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miércoles, 6 de mayo de 2020

SAKUKIBARA



El sueño de La última canción de primavera continúa presente en este relato, Sakukibara. ¿Por qué no está incluido en la trilogía que forma el libro original? Es cierto que el tres representa la unidad, pero no creo que fuera por eso; tras leerlo varias veces he llegado a intuir posibles razones. La primera es el título. Los relatos de La última canción de primavera llevan por título el nombre de sus dos únicos protagonistas. Éste se llama como su protagonista, Sakukibara, aunque el argumento nos presente a tres personajes, Sakukibara, Ayame y un chófer… pero el chófer no tiene nombre, es como si no existiera, su única función es transportar en un coche a los demás, y Ayame tampoco parece un personaje real (de nuevo el tres que se convierte en uno), así que este título alude, como los otros, al protagonista.

La segunda diferencia reside en el hilo narrativo. Tatsumi & Funiko, Amaya & Kano y Satoruy & Misato parten de un sueño que comparten con el otro aunque, al final, lo encuentra cada uno en sí mismo. Sakukibara comienza solo su relato y lo termina cuando se da cuenta de que su verdadero sueño es la necesidad de compartir la vida con el amor verdadero.

Otra diferencia aparece en la forma narrativa. La Última canción de primavera está compuesta por tres relatos. Sergio Hernández ha escrito, con Sakukibara, un cuento fantástico. La acción que llevan a cabo los personajes nos adentra en un mundo real imaginario; el mar de Tokyo se aleja de una pequeña playa de Odawara para convertirse en el génesis de un nuevo mundo desconocido, dominado por la oscuridad de un cielo denso, sin luna ni estrellas, un océano que «nos empujaba cada vez con más fuerza contra las olas». Asimismo a Sakukibara, personaje real, le sucede algo fantástico, sobrenatural, cuando es consciente de verse reflejado en la mirada de Ayame, cuando siente que sus ojos «evocaban en mí algo parecido a la desolación».

El protagonista no está frente a otro ser humano sino ante él mismo, desnudo, desprovisto de todo aquello que considera imprescindible. Es cierto que Ayame está con él, pero actúa como la voz de su conciencia, es quien dirige sus sentimientos hasta que escucha a su propio corazón para «volver a vivir sin esa angustia». Cuando encuentra lo que quiere, Sakukibara está preparado para ser feliz. Pero antes ha debido indagar en su interior y darse cuenta de que lo que le faltaba no era nada material. Ayame, ser mágico, compara su estado monótono, infeliz, con un suceso natural, que no es otro que la atracción momentánea, la fascinación que nos produce lo desconocido, lo extraño; cuando se vuelve cotidiano, la seducción decae. Ayame nos lo recuerda con una metáfora musical, hemos de cantar, de sacar a la superficie nuestras emociones olvidadas, para recordarlas tal y como las sentimos la primera vez. En la memoria volverán a ser originales, únicas, y podremos alcanzar de nuevo esa felicidad. Nos sucederá, entonces, lo mismo que a nuestro protagonista, «me trasmitieron una paz inmensa». La nostalgia del pasado y la felicidad revivida hacen que Sakukibara se olvide de todo. Al enfrentarse a los hechos desde otro punto de vista, «un mundo muy diferente al que yo conocía» es capaz de descubrir una nueva realidad en la que se siente feliz, una realidad profunda, refugio íntimo, donde se sabe a salvo y con fuerzas para encontrar a su verdadero amor, lo único importante, «una voz que me acarició como un susurro».

Sakukibara solo quiere ser feliz con Rei.

El ambiente mágico refuerza el estilo lírico. Los sentimientos afloran a cada momento, la visión personal que el protagonista tiene de la vida; las sinestesias se agolpan según el estado de ánimo, «color cálido», «color denso y plomizo», «el aire, silencioso y tenue […] se colaba a través del cielo». Con el lenguaje expresivo de las metáforas, los paralelismos, las aliteraciones, el autor dota, como ya es costumbre en él, de una mayor sonoridad y estética a la línea argumental. El poder de la música, comparable al de los sentimientos, es el único capaz de alejar el caos en el que podemos vernos envueltos para que todo recobre el orden y el equilibrio natural «La luna retrocedió implacable ante aquella melodía».

Algo bello queda en lo más hondo de nosotros tras leer a Sergio Hernández, la necesidad de afrontar cada amanecer con una nueva perspectiva.

martes, 21 de enero de 2020

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE PRIMAVERA



Está claro que vivimos rodeados de inmediatez. El modo de percibir el mundo se acerca bastante a los intereses de Hollywood; las nuevas tecnologías se exhiben ante nosotros de forma engañosa, haciéndonos creer que tenemos la riendas de todo para que podamos sentirnos fuertes, poderosos. Pero no lo somos. Apenas un descuido y el paso del tiempo nos acecha para mostrarnos, implacable, el desvanecimiento de los sueños. Cuando queremos darnos cuenta el nuevo siglo ya no lo es, han pasado dos décadas y nos sorprende porque no nos hemos percatado; los buenos momentos se han deslizado por nuestros dedos dejando un amargo sabor a incompleto. ¿Qué nos falta?

Parece que esta pregunta es la que se hace Sergio Hernández quien, a sus veinticinco años, ha sido capaz de entender dónde reside nuestro bienestar, nuestra seguridad, la verdadera fortaleza que nos define. Necesitamos poder mantener un diálogo interior con nosotros mismos, hacer un alto en ese camino vertiginoso y buscar las razones de nuestros actos, las causas y consecuencias que nos han llevado a ser lo que somos. ¿Para enderezar el trayecto recorrido? No. Simplemente para tomar conciencia de quiénes somos, para conocernos, «Pronto el tren alcanzó la velocidad máxima y en cuestión de segundos ambos se encontraron, irremediablemente, perdidos de nuevo».

En una era en la que el hombre ya ni siquiera mira imágenes, sino pantallas, Sergio Hernández lo coloca frente a otro para que se desnude y comprenda cómo es en realidad. Sólo así, con esa seguridad, será capaz de continuar el viaje o será libre para decidir que ha llegado al final, «Recordó entonces a Misato y sonrió, pensando que aquello era mucho mejor que terminar convertido en ceniza».

La idea estructural de La última canción de primavera es totalmente acertada. Son tres relatos diferentes, en los que dos personajes, conocidos o no, eso da lo mismo, se encuentran «Aquella última noche de invierno» y conversan hasta el amanecer. Lo de menos es si el contacto tiene lugar en la cama, una noria o la playa. Importa la capacidad de escuchar al otro y abrirse a uno mismo.

El nexo de unión entre los relatos es el lugar donde se desarrollan, Tokio, aunque es un nexo metafórico, pues podría ser Londres, Madrid o Nueva York. El autor coloca a sus personajes en el referente tecnológico actual, rodeados de adelantos, de comodidades, de gente, pero solos, rotos por diversas circunstancias. Un enamoramiento indebido que no ha permitido abrir el corazón a nadie más. Los abusos de alguien cercano que rompen la inocencia e instalan en quien los sufre el miedo y la tortura para siempre. Unas expectativas de vida en libertad que se cambian por la seguridad del confort. La traumática y pronta separación de alguien que nos quiere y nos protege, consiguiendo que seamos incapaces de buscar otros caminos de felicidad. La pretensión de buscar algo mejor fuera del entorno por no haber tenido la autoconfianza suficiente para encarar la vida, dependiendo de otros para ello.

Son situaciones tópicas, de nuestra sociedad actual que, sin embargo, se solucionan mediante un tratamiento ancestral, la comunicación.

Y si el espacio y las circunstancias pertenecen al presente individualista, están arropados por el objetivo socializador del jazz, el romanticismo del pop o la cadencia sugerente del rock, de ahí que resulte fácil identificarnos con alguno de los seis personajes de los relatos, «Allí podías escuchar a Talking Heads, Sonic Youth o The Cars, y eso conseguía distraerla durante horas». El título de cada historia, una vez más desde la Antigüedad, alude a lo importante de la narración, el ser humano y sus peculiaridades, Tatsumi & Fumiko, Amaya & Kano, Satoru & Misato.

El contacto que mantienen estas parejas a lo largo de toda una noche es suficiente para que analicen sus vidas desde otro punto de vista, para que cambien la concepción que poseían de ellos mismos. Diálogos largos, larguísimos, que mantienen uno frente a otro, como en un espejo, y que se confunden a veces con la voz del narrador, porque en realidad es la misma, la voz interior de cada uno de nosotros, necesaria para afrontar el ritmo frenético que nos hemos impuesto y poder cambiar aquello que no nos convence, «y el agua de los acuarios cambió ligeramente su sentido fluyendo en la dirección opuesta a la que segundos antes guiaba el ir y venir de las medusas. En ese momento las identidades de Satoru y Misato se diluyeron entre el agua y las luces».

Es interesante observar la madurez reflexiva de Sergio Hernández. Impacta su estilo sencillo cargado de un lirismo especial con el que ilumina constantemente la noche, «No sentimos la oscuridad, la ilusión ciega e incandescente», «Cada noche… solo podía ver las luces en círculos», «cierro los ojos e imagino», «la trompeta chillaba como un aullido solitario en mitad de la noche»…Y reconforta, que alguien tan joven esté convencido de la importancia de la comunicación y la reflexión para que el ser humano lo siga siendo. Creo que el autor es un espíritu romántico, un poeta que plasma, en La última canción de primavera, el valor de la comprensión humana de forma que el afligido pueda recobrar la esperanza «…cuando al fin consiguiesen recomponer su alma y cicatrizar todas las heridas que los subyugaban».

Y es apasionante que haya conocido a Sergio Hernández y sus relatos gracias a los consejos de un ciberamigo literario. Si alguien lee este blog, debe entrar inmediatamente en El yunque de Hefesto. Gracias, David.