Es
curioso cómo una novela escrita hace un siglo refleja una sociedad tan
diferente en algunos aspectos y tan parecida a la actual. El lector de El
árbol de la ciencia no permanece indiferente, enfadado en algunos
momentos, sí; asombrado, también; apático, nunca. Pío Baroja deja que veamos en el protagonista, Andrés Hurtado, un alter ego de su personalidad sin miedo a
que lo tachemos de asocial, hipersensible o incluso depresivo.
El
joven Andrés estudia medicina en la capital y como gran observador actúa, como
el propio Baroja, de cronista de su época. Leyendo esta novela somos
conscientes de las preocupaciones culturales y estéticas que Hurtado-Baroja
percibía ausentes en España. El protagonista vive, estudia y trabaja en Madrid,
Valencia, País Vasco y un pueblo (inventado) fronterizo entre Castilla y
Andalucía. Da igual, lo que predomina en todos sitios es el afán por el dinero
de los poderosos —porque este les acarreará más poder—, el trato vejatorio que
la sociedad da al pueblo —asumido con total normalidad— y la corrupción de los
estamentos gubernamentales y eclesiásticos, que no dejan de sacar provecho de
las injusticias y barbaridades. Baroja escribe con total libertad, con un
estilo vivo, repleto de diálogos en los que los personajes se definen y donde
el protagonista puede reflejar sus preocupaciones por la falta de cultura
general. El tema principal de la novela es la importancia de la Ciencia para el
progreso, y de la filosofía como medio de conocimiento del hombre.
Andrés
está continuamente razonando sobre esto y es en la religión y la superstición
donde ve el problema mayor que rodea a la sociedad y que es la base de
determinadas costumbres que constriñen el desarrollo individual y de la
comunidad. La higiene es fundamental, por ejemplo y, ante la falta de esta,
Hurtado se obsesiona y la predica no solo como preventiva de enfermedades sino
también como terapia.
Asimismo,
ante la falta de interés por evolucionar, Andrés se va debilitando, cada vez
está de peor humor, por lo que decide comer menos y hacer más ejercicio, algo
que da resultado en su ánimo; sin embargo su fobia social va en aumento y debe
abandonar el puesto que ocupaba de médico de higiene. No aguanta ser testigo del
trato vejatorio que se daba a la mujer, a la que se prostituía y maltrataba con
el beneplácito de la policía y de la Iglesia. Al aceptar otro trabajo, para
atender a los pobres, su ánimo empeora. «Aquellos
desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar
con el rico y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado».
Andrés
Hurtado es un inadaptado. La amistad de su tío Iturrioz es la base de la novela
para dialogar sobre el funcionamiento social, algo que entiende el protagonista
pero no se ve capaz de cambiar; todos parecen haberse acomodado en su estatus y
haber asumido su destino.
Las
descripciones realistas, minuciosas del narrador pintan a personas y paisajes.
Hurtado cree que la falta de trabajo intelectual animaliza al hombre, por lo
que no hay solución; el ser humano es cruel, dañino; la amargura del
protagonista se transforma en cinismo e ironía al caracterizar los hechos, «El español todavía no sabe enseñar; es
demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los
profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo…».
El
léxico descalificativo y las metáforas empequeñecedoras abundan en la
descripción de personajes secundarios, que son quienes van conformando una
sociedad defectuosa y una personalidad tímida y deprimida en el protagonista;
personajes como el tío Garrota quien a pesar de participar en crímenes y
maltratar a su mujer hasta que se suicida, sale en libertad porque no es él el
que la mata directamente. El propio Hurtado, en contra de todo el pueblo, no
permite que se le culpe por esa muerte. Andrés debe salir de allí; cuando llega
a Madrid las cosas no mejoran pues, a pesar de conocer su valía, su amigo,
Julio Arancil, le da de lado porque prefiere otro socio que aporte dinero.
Por
otro lado, Fermín Ibarra, otro amigo, también le influye en su ánimo al decidir
marcharse a Bélgica para trabajar en un taller, porque le fastidia la
ignorancia de España, que «no habla más
que de políticos y de toreros. Es una vergüenza».
Lulú
es quien más contribuye en la mejora de su carácter. Ambos se complementan y se
quieren. El destino de Lulú será determinante para el protagonista.
Andrés
Hurtado vive en una sociedad que no se cuestiona nada por miedo al cambio, a lo
nuevo. El hombre, egoísta por naturaleza, es quien hace la sociedad dañina para
el propio hombre, por eso solo funciona bajo la promesa de obtener paraísos
como sea «Los semitas inventaron un
paraíso materialista […] el cristianismo […] colocó el paraíso al final y fuera
de la vida del hombre y los anarquistas […] ponen su paraíso en la vida y en la
tierra. En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son
prometedores de paraísos».
Baroja
no se oculta para opinar; así, bajo la perspectiva de Hurtado expresa sus
sentimientos, incluso sus esperanzas, «Con
nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo». Pero el fracaso ante la
ilusión es evidente; Baroja es realista y ve, con certeza, un futuro malogrado
por todos aquellos que no quieren una renovación o la temen; Andrés se va
quedando más solo, es un marginado en un mundo dominado por la corrupción.
Hemos
llegado a ese futuro y asistimos, impotentes, al triunfo aplastante,
humillante, cruel del poder
Hurtado
no ve sentido a su existencia. El autor espera que hoy encontremos nuestro
paraíso no en el árbol de la vida sino en el de la ciencia, para que la
incultura no sea la que nos enmarque y deje de afectar a la educación social,
intelectual, sexual.
Intentemos eliminar el pesimismo desmedido de Andrés «—¡Qué van ustedes hacer! ¡Es imposible! Lo único que pueden ustedes hacer es marcharse de aquí».
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