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jueves, 23 de abril de 2020

TORRES DE MALORY. PRIMER CURSO



No suelo leer literatura infantil o juvenil, excepto cuando tengo dudas del contenido para recomendarla a mis peques o a mis alumnos. Ahora que lo pienso sí leo literatura infantil pero no la comento en el blog. El caso es que hoy es especial desde 1995 cuando la UNESCO propuso el 23 de abril como Día internacional del libro. En todo el mundo, este año con capital en Kuala Lumpur, se celebra el Día del Libro para homenajear no solo a Cervantes y Shakespeare sino a todos los escritores que consiguen hacer de nosotros mejores personas.

No saldremos a la calle a celebrarlo, no iremos a comer a un restaurante, pero cada uno, desde su casa, leeremos algo y nos sentiremos parte activa y agradecida de esta comunidad gigantesca.

Y hoy, como excepción, mi comentario literario es de novela juvenil, porque también hay pequeños héroes encerrados en casa demasiado tiempo y dándonos lecciones de cómo afrontar las dificultades. Esta entrada está dedicada a Marisa. Nos conocemos desde niñas, desde que éramos bebés. Un día, hace mucho tiempo, entré en su habitación y quedé maravillada ante tantísimos libros expuestos. Marisa no dudó, al ver mi entusiasmo, en dejarme uno de Enid Blyton, Las mellizas O’Sullyvan. A partir de entonces leí las colecciones completas de Santa Clara, Torres de Malory y Los cinco en un verano y quedé atrapada para siempre en la lectura.

Esta anécdota la cuento de vez en cuando a mi familia así que Antonio, antes del confinamiento, vio una nueva edición de Torres de Malory. Primer curso y me la compró para dármela hoy, pero el encierro y que he estado algo indispuesta hicieron que me lo diera antes. ¡Uno de los mejores regalos que me han hecho nunca! La edición es maravillosa. Está ilustrada con nuevos dibujos, actuales, totalmente significativos que denotan cómo son sus protagonistas y algunos lugares del recinto. Es una gozada pasar las páginas con una greca de flores que sigue a la numeración y subraya todos los últimos renglones. Al final hay, además, una relación con todos los libros agrupados por colecciones que la editorial RBA Molino ha sacado casi setenta años después de que se publicaran los originales. ¡Madre mía! Algo sí se nota el paso del tiempo, por ejemplo el internado es exclusivamente para chicas de clase alta (bueno, puede que algunos lo vean normal aun hoy); y las niñas aprenden natación (en una piscina de agua de mar), música, costura, entre otras materias como ciencias, lengua, literatura… ¡Pues no va a ser tan diferente!

No cabe duda de que Enid Blyton sigue siendo un referente en la literatura juvenil. Al leer, «—Hay un tren especial para Torres de Malory —dijo la señora Rivers—. Mira, ahí hay un aviso. Torres de Malory. Andén 7. Vamos». ¿Hay alguien a quien no le venga la imagen de Harry Potter cuando va a tomar el tren hacia Hogwarts? Seguro que a J.K. Rowling también le impactó algo de los internados de Blyton; al menos la solemnidad con la que se describen escenas donde se encuentran todos los habitantes del colegio «Las largas mesas del comedor estaban dispuestas, y las niñas habían empezado a sentarse, saludando a sus tutoras educadamente». No vamos a analizar la mayor o menor profundidad de los personajes o los temas. Son típicos. O tópicos, pero eso no es lo importante. Los personajes están marcados desde el principio. La protagonista es inteligente, divertida, honrada y, si algo varía en su comportamiento es para mejorar. El resto se divide entre las más inocentes, como Marie Lou, las malísimas como Gwendolyne o las buenas y listas que no lo demuestran por un problema surgido, como los celos que siente Sally hacia su hermana recién nacida. Nada que nuestra Darrell y su sensatez no sea capaz de solucionar. Todas, al final, caminan en un delicioso equilibrio hacia la madurez, de la mano firme de sus profesoras y el cariño de sus padres.

Realmente es una utopía, pero los chicos leen para soñar con lugares y compañeros ideales donde reine la felicidad y todo sea posible.

Destacaría las diferentes maneras que tenían los niños de mediados de siglo de afrontar la vida: No era un horror educarse fuera del ambiente familiar (siempre familias de estatus alto), todo lo contrario, quien no lo aceptaba debía hacerlo por seguir las convenciones sociales aunque supusiera un sacrificio emocional «¿Qué le había dicho su madre Esta noche te sentirás muy mal, cariño, ya lo sé, pero tienes que ser valiente».

Tampoco era un horror que alguna calificación bajase; no existía tanta competitividad como hoy, por lo que la educación era mucho más integral «Deberíais salir de aquí con la mente despierta, el corazón bondadoso y la voluntad de ayudar a los demás […] No me tomo como un éxito que las alumnas ganen becas y aprueben los exámenes con nota […] hemos tenido éxito con […] mujeres en las que el mundo puede apoyarse». Esto es bueno. Hoy los alumnos aprenden todas las tretas posibles para subir la nota como sea, lo de menos es si el medio utilizado es correcto o no. Importa que hay poca oferta para mucha demanda y solo sobrevivirán los primeros.

Es reconfortante que, en una novela, se les recuerde a los chicos el sacrificio que muchos hacen para que ellos salgan adelante «—Torres de Malory os dará mucho. ¡Tratad de devolverle algo a cambio! […] —¡Eso es exactamente lo que me dijo mi padre cuando se despidió de mí, señorita Grayling!». Está claro que la labor de un padre o de un profesor es educar pero no está mal que valoremos las enseñanzas y exterioricemos nuestro contento. Algo que me ha llamado la atención es la manera de dirigirse unos a otros en la relación. El adulto estaba a otro nivel, debía ser respetado ante todo y tratado siempre correctamente, mientras que él podía decir lo que pensaba, no existían términos tabú o políticamente incorrectos «—Dudo que entre las niñas de este trimestre haya alguna tonta […] Naturalmente, si no sois unas lumbreras y estáis a la cola de la clase, nadie os lo reprochará… Pero…».

Está claro que estamos ante una literatura didáctica; siempre se mencionan buenas normas de conducta o formas de actuar, así como nos recuerda que, en todo momento, el diálogo era la mejor opción para olvidar rencores y perdonar y que, por supuesto, solo nosotros podemos enmendar nuestros actos según los resultados obtenidos «—Pero […] estar avergonzada no ayuda a ser más valiente. Lo único que puede infundirle valor es ella misma». En fin, la lectura es amena, muchos diálogos consiguen que todo un trimestre en un internado, con acciones lógicamente repetidas, sea ágil en los planteamientos y resoluciones. Las travesuras son bastante inocentes, propias de la época, aunque hoy siguen llevándose a cabo: hacerse la sorda, la enferma, introducir bichos en el pupitre o romper una pluma… nada grave. Pero las profesoras siempre fomentan la sinceridad y repudian la acusación. Los adultos son capaces de resolver cualquier incidente sin necesidad de que las alumnas se delaten entre ellas «—¿Estás tratando de acusar a alguien? —le preguntó—. O dicho de otra manera, ¿de contarme algún chisme? Porque si es así, no cuentes conmigo».

Creo que aún hoy se puede leer Torres de Malory, por la trama aventurera, por los diálogos chispeantes, por el estilo ameno de sintaxis correcta y lenguaje cuidado, por el argumento cerrado que, no obstante, avisa de nuevas entregas y porque llena de calma y bienestar.

He pasado un tiempo fabuloso releyéndolo, recordando situaciones y sintiéndome agradecida con tantos que, a lo largo de mi vida, me han dado tanto. Ojalá pueda devolverlo en algún momento. ¡Gracias Marisa! ¡Feliz Día del libro a todos!



jueves, 18 de octubre de 2018

MARGEN DE ERROR



Me gustaría comenzar la crítica de esta novela con una llamada de atención a la autora. Es cierto que ha pasado un año desde la última entrega de la saga de la comisaria María Ruiz. Ahora, que he leído la segunda, escrita en 2014, y que me he enterado de por qué Tomás quedó en ese estado en Las lágrimas de Claire Jones, de por qué murió, lógicamente, el comisario Carlos y de por qué María estaba destinada en Soria, necesito saber más de esta comisaria, de su vida privada y policial, así que, Berna González Harbour, estoy impaciente por leer la siguiente entrega de la comisaria Ruiz.

Para quien no haya leído ningún de las tres novelas que componen la saga (por ahora), diré que no es necesario hacerlo por orden, aunque, sobre todo, la vida personal de los personajes, si se hace de forma cronológica, va adquiriendo un sentido mucho mayor. Pero siempre hay algo, una digresión, un comentario, que va poniendo en situación al lector.

Conocí a González Harbour a través de Verano en rojo y me encontré con su protagonista, la comisaria María Ruiz, una de tantas heroínas que afortunadamente velan desde el anonimato por nosotros. Porque es cierto que es un personaje, que maneja con una soltura inigualable datos, atrevimiento y sensatez, pero dentro de esta ficción hay mucho de realidad. El áspero argumento de esta novela, y su resolución me sobrecogió de tal manera que leí la tercera, Las lágrimas de Claire Jones, y aunque las tramas son distintas ambas participan de un homenaje al buen periodismo, en el que la unión con el departamento policial es casi necesaria. Ambas dejan ver desde sus primeras páginas la crudeza de la novela negra; pero lo mejor es que los crímenes están motivados por situaciones totalmente actuales. Si la corrupción religiosa y la llamada a la importancia que tiene la infancia para tener después una madurez natural son las causas que facilitan Verano en rojo, la trata de blancas y la corrupción policial quedan al descubierto en Las lágrimas de Claire Jones. Así pues he leído la segunda, Margen de error. La tónica de la autora se mantiene, historias, en principio diferentes, que van convergiendo en una trama tan horrible y severa como la propia realidad, esa a la que se enfrentan, a costa de su propia integridad, aquéllos que dedican su vida a mejorarla.

El homenaje al buen periodismo continúa, ahí está Luna y los jóvenes que empiezan con ganas, sin miedo a que se desvele la verdad aunque sea a riesgo de perjudicarse ellos mismos.

En Margen de error se parte de una situación aparentemente sencilla, el suicidio de Héctor García, pero antes de dar el caso por cerrado, aparece, anticipándose a lo previsto, la comisaria María Ruiz, pues toma el alta médica sin deberlo ya que su bazo no está totalmente curado del caso que resolvió anteriormente. Ella se da cuenta de que hay algo anormal en ese suicidio, como así se lo hace saber la madre del muerto, la señora Lotusse, viuda de García que recuperó su apellido de soltera al morir éste.

Al investigar un poco más se da cuenta de que han sido numerosos suicidios de trabajadores pertenecientes a Petrole de France. Así pues la autora comienza exponiendo un caso basado en la realidad, ya que en 2009 se suicidaron en Francia 23 trabajadores que iban a ser despedidos de France Telecom. Aunque es ficción, en Margen de error hay toda una radiografía social: la crisis económica, la corrupción empresarial y el uso o mal uso de la tecnología.

Como en toda novela el argumento incluye un enigma, la propia acción policial, que requiere una minuciosa investigación y, por supuesto, la resolución del caso. Pero como es la novela negra de Berna González el enigma se va multiplicando. Hasta cuatro casos diferentes, todos con un enfoque realista salpicados de tintes sociales, políticos y urbanos, como los grupos violentos que pueblan la sociedad y practican el crimen organizado. En este caso son los albanokosovares quienes están dispuestos a lo que haga falta por enriquecerse. Pero no sólo ellos, el comportamiento y pensamiento de los personajes está tan detallado que es fácil adentrarse en la psicología de cada uno de ellos, de esta forma al lector no le resulta complicado centrarse en la estética violenta que pretende, la falta de escrúpulos ante familiares, niños o inocentes son los elementos que definen tanto al enigma como a la resolución.

Los hechos se presentan de forma lineal pero serán las analepsis o la acumulación de incógnitas las que saquen el enigma a la luz; enigma que poco a poco vamos uniendo al anterior hasta que los cuatro casos confluyan en el mismo.

La novela comienza con un monólogo interior, después sabremos de quién se trata. El informático de la policía, Tomás, se ve envuelto en un intento de suicidio, el de su amigo Gabriel Ros, algo que no le cuadra pues su mujer estaba a punto de dar a luz y ambos tenían una gran ilusión con el pequeño.

—¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé
—Parecíais felices ¿no lo sois?
—Creía que sí
—¿Os habéis peleado?
—No
—¿Algún lío en el trabajo?
—Nada que yo sepa
—Cuéntame qué ocurrió

Tomás era más que un aliciente para María y a ella le extraña, al incorporarse al trabajo, no saber nada de él; los compañeros no se atreven a decirle que está en coma pues cayó al vacío esposado su amigo Gabriel en el segundo intento de suicidio de éste. Así pues cuando María vuelve a la comisaría, sólo se encuentra con el presunto suicida, Héctor García, y como no ve claro este suceso, decide investigar el caso con su equipo. Este hecho, que cada vez resulta más imposible de mantenerse, queda por momento en segundo plano ante el secuestro de la hija de Carla, una amiga del periodista Luna a quien avisa Carla porque los secuestradores la han amenazado si la policía se entera.

Sabía muy bien de qué se trataba. Unos desalmados te metían velozmente en un capó […] allí un par de bestias te zurraban si llorabas o intentabas escapar, te arrojaban un bocadillo seco de cuando en cuando […] Después venían las curas, las cicatrices, las visitas al psicólogo, las pesadillas, las secuelas […] Pero lo que no había visto es que la persona arrojada a ese capó maloliente y oscuro fuese una niña, una pequeña de solo cinco años…

Sin embargo, como en la realidad, hay un fallo que permite tirar del hilo para enterarnos de la verdad. La madre de Héctor García e Irene Lotusse aparece asesinada en su casa cuando María va a verla paras hablar sobre su hijo. Al preguntar al portero se entera de que Irene es una alta ejecutiva de la empresa Petrole de France mientras que su hermano Héctor era uno de los conserjes que, además, justo antes de suicidarse se había comprado uno de los coches más lujosos de mercado.

La otra García Lotusse, la hermana que la había hecho salir cuando ella conversaba con su madre. La última visita que Ernesto había identificado antes del asesinato. Era imposible que una hija matara a su madre, pero acaso había tenido algo que ver.

Por otro lado Tomás descubre algo en los ordenadores de su amigo Gabriel Rey, que también trabajaba para la misma empresa y había tenido alguna relación con Irene Lotusse. La investigación que llevan a cabo Luna, el profesor de periodismo, Pascual y algunos estudiantes, los conducen, en el secuestro de la niña, hasta su propio padre, Fernando Giménez de la Vega, abogado y director del Plan Futuro de Petrole de France. Todos están relacionados con esa empresa y todos, a su vez, con Irene Lotusse, en realidad Irene García, pues ella no era hija de la señora Lotusse sino fruto de una aventura de su padre, quien la llevó a vivir con su mujer y hermanastro al morir la madre de ella.

Así pues, todo apunta a una persona y el móvil es el mismo, la ambición. Fantástica trama que mejora por el dinamismo que aportan los diálogos mezclados con el estilo indirecto libre o éste introducido en la narración, pues destaca la interiorización de las acciones del personaje, haciendo que su conciencia se nos revele desde la intimidad; sus sensaciones van quedando al descubierto «Recordó a su amigo ingresado, luego una voz ronca […] con una larga melena cayendo incontrolada sobre las transparencias de encajes […] “estás enfermo”».

Por otro lado, nos sólo analepsis nos ponen en situación, también hay prolepsis que anuncian aquello de lo que nos enteraremos más tarde, aunque no son adelantos del tiempo real sino de la escritura, pues aproximadamente todo ocurre en momentos parecidos:

—Lo siento, señores, lamento dejarles solos. Pero me tengo que ir… tenemos una emergencia —dijo mientras les daba la mano—. Les dejaré mi teléfono por si…
—No te apures chaval. La comisaria también nos ha dado su teléfono […]
… nadie le iba a impedir ver a Tomás, qué se habían creído […] A la Paz llegó en pocos minutos…

El dinamismo se hace más evidente al incrementar la tensión; una de las técnicas que el narrador, en tercera persona, utiliza para ello es la descripción de las acciones recíprocas que adelantan sucesos inevitables cuyas consecuencias se dejarán ver más adelante, aunque siempre traerán una sorpresa añadida «Le sacó una foto. Y otra. Tomó aliento […] Pulsó nerviosamente el clic de la cámara para inmortalizarle de frente cuando se dio cuenta de que, desde abajo, le llegaba el destello de otro flash».

El final de los capítulos, por supuesto, también mantiene la atención y la tensión del lector, que se va imaginando lo que ocurre al tiempo que lo van descubriendo los personajes; mientras tanto, las preguntas retóricas, los recuerdos de alguna conversación, decisiones que parecen impedir la pronta resolución, o la visión de la naturaleza vaticinadora van destinados a que no perdamos nada de vista y a integrarnos de lleno en la trama

«¿Qué contenía ese puñetero pendrive?»

«Volvió a repicar en su memoria “Mi hijo no se ha matado”»

«Luna le miró con cierta compasión. Pero no. No se lo iba a explicar»

«Dirigió su último vistazo a la luna, que en ese momento se vio cubierta por un nubarrón más lento y abigarrado y, tras cerrar definitivamente la ventana, se largó».

La novela se cierra con otro monólogo interior de quien la abrió; al finalizar de esta forma descubre a su vez un resquicio por donde continuar la siguiente entrega. Fantástica idea que, de nuevo, acrecienta las ganas del lector de seguir leyendo, de seguir la pista a esta comisaria ya su equipo. Efectivamente salió el último volumen de la saga el año pasado, como ya apuntamos antes, pero este también termina con posibilidades de continuar. Posibilidades que esperamos se hagan realidad muy pronto.

domingo, 3 de septiembre de 2017

VERANO EN ROJO



Fantástica la primera novela de la comisaria Ruiz. Intrigante principio que se va bifurcando en otros personajes con historias de pasados envueltos en dolor y dureza. Enigmático arranque que se va haciendo cada vez más misterioso porque cambian los escenarios, y el lector, apasionado, los sigue impaciente tanto o más que los protagonistas, hasta llegar sin decaer un solo momento al apoteósico final digno de una escritora de altura, como es Berna González Harbour.

Empecé leyendo el tercer libro de la saga y me encantó. Alguien muy querido me recomendó el primero y creo que lo he terminado en tres días, tal era mi pasión por saber lo que ocurría, no sólo al final sino tras cada capítulo, porque cada apartado de Verano en rojo es un acontecimiento. ¿Cómo es posible? La autora no da respiro al lector. En otras novelas buscaba, normalmente y siempre que podía, el final de una sección para dejar la lectura; con ésta no ha sido posible, el término de un episodio va ya enlazado con otro anterior, posterior, del mismo personaje, de otro diferente, en el mismo escenario o con un cambio abrupto, pero nunca se pierde el hilo. Berna González es una maga de la escritura y consigue que nos situemos siempre. En ningún momento he debido volver atrás para recordar algo.

Pues eso es lo que me ha vuelto a maravillar de esta escritora, su forma de contar la historia, una historia inclemente que, con lenguaje también duro, se lee sin herir sensibilidades aunque no quede en el tintero nada por contar, crueldades de la vida que retratan una sociedad totalmente actual, una sociedad podrida en muchos aspectos; González Harbour se ha atrevido y ha tocado uno de los intocables «Sólo Dios tiene el poder y la gloria de juzgar al hombre», ha denunciado a la Iglesia y sus incursiones en la pederastia, y ha abierto los ojos de muchos de nosotros al avisarnos de que una víctima presente puede convertirse en un asesino futuro.

Verano en rojo es una novela negra pero al mismo tiempo una crónica policial puesto que el asunto que trata está, tristemente, de plena actualidad. La novela está basada en hechos ocurridos en el pasado, que a su vez se remontan a tiempos más remotos y hoy todavía forman un tema presente. La autora saca su lado periodístico para recopilar los datos más importantes que rodean a las dos muertes ocurridas al mismo tiempo en lugares diferentes, Madrid y Santander, dos muertes relacionadas con un pasaje bíblico, «Entonces, los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos [...] y todos los cerdos se ahogaron en el lago (San Marcos, 5)», con abusos a menores y, por supuesto, chantajes.

El periodismo, el buen periodista, está presente y perfectamente retratado en Javier Luna, reportero que se introduce en un caso para profundizar en la noticia, contrastarla y tirar de lo que haga falta para denunciar. En el evento que nos ocupa encontramos en este tipo de periodismo un paralelismo absoluto con la labor policial; de hecho a veces no se distingue bien quién es quién «—y ambos ahogados —María comprobó una vez más que Luna tenía información— ¿Tal vez se me escapa algo más, comisario Luna? —Sí. Que fueron al mismo campamento. —Esta vez fue un golpe bajo, directo al estómago». Agradecemos que de vez en cuando nos recuerden que quedan periodistas cuyo fin es el trabajo bien hecho, que permanecen en el anonimato cuando en realidad son verdaderos héroes, reporteros que van siendo aplastados en nuestra sociedad por aquéllos que se conforman con sacar las miserias de supuestos famosos, que supuestamente no deberían de interesar a nadie y, sin embargo, ahí están, porque la mayoría es lo que pide (o lo que han obligado a que pida), la entrevista hueca que cuenta hasta lo más sucio de cada uno para que los critiquemos y pidamos más, demostrando lo morboso que puede llegar a ser el hombre, que detalla en ocasiones mezquindades suficientes para poder entrar en la cárcel aunque estén en lo más alto. Es el periodismo amarillo que se ha forjado cómodamente un hueco en nuestras vidas.

Berna González echa mano asimismo de su vena literaria y nos muestra maravillosas descripciones de una precisión absoluta, por lo que las imágenes acuden a la mente sin esfuerzo «El cura de la familia. Aquel de los mechones lacios sobre la calva, que había señalado al cielo para confiar en el regreso de Alejandro, como otros antes confiaron en el cielo para frenar el socialismo [...] El Padre Saturnino se dejaba caer por ahí, sin invitación alguna, y su madre se volvía loca para improvisar alguna comida más suculenta [...] Cuando alguna vez algún hermano que jugaba en la calle le veía llegar se lanzaba a correr... ¡Que viene el Padre Saturninooooo!... ese sacerdote viejo, de nariz y barbilla curvas, sotana negra y bastón, pariente de otros parientes».

Verano en rojo es una historia cruda, vibrante, con todas las características de la novela negra que, puede ser por la intervención periodística o por bastantes expresiones líricas, se lee con facilidad. La complicada historia se convierte en un argumento sin complicaciones a pesar de que los narradores van cambiando, se traslada el tiempo de acción o varía el foco de atención; los personajes se van alternando junto a sus pensamientos, sus acciones y espacios «Pero eso era cuando aún sabía mantener el tipo [...] Cuando aún llegaba a tiempo de curar a los pacientes. Cuando un joven policía aún no había desenfundado un arma para hacer algo muy distinto a lo que ella esperaba de él: introducir el cañón en su propia boca...»... Pues todo ello facilita que sigamos los pasos de Javier Luna, de la comisaria María Ruiz, del comisario Carlos Fuentes, de Tomás, Esteban y Martín. Todos trabajando unidos, a veces aunque no lo sepan ni ellos mismos, para realizar las pesquisas necesarias y resolver los asesinatos de Alejandro Sánchez y Samuel Gómez en condiciones algo inquietantes que se van transformando en macabras según nos vamos adentrando, para ir uniendo, al mismo tiempo, a los personajes con sus historias y su desgraciado final. Porque no hay nada más espeluznante que los actos de aquellos que se valen de la religión —cualquiera— para someter a los más débiles a sus impulsos, exigencias, neuras, o a sus instintos asesinos, sádicos o lujuriosos. Es la cara tenebrosa de la religión que tanto tiempo lleva saliendo a la luz pero, normalmente, de pasada. La autora manifiesta en Verano en rojo, de forma directa, lo que encontramos bajo algunas sotanas; bajo el aspecto melifluo y beatífico aparecen las ansias de poder —esas que el Magistral Fermín de Pas ya aportaba en 1884 en La Regenta—, aparece el instinto lascivo y el criminal.

La narración, a pesar de todos los cambios, fluye con naturalidad, con palabras precisas, sin aspavientos ni tabúes, incluso a veces con cierto toque de humor y siempre retratando con gran sensibilidad a todos los personajes; no encontramos superhéroes, aparecen personas normales, policías que pueden saltarse a la torera alguna ley porque la angustia y el celo al bienestar de las víctimas, a la justicia, puede más que cualquier otra cosa. Son policías pero ante todo son personas, como demuestran algunos de sus actos y las personificaciones que la autora realiza de sus pertenencias «Esteban encendió el enésimo cigarrillo con el anterior y se pasó otra vez la ley por donde solía al arrojar por la ventana la colilla encendida [...] El coche avanzaba sorteando obras y camiones con las sirenas al máximo, ya afónicas tras horas de presión».

De esta forma podemos introducirnos en un tema durísimo, que probablemente no resistiríamos en la vida real pero que aquí, en la ficción siempre nos mantiene alerta, con ganas de saber más. Una denuncia firme a esa Iglesia que confunde delito y pecado pensando que sólo Dios podrá perdonarlo «Limpiar, lavar, curar, volver a Dios ... Ese era el camino».


Férrea acusación que se une a una llamada de atención para que la sociedad se dé cuenta de la violencia a la que están sometidos muchos ciudadanos, abusadores, maltratadores que han sido en su infancia víctimas  de maltrato y de pederastia «pero el odio descarnado a la humanidad, o a cierta parte de la humanidad, empezó a revivir en su interior como una planta carnívora en un bosque tropical».

lunes, 23 de febrero de 2015

NO LLAMES A CASA

Nada puede salir bien en la miseria. Nada bueno de ella.

No llames a casa se desarrolla durante cuatro días, pero mediante flashback, recuerdos, analepsis y prolepsis penetramos en la vida de tres protagonistas.

CarlosZanón despliega todo un arsenal de recursos, a veces rozan en lo poético, para introducirnos en la destrucción del ser humano. Encontramos anáforas paralelísticas que ponen de manifiesto la paradoja de los protagonistas, “Recordará cuando la droga fluía…Recordará cuando la luna se quedaba…”. Las frases nominales quitan importancia a las acciones. Los epítetos épicos, “La de las calles mojadas… La eterna derrotada…” se muestran despiadados con los espacios en los que transcurre la historia.

Encontramos guiños a canciones y grupos de la movida barcelonesa de finales del xx, “Hola mi amor, yo soy tu lobo… Le hemos reventado la vida a ese tío… Pero si necesitas que lo rematemos, sigo siendo tu hombre”.

En los personajes destaca la ausencia de valores, la caída absoluta, la condición determinista del ser humano, por eso las descripciones son feas, ya sea en prosopografías, “es una desgarbada y delgada mujer de metro setenta que nunca lleva sujetador y, a juicio de Bruno, necesitaría usarlo, porque sus pechos caen como odres, y se estiran y siguen cayendo como suicidas contra el elástico de camisetas…”; en etopeyas “…tiene muchos defectos y algunas virtudes. Entre estas últimas está la deportividad con la que afronta las mil desgracias que siempre padece, derivadas de su buen tino para elegir a los hombres…”; o en retratos “«Las hembras se tranquilizan si te las follas bien» le decía Llort una noche dentro del auto, en penumbra, con aquellos ojos cirróticos de hombre vencido por la nostalgia de demasiadas mujeres perdidas”.

Todo es feo y sórdido en la novela, el amor no es amor sino posesión, las palabras son insultos, los gestos intentan demostrar quién controla la relación, degradan. La amistad no existe, sólo desconfianza. Entre los tres protagonistas, Cristian, Bruno y Raquel no hay nada de valor que merezca ser atesorado. El futuro es algo lejano que los empequeñece, el pasado queda difuminado entre drogas y alcohol y el presente se convierte en pasado antes de vivirlo. No es extraño que abunden comparaciones animalizadoras “y en la barbilla, una empalizada de pelos irritados, como púas de jabalí”; metáforas empequeñecedoras “con la cabellera bamboleándose como un elefante borracho” o expresiones que consiguen hacer más miserable a la gente “A esas horas, palomas y borrachos están ajenos a todo”. De la misma manera, las descripciones, en ese presente mordaz, de frases breves, se van acortando hasta quedar en palabras sueltas que conectan con pensamientos divididos, escuetos, inconexos.

Gracias al estilo indirecto libre llegamos a conocer a la perfección a todos los protagonistas; ellos también se conocen y, a pesar de eso no se separan pues han entrado en un laberinto del que no pueden escapar. Aunque las acciones pretenden una dirección lineal hacia el futuro, sus pensamientos van retrasando ese momento con paradas, vueltas, o frases inacabadas, al tiempo que los diálogos, con expresiones del lenguaje oral, realizan el presente… Todo queda embrollado, confundido; las metáforas igualan tiempo y espacio, las personas narrativas mezclan, hasta equiparar, al narrador omnisciente con el monólogo interior, técnica que el autor utiliza para que afloren los pensamientos más ocultos, aquéllos que formaban parte del subconsciente y que, ahora, a modo de burla, acuden para recordarles que son marionetas, que no pueden elegir el papel representado. Por eso Max es, desde el principio, la imagen de la soledad y el rencor, esto lo lleva a tomar decisiones penosas y abominables. Ya en el capítulo 3 aparece como una patética condición de ser humano, constantemente se lamenta al tiempo que pretende justificar sus errores. Regatea situaciones como si fuera un adolescente egoísta. Max es inmaduro, busca una relación estable, adulta, pero sus actos insensatos impedirán todo lo que implique un sacrificio por la otra persona, por eso mismo no acepta que el amor de Merche haya desaparecido. Max es la decadencia, cada paso que da es más cruel que el anterior pues lo va haciendo desaparecer. A fuerza de fingir va desvaneciéndose el ser humano.

Merche, la amante de Max, tampoco ha madurado, es insegura, lo que tiene claro es que no quiere abandonar las comodidades ganadas por derecho propio. No actúa limpiamente. No quiere a su marido, tampoco a Max, quiere mantener intactos sus intereses. Es indecisa, le teme al cambio y, por eso, cambia constantemente de opinión y sentimientos.

La pareja se ve envuelta, desde el principio, en una sucia situación que funciona como aviso aunque no se percaten de ello ninguno de los dos. Más tarde, las frases nominales acentuarán el ritmo rápido y poco elaborado de sus encuentros, ofreciendo una relación antitética de la belleza.

El autor no desaprovecha ni una ocasión para sacar lo feo del ser humano, con expresiones duras que, a veces, se convierten en vulgares. Las frases cortas sin grandes descripciones se ajustan al recuerdo doloroso que se trunca de repente y renace para terminar de nuevo, sin dar tiempo a saborear lo bueno.

Los personajes son animales enjaulados en su propia vida; no pueden huir de lo que los acorrala para destrozarlos poco a poco, por eso caen, a veces tan bajo que utilizan incluso los malos tratos para sacar provecho de las situaciones. Max, Bruno y Cristian se van introduciendo de forma rápida en una espiral de chantajes que los oprime y asfixia. Son perdedores, amenazados incluso por quienes amenazan. Todo se mezcla en No llames a casa, hasta la estructura es confusa. Normalmente en la novela negra hay un asesinato y el argumento es la resolución por parte de detectives o de policías o de jueces o de todos, pero aquí el asesinato ocurre al finalizar la narración; nadie investiga nada porque el inframundo no existe. El lector conoce las causas de ese asesinato porque ha ido leyendo un argumento que pretendía ser lineal y resulta anafórico.

Las secuencias narradas oscilan; la vida de estos antihéroes del inframundo queda expuesta sin pudor hasta que parece que ya no importa la caída en picado, entonces cobra fuerza el desheredado social, aquél a quien nada le importa porque nada le han dejado, éste destruirá por rencor y justificará sus actos con el estilo indirecto libre o con la segunda persona. De nuevo la forma del texto en perfecta armonía con el contenido, de hecho es lo único armónico de la novela.

Y cuando estamos preparados para asistir a la caída de este desheredado retomamos la de aquél que nunca tuvo nada. Así pues las acciones cambian, los personajes también, el espacio y el tiempo se muestran de manera caprichosa, pero en la mente del lector aparece una tensión al comienzo de la novela que permanece, implacable, con el transcurso de la trama. A veces hay que dejar de leer para tomar aire porque mientras lees no quieres si quiera respirar, todo rezuma olor a podrido.


Novela de difícil definición. Una vez leída todo cobra sentido; el final conecta a la perfección con el principio, es un relato redondo y, sin embargo, es de final abierto. La mente del lector se ha estado asomando a ese abismo por el que circulan los personajes, a ese pozo sin fondo, hediondo, por el que los ha visto caer sin posibilidad de salvación. El final abierto queda pues, totalmente cerrado.