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sábado, 30 de marzo de 2019

EL SUEÑO DE LA RAZÓN



No cabe duda de que Berna González Harbour está consiguiendo el personaje redondo, perfecto. La profundidad psicológica con la que María Ruiz es tratada llega tan hondo que es ya como de la familia. Para lograrlo la autora utiliza una técnica que me parece totalmente acertada: dejar el final abierto; no en los casos que trata en la novela correspondiente, sino en la situación de esta comisaria. María Ruiz ha deambulado en diferentes entregas por Soria, Santander o Madrid para resolver, en cada una, el asunto que le mandan, como la muerte de un anciano a manos de su mujer, o el que se encuentra al visitar a un amigo y compañero del cuerpo. Precisamente será por actuaciones como la de Las lágrimas de Claire Jones, en las que al investigar saca a la luz la propia corrupción policial, por lo que la comisaria Ruiz está apartada del trabajo, suspendida, relegada en Madrid a la espera de su juicio. Pero a ella le da igual, no puede evitarlo, así al ser testigo de lo que parece un asesinato, decide investigar con los amigos que aún le quedan, porque intuye que no es un hecho aislado sino que tiene que ver con situaciones protagonizadas más por un demente que por una persona con mero instinto destructivo. Y así se introduce en El sueño de la razón con Luna y Nora, el antes y el ahora del periodismo, pero ambos igual de buenos y válidos, con sus compañeros Martín, Esteban y, aunque no lo sepa del todo, Tomás, y con Eloy, un okupa, menor de edad, amigo de Sara, la chica asesinada.

Entre todos refrescarán al lector, o pondrán en su conocimiento, datos sobre Goya, sobre sus Pinturas Negras, el porqué de su realización y, por supuesto, la consecuencia, el exilio del pintor, dejando en las paredes de la Quinta del Sordo las últimas de la serie.

María no puede investigar, está inhabilitada, sin placa, sin arma hasta que se celebre la vista de su juicio por desobediencia en el caso anterior, a pesar de resolverlo aun a costa de dejar en él casi su vida. Pero una detective como María no puede quedarse de brazos cruzados, así que en El sueño de la razón la veremos con vaqueros y camiseta y utilizando un medio de transporte que no le dará, en principio, ninguna ventaja, la bicicleta.

Sólo en bicicleta, desarmada, se enfrenta al asesino, un loco con ganas de figurar que se dedica a dar vida a los cuadros más famosos de las pinturas negras, para lo cual no le importa matar animales o personas y dejarlos en posiciones similares a las reflejadas en las obras.

Aunque todo se base en un pintor del siglo XIX, los conflictos que abordan las diferentes voces narrativas son totalmente actuales, la mala relación entre padres e hijos hasta el punto de que los menores se van de casa para vivir de okupas

Mientras se alejaba se preguntó cuántas veces habrían acompañado a Eloy ese padre directivo o esa madre ejecutiva y pija […] la vida tal vez se había convertido en una mierda para los niños especiales de Madrid.

El desprecio con que el gobierno (incluso el actual) trata a sus artistas, también es evidente, permitiendo que se vayan del país, es más, obligándolos a irse e intentando borrar cualquier vestigio de obras que son, o han podido resultar, inconvenientes pues hacen pensar al pueblo

En Londres alguien habría sacado brillo al sitio, habría puesto una taquilla y organizado recorridos y visitas infantiles en las que sumar estatuas a cambio de una estimulante puntuación final, pero en Madrid también podría haber sido peor.

El poder del pueblo, capaz de hundir a alguien basándose sólo en conjeturas sin profundizar o esperar a que los profesionales sean quienes juzguen, conformándose con lo dicho a los cuatro vientos por la prensa amarilla en programas de televisión, donde quienes participan en ellos no tienen la titulación o no ejercen su labor con rigor. Hay una crítica, un tanto velada, al sistema educativo «Los niños aquí se subían a los tanques en lugar de aprender historia imaginando fantasmas de la monarquía junto a un guía creativo, qué se le iba a hacer».

En El sueño de la razón también encontramos datos históricos, repartidos en pequeñas dosis que, no sólo no se hacen inapropiados en una novela negra sino que son fundamentales para conocer al asesino, su razón —o falta de ella— para actuar de esa manera, y para conocer algo más de esa época y la España que teníamos, «Fernando siempre había sido un insidioso, un felón, príncipe o rey, como Carlos IV había sido un tontorrón y su mujer, la reina María Luisa, una alegre manipuladora de formidable autoestima pese a su figura desgarbada y pronto avejentada» y aun aparecen críticas actuales, en las que quedan implicadas la monarquía, el gobierno y, sobre todo, los gobernantes ávidos de poder a costa de lo que sea: «A finales del XVIII […] los ilustrados propugnaban la verdad. Los Borbones y la Iglesia se aferraban al pasado. […] España volvía a quedar sumida en las sobras, era una historia repetida. Había ocurrido en 1814, en 1936 y a ratos volvían a refulgir señales desalentadoras en pleno siglo XXI».

Y, por supuesto, el tema del acomplejado por no ser igual al resto, el sentimiento de inferioridad que alguien, inválido por diferentes motivos, puede llegar a experimentar hasta el punto de desear romper con todos aquellos que le han mostrado cariño y que ahora pueden sentir pena. El miedo a desarrollar lástima en vez de amor puede llegar a anular a las personas, que se olvidan, o no, de lo que son capaces, a pesar de su invalidez porque en sociedad, en la pareja, “hay” que mantener una relación de igualdad «Que Tomás no quisiera verla a ella podría ser incluso comprensible, un hombre entero como él tan impedido en su cuerpo, y sobre todo en su amor propio».

Berna González no escatima a la hora de enlazar subtemas, todos importantes pues todos entroncan con el caso principal. De esta forma, cuando el asesino necesita esconderse en algún sitio, la autora no duda en elegir los túneles que recorren la M-30 actual y que sirvieron en el pasado para correrías de los Borbones y de Napoleón y hoy, aunque parezca increíble son utilizados como vivienda por los mendigos. Una probable llamada de atención a las autoridades para que solucionen los innumerables casos de pobreza que se dan en España en general y con mayor afluencia en las grandes ciudades, «ahí terminaba el túnel del que procedían, se ampliaba el espacio […] Debía ser una de las gigantescas cámaras de seguridad construidas en el subsuelo cuando se soterró la M-30 […] el suelo albergaba cartones amontonados sobre volúmenes indefinidos […] pequeñas moradas de seres que habían encontrado ahí, en el subsuelo, un hogar desvencijado».

Y hay aún otro tema, casi oculto pero al que no le hace falta exhibirse más; la envidia capaz de corromper a un país en el que el mediocre ansía los éxitos del que vale. Y no hay nada peor que un envidioso, porque nadie sabe hasta dónde puede llegar para que los demás no obtengan aquello que él no puede. «La universidad es el lugar más envenenado que puedas imaginar […] Cuando consigues una plaza te empiezan a odiar. Cuando publicas te siguen odiando. Cuando logras un contrato te hacen la vida imposible. Y ahora esto.»

Por último, los narradores van poniendo al tanto de las novelas anteriores, al menos para que el lector novel en los casos de la comisaria Ruiz sepa por qué actúa sola, por qué no puede ponerse en contacto con su equipo y a qué ha debido renunciar, como tantas mujeres, para ejercer bien su trabajo; de nuevo llamada de atención al gobierno para que la mujer no sea discriminada si quiere ser madre, ya que el hombre no tiene ese problema.

Fantástica novela que nos permite reflexionar sobre problemas actuales, problemas de los que mucha gente no es consciente porque cada vez se piensa menos, los jóvenes tienen menor capacidad de concentración y esfuerzo y se dejan llevar por los programas mediáticos que distraen con acrobacias, canciones o gritos —que no conversaciones—. Una pena porque, desde ese punto de vista, hemos avanzado poco desde la España crédula, supersticiosa e ignorante del siglo XIX.

Así pues, como toda buena novela policial, la realidad está presente y en ella aparece a modo de enigma, un horroroso crimen en el que el asesino es un terrible imitador de un célebre artista internacional, paradójicamente este artista fue humillado y denostado en su época, alguien no imitable. El conflicto se va complicando y el lector lo sigue a la perfección de la mano de la comisaria Ruiz. Nos vamos enterando al mismo tiempo que ella de las nuevas pistas, incluso en ocasiones nos hacemos las mismas preguntas antes de leerlas. La estructura de la novela es totalmente actual. Son cinco capítulos que comienzan con cinco entradas de un blog y que, cada una, contiene distintos apartados para que quedemos enterados de lo importante que rodea el caso: la casa de okupas La Dragona, el nuevo personaje Eloy, quien puede dar juego en otra novela dado su final abierto, el compañero y amigo Rodrigo Tesón, que testificará a favor de la comisaria Ruiz, el protagonista de los hechos, Yago y el final, su Casa de locos, donde entendemos las dudas que aún quedaban.

El argumento, la resolución de los crímenes y el por qué, son fundamentales, pero dado que los crímenes incluyen animales, personas de gran nivel cultural y otras de escaso entendimiento y recursos, las diferentes personas narrativas 1ª o 3ª ayudan a entender los hechos profundizando en el carácter de los personajes. El análisis psicológico está conseguido, incluso con escuetas descripciones o diálogos «Él siempre estaba silencioso y sereno en la cocina pelando patatas que había conseguido en algún desecho de supermercado […] por qué no vivía con esos padres y esa hermana —de los que, sin embargo, conservaba una foto desgastada en una pared de su habitación—».

Es curioso que en este caso sea precisamente la policía quien entorpezca la investigación de María, o no la llevan al mismo tiempo por la falta de comunicación requerida. No obstante, el equipo es eso, un equipo de amigos y todos estarán ahí para salvar a su jefa cuando ella lo requiera.

El lenguaje también es totalmente actual, coloquial, blog, okupa, twitter, whatsApp, en línea, gilipoyas. Aunque encontramos términos cultos, erróneos, voluptuosas, inhóspito, mentón, zozobra, felón. Léxico técnico, frescos, frenología, geolocalizar. Incluso americanismos: olor a chimbo.

La narración es muy buena, a veces mezcla pensamientos con los diálogos, consiguiendo una descripción anímica total del personaje. Otras veces pretende dar la misma importancia al contexto (fundamental en la novela) que a los personajes principales o al caso, para ello emplea con bastante fortuna paralelismos anafóricos:

Había un contexto.
Había una lección.
Había una inspiración.
Había un genio.

De esta forma el lugar, habitado por locos y mendigos se une a ese genio inspirador que terminó loco y arruinado y a los crímenes que se comenten en la actualidad, reflejo de los que Goya expuso en su arte.

Y en medio de tanto dolor, de tanta crueldad, el humor, la ironía, relajan, de cuando en cuando, la lectura, y nos sumergen en la sociedad actual con toda su diversificación:

“Todos somos Saramú. Abajo el heteropatriarcado” era la primera opción.
Y “Todos somos Saramú. Abajo el heteropatriarcado y la policía fascista” la segunda.

Aquello sí era nuevo. ¿Pelín machista? Creía que lo era entero, pero Nora tenía razón.

Tesón y Ruiz entraron en el primer sex-shop […] Había collares de terciopelo, otros de cuero con tachuelas e incluso de piel sintética para veganos.

Pues, no sé el resto de lectores, pero yo ya espero ansiosa la siguiente entrega.

jueves, 18 de octubre de 2018

MARGEN DE ERROR



Me gustaría comenzar la crítica de esta novela con una llamada de atención a la autora. Es cierto que ha pasado un año desde la última entrega de la saga de la comisaria María Ruiz. Ahora, que he leído la segunda, escrita en 2014, y que me he enterado de por qué Tomás quedó en ese estado en Las lágrimas de Claire Jones, de por qué murió, lógicamente, el comisario Carlos y de por qué María estaba destinada en Soria, necesito saber más de esta comisaria, de su vida privada y policial, así que, Berna González Harbour, estoy impaciente por leer la siguiente entrega de la comisaria Ruiz.

Para quien no haya leído ningún de las tres novelas que componen la saga (por ahora), diré que no es necesario hacerlo por orden, aunque, sobre todo, la vida personal de los personajes, si se hace de forma cronológica, va adquiriendo un sentido mucho mayor. Pero siempre hay algo, una digresión, un comentario, que va poniendo en situación al lector.

Conocí a González Harbour a través de Verano en rojo y me encontré con su protagonista, la comisaria María Ruiz, una de tantas heroínas que afortunadamente velan desde el anonimato por nosotros. Porque es cierto que es un personaje, que maneja con una soltura inigualable datos, atrevimiento y sensatez, pero dentro de esta ficción hay mucho de realidad. El áspero argumento de esta novela, y su resolución me sobrecogió de tal manera que leí la tercera, Las lágrimas de Claire Jones, y aunque las tramas son distintas ambas participan de un homenaje al buen periodismo, en el que la unión con el departamento policial es casi necesaria. Ambas dejan ver desde sus primeras páginas la crudeza de la novela negra; pero lo mejor es que los crímenes están motivados por situaciones totalmente actuales. Si la corrupción religiosa y la llamada a la importancia que tiene la infancia para tener después una madurez natural son las causas que facilitan Verano en rojo, la trata de blancas y la corrupción policial quedan al descubierto en Las lágrimas de Claire Jones. Así pues he leído la segunda, Margen de error. La tónica de la autora se mantiene, historias, en principio diferentes, que van convergiendo en una trama tan horrible y severa como la propia realidad, esa a la que se enfrentan, a costa de su propia integridad, aquéllos que dedican su vida a mejorarla.

El homenaje al buen periodismo continúa, ahí está Luna y los jóvenes que empiezan con ganas, sin miedo a que se desvele la verdad aunque sea a riesgo de perjudicarse ellos mismos.

En Margen de error se parte de una situación aparentemente sencilla, el suicidio de Héctor García, pero antes de dar el caso por cerrado, aparece, anticipándose a lo previsto, la comisaria María Ruiz, pues toma el alta médica sin deberlo ya que su bazo no está totalmente curado del caso que resolvió anteriormente. Ella se da cuenta de que hay algo anormal en ese suicidio, como así se lo hace saber la madre del muerto, la señora Lotusse, viuda de García que recuperó su apellido de soltera al morir éste.

Al investigar un poco más se da cuenta de que han sido numerosos suicidios de trabajadores pertenecientes a Petrole de France. Así pues la autora comienza exponiendo un caso basado en la realidad, ya que en 2009 se suicidaron en Francia 23 trabajadores que iban a ser despedidos de France Telecom. Aunque es ficción, en Margen de error hay toda una radiografía social: la crisis económica, la corrupción empresarial y el uso o mal uso de la tecnología.

Como en toda novela el argumento incluye un enigma, la propia acción policial, que requiere una minuciosa investigación y, por supuesto, la resolución del caso. Pero como es la novela negra de Berna González el enigma se va multiplicando. Hasta cuatro casos diferentes, todos con un enfoque realista salpicados de tintes sociales, políticos y urbanos, como los grupos violentos que pueblan la sociedad y practican el crimen organizado. En este caso son los albanokosovares quienes están dispuestos a lo que haga falta por enriquecerse. Pero no sólo ellos, el comportamiento y pensamiento de los personajes está tan detallado que es fácil adentrarse en la psicología de cada uno de ellos, de esta forma al lector no le resulta complicado centrarse en la estética violenta que pretende, la falta de escrúpulos ante familiares, niños o inocentes son los elementos que definen tanto al enigma como a la resolución.

Los hechos se presentan de forma lineal pero serán las analepsis o la acumulación de incógnitas las que saquen el enigma a la luz; enigma que poco a poco vamos uniendo al anterior hasta que los cuatro casos confluyan en el mismo.

La novela comienza con un monólogo interior, después sabremos de quién se trata. El informático de la policía, Tomás, se ve envuelto en un intento de suicidio, el de su amigo Gabriel Ros, algo que no le cuadra pues su mujer estaba a punto de dar a luz y ambos tenían una gran ilusión con el pequeño.

—¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé
—Parecíais felices ¿no lo sois?
—Creía que sí
—¿Os habéis peleado?
—No
—¿Algún lío en el trabajo?
—Nada que yo sepa
—Cuéntame qué ocurrió

Tomás era más que un aliciente para María y a ella le extraña, al incorporarse al trabajo, no saber nada de él; los compañeros no se atreven a decirle que está en coma pues cayó al vacío esposado su amigo Gabriel en el segundo intento de suicidio de éste. Así pues cuando María vuelve a la comisaría, sólo se encuentra con el presunto suicida, Héctor García, y como no ve claro este suceso, decide investigar el caso con su equipo. Este hecho, que cada vez resulta más imposible de mantenerse, queda por momento en segundo plano ante el secuestro de la hija de Carla, una amiga del periodista Luna a quien avisa Carla porque los secuestradores la han amenazado si la policía se entera.

Sabía muy bien de qué se trataba. Unos desalmados te metían velozmente en un capó […] allí un par de bestias te zurraban si llorabas o intentabas escapar, te arrojaban un bocadillo seco de cuando en cuando […] Después venían las curas, las cicatrices, las visitas al psicólogo, las pesadillas, las secuelas […] Pero lo que no había visto es que la persona arrojada a ese capó maloliente y oscuro fuese una niña, una pequeña de solo cinco años…

Sin embargo, como en la realidad, hay un fallo que permite tirar del hilo para enterarnos de la verdad. La madre de Héctor García e Irene Lotusse aparece asesinada en su casa cuando María va a verla paras hablar sobre su hijo. Al preguntar al portero se entera de que Irene es una alta ejecutiva de la empresa Petrole de France mientras que su hermano Héctor era uno de los conserjes que, además, justo antes de suicidarse se había comprado uno de los coches más lujosos de mercado.

La otra García Lotusse, la hermana que la había hecho salir cuando ella conversaba con su madre. La última visita que Ernesto había identificado antes del asesinato. Era imposible que una hija matara a su madre, pero acaso había tenido algo que ver.

Por otro lado Tomás descubre algo en los ordenadores de su amigo Gabriel Rey, que también trabajaba para la misma empresa y había tenido alguna relación con Irene Lotusse. La investigación que llevan a cabo Luna, el profesor de periodismo, Pascual y algunos estudiantes, los conducen, en el secuestro de la niña, hasta su propio padre, Fernando Giménez de la Vega, abogado y director del Plan Futuro de Petrole de France. Todos están relacionados con esa empresa y todos, a su vez, con Irene Lotusse, en realidad Irene García, pues ella no era hija de la señora Lotusse sino fruto de una aventura de su padre, quien la llevó a vivir con su mujer y hermanastro al morir la madre de ella.

Así pues, todo apunta a una persona y el móvil es el mismo, la ambición. Fantástica trama que mejora por el dinamismo que aportan los diálogos mezclados con el estilo indirecto libre o éste introducido en la narración, pues destaca la interiorización de las acciones del personaje, haciendo que su conciencia se nos revele desde la intimidad; sus sensaciones van quedando al descubierto «Recordó a su amigo ingresado, luego una voz ronca […] con una larga melena cayendo incontrolada sobre las transparencias de encajes […] “estás enfermo”».

Por otro lado, nos sólo analepsis nos ponen en situación, también hay prolepsis que anuncian aquello de lo que nos enteraremos más tarde, aunque no son adelantos del tiempo real sino de la escritura, pues aproximadamente todo ocurre en momentos parecidos:

—Lo siento, señores, lamento dejarles solos. Pero me tengo que ir… tenemos una emergencia —dijo mientras les daba la mano—. Les dejaré mi teléfono por si…
—No te apures chaval. La comisaria también nos ha dado su teléfono […]
… nadie le iba a impedir ver a Tomás, qué se habían creído […] A la Paz llegó en pocos minutos…

El dinamismo se hace más evidente al incrementar la tensión; una de las técnicas que el narrador, en tercera persona, utiliza para ello es la descripción de las acciones recíprocas que adelantan sucesos inevitables cuyas consecuencias se dejarán ver más adelante, aunque siempre traerán una sorpresa añadida «Le sacó una foto. Y otra. Tomó aliento […] Pulsó nerviosamente el clic de la cámara para inmortalizarle de frente cuando se dio cuenta de que, desde abajo, le llegaba el destello de otro flash».

El final de los capítulos, por supuesto, también mantiene la atención y la tensión del lector, que se va imaginando lo que ocurre al tiempo que lo van descubriendo los personajes; mientras tanto, las preguntas retóricas, los recuerdos de alguna conversación, decisiones que parecen impedir la pronta resolución, o la visión de la naturaleza vaticinadora van destinados a que no perdamos nada de vista y a integrarnos de lleno en la trama

«¿Qué contenía ese puñetero pendrive?»

«Volvió a repicar en su memoria “Mi hijo no se ha matado”»

«Luna le miró con cierta compasión. Pero no. No se lo iba a explicar»

«Dirigió su último vistazo a la luna, que en ese momento se vio cubierta por un nubarrón más lento y abigarrado y, tras cerrar definitivamente la ventana, se largó».

La novela se cierra con otro monólogo interior de quien la abrió; al finalizar de esta forma descubre a su vez un resquicio por donde continuar la siguiente entrega. Fantástica idea que, de nuevo, acrecienta las ganas del lector de seguir leyendo, de seguir la pista a esta comisaria ya su equipo. Efectivamente salió el último volumen de la saga el año pasado, como ya apuntamos antes, pero este también termina con posibilidades de continuar. Posibilidades que esperamos se hagan realidad muy pronto.

domingo, 3 de septiembre de 2017

VERANO EN ROJO



Fantástica la primera novela de la comisaria Ruiz. Intrigante principio que se va bifurcando en otros personajes con historias de pasados envueltos en dolor y dureza. Enigmático arranque que se va haciendo cada vez más misterioso porque cambian los escenarios, y el lector, apasionado, los sigue impaciente tanto o más que los protagonistas, hasta llegar sin decaer un solo momento al apoteósico final digno de una escritora de altura, como es Berna González Harbour.

Empecé leyendo el tercer libro de la saga y me encantó. Alguien muy querido me recomendó el primero y creo que lo he terminado en tres días, tal era mi pasión por saber lo que ocurría, no sólo al final sino tras cada capítulo, porque cada apartado de Verano en rojo es un acontecimiento. ¿Cómo es posible? La autora no da respiro al lector. En otras novelas buscaba, normalmente y siempre que podía, el final de una sección para dejar la lectura; con ésta no ha sido posible, el término de un episodio va ya enlazado con otro anterior, posterior, del mismo personaje, de otro diferente, en el mismo escenario o con un cambio abrupto, pero nunca se pierde el hilo. Berna González es una maga de la escritura y consigue que nos situemos siempre. En ningún momento he debido volver atrás para recordar algo.

Pues eso es lo que me ha vuelto a maravillar de esta escritora, su forma de contar la historia, una historia inclemente que, con lenguaje también duro, se lee sin herir sensibilidades aunque no quede en el tintero nada por contar, crueldades de la vida que retratan una sociedad totalmente actual, una sociedad podrida en muchos aspectos; González Harbour se ha atrevido y ha tocado uno de los intocables «Sólo Dios tiene el poder y la gloria de juzgar al hombre», ha denunciado a la Iglesia y sus incursiones en la pederastia, y ha abierto los ojos de muchos de nosotros al avisarnos de que una víctima presente puede convertirse en un asesino futuro.

Verano en rojo es una novela negra pero al mismo tiempo una crónica policial puesto que el asunto que trata está, tristemente, de plena actualidad. La novela está basada en hechos ocurridos en el pasado, que a su vez se remontan a tiempos más remotos y hoy todavía forman un tema presente. La autora saca su lado periodístico para recopilar los datos más importantes que rodean a las dos muertes ocurridas al mismo tiempo en lugares diferentes, Madrid y Santander, dos muertes relacionadas con un pasaje bíblico, «Entonces, los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos [...] y todos los cerdos se ahogaron en el lago (San Marcos, 5)», con abusos a menores y, por supuesto, chantajes.

El periodismo, el buen periodista, está presente y perfectamente retratado en Javier Luna, reportero que se introduce en un caso para profundizar en la noticia, contrastarla y tirar de lo que haga falta para denunciar. En el evento que nos ocupa encontramos en este tipo de periodismo un paralelismo absoluto con la labor policial; de hecho a veces no se distingue bien quién es quién «—y ambos ahogados —María comprobó una vez más que Luna tenía información— ¿Tal vez se me escapa algo más, comisario Luna? —Sí. Que fueron al mismo campamento. —Esta vez fue un golpe bajo, directo al estómago». Agradecemos que de vez en cuando nos recuerden que quedan periodistas cuyo fin es el trabajo bien hecho, que permanecen en el anonimato cuando en realidad son verdaderos héroes, reporteros que van siendo aplastados en nuestra sociedad por aquéllos que se conforman con sacar las miserias de supuestos famosos, que supuestamente no deberían de interesar a nadie y, sin embargo, ahí están, porque la mayoría es lo que pide (o lo que han obligado a que pida), la entrevista hueca que cuenta hasta lo más sucio de cada uno para que los critiquemos y pidamos más, demostrando lo morboso que puede llegar a ser el hombre, que detalla en ocasiones mezquindades suficientes para poder entrar en la cárcel aunque estén en lo más alto. Es el periodismo amarillo que se ha forjado cómodamente un hueco en nuestras vidas.

Berna González echa mano asimismo de su vena literaria y nos muestra maravillosas descripciones de una precisión absoluta, por lo que las imágenes acuden a la mente sin esfuerzo «El cura de la familia. Aquel de los mechones lacios sobre la calva, que había señalado al cielo para confiar en el regreso de Alejandro, como otros antes confiaron en el cielo para frenar el socialismo [...] El Padre Saturnino se dejaba caer por ahí, sin invitación alguna, y su madre se volvía loca para improvisar alguna comida más suculenta [...] Cuando alguna vez algún hermano que jugaba en la calle le veía llegar se lanzaba a correr... ¡Que viene el Padre Saturninooooo!... ese sacerdote viejo, de nariz y barbilla curvas, sotana negra y bastón, pariente de otros parientes».

Verano en rojo es una historia cruda, vibrante, con todas las características de la novela negra que, puede ser por la intervención periodística o por bastantes expresiones líricas, se lee con facilidad. La complicada historia se convierte en un argumento sin complicaciones a pesar de que los narradores van cambiando, se traslada el tiempo de acción o varía el foco de atención; los personajes se van alternando junto a sus pensamientos, sus acciones y espacios «Pero eso era cuando aún sabía mantener el tipo [...] Cuando aún llegaba a tiempo de curar a los pacientes. Cuando un joven policía aún no había desenfundado un arma para hacer algo muy distinto a lo que ella esperaba de él: introducir el cañón en su propia boca...»... Pues todo ello facilita que sigamos los pasos de Javier Luna, de la comisaria María Ruiz, del comisario Carlos Fuentes, de Tomás, Esteban y Martín. Todos trabajando unidos, a veces aunque no lo sepan ni ellos mismos, para realizar las pesquisas necesarias y resolver los asesinatos de Alejandro Sánchez y Samuel Gómez en condiciones algo inquietantes que se van transformando en macabras según nos vamos adentrando, para ir uniendo, al mismo tiempo, a los personajes con sus historias y su desgraciado final. Porque no hay nada más espeluznante que los actos de aquellos que se valen de la religión —cualquiera— para someter a los más débiles a sus impulsos, exigencias, neuras, o a sus instintos asesinos, sádicos o lujuriosos. Es la cara tenebrosa de la religión que tanto tiempo lleva saliendo a la luz pero, normalmente, de pasada. La autora manifiesta en Verano en rojo, de forma directa, lo que encontramos bajo algunas sotanas; bajo el aspecto melifluo y beatífico aparecen las ansias de poder —esas que el Magistral Fermín de Pas ya aportaba en 1884 en La Regenta—, aparece el instinto lascivo y el criminal.

La narración, a pesar de todos los cambios, fluye con naturalidad, con palabras precisas, sin aspavientos ni tabúes, incluso a veces con cierto toque de humor y siempre retratando con gran sensibilidad a todos los personajes; no encontramos superhéroes, aparecen personas normales, policías que pueden saltarse a la torera alguna ley porque la angustia y el celo al bienestar de las víctimas, a la justicia, puede más que cualquier otra cosa. Son policías pero ante todo son personas, como demuestran algunos de sus actos y las personificaciones que la autora realiza de sus pertenencias «Esteban encendió el enésimo cigarrillo con el anterior y se pasó otra vez la ley por donde solía al arrojar por la ventana la colilla encendida [...] El coche avanzaba sorteando obras y camiones con las sirenas al máximo, ya afónicas tras horas de presión».

De esta forma podemos introducirnos en un tema durísimo, que probablemente no resistiríamos en la vida real pero que aquí, en la ficción siempre nos mantiene alerta, con ganas de saber más. Una denuncia firme a esa Iglesia que confunde delito y pecado pensando que sólo Dios podrá perdonarlo «Limpiar, lavar, curar, volver a Dios ... Ese era el camino».


Férrea acusación que se une a una llamada de atención para que la sociedad se dé cuenta de la violencia a la que están sometidos muchos ciudadanos, abusadores, maltratadores que han sido en su infancia víctimas  de maltrato y de pederastia «pero el odio descarnado a la humanidad, o a cierta parte de la humanidad, empezó a revivir en su interior como una planta carnívora en un bosque tropical».

jueves, 10 de agosto de 2017

LAS LÁGRIMAS DE CLAIRE JONES



Demoledora la historia de Claire Jones; sus lágrimas también asoman a los ojos de todos aquellos que leemos la historia, lágrimas de dolor por las mujeres que se ven obligadas, desde el momento de nacer a ir cayendo en un pozo sin fondo del que no podrán salir. Imposible.

Lágrimas porque todos, en algún momento, nos hemos visto abocados a la falta de respiración por la ausencia de un ser querido que tenía, debía de estar a nuestro lado para darnos ánimo, para reñirnos, para sentir su apoyo, para no obedecerlo, para querernos, para hacer más llevadera la existencia...

La historia de Claire Jones es la historia de tantas niñas que, sin abandonar la ingenuidad ni la confianza en el ser humano se ven atrapadas de lleno en la sociedad más podrida que puede existir, amenazas, maltrato físico, maltrato psicológico, prostitución, engaño, robo, extorsión, asesinatos, violación, humillación,... y todo ello envuelto en un falso cariño, en la falsedad de que sólo existe ese tipo de vida.

A pesar de todo, Las lágrimas de Claire Jones es una historia que no puedes dejar de leer; sabes que el argumento no se va a arreglar, sabes lo que hay desde el principio y, sin embargo, la comisaria María Ruiz va tirando del hilo para, antes de llegar al final de la madeja desatar los nudos que va encontrando, nudos que se entremezclan con los de su historia personal hasta dar la impresión de que también para ella todo se acaba.

Y cuando el lector piensa que no es posible tanta desolación, tanta miseria, van apareciendo todos aquellos personajes que daban la sensación de no ser relevantes, de tener un papel secundario en la vida de María, y le hacen ver que no está sola, que el heroísmo de algunos se da en la vida real, porque están respaldados por gente que los quiere, por gente convencida de que hay que hacer justicia a costa de lo que sea y de que nadie, por muy importante que parezca debe quedar impune.

No había leído nada de Berna González Harbour, pero no quiero perderle la pista a esta escritora; como creadora de tramas de novela negra es fantástica, pero como narradora es insuperable. Sin necesidad de dar detalles demasiado escabrosos ha llegado a lo más escabroso del ser humano. Sin necesidad de profundizar demasiado en el mundo de la prostitución ha entrado de lleno traspasando la línea de lo moralmente admitido por la sociedad, y ha hecho que nos miremos en el espejo de Senior para encontrar la corrupción sabida y admitida, o en el espejo de Juana para reconocer el racismo y la deshumanización de ese primer mundo tan civilizado y tan asqueroso; por supuesto hemos cruzado al otro lado del espejo de Claire para sentir piedad por todas aquellas niñas que no han tenido otra opción en la vida que ser desvalidas, juguetes en manos peligrosas que terminan rompiéndose de la forma más brutal.

González Harbour sabe contar historias, además de ser buena periodista es una gran novelista. Ha creado a una nueva heroína real, aquella que confía en su instinto, que no cumple siempre las normas, que sabe ponerse una máscara cuando está ante los demás para no dar la impresión de que necesita ayuda, de que está sufriendo, aquella solitaria que no admite nada más en su vida porque en el fondo, el dolor que la rodea es insoportable, aquella que, como su creadora, es mujer, y honesta, y triunfadora, y fuerte, y luchadora, y sensible y, sobre todo, incorruptible. María Ruiz es la comisaria de nombre corriente, a la que acompañan un físico corriente y una personalidad arrolladora. Creo que ahí reside parte del éxito de la novela, la protagonista podría pasar desapercibida en cualquier lugar, pero no lo hace puesto que su fuerza interior es más potente que cualquier imagen o cualquier nombre. La otra parte, del éxito, es que los buenos policías contactan y trabajan con los buenos periodistas, profesión de la que Berna González lo sabe todo; y el binomio engancha.

Las descripciones son lo suficientemente detalladas para que podamos imaginar la trama íntegra, sin caer en la morosidad «María se mantuvo apartada sin dejar de apuntar la pistola hacia la cabina de la grúa. Varios marcos de puertas y piezas de chapa indefinida fueron amontonándose al lado de María. Él las dejaba caer con desorden, salpicándole del barro y agua acumulados, y ella se colocó a la distancia suficiente para no dejarse sepultar».

Formalmente la novela empieza con las impresiones de una mujer en el trayecto de un ferry y termina con la carta escrita en ese trayecto. El cuerpo central está formado por dos partes y un epílogo. La primera parte son 23 capítulos que plantean la situación, María Ruiz está destinada en Soria, un lugar donde no pasa nada. Hubo una muerte y alguna desaparición, ambas relacionadas. Es un castigo del Jefe de Policía en Madrid por meterse donde no la llaman, en el informe Limorti, del que él era un implicado. Presenta además al policía retirado en Santander, Carlos Fuentes, quien ayuda a María y muere tras poner en marcha las primeras investigaciones del asesinato de Claire Jones; y nos enteramos de que Tomas, compañero y amigo íntimo de María está en coma en un hospital de Ávila. Estos serán los espacios por donde la comisaria se desenvuelva hasta resolver el caso.

La segunda parte está formada por 37 capítulos más, que resuelven el caso. María, que se creía sola es ayudada por otros policías, Rodrigo Tesón, subdelegado del gobierno en Soria, Martín, joven agente que, desde Madrid sigue fiel primero a Carlos y luego a María, y Víctor, agente de Carlos en Madrid, que al ir a Santander al entierro de éste, se queda para ayudar en el caso; y dos periodistas, Luna y Nora. Aunque no son amigos, todos son buena gente, de la clase en la que se puede confiar y estrechar lazos de por vida, incluso dejarse ayudar, algo a lo que en principio María es reacia.

El tema es de total actualidad, la nueva trata de blancas «El burundanga se estaba extendiendo con permisividad en ciertos ambientes y además había usuarios que luego compartían sus vídeos de abusos en sus grupos de WhatsApp». Es el abuso bajo el supuesto de que todas las chicas que están en determinados lugares dan su consentimiento cuando en realidad son casi menores de edad que inconscientes de sus actos, bajo el efecto de determinadas drogas, son vejadas hasta la saciedad por aquéllos que deberían castigar estos hechos, la propia policía «No fue Marco Junior sino Marco Senior, su padre. Ese día estaba su padre, habían bebido bastante. A veces se les va la olla y se organizan un fiestorro. Cuando el padre quiere marcha, el hijo más bien se retira».

El argumento está escrito con analepsis traídas por el narrador de la forma más natural, mediante una conversación entre dos o más personas; son los personajes testigo que irán ayudando a María a elaborar los diferentes sucesos que conforman la historia de una familia maldita que, como no podía ser de otra manera, termina de la forma más trágica «A Camelia se le atragantó la voz [...] el joven Philip Wood [...] lo contó todo [...] Que Claire era su prima [...] Que investigaba a los cuáqueros [...] buscaba el paradero de Clarisa Jones [...] Su padre siempre había sospechado que Alexander Jones la había asesinado...»

Argumento delicado y valiente porque la trama se introduce en la ayuda que los cuáqueros ofrecieron a los republicanos de la postguerra, se introduce en el consumo de drogas que anulan sentidos y en altos mandos de la policía, corruptos, a los que María Ruiz se enfrentará superando cualquier miedo.

Las lágrimas de Claire Jones son las lágrimas de Clarisa y las de Juana, las lágrimas de Camelia, las lágrimas de Mary Jones y las de todas aquellas que desde jóvenes, o niñas, con dinero o sin medios para vivir con dignidad han sido engañadas con la ilusión de ser llevadas a un paraíso en el que van a vivir queridas, valoradas, protegidas, salvadas de la miseria y, sin embargo, terminan en el más horrible de los infiernos. Son las lágrimas de todas las mujeres que, aunque cueste creerlo, no tienen otra alternativa que la de amoldarse a sus dueños a expensas de lo que les apetezca, incluso su vida. Son las lágrimas de las esclavas de la época contemporánea. Pero también son las lágrimas de María, de Nora y de todas las que intentan impedir esa situación arriesgando no sólo su trabajo sino también su vida. Y son las lágrimas, ¿por qué no? de Carlos, de Martín, de Víctor, de todos lo que aun no siendo mujeres las entienden, las defienden, las protegen e intentan hacer justicia a pesar de las situaciones de cada uno. Así pues, Las lágrimas de Claire Jones es un homenaje a todos aquellos, policías, periodistas, gobernantes, que se valen de su puesto para hacer que prevalezca la justicia aunque ésta no se les aplique a ellos, aunque su vida privada quede reducida a la soledad, y la impotencia prevalezca sobre otras sensaciones.


Me quedo con esto. Porque el argumento es tan duro como el que vivimos en esta sociedad, corrupta en su mayoría; los gobernantes dan muestra de ello casi a diario. Una sociedad que no premia el esfuerzo de la carrera de fondo, la constancia, sino el sprint, el llegar a la meta cuanto antes. Pues en esta sociedad, en la que por supuesto el fin justifica cualquier medio, da alegría y esperanza el saber que hay personas que anteponen la justicia y la honradez a cualquier otro atributo.