Mostrando entradas con la etiqueta Roja y negra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roja y negra. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de diciembre de 2025

MINNESOTA

Hay amigos, mis amigos, que saben que me gusta la novela negra y, si hablamos de Jo Nesbø el nivel sube bastante; así que gracias Mari Carmen, Alfonso, Jesús, gracias porque he disfrutado desde la primera página. Dicho así parece un poco sádico pero es lo que ha ocurrido. Mi mente se puso en marcha para ver quién podría ser ese narrador protagonista que en 2022 se acerca por Minneapolis en busca de documentación sobre el caso de Tomas Gomez, un hombre enigmático que en 2016 protagoniza una serie de asesinatos mientras la policía, homicidios y el propio FBI van tras él. También Bob Oz, un detective policial suspendido por no poder controlar la ira, investigará, con ayuda de algún compañero, el paradero del asesino. Pero sobre todo, para dar con él deberá entender por qué lo hace. Casi toda la historia sucede en octubre de 2016, cuando un narrador en primera persona va contando los hechos desde que dispara a Dante, uno de los jefes de la mafia de Jordan, sin importarle que lo hayan visto por las cámaras de una tienda de animales a la que se dirige después, «El coche pasó, supe que me habían visto. Del mismo modo que sabía que me habían captado las cámaras de vigilancia […] y sabía una cosa más. Sabía que estaba muerto».

Después, el narrador en primera persona, Tomas Gomez, va alternando los capítulos con otro narrador en tercera, que va contando los hechos según suceden, de esta forma las causas de Gomez adquieren otro punto de vista más objetivo.

Pero no nos engañemos, Nesbø es un maestro para darle mil vueltas al asunto, de manera que lo que creíamos haber entendido es justo lo contrario, o al revés. Nada es lo que parece, puede que sí, así que lo mejor es dejarse llevar por una narración sencilla que, debido a los diálogos sugerentes, a los capítulos cortos y a la acumulación de figuras literarias consigue complicar cada situación; de pronto encontramos en un mismo párrafo antítesis sugeridas, comparaciones necrofílicas, pleonasmos evidentes, hipérboles y sinestesias. Todo a la vez. El amor y la muerte planean constantemente en la novela de manera intensa, expresiva. Hay muertes en Minnesota pero la escritura está viva y entra en el lector produciendo no solo un efecto estético sino adictivo. Queremos más, «Al entrar sonó una campanilla sobre la puerta, pero, cuando paró y la puerta se cerró a su espalda, se dio cuenta del silencio que reinaba. Era más silencioso que la ausencia de sonidos. Silencioso como una tumba, pensó, y observó los cadáveres callados de los animales».

El autor mantiene un ritmo rápido, dotado de cierta tensión que, indudablemente va en aumento y hace que los lectores no podamos dejar el libro. Porque todo lo que parecía inexplicable tiene su explicación. No hay superhéroes en Minnesota, si acaso supervillanos y personas dolidas a las que les ha sido arrebatado todo y son capaces de todo. ¿Hasta dónde llega nuestro afán de venganza? ¿Es necesario infligir un escarmiento para quedarnos en paz?

Es verdad que soy una apasionada de Jo Nesbø, pero Minnesota no da tregua. Tampoco Bob Oz, ese detective descendiente de noruegos «Piel blanca de la que nunca se broncea, solo se quema. Cabello pelirrojo denso y rebelde», que, desde que se quedó solo, cura su dolor con sexo y alcohol. En Minnesota importa la trama, por supuesto; importa el estilo, del que podemos destacar el humor negro con el que, aprovechando incluso la muerte, sabe sacar una sonrisa del lector, «Bob se volvió incrédulo al canario, que seguía igual de inmóvil y rígido en su palo. Ahora veía el altavoz microscópico que había bajo el columpio». Destacamos también el humor sarcástico, del que se vale para realizar alguna que otra crítica social: «—Se echó a reír—. Creo que fui yo quien dio marcha atrás. Creía en los ovnis y era terraplanista. Esa combinación se me hizo un pelín demasiado rara». Y por supuesto, la ironía que, en boca de los pobres, resulta desoladora «…que ni tenemos suerte suficiente para hacernos ricos ni estamos lo suficientemente mal para vivir de las ayudas. Dice que va a votar a Donald Trump». 

Pero lo que más llama la atención es cómo el autor se hunde en sus personajes para sacar hasta el más mínimo rasgo de su personalidad. Conocemos a Bob Oz y empatizamos con él, llegamos a quererlo. También a Alice, a Liza y Mike. Son personas que han sufrido y anestesian su dolor como mejor saben en un espacio adverso reservado, sin duda, para la gente pobre, en su mayoría inmigrantes, desechos de una sociedad que no los protege. El problema de la inmigración es evidente y la denuncia hacia la sociedad también «El vietnamita que regentaba la licorería en la que compraba Bob explicaba que, cuando has sobrevivido a una travesía marítima en bote huyes del agua salada lo que te queda de vida».

Y si hay alguna denuncia explícita es a la tenencia de armas por personas que no tienen licencia, no están capacitadas o sí. Da igual, cualquiera puede adquirir una pistola o un fusil y, a quien lleva un arma en su poder solo puede convencérselo de que no la use, usando otra arma. A las muertes por tiroteos hay que sumar las de tráfico de drogas. Es una rueda, vender una da para comprar otra.

La novela puede que tenga menos carga emocional que las del detective Hole pero yo la he disfrutado igual. La tensión va en aumento; los personajes son creíbles de tan descabellados y el argumento no puede ser más actual. Una sociedad que establece la violencia como solución a cualquier obstáculo es algo que estamos viendo no solo en EE.UU., también nuestro país va camino de ello. Minnesota expone uno de los problemas más inmediatos sin querer educarnos, no pretende convencer a nadie, solo expone las causas y las consecuencias. Pero es muy duro comprobar el estado mental de la sociedad actual.

Las ruinas a las que ha llegado el país al que todos aspiraban a imitar se están expandiendo por el mundo. El peligro es que destroza a todo lo que lo rodea. Leer Minnesota es replantearse la moral aunque Jo Nesbø mantenga la esperanza en el ser humano (al menos en alguno).

sábado, 24 de junio de 2023

EL REINO


Está claro que el paisaje de esta novela queda alejado de cualquier tipo de vida conocido. Envueltos en un ritmo lento, los personajes parece que estuvieran atrapados a bastantes grados bajo cero y ese frío es el que despiden en las relaciones que mantienen. No encontramos cercanía en el trato; conforme nos vamos adentrando en El reino somos conscientes de que todos ocultan algo, como si una helada permanente hubiera congelado sus actos para que no pudieran manifestarlos a los demás.

La trama es impactante y oscura; nada es lo que parece, la calma narrativa se une a la personalidad sombría de un protagonista torturado por la culpa, traumatizado desde la infancia en un ambiente familiar tenebroso y espeluznante.

La montaña, majestuosa de apariencia aunque con un firme poco estable es la que preside ese reino, y el barranco, amenazante, no es sino su infierno particular «detrás de la curva un aro naranja enmarcaba la cima de Ottertind. Y una raja en la montaña de doscientos metros de profundidad, como si le hubieran pegado un hachazo».

Entre el lugar, los personajes y la acción se da una perfecta sintonía en la que la lentitud es fundamental para hundirnos en la armonía del conjunto y poder profundizar en la psicología de los protagonistas.

Nada es lo que parece en El reino y por eso todo resulta tan atroz, la calma es impostada, como los accidentes, como la unidad familiar, como la sonrisa atrayente del que seduce al resto, como las ganas de pelea del pendenciero, como la orientación sexual aparente, «Shannon se había asegurado de tener el Cadillac ese día. Pero Carl iría en el Cadillac a la ceremonia de inicio de las obras en el solar del hotel. O mejor dicho, hacia el solar».

Jo Nesbø escribe una novela negra monumental, no solo por sus más de seiscientas páginas sino porque aquello que rodea los páramos de Noruega forma parte de un thriller gigantesco que abarca todas las pasiones humanas, desde el amor al odio pasando por la amistad, el rencor, la empatía, la envidia, la corrupción, el maltrato, el miedo y, por supuesto, el asesinato «Aun así había algo que no cuadraba».

Ray y Carl Opgar son dos hermanos que, desde que cumplieron 16 y 17 años vivieron solos en su granja del monte Arrat debido al accidente de coche que sufrieron sus padres y a la muerte del tío Bernard, a causa de un cáncer terminal. Pero Carl, más exitoso en las clases, va a estudiar a la Universidad y se queda en Minnesota. Quince años después aparece con su mujer, Shannon, una arquitecta que ha realizado un proyecto para construir en la cima de la montaña un hotel que los hará ricos, a ellos y al pueblo «¡PARTICIPA EN ESTE SUEÑO!, rezaba el titular, y debajo: SPA HOTEL DE MONTAÑA DE OS. […] Ahí estaba, esa era la razón por la que Carl había vuelto a casa».

La unión de los hermanos vuelve a traer recuerdos y consecuencias. El agente Kurt Olsen cree que tanto su padre, como los de los hermanos no murieron accidentalmente. En la actualidad, la muerte del usurero del pueblo y el incendio del hotel cierran el círculo de sospechosos, pero nada se puede probar. Solo el lector, al final de la trama y casi sin respirar será testigo de lo ocurrido, porque es cuando Nesbø quiere que nos enteremos.

Es muy difícil construir una novela tan larga dando vueltas a un asunto sin cansar, y sin embargo esto es lo que ocurre porque en cada uno de esos giros aparece un nuevo suceso, se desvela un nuevo pensamiento que nos permite reemprender la lectura con una expectación mayor. Incluso las situaciones más desconcertantes dejan de serlo en lo más profundo de los personajes, por eso las aceptan reconociéndolas como previsibles «—Joder, Olsen, ¡saca el maldito alcoholímetro para que sople […] No has superado la prueba de equilibrio […] —Date la vuelta, Ray».

El protagonista es, en principio, Ray Opgard, su hermano Carl aparece como antagonista. Ray es pendenciero, Carl tranquilo; Ray es huraño, sin sentimientos, Carl se muestra simpático con todos, sumiso con su familia y necesitado de la protección de Ray. Conforme avanzamos en la lectura y las analepsis empiezan a sucederse nos damos cuenta de que la provocación que define a Ray no es sino una forma de ocultar su vergüenza y salvar la dignidad familiar, «La vergüenza por lo que has hecho, pero sobre todo la vergüenza por la propia debilidad, por no poder parar, por tener que hacer lo que no quieres».

El lector es consciente de que el espacio, apartado, enrarecido, es lo más destacable, es el verdadero protagonista; de hecho la fuerza narrativa del autor se agranda al trasladar la escabrosa naturaleza finlandesa a un ambiente novelesco intrincado, capaz de conseguir que los hermanos se muevan por laberintos de mentira y traición. Cuando nos percatamos de eso es demasiado tarde para albergar esperanzas. El pueblo entero es una red de engaños en la que los conflictos pueden pasar de unos a otros sin mediar ningún descanso. Nadie se libra de protagonizar actuaciones autodestructivas que golpean el interior de cada uno al tiempo que plantean problemas morales, «Esa mujer poseía algo de lo que Carl carecía […] Ese tipo de maldad por la cual el dolor que uno se procura a sí mismo siempre es menor que el placer de arrastras a otros en su caída».

Todos creen saber lo que no saben «—Según creo, tú todavía no has tenido novia, ¿verdad?».

Porque todos están dominados por El reino, que empieza encuadrado en la granja de los Opgard y termina gobernando a la montaña y a todos sus habitantes. El reino es un reino de humillación para los débiles y de falsos triunfos para los maltratadores porque, antes o después, la situación dará la vuelta «Y vi una sonrisa enfermiza abrirse paso por el rostro inflamado y lleno de mocos del tipo que tenía delante».

La novela está repleta de pinceladas de crítica social, hasta que llegamos al final y encontramos la verdadera denuncia al gobierno, a las autoridades que, impasibles, ven cómo aumenta el número de víctimas sexuales y por maltrato de género.

Jo Nesbø resalta la paradoja que vive un país que aun teniendo una de las legislaciones más avanzadas en igualdad de género mantiene estereotipos que favorecen la impunidad de los agresores sexuales «No sé por qué los tíos creen que tienen prioridad para beber en esta clase de reuniones, o por qué ellas se ofrecen a ser las conductoras sin que se lo pidan […] Cuando Carl y yo éramos pequeños la gente conducía borracha. Pero la gente ya no lo hace. Siguen pegando a la parienta, pero no conducen borrachos».

Conviene que no olvidemos esta reflexión.



domingo, 3 de octubre de 2021

CUCARACHAS

A estas alturas no es un secreto que me gusta la novela negra, aunque quizá no sea auténtica necrófila porque, en ocasiones, cuando la tortura va muy allá, cuando la descripción es demasiado minuciosa o abundan los detalles escabrosos leo más deprisa, incluso me salto algún renglón; es como si mirara para otro lado —que es lo que hago en el cine—. Bueno, pues dicho esto, al ver el título y la portada apenas me decidía a coger el libro, tanto es el asco que me dan estos insectos. Por un momento pensé en forrarlo. Pero lo superé porque me podía la curiosidad. Me encantó el primer libro de la saga de Harry Hole, Murciélagos (y he leído después que está considerado, junto al segundo, como los peores), así que me dispuse a leer Cucarachas. No me ha defraudado. Hole, a pesar de su juventud, ha madurado; es menos impulsivo que cuando fue a Australia, más reflexivo aunque mantiene su sello de identidad, que es lo que lo hace más atractivo.

Nuestro detective reside en Oslo, su lugar de origen, y en esta ocasión es requerido desde Bangkok para resolver el asesinato del embajador de Noruega en Tailandia mientras estaba en un hotel. El jefe de policía, amigo de Harry, insinúa que puede mandar a otro (dado su estado de embriaguez casi constante). Pero lo quieren a él. Cuando empieza a investigar, todos nos damos cuenta de por qué el interés en Hole. Pensaban que su cerebro no sería capaz de desvelar, entre otros asuntos, la red de pedofilia en la que algunos políticos y policías participan con impunidad. Precisamente el embajador no estaba en un hotel al uso, sino en uno donde alquilaban niñas para disfrute sexual, y en su maletín se encontraron fotos de pederastas abusando de niños.

Querían dar pronto carpetazo al caso. No interesa el escándalo mundial.

Jo Nesbø ha acertado con el título y la comparación entre estas dos especies, «se esconden cuando notan las vibraciones de alguien que se acerca y que, por cada cucaracha que se ve, diez se han escapado ya». No he visto nunca una denominación tan acertada del pederasta.

El autor noruego consigue que la novela sea doblemente interesante pues, a la trama, va intercalando datos curiosos sobre la cultura, tradiciones y costumbres tailandesas.


—Hábleme del tráfico local de putas —dijo Harry

—Es aproximadamente tan denso como el de coches

No solo las prostitutas y los niños circulan de manera usual, lógicamente, fruto de la miseria de cierta parte del país, la gente se relaciona socialmente en la calle por pudor, por respeto al otro, para que nadie vea dónde vive. También el cultivo de opio es generacional. Es evidente que, en este ambiente, la mafia se mueve apoyada por los poderosos más corruptos. Y es un misterio por qué los karaokes tienen tanto éxito, a no ser porque es «el lugar idóneo para encuentros secretos».

Rodeado de deshonra, Harry Hole se dispone a resolver un caso que a pocos interesa sin abandonar el sarcasmo, en los peores momentos, ni el sentido del humor ácido, en cualquier ocasión «El vuelo había sido un calvario. La librería del aeropuerto de Zúrich solamente vendía libros en alemán y en el avión habían proyectado Liberad a Willy 2».

Está claro que el estilo desenfadado de Nesbø engancha, a pesar de que en Cucarachas se den demasiados contratiempos, políticos en su mayoría, que consiguen hacer de este caso algo sumamente complejo. La víctima, un alto cargo político está involucrada en turbios asuntos que desvían nuestra atención, pues se mezclan con la mafia, la pedofilia, la corrupción urbanística, las apuestas, la compraventa… intereses todos de gente importante que querrá mantenerlos como están. Da igual que dos o tres personas se queden por el camino. No es importante. De hecho, también en la realidad, hay delitos que continúan, con el paso del tiempo, más feroces y detestables.

La trama está repleta de giros causantes de que el lector vaya de un sospechoso a otro según le interese al autor. No pasamos por alto aquellos con verdaderos motivos para que el caso no salte a los medios, tampoco olvidamos a los que son demasiado oportunos, demasiado abiertos o explícitos, demasiado confrontados a una mayoría que, en el país más perverso del mundo, tiene algo que ocultar.

En Cucarachas aparecen abundantes secretos en torno a Harry para dificultarle la labor y conseguir así que las altas instancias de la civilizada Noruega no se vean involucradas, y las que presiden la adulterada Tailandia sigan rodeadas de lujos en medio de tanta penuria. Pero, a pesar de las apariencias de los poderosos, aunque no las veamos, las cucarachas están ahí.

Jo Nesbø ha construido un argumento perfecto, desgraciadamente bastante realista. Una vez leído el texto todo encaja, incluso ese final sin arreglar, porque la solución pertenecería exclusivamente a la ficción, a la utopía y vivimos en un mundo que se descompone. Hole se mueve entre multitud de personajes que complican la lectura con mentiras y traiciones, pero él es adicto al trabajo, ¿por su tortuosa vida personal? ¿O es al revés? En cualquier caso leemos la novela inmersos en el estilo ameno de Nesbø, que no olvida, a pesar de los pesares, la finalidad principal de la literatura, distraer, «Llegó cojeando a donde estaba la chica del mostrador, quien parecía estar posando para El grito: inmóvil, sin emitir sonido alguno por la boca». El autor sabe describir ambientes y acciones, en ocasiones sin recrearse demasiado en aspectos morbosos porque lo que interesa no es tanto el cómo sino por qué ocurrió.

Y si vamos leyendo a gusto, entretenidos, con cierta inquietud y bastante curiosidad, al llegar al final nos sentimos pletóricos. Todo es trepidante, desquiciante, aberrante, desasosegante… interesante. Nos mantenemos alerta porque en una perfecta sincronía intercala acciones, personajes y espacios. Somos conscientes de que la relajación de unos supone la tortura de otros. Nadie puede liberarse de la muerte si el asesino lo ha planificado, porque no está dispuesto a perder. Negociará con el mismísimo infierno si es necesario. Pero este asesino no cuenta con que Harry Hole tiene su propia ética, que no coincide precisamente con la policial o política. Hole es una especie de superhéroe que aguanta todo lo que le ocurra, para poder sobrevivir a caídas desde una ventana, a ahogamientos en la piscina o a balas que lo atraviesan, porque, Jo Nesbø, a modo de ángel, cuida de él, para que pueda enfrentarse a otro caso.

sábado, 15 de febrero de 2020

BAJO LAS LLAMAS



Si tenemos en cuenta que negra alude a un tipo de novela en la que la resolución del misterio no es el objetivo principal y los argumentos son muy violentos, Bajo las llamas es una novela negra, porque en realidad no hay misterio. Todo es lo que vemos desde el principio, horror, violaciones, mutilaciones, depravaciones, animalizaciones… Estamos en la Semana Sangrienta, un poco antes, porque el libro se divide en 11 días, los últimos del movimiento insurreccional que azotó la capital francesa, entre marzo y mayo de 1971, para instaurar un proyecto popular socialista que pretendía expulsar a los prusianos de París. No hay más misterio. Sabemos cómo empezó y cómo terminó, por lo que queda ver qué hacen los personajes. El argumento no ensalza el valor de la batalla; es cierto que a veces aparecen nobles sentimientos de algunos ciudadanos que viven aplastados, pero quedan ocultos tras las circunstancias ambientales, o depravaciones personales, para mostrar obscenamente a un pueblo envilecido «Como las manos de la mujer buscan su cuello arañándolo con las uñas, le propina un codazo en la cara que la tira al suelo con la bata levantada hasta los muslos […] abofetea a la niña con la mano libre y la agarra del pelo, y ella cae sin proferir un grito, rodando bajo la mesa».

Desde el primer momento la ternura e indefensión de los débiles, expresada directamente, ahonda en el ánimo del lector, que siente también el miedo y la impotencia.

En el infierno en que se ha convertido París, los seres más abyectos aprovechan para cometer los peores delitos imaginables, sadismo, maltrato, trata de niñas o jóvenes, tortura, esclavitud… Una familia acude a la policía para denunciar el rapto de su hija en plena calle. Antoine Roques, un encuadernador que asume el papel de comisario durante la revuelta, decide buscarla cuando, poco después, una cocinera que ejercía de enfermera, novia de Nicolas, también es capturada delante de su amiga y otras mujeres. Todos sabemos quiénes son los secuestradores, los lectores, además, conocemos la barbarie a la que son sometidas las chicas, pero es imposible, entre tanta desgracia realizar un seguimiento en condiciones, el miedo de los ciudadanos, los ataques constantes de la guerra impiden que tanto la policía como Nicolas y dos compañeros, localicen a Caroline, la enfermera.

Los aspectos más oscuros de la sociedad aparecen en toda su crudeza, la corrupción, el vicio, la misoginia, la miseria, conforman el abanico de la trama. Está claro que la guerra saca lo peor de cada uno, pero Bajo las llamas no da tregua «Recuerda el placer brutal que obtuvo ella, su llanto y sus gritos de dolor mientras se la follaba y cómo imploraba piedad murmurando desde el fondo de su mente dominada por el opio».

La sociedad queda instalada en un determinismo absoluto donde no hay esperanza posible; Hervé le Corre resalta el conflicto que surge entre la sociedad y los sueños de libertad mediante un narrador omnisciente para que, con oraciones cortas y rápidas, consiga una fidelidad descriptiva de los ambientes, los sucesos y la psicología de los caracteres «Nicolás intentaba comprender lo que veía […] El ejército de la Comuna. El pueblo en armas. Hurgando con la punta de la bayoneta en los desechos […] Ordenó con voz firme formar filas, apeló al valor, a la dignidad, pero nadie lo escuchaba».

En realidad el narrador es el que dirige la trama, durante un día relata lo ocurrido a un determinado personaje para pasar a otro al día siguiente, cuando quiere realza la mentalidad enferma del psicópata, como si justificase con ello las causas de su actuación. En otros momentos adelanta acontecimientos, presentimientos oscuros de los desheredados para que llegado el caso, el lector entienda que lo importante no es la historia bélica, las acciones de la guerra, sino las consecuencias que provocan en el ser humano. Da igual el tipo de personaje, en realidad no son conscientes de actuar bien o mal, no perciben que han quedado tocados por la barbarie y, aunque no hay salvación posible para ellos, sus esperanzas renacen de la nada «Pan para los críos, y escuelas para que sean menos idiotas que nosotros».

A pesar de los diálogos cortos, que aportan un realismo teatral, el narrador está presente en toda la novela, es quien describe con estilo naturalista, con frialdad absoluta, lo más representativo de los habitantes a través del espacio en el que se mueven, para ello se fija en aquellos detalles que configuran sus formas de ser; enfatiza mediante contrastes aquello que le interesa, el punto débil causante de tanta miseria y depravación. Todo se muestra deforme frente al lector, caricaturesco, tan esperpéntico que distorsiona la realidad. Al final no hay personajes, entre tanto horror desaparece el héroe individual, no hay separación entre buenos y malos, no existen hazañas en esa contienda. El verdadero protagonista es el colectivo formado por todos los miserables que participan en la guerra, es un personaje histórico e impredecible respecto de los sucesos que le van a ocurrir.

El estilo interpretativo de le Corre acerca, de forma subjetiva, la realidad para exponer los hechos que le interesan al narrador en el orden que ha decidido, interpretando la historia desde una perspectiva distante para no tener que implicarse en ninguna de las atroces consecuencias de la contienda.

El rescate de Caroline es inhumano, parece increíble que haya sido urdido por ninguna mente. La enfermera es humillada hasta no ser nada, «Habla con el perro […] Caroline mete la mano por debajo de la puerta […] Se pone a excavar otra vez […] Apartan al perro, quizá de una patada […] les da las gracias, es tan feliz que se echa a llorar […] Caroline siente escalofríos […] solo ve al perro con la cabeza destrozada y las piernas de los soldados […] Nota como empuja el miembro para entrar en ella mientras la bayoneta hace presión contra su cuello».

La pornografía va más allá del arte erótico. Al mezclarse con la guerra se convierte en atentado social, en crímenes sexuales de pedofilia, sadismo, mutilación que se unen a sentimientos de excitación de poder para desafiar cualquier concepto de moralidad. La tensión se hace insoportable por el lenguaje empleado, crudo, irónico, paradójico, de ternura tan cruel que la realidad se nos figura ciencia ficción «Se acerca para negar la evidencia de lo que ve. Toca con la yema de los dedos el rostro de Adrien, que parece dormido con la boca abierta. Una cresta de hierro, roja de sangre, está clavada en la parte posterior de su cabeza».

Es cierto que el narrador es el que mueve a los personajes para retratar lo que le interesa, el infierno de la guerra, la aniquilación total del ser humano, pero en ese padecimiento dictatorial al que es sometido, la protagonista eleva su monólogo interior, que cobra vida y se separa de la voz del narrador para denunciar la violencia a la que es sometida la mujer, una violencia que solo tiene consecuencias para ella misma quien, durante toda su existencia se sentirá, en esta sociedad, sucia, culpable «Nunca le he dicho a nadie por qué me fui […] Mi padre me habría matado y después los habría matado a ellos, sin duda alguna. Juro que te lo contaré si volvemos a vernos, pero creo que me llevaré el asco de mí misma».

Ante esta declaración de intenciones el resto de denuncias, a la Iglesia, al Estado, a los poderes institucionales que permiten o contribuyen al horror indescriptible, quedan en segundo plano.

Bajo las llamas es una novela nigérrima en la que solo se vislumbra una luz de esperanza en un futuro distinto, totalmente diferente a lo vivido hasta ahora.