Mostrando entradas con la etiqueta Rosa Ribas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa Ribas. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2020

UN ASUNTO DEMASIADO FAMILIAR



He terminado de leer la última novela de Rosa Ribas y ha incrementado la admiración que siento por esta escritora. Adoro a su comisaria Cornelia Weber-Tejedor, creo que conforma una de las mejores series de novela negra que he leído. Asimismo la reportera Ana Martí está increíble en la trilogía escrita en colaboración con Sabine Hofmann. Tanto Cornelia como Ana empezaron su propia serie de mujeres detectives, series que echo en falta; deseando estoy de leer alguna entrega más de cualquiera de las dos.

Y cuando parecía imposible llegar más alto, Ribas creó a Miss Fifty, una superheroína que nos deleita con su sentido del humor mientras, de forma metafórica, tiende un cable a todas las mujeres que deben hacer maravillas para continuar “activas” en la sociedad actual.

Después de todo este elenco de mujeres protagonistas principales en casos de investigación policial, le llega el turno a Amelia Hernández, una de las hijas de Mateo Hernández, detective privado, que se dedicó en cuerpo y alma a conseguir que sus tres hijos siguieran sus pasos, hasta crear la agencia familiar Hernández Detectives.

Si las familias no son sencillas, ésta mucho menos. Rosa Ribas propone como centro casi exclusivo a Lola, la madre. Lola no es detective, aunque tiene un sexto sentido para los casos que llegan a la agencia. Probablemente sus continuas alteraciones en el pensamiento y el deterioro de las emociones, que hacen de ella un ser frío, difícil y predispuesto al aislamiento interior, sean la causa de esa clarividencia que ostentan algunos esquizofrénicos cuando no están medicados. Probablemente. El caso es que Lola es el eje de la familia. Un eje ambiguo pues aunque parece fuerte, decidida, cruel, puede quebrarse en cualquier momento, arrastrando a quienes tiene a su alrededor.

La novela comienza in medias res; el lector constata ya la falta de capacidad de Lola para establecer relaciones sociales. Pero poco a poco irá conociendo a la familia Hernández, que reside en un barrio de Barcelona, en una casa grande, de dos plantas, con un jardín en el que otra casita da cobijo a la hermana de Lola, la tía Claudia, quien se mudó allí con su hija Elsa al morir su marido. Años después, Elsa morirá a causa de una sobredosis. La madre de Lola, Elena, también estuvo viviendo con ellos hasta que murió. Nora, la hija mayor se fue de la casa para casarse, regresar viuda un año después y desaparecer de nuevo, esta vez sin dejar rastro, desde hacía cuatro meses. Marc, el único hijo, vive en su propio domicilio con su mujer, Alicia, aunque pasa más tiempo en la casa paterna que en la suya propia, entre otros motivos porque es ahí donde tienen el despacho de detectives. Amelia, la pequeña, también se casó con Marc pero su matrimonio ha durado poco a causa de la infidelidad de él. Por esa razón Amelia está de nuevo en casa de sus padres.

Esta familia, inestable, es un claro reflejo de la inclinación natural a la endogamia, «Daniel Ayala era el único empleado de la agencia que no era de la familia». El funcionamiento profesional tiene asimismo sus desequilibrios; todos se conocen a la perfección, lo que supondrá una ventaja en ocasiones mientras que en otras va minando las relaciones, «Es que tiene que ser francamente jodido que tu hermana sea el hijo que tu padre querría haber tenido, ¿verdad?».

Todo en Un asunto demasiado familiar es dual, la mala relación entre los Hernández y los Guzmán sirve, sin embargo, por intervención de una amenaza, para que Mateo acepte encontrar a Jonathan Guzmán, desaparecido tres días de su casa. Su padre, Carlos Guzmán no acude a la policía por temor a que descubra sus asuntos corruptos en la construcción y en el tráfico de obreros. La agencia de detectives Hernández se hará cargo del caso con la oposición de Lola, pues se decidió, cuatro meses antes, no buscar a más desaparecidos al no haber sido capaces de localizar a Nora. Al encontrar a Jonathan, Amelia no se da por vencida y continúa buscando a su hermana.

A lo largo de sus averiguaciones iremos profundizando en la psicología de Lola, el sufrimiento vivido por su enfermedad, que la ha llevado al alcoholismo, y que ha convertido a sus hijos en seres inseguros en su infancia, aterrados, con sentimiento de culpabilidad por las reacciones de su madre, y traumatizados de distinta manera en su madurez. Vivir en casa de los Hernández-Obiols es un infierno

Se levantó. Como un molino enloquecido, arrancado del suelo, sus brazos golpeaban frenéticos, tirando tazas, el azucarero, platos, un bote de galletas. El suelo crujía bajo sus pies.
—Más de cuatro meses. ¡Vaya mierda de detectives!

Este infierno intenta ocultarse como sea a la gente. El pasado turbio de la familia, aunque diáfano, no pasa de ser una sospecha en el barrio; la adolescencia delictiva de Mateo puede regresar en cualquier momento si ve peligrar la seguridad familiar. Su actitud corrupta con los demás se transforma en protectora cuando se trata de Lola, una protección que, paradójicamente pone por encima de la debida a sus hijos.

Todo el mundo es consciente de que las mujeres Obiols son “un poco raras” aunque no lleguen a sospechar lo que son capaces de hacer en momentos álgidos de su locura «Dos pasos en la habitación y una bofetada para cada uno, más otra extra para Nora que, según su madre, fuera lo que fuera, seguro que había sido idea suya». Todos en el barrio son conscientes de la situación anómala de la familia aunque la angustia de Amalia quede dentro, el alcoholismo de Marc lo atormente en su vida íntima, el miedo de Nora rebrote de vez en cuando y la soledad de Mateo sea fruto de la culpa que asume al cerciorarse del desamparo en el que lo han sumergido sus hijos; es la consecuencia de haber dedicado su vida a una alcohólica esquizofrénica, «No podía más. Por primera vez desde que había desaparecido Nora se echó a llorar».

Esta historia dura y cruel se cuenta con un estilo ágil, dinámico, que engancha al lector. Es la magia de Rosa Ribas. La narración difumina la violencia con metáforas festivas «Giraba el tenedor sin darse cuenta de que no había un solo espagueti montado en ese carrusel». Las sinécdoques ocurrentes exponen de manera espontánea situaciones de carácter grave «La descubrieron porque le asomaba el pico norte de Madagascar del bolsillo de la chaqueta del uniforme […] su permanencia en la escuela era insostenible».

Las ironías consiguen restar importancia a la vida inestable e irresponsable de aquellos que, sin trabajar, dilapidan fortunas «y él, como corresponde a la tercera generación, ya había logrado reducir considerablemente el patrimonio familiar». Asimismo los antónimos recalcan la mala situación familiar-personal «Dependemos demasiado de demasiada poca gente». Mala situación que se convierte en soledad al mezclar en una expresión el significado implícito y el explícito «…faltaba una hora para que acabara el día de los muertos. Los vivos ya habían abandonado sus flores en el cementerio».

Hay gestos ilustradores que, lejos de enriquecer el discurso, encubren el pensamiento durante la conversación «El gesto de la mano con que parecía rechazar el halago […] era el movimiento con que espantaba la insidiosa certeza de que una vez más Lola tenía razón».

El humor está presente en cualquier modalidad, el negro es perfecto para remarcar la falta de objetivos que se instala cuando se apoderan de nosotros las drogas, «Se había tirado de un sexto piso […] Puedo volar. Voy a buscar el pan», o cuando somos presa de la superstición, como el padre de Lola, convencido de que como todos en su familia moriría a los 65 años por lo que a los 60, enfermo de pulmonía aunque sabiéndose a salvo, sus últimas palabras fueron «No me lo puedo creer, no me lo puedo creer». El humor negro es perfecto para ahondar en el problema de la bebida, de las drogas o la locura «Vio las botellas desangradas abajo en el fregadero […] Escarnio medieval. Todas las ratas del barrio borrachas».

Es admirable el uso del lenguaje de la autora, no solo expresiones irónicas o humorísticas alimentan nuestra imaginación, las enumeraciones inacabadas imprimen en nuestra mente una acción constante, repetida, monótona, fiel a la vida de Lola; los diálogos mezclan el estilo directo y el indirecto libre para mostrar la conciencia del personaje. La importancia de la expresión es tal que aparecen términos lingüísticos para recordarla, «Por si alguien dejaba caer el nombre de Jonathan Guzmán aunque fuese en una subordinada». Las relaciones anafóricas en condicional, cuando terminan en una perífrasis durativa, sirven para que Mateo afiance el desarrollo de su desconcierto y el temor a que Nora sufriera algún daño. La inclusión de refranes, comparaciones cinematográficas y literarias, hipérboles ridiculizadoras o imágenes que nos acercan a la decadencia del tango, consiguen que leer Un asunto demasiado familiar sea una fiesta para nuestra mente.

Al entrar en la cocina, el olor de varios alcoholes mezclados. Dominaba la cerveza, más proletaria, más gritona; detrás, la madera perezosa del ron y, arrastrándose como una novia abandonada, la ginebra.
     «Mamá quiere dejarlo otra vez.»

El final es perfecto, cerrado, como corresponde a una novela negra. La familia Hernández Obiols conseguirá sus propósitos, no sin antes haber dejado asombrado o inquieto a un lector que lee más allá de las últimas líneas.

domingo, 2 de julio de 2017

MISS FIFTY


Acabo de terminar una novela que, en principio, me atrajo por tres razones, la portada parece un cómic, además prometía más dibujos puesto que anunciaba quién había realizado las ilustraciones: María Espejo, por otra parte fantásticas; la segunda razón fue la incongruencia del título, al menos eso me pareció pues el adjetivo Fifty no se correspondía con las viñetas de la portada; la tercera, por supuesto, fue la autora Rosa Ribas, con la que he pasado momentos increíbles leyendo las aventuras de su reportera Ana Martí en Don de lenguas, El gran frío y Azul marino (escritas en colaboración con Sabine Hoffman) y, por supuesto, la serie de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor: Entre dos aguas, Con anuncio, En caída libre y Si no, lo matamos.

Si nos damos cuenta Ribas prefiere como protagonista a una mujer, que, ya sea periodista o comisaria, tiene una familia que compagina a la perfección con su trabajo. Son mujeres decididas, fuertes, buenas profesionales que no han olvidado su otra faceta de la vida, la intimidad, algo que, por lo general, parece ignorado por los protagonistas masculinos.

Lógicamente Miss Fifty es otra protagonista de Rosa Ribas, de nuevo la mujer al poder (y en este caso nunca mejor dicho). Marta Ferrer es una mujer trabajadora, casada con un abogado, madre de dos hijos, que acaba de cumplir 54 años cuando ha recibido su última sesión de radioterapia, tras someterse a una operación por un cáncer de mama. Hasta aquí todo entra en la normalidad actual, pero Ribas ha querido dar una vuelta de tuerca y ha hecho que la última descarga de radioterapia dote a Marta de una serie de poderes sobre humanos como la fuerza, la invisibilidad o la capacidad de volar. Y así comienza una novela escrita desde el humor, la alegría, la ternura y el ánimo hacia todas aquellas personas que han pasado o están en una situación parecida «...llegó a tres conclusiones: la primera era que lo que le sucedía se debía al rayo, [...] no se lo iba a contar a nadie [...] modificar a placer la temperatura del agua no estaba entre las nuevas habilidades [...] así que tuvo que girar el grifo del agua caliente con la mano, como siempre».

En realidad, los poderes de Miss Fifty son una alegoría de la situación por la que antes o después hemos de pasar las mujeres; la invisibilidad es evidente, llega una edad en la que la sociedad, consciente o inconscientemente te relega, lo vemos en las películas, las actrices más deslumbrantes pasan de ser seductoras a abuelas de primera categoría, no así el hombre, que puede seguir seduciendo aun cumplidos los 60; lo vemos en las series de televisión y, lo más triste es que lo vemos en la realidad, la obsesión por la eterna juventud nunca ha tenido tanta fuerza como ahora, parece como si llegada a una cierta edad, la mujer no sirviera para otra cosa que para sobrellevar el día; por eso la fuerza, la capacidad para enfrentarse al mal, hace de Miss Fifty una heroína. El otro superpoder es el de volar, y está claro que en la realidad si no nos dejamos llevar por nuestros sueños no vamos a tener fuerza para emprenderlos ni ilusión por llevarlos a cabo. Hay otros superpoderes que, curiosamente se desarrollan de forma desmedida en las madres: el oído finísimo (sobre todo en conversaciones familiares) y la vista como cámara de alta velocidad (fruto, en las madres, de la constante vigilancia a las que se ven obligadas desde el principio) «Algo me hace fijar la mirada en movimientos subrepticios y entonces puedo verlos como en cámara lenta. Puedo ver a los carteristas en acción».

Así pues, Marta, con un cuerpo que dista algo de lo despampanante, «...se hizo un traje de una pieza uniendo el pantalón y la chaqueta del pijama y ajustándolos a su cuerpo. Esto último no le gustó tanto porque le marcaba algo de tripa, pero tenía que ser así. Según Raquel, los trajes de superhéroes eran ajustados», ataviada con ropa cómoda, recién salida de una enfermedad que le ha dejado secuelas de dolor y debilidad, consigue transformarse en Miss Fifty y ayudar a combatir el mal que invade todas las sociedades. La primera en tenderle una mano es Raquel, su amiga de toda la vida, otra luchadora que ha sabido, a pesar de ser autista, integrarse en la sociedad y llegar a ser un «alto cargo en el Instituto de Estadística de la Generalitat». Otro que se une es el inspector Jordi Gurruchaga «de los Mossos d’Esquadra. Y si no me equivoco, usted es Miss Fifty». Ambos jugarán un papel importantísimo en el trabajo de Marta, Raquel es la que con su falta de imaginación y su lógica desbordante, encaja los cómics en la realidad, pero al mismo tiempo es quien nos pone en contacto con el día a día de las personas enfermas y las anima a luchar «—No pierdas el tiempo con los por qués, lo que ahora importa es cómo sales de esto». El inspector Gurruchaga será el encargado de mantenerla en el anonimato y, tras el aviso de ella, llevar a los policías hasta el lugar del incidente para que, cara a la sociedad, sean quienes lo han resuelto, aunque es cierto que también será el responsable de un conato angustioso de celos por parte del marido de Marta, que no entiende las salidas nocturnas de su mujer y las entrevistas constantes con el atlético inspector.

He comentado al principio que los poderes son metáforas de situaciones por las que pueden pasar las mujeres, pero hay más, el poder de Miss Fifty viene de las ganas de vivir, de hacer algo bueno mientras estemos aquí, simplemente para que nuestra estancia y la de quienes nos rodean sea más feliz, de hecho la kriptonita de nuestra superheroína es el miedo a empeorar «los controles médicos no solo mermaban las superfuerzas, sino las fuerzas a secas. Y era incapaz de estar al cien por cien hasta que recibía los resultados». De ahí que aparezcan supervillanos tan usuales y anónimos como Yodaína, gente tóxica que encontramos a diario y con la que nos relacionamos a pesar de que nos hace daño, o la Hormiga Atómica, representante de todos aquellos sin escrúpulos que tienen unas ansias de poder desmedidas y se rodean de otros poco inteligentes para poder manejarlos a su antojo «...le quitó la máscara con antenas que le cubría la cabeza y reconoció a una de las personas desaparecidas [...] al que su madre había descrito como “alma de cántaro”». O la Bola Platónica, parejas que siempre van sembrando el rencor que se tienen contagiándolo a quienes se encuentran con ellas, sólo por no hablar en el matrimonio, por dejar que el silencio vaya acrecentando el odio, sin ver que la solución está, precisamente en el diálogo, en escuchar al otro.

Asimismo aparecen nuevos héroes que también reivindican un feminismo como Catman «Como estas cosas de gatos siempres son de mujeres...», o Alina Plastilina, la mujer elástica, Monsieur T (de Teletransporte) quien hace un guiño a Míster T del Equipo A, pues lo que destaca en él es su poder telequinésico tanto físico como mental, y Espíritu Santo, cuyo poder, en un alarde humorístico total es que «Emito ondas que permite que las personas a las que capto en una red mental hablen lenguas que desconocen». Entre todos lograrán desarticular una banda de tráfico de personas, de la forma más humorística imaginable.

La narración es fluida, ágil, casi de cómic, a veces no hace falta mucha explicación, pero siempre humor «Blizardo [...] no llegó a saber si era superhéroe o supervillano porque se despeñó a los pocos minutos de adquirir sus superpoderes entre los que, por desgracia, no se encontraba volar». Otras veces nos encontramos con tópicos supermanidos que no por ello están tratados con menos gracia, como el chino manchego que no habla chino pero lo entona «Mi madre quiso que no perdiera del todo mis raíces y me hizo ver todas las películas  en las que se hablaba de mi abuelo Fu-Manchú o las del detective Charlie Chan». Es fácil pues, entre las ilustraciones, el humor, la ingenuidad, mantener la atención, pero, por si acaso, a veces el narrador nos hace preguntas retóricas que contesta rápidamente, para cambiar de ambiente, lo que le permite, por ejemplo, llevar a la vez la acción de Miss Fifty y la de la familia de Marta, «y la presencia maligna? Mientras M. Fifty salía con la moto a buscar a Espíritu [...] Yolanda escuchó los pasos de José Luis en el rellano...».


Novela divertida para todas las edades; creo que los adolescentes pueden disfrutar con estos nuevos héroes y los adultos podemos identificarnos con algunas situaciones de pareja, casi utópica, (pero por algo es ficción) «No dejaba de ser curioso que, de entre todos sus superpoderes [...] la invisibilidad (que les había descubierto interesantes posibilidades eróticas)—, el que más gracia le hacía a su marido fuera su capacidad para mover las orejas». Y todos, absolutamente todos, tendremos la oportunidad de darnos cuenta de que hay que vivir la vida con ilusión.

lunes, 22 de agosto de 2016

ENTRE DOS AGUAS

He terminado la primera novela de la serie que protagoniza la comisaria Cornelia Weber-Tejedor (hay que poner los dos apellidos por si su madre lo lee, para que no se enfade) y tengo una sensación curiosa, rara. Lo normal cuando me enfrento a una novela que considero de extensión inadecuada, es que piense que le sobran páginas y, sin embargo, en este caso tengo la impresión de que al final le falta alguna. Probablemente me he quedado con ganas de más y probablemente sea una técnica narrativa mediante la que esta serie promete realismo, al menos su protagonista principal. El comienzo es fantástico, podríamos decir que in medias res; no hay preámbulos, no hay presentación de los personajes ni del lugar. Ya nos iremos enterando poco a poco. Por lo pronto nos situamos en Francfort, ante un hombre muerto al que el narrador, en principio testigo, le confiere características de vivo, es decir, de alguna forma lo repersonifica «Nada parecía poder oponerse al correr encolerizado del río. Sólo un gallego. A su lado se deslizaban veloces matorrales, palos y piedras; a veces lo golpeaban pero él se negaba a abandonar el pilar central del puente». Pero en este inicio de Entre dos aguas, se cruza  de forma casi inmediata otro crimen que ya tenía entre manos Cornelia y que debe cerrar. En realidad la viuda confiesa ser la asesina. Bastan dos o tres pinceladas para que el lector empatice con ella, en cuanto se entera de las causas que la llevaron, en un momento de enajenación, o de rabia, o de odio, o de todo junto, a cometer dicho acto.

Dan ganas de saber qué ocurre con esta asesina, cuál es su final, pero pasan páginas y páginas mientras le deseamos un desenlace digno, de justicia poética, hasta que nos percatamos de que eso no es lo importante. El caso estaba resuelto pero Rosa Ribas, magistralmente, nos lo ha traído, aunque sea en sus últimos coletazos, para que ya al principio de la novela conozcamos a su protagonista mediante sus actos y los comentarios de un narrador, definitivamente omnisciente. «Cornelia notó repentinamente que tenía hambre, pensó en pasar por la cafetería, pero temió que Fischer la acompañara. El silencio ya había resultado bastante opresivo en el lento camino de vuelta como para aguantarlo ahora comiendo, donde lo más natural era que se conversara».

Así pues la atención queda centrada en el primer cadáver, que aunque estancado en el Meno no presenta signos de ahogamiento. Todos los indicios nos hacen sospechar de su entorno; no obstante el asunto se complica para el departamento de Cornelia Weber porque todos los conocidos sólo tienen palabras de agradecimiento hacia el asesinado, Marcelino Soto, un emigrante gallego, inteligente, que se hizo en Alemania de la nada hasta enriquecerse de forma ostensible (dos restaurantes y pisos para alquilar dan fe de ello) y ayudaba a todos. Todos confían en la bondad de ese compatriota con capacidad para superar una afrenta causada por su padre en la Galicia rural de la guerra civil española, que trajo como consecuencia el exilio voluntario del hijo a Alemania.

Como en la vida misma, una vez comenzadas las pesquisas para identificar al culpable, el superior de Cornelia ordena prioridad absoluta a un caso de desaparición de una ciudadana ilegal, en principio más liviano de lo que resulta en realidad, que creo es la excusa para exponer uno de los problemas de la inmigración: el abuso por parte de proxenetas y personas que ocupan cargos honorables en la sociedad. Este caso sí, como lleva ocurriendo durante tanto tiempo, queda sumido en la oscuridad. Debe ser que alumbrarlo pone demasiados intereses en juego.

A estas investigaciones debemos añadir el violento suicidio de la viuda de Marcelino que aparece, en condiciones sospechosas, cuando aún no habían terminado de descartar a una banda de mafiosos yugoslavos, extorsionadores de locales, como la responsable del asesinato del gallego. Es cierto que la aparición de dicha banda no es sino otro pretexto para que quede patente, con cierto sarcasmo, la espiral de racismo a la que está sometido el planeta «...de buena gana se hubiera echado a reír del discurso de Mehmet, que sonaba casi como el de muchos alemanes cuando llegaron los emigrantes. Alentado por su silencio, él continuó —Llegan aquí y se creen qué sé yo porque en su país eran los reyes del mambo, y no quieren entender que aquí no valen ni media mierda [...] Y esos yugos catetos, que apenas hablan alemán...»

Cornelia va eliminando pistas falsas de los tres casos que investiga, con algo de intuición y mucho de revisión y planificación, hasta que finalmente resuelve el crimen del empresario Marcelino Soto. Pero la narración impecable, con dosis de ironía y algo de humor, hace que en la ficción nos quedemos esperando un desenlace más detallado o redondo del suicidio de Magdalena y la desaparición de Esmeralda.

El argumento es muy interesante y podríamos decir que universal pues desde tiempos inmemoriales el ser humano se desplaza para vivir donde puede conseguir unas condiciones favorables. Las analepsis favorecen lo intemporal de los hechos, como el capítulo 35 Magdalena Ríos. Si la emigración de los españoles tuvo la causa (durante la segunda mitad del siglo XX) en la violencia de un régimen dictatorial, la emigración actual viene como consecuencia de la falta de trabajo. Por el contrario recibimos a emigrantes de otros países que huyen asimismo de sus horrores particulares. No lo olvidemos. Y Cornelia Weber, «—¡Hija! siempre te olvidas el Tejedor, como si no te gustara», nos trae los problemas, las dudas que acarrean todos aquellos que por diferentes causas han debido abandonar su lugar de origen; la inseguridad, la tristeza, el miedo acompañan los actos que enfrentan a personas a un idioma nuevo, un trabajo nuevo, unas condiciones nuevas. Y aunque se hayan instalado y consigan una felicidad relativa no olvidan sus orígenes. (Puede que todos debiéramos experimentarlo alguna vez para eliminar el racismo y la xenofobia).

Creo que éste es el tema principal, los problemas de adaptación de los emigrantes; el crimen, el suicidio, las violaciones y desapariciones son algunos de estos problemas, aunque hay otros menos graves que también observamos en la novela, el dolor de las familias divididas y el dolor cuando el verdadero dolor es por alguien a quien no conoces «todo el contacto se limitó a las llamadas de rigor por los cumpleaños y las Navidades [...] sin que Regino tuviera nunca el valor de decirles que esos nombres caían en un vacío sin recuerdos. No, en cambio, la súbita muerte de Rabal en 2002. Por él llevó luto».

En total son 41 capítulos cortos cuyo título funciona de manera tradicional, como presentación de lo que el narrador va a desarrollar. Esto, unido a numerosos diálogos, confiere a la novela un ritmo ágil, entretenido, favorecedor de una lectura rápida y amena. El Epílogo vuelve a recolocar la situación familiar de Cornelia.

Los personajes están perfectamente trazados a través de su relación con la protagonista. Cornelia es verosímil, goza de individualismo aunque sea representante de un grupo social, aquél que lleva en su sangre una mezcla de culturas y tradiciones. Por esto consigue ser poseedora de un dinamismo fresco; todo un espectro de emociones que dirige al lector hacia la acción que le interesa o hacia el personaje sobre el que conviene fijar la atención.

Así pues, los personaje secundarios son fundamentales no sólo como parte activa de la trama, también van componiendo un retrato de Cornelia «...sonó el teléfono [...] Era su madre que con la excusa de confirmarle la hora del entierro de Marcelino, como si ella no lo supiera, reclamaba más información. Hacerle entender que eso no era posible le costó hasta la pausa de la publicidad».

La comisaria se nos muestra algo irónica, inteligente, con un punto de neurosis hipocondríaca que el narrador nos muestra con una tipografía diferente y el estilo indirecto. «Encontró un paquete de cigarrillos que había olvidado allí y sacó uno. No debería fumar. “El tabaco perjudica seriamente la salud. Se calcula que aproximadamente mueren al año...”. Le daba igual, necesitaba un cigarrillo para seguir pensando...».

A veces la comisaria juega con el lector pues da una pista extraña de algún personaje con la que consigue perturbar o sobrecoger, en cualquier caso funciona como cebo que seguimos indefectiblemente

En una esquina, sin relacionarlo con los otros temas, escribió el nombre Carlos Veiga.
—¿Y eso?
—¿Qué impresión se llevó usted de Veiga cuando hablamos con él?
—Me pareció muy apocado, que estaba muy nervioso y que por eso habló mucho.
—¿No le dio la sensación de que oculta algo?
—No. ¿A usted sí?
No respondió de inmediato.

Otras veces los personajes secundarios no sólo ayudan a la protagonista a resolver el caso, también contribuyen a descargar la tensión pues nos ofrecen el lado más amable de Cornelia, el humor que, a veces, la caracteriza

¿Qué coche tiene un cura? Un Golf. Rojo. Cornelia se sorprendió [...] Vieron pasar el Golf rojo por delante de la entrada del cementerio. Recaredo Pueyo se despidió con la mano.
Cornelia le devolvió el saludo:
—¿Ves? Hasta en eso se parece a Robert de Niro. Cuando Robert de Niro hace de cura, está claro que es un cura que fuma y que no lleva un coche negro.


Expresiones adecuadas, observaciones certeras y una prosa cuidada conforman el estilo de Rosa Ribas, por lo que aunque la presente edición acumule numerosas erratas: Regina por Regino, había llevado a la policía alemana y controlar sus movimientos, aceras ocupados, cosas abstrusas, Conducía al lado al río..., siempre será una oferta tentadora leer las peripecias de Cornelia Weber-Tejedor, una novela negra de gran carga psicológica y cierta dosis de denuncia.

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL GRAN FRÍO

Acabo de leer El gran frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofman.
Estas escritoras ya editaron una novela entre las dos el año pasado, Don de lenguas, en la que la protagonista, Ana Martí, hija y nieta de periodistas sigue los pasos de la familia, pero a ella le toca desenvolverse en una época nada favorable para los españoles en general y para la mujer en particular. En los años 50 las mujeres no solían hacer periodismo de investigación, pero ella se las apaña para ayudar a la policía a resolver un asesinato aunque luego deba ocultar a los lectores datos que el régimen de la época censuraría.
En esta segunda entrega, de lo que parece se puede convertir en serie, Ana Martí ha cambiado de periódico (por razones políticas) y publica noticias bajo seudónimos (por idénticas razones). Y de nuevo, lo que en un principio parecía un caso de arrobo religioso, una niña a la que le sangran manos y pies como si se tratase del mismo Cristo, se convierte en un horror para la periodista que debe aclarar una serie de muertes con lo que parece la oposición del pueblo entero.
Y, aprovechando que el invierno de 1956 fue uno de los más fríos, y la protagonista queda atrapada en un aislado pueblo de Teruel, las autoras de El gran frío denuncian con una claridad pasmosa la dureza de lo que se conoce como la España profunda. Ana debe luchar contra las propias mujeres para que la tomen en serio, pues lo que prevalece es la incultura, la fe absoluta que lleva a un fanatismo intransigente y que no es otra cosa que el miedo a descubrir algo nuevo, diferente, desconocido.
El horror de la vida en los pueblos queda patente en la novela, el miedo a denunciar por las posibles represalias, aceptando incluso el ser torturados como animales desprovistos de toda dignidad, envueltos en un falso orgullo que no lleva más que al rencor. La admisión de un determinismo feroz, causado por la falta de conocimientos científicos, que desemboca en la necesidad de creer en fantasías y supersticiones para todo a lo que no se encuentra respuesta. El tópico de las figuras autoritarias, cacique, cura, guardia, alcalde, maestro, queda de alguna forma desbaratado. Esto es lo que tiene vivir sin más expectativas que las que conocemos, las que nos rodean, dando la espalda a otras costumbres, otras posibilidades, otros razonamientos, otros saberes.
Por eso no me extrañó cuando el cacique del pueblo, don Julián Maestre, le contesta a Ana Martí con una cita de Hamlet (lo que dice el príncipe a su amigo al hacerle jurar que no dirá que ha visto el espectro) “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”. Y efectivamente hay más cosas en la novela para poder entender el “milagro” de la santita con estigmas y los asesinatos. Y será Ana Martí quien los descubra; y nos enteremos en un momento porque la novela se lee del tirón, desde el principio te atrapa la prosa ágil y el suspense.
Y desde el principio, algunas curiosidades sobre nuestras costumbres nos hacen entender algo mejor la tradición de nuestro país; la falta de higiene no es otra cosa que un rechazo hacia los árabes, que, según los españoles se lavaban a menudo. La historia de la marquesa de Villasante, que rota de dolor por la muerte de su hija, decidió cortar trocitos de su cuerpo para que estuviera con ella de alguna manera; cuando encontraron las manos en formol, inventaron una cancioncilla que terminaba: “Moraleja: esconde la mano que viene la vieja”

Me alegro de incorporar otra “detective” a mis lecturas.