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martes, 31 de diciembre de 2019

TERRA ALTA



He terminado mi último libro del año y estoy algo decepcionada. Me gusta cómo escribe el autor. Me encanta la novela policíaca. Pero he encontrado algunos fallos, yo diría que imperdonables, en una novela negra. A lo mejor soy demasiado exigente pero el asesino se veía venir desde el principio. Los asesinos. Los tengo marcados en el libro en la página 96. Después intenté quitarme de la cabeza esta intuición porque creía demasiado obvio lanzar un aviso tan pronto. Pensé que sería para despistar, pues en realidad, entre los sospechosos, se van pasando de forma encubierta la culpabilidad; aunque algunos tienen coartadas, otros no intentan disimular su odio hacia el asesinado y otros, los culpables, van dando vueltas señalando a los demás, para no llegar a ningún sitio en concreto. No quiero desvelar nada, así que me ciño al argumento. El policía Melchor Marín es destinado a la Terra Alta, para investigar la tortura brutal a la que han sometido, en su casa, al matrimonio más poderoso del pueblo, los Adell, para asesinarlos después. También aparece muerta, sin tortura, la criada. No hay signos de que forzasen la entrada y apenas se han llevado unas joyas y algo de dinero. Este horroroso crimen abre en el espectador una serie de expectativas: es doble, las torturas infligidas son salvajes, los asesinados son nonagenarios, la criada estaba muerta en su habitación, por lo que ella no abrió la puerta.

Terra Alta no puede tener un comienzo más prometedor, pero enseguida veremos que alguien tiene especial interés en que no se resuelva nada. Este alguien es en quien más confía Melchor, al menos nuestro protagonista lo repite en varias ocasiones, que es como el padre que nunca tuvo, o como su hermano; y la actitud de ese alguien hacia Melchor es, sin embargo, esquiva… No sé, parece de primero de policial. De hecho, las pesquisas sobre los culpables no se siguen en profundidad (o no nos enteramos al detalle). No tiene sentido que tras seis semanas de investigación quieran cerrar el caso sin haber entrado en los despachos de los sospechosos: «—No estoy reclamando nada del otro mundo. Estoy pidiendo otro par de semanas de trabajo y una orden judicial para entrar en los despachos y los ordenadores de los cinco, si hace falta en sus casas». Pero la instrucción se da por finalizada, así que Melchor decide seguir él solo de manera extraoficial, «ni siquiera se plantea si está dispuesto a correr el riesgo que está corriendo y a lidiar con las consecuencias».

Sin embargo, Javier Cercas, maestro de la narrativa, introduce como nadie las analepsis para que conozcamos en profundidad la vida del protagonista, hijo de una prostituta, llegó a tocar fondo: acusado de robo con violencia, de pertenecer a una banda del hampa, de consumo y venta de estupefacientes, es encarcelado. Aún en la cárcel, se entera de que su madre ha sido asesinada aunque su abogado, Vivales, sigue preocupándose por él. Gracias al ejemplo de otro preso, el protagonista descubre la lectura con Los miserables, en donde se ve reflejado. Decide entonces ser policía, como uno de los personajes de Víctor Hugo. Melchor se integra formalmente en el sistema, pero no en el fondo, pues obsesionado con descubrir a los asesinos de su madre se toma la justicia por su mano. Los atentados de Barcelona le valen para ser proclamado héroe, al matar él solo a cuatro terroristas islámicos. Es así como llega, de incógnito, a Terra Alta, encuentra a Olga, una bibliotecaria quince años mayor que él; Olga lo hace feliz, se casan y tienen a Cossette —esos miserables que lo persiguen— pero ella es atropellada, y muere mientras él investigaba los asesinatos de los Adell.

Lo fundamental de la novela no es la resolución de los crímenes, que casi viene sola. La escritura de Javier Cercas es lo importante. El autor introduce como nadie hechos históricos a través de digresiones; si los atentados islamistas le sirven para situar a Melchor en el espacio novelado, mediante un grupo de ancianos recordará la Batalla del Ebro y la importancia histórica de esta comarca. A veces tenemos la impresión de que los crímenes son otra digresión más, pues lo que verdaderamente cobra fuerza es el argumento personal de la vida de Melchor (prácticamente todo gira a su alrededor),el certero análisis psicológico del protagonista. Asimismo el resto de personajes están retratados según sus movimientos en Terra Alta. En realidad, todos forman parte de ese grupo miserable de personas; son perdedores que, por diversas circunstancias, van encontrando a su paso desgracias, sufrimientos. Son como los infelices de Víctor Hugo, canallas en un momento determinado y honrados e íntegros en otro. No hay héroes en Terra Alta porque ella es la verdadera protagonista colectiva. La comarca los acoge a todos para sacar de cada uno lo mejor y lo peor. Incluso los que llevan años fuera de ella volverán, aun sabiendo que solo les espera el final, pues tienen la certeza de que regresan a sus raíces. La Terra Alta los ha forjado; como una madre les ha hecho daño en ocasiones pero siempre está dispuesta a auxiliarlos.

La novela se divide en dos partes. Al terminar la primera, sabemos el pasado en Barcelona de Melchor a la perfección, de hecho es conocido entre sus compañeros policías como “el matón intelectual”, bueno para redactar informes y doblegar detenidos. Este oxímoron representa las dos caras del ser humano y, con él, Javier Cercas nos pone constantemente en posibles tesituras en las que deberíamos elegir entre seguir a la justicia o al instinto.

—¿Estuvo a punto de matar a aquel tipo porque se había pasado la noche contando chistes misóginos? —preguntó.
—Eso parece —contestó Melchor.
[…]
—¿Y por qué no le ha dado vergüenza contártelo a ti?
Melchor se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo— supongo que porque le convencí de que, si yo hubiera estado en su lugar, habría hecho lo mismo.

La segunda parte es el presente en Gandesa, donde encuentra su sitio, su familia y, lo más importante, sigue buscándose a sí mismo, «por primera vez en su vida, Javert se le antoja a Melchor un personaje distante y ajeno, y su proceder absurdo, trágicamente ridículo».

Esto es lo que destacaría de esta novela, la superación personal, la burla que un hombre, ayudado por la lectura, por el razonamiento y el entorno, puede hacerle al destino. No existe el determinismo, se puede salir de la miseria moral, se debe dejar el rencor para seguir vivos, porque el odio es «Más o menos como beberte un vaso de veneno creyendo que así vas a matar a quien odias».

La intertextualidad literaria está presente en Terra Alta, no solo Los Miserables evocan un paralelismo, también nos recuerda Cercas El tambor de hojalata, El gatopardo, El doctor Zhivago o El extranjero como títulos que reflejan una sociedad angustiada, con gente que no puede desligarse de su pasado, para demostrar que el destino nos pertenece, que no hemos de culpar a nadie de lo que nos pasa y debemos luchar por lo que queremos. Y, por supuesto, el narrador hace gala de un lenguaje preciso, acertado, siempre con el término adecuado: caporal, otomana, sotabarba, indexado, angosta, lisura, hipérbole, palimpsesto, aladares, para que tengamos presente que el autor es Javier Cercas.

sábado, 14 de julio de 2018

LA DESAPARICIÓN DE STEPHANIE MAILER



No puede ser que cada vez que lea un libro de este autor me ocurra lo mismo, me encanta; el siguiente me gusta más que el anterior, y me hipnotiza tanto que deseo enormemente poder escribir como él. Sus historias, una vez leídas las novelas, son sencillas, quiero decir que los asesinatos o lo que ocurra, tienen sentido y, además, son de resolución bastante lógica; pero hasta llegar ahí has de pasar, en este caso, por 650 páginas complejas para enterarte de quién es el asesino, cuáles son los motivos que lo llevan a ello y qué relación tienen todos entre sí, asesino, asesinos, asesinado, asesinados. No quiero revelar mucho porque La desaparición de Stephanie Mailer hay que leerla. Desde la primera página queda atrapado el lector y no puede parar. En concreto, a mí me ha fastidiado tener que dejar el libro para atender otros asuntos o porque me dolía la cabeza debido al tiempo empleado en la lectura, ya que como son alrededor de cuarenta personajes, y en principio todos parecen culpables, además de que van apareciendo de forma totalmente conveniente —o aleatoria según se mire—, tuve que ir tomando notas de quién era cada uno, qué filiación o relación tenía con el anterior y por qué aparecía en la novela. Si no, es imposible, al menos yo soy incapaz de ir recordándolos a todos en todo momento. Con La desaparición de Stephanie Mailer me ha pasado algo parecido a lo que me ocurrió hace ya muchos años, cuando leí Cien años de soledad; con la novela de García Márquez me fui haciendo un árbol genealógico para entender mejor la trama y con la de Joël Dicker, he ido anotando la relación entre los personajes y las causas de su aparición para enterarme bien; no quería que se me escapase ningún detalle. En realidad me podría haber ahorrado algo de ese trabajo pues el autor ha tenido la deferencia de colocar al final la lista de los 31 personajes principales y su cargo. No obstante no me arrepiento de mi trabajo pues me ha permitido observar casi con lupa todos los movimientos y entender a la perfección el final, incluso sentir cierta empatía hacia el asesino, o hacia alguno de ellos.

Antes de criticar esta novela, que creo que lo voy a hacer con una palabra, ¡Formidable!, quiero comentar algo que me ha llamado la atención, y que, curiosamente está al final de la misma, una vez que hemos descubierto lo ocurrido. Hay dos personajes que se unen para estrenar La noche negra de Stephanie Mailer, uno como autor de la obra y otro como director. La representación es un fracaso y ante ello, el crítico-autor opina «Lo que no tiene éxito es forzosamente espléndido, palabra de crítico». Esto es completamente falso, la prueba la había dado este mismo personaje, al principio de la novela, cuando pasa de ser un crítico admirado a alguien a quien nadie lee porque todos se han dado cuenta de su proceder, «cogió la última relación de libros más vendidos de Nueva York, fue subiendo la lista con el dedo hasta el de mayores ventas y escribió un texto asesino sobre aquella novela lamentable que ni siquiera había abierto»; de hecho en una entrevista ya se lo dicen «hay algunas malas lenguas que afirman que los críticos literarios son escritores fracasados […] —Sandeces, querida amiga […] nunca he conocido a un crítico que soñase con escribir…». Esta ironía imagino que es un guiño de Dicker a las críticas que reciben algunas obras literarias de aquellos que se limitan a juzgarlas, la mayoría de las veces sin saber cómo. Si no, no se entiende, él mismo es la prueba, con 33 años es un éxito de ventas porque, creo, hoy tiene pocos rivales que puedan hacerle sombra.

No quiero atribuirme el cargo de crítica literaria, sería algo desorbitado, pero es cierto que algunos alumnos me han preguntado por qué no escribo un libro; alguna vez me lo he propuesto, y siempre he terminado por verlo imposible, o la historia era demasiado obvia, o los diálogos poco profundos, o me quedaba en blanco. Sin embargo al juzgar las obras de los demás sí reconozco, casi siempre, cuándo son buenas, y no tengo ningún problema en afirmar que me gustaría estar en el lugar del autor, que todo eso hubiese salido de mi mente. Por eso, cuando veo que hoy escribe “cualquiera” no lo soporto, me ocurre algo parecido al sentimiento de Otrovski ante la novela de Alice

Alice se escondió en el armario del despacho justo antes de que Otrovski llegara […]

—¿Le he hecho algún daño sin querer, Steven? […] Si es así le pido disculpas […]
—¡Porque tiene que guardarme mucho rencor por algo para imponerme semejante lectura! Y por si fuera poco, aquí estoy perdiendo aún más tiempo en comentarla […] Sueña con ser escritor, ¿no es así Steven?

—No, no soy el autor del texto –le aseguré.

—[…] Hasta un mono lo haría mejor. Hágale un favor a la humanidad ¿quiere? No siga por ese camino. Pruebe a pintar, quizá. O a tocar el oboe.

No voy a ser tan categórica como Otrovski, pero estamos rodeados de verdaderas obras de arte (aunque haya gustos para todo) y es una pena perder el tiempo con mediocridades.

Dicho esto queda confirmado que a mí me hubiera gustado realizar una obra maestra y que Jöel Dicker es un artista, es más, yo diría que es un genio. Ahora veremos por qué.

El lector es incapaz de encontrar al culpable hasta que no llega casi a la última página; es cierto que, una vez leída la novela, si empezamos de nuevo, nos damos cuenta de que hay tantas pistas para descubrirlo que parece imposible no haber caído en la cuenta, a no ser porque cada vez que aparece un personaje diferente encierra ciertos intereses para que continúe o cese la investigación, que lo muestran como sospechoso. Llegamos a recelar de los vecinos, de los periodistas, de los políticos y de la propia policía. La pregunta constante es ¿por qué?, ¿qué relación hay? y, como si fuera un puzle, el propio asesino es quien da forma a todo y nos presenta las piezas unidas en una secuencia tan coherente que no podía haber sido otra. Creo que es el mayor acierto de Dicker, enredar fechas, lugares, personajes, acciones durante seiscientas páginas para esclarecerlo en unas pocas y que los lectores conozcamos a la perfección a los integrantes, no sólo a los asesinados o a los asesinos.

Todos son importantes porque de esta manera percibimos cómo es la sociedad, sus integrantes, sus reacciones y consecuencias: el que ha sido alguien en un momento y ahora no es nada porque no era tan bueno como creía pero tiene un precio como casi todo el mundo,

—¿Quiere que le mienta descaradamente a la prensa ensalzando una obra que nunca he visto?

—[…] A cambio lo acomodo esta misma noche en una suite del Palace del Lago hasta que termine el festival.

—¡Choque esos cinco, amigo!

Una sociedad formada no sólo por buenas personas «un hombre simpático, afable, que procedía de buena familia. Un vecino activo y comprometido. Tenía un restaurante. Miembro del cuerpo de bomberos voluntarios», o buenos profesionales «—Bueno, pues ten la bondad, a pesar de todo, de ir a vaciar un cargador en el polígono de tiro antes de andar por ahí con ese trasto en el cinturón. Señores, rematen esta investigación pronto y bien». En La desaparición de Stephanie Mailer aparecen todos aquellos perfiles que cada vez más pueblan las ciudades actuales: corruptos «la cuenta en que se ingresaba el dinero: era una cuenta diferente, también del señor Gordon, pero abierta en nuestra sucursal de Bozeman, en Montana»; mafiosos «—Todo el mundo tiene que saber que el alcalde Gordon es un criminal. —Júrame que no dirás nada, Megan ¡Cerrarán las empresas, condenarán a los directivos, los obreros irán al paro […] Gordon es muy hábil. Mucho más de lo que parece»; egoístas «Entre el hallazgo del cadáver de Stephanie y el anuncio del alcalde de que se cancelaban los fuegos artificiales del Cuatro de Julio […] Delante del edificio municipal un grupo de manifestantes, todos ellos comerciantes de la ciudad, se había reunido para pedir que se mantuvieran los fuegos artificiales»; cobardes «Tuve miedo, capitán. Y me sentí avergonzado […] Era la primera vez que decía que tenía miedo»; manipuladores «—[…] Tú ya has conseguido que echase a Stephanie y la cabeza de Otrovski. ¡No pretenderás diezmarme la revista, digo yo! Alice lo fulminó con la mirada y luego exigió un regalo»; chantajeados «¿Cómo había llegado a aquello? ¿cómo se veía a los cincuenta años liado con aquella chica?»; celosos «—La investigación es secreta, ¡y un cuerno! Estoy segura de que Natasha está enterada de todo»; acosados «Había sido una buena alumna, muy capaz, ambiciosa y querida […] Todo cuanto había querido lo había tenido. Y luego había llegado Tara Scalini y la tragedia posterior»; los que anteponen su posición al plano humanitario «¡Si corre el rumor de que anda rondando por aquí un asesino, la temporada de verano se va al carajo! ¿Se da cuenta de lo que esto supone para nosotros?»; los estúpidos «¡Qué bien había hablado! ¡Qué interesante era […] En pocas palabras había resumido la decadencia de la humanidad. ¡Qué orgulloso estaba de que su pensamiento fuera tan ágil y su cerebro tan portentoso».

No cabe duda de que la sociedad queda diseccionada, porque no solo existen estas personas en Orphea, son personajes universales de hoy, de ahí que vivamos en condiciones cada vez más engañosas, menos seguras, más hipócritas.

Por eso aparecen, asimismo temas tan actuales como el de la paridad en los trabajos, «La única razón de que estés aquí es que el alcalde Brown, con sus condenadas ideas revolucionarias, quería a toda costa nombrar a una mujer en la policía […] historias de diversidad, de discriminación y de no sé qué más gilipolleces», o la efectividad real de los psicólogos, tan demandados y en los que dejamos caer toda la responsabilidad, sin tener en cuenta que los primeros que tenemos que implicarnos, en los problemas que nos afectan somos nosotros «Cuando hablamos de eso en la sesión fue porque Dakota se quejaba de que registrabas su habitación para buscar droga. Lo que dijo el doctor Jern fue que convirtiéramos su cuarto en un espacio propio que respetáramos, que implantásemos un principio de confianza».

Y por supuesto, el poder del dinero, por encima incluso de los sentimientos supuestamente más profundos. Parece que hasta el dolor más insoportable puede desaparecer con una bonita suma por medio «la incitación al suicidio podría considerarse homicidio […] te enfrentas a una pena entre siete y quince años de cárcel. A menos que lleguemos a un acuerdo con la familia de Tara […] Quieren nuestra casa de Orphea […] —Pues suya es entonces —dijo mi padre—.»

Ante este panorama no es de extrañar que la sociedad funcione mal, se ha deshumanizado y, si nos fijamos, el dinero, el afán de poder es el desencadenante.

El narrador es excepcional, o mejor dicho los narradores, porque la novela está escrita mediante una polifonía narrativa que favorece el entendimiento de lo sucedido durante veinte años en Orphea. La voz de Jesse Rosenberg es la que relata el presente, veinte años después de, aún muy joven, resolver su primer caso, que le trajo tanto la gloria como la desgracia. Su compañero, Derek Scott relata lo ocurrido en 1994 cuando ambos resolvieron el asesinato múltiple de Orphea.

Pero nada es lo que parece y Stephanie Mailer da la voz de alarma, de forma que Jesse (a punto de jubilarse con 45 años) y Derek, retoman el caso junto a Anna Kanner, la tercera voz narrativa, subjefa de la policía de Orphea.

Pero entre estas voces narrativas encontramos las de otros personajes que van apareciendo y que aportan, junto a un narrador ocasional en tercera persona, mayor tensión a la lectura sobre todo porque dan pie a una serie de diálogos impactantes, llenos de ironía, humor incluso, o tragedia; verdaderos protagonistas de la novela pues la hacen dinámica, adictiva, de ritmo apabullante que no desaprovecha el autor para conseguir el retrato evolutivo de una sociedad.

Podría alargarme aportando ejemplos de ese humor, de las descripciones, justas pero acertadas, pero no quiero desentrañar nada más. Leer a Dicker y disfrutar con él es una obligación personal.

domingo, 1 de julio de 2018

DONDE FUIMOS INVENCIBLES




No había leído nada de María Oruña, pero al ojear la contraportada me lancé; siempre me han gustado las historias de misterio, la novela policíaca, el género negro y, además, a pesar de no creer en otra vida que no sea ésta, o en transformaciones del alma o espíritu, he de confesar que me he sentido atraída por los fenómenos paranormales percibiendo, según la época en la que me encontraba, miedo, curiosidad o deseo de que existieran, pero científicamente está comprobado que no; que no existen otras experiencias al margen de las racionalmente verificadas, como movimientos psicológicos que crean efectos ideomotores, visiones alucinatorias producidas por un déficit en el estado mental, presencia de iones en la atmósfera, corrientes de aire, cambios de temperatura o escapes de monóxido de carbono, sobre todo en calderas antiguas, que pueden producir desde dolores de cabeza hasta la muerte, pasando por alucinaciones. No obstante aun sabiéndolo me gusta leer sobre todo esto, e imaginar que en determinados momentos pudiera ocurrir algo extraordinario. Así pues, novela policíaca y asunto paranormal prometía todo un reto. Por eso he leído Donde fuimos invencibles y he de confesar que me ha costado trabajo analizar la novela porque, de entrada no la calificaría como negra o policíaca; es verdad que hay dos muertos nada más empezar y es cierto que el caso lo lleva la teniente Valentina Redondo, pero en realidad no es ella quien lo resuelve sino un cúmulo de casualidades en las que una serie de personajes se ponen a investigar, cada uno por diferentes motivos. Así pues, no se me ocurría cómo indagar en esta historia, pues ni siquiera se ajusta a las normas que en 1926 S.S. Van Dine dio para escribir una novela policíaca, todas ellas cumplidas a rajatabla en El caso del asesinato de Benson. De hecho el lector se pierde en ocasiones leyendo largas explicaciones del narrador que deberían poder deducirse de los hechos «Cuando el escritor se quedó a solas, intentó evaluar su situación. Quizás aún estuviese a tiempo de encarrilar su vida […] Pero no, quizás no abrió ella la puerta. Tal vez fuera él quien la había dejado así la noche anterior […] Todo tiene un origen, y lo que somos, nuestras cualidades y vergüenzas no es más que el resultado del andamiaje que nosotros mismos hemos construido…»

De hecho el lector queda decepcionado en más de una ocasión; durante todo el argumento se presentan e indagan en dos asesinatos por lo que vamos buscando la relación entre ambos, cuando en realidad se trata de un crimen, que se comete casi de casualidad.

No estamos ante una investigadora seria, o si lo es, no lo percibimos pues la novela está estructurada en tres subnarraciones, de forma que conocemos casi mejor la vida de la teniente y la de todo el pueblo que los pasos dados para la investigación de los hechos. Podemos diferenciar tres historias con tres narradores distintos. En un intento metaliterario Carlos Green escribe en primera persona protagonista El ladrón de olas, novela autobiográfica en la que predomina la evidencia, en ella lo cuenta todo incluso aquello que se sobreentiende «Al final, me había dejado, pero no me constaba que tuviese nueva pareja y tampoco había tenido hijos […] ¿Y si fuese yo, con mis delirios existenciales?».

La segunda historia es la de los muertos aparecidos en el palacete de Carlos Green (quien por otro lado nunca es sospechoso de nada).

Y la tercera es la que protagoniza el profesor Machín al dar un curso de sucesos paranormales. Estas segunda y tercera se unen cuando Green contrata a los alumnos del curso como investigadores  sobre diferentes sonidos, sombras y movimientos que ocurren sin más en su casa. Por supuesto el alumno convencerá a Machín para que acuda al lugar a cerciorarse de que es verdad o si por el contrario existe alguna explicación científica. El narrador de estas dos historias es omnisciente a veces, otras simplemente utiliza la tercera persona, lo cual resta emoción a la historia que, aprovechando los tres focos, podría haber adoptado una polifonía narrativa más enriquecedora; porque en general, a Donde fuimos invencibles le falta ritmo; más que suspense está plagada de sentimientos «Me acerqué y la besé en los labios con pasión, entregado. Al principio, me devolvió el beso, pero terminó por apartarme», o de explicaciones científicas, que aunque no venga mal enterarnos del por qué de las sensaciones paranormales, tanta ilustración le resta tensión a lo que luego va a ocurrir a posteriori: «McCraty, con un simple magnetómetro, midió el campo magnético del corazón […] es cinco mil veces más potente que el del cerebro […] nuestro cerebro es un instrumento físico y eléctrico que podría contar con suficiente potencia como para ocasionar efectos sorprendentes […] En los años noventa, un joven se dio cuenta de que, siempre que pasaba ante una farola de un parque, esta se apagaba».

No sólo datos científicos, la aventura cuenta con alusiones directas a otras obras de la novela negra, El resplandor, Diez negritos «Se preparó para recibir al que parecía perfilarse como el octavo negrito», El guardián entre el centeno, Otra vuelta de tuerca «La historia de fantasmas más rara que yo he leído, la verdad, de Henry James. Al final no sabes muy bien si los fantasmas existen o no, o si es que la institutriz está como una cabra». ¿Por qué  estas menciones y no simples guiños? No deja nada a la imaginación del lector ni lo obliga a esforzar su cerebro. No creo que la autora  intente compararse, al citarlos, con Stephen King, Agatha Christie o Henry James, más que nada porque a Valentina Redondo le falta carisma «—Tienes razón, es una posibilidad. No sé cómo no se me ha ocurrido antes. Y él más que nadie tiene que saber qué hay en este palacio […] Valentina suspiró y movió la cabeza en señal negativa —No lo sé, Riveiro, no lo sé. Pero, de momento, todo son divagaciones; vamos a centrarnos y a hablar con el escritor, ¿de acuerdo?» (Teniendo en cuenta que la novela tiene 414 páginas, que piense en centrarse en la 247 le quita algo de interés).

Finalmente Valentina descubre al culpable mediante una asociación de palabras de palabras del profesor Machín con otras dichas por el profesor de surf y otras del propio Carlos Green; es decir, el caso se resuelve por casualidad; de hecho, es el novio de Valentina, Oliver, quien queda como el héroe de la historia. Por otro lado el lector anda, o continúa, perdido pues el asesino no tiene un papel relevante, no estamos familiarizados con él por lo que desviamos nuestra atención, es la persona menos interesante de todos los personajes, de ahí que el enigma se pierda a lo largo del argumento (o los argumentos), plagado de cuestiones secundarias que empiezan a atraernos y a las que luego se les saca poco partido (el caso de Muriel, la médium, está desaprovechado según mi opinión); las clases de Machín y sus alumnos podrían haber servido exclusivamente para resolver los asesinatos si hubiera predominado la fantasía sobre la razón y, en cuanto a Carlos Green creo que es el verdadero protagonista, quien tiene verdaderos altibajos en su vida de los que nos enteramos, de forma velada desde el comienzo de la novela «había lanzado incontables piedras en demasiados charcos equivocados […] y ahora […] había aparecido aquella mujer. ¿Se estaría volviendo loco?» «—Señor Green, disculpe, pero… ¿con quién habla?», y al que salvan entre Oliver y Álvaro Machín.

En cuanto a la prosa utilizada es sencilla a menudo. Los diálogos pretender ser rápidos, aunque a veces pequen de bromas que, en realidad no vienen a cuento, dejando entrever una personalidad algo infantil, por despreocupada, de Oliver:

Dígame Matilda …
—… Mire no sé si es importante o no, pero desde luego es raro, así que he preferido contárselo.
—Si algún huésped ha pedido sangre para el desayuno y tiene unos colmillos muy exagerados, le advierto que tenemos ajos en la despensa
Asimismo aparecen expresiones un tanto ingenuas, sobre todo teniendo en cuenta que vienen de una policía

—No sé quién es la princesa Soraya —reconoció Valentina bostezando
—Ah, pues la exmujer del Sah de Persia, lo he visto en internet
—¿Todo eso está en internet?
—Como lo oyes …

(Y yo me pregunto ¿de qué época sale Valentina?)

En otras ocasiones, la mayoría de las intervenciones del profesor Álvaro Machín por ejemplo, o las de Clara, la forense, son casi estrictamente técnicas

—Ah, eso. Pues verás, es que los ojos tenían el signo de Somer-Larher.
Valentina enarcó las cejas, evidenciando que iba a necesitar una explicación más detallada.
—El signo de Som… bueno da igual. Cuando un cadáver ha tenido los ojos abiertos, al perder hidratación sobre el deceso…

Determinadas explicaciones a una policía investigadora resultan exageradas pues ésta se supone familiarizada con términos a los que se enfrenta a menudo, por lo que dichos diálogos son esclarecimientos dirigidos al lector que restan agilidad a la trama.

 Es una pena que durante la lectura no percibamos lo que afirma el narrador

—Valentina —le cortó Clara, acostumbrada a que la teniente Redondo trabajase de forma acelerada—

De vez en cuando la narrativa es algo engolada, con un vocabulario no demasiado actual, casi en desuso

Pensó con nostalgia que la juventud era pura energía, un tesoro inigualable. Después, en la senectud, ya sólo éramos destellos de aquello que antaño había brillado tanto.

Y en determinadas ocasiones el narrador pretende argumentar, apoyándose en la autoridad, para seguir utilizando un léxico culto plagado de metáforas «Hay antropólogos que afirman […] Su relación con Oliver había suavizado las aristas protectoras de su propio carácter, que durante su juventud se había forjado con muros férreos y casi inexpugnables. Qué curioso: ahora que se había librado de parte de sus gélidas corazas…»

Por último, puede que no sea fallo de la autora, pero creo que cada vez se concede a la gramática menos importancia, por eso me atrevo a comentar algún equívoco en la nomenclatura pues «JACRIAMO» no son «las siglas de Jane, de Cristina que era su hija… y de Amo, el apellido de su marido» sino el acrónimo.

Y algún error de puntuación «—Oye, ya he visto al juez ese casi adolescente que ha venido al levantamiento» (la aposición explicativa debería ir entre comas) o de ortografía «El tiempo justo para echar un quiqui y ala, para casita» (¿y la h, esa incomprendida?).

Por todo esto, no creo que sea una verdadera novela negra, podría ser una novela juvenil, tan prolija en explicaciones para adoctrinar a los adolescentes, que por otro lado deberían informarse en los libros adecuados. La literatura está para soñar.

domingo, 5 de noviembre de 2017

NO ME TOQUES



Cuando terminamos de leer No me toques tenemos la impresión de que la estructura era algo desordenada, esto es sólo una impresión, otra magia de la literatura, porque en realidad está escrita a modo de diario, es decir, ordenado por días de forma lineal; puede que encontremos algún flashback o prolepsis que aportan cierta sorpresa al lector, pero en general es como un informe policial que el comisario Luca Maurizi, de la Jefatura de Roma, escribe desde el 7 de junio de 2010 hasta el 5 de julio del mismo año, cuando da el caso de la desaparición de Laura Garaudo por concluido. En este “informe” aparecen cartas de amantes de la protagonista, notas de secuestro, noticias periodísticas… diferentes modalidades con distintos tipos de letra para que sigamos el caso como si fuese actual

IL MESSAGGERO
LA DESAPARICIÓN DE LAURA GARAUDO
PODRÍA SER UN RAPTO

Si esto es así, incluso cada capítulo lleva como título el día del mes, ¿cómo antes he señalado el desorden estructural? Puede que sea porque el contenido no responde a ninguna modalidad textual concreta, en realidad no es un diario, aunque sepamos casi en todo momento los pasos que va dando Laura; tampoco es informe porque el comisario Maurizi no va dejando en comisaría el resultado de todas sus pesquisas, y sin embargo el lector no solamente es consciente de dónde está Laura, sale de Roma y pasa por Florencia, Pisa, Padua, Murano, Madrid… sino que, y esto es lo más importante, va tomando conciencia de cómo es esta chica, una joven de vida algo desordenada, capaz de cambiar de amante de forma constante a pesar de estar casada con el famoso escritor Mattia Todini, un sesentón que sabe perfectamente de la vida sexual de su mujer pero no se inmiscuye porque la adora, y ella a él; por eso siguen juntos aunque Todini no quiera profundizar sobre el porqué del comportamiento extraño de su mujer; la deja sola el tiempo necesario para que se le pase un malhumor que la invade de vez en cuando, sabe que tiene cartas guardadas de sus amantes y es incapaz de leerlas por considerarlo una profanación y no le interesa investigar sobre respuestas o silencios que Laura tiene ante él, se conforma con tenerla a su lado y a ella le basta sentirse, más que querida, protegida por un señor que la cuida, la respeta, le da libertad absoluta y no se enfada con las imprudencias que pueda cometer. Es una relación extraña la que mantiene el matrimonio, y Luca Maurizi es el encargado de desentrañar cómo es cada uno. El retrato psicológico que consigue de Todini no es demasiado profundo pero le basta darse cuenta de que para él, su mujer es como una hija, la que quiere y venera pues supone el acompañamiento a su vejez; por eso decide, incluso cuando es consciente de que Laura no ha muerto, a pesar de que las pistas señalen lo contrario, continuar la investigación para llegar a entenderla, para profundizar en una personalidad difícil, para saber por qué ha desaparecido o ha decidido desaparecer.

Para ello se entrevista con todos sus allegados, amantes, examantes, el profesor de universidad con quien trabajó en una investigación sobre Nolli me tangere, un cuadro de Fra Angélico en el que ella fue capaz de intuir algo que hasta entonces no había salido a la luz; se entrevista con su única amiga, que lo conduce a otra obra artística que impresionó bastante a Laura, The cocktail party, una representación teatral de T.S. Elliot; esta chica es quien lo pone al corriente de una novela que Laura terminó, todos pensaban que la estaba escribiendo al amparo de su marido para sacar provecho, y se la dio a ojear a ella. Así pues, Giulia es la única persona que leyó la novela puesto que una vez que lo hizo, Laura la destruyó «…me dijo que se había percatado de que no había escrito una novela, sino un balance de quiebra […] la historia de un girar en el vacío […] Creo que fue esto lo que le dio miedo. Y por esa razón, cuando se la devolví, la quemó».

El señor Todini permite al comisario leer las cartas de Laura puesto que todo lo demás que le pertenecía, el ordenador, los libros, las llaves de un piso que tenía (y que pone en venta), su dinero… todo se lo lleva sin dejar rastro. De esta forma conocemos que, a pesar de su inteligencia, y de la pasión con la que la abordó, dejó a medias la tesis sobre Fra Angélico porque se enamoró perdidamente del cadete Ernesto, perteneciente a la Academia Naval; por esta razón lo dejó todo y se fue con él. Al poco, Laura le comunicó por carta que estaba embarazada a lo que Ernesto respondió aturdido, primero, pues no se encontraba preparado para tener un hijo, pero tras meditarlo, pidió permiso en su destino para reunirse con Laura y celebrar la noticia, sin embargo Laura ya había abortado. En este caso es Ernesto el que la deja al no entender su reacción, mucho menos el que hubiera tomado la decisión tan repentinamente.

Asimismo, al leer la obra de Elliot, el comisario avisa al señor Todini de que su mujer puede haber huido con Wilson Peixoto, una especie de padre espiritual que les presentaron en el homenaje a un escritor brasileño; de hecho, el abogado de Laura vende su casa y transfiere todo el dinero a una cuenta de Peixoto a modo de dote. Pero la idea de que Wilson Peixoto quiera aprovecharse de Laura no se sostiene dado que él es millonario.

Entre todas las pesquisas que Manzini va desentrañando con gran agudeza se encuentra con las barreras típicas de la sociedad, las noticias periodísticas que llevan a falsas pistas y la presión de la propia policía que lo insta a cerrar el caso para no quedar más en ridículo ante todos, así como la presión moral del propio Todini, que vive en continua congoja desde la desaparición de su mujer; incluso es internado en el hospital al leer la noticia de su secuestro. Pero ambos, Maurizi y Todini, saben que no ha sido recluida, que ella está bien y que va dejando pistas de por qué ha tomado la determinación de desaparecer. Y entre todos los que han tenido contacto con ella llegan a la conclusión final, sorprendente para el lector, pero lógica para una personalidad inconformista como la de Laura. Por medio de los diálogos Andrea Camilleri desentraña a fondo la psicología de Laura Garaudo hasta el punto de que el lector empatiza con ella y respeta su decisión, como así hace el comisario.

Camilleri escribe una obra corta, bien podría llevarse al teatro pues lo de menos son las fechas del seguimiento de la investigación o las analepsis que surgen de vez en cuando. Si el personaje queda perfectamente retratado es por lo que piensan y dicen de ella cada uno de los que han tenido contacto con Laura.

No me toques podría encuadrarse en el teatro psicológico, aquél que deriva del realismo y naturalismo de Meyerhold para imbuirse con Antón Chejov o Luigi Pirandello en una reflexión vital sobre los grandes interrogantes de la existencia, el ser, el parecer, la verdad, el tiempo… la muerte.

Pero no es teatro, es una novela dialogada en la que, el creador de Salvo Montalbano, que curiosamente esta saga policiaca no ha sido llevada al teatro pero sí adaptada a la televisión por el propio Andrea Camilleri, utiliza a otro policía con rasgos que nos recuerdan a Montalbano, como la inteligencia, la fidelidad, el ser un antihéroe, la cultura que posee derivada de la lectura, el razonamiento y, sobre todo, la falta de prejuicios. Al coincidir estos dos detectives en la base de las novelas, al tratarse de novelas policiacas en las que lo de menos es la acción y lo más importante el sentido del humor, la bondad, la ingenuidad incluso de los personajes, me da la impresión de que éste es el sello del autor, un guionista televisivo, director teatral y novelista nonagenario, lúcido, inteligente y bueno.

El estilo es bastante coloquial, al tratarse de diálogos es usual dejar frases inacabadas

—Quizá porque querían retrasar el descubrimiento del secuestro.
—Es posible, pero…
—¿Pero…?

O utilizar expresiones corrientes típicas entre el habla policial —o de cualquier trabajo—, siempre de superior a subordinado

—¿Y cuál es esta prueba?
—Una rosa del desierto
—¿Qué coño dice?
—Disculpe. La rosa estaba dentro de un paquete…

Asimismo encontramos reflexiones enigmáticas, tanto de personajes reales de la novela

—…Y, como es natural, de esas cartas habrá obtenido una imagen, como poco, pésima de Laura.
—Con sinceridad, no.

como de otras metateatrales que sirven para aportar soluciones definitivas

Reilly: […] Ha dicho dos cosas: ¿cuál es la primera?
Celia: Una conciencia de soledad… Que uno está siempre solo.
Reilly: ¿Y el segundo síntoma?
Celia: Éste es aún más extraño… es un sentimiento de pecado.

Por supuesto no falta el humor, el buen humor, hiperbólico, metafórico, derivado en este caso de la criada, más preocupada por sus labores cotidianas que por lo que les pueda ocurrir a sus señores, gente que vive otras experiencias más idealistas

—¿Qué podía hacer? Lo he arrastrado hasta la cama y he llamado a su médico.
—¿Qué ha dicho el médico?
—Que ha sido el golpe de la carta…
—¿El médico ha leído la carta?
—Eh, sí.
—Y ahora, ¿dónde está?
—¿El médico? ¡Y yo qué sé!
—No, hablaba de la carta.
—¿Y dónde va a estar? Sobre la mesa de la cocina.
—Déjela allí. Llego enseguida.
—Pero deprisa. Tengo que ir a hacer la compra.

Aunque parezca increíble, en este informe policial-diario dialógico, lleno de referencias al arte, a la cultura, y a la biblia incluso «Nunca le he preguntado si era creyente o no, pienso que no lo es, aunque aplica al pie de la letra el precepto “Ama al prójimo como a ti mismo”», hay un fondo poético que es lo que consigue que la novela se lea de un tirón, mientras experimentamos, con esa protagonista ausente, sus mismos sentimientos.

Como director y guionista televisivo conocí a Camilleri en la serie policíaca Montalbano; por cierto, le puso ese nombre a su protagonista en honor de Vázquez Montalbán, a quien siempre le estuvo agradecido por haberle descubierto los secretos de la novela negra; por eso, según el propio Andrea, al recibir en 2013 el premio Pepe Carvalho, fue «sentir el calor de la amistad». Debe ser eso, que los grandes y los buenos se juntan y quedan unidos eternamente.


Pues me gusto la serie del comisario Montalbano, también disfruté con el joven Montalbano, pero no conocía al Camilleri novelista y, aunque un poco tarde, me he sentido reconfortada por dos cuestiones, la primera es que queda gente buena en el mundo, la segunda es que se pueden pasar los 90 años con una lucidez increíble.

domingo, 3 de septiembre de 2017

VERANO EN ROJO



Fantástica la primera novela de la comisaria Ruiz. Intrigante principio que se va bifurcando en otros personajes con historias de pasados envueltos en dolor y dureza. Enigmático arranque que se va haciendo cada vez más misterioso porque cambian los escenarios, y el lector, apasionado, los sigue impaciente tanto o más que los protagonistas, hasta llegar sin decaer un solo momento al apoteósico final digno de una escritora de altura, como es Berna González Harbour.

Empecé leyendo el tercer libro de la saga y me encantó. Alguien muy querido me recomendó el primero y creo que lo he terminado en tres días, tal era mi pasión por saber lo que ocurría, no sólo al final sino tras cada capítulo, porque cada apartado de Verano en rojo es un acontecimiento. ¿Cómo es posible? La autora no da respiro al lector. En otras novelas buscaba, normalmente y siempre que podía, el final de una sección para dejar la lectura; con ésta no ha sido posible, el término de un episodio va ya enlazado con otro anterior, posterior, del mismo personaje, de otro diferente, en el mismo escenario o con un cambio abrupto, pero nunca se pierde el hilo. Berna González es una maga de la escritura y consigue que nos situemos siempre. En ningún momento he debido volver atrás para recordar algo.

Pues eso es lo que me ha vuelto a maravillar de esta escritora, su forma de contar la historia, una historia inclemente que, con lenguaje también duro, se lee sin herir sensibilidades aunque no quede en el tintero nada por contar, crueldades de la vida que retratan una sociedad totalmente actual, una sociedad podrida en muchos aspectos; González Harbour se ha atrevido y ha tocado uno de los intocables «Sólo Dios tiene el poder y la gloria de juzgar al hombre», ha denunciado a la Iglesia y sus incursiones en la pederastia, y ha abierto los ojos de muchos de nosotros al avisarnos de que una víctima presente puede convertirse en un asesino futuro.

Verano en rojo es una novela negra pero al mismo tiempo una crónica policial puesto que el asunto que trata está, tristemente, de plena actualidad. La novela está basada en hechos ocurridos en el pasado, que a su vez se remontan a tiempos más remotos y hoy todavía forman un tema presente. La autora saca su lado periodístico para recopilar los datos más importantes que rodean a las dos muertes ocurridas al mismo tiempo en lugares diferentes, Madrid y Santander, dos muertes relacionadas con un pasaje bíblico, «Entonces, los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos [...] y todos los cerdos se ahogaron en el lago (San Marcos, 5)», con abusos a menores y, por supuesto, chantajes.

El periodismo, el buen periodista, está presente y perfectamente retratado en Javier Luna, reportero que se introduce en un caso para profundizar en la noticia, contrastarla y tirar de lo que haga falta para denunciar. En el evento que nos ocupa encontramos en este tipo de periodismo un paralelismo absoluto con la labor policial; de hecho a veces no se distingue bien quién es quién «—y ambos ahogados —María comprobó una vez más que Luna tenía información— ¿Tal vez se me escapa algo más, comisario Luna? —Sí. Que fueron al mismo campamento. —Esta vez fue un golpe bajo, directo al estómago». Agradecemos que de vez en cuando nos recuerden que quedan periodistas cuyo fin es el trabajo bien hecho, que permanecen en el anonimato cuando en realidad son verdaderos héroes, reporteros que van siendo aplastados en nuestra sociedad por aquéllos que se conforman con sacar las miserias de supuestos famosos, que supuestamente no deberían de interesar a nadie y, sin embargo, ahí están, porque la mayoría es lo que pide (o lo que han obligado a que pida), la entrevista hueca que cuenta hasta lo más sucio de cada uno para que los critiquemos y pidamos más, demostrando lo morboso que puede llegar a ser el hombre, que detalla en ocasiones mezquindades suficientes para poder entrar en la cárcel aunque estén en lo más alto. Es el periodismo amarillo que se ha forjado cómodamente un hueco en nuestras vidas.

Berna González echa mano asimismo de su vena literaria y nos muestra maravillosas descripciones de una precisión absoluta, por lo que las imágenes acuden a la mente sin esfuerzo «El cura de la familia. Aquel de los mechones lacios sobre la calva, que había señalado al cielo para confiar en el regreso de Alejandro, como otros antes confiaron en el cielo para frenar el socialismo [...] El Padre Saturnino se dejaba caer por ahí, sin invitación alguna, y su madre se volvía loca para improvisar alguna comida más suculenta [...] Cuando alguna vez algún hermano que jugaba en la calle le veía llegar se lanzaba a correr... ¡Que viene el Padre Saturninooooo!... ese sacerdote viejo, de nariz y barbilla curvas, sotana negra y bastón, pariente de otros parientes».

Verano en rojo es una historia cruda, vibrante, con todas las características de la novela negra que, puede ser por la intervención periodística o por bastantes expresiones líricas, se lee con facilidad. La complicada historia se convierte en un argumento sin complicaciones a pesar de que los narradores van cambiando, se traslada el tiempo de acción o varía el foco de atención; los personajes se van alternando junto a sus pensamientos, sus acciones y espacios «Pero eso era cuando aún sabía mantener el tipo [...] Cuando aún llegaba a tiempo de curar a los pacientes. Cuando un joven policía aún no había desenfundado un arma para hacer algo muy distinto a lo que ella esperaba de él: introducir el cañón en su propia boca...»... Pues todo ello facilita que sigamos los pasos de Javier Luna, de la comisaria María Ruiz, del comisario Carlos Fuentes, de Tomás, Esteban y Martín. Todos trabajando unidos, a veces aunque no lo sepan ni ellos mismos, para realizar las pesquisas necesarias y resolver los asesinatos de Alejandro Sánchez y Samuel Gómez en condiciones algo inquietantes que se van transformando en macabras según nos vamos adentrando, para ir uniendo, al mismo tiempo, a los personajes con sus historias y su desgraciado final. Porque no hay nada más espeluznante que los actos de aquellos que se valen de la religión —cualquiera— para someter a los más débiles a sus impulsos, exigencias, neuras, o a sus instintos asesinos, sádicos o lujuriosos. Es la cara tenebrosa de la religión que tanto tiempo lleva saliendo a la luz pero, normalmente, de pasada. La autora manifiesta en Verano en rojo, de forma directa, lo que encontramos bajo algunas sotanas; bajo el aspecto melifluo y beatífico aparecen las ansias de poder —esas que el Magistral Fermín de Pas ya aportaba en 1884 en La Regenta—, aparece el instinto lascivo y el criminal.

La narración, a pesar de todos los cambios, fluye con naturalidad, con palabras precisas, sin aspavientos ni tabúes, incluso a veces con cierto toque de humor y siempre retratando con gran sensibilidad a todos los personajes; no encontramos superhéroes, aparecen personas normales, policías que pueden saltarse a la torera alguna ley porque la angustia y el celo al bienestar de las víctimas, a la justicia, puede más que cualquier otra cosa. Son policías pero ante todo son personas, como demuestran algunos de sus actos y las personificaciones que la autora realiza de sus pertenencias «Esteban encendió el enésimo cigarrillo con el anterior y se pasó otra vez la ley por donde solía al arrojar por la ventana la colilla encendida [...] El coche avanzaba sorteando obras y camiones con las sirenas al máximo, ya afónicas tras horas de presión».

De esta forma podemos introducirnos en un tema durísimo, que probablemente no resistiríamos en la vida real pero que aquí, en la ficción siempre nos mantiene alerta, con ganas de saber más. Una denuncia firme a esa Iglesia que confunde delito y pecado pensando que sólo Dios podrá perdonarlo «Limpiar, lavar, curar, volver a Dios ... Ese era el camino».


Férrea acusación que se une a una llamada de atención para que la sociedad se dé cuenta de la violencia a la que están sometidos muchos ciudadanos, abusadores, maltratadores que han sido en su infancia víctimas  de maltrato y de pederastia «pero el odio descarnado a la humanidad, o a cierta parte de la humanidad, empezó a revivir en su interior como una planta carnívora en un bosque tropical».