sábado, 26 de octubre de 2024

LA VERSIÓN DE JUDAS

La versión de Judas es un libro redondo. Compuesto por diez cuentos, es ideal para leer durante un rato o pasar toda una tarde entretenida porque, aunque Manuel Moyano mantiene un estilo tradicional, cada cuento es diferente y tiene sus propias características.

Los espacios donde se desarrollan las historias van desde los más lejanos, como la selva amazónica hasta otros muy cercanos como Castilla. Los argumentos también fluctúan entre verosímiles e imaginarios, pero en todos hay un riesgo, más o menos explícito, del que normalmente somos alertados al principio «En aquella guerra solo hubo una baja. Se llamaba Mamadou».

Los protagonistas de estas historias no son héroes y el final no es feliz, pero siempre mantenemos la esperanza de que lo sea. La inquietud con la que leemos no decae, si bien casi siempre es una tensión relajada, si esto es posible, que permite querer llegar al final de forma cómoda, aunque nos llevemos más de una sorpresa.

El estilo de Moyano intercala oraciones cortas que aseguran la lectura rápida, en otras más largas que nos permiten ahondar en lo expuesto mientras lo saboreamos. Es una marca del autor. Leí El imperio de Yegorov y tuve la misma sensación. Es una de sus peculiaridades, su voz narrativa definida, que juega con el lenguaje para mantenernos enganchados en todo momento. Y conoce la lengua hasta el punto de que nos presenta una narración sin censuras a la hora de elegir términos científicos de cualquier materia, seguro de que el contexto nos ayudará a entenderlo. Esto acerca a los cuentos a aquellos tradicionales, provenientes de ambientes lejanos con personajes dotados de cierta magia o misterio que, en algún momento, dejarán salir el terror que llevan dentro.

Son historias que nos recuerdan a las góticas de Lovecraft aunque exentas del duro cinismo del estadounidense. Moyano establece sus propios símbolos para afianzar la idea de una humanidad constantemente amenazada, en peligro, «desembarcamos en una playa con forma de hoz […] Desnudos, reverberantes de sal por todo su cuerpo, nos condujeron hasta su poblado como lo haría una rehala de perros. Adoraban al fuego» (La ciudad soñada); «los espejos que colgaban de las paredes estaban cubiertos con paños […] bruscamente, el silencio se vio roto por una voz […] aquella voz procedía del subsuelo» (La casa de la calle Ulloa).

No cabe duda de que el verdadero referente de Moyano es Poe. Los cuentos establecen las dificultosas relaciones humanas, la locura a la que podemos llegar si nos sentimos perseguidos por algo, real o no, y la escasez de medios de que disponemos para huir de esos fantasmas «Todavía continué vagando durante horas por el tren, mientras daba vueltas a una idea que hasta ese momento había querido descartar: la de arrojarme en marcha» (La bufanda roja).

En La versión de Judas lo sobrenatural convive con la realidad hasta formar parte de ella: la noche es importante y los espacios cerrados, algo que aumentará la claustrofobia y animosidad de los propios personajes. El ambiente triste y misterioso contribuye a la inquietud del protagonista: «Una dama alta y melancólica…» «cuando ya había caído la noche» «cierta noche […] me vi conducido a un callejón sin salida», aunque Moyano pueda dar un giro de tuerca y conseguir que hoy, en una época actual, su protagonista pueda tener un final distinto al esperado.

Si repasamos los diez cuentos observamos otra característica propia de Moyano: la certificación de la fugacidad de la vida y la forma absurda con que la mayoría de veces nos empeñamos en afrontarla, casi siempre pretendiendo sobresalir en una sociedad que se mantiene de espaldas al individuo. En Así murió Mamadou, todo sucede de manera casual pero el porqué de ese hecho fortuito es el resultado de querer ser los mejores, tener más que nadie, a pesar de caer la mayoría de las veces en el ridículo para conseguirlo.

También en El orgullo de Riopanza destacan las ganas de sobresalir, sin embargo el temor de enfadar a unos u otros vecinos que mantienen cargos importantes hará que desviemos nuestros propósitos en historias de humo, sin tener en cuenta que nos movemos en una sociedad que favorece el individualismo; los paralelismos antitéticos «Fumador compulsivo, bebedor secreto» son sugerentes efectos rítmicos que enfatizan a los adjetivos igualándolos; de esta forma el compulsivo-secreto nos da idea irónica del protagonista, que se reafirma con los disparates que pretende hacer pasar por reales sin ninguna base científica, «los naturales de Riopanza fuesen descendientes de aquellos míticos habitantes de la Antigüedad» (de La Atlántida). La necesidad de figurar es llevada a tal extremo que premiamos actos que poco después caerán en el olvido, pero todo vale si se hace ruido mediático, «los respectivos lugares de nacimiento de ambos mitos habían sido convertidos en casas-museo que nunca visitaba nadie». Es la hipocresía social a la que nos hemos acostumbrado, que durará justo lo que dure el ser humano porque su memoria no prevalecerá: todo es fugaz. «Sus peticiones fueron desoídas: no solo se le enterró de cuerpo entero sino que su obra […] nunca visita nadie».

Creo que el cuento que mejor representa esta mentira que es la sociedad actual es el que da título al libro La versión de Judas. El humor y la sátira están presentes en las páginas pues hay un nuevo Jesucristo dispuesto a triunfar ya que es conocedor de sus errores anteriores, el primero, «salir a la luz en una época de tinieblas, cuando el hombre apenas había empezado a perder los hábitos del mono» y el segundo error «rodearme de un hatajo de indigentes y pelagatos». El humor está servido en el cuento aunque la ironía social es patente «transformarnos a todos en una legión de majaderos felices, de cretinos eufóricos». Pues así estamos. Lo importante es el momento de gloria, es lo que nos reconforta, nada de problemas aunque en el fondo vivamos en una bomba mediática a punto de estallar: «Los actos y las palabras solo tenían justificación en tanto y cuanto habían de terminar siendo frases del Libro. El número de los Centinelas se multiplicó y su presencia infestó el aire».

sábado, 19 de octubre de 2024

LA CORDURA DEL IDIOTA

La palabra idiota viene del griego y en un principio no era un adjetivo irrespetuoso ni insultante; no hacía referencia a la inteligencia de la persona a la que se refería. Se usaba para referirse a alguien de tipo medio, un ciudadano privado, a diferencia del erudito que ocupaba un cargo público. Pero los griegos valoraban mucho la participación cívica por lo que esperaban que no hubiera ciudadanos idiotas. Los que no se implicaban en los debates eran considerados inútiles. Y así se fue convirtiendo en un símbolo de reproche. Quienes solo vivían una vida privada eran idiotas, no eran plenamente humanos. De ahí hemos llegado a convertir idiota en tonto.

También los que tienen perturbadas sus facultades mentales son considerados locos o idiotas.

Hay un idiota en La cordura del idiota, pero es como un idiota griego; el Triste no quiere participar en nada referido a su pueblo, Ascuas, solo pretende vivir tranquilo, cuando lo dejan sus propios demonios, en su casa, y charlar con su amigo Toni Trinidad de trivialidades mientras toman un café. Para el resto del pueblo es el loco.

Toni tampoco se implica demasiado en los asuntos generales de Ascuas donde, en realidad apenas pasa nada, gracias a eso puede desarrollar, más o menos, su labor policial. Toni sí visita a un psiquiatra.

Marto Pariente nos presenta en el primer capítulo a estos dos amigos


—Voy a preparar unas tostadas —dijo después de guardarse el pescado de nuevo en el bolsillo—. ¿Quieres?

—No, tengo que irme.

—¿Se puede saber a dónde vas tan temprano? —me preguntó.

—A ver a un loquero —le dije.

En esta introducción, con cierto toque humorístico, encontramos a los personajes que no parecen estar muy cuerdos, así que habrá que esperar para ver quién es el del título.

Toni Trinidad es un policía que va a la consulta del doctor Barrios todos los jueves, porque no puede ver la sangre. Cuando lo hace, ya sea suya o de los demás, pierde el conocimiento. No obstante, él quiso ser policía en un entorno que, a pesar de parecer tranquilo, el autor lo va desvelando un tanto alterado.

En esta historia conviven diferentes puntos de vista: los de los corruptos, traficantes de drogas, camellos, matones, expresidiarios, soplones, violadores, la mafia… Entre todos ellos, algún personaje de buen corazón tocado por la desgracia.

Vega y Toni vivieron una infancia traumática en un orfanato hasta que un matrimonio, los Tote, se interesaron por ellos. A partir de entonces fueron relativamente felices; su suerte cambió cuando abandonaron la casa Amarilla «Toni […] temía que cuando los Tote leyesen bien el expediente […] los devolverían al orfanato. Pero […] el director de la casa Amarilla agilizó su salida omitiendo que […] Toni cercenó ‘por accidente’ la yugular del jefe de los celadores».

Vega será feliz con su familia hasta que se case con el Chimo, un maltratador que desaparece con el tiempo dejándola deudora de una cantidad exorbitante ante el Colmenero, un usurero sin escrúpulos. Toni deberá salvar a su hermana de las garras del Colmenero y de paso investigar “el suicidio” del Triste, la mañana en que iba a desayunar con él. «Tumbado sobre las sábanas, rumié lo del Triste y me acordé de su pescado en el bolsillo y en cómo se había reído de mí a la que me largaba de su casa».

Nada cuadra en La cordura del idiota, los hechos están expuestos como pequeñas imágenes que se van incluyendo; Marto Pariente elabora, en los noventa capítulos cortísimos, una especie de caleidoscopio para que nosotros vayamos intuyendo el conjunto. Desde el principio. Algo que, como no es del todo seguro, resulta perturbador.

Podemos pensar, al leer esta novela, que la vida es como un caleidoscopio repleto de piezas que, según giran, harán predominar unas formas o colores, unos acontecimientos que nos hacen únicos. Los fragmentos del caleidoscopio de Toni Trinidad son miedo, llanto, dolor, impotencia, amor, familia, amigos, negro, rojo… Son formas infinitas para que veamos la sociedad en la que se mueve. Si el citado artilugio consta de tres espejos, en la novela hay tres personas narrativas: La primera recoge la voz de Toni Trinidad quien, como narrador interno expone de forma subjetiva lo que va ocurriendo; pero es un narrador frío alejado de los hechos y de los sentimientos que le producen.

La segunda persona es la perteneciente a su hermana Vega. Esta se dirige a sí misma y proyecta a su propia intimidad una serie de sucesos que le ocurrieron desde que era pequeña. Vega no tiene en cuenta al lector por eso tampoco refleja su dolor; sin embargo no es necesario, a veces cortar una descripción es mucho más impactante que dar detalles porque requiere que la mente del lector, inmediatamente, se ponga en marcha. Es como si el dolor de Vega lo viviéramos en primera persona los lectores y, totalmente empáticos con ella, exigiéramos una venganza.

Vega se habla a sí misma en presente, aunque los hechos hubiesen sucedido años atrás; es como estar leyendo un guion cinematográfico. Los lectores nos sentimos actores de lo vivido por Vega «Tu marido ha sido detenido. ¿Por maltrato animal? No es posible, dices una y otra vez […] ahora me quiere; sin embargo recuerdas el olor a colonia de niño que usaba el Avellano y los sollozos lastimeros de Trípode. Sientes dudas y náuseas y ganas de vomitar». Vega genera con su narración ambientes claustrofóbicos en lo que nos sentimos atrapados.

Pariente pone en marcha, además, la tercera persona para cuando narran los demás personajes; estos son totalmente objetivos, cuentan lo que ven, lo que viven, sin intervenir directamente en la trama. Para hacerlo, el autor se vale de los diálogos; por ellos, los personajes se convierten en reales, nos los acercan para que los rechacemos la gran mayoría de las veces porque son, en general, despiadados. Es una opción bastante afortunada porque consigue repartir el peso de la narración, además el ritmo se intensifica a pesar de que todo gira con una lentitud pasmosa. Pero los diálogos dinamizan los momentos en los que se producen. Son parlamentos duros aunque a veces están satinados de humor, que mientras vamos imaginando la situación no nos hace gracia, aunque siempre denuncia actos de mala praxis por desgana o incompetencia… El caso es que, en cualquier situación, serán los mismos los que salgan perdiendo.


—Hola.

—Hola, Emergencias. ¿Qué ocurre?

—Mire, estaba por la carretera…

—Un segundo, le paso con la Guardia Civil.

—Hola, buenas tardes.

—Buenas tardes. Me han pasado con ustedes…

—Un momento. Se han debido confundir. Le paso con Tráfico.

[…]

—Dígame qué le ocurre.

—A mí nada. Llamaba porque he visto algo raro en la carretera.

[…]

—Posible conductora de edad avanzada en estado ebrio o enajenada. Informen cuando se encuentren en el punto.

La historia está contada sin demasiadas emociones, es como una película de Tarantino donde el sistema corrupto lo inunda todo. El ambiente de Ascuas, a pesar de ser un pueblo pequeño, es sórdido. Aun así Marto Pariente insiste en el humor, la mayoría de las veces negro; un humor hiriente que no aporta ninguna vía de escape para el lector. Leemos y creemos esa ficción atroz porque esta novela podría ser subgénero de la negra. Es una novela oscura en la que hay personajes malos, menos malos y alguno bueno que no puede obrar bien, es imposible, aunque nos alegremos de ello. Es una crónica verosímil, desgraciadamente, lo que hace que su lectura sea más dura aún. La cordura del idiota se desarrolla en una sociedad desestabilizada, que cada vez va siendo más asumida, en la que prevalece el mundo de los machos y ahí no hay lugar para sensiblerías. La mujer es secundaria; centro de humillación y maltrato, deberá contar con salvadores o milagros que arreglen su situación.

miércoles, 9 de octubre de 2024

NOVELAS AMOROSAS Y EJEMPLARES

Me gusta el Siglo de Oro español, también el inglés pero me ha interesado especialmente estudiar y analizar a los grandes de nuestro Barroco. Gracias, nuevamente, a Babelio y su Masa Crítica he tenido la oportunidad de leer a María de Zayas y he disfrutado descubriendo tanto las características comunes con Ana Caro, Lope, Tirso… como las suyas propias y he de decir que me ha sorprendido porque no hay finales felices en estas Novelas amorosas y ejemplares y la mujer es la protagonista indiscutible.

Por supuesto, Zayas se atiene a las normas renacentistas aún válidas en el siglo XVII. Intuimos la influencia del Decamerón en la estructura del libro. Si Bocaccio escribió diez tandas de cuentos durante 10 días, Zayas coloca a Lisis enferma de amor por causa de don Juan, y es su madre, la discreta Laura, la que propone reunir a sus amigos durante cinco noches para entretenerla. En cada velada contarán dos cuentos, que todos aseguran estar basados en la realidad, «Todo el suceso es verdadero y si no hubiera usado nombres ficticios, los protagonistas serían de muchos conocidos»; además se agasajará con bailes, canciones y comida hasta que regresen a sus casas para volver al día siguiente.

Así pues, el número 10 está presente con toda su simbología religiosa. Sin embargo, algo va a cambiar respecto del Decamerón, pues María de Zayas coloca a Lisis, su protagonista, en una circunstancia parecida a la de Segismundo, de Calderón; esto le permite, no en décimas como era usual para las quejas, sino en romance, dirigir su lamento a la naturaleza, marcando así su soledad social «Escuchad, selvas, mi llanto / oíd, que a quejarme vuelvo…».

También hay cierto recuerdo a Dante y su Divina Comedia, cuando la protagonista sueña con el rostro de su enamorado que «sacando una daga, me dio un golpe tan cruel en el corazón que grité de dolor»; por supuesto este sueño tendrá connotaciones en lo que sucederá después a la dama.

La mitología está presente en casi todas las novelas, como era usual en el Renacimiento al honrar la cultura clásica, lo que demuestra el saber de la autora, y es que María de Zayas tuvo la suerte de pertenecer a una clase social privilegiada que le permitió desenvolverse en círculos cortesanos y literarios y publicar, aunque no le concedieran ningún título militar, literario o eclesiástico, usual en los varones.

Ya en la nota del principio, A quien lo lea, advierte de forma irónica de que es mujer por lo que no aspira más que al perdón «confiando en que si te desagrada podrás disculparme porque nací mujer, no con la obligación de escribir buenas novelas sino con muchos deseos de acertar a servirte». Esta petición incluye que la mujer debería estudiar para poder realizar lo mismo que el hombre en igualdad de condiciones; en Aventurarse perdiendo, Jacinta se lamenta de que su padre haya puesto todo su interés en su hermano «sin que yo le importase lo más mínimo» por lo que pide que esto le sea tenido en cuenta: «una mujer que solo se vale de su talento natural ¿quién duda que merece disculpa en lo malo y alabanza en lo bueno?».

Los tópicos de la belleza renacentista están presentes, como en doña Ana, de El prevenido engañado, «ella y doña Violante, su prima, son las sibilas de España, las dos bellas, discretas, músicas y poetas». Y las quejas del caballero en soledad fruto de divinizar a la dama, como hiciera Garcilaso, las encontramos en La fuerza del amor «…Es posible, amada dueña, que siendo tu aspecto tan agradable, sea tu corazón tan cruel?».

Pero estamos en el Barroco y la mujer está cansada de girar en torno al hombre, se resiste a seguir ocupando el lugar de sumisión y obediencia, por eso, nuestra autora está dispuesta a dotar a sus protagonistas de valor, son capaces de vestirse de hombre para restaurar su honra, así lo hace Jacinta y también La burlada Aminta que, como si fuera Jacinto, en un claro giro irónico entra a servir a don Jacinto para vengar su honor y lo lleva a cabo a la manera de los caballeros «y volviendo a darle otras tres puñaladas, envió su alma a acompañar a la de su amante». Aminta, mujer de don Jacinto, no está dispuesta a ser burlada con el matrimonio doble de su marido por lo que al enterarse de que se hace llamar don Francisco y vive con doña Flora los mata a los dos.

Así pues, a pesar de que la religión está presente en las novelas amorosas, las protagonistas, ellos también, no dudan en suicidarse, asesinar o deshonrar. Las novelas no son reivindicativas, en el siglo XVII la mujer no tenía conciencia social; sí puede criticar a la sociedad y, mediante el humor, la ironía o la burla denunciar la invisibilidad a la que estaba sometida. Al ser amorosas, las novelas se prestan a dar importancia a la dama, de hecho, en más de una ocasión, el «mudable» de carácter es el hombre, característica usual para la mujer, tanto en la literatura como en la sociedad patriarcal. Aquí el protagonista de El desengañado amado y premio de la virtud, don Fernando, «era voluble de carácter, y los hombres como él tienden a cambiar el aliño porque, cansados de gozar de una hermosura, desean otra…».

Pero no nos engañemos, son novelas “ejemplares” y como tales reflejan lo que para la mujer constituía el amor, el matrimonio y la sociedad: una cárcel en la que ella debía soportar lo que quisiera su marido o, en su defecto, aspirar a la tranquilidad que podía ofrecerle un convento.

María de Zayas no duda en exponer la crueldad que el amante podía llegar a demostrarle a la mujer, tanto física: «para desapasionarse de mi afecto dio el suyo a damas y juegos» (Aventurarse perdiendo), «se acercó a Violante y le dio de bofetadas hasta que la bañó en sangre» (El prevenido engañado), como psicológicamente: «…no quería que su esposa viviese en la de su tía, sino con él, para que no cultivase su ingenio sin desarrollar. Recibió criadas para la ocasión y buscó las más ignorantes».

Con este panorama no es de extrañar que la mujer acuda a la magia, incluso a la magia negra, perseguida por la sociedad y por la iglesia, para escarmentar a maridos injustos y a amantes, lo que hace que a veces surjan escenas humorísticas «…los demonios que estaban en las sortijas se le pusieron delante. Lo derribaron de la mula y lo maltrataron» o lamentables, «subieron al cuarto de doña Laura y vieron el desatino de don Diego y a la dama bañada en sangre […] la afligida Laura encargó que le trajese a la embustera» (La fuerza del amor).

No hay reivindicación, María de Zayas quiere exponer la realidad por lo que, en general, sus mujeres son independientes, pretenden una libertad que podían obtener y esta no venía con el matrimonio, «verdaderamente aborrecía el casarse, temerosa de perder la libertad de la que entonces disponía»; en realidad no se dan cuenta, o sí pero no alardean de ello, de que están luchando por una causa importante.

Las novelas se leen fácilmente y tienen cierto regusto actual pues las protagonistas actúan como hombres para buscar su felicidad y no les importa humillar al que las ha dañado; los típicos donjuanes de la tradición literaria quedan perjudicados, tal y como hizo Tirso de Molina con su Burlador de Sevilla; y los excesivamente celosos, también, tal y como se extrae de la moraleja de El castigo de la miseria.

Asimismo encontramos escenas carnales y de sexo aunque el amor continúe desdichado. Y las damas son capaces de abandonar a su amado al darse cuenta de que valen más que él, por lo que en los temas clásicos de la época, Zayas da una vuelta de tuerca y con grandes dosis de humor, ya sea exponiendo situaciones hiperbólicas o réplicas irónicas, consigue que los enredos se vayan haciendo imposibles, que las parejas se conviertan en tríos y estos pasen a cuartetos en un santiamén, que los diablos o los fantasmas acaben con el sufrimiento de la mujer y amenicen la lectura con apariciones idealistas, algo que ha permanecido en la literatura desde los clásicos y aun hoy se sigue usando como recurso.

Y como recurso actual, el cuento dentro de otro cuento consigue derrumbar los cimientos de la sociedad patriarcal con una ironía que hace honor a estas “maravillas”.


Don Gaspar lamentaba sumamente el verme casada, y yo más que él […] puesto que quería a don Gaspar, y aunque no fuera por esto, por lo menos por estorbar su amor no había de ser gustosa la compañía de mi marido.

La inteligencia de María de Zayas se ve en el estilo de su narrativa: la chispa de los diálogos, las alusiones de los poemas, las descripciones realistas e idealistas, la tragedia verídica en la crítica social y los dos tipos de narrador, uno que se dirige al personaje y otro al lector, consiguen que empaticemos con las mujeres tanto de las maravillas como de aquellas que las cuentan y que protagonizan sus propias historias, «Prometo […] publicar la segunda parte, en la que narraré el castigo de la ingratitud de don Juan, el cambio de opinión de Lisarda y las bodas de Lisis».

No es raro pues, que el libro termine con diferentes poemas de los más grandes, en honor a María de Zayas:


A la señora doña María de Zayas y Sotomayor

Doña Ana Caro de Mallén

Décimas


Crezca la gloria española

insigne doña María,

por ti sola, pues podría

gloriarse España en ti sola 

lunes, 30 de septiembre de 2024

LA LETRA HERIDA


Hace más de cuatro años leí La última canción de primavera y me impactó que un chico de 25 años escribiera algo tan profundo. Aquella novela deja en el lector la sensación, relajante, de que escuchar al otro pasa por escucharnos a nosotros mismos. Lo más importante de lo que les ocurre a los personajes de los relatos, ocurridos en Tokio, es la comunicación que mantienen entre ellos.

Algo más tarde leí Sakukibara; también el protagonista necesita escuchar para entender. Resalta cómo el ambiente mágico de este cuento impregna de belleza el argumento.

El autor, Sergio Hernández, me ha vuelto a sorprender, ahora en Valencia, con una novela totalmente distinta. Una novela que nos recuerda a las grandes obras del realismo español. Sergio abandona la magia ambiental de su obra anterior y se introduce en la representación efectiva de la Valencia de la segunda década del siglo XX, para sumergirnos a nosotros en el magnetismo de su escritura.

La novela, como las grandes producciones, está dividida en cuatro partes: I, La ciudad de la luz. Parte II, El prisionero de las sombras. Parte III, La muralla invisible. Parte IV, La letra herida, parte menos extensa y donde se desenvuelve todo.

A principios del siglo XX, Miguel, un estudiante de Lengua y Literatura, debe regresar a Valencia tras la muerte de su padre para pagar las deudas que ha dejado. Sin dinero, acepta el trabajo para el que su amigo Ramón lo recomienda, como albañil, en la construcción de la Estación del norte. Miguel descubrirá una ciudad, que no es la de su infancia, en la que las revueltas sindicales esconden a un asesino que aniquila a los líderes. A la preocupación por los crímenes se unirá la del peligro que encierra el trabajo y la lucha moral al enamorarse de María, la mujer de Ramón.

El narrador, en tercera persona, como corresponde a los grandes del Realismo, cuenta no solo lo que va ocurriendo al protagonista, también las dudas al enfrentarse a un nuevo trabajo desconocido para él, el miedo y la inseguridad del ambiente, «Miguel pegó un grito al caer y sintió el retroceso del arnés como un latigazo en su cuerpo cuya voluntad era la de partirlo en dos. El dolor lo invadió de inmediato, pero, en cuanto se dio cuenta de que estaba suspendido en el aire, el vértigo que tan bien había domado en las escaleras lo golpeó hasta casi perder el conocimiento».

Los lectores nos vamos enterando de los hechos, sobre todo, desde el punto de vista de Miguel, sabemos lo que piensa y siente en cada momento, sobre él mismo y sobre los demás personajes; pero no hay otro punto de vista, por lo que al complicarse la trama con lo más típico de la novela negra, la expectación y la tensión por cómo se desarrollarán los hechos se unen al testimonio crítico del que somos conscientes: los altercados entre los sindicatos y las tropelías hacia los más desfavorecidos para sacar adelante un proyecto que beneficiará a la ciudad, contribuirá al progreso de los valencianos y sobre todo enriquecerá a unos pocos a costa de extorsionar a muchos.

Pero dentro de esta gran novela negra realista, nos encontramos con la relación sentimental de Miguel y María que, también como en las grandes obras del Realismo, debe luchar con la relación trascendental del matrimonio Ramón-María, formando un triángulo del que será complicado salir.

Somos testigos de las condiciones matrimoniales y de la emoción de los enamorados; tanto Miguel como María se dejarán llevar por los sentimientos y las ansias de libertad.

Asimismo, La letra herida reproduce la España de principios de siglo, con los conflictos laborales, la acción policial y las consecuencias de esta en los ciudadanos, marcados por el temor y la opresión, «Accionaron el pomo y, cuando oyeron los murmullos de terror de los que allí dormían, los acallaron a golpes». Sin embargo observamos cierto costumbrismo en la exaltación de los bailes y celebraciones de aquellos que no tienen nada, cuyas aspiraciones se limitan a imaginar un futuro tranquilo mientras intentan sobrellevar el presente, «Los Gatos subieron el volumen de la radio, por una noche todos decidieron celebrar la vida […] Bailaron y cantaron sin decoro ni vergüenza hasta bien entrada la noche […] hasta que el sereno de la finca de al lado…».

La precisión de los detalles es evidente, también el lenguaje utilizado es coloquial, en el que abundan las expresiones típicas valencianas, «¡che!», «fill de puta», «le diu el mort al degollat, qui t’ha fet eixe forat?» y castellanas «a correprisa», «la bola mundi».

En La letra herida, las premoniciones son importantes. Miguel arrastra una maldición, los lectores nos enteramos enseguida, al principio de la novela, cuando conoce a María «En el mundo lleno de aflicciones de Miguel […] rara era la vez en la que había encontrado consuelo en las mujeres. Su maldición, o eso creía, había comenzado…» y habremos de llegar al final para saber si la ha superado, pues las inquietudes que genera la lectura no son solo políticas o criminales, también en el amor encontramos incertidumbre y misterio.

Todo es interesante en la novela, aparecen referencias literarias y de la vida de algunos escritores; el ansia de libertad de Madame Bovary se ve reflejada en la vida de María, también mal casada y con grandes sueños para combatir su frustración. Tanto María como Miguel han sufrido la muerte de sus padres por lo que, de alguna manera, se convierten en depositarios de sus problemas, lo que nos recuerda al Hamlet de Shakespeare y a los conflictos románticos que surgen en La gaviota, de Anton Chejov «—Es diferente a Mme. Bovary. Una obra de teatro». Además, Miguel escribe cartas de amor para que sus compañeros las envíen a sus novias o mujeres y «lo cierto es que eso lo hacía sentir un poco como Oscar Wilde. ¡Y le encantaba!». Asimismo aspira, como Unamuno, a dar clases en la universidad de Salamanca y, como el escritor, reflexiona sobre la problemática existencia del ser humano. Y, entre los grandes de la literatura, no podía faltar el fundador de El Pueblo, el valenciano Blasco Ibáñez que, aquí, aparece como un personaje más, «Blasco Ibáñez dirigió una mirada de soslayo hacia donde estaba y Miguel se vio obligado a agachar la vista con una sonrisa que copaba todo su rostro».

Y si la literatura real está incluida en esta ficción para unir las Humanidades a la vida, los golpes de efecto, constantes, se encuentran en todos los temas que Sergio Hernández toca en el argumento: las injusticias cometidas sobre las clases sociales bajas; la traición a los compañeros por miedo o por afán de superación; el maltrato a la mujer; la violencia policial, fruto del embrutecimiento; el adulterio, visto como una solución natural aunque no deje de ser tabú y la soledad del hombre, a pesar de vivir rodeado de gente y avances, que le hará experimentar un vacío emocional. Deberemos leer La letra herida para saber si Miguel llena su vacío… O no…

sábado, 21 de septiembre de 2024

TIERRA SOBRE LA MEMORIA

Hay veces en las que la narración nos lleva a un testimonio histórico; otras, en las que sabemos que es el resultado de un hecho real, por lo que nos adentramos en la ficción con la seguridad de estar ante hechos que ocurrieron.

Esta no es una novela testimonio, está claro que Estela Melero no fue testigo directo de los hechos ocurridos en la década de los 40. Pero a pesar de que no conozco directamente a Estela, he leído algunas de sus novelas y creo que su alma está en Tierra sobre la memoria. Adivino la determinación y, sobre todo, la sensualidad de Irene en Estela, como ya intuí a la autora en la protagonista al leer Indómita Aurora antes que esta, pero aunque sean historias que se continúan en el tiempo; los niños de Tierra sobre la memoria protagonizarán Indómita Aurora y ahí vuelve Estela, ardiente y exaltada; ambas pueden leerse por separado así que, aunque la primera obra de esta valenciana constituya un desafío para la delimitación genérica, lo menos importante es encuadrarla, porque desde la primera página nuestro corazón se desboca y nos sentimos Irene y nos vemos acorralados con situaciones que, afortunadamente, hoy no existen, ¿o sí?

Tierra sobre la memoria es una novela de ambientación histórica sobre una de las épocas más duras que hubieron de vivir los vencidos de la Guerra Civil Española. No hubo tregua para ellos y así lo expone la autora: hambre, humillaciones, violencia, muerte… El miedo era lo que regía la vida, la inseguridad y la desconfianza. Aun los amigos, los familiares, pueden convertirse en delatores por miedo o por venganza de rencillas pertenecientes incluso a la niñez, «De lo que siguió no hay mucho que contar, algunas miradas que se cruzan fugazmente, alguna lágrima escondida con rapidez en una manga, unas pocas sonrisas de satisfacción y la rectitud de los ejecutores en esa faena desagradable pero determinante».

En medio de ese horror, Estela nos presenta a una pareja que se enamora, fruto de la atracción que siente el uno por el otro. Irene despierta su pasión al ver a Arturo, no importa que sea menor que ella. Arturo ve cómo la llama del deseo va dando paso al amor hacia Irene, no importa que esté casada.

La relación, a pesar de intentar mantenerla en secreto, a pesar de que Arturo se casa para olvidar a Irene, continúa y está siendo vox populi. Es un amor imposible que atenta contra la moralidad de la época. Los protagonistas entran en una rueda de persecuciones, cárcel, torturas, violaciones y humillaciones que soportarán en una tragedia que los va cercando, implacable.

Irene y Arturo se ven separados a la fuerza, pero aunque ellos no se pueden comunicar, los lectores nos enteramos de los sentimientos más íntimos de Irene porque ella le escribe una carta todos los martes, que luego guarda en un cajón. Solo podemos leer una, pero es suficiente.

A través de esta técnica narrativa la autora revelas las inquietudes de la protagonista, sus emociones y puntos de vista; captura su voz interior en primera persona, de forma que nos permite adentrarnos fácilmente en sus pensamientos, al tiempo que nosotros experimentamos una sensación de intimidad plena con la protagonista.


Hace ya un año desde la última vez que nos vimos. Ni siquiera sé si aún sientes algo por mí. No pudimos hablar. Te vi con tu esposa y todo se me vino abajo […] Me gustaría que estuvieras aquí para…

La evolución de la relación entre Arturo e Irene queda expresada en el momento en que ella, un día, no se atreve a decirle nada y guarda la carta de esa semana, vacía de contenido, en el cajón.

Los lectores reflexionamos sobre los hechos. Nosotros sabemos lo que les ocurre a todos pero ellos viven con la angustia de la incertidumbre; por eso diferentes personajes llegan a distintas conclusiones sobre un mismo hecho. Cartas, confesiones íntimas en la cárcel, que aportan autenticidad a la historia, generan en el lector cierta sensación de veracidad hacia la trama que estamos leyendo y nos introducimos de lleno en la lectura.

No era extraño, incluso en los más creyentes, la pérdida de la fe ante tanta barbarie; es lo que le ocurre a Diego, un sacerdote que ha pasado su vida ayudando a los demás y ve cómo, de pronto, la vida de uno de sus cuatro hermanos queda truncada un día cualquiera «porque alguien dio el chivatazo». La depresión en la que cae Diego es fruto de haber puesto sus esperanzas en un dios que parece haberlos abandonado pero Arturo lo convence de que debe seguir en pie, «Tenemos que salir adelante para que todo esto no quede en el olvido, debemos hacernos oír».

Con un estilo fresco y cargado de naturalidad, la autora logra borrar los límites entre lo ficticio y lo real.

No vamos a encontrar largos diálogos en Tierra sobre la memoria porque los personajes centran la atención en lo fundamental. Entre ellos mantienen una comunicación directa, como si no hubiera tiempo para rodeos o sarcasmos. Es gente sencilla cuyo principal objetivo es salvar la vida.

La narración no se detiene en grandes o detalladas descripciones, no quiere que nos perdamos en nada secundario. Le interesa contar la vida de una pareja que, como tantas otras, por las circunstancias de la época no pudo formar una familia. La tensión se palpa desde el principio, por lo que es imposible dejar la lectura.

Estela Melero deja oír su voz reivindicativa en sus novelas. Siempre. Y en esta primera obra tuvo la valentía de definirse al denunciar, no solo los hechos abusivos que cometieron las autoridades con los trabajadores del bando perdedor, sino con toda la población «La gente pasaba hambre […] afectadas por el latirismo […] Se había prohibido su consumo un año antes, pero esta legumbre económica […] constituía la comida principal de familias enteras».

Hay que leer Tierra sobre la memoria aunque sea para que no se vuelvan a cometer atrocidades de este tipo.

sábado, 14 de septiembre de 2024

LOS DESPOJOS DE LA IRA

Me gusta cómo escribe Estela Melero. Cuenta una historia, o más, presenta a los personajes de forma intermitente y nos deja leer, pero permite que accedamos al texto para entenderlo solo cuando ella lo considera necesario. Su expresión es clara, asequible y la trama es intrincada. La autora nos lleva donde le interesa, consiguiendo que nuestra mente se llene de interrogantes, hasta que, solo al final, recuperamos toda la información que ha ido depositando. La estructura es habitual pero la construcción es original, incluso encontramos datos que despistan al no ser relevantes para el caso y los lectores pensamos que sí, que podría ser… La duda es la marca del proceso de lectura y la reflexión la de la finalización del acto de leer, cuando entendemos perfectamente lo que nos ha ido diciendo cada personaje en cada momento.

En Los despojos de la ira, su última novela, el título es una señal de lo que vamos a leer. Nos encontramos ante una emoción intensa, agresiva, producida cuando nos sentimos atacados. Este enfado es el que demuestra la protagonista, tanto, que la moviliza a la venganza, a los despojos de ese sentimiento.

De nuevo el dolor de una mujer será el tema fundamental de la historia de Estela Melero Bermejo. De nuevo, la furia de una mujer la llevará a perder la razón. De nuevo, la fuerza de una mujer conseguirá resolver su situación aunque sea momentáneamente. De nuevo, la constancia de una mujer, la llevará a solucionar los problemas.

Está claro, en Los despojos de la ira la mujer es la protagonista. La mujer es víctima, victimaria, honrada, confusa, clara, resistente, débil, tenaz. La protagonista de esta novela negra es la inspectora Victoria Cuevas. Su constancia y perspicacia solucionarán los asesinatos. Pero también ella fue en su momento víctima y resolvente de sus sentimientos.

Asimismo, Pilar, Lucía, Bibi, Eva son víctimas y victimarias. Mujeres que con mayor o menor intensidad han sido tocadas por la ira despertando en ellas deseos de venganza. Todas las emociones posibles de una mujer están en este libro: la inocencia, la debilidad, la fuerza, la crueldad, la sensualidad y la resistencia. Porque es Estela Melero y, como en cada una de sus novelas, la mujer es esencial. Los hombres, aunque unos buenos, otros depravados, son meros estímulos para que la mujer actúe. A veces creo que el huracán Estela necesita aplacar su energía en sus protagonistas.

Los despojos de la ira tiene dos partes diferenciadas donde se dan cita cincuenta y cinco capítulos y un epílogo.

Los capítulos se dividen en dos partes: Una con diez apartados señalados alfabéticamente en primera persona. La narración se refiere desde atrás hacia el presente y va enfocada a cumplir un objetivo futuro. En determinados momentos cuenta los hechos desde el presente hacia atrás, sin aclarar nada en concreto. Sabemos que quiere venganza. Sabemos que la primera persona es la voz de Eva aunque no estemos seguros de que su nombre sea real. Tampoco tenemos claro si lo que cuenta es cierto o fruto de su mente traumatizada: «Sé que Mirem se pregunta por qué me llaman Eva […] Pero la realidad me ha golpeado, me ha sacudido. Un bebé vivo no es algo soportable para mí». Será la propia Eva quien se considere un despojo de la ira cuando sea consciente de que no ha canalizado bien su enojo «…siento agotamiento… Somos despojos de la ira».

El lector va analizando las razones de Eva pero la autora no permite que nos relajemos. Cuando empezamos a creer a la protagonista aparece en su vida Rosa, su amiga, a pesar de que ella no recuerda haberle dado su ubicación.

Todos son sospechosos desde ese momento: «Yo le dije dónde estaba. Eso me dice. Que se lo dije en una carta cuando me instalé. No lo recuerdo». A veces, la primera y la segunda personas se mezclan al incluir diálogos sin raya distintiva, la convicción de Eva se difumina en la opinión de su amiga, tambaleando la seguridad del lector: «Un día sonó una canción y tu cara cambió. Es cierto, noté una sacudida. Me asaltaron imágenes oscuras […] Debes dejar de atormentarte con eso».

La otra parte de la novela está formada por cuarenta y cinco capítulos, en orden numérico, que se van intercalando en los alfabéticos. El narrador, en esta ocasión es un testigo que, en tercera persona, va relatando la investigación policial, encabezada por Victoria Cuevas, referente a la desaparición de Pilar Martí de Querol, viuda del abogado D. Ignacio Martí de Querol.

Esta desaparición, tiene trazas de ser un asesinato y para solucionarlo, la policía tomará declaración a los hijos, a la abogada más prestigiosa del bufete, a los usuarios de una academia de baile a la que a asistía doña Pilar y a todos los trabajadores del edificio de la desaparecida. Todos tienen coartada. Nadie vio salir a Dª Pilar del edificio pero su coche no está ni ella tampoco.

El narrador apenas se permite comentarios, parece totalmente objetivo, de hecho son los propios personajes quienes van dejando sospechosos, ya dirijan las acusaciones hacia otros o hacia sí mismos «—No, no estuvo. Él salió a sus clases de baile…». Y, sin embargo, confunde al lector con datos indicativos de que puede tratarse de algo distinto a lo que parece «¿Y si ella no es la víctima?».

También los testigos confunden a la policía al pensar que el comportamiento de la desaparecida no era el que se esperaba de alguien de su edad y clase social «—Daba vergüenza— interrumpió la esposa —[…] jamás nos hubiéramos imaginado que ella se volviera de esa forma».

Poco a poco, sin darnos cuenta todo se va enredando más. Los más allegados a Pilar van quedando implicados y, como quien no quiere la cosa, los muertos van aumentando. Hasta cinco asesinatos tiene Victoria que resolver y sólo cuando se iba a cometer otro, casi en la última página, la inspectora acierta sobre quién ha podido estar detrás de esas muertes y por qué.

Hasta entonces no lo sabremos, porque cuando las relaciones están marcadas por la infidelidad, todos son sospechosos «—Silvia, mi madre ha desaparecido —le informó de esa forma fría con la que los años de infelicidad matrimonial habían logrado impregnar las conversaciones».

Cuando las relaciones están marcadas por la ocultación y la mentira, todos son sospechosos «—…Mi padre recibía amenazas, ¿verdad?».

Y las sospechas van salpicando los capítulos, tanto los referentes a Eva como los de Pilar. Victoria será la que los una haciendo que todo cobre sentido y lleguemos a entender cómo quienes sienten el deseo de venganza no han conseguido sino entrar en una lógica destructiva que daña a todos, porque la ira no entiende de límites.

Esto es lo que deja transmitir Estela Melero en su última novela; una novela escrita con la fuerza de otro sentimiento: la pasión; la misma con la que leemos sus novelas mientras sentimos que ella es, ante todo, inteligente. Y buena. Y al seguir leyendo confirmamos su sentido del humor.


sábado, 7 de septiembre de 2024

LA HIJA DEL COMUNISTA


La hija del comunista es una novela corta que cuenta, sin embargo, hechos ocurridos desde 1937 hasta 1992. Cincuenta y cinco años de la vida de los Zieler y de la situación de dos países que sufrieron guerras y decisiones atroces.

No hay alegría. Es imposible, porque la pena inunda las ciento cuarenta páginas del libro, incluso la autora, Aroa Moreno Durán se despide, en sus “agradecimientos”, con una evidencia demoledora «Treinta y tres años han pasado desde la caída del muro de Berlín y todavía existen en el mundo otros treinta con los que se intenta impedir el flujo de personas de forma violenta».

La novela contribuye a que conozcamos mejor la vida de los emigrantes republicanos españoles. Manuel, un comunista español, es acogido en la República Democrática Alemana durante nuestra guerra civil. Años después, Isabel huye durante el franquismo. Ambos forman una familia y, en Alemania, tienen dos hijas, Katia y Martina. Ni Isabel ni las niñas son realmente felices, por el desarraigo de la madre y las carencias de las hijas. Katia se enamora a los 20 años de Johannes, un chico que recorre más de quinientos kilómetros para verla en más de una ocasión, por lo que ella abandonará a su familia para exiliarse en la Alemania occidental y poder formar una familia libre y feliz. Una decisión que no podrá cambiar y marcará su nueva vida y la de los que dejó.

Como cualquier novela, es ficticia; sin embargo, hay datos y sucesos históricos. Al leer La hija del comunista conocemos mejor las condiciones de vida de los que tuvieron que emigrar durante o tras la guerra civil. Condiciones de hacinamiento, deplorables que, como cualquier resultado de la intransigencia, sacaron lo peor de los seres humanos. Los republicanos, los comunistas, los rojos que hubieron de huir en nuestra guerra y llegaron a Alemania se encontraron al poco con otra guerra que dividió el país. Entre las condiciones de la posguerra destacan la miseria y el miedo de los que quedaron detrás del Muro de Berlín. Allí vivió la familia de Katia, pasando penalidades, soportando tesituras que ni ella ni Martina, su hermana, se plantearon. Tampoco su madre. Isabel vivió ajena a, o no quiso ver, la labor delatora que Manuel ejercía para la RDA, la misma que lo consideró sospechoso de la marcha de su hija.

Esto es lo que más me ha llamado la atención, el miedo, la incertidumbre de unas vidas que solo sobreviven.

La tristeza de Isabel es fruto del horror que vivió en España, de la falta de libertad que experimentó en la Alemania del Este y por supuesto, de las penurias y la desconfianza hacia todos los que los rodeaban. Las niñas apenas recibieron un regalo en veinte años, cuando nada esperaban. Katia obtuvo de su padre una pluma y Martina una caja de herramientas. Hecho que Isabel censuró a Manuel, «Mamá reprendió a papá por el gasto: ¿crees que somos ricos o qué?».

Pero a Katia le llegó también un libro de Neruda, Johannes se lo dejó en la puerta de su casa: «me senté a la mesa con el libro en las rodillas». Están enamorados.

Katia decide escapar al otro lado del muro y empezar una vida feliz al lado de Johannes; la familia de este paga la huida, un gesto que encierra grandes dificultades no solo económicas. La existencia de Isabel se repite en Katia: a la soledad del desarraigo se une la duda y la culpa de cómo lo ha llevado a cabo, en secreto; se une el dolor, el mismo dolor que acompañó a su madre, «A mamá la vida del gueto no le gustaba. Quería ser normal [...] y que papá se alejara del partido y trabajara en una fábrica».

Katia no ha tenido infancia, no ha tenido amigos, ni juegos, ni alegrías. A los veinte años se encuentra con el regalo de una amistad «Julia fue mi primera amiga de verdad, como son los amigos de los veinte años», hecho que confirma su aislamiento vital. Y a los 20 años se descubre encandilada por una esperanza: la vida libre junto a Johannes.

Pero cuando da el paso se percata de que no es lo que esperaba. Triste e invisible comienza otra vida, que no es sino la subsistencia que experimentó su madre. Katia no tiene raíces en las que anclarse, lo que la lleva a no identificarse con nada ni nadie y terminar abandonando cualquier vínculo afectivo, «Porque siempre había algo, adentro, […] que me decía que yo ya había elegido […] y este sería mi castigo. Vivir sin tierra. Como vivió mi madre».

Al caer el muro, en 1990, renace su esperanza, pero ni nosotros ni ella sabemos si podrá retomar su vida. Los sentimientos encontrados hacia su marido la llevan a sentirse incómoda. Katia vive en una continua fatiga provocada por un laberinto emocional.

Cuando puede regresar a su casa de Berlín se da cuenta de que no es su casa. Su hermana le entrega una caja que contiene la vida de una familia que intentó dejar su huella en un lugar y no le fue posible.

El futuro de Katia queda, como la novela, abierto.

Moreno Durán escribe muy bien; gracias a eso podemos imbuirnos en el dolor y seguir leyendo.

La novela está dividida en cuatro partes y un preámbulo, in medias res, con la voz de un narrador omnisciente en tercera persona. Narrador que retomará su labor en la cuarta parte, Vaterland, para exponer la angustia lejana de los recuerdos y la de las vivencias presentes.

Este principio y final enmarcan el texto de forma interpretativa para el lector. Probablemente el narrador sepa el final, qué ocurre con Katia, pero no lo cuenta, deja que interpretemos, que intuyamos cómo sigue su historia. La finalidad de este narrador es asentar la historia en un tiempo repetitivo monótono, de soledad: «La nieve no hace ruido al caer».

En este marco lo que importa no es tanto la vida de Katia como la de tantos inmigrantes que no han visto cumplido su sueño. Encontramos el plural impotente, aunque no lo diga, «Nos arrinconaron […] tiraron […] no cerramos esa puerta […] teníamos que esperarte». Encontramos el dolor, la invisibilidad de los que no han sido, la cosificación de quienes se han limitado a sobrevivir con miedo: «Un portafolios contiene fichas de otros españoles que vivían en la Alemania oriental […] Nombres, nombres y nombres y apellidos de españoles […] tiene tales libros, tiene dinero guardado en la casa…».

Las otras tres partes de La hija del comunista: El este, La tierra de nadie y El otro lado están narradas por Katia en primera persona. En ellas, todo fluye en presente aunque el tiempo no dé tregua. Es una escritura pausada, con adjetivos valorativos que reflejan el sentir de la protagonista; las descripciones mínimas, como si se tratase de una colección de fotos, acentúan el estilo poético «Lloraba con la tristeza de mamá, roja y silenciosa».

Los diálogos en estilo indirecto agilizan la comunicación y el ritmo nos llega con fluidez. Otras veces los diálogos se colocan sin raya, de esta forma se integran en la narración intimista de la narradora y exponen su desarraigo «No soy española. Pero tampoco soy Jutta». También aligeran el ritmo las oraciones anafóricas que, además, otorgan mayor importancia a lo que interesa resaltar, la angustia y la animalización: «han cogido a una mujer […] Que la mujer fue saltando por […] Que aún estaba la sangre […] Que había goteado por […] Que […]».

La desolación está presente, incluso las premoniciones pierden su función imprecisa y se convierten en certeras pesadumbres: «sin saber que, como el cosmonauta, tampoco encontraría a Dios al otro lado».

Katia es consciente de que va soltando vínculos afectivos al mismo tiempo que se ve presa de la culpa y la contradicción que se acrecienta cuando utiliza la segunda persona «Johannes lo dejó todo por ti, Johannes que me quitaste todo».

Contradicciones que claman, ante todo, la necesidad de derribar muros entre los seres humanos, visibles o no.