiza la información que dan los sentidos en conjunto. Esto es el alma, lo que es capaz de distinguir y reconocer alguna realidad. El alma es lo que hace que aparezca el sentido común, a través del cual distinguimos los sensibles que se dan en los diferentes sentidos.

El alma reside en el intelecto por lo que es inseparable del cuerpo. El alma es incorruptible pero la acción de entender se puede deteriorar; de ahí que podamos tener un alma corrompida.

Pues ya quisiéramos muchos, del siglo XXI, tener las cosas tan claras. Por mi parte, me ha quedado claro, por fin lo entiendo, que cuando decimos de alguien que no tiene alma, no es ni más ni menos que su intelecto está pervertido y es incapaz de razonar.

Habría que leer más a los clásicos, (sobre todo) en las escuelas.

miércoles, 26 de julio de 2023

AQUILES EN TIKTOK


He de agradecer de nuevo a Babelia, y su última edición de Masa Crítica, que me haya dado la oportunidad de reflexionar sobre la sociedad actual y los valores que la distinguen, así como qué virtudes son aplaudidas por los ciudadanos.

Cuando elegí leer Aquiles en TikTok pensaba que su autor analizaría las cualidades de este héroe griego e imaginaría su comportamiento en las redes sociales. Pero esto, en realidad, sería imposible porque el concepto de “ciudadano” ha cambiado completamente desde la Grecia Clásica hasta nuestros días. Eduardo Infante lo sabe, por eso nos recuerda que aunque se cuenten como ciudadanos los que viven en una ciudad, en realidad hay que aprender a serlo, «Nadie nace con las habilidades para ser ciudadano, eso es algo que se aprende con esfuerzo y ejercicio. Nadie delibera, discierne, juzga, dialoga, negocia, consensúa y argumenta de forma espontánea […] ¿Alguien imagina poder tocar el piano aprendiendo únicamente a identificar las partes del instrumento o su historia?».

Mientras leía este ensayo recapacitaba sobre cómo funcionan nuestras ciudades y sus habitantes. A poco que ahondemos da miedo pensar que muchos de aquellos que aspiran a representarnos no sólo no han aprendido a argumentar siquiera sino que se niegan a prepararse. ¿Cómo van a luchar por conseguir derechos elementales para todos, los que están dominados por el odio? ¿Los que se dejan llevar por el ansia de poder?

El autor llega a la conclusión de que vivimos en una sociedad infeliz porque no trabajamos para la común unidad sino para uno mismo, porque no buscamos asentar unos valores sino que priman los de usar y tirar. Hoy lo que se hizo o dijo ayer pertenece al pasado, hay que superarlo.

Los niños y adolescentes se dejan llevar por la notoriedad del momento; lo ven habitualmente en las redes y piensan que siguen a un vencedor y que haciendo lo mismo que él tendrán éxito. Es curioso, pero casi todos los que cuentan con más seguidores son los que no hacen nada que suponga un esfuerzo para el bien común. Esto es lo que prima en la sociedad actual y es difícil ser feliz cuando no hemos trabajado para serlo. Eduardo Infante recuerda la definición de felicidad que da Aristóteles y llega a la conclusión de que «Lo propio del hombre, lo que lo dignifica del resto de los seres vivos, es la capacidad para razonar su acción […] solo aquellos seres que pueden ofrecer razones pueden actuar movidos por razones». Esto es duro, no es fácil dotar de razón a todo lo que hacemos porque en muchos casos nos dejamos llevar por las emociones, algo que sí compartimos con otros seres vivos que demuestran compasión o temor. Infante recurre al Estagirita y recuerda que «Aquel hombre que desempeñe correctamente la función específica del ser humano debe ser considerado un hombre bueno». Nuestra conclusión es que si todos nos esforzamos en actuar razonando, en ser hombres buenos, llegaremos a construir una sociedad feliz.

La felicidad cuesta trabajo; no significa que obtengamos lo que queremos sin un mínimo de sacrificio, no significa que les demos a los niños lo que pidan sin exigirles que trabajen, porque lo que no supone esfuerzo no se valora y lo que no valoramos lo despreciaremos antes o después.

El autor hace una llamada a las metodologías actuales que «cuestionan los contenidos y la figura del docente, y prometen éxito». A la larga no darán resultado. Puede que el niño quede obnubilado por trabajar de forma independiente con las nuevas tecnologías, puede que se divierta con proyectos entretenidos, puede que se sienta imbatible con su aprendizaje autónomo… pero esto no es del todo real; los que hemos trabajado en la enseñanza hemos sido testigos de una caída angustiosa del rendimiento académico. Año tras año los contenidos van disminuyendo y la figura del profesor va siendo sustituida por otras formas de trabajo on line. El resultado es una cantidad alarmante de chicos descontentos que no saben bien cómo dirigir su vida y que, además, son incapaces de razonar, cuando llegan a adultos, qué ha ido mal.

Aquiles en TikTok nos muestra una sociedad que premia a los «idiotes», que no son sino aquellos que se desentienden de lo público para preocuparse solo de sus asuntos. Resulta curioso que hoy tengamos como modelo a quienes escalan en la sociedad sin esfuerzo, mintiendo o robando, y en la Grecia Antigua el modelo fuera Sócrates, un hombre cuya principal virtud fue la sabiduría y aun así pasó su vida intentando aprender cosas nuevas. Los ciudadanos atenienses valoraban «El valor mostrado en la violenta batalla de Potidea», «el ascetismo, la moderación y la resistencia […] en las duras noches de Tracia» y cómo defendía la democracia «con sus preguntas y su ironía en el Ágora». Sócrates quería la virtud para todos los ciudadanos; cree que la mayor virtud en una democracia es la tolerancia y está en el término medio. Nosotros deberíamos considerarlo.

Eduardo Infante nos recuerda que la felicidad hay que perseguirla durante toda la vida y es un camino fatigoso no apto para influencers que no nos pueden anunciar algo bueno, sino que ellos mismos son el anuncio; los influencers se deshumanizan al convertirse en publicidad y los seguidores también. La función del tiktoker es entretener, «retener, dominar»; «cuando dejamos que se nos entretenga perdemos el control de nuestra atención». Está claro que la sociedad actual ha cambiado el concepto de modelo y deberíamos replantear cómo entender la educación o la política y reflexionar lo que ocurre cuando lo que interesa no es crear una ciudadanía competente: «confrontación, la descalificación, la demagogia, el populismo, la posverdad, el linchamiento y un triste y largo etcétera». Da miedo; la historia ha vivido ya esta situación, ¿la estamos sufriendo de nuevo o estamos a tiempo de evitarla? ¿Podremos retomar el concepto de hombre ideal de la educación homérica? El autor recuerda que los padres podemos enseñar a los hijos a ser virtuosos con el trato afectivo; también los profesores, siguiendo al maestro, «Francisco Giner de los Ríos aprendió de Sócrates que, en la formación del carácter, el factor decisivo es la personalidad virtuosa de un maestro que educa, no con sermones, sino mediante el trato». Los niños imitan y no pueden hacerlo de un ordenador; con el uso desmedido de aparatos las emociones van desapareciendo y las habilidades para adquirir conocimientos complejos también, por falta de atención.

«No se trata de satanizar las pantallas, pero […] no son adecuadas para niños y adolescentes. Tampoco los automóviles son en sí una tecnología mala, pero nadie en su sano juicio pondría a un niño al volante».

Sería bueno que filósofos como Eduardo Infante tuvieran millones de seguidores actualmente, aunque solo fuera para no repetir errores del pasado.