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sábado, 15 de marzo de 2025

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

Es curioso cómo una novela escrita hace un siglo refleja una sociedad tan diferente en algunos aspectos y tan parecida a la actual. El lector de El árbol de la ciencia no permanece indiferente, enfadado en algunos momentos, sí; asombrado, también; apático, nunca. Pío Baroja deja que veamos en el protagonista, Andrés Hurtado, un alter ego de su personalidad sin miedo a que lo tachemos de asocial, hipersensible o incluso depresivo.

El joven Andrés estudia medicina en la capital y como gran observador actúa, como el propio Baroja, de cronista de su época. Leyendo esta novela somos conscientes de las preocupaciones culturales y estéticas que Hurtado-Baroja percibía ausentes en España. El protagonista vive, estudia y trabaja en Madrid, Valencia, País Vasco y un pueblo (inventado) fronterizo entre Castilla y Andalucía. Da igual, lo que predomina en todos sitios es el afán por el dinero de los poderosos —porque este les acarreará más poder—, el trato vejatorio que la sociedad da al pueblo —asumido con total normalidad— y la corrupción de los estamentos gubernamentales y eclesiásticos, que no dejan de sacar provecho de las injusticias y barbaridades. Baroja escribe con total libertad, con un estilo vivo, repleto de diálogos en los que los personajes se definen y donde el protagonista puede reflejar sus preocupaciones por la falta de cultura general. El tema principal de la novela es la importancia de la Ciencia para el progreso, y de la filosofía como medio de conocimiento del hombre.

Andrés está continuamente razonando sobre esto y es en la religión y la superstición donde ve el problema mayor que rodea a la sociedad y que es la base de determinadas costumbres que constriñen el desarrollo individual y de la comunidad. La higiene es fundamental, por ejemplo y, ante la falta de esta, Hurtado se obsesiona y la predica no solo como preventiva de enfermedades sino también como terapia.

Asimismo, ante la falta de interés por evolucionar, Andrés se va debilitando, cada vez está de peor humor, por lo que decide comer menos y hacer más ejercicio, algo que da resultado en su ánimo; sin embargo su fobia social va en aumento y debe abandonar el puesto que ocupaba de médico de higiene. No aguanta ser testigo del trato vejatorio que se daba a la mujer, a la que se prostituía y maltrataba con el beneplácito de la policía y de la Iglesia. Al aceptar otro trabajo, para atender a los pobres, su ánimo empeora. «Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar con el rico y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado».

Andrés Hurtado es un inadaptado. La amistad de su tío Iturrioz es la base de la novela para dialogar sobre el funcionamiento social, algo que entiende el protagonista pero no se ve capaz de cambiar; todos parecen haberse acomodado en su estatus y haber asumido su destino.

Las descripciones realistas, minuciosas del narrador pintan a personas y paisajes. Hurtado cree que la falta de trabajo intelectual animaliza al hombre, por lo que no hay solución; el ser humano es cruel, dañino; la amargura del protagonista se transforma en cinismo e ironía al caracterizar los hechos, «El español todavía no sabe enseñar; es demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo…».

El léxico descalificativo y las metáforas empequeñecedoras abundan en la descripción de personajes secundarios, que son quienes van conformando una sociedad defectuosa y una personalidad tímida y deprimida en el protagonista; personajes como el tío Garrota quien a pesar de participar en crímenes y maltratar a su mujer hasta que se suicida, sale en libertad porque no es él el que la mata directamente. El propio Hurtado, en contra de todo el pueblo, no permite que se le culpe por esa muerte. Andrés debe salir de allí; cuando llega a Madrid las cosas no mejoran pues, a pesar de conocer su valía, su amigo, Julio Arancil, le da de lado porque prefiere otro socio que aporte dinero.

Por otro lado, Fermín Ibarra, otro amigo, también le influye en su ánimo al decidir marcharse a Bélgica para trabajar en un taller, porque le fastidia la ignorancia de España, que «no habla más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza».

Lulú es quien más contribuye en la mejora de su carácter. Ambos se complementan y se quieren. El destino de Lulú será determinante para el protagonista.

Andrés Hurtado vive en una sociedad que no se cuestiona nada por miedo al cambio, a lo nuevo. El hombre, egoísta por naturaleza, es quien hace la sociedad dañina para el propio hombre, por eso solo funciona bajo la promesa de obtener paraísos como sea «Los semitas inventaron un paraíso materialista […] el cristianismo […] colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas […] ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos».

Baroja no se oculta para opinar; así, bajo la perspectiva de Hurtado expresa sus sentimientos, incluso sus esperanzas, «Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo». Pero el fracaso ante la ilusión es evidente; Baroja es realista y ve, con certeza, un futuro malogrado por todos aquellos que no quieren una renovación o la temen; Andrés se va quedando más solo, es un marginado en un mundo dominado por la corrupción.

Hemos llegado a ese futuro y asistimos, impotentes, al triunfo aplastante, humillante, cruel del poder

Hurtado no ve sentido a su existencia. El autor espera que hoy encontremos nuestro paraíso no en el árbol de la vida sino en el de la ciencia, para que la incultura no sea la que nos enmarque y deje de afectar a la educación social, intelectual, sexual.

Intentemos eliminar el pesimismo desmedido de Andrés «—¡Qué van ustedes hacer! ¡Es imposible! Lo único que pueden ustedes hacer es marcharse de aquí».

jueves, 14 de octubre de 2021

LA VERDAD IGNORADA

De nuevo tengo que agradecer a Babelio un regalo. Me llegó en la penúltima edición de Masa Crítica y, aunque estaba segura de que era bueno (Cátedra es una garantía y el autor, un erudito en literatura), no me esperaba el tesoro que contenía.

La verdad ignorada saca a la luz asuntos, detalles de ciertos autores (representantes de tantos hombres) que, a principios del siglo XX hubieron de luchar contra sus sentimientos, sus deseos más íntimos, para que no se notaran en una sociedad marcada por las reglas de la moral religiosa. Reglas que, además, no se aplicaban de la misma manera, pues siempre era un seguro pertenecer a la clase social alta y, sobre todo, moverse en círculos culturales. Aun así, escritores como Benavente sufrieron  maledicencias por parte de intelectuales de izquierda, el punto ácido de Gómez de la Serna salpicaba a todos, que veían la homosexualidad casi como un esnobismo.

Porque en realidad, en lo más hondo de la sociedad, se pensaba (aún hoy en ciertas esferas) que al homosexual se le pasaban sus deseos con una buena mujer a su lado que supiera atraerlo. De esta manera tantos matrimonios desgraciados, tantas vidas perdidas, tantos ánimos deprimidos y tanta ira de aquellos que no tuvieron libertad de expresión.

Emilio Peral Vega ahonda en nueve escritores que dejaron en su obra, más o menos de forma evidente, su preferencia sexual y los sufrimientos que les acarreó a pesar de que a algunos, como Álvaro Retama, no les importara pasar temporadas en la cárcel por escándalo público; otros como Benavente, se acogieron al régimen para estar más o menos protegidos y otros como García Lorca, tuvieron un final perpetrado por mentes cobardes y envidiosas.

El estudio se lleva a cabo en orden cronológico, de manera que el primero que aparece es el Premio Nobel Jacinto Benavente, triunfador social que, sin embargo, ocultó sus deseos en metáforas modernistas o en referencias veladas a la antigüedad tomadas de los poetas uranistas, un grupo de poetas ingleses que, entre 1850 y 1930, plasmaron de forma idealizada, en poemas conservadores, las relaciones que en la antigua Grecia tenían lugar entre hombres adultos y adolescentes.

A lo largo de su obra asistimos a la desilusión por no gozar de un amor verdadero, «Y al asomarse a tus ojos, mis ojos, / viste el fuego y no viste la luz»; probablemente por esto decidió en su madurez, como Pigmalión, contemplar la belleza del amor, «Yo gozo con sus goces / y sus besos, que para mí no son».

Asume el dolor sufrido en silencio y destapa su ira contra aquello que lo hizo diferente para su propia angustia y la ocasionada a su madre, «yo sé que Dios ha de perdonarme; / pero yo a Dios, no».

En su teatro, el autor establece atracciones homosexuales, aunque todo se resuelva al final de forma heterosexual. Adapta las relaciones ambiguas, o explícitas, que Shakespeare estableció en Noche de Reyes, a su Cuento de amor, advirtiendo que no se busque lógica, pues todo pertenece a la imaginación. También usa la lejanía temporal y espacial, en La sonrisa de la Gioconda, para que una cohorte de jóvenes dance en torno al Senex, a modo de la poesía uranista. El travestismo de nuestro teatro del Siglo de Oro también es una buena solución para enmascarar la verdad.

Y, por supuesto, las insinuaciones homosexuales del viejo Crispín al joven Leandro (Los intereses creados), se hacen como obligación que tiene cualquier criado para escalar socialmente «puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione a él y le eleve hasta su privanza».

Tristeza absoluta la de aquellos que no tuvieron libertad de palabra o de actuación y debieron hacerlo a través de sus personajes, «Mi arte fue un modo de vivir. Por eso fue tal vez mezquina expresión de mi vida»

Emilio Peral repasa la novela homoerótica de principios del siglo XX en tres autores probablemente no tan conocidos (la censura deja su huella), Antonio de Hoyos, Álvaro Retama y Alfonso Hernández Catá, para que seamos conscientes de las vueltas que tuvieron que dar si querían publicar. Los tres encarnaron la lucha contra los valores burgueses de la Restauración, satirizando una sociedad cerrada a los avances culturales europeos por causa de la Iglesia, la política o el sistema judicial. Autores que, preocupados por dotar al ser humano de identidad libre, tuvieron que disfrazar sus obras de misticismo o dotarlas del voyerismo surrealista que se impondría después o plagarlas de referencias mitológicas para, en El martirio de San Sebastián, encubrir las humillaciones y asesinatos cometidos con los homosexuales; marcar los sentimientos homoeróticos como prácticas depravadas en Locas de postín; o explicitar las autocensuras que los propios homosexuales se imponían para intentar evitar sus deseos en El ángel de Sodoma.

Tristeza absoluta que se deriva de una «existencia fracasada, alimentada por la culpabilización propia y ajena y condenada, por tanto, a una resolución fatal». A esta conclusión llega Peral Vega y parece que fue la misma a la que llegaron los Martínez Sierra. El autor de La verdad ignorada nos regala, al final del volumen, Sortilegio, obra de teatro inédita, firmada por el matrimonio, que representa cómo las vidas pueden echarse a perder por pecar de inocencia; es el caso de Paulina que, enamorada de Augusto, no quiere ver la homosexualidad de este a pesar de que no sea a ella sino a Francisco a quien dirija sus halagos, mientras que para ella tenga expresiones envueltas en el cariño más fraternal «hija», «mi niña». Por su parte Francisco sufre estoicamente el amor, no correspondido, que siente por Paulina. Beatriz, la madre de Augusto, arruinada, pretende casar a su hijo con Paulina, rica heredera.

En el segundo acto aparece un matrimonio raro, Augusto se aflige cada vez que deja a Paulina para ir en busca de Leonardo, su enamorado, y ella padece porque no quiere ver de dónde viene la falta de pasión de su marido. Cuando por fin él le dice que nunca sentirá nada sexual hacia ella, Paulina, tras pasar por una depresión-locura, intenta darle celos con Francisco, quien la rechaza pues sabe sus verdaderas intenciones, sabe la orientación sexual de Augusto y sabe que ella quiere utilizarlo. Augusto decide finalmente suicidarse para que Paulina pueda ser libre, ya que él había entrado en un círculo de “pecado” que no le permitía vivir sino dañando a quienes tenía a su alrededor.

Tragedia, indudablemente, que refleja el tormento sufrido por aquellos que se sentían diferentes y, lo que es peor, que la sociedad consideraba diferentes y no los aceptaba.

Alguien debería lleva a escena esta obra, pues aunque está escrita hace casi cien años, algunos siguen anclados en esa época.

En este estudio no podía faltar Federico García Lorca, quien del simbolismo europeo aprendió las posibilidades que ofrecían las fábulas para reflexionar sobre posiciones y vicios humanos. A los animales unió la simbología del color y la que se desprende de la Comedia del Arte italiana. Por supuesto, Shakespeare continúa siendo el maestro. Observamos cierto paralelismo entre Oberón (El sueño de una noche de verano) y Curianito (El maleficio de la mariposa) quien rechaza a su curianita enamorada para (travestido) acercarse a la mariposa que lo rechazará, provocando su suicidio. El deseo homoerótico, limitado al voyerismo, lo encontramos en El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Cuando Perlimplín se ve incapaz de satisfacer a su mujer, se traviste de joven, pero al ser consciente de que no va a poder seguir la farsa hace que Perlimplín joven mate a Perlimplín viejo.

En los Sonetos del amor oscuro también encontramos el tinte trágico que adquiere la oscuridad, asociada a la enfermedad de amor. La dependencia emocional está latente en Lorca y prevalecen los momentos de contrariedad y desamparo por la ausencia.

Comparto la opinión de Peral Vega en que Cernuda sea quien «expresó con mayor rotundidad, dignidad y contundencia el deseo homoerótico en el arranque del siglo XX». Empieza describiendo placeres onanistas para luego asistir con temor surrealista a la excitación, aunque finalmente sea en el fluir del verso libre donde mejor expresa el pesar que siente. Si los espacios cerrados impedían al poeta avanzar «El afán, entre muros / […] / sin ayer ni mañana», verá en las estrellas la esperanza de su libertad sexual, «donde mis ojos, estos ojos, / se despiertan en otros». Luis Cernuda va haciéndose fuerte y, aunque la realidad hostil atemoriza su orgullo, se ve capaz de destruirla «Abajo, estatuas anónimas / sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla». El poeta da comienzo al amor y da paso después a la tortura de la ausencia, al recuerdo y al olvido como única solución a la tristeza que lo embarga. Soledad, tristeza y poeta, términos que irán siempre juntos por ser «amor de justicia imposible».

Emilio Peral termina su recorrido del homoerotismo en la España de la preguerra civil con Eduardo Blanco-Amor, otro poeta homosexual, republicano que tuvo que afincarse en Buenos Aires, huyendo de la opresión que lo señalaba. Por una carta a García Lorca sabemos que fue en busca de un joven, que luego no le correspondió. Valiente a la hora de confesar sus sentimientos, no duda en desvelar escenas de masturbación, felación y «unión íntima de los dos cuerpos: … y los crujidos de tu carne tierna / te irán formando el alma en los adentros».

Sin embargo, la poesía de todos ellos, la literatura, queda cubierta por la melancolía del recuerdo, del deseo, de la opresión. Quizá por eso Blanco-Amor escribiera en un poema dedicado a su querido García Lorca, cuando supo de su muerte


Arcángel en tu nube nos esperas

en el portal del tiempo victorioso,

vivo en tu vida, más que nunca viva

Emilio Peral nos recuerda que no todo en la vida es blanco o negro, que no hay verdades absolutas y que los más bellos sentimientos pueden venir de todo lo que nos rodea.

viernes, 1 de enero de 2021

LA TRIBUNA

El 16 de septiembre de 1851 nació en La Coruña Emilia Pardo Bazán y falleció en Madrid el 12 de mayo de 1921. Se cumple pues el centenario de su muerte, por lo que este año desde Aurisecular la recordaremos dedicándole nuestro rincón de la memoria y por ello me apetecía que la primera crítica literaria de este 2021 fuese de una de sus novelas. He dudado con Los pazos de Ulloa que además, después del escándalo protagonizado por los Franco con otro pazo, resuelto favorablemente para el pueblo gallego, venía como anillo al dedo, pero no puedo resistirme a LaTribuna. Amparo ha sido mi debilidad desde que la leí de manera obligada para un trabajo de la Universidad. Vi en ella un reflejo de su autora pues ambas, a pesar de las adversidades de la época, supieron hacerse un hueco importante. Pardo Bazán no cabe duda de que ocupa uno de los lugares fundamentales en las letras universales. Demostró en todo momento que la mujer es capaz de hacer lo mismo que el hombre incluso en circunstancias hostiles, impensables para el género masculino. De hecho a los 14 años lee a Víctor Hugo quien le abre un mundo diferente. A los 16 se casa y tras tener hijos se separa. Funda la Biblioteca de la mujer. Es profesora de universidad, consejera de Instrucción pública. A pesar de todo, su situación en el ámbito cultural fue triste, despreciada por sus propios compañeros escritores que vieron en ella un peligro para su hombría.

Leí La Tribuna y vi en su autora a una intelectual moderna, así que la he releído y, si bien es cierto que algunos pasajes han quedado un tanto anticuados, en general la obra podría seguir ostentando el honor de representar al feminismo y a la mujer trabajadora. Un feminismo entendido desde la igualdad porque las cigarreras de la fábrica en la que trabaja Amparo solo exigen mejores condiciones laborales, tal y como ya vienen disfrutando los hombres.

Además, La Tribuna supone la primera novela en la que, en España, se utiliza la técnica naturalista. También Pardo Bazán es pionera en ir más allá del Realismo y convierte a su protagonista en una guía para que el lector descubra el entorno miserable de los suburbios frente a los lugares propios de la buena sociedad. Entre esos dos ambientes contrapuestos se levanta la fábrica de tabacos, un espacio totalmente cerrado que, también por contraste, supone una liberación para las cigarreras desde el momento en que se valoran como parte productiva de la sociedad.

Este trabajo y la relación amorosa que mantendrá con un militar hacen que la Tribuna crea que su suerte ha cambiado, que podrá formar parte de la burguesía y vivir con su enamorado para siempre. Sin embargo la sombra determinista planea sobre ella, así que engañada y traicionada no le queda otro recurso que convencerse de que el amor no iguala las clases sociales y la superación social es imposible.

El argumento se cuenta en tercera persona por un narrador omnisciente que relata la historia de Amparo, hija del barquillero Rosendo y una ex cigarrera, inválida, cuyas vidas se desarrollan, embrutecidas, en la más absoluta miseria «Ni miró la muchacha al señor Rosendo ni le dio los buenos días […] y mientras el barquillero encendía estrepitosamente los fósforos y los aplicaba a las virutas, la chiquilla se puso a frotar con una piel de gamuza el enorme cañuto de hojalata donde se almacenaban los barquillos».

La suerte de Amparo cambia cuando, entre el teniente Baltasar Sobrado y el capitán Borren, consiguen que entre a trabajar en la fábrica de tabacos. Al estallar la Revolución, Amparo insta a sus compañeras a apoyar la causa con tal pasión y eficacia que, por sus dotes de oradora, llega a ser conocida como «la Tribuna del pueblo». Enamorada de Baltasar y este atraído por ella, comienzan un noviazgo. Relación difícil pues no es bien vista en el barrio pobre y poco a poco el militar se va cansando de ella hasta que, cuando queda embarazada, la deja. Avergonzada, se vuelca en su quehacer político promoviendo con éxito una huelga en la fábrica. Con la llegada de La República decide, esperanzada, sacar a su hijo adelante.

Lo más importante de la novela es la crítica social «la mayor parte de los pobres no van a la escuela, solo aprenden a leer». Estamos en una sociedad que acepta las habladurías, que trata a la clase pobre como animales, que tolera las diferencias entre sexos, que deja para la mujer los asuntos religiosos mientras que la política es cosa de hombres, que no se plantea una igualdad entre clases sociales, o al menos un acercamiento, que el estamento militar es una institución que coarta la libertad de acción o palabra «soldado reenganchado calló primero por obediencia, luego por fatalismo y después por costumbre».

Emilia Pardo Bazán incluyó en La Tribuna toda una serie de técnicas literarias para reforzar su reprobación: El protagonismo obrero nos acerca a las condiciones de vida precarias suburbanas que se van agrandando con procedimientos naturalistas, recursos de los que se vale igualmente para establecer un paralelismo entre la apariencia física y el estatus social, «hijo de una lavandera de las cercanías. Jacinto, o Chinto, tenía facciones abultadas e irregulares, piel de un moreno terroso, ojos pequeños y a flor de cara; en resumen, la fealdad tosca de un villano feudal».

A través del naturalismo, la autora traza una sociología de la pobreza que se nos presenta animalizada y deforme: «Un elefancíaco enseñaba su rostro bulboso […] lleno de pústulas…».

La Tribuna, sin embargo, no es una novela social porque se preocupa más del retrato de los personajes que del problema. Mediante la técnica de la degradación en los datos físicos establece el carácter y puede ridiculizar o denunciar determinadas costumbres: «indirectas y burletas, subrayadas por la risa de sus labios flacos, por el fruncimiento de su hocico de roedor […] daba pie a la Comadreja para crucificarle a puras chanzas, para clavarle mil alfileres, para abrasarle».

Sin embargo la novela es un testimonio de la vida de las cigarreras y del pueblo humilde de Marineda (espacio ficticio de La Coruña) donde las operarias son cosificadas, con el objetivo principal de rebajarlas como seres humanos, hasta que ni siquiera gozan de individualismo pues todas forman «una enorme ensalada humana». Asimismo encontramos escenas cargadas de descripciones minuciosas que, aun resultando fruto de una documentada observación, recuerdan lo pintoresco del costumbrismo, «diríase que era la detonación de algún vergonzante petardo […] las tocatas de la banda de música, hecha pedazos de puro soplar himnos y más himnos patrióticos, se empequeñecían en el libre y anchuroso espacio, hasta semejarse al estallido de una docena de buñuelos al caer en el aceite hirviendo».

Es cierto que la novela refleja costumbres y personajes costumbristas, tipificados, pero por eso sobresale la manera en la que doña Emilia profundiza en la psique humana a través de Amparo. Su sistema de valores choca con los de su entorno, de ahí que percibamos en Amparo un reflejo de su autora. La Tribuna adquiere a lo largo de la trama un talante ético diferente que la dota de modernidad y la aleja de los arquetipos tradicionales. Amparo reclama el amparo para una clase social deprimida y para un sexo obligado por intereses masculinos. Amparo es el símbolo de toda una época, que alude a la independencia y justicia añoradas, y las reclama con orgullo y de manera constante, como Pardo Bazán reclamó en su momento lo que era de rigor para ella y para la mujer en general, «Pronta como un rayo, y con fuerzas que duplicaba la cólera, Amparo desbarató la encuadernada Biblia, hizo añicos las hojas volantes y lo disparó todo a la cara afilada del catequista».

En realidad la protagonista se siente atraída por la burguesía, quiere escalar socialmente, por eso en cuanto empieza a trabajar y luego a salir con Baltasar, los contactos con su familia son esporádicos. Va tomando seguridad en ella misma al sentirse valorada por un colectivo, logra una solidaridad en la fábrica inusual anteriormente, y consigue atraer con sus palabras a sus compañeras, «El taller entero se embelesaba escuchándola y compartía sus afectos y sus odios». El factor educacional queda relegado al razonamiento por eso la clase pobre debe leer, para pensar por sí misma y hacer frente a la dureza de la burguesía.

Lo que resaltamos aún hoy de La Tribuna es la importancia de la educación en la sociedad, una educación igual para todos. Pardo Bazán hizo desde esta novela un llamamiento al Estado para que asentara una serie de principios en la Educación, única vía posible para la igualdad y el desarrollo.

Más de cien años después y aún tantos problemas con la educación estatal… Algunos deberían madurar esta idea. O leer La Tribuna.