domingo, 9 de julio de 2017

HOMO ERECTUS


El narrador, Romualdo Holgado Cariño, terapeuta aficionado postfreudiano aprovecha su clientela de la consulta así como a sus amigos, parroquianos del bar La Inmaculada Concepción de María’s (regentado por Mohamed, quien gracias al Corán dispone de tres esposas y, a pesar de él, no le hace ascos ni al alcohol ni al jamón serrano), para encubrir un ensayo divertidísimo sobre el sexo y su evolución. Tras un concienzudo análisis basado en estudios psicológicos, médicos o sociológicos, encuestas y noticias reales, Juan Eslava Galán reflexiona con humor lo ocurrido al homo erectus. Por supuesto, este humor no está exento de lo que es una seña de identidad en su escritura, el sarcasmo para, de manera mordaz y desenfadada, hacernos ver que la sociedad no tiene el arreglo que nos gustaría. Las notas a pie de página forman por sí solas un segundo libro, en principio mucho más real que la ficción de nuestro terapeuta, y sin embargo, a veces no se distingue bien el chiste o el chascarrillo de la noticia.

Estructuralmente, Homo erectus se divide en tres partes: El libro primero: Evolución, está compuesto por 43 capítulos en los que se repasa el proceso sexual del ser humano en una sociedad que también ha avanzado. Partiendo de una base científica, se razona sobre la forma de ser del hombre y la mujer desde la prehistoria; cómo curiosamente ésta está preparada para tener el orgasmo más retrasado que el hombre, por el sencillo hecho de poder asegurarse el embarazo tras varios coitos sucesivos, debido a que el mono ancestral sólo copulaba cuando la mona estaba en celo, en el periodo de ovulación.

Una vez que se va desarrollando el cerebro, el mono quiere asegurarse de que la progenie le pertenece, por lo que sale a cazar mientras la mona guarda la prole y se encarga de todo lo demás. Ha nacido la familia y, desde siglos, la mujer ha venido soportado cualquier capricho del marido por miedo al abandono, debido a la falsedad, tanto tiempo en marcha, de que el hombre era más inteligente porque su cerebro pesaba más «El de la mujer es algo menos voluminoso que el del hombre, pero sus dos hemisferios presentan un 30 por ciento más de interconexiones nerviosas, lo que determina mayor operatividad y una media de inteligencia ligeramente superior».

La mujer había de tener cuidado; todavía hoy, desgraciadamente, porque lo que es cierto es que el hombre es más fuerte, y si ella topaba con un «macho alfa, debido a su tosquedad mental, se rinde y cede o [...] zanja la discusión con un tortazo».

En fin, debido a las diferencias físicas, psicológicas e intelectuales, el estado del matrimonio es peliagudo porque lo que a las mujeres les gusta, a los hombres no tanto «La extraordinaria inteligencia emocional de la mujer capta pequeños detalles, sutiles señales, imperceptibles cambios emocionales, descifra el lenguaje corporal, advierte afectos y desafectos. Los hombres, mucho me temo, carecemos de esas cualidades».

La testosterona es la causante de que durante la juventud el hombre sea más agresivo, cuando disminuyen los niveles se debilita la agresividad. La progesterona y los estrógenos son responsables de mayor grasa corporal en la mujer y de la sensibilidad excesiva sobre todo durante la ovulación, por eso, si un matrimonio sabe adaptarse a las diferencias logrará funcionar relativamente bien. A partir de ahí, de la base científica, la irreverencia se mezcla con la acidez para convertir todo el razonamiento en una lectura ágil, agradable y divertida. Algunos capítulos empiezan con chistes, sobre todo si la reunión tiene lugar en el bar, que aunque suelen ser malos imponen una sonrisa al lector «—Madre-de-siete-hijos, ¿tienes preparada la cena? —Aquí la tienes calentita, Padre-de-cuatro-hijos». Otros sucesos, sin embargo, son tan divertidos que no estamos seguros de que hayan ocurrido realmente, aunque ya se sabe: la realidad supera a la ficción en muchas ocasiones «Es notorio [...] la mamá del que hace de Niño Jesús intimó con uno de los padres presentes genéticamente superiores a su marido [...] Las monjitas comenzaron a cantar “Dime niño, ¿de quién eres?” [...] —Vámonos hijo, que son todas unas bichos».

Cuando Romualdo Holgado alude irónicamente a los engaños matrimoniales y al posible amante, aún no estaba la LOMCE, de ser así, los mejores colegios se hubieran convertido en colegios privados multilingües desde parvulario, para aquellos amantes que pretenden hacer creer a la mujer objeto de su deseo que «su marido no la merece, “Incluso tus hijos están mejor conmigo, seré como un padre para ellos y los matricularemos en los mejores colegios, nada de LOGSE analfabeta”».

Sin embargo hay capítulos que, más que humor, o datos científicos, son un compendio de normas para las parejas que, aunque evidentes, no viene mal recordar a menudo, o saber: El beso o morreo (capítulo 24), El clítoris y el punto G (capítulo 27) y Rutinas de mantenimiento (capítulo 33).

En esta evolución, el hombre ha ido subiendo con celeridad hasta llegar a lo más alto del mal llamado patriarcalismo, vulgarmente machismo, para caer no tan de repente como a él le parece, pues la mujer también ha ido evolucionando aunque más despacio, y se ha dado cuenta de qué es lo que se espera de ella en la sociedad «conservar la apariencia de una veinteañera genéticamente idónea para la procreación que atrae al macho proveedor-protector», por lo que, como al final eso es imposible decide, la que puede, dejar a su marido. Así se ha formado el club de las segundas esposas.

El segundo libro: Revolución, lo componen 18 capítulos, del 44 al 62, en los que la importancia recae sobre todo en la mujer y, como su nombre indica, en la revolución que ha ido emprendiendo desde que fue consciente de su valía. Es curioso que el capítulo 44 comience con una expresión que va tomando más fuerza cada día en el significado, tanto literal como metafórico «¡Las mujeres se nos han encimado!»; de hecho la palabra va siendo sustituida por el préstamo empowerment de las feministas americanas.

Creo que en esta parte, más si cabe que en la primera, es en las expresiones de algunos personajes de la tertulia o de su consulta, o en las notas a pie de página, donde el humor toma más fuerza «Quieren que seamos o todos moros o todos cristianos5. O sea no aceptan que el orden natural, de toda la vida ha sido que les exijamos fidelidad sexual mientras nosotros dispersamos nuestros genes por todo el hembrerío.
5 Es un dicho que no tiene más alcance, pero si lo tomamos al pie de la letra va a ser que todos moros, por ese camino vamos»

Es cierto que el recuerdo de los años 60 nos hace sonreír, ¡qué lejano lo vemos! «exigieron cocinas alicatadas hasta el techo con un fridge y horno para guardar sartenes»; la mordacidad de los comentarios no quita un ápice de verdad; al menos en la mayoría de casos, aunque la mujer tuviese cocina con horno, seguía llevando los asados a la panadería más cercana. Pero en realidad el día a día funcionaba de otra manera y, como casi siempre no fueron los españoles, sino en este caso los norteamericanos, quienes se dieron cuenta y lo dejaron por escrito «Si la sociedad española posee un mínimo de estructura, lo debe a los esfuerzos y sufrimiento cotidianos de las mujeres españolas [...] en caso contrario sería un paisaje de insensata anarquía (España pagana. R. Wright, Pléyade, Buenos Aires, 1970)».

Donde encontramos más acidez es en lo relativo a nuestra época, ¿es que no hemos cambiado tanto como creemos? ¿o es que, en nuestra evolución hemos experimentado una regresión? «—¿Cómo voy a darte tetas y culo —protesta la Naturaleza hecha un lío— si las tetas y el culo son acumulaciones de grasa y tú insistes en mantenerte esquelética».

A lo largo de todo el libro hay fotos y láminas —miserables algunas de ellas— que recogen visualmente el terrible testimonio de varias épocas de la Edad Contemporánea; después de verlas nos quedamos bloqueados al llegar a la conclusión de que hoy experimentamos nuevas situaciones desastrosas por satisfacer el instinto antes que el cerebro «Gracias al turismo sexual, enfermedades que se consideraban erradicadas en Occidente, la sarna entre ellas, han regresado».

Las reflexiones sociales nos ponen en nuestro sitio; es cierto que la vida hay que tomarla con humor, pero determinadas condiciones aberrantes se siguen dando actualmente y no hacemos lo suficiente por eliminarlas, como la ablación del clítoris de culturas «supuestamente respetables distintas a la occidental», como permitir que las niñas occidentales irrumpan en el mundo adulto maleadas, gracias a internet, o como aprobar que la mujer de hoy siga estando obligada a «embutirse en tallas inferiores de las que necesitan» para sentirse integrada en una sociedad que no ha dejado aún que la mujer sea valorada por lo que es y no por su aspecto físico. Con el sexo, tanto en hombres como en mujeres, sucede algo parecido, queremos ser tan perfectos que al final caemos en el hastío por comparación.

Homo erectus es un libro recomendable, yo diría que desde la adolescencia, no perdemos la sonrisa, incluso caemos a veces en la carcajada, pero tampoco perdemos el punto de vista mordaz que Eslava Galán siente ante los humanos en general, algunas instituciones, como la Iglesia, quedan denostadas sin problema, «...no podía practicar su afición los domingos y fiestas de guardar dado que, a la hora en que la comunidad travesti celebraba sus saraos, él tenía que estar oficiando para los feligreses de su parroquia» y ante las incongruencias particularísimas de muchos de nosotros, más de los que pensamos, no sólo de los que están cara a la galería, de ellos hay citados ejemplos de Tita Cervera, Isabel Preysler o Ana Obregón, quien como «ha observado agudamente: “Fíjate que las más tontas tienen a los listos más maravillosos y las listas e independientes están solas.” En efecto, tú que te creías tan lista y que siempre has tenido hombres con los que “salir” descubres, de pronto, que has alcanzado cierta edad y no tienes un hombre con quien “entrar”»; también el español de a pie debe olvidar sus fanfarronadas y conectar con mujeres rusas o latinas, vía internet porque «la mayoría tienen alguna tacha que les impide acceder por una vía normal».


La tercera parte, el Apéndice, son datos reales, escalofriantes y humillantes en los que queda constancia del machismo imperante desde las sociedades ancestrales hasta las actuales. Es cierto que hemos cambiado (y mucho) en las formas, pero en el fondo siguen dándose situaciones que están desamparadas por las leyes, o las ignoran, tanto humanas como divinas.

domingo, 2 de julio de 2017

MISS FIFTY


Acabo de terminar una novela que, en principio, me atrajo por tres razones, la portada parece un cómic, además prometía más dibujos puesto que anunciaba quién había realizado las ilustraciones: María Espejo, por otra parte fantásticas; la segunda razón fue la incongruencia del título, al menos eso me pareció pues el adjetivo Fifty no se correspondía con las viñetas de la portada; la tercera, por supuesto, fue la autora Rosa Ribas, con la que he pasado momentos increíbles leyendo las aventuras de su reportera Ana Martí en Don de lenguas, El gran frío y Azul marino (escritas en colaboración con Sabine Hoffman) y, por supuesto, la serie de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor: Entre dos aguas, Con anuncio, En caída libre y Si no, lo matamos.

Si nos damos cuenta Ribas prefiere como protagonista a una mujer, que, ya sea periodista o comisaria, tiene una familia que compagina a la perfección con su trabajo. Son mujeres decididas, fuertes, buenas profesionales que no han olvidado su otra faceta de la vida, la intimidad, algo que, por lo general, parece ignorado por los protagonistas masculinos.

Lógicamente Miss Fifty es otra protagonista de Rosa Ribas, de nuevo la mujer al poder (y en este caso nunca mejor dicho). Marta Ferrer es una mujer trabajadora, casada con un abogado, madre de dos hijos, que acaba de cumplir 54 años cuando ha recibido su última sesión de radioterapia, tras someterse a una operación por un cáncer de mama. Hasta aquí todo entra en la normalidad actual, pero Ribas ha querido dar una vuelta de tuerca y ha hecho que la última descarga de radioterapia dote a Marta de una serie de poderes sobre humanos como la fuerza, la invisibilidad o la capacidad de volar. Y así comienza una novela escrita desde el humor, la alegría, la ternura y el ánimo hacia todas aquellas personas que han pasado o están en una situación parecida «...llegó a tres conclusiones: la primera era que lo que le sucedía se debía al rayo, [...] no se lo iba a contar a nadie [...] modificar a placer la temperatura del agua no estaba entre las nuevas habilidades [...] así que tuvo que girar el grifo del agua caliente con la mano, como siempre».

En realidad, los poderes de Miss Fifty son una alegoría de la situación por la que antes o después hemos de pasar las mujeres; la invisibilidad es evidente, llega una edad en la que la sociedad, consciente o inconscientemente te relega, lo vemos en las películas, las actrices más deslumbrantes pasan de ser seductoras a abuelas de primera categoría, no así el hombre, que puede seguir seduciendo aun cumplidos los 60; lo vemos en las series de televisión y, lo más triste es que lo vemos en la realidad, la obsesión por la eterna juventud nunca ha tenido tanta fuerza como ahora, parece como si llegada a una cierta edad, la mujer no sirviera para otra cosa que para sobrellevar el día; por eso la fuerza, la capacidad para enfrentarse al mal, hace de Miss Fifty una heroína. El otro superpoder es el de volar, y está claro que en la realidad si no nos dejamos llevar por nuestros sueños no vamos a tener fuerza para emprenderlos ni ilusión por llevarlos a cabo. Hay otros superpoderes que, curiosamente se desarrollan de forma desmedida en las madres: el oído finísimo (sobre todo en conversaciones familiares) y la vista como cámara de alta velocidad (fruto, en las madres, de la constante vigilancia a las que se ven obligadas desde el principio) «Algo me hace fijar la mirada en movimientos subrepticios y entonces puedo verlos como en cámara lenta. Puedo ver a los carteristas en acción».

Así pues, Marta, con un cuerpo que dista algo de lo despampanante, «...se hizo un traje de una pieza uniendo el pantalón y la chaqueta del pijama y ajustándolos a su cuerpo. Esto último no le gustó tanto porque le marcaba algo de tripa, pero tenía que ser así. Según Raquel, los trajes de superhéroes eran ajustados», ataviada con ropa cómoda, recién salida de una enfermedad que le ha dejado secuelas de dolor y debilidad, consigue transformarse en Miss Fifty y ayudar a combatir el mal que invade todas las sociedades. La primera en tenderle una mano es Raquel, su amiga de toda la vida, otra luchadora que ha sabido, a pesar de ser autista, integrarse en la sociedad y llegar a ser un «alto cargo en el Instituto de Estadística de la Generalitat». Otro que se une es el inspector Jordi Gurruchaga «de los Mossos d’Esquadra. Y si no me equivoco, usted es Miss Fifty». Ambos jugarán un papel importantísimo en el trabajo de Marta, Raquel es la que con su falta de imaginación y su lógica desbordante, encaja los cómics en la realidad, pero al mismo tiempo es quien nos pone en contacto con el día a día de las personas enfermas y las anima a luchar «—No pierdas el tiempo con los por qués, lo que ahora importa es cómo sales de esto». El inspector Gurruchaga será el encargado de mantenerla en el anonimato y, tras el aviso de ella, llevar a los policías hasta el lugar del incidente para que, cara a la sociedad, sean quienes lo han resuelto, aunque es cierto que también será el responsable de un conato angustioso de celos por parte del marido de Marta, que no entiende las salidas nocturnas de su mujer y las entrevistas constantes con el atlético inspector.

He comentado al principio que los poderes son metáforas de situaciones por las que pueden pasar las mujeres, pero hay más, el poder de Miss Fifty viene de las ganas de vivir, de hacer algo bueno mientras estemos aquí, simplemente para que nuestra estancia y la de quienes nos rodean sea más feliz, de hecho la kriptonita de nuestra superheroína es el miedo a empeorar «los controles médicos no solo mermaban las superfuerzas, sino las fuerzas a secas. Y era incapaz de estar al cien por cien hasta que recibía los resultados». De ahí que aparezcan supervillanos tan usuales y anónimos como Yodaína, gente tóxica que encontramos a diario y con la que nos relacionamos a pesar de que nos hace daño, o la Hormiga Atómica, representante de todos aquellos sin escrúpulos que tienen unas ansias de poder desmedidas y se rodean de otros poco inteligentes para poder manejarlos a su antojo «...le quitó la máscara con antenas que le cubría la cabeza y reconoció a una de las personas desaparecidas [...] al que su madre había descrito como “alma de cántaro”». O la Bola Platónica, parejas que siempre van sembrando el rencor que se tienen contagiándolo a quienes se encuentran con ellas, sólo por no hablar en el matrimonio, por dejar que el silencio vaya acrecentando el odio, sin ver que la solución está, precisamente en el diálogo, en escuchar al otro.

Asimismo aparecen nuevos héroes que también reivindican un feminismo como Catman «Como estas cosas de gatos siempres son de mujeres...», o Alina Plastilina, la mujer elástica, Monsieur T (de Teletransporte) quien hace un guiño a Míster T del Equipo A, pues lo que destaca en él es su poder telequinésico tanto físico como mental, y Espíritu Santo, cuyo poder, en un alarde humorístico total es que «Emito ondas que permite que las personas a las que capto en una red mental hablen lenguas que desconocen». Entre todos lograrán desarticular una banda de tráfico de personas, de la forma más humorística imaginable.

La narración es fluida, ágil, casi de cómic, a veces no hace falta mucha explicación, pero siempre humor «Blizardo [...] no llegó a saber si era superhéroe o supervillano porque se despeñó a los pocos minutos de adquirir sus superpoderes entre los que, por desgracia, no se encontraba volar». Otras veces nos encontramos con tópicos supermanidos que no por ello están tratados con menos gracia, como el chino manchego que no habla chino pero lo entona «Mi madre quiso que no perdiera del todo mis raíces y me hizo ver todas las películas  en las que se hablaba de mi abuelo Fu-Manchú o las del detective Charlie Chan». Es fácil pues, entre las ilustraciones, el humor, la ingenuidad, mantener la atención, pero, por si acaso, a veces el narrador nos hace preguntas retóricas que contesta rápidamente, para cambiar de ambiente, lo que le permite, por ejemplo, llevar a la vez la acción de Miss Fifty y la de la familia de Marta, «y la presencia maligna? Mientras M. Fifty salía con la moto a buscar a Espíritu [...] Yolanda escuchó los pasos de José Luis en el rellano...».


Novela divertida para todas las edades; creo que los adolescentes pueden disfrutar con estos nuevos héroes y los adultos podemos identificarnos con algunas situaciones de pareja, casi utópica, (pero por algo es ficción) «No dejaba de ser curioso que, de entre todos sus superpoderes [...] la invisibilidad (que les había descubierto interesantes posibilidades eróticas)—, el que más gracia le hacía a su marido fuera su capacidad para mover las orejas». Y todos, absolutamente todos, tendremos la oportunidad de darnos cuenta de que hay que vivir la vida con ilusión.

viernes, 30 de junio de 2017

LA CARNE


Acabo de leer esta novela; en realidad podría haberlo hecho en el mismo momento en que se publicó, 2016, pero por circunstancias que no vienen al caso, aunque creo que algo tienen que ver con lo que ocurre en La carne, he “tenido” que ir a la Feria del Libro de Madrid, ver a Rosa Montero y no poder dejar de saludarla porque no es sólo una de mis autoras preferidas, me gustaría pensar que, de pertenecer a su círculo y vivir en Madrid, podríamos haber congeniado a la perfección, incluso ser amigas. Puede que sea totalmente pretencioso por mi parte, pero esta es la impresión que tuve la primera vez que leí algo de ella, creo que fue Te trataré como a una reina, y el presentimiento que me invadió al hablar con ella sobre la Historia del rey transparente, por cierto, novela de 2005 que aún sigo recomendando a mis alumnos.

El caso es que he terminado La carne y justo al final me ha decepcionado «Querido lector, quisiera pedirte un favor. Y consiste en que guardes silencio [...] porque, si se cuenta, se arruina la estructura, el ritmo y el misterio del texto. Muchas gracias» ¡¿En serio?! Después de que tengo el libro lleno de anotaciones, porque me ha fascinado (lo he leído en dos días, y eso que no dispongo de mucho tiempo últimamente), ¿cómo voy a guardar silencio?... Pues, intentaré hacerte caso, querida autora, y no desvelar demasiado de la trama. Sí puedo decir, creo, que nada más empezar, se produce una expectación ansiosa en el lector derivada de los temas universales que aparecen: el amor y el desamor, la pasión y el dolor, el temor a la soledad y la fortaleza del ser humano, el pánico a la derrota y la vitalidad ante ella, el miedo al fracaso personal y el triunfo profesional o la frustración profesional y el triunfo personal. Son temas absolutos, lo novedoso es que todos ellos están condicionados, tienen en su origen en los malos tratos.

La carne es una novela en la que la fragilidad de la persona aparece desde el mismo momento en que nacemos y no nos abandona hasta la muerte, terrible consecuencia que se instala en el universo para recordarnos precisamente que somos frágiles, que somos tan débiles que en cualquier momento se pueden romper los hilos que nos mantienen.

¿Dónde está el origen de la desgracia? ¿Es el propio destino? En este sentido, el universo de La carne, el universo real, no difiere tanto del que aparece en El peso del corazón y la protagonista, Bruna Husky me ha recordado en numerosas ocasiones a Soledad; Bruna sabe que está programada para vivir 10 años, Soledad ha cumplido 60, por lo que también es plenamente consciente de su fecha de caducidad, ambas perciben su debilidad, ambas piensan con tristeza en la muerte y a las dos las embarga la soledad, aunque son mujeres duras, luchadoras, que intentan fortalecerse tras cada caída para llegar con alegría al final y para vivir con entusiasmo ese día a día que marca implacable el paso del tiempo.

Por eso Soledad decide montar una exposición sobre Escritores malditos; malditos porque fueron considerados malvados, miserables o de malas costumbres. En un momento de la novela, a la arquitecta responsable se le ocurre, para la muestra, el nombre de Escritores excéntricos, después de conocer que aparecerán William Burroughs (se arrancó un dedo como prueba de amor a su degenerado amante), Philip K. Dick (esquizofrénico), Pedro Luis de Gálvez (fusilado por los fascistas —entre otras razones— por fanfarronear con que había matado en la guerra a miles de ellos), Guy de Maupasant (sifilítico y suicida en potencia), María Lejárraga (excluida socialmente por divorciarse de Martínez Sierra, para quien había escrito toda su vida, a pesar de las infidelidades de él y haber tenido un hijo con una actriz para la que María debía escribir papeles teatrales), María Luisa Bombal y María Carolina Geel (dispararon por celos a sus amantes), o Josefina Aznárez, única escritora ficticia de todos los nombrados que formarán parte de la exposición, pero que sirve para hacer un guiño a otros autores reales como Eslava Galán en Misterioso asesinato en casa de Cervantes «unos cuatro meses después de que Josefina quedara huérfana, llegó a Santander un caballero de mediana edad llamado Luis Freeman [...] Nadie sospechó ni por un instante que ese tipo alto y bien plantado de suave acento extranjero fuera la pobre Josefina.»

La historia de Josefina Aznárez es una metanovela que aparece en La carne. Pero no sólo eso, estructuralmente La carne guarda sentido con el contenido, pues la exposición que Soledad quiere montar tendrá forma de espiral, y como en una espiral vamos pasando de un escritor a otro, de un personaje extraño al libro a otro que conecta a la perfección con alguno de La carne, de un suceso ficticio de otro libro que se enreda en la realidad de esta novela «Soledad sabía bien cuál era su futuro, sabía en qué se iba a convertir, porque Dolores era su retrato de Dorian Gray», a un sentimiento ilusorio engarzado en otro real, de un libro casi real escrito por Montero a otro ficcional escrito por Ana, la vecina de Soledad «...le puse de forma provisional El libro de las Anas, porque son historias de varias mujeres jóvenes y sus relaciones amorosas que son un desastre [...] —Llámalo Crónica del desamor. Seguro que le pega —dijo Soledad».

Como en el infierno de Dante vamos bajando esa espiral hasta llegar a lo más profundo del ser humano, a la realidad total y absoluta, a la verdadera Rosa Montero.

Pero como en La loca de la casa, donde se mezclan también literatura y vida, biografías y autobiografía, hemos de tener en cuenta que lo más probable es que los sueños y la realidad se confundan para, en la mayoría de casos, salvarnos de nuestros miedos, de la mediocridad.

No sé por qué razón, en un principio, al ojear la sinopsis del libro, no me apeteció leer La carne. Inmediatamente me pasó por la cabeza Hombres desnudos, de Alicia Giménez Barlett, y no tenía ganas de enfrentarme de nuevo a la humillación de sentirse inútil o infravalorado en una sociedad dura hasta el extremo con el ser humano. Nada más lejos de la realidad; la verdad es que fue la propia Rosa Montero quien, en la Feria, me convenció de que no “sufriría” con el libro y, efectivamente, me he alegrado enormemente de leerlo; si en Hombres desnudos el lector experimenta una catarsis que lo deja en paz consigo mismo, en La carne, no sólo el lector, quiero creer que su escritura ha sido también catártica para la autora, pues consigue mezclar la realidad y la ficción para que sea la propia vida la que resulte una purificación. Al leerla, le lector se siente bien, se identifica con Soledad, sufre con ella, la entiende, empatiza y, en muchas ocasiones la admira, no sólo por su bondad, por su desprendimiento hacia los demás, sino por su ironía, sarcasmo en ocasiones, y casi siempre su fino sentido del humor a pesar de los horrores vividos: «En realidad, ahora Dolores se parecía de verdad a la madre de ambas. A esa chiflada que las encerraba en un armario cuando salía —y salía todo el rato—, supuestamente para que no se hicieran daño. A esa malvada. Hacía falta ser mala para llamarlas Soledad y Dolores. Y lo peor es que las dos habían cumplido el terrible mandato nominal».

Esa liberación interior queda casi explícita en el texto «...hago lo mismo que con los personajes de mis novelas, te metes dentro de esas vidas [...] es lo que decía el romano Terencio “nada de lo humano me es ajeno”».

Montero empatiza con sus personajes, con todos, por lo que consigue que los sueños (espero que los suyos también) se hagan realidad.

Realidad-ficción, catarsis lectora-catarsis creadora, literatura-vida, amor-desamor, éxito-fracaso, humillación-dignidad... Lo que rige la novela es la dualidad; como connota el título, la carne es la esencia del libro, pero no lo sería sin el complemento de la mente. No sabemos si el cuerpo es el que aporta sentimientos a la mente o es ésta la que condiciona, al menos de forma subjetiva, a la carne. Parece que será el cuerpo el que domine, pero no todo es lo que parece.

El dualismo antitético comienza con el nombre de la protagonista Soledad Alegre; a su vez se desdobla en Dolores Alegre, su gemela, a través de la cual nos transmite el dolor atroz que atormenta su psique, aunque también lo haga el deterioro físico.

Asimismo hay un antagonismo entre los supuestos amantes, su edad no encaja aunque sus mentes y sentimientos lo hacen perfectamente.

El suspense narrativo es constante aunque la claridad y fluidez de la escritora transformará, a cada paso, la angustia en ternura.

La humillación de los protagonistas es evidente, pero el humor sutil con que aceptan la vida arrebata gran parte de esa degradación.

Es real como la vida misma, pero la magia de Rosa Montero envuelve todas y cada una de las páginas.


«Escritores malditos», pero la maldita es esta sociedad que los rechaza.

miércoles, 21 de junio de 2017

MI VERDADERA HISTORIA


Última novela de Juan José Millás, y, aunque es cierto que apenas llega a las cien páginas, no se puede considerar relato, o cuento, en todo caso novela corta.

Mi verdadera historia contiene las recurrencias típicas, existencialistas, de las novelas de Millás: el hecho en sí, el tema fundamental, que ahora comentaremos, es en realidad la huida de la verdadera obsesión del narrador protagonista: su padre, aquél que enmarca el principio y el final de todo lo que sucede. «Yo escribo porque mi padre leía». Mediante estos términos recíprocos el protagonista está dispuesto a corresponder a su padre de la misma forma en que él se ha comportado. En cuanto ha declarado su actuación, y mediante la función fática, establece un contacto con el lector para que se involucre en el cuadro que va a describir: «Miradme», y que connota su universo: lóbrego «los muebles oscuros», conminatorio «no grites», opresor «no corras por el pasillo», imperativo «baja la televisión». Este universo en el que se mueve ha conseguido hacer de él, asimismo, alguien confuso, inseguro «oscuro yo también detrás de la butaca», inexistente; ni siquiera tiene nombre, a lo largo del texto es llamado como «pobre crío», «el idiota», «el niño de los cojones».

La causa, tanto de este ambiente como de su personalidad aparece asimismo en las epíforas de cada una de las oraciones antes expuestas, «papá lee».

Así pues, el principio de la novela despierta ya en el lector una desazón que no lo abandonará hasta el final. La función apelativa introduce un primer desdoblamiento. El protagonista exhorta al lector a que se convierta en él, a que sienta un dolor parecido a la ansiedad mística del «muero porque no muero», «sentid en vuestro corazón cómo se detiene el mío [...] y huid de la escena del crimen sofocándoos porque no respiráis y asfixiándoos porque respiráis demasiado».

El ambiente inquietante y repetitivo, expuesto desde el primer momento, revela otras recurrencias u obsesiones del autor: El espacio de actuación es reducido, no tanto como el de Desde la sombra, pero este universo se queda en la familia, una familia que se divide empequeñeciendo aún más el ambiente del protagonista puesto que él no se relacionará con ambas partes a la vez.

El microcosmos que rodea al protagonista es el que verdaderamente le influye a la hora de tomar decisiones, actuar o pensar; de hecho, ninguno de los dos lugares en los que se desarrolla su historia le pertenece plenamente, en ninguno de los dos se siente identificado. Está solo desde el principio —esa soledad tan millasiana— y de alguna forma lo asume, puesto que, al darse cuenta de que es aceptado por alguien ante quien no ha podido desdoblarse, la abandona. El desdoblamiento en el que vive se convierte entonces en una ironía del destino que lo atrapa emplazándolo al nihilismo absoluto.

No obstante, el lector se identifica con el protagonista en algunas circunstancias, cuando no en todas. No sólo el protagonista, también los otros personajes son víctimas de una angustia existencial de la que intentan salir identificándose, al menos en algunos momentos, con la soledad, y en otros con la dualidad; el sentimiento de culpa escondido que martillea la mente en un devenir constante consigue personajes atormentados, hiperbólicos en el sufrimiento, en el remordimiento insistente y, sin embargo, hay situaciones específicas que nos conectan a la lectura: el desamparo, el sentimiento infantil de no sentirse querido o aceptado, la irracionalidad de determinadas acciones, «mi madre lleva un rato observándome. Ella asustada, desvía la vista», la compasión mal entendida, lo pernicioso, la morbosidad, el no querer admitir la realidad para eludir responsabilidades y malos momentos «le da miedo iniciar una conversación seria, una conversación que pudiera conducirnos a hablar del accidente», el comprometerse con alguien a quien no se quiere porque sólo se aprecia a uno mismo, la necesidad de alimentar un ego desmesurado hasta resultar ridículo «La tele hizo de él un hombre necesitado de audiencia: solo habla para gustar», el miedo al paso del tiempo y la negación a sus estragos (las anáforas temporales acortan ese tiempo que, aunque queramos, no se detiene «Ya oía el ruido de las sirenas [...] Ya me encontraba [...] Ya lograba [...] Ya cerraba la puerta [...] Ya alcanzaba...»), el egoísmo «Cada uno en su sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres»... son actitudes que se dan en la realidad; la clave es que Millás las aglutina todas en los tres personajes.

Irene no es sino la consecuencia fatídica de todas ellas «En cierto modo, la estoy matando para acabar con el último testigo de un crimen». Como una Ofelia del siglo XXI debe soportar la llaga que el protagonista le provoca; ella es la que constantemente le recuerda que la vida y la imaginación se confunden, por eso, nuestro Hamlet particular decide abandonarla «pienso que si me casara con Irene, si tuviéramos hijos, heredarían el estigma del que soy portador».

En Mi verdadera historia se desdibuja, como en el resto de novelas del autor, la línea que separa realidad y ficción, que no es otra cosa que continuar la vida impostada que nos hemos fabricado o romper con todo y empezar de nuevo, pero esto en la existencia diaria cuesta trabajo, puede que el protagonista lo sepa e intente un final realista, más previsible, que lo diferenciaría del resto de novelas de Millás; sin embargo, este final probable se traduce en siniestro al sustituir los antónimos recíprocos con los que empezó la novela por otros complementarios «En todo caso se enterará cuando lea este relato al que estoy a punto de echar la llave, todavía no sé si desde fuera o desde dentro. Si me quedo dentro seré un hijo de ficción el resto de mis días.»

El protagonista ha completado, y perfeccionado, la labor que su padre hizo con él.

Hay algo sin embargo, que caracteriza a Millás y que no he encontrado: el humor; es una novela demoledora. Puede que sea una novela corta pero el sello de identidad de Juan José Millás está presente en las heterogéneas dobleces de la existencia, que quedan expuestas en las escasas cien páginas; con tenacidad exhaustiva la novela evoca que la vida es una sucesión de hechos, repetidos en su mayoría, que se diferencian muy poco de los sueños, lo único que puede cambiar es el punto de vista con que los observamos «»siempre estoy empezándola, como si se repitiera [...] Pero cada versión es diferente [...] mi forma de mirarlos —los sucesos— se modifica con el paso del tiempo».


Muy bueno Millás, con más o menos humor, pero siempre profundo, tocando en la llaga.

jueves, 15 de junio de 2017

LAS BARBAS DEL PROFETA



Libro basado en una de las materias, ya eliminadas tan injustamente del currículo de Educación, como otras que forman parte de las Humanidades. La Historia Sagrada era una asignatura que, si bien en algunos momentos hacía temer por nuestro final tras la muerte, en muchos era fuente de placer y para despertar la curiosidad, la imaginación y el gusto por la literatura. Indudablemente había pasajes incomprensibles, no entendíamos cómo de una pareja nada más se pobló la tierra, más aún cuando Adán y Eva tuvieron 2 hijos, Caín y Abel, pero ya se sabe, lo inexplicable era alegórico, metafórico o parabólico. Pero por mucho que nos recordasen que no había que tomar las cosas al pie de la letra, he de reconocer que, en momentos difíciles de mi infancia, odiaba profundamente a Adán y Eva pues yo me imaginaba que, de no haber sido por su pecado tonto, podría haber vivido en ese paraíso, sin preocuparme de los estudios o carencias infantiles.

El caso es que ha ocurrido así en todas las religiones, y en todos los mitos, y estaba bien que los niños, aunque no leyeran la Biblia, supieran quién era Job, o Abraham o lo más elemental de una religión a la que, eso sí, pertenecía todo el mundo y sin embargo muy pocos lo hacían por convicción, de hecho si realizásemos, ahora o antes, encuestas para saber quiénes son los lectores de la Biblia, probablemente no llegásemos al 25% de los llamados católicos. Esto, que no admite discusión en otros aspectos de la vida, nadie que no tenga el título correspondiente puede ser médico, o fontanero, en la religión se relaja de forma alarmante puesto que el estudio de la Biblia no es obligatorio para formar parte de la comunidad cristiana. Debe haber otros intereses por parte de la iglesia, si no no se explica que tampoco haya subsistido la Historia Sagrada, materia que, según quién la redactara, informaba de algunos aspectos bíblicos con mayor o menor profundidad. Yo la cursé; era entretenida y me sirvió para ampliar mi cultura. Más tarde, cuando me introduje algo más en la religión griega, latina o egipcia, me di cuenta de que muchos de los pasajes de la Biblia tuvieron su fuente en diferentes mitologías y religiones. Así que sí servía la Historia Sagrada para ayudar a las cabecitas que la estudiaban a ser críticos y razonadores en un futuro, aunque en la infancia no entendiésemos cómo pudo parir María y seguir siendo virgen (imagino que los niños griegos tampoco entenderían cómo Zeus en forma de lluvia de oro logró fecundar a Dánae y que ésta pariese a Perseo nueve meses después). Lo que es innegable es que cuando consigues realizar tus propias interpretaciones, cuando logras cuestionar diferentes escritos, sean bíblicos o no, empiezas a formar tu identidad y, lo más importante, empiezas a valorar los libros en general y la literatura en particular.

Pues Las barbas del profeta es un libro para todos, para quienes no hayan estudiado Historia Sagrada, porque van a aprender algo de ella y de paso de su cultura, y para los que sí la cursamos, porque pasaremos un rato súper divertido, agradable y reflexivo, como siempre que leemos algo de Eduardo Mendoza. «El segundo mandamiento que Jehová dio a Moisés en el monte Sinaí dice: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra» ¿Por qué la religión católica ha sido entonces tan explícita con sus imágenes, tanto pictóricas como escultóricas? ¿Para que sus seguidores no diesen rienda suelta a la imaginación? ¿Para infundir temor entre los fieles? Es cierto que hay imágenes que asustan, pero otras no lo han conseguido «La figura patriarcal de Dios padre sale más favorecida. En cambio el Espíritu Santo no tiene arreglo».

No debemos  perder de vista a nuestros mitos originales, puesto que en ellos está la base de lo que somos y la base de nuestro pensamiento; al conocerlos podremos recapacitar, en este caso con Mendoza, sobre lo que se considera ético, o moral, o simplemente fe ciega o creencia.

Y como todo lo que escribe este autor, nos ayuda a reflexionar en profundidad y con una sonrisa constante derivada de la amenidad e ironía de su estilo. «Pero seamos sinceros: Jesucristo no nos caía simpático. El mensaje de amor y perdón poco tenía que ver con nuestras circunstancias, y por el contrario, la insistencia en la renuncia, en el sacrificio y la penitencia no encajaban en la cabeza de unos niños que sólo querían jugar y ser felices» (Seguro que ha debido ser por esto, o algo parecido, por lo que ya no se estudia Historia Sagrada, ni mitología, y seguro que, por algo similar tratamos de evitar a las nuevas generaciones todo lo que suponga memoria histórica).

Las barbas del profeta es un libro que pide a gritos la concordia, que medita sobre la importancia de la convivencia, que refleja, por supuesto, la personalidad de este último y merecidísimo Premio Cervantes, hombre de paz y de gran sentido del humor, cualidades que se ven en su obra y que, en la que nos ocupa, aporta asimismo el sello de identidad sobre el autor «Entre los ángeles hay un grupo muy numeroso que es el de los ángeles de la guardia. Es un concepto más próximo al mundo de las hadas y los enanitos. Los adultos pocas veces piensan que un ser invisible está siempre a su lado, velando por su pupilo y anotando cuidadosamente sus buenas y malas obras».


martes, 6 de junio de 2017

EL ASESINO DESCONSOLADO



Es una pena, pero la octava entrega de la juez Mariana de Marco no es una novela policíaca. O al menos, no de las buenas. He leído las otras siete, he seguido las peripecias de la jueza y, las primeras novelas de la saga me gustaron, eran diferentes, no llegaban a novela negra sino que, mucho menos escabrosas constituían una trama bien hilada que quedaba salpicada por las anécdotas personales de la protagonista.

José Mª Guelbenzu dotó a Mariana de unos atributos propios de cualquier detective de novela policiaca, rasgos que conforman la personalidad investigadora que, en algunos casos, desvelan una mente atormentada y en otros una singularidad en la persona, pero en todos son los responsables de la genialidad de quien los porta.

Mariana de Marco tenía como principales características la intuición y la constancia en el trabajo, características laborales, porque sus atributos personales son la desinhibición sexual, un físico despampanante y una afición por el whisky que raya casi en el alcoholismo. En El asesino desconsolado, Mariana ha cumplido 46 años y mantiene su físico en plena forma, gracias a las carreras que practica por las mañanas; asimismo su adicción al alcohol no ha disminuido, la capacidad de recuperarse tras una noche bebiendo es casi mágica, sin embargo la intuición escasea, si no es que desaparece; a la jueza de Marco le falla el olfato de investigación, de hecho, no hay en la novela una inspección como tal, tampoco encontramos observación detallada, ni por parte de la policía, que se deja llevar limitándose a resolver lo que dice Mariana, ni de la propia Mariana que se aleja de su trabajo para meterse de lleno en su vida privada, en concreto en la relación que mantiene con Julia, su mejor amiga y con Javier Goitia, su presunto novio.

Ambos vínculos se desarrollan, en esta novela, poco definidos; nos queda la impresión de que con Javier intenta echar un pulso constantemente para ver quién tiene el poder en la relación, para ser ella quien dirija en todo momento los actos y las decisiones. Han pasado años desde que su marido la dejó y aún no lo ha superado. En cuanto a su unión con Julia es, como poco, ambigua; la mayoría de ocasiones no queda claro si es mera amistad o si traspasa los límites del cariño para introducirse en la atracción sexual, es cierto que Julia confiesa en El asesino desconsolado ser bisexual, pero, y no es que importe, en Mariana no es del todo evidente. En cualquier caso he visto una evolución insegura en su vida privada, se han dado demasiadas coincidencias que han influido en su conducta y han conseguido afectar a su trabajo.

En cuanto a la trama hay que buscarla con detenimiento. Todo gira en torno a un edificio al que se acaba de mudar Julia; en el momento en que lo está celebrando con su amiga Mariana llaman a la puerta y al abrir se encuentran con un cadáver apuñalado por la espalda. ¿Por qué llama el asesino y sale corriendo? ¿Por qué no lo deja simplemente tirado y se va? No lo sabemos. Sí nos damos cuenta de que el edificio es algo peculiar. Ni uno solo de los vecinos tiene un comportamiento normal; encontramos un chico medio loco, un hombre de negocios que parece ser su jefe, dos primas dudosas cuyo comportamiento pasa de la intromisión a la mala educación, y el asesinado, un jubilado, en principio muy normal, cuya única extravagancia era poseer un cuadro, o copia, de Monet.

Lo lógico es encauzar la investigación por el cuadro, pero se va liando todo y aparece muerto el portero, y cuando creían haber dado con la clave, también muere el galerista.

Lo más curioso no es esto, que podría estar bien, lo increíble es que apenas se soluciona nada. Los asesinos son descubiertos casi de casualidad, además suponemos que la policía los arresta pero no queda claro, como tampoco lo queda si el cuadro es verdadero o falso. Javier Goitia es enviado a París, por Mariana, para enterarse de la autenticidad del cuadro pero la novela termina antes de que llegue. Tampoco sabemos cómo Mariana consigue que Bartolo, uno de los asesinos, delate a los que faltan, ni qué fue lo que confesó Arturo, y podríamos haber estado al tanto puesto que el narrador, en tercera persona, es omnisciente y al principio mezcla la resolución del crimen con la de su vida «La vida junto a Javier se presentaba muy problemática [...] Tampoco le agradaba la idea de separarse de Julia [...] De pronto, sus pensamientos cambiaron de rumbo y regresó a la escena del crimen.»

Otras veces la voz narrativa cambia a Julia quien, en primera persona, cuenta aspectos tanto de su vida como de la de Mariana «Después de un silencio pedimos el postre. Desde unos días atrás Mariana manifestaba un comportamiento errático.» Efectivamente, tanto vagar de un lado para otro, de Marco descuida el caso, así que después de un lío que siempre vuelve al mismo sitio, Guelbenzu termina la novela de forma apresurada. Además de los cabos sueltos antes mencionados nos encontramos que la causa de que el libro se llame El asesino desconsolado, que parecía prometer algo imaginativo por los emoticonos llorosos, es algo totalmente infantil y casi fuera de contexto, como si el crimen no se tomara en serio; la idea religiosa es increíble del todo. Asimismo el argumento deja en suspense si las amigas continuarán juntas o no, y si Mariana continuará con Javier de la misma forma que hasta ahora. Lo que está claro es que deberá recuperar la intuición si quiere enganchar a los lectores. Ella no duda en creerse que, de pronto, ebria como estaba, le vino la solución gracias a algo que le reprochó Javier «se me hizo la luz cuando dijo que veía triple: esa palabra, triple, tres, fue la que me sugirió tres crímenes, tres asesinos cubriéndose entre sí». Puede ser por los efectos del alcohol, pero esa solución ya la apuntó antes Julia, y ni la juez ni el policía la tuvieron en cuenta:


—Es que [...] insistió Julia— son tres ejecuciones diferentes.
—Exactamente —afirmó Mariana.
—Tres —repitió Julia—. Las cuchilladas fueron distintas, una de un zurdo y la otra de un diestro. Y luego un estrangulamiento. Todo distinto


Y, por supuesto, creo que Mariana de Marco debe madurar como persona, dejar de obsesionarse por su físico (y el de su amiga) e intentar pensar en algo más profundo, para no caer en el mal gusto como le ocurre con Julia que, al ser violada por Arturo Álvarez, debe aguantar la salida de tono de su amiga «Yo creo que en cuanto se le pase la furia sexual que le ha dado por ti que, dicho sea de paso, estás muy buena —Mariana intentó quitarle hierro al asunto—, tendrá mucho que pensar y más que decirnos». En fin, más que broma parece una trivialización del asunto, y más cuando insinúa que la culpa ha sido de ella «y en albornoz, no te digo; así se puso Arturo como se puso. A quién se le ocurre abrir a casi un desconocido con esa pinta». No me gusta esta Mariana frívola, parece que esté quemando los últimos cartuchos de juventud, o madurez; el caso es que no es normal que su pensamiento sea tan tópico, y las situaciones por las que pasa, más tópicas todavía. Tanto ella como su amiga Julia son dos mujeres maduras, de éxito profesional, por lo que no me resulta creíble que piensen constantemente en su cuerpo «En más de una ocasión algún perro fue azuzado por su amo deseoso de trabar conversación con aquella alta y atractiva mujer» «Mariana, que se sabía atractiva, e interesante de cuerpo...» «¡Cáscaras! —exclamó divertida—, parezco más una modelo que una devoradora. Volvió a probar poses cambiando el ángulo de visión...»

martes, 16 de mayo de 2017

EL RASTREADOR DE CONCHAS



De nuevo un alumno me sorprende. Benjamín, de segundo de Bachillerato, tuvo a bien regalarme, para el Día del Libro, El rastreador de conchas. Es cierto que le tocó en el sorteo que hicimos para el amigo invisible, pero no cabe duda de que él también ha rastreado hasta dar con aquello que sabía me iba a interesar. Aborrezco la violencia, desprecio la mentira. Nunca me han gustado pero ahora, desde hace un tiempo, estoy especialmente sensibilizada con ellas, encuentro muchas mentiras y violencia a mi alrededor. Cuando empecé a leer El rastreador de conchas hacía casi un mes que me lo había regalado Benja, pero otras obligaciones (todas relacionadas con mi profesión), me impidieron leerlo hasta no terminar con lo que llevaba entre manos.

¡Gracias Benjamín! No conocía al autor, no había leído nada de él y me ha encantado; encima está publicado este año, aún mejor para recomendarlo a todo el mundo. En esta sociedad marcada por la envidia, por la apatía, por la falta de esfuerzo, por la violencia gratuita, hay que leer a Anthony Doerr y sentir que el ser humano puede volver a ser eso, ser humano.

He encontrado en estas páginas la huella de Hemingway en la descripción emocional de los seres vivos, de la naturaleza y, sobre todo, de dos tipos de personas, unas llenas de emociones primitivas, casi siempre mujeres valientes como Naima o Bella, la maestra del 4 de julio, Griselda e incluso su hermana Rosemary, valientes desde la adolescencia como Dorotea, valientes desde sus visiones maravillosas como Mary y valientes desde el agradecimiento como Selma; y otras personas que buscan ante todo sus necesidades afectivas y encuentran algo o a alguien que los hace triunfar porque no permite que fracasen, aun al abandonar lo que había sido su forma de vida.

El estilo de Doerr es realista, a veces duro; con escasas descripciones conocemos a los personajes, que consiguen en su mayoría transportarnos a una realidad algo idealizada, pues al estar en contacto continuo con la naturaleza dejan rastros del realismo mágico. Y es en este realismo donde la pluma de Whitman aparece reflejada, al menos, en ocasiones podemos observar a ese dios que reside en el alma de cada uno, en la conciencia individual sin jerarquías, en la democracia absoluta entre todos los seres que pueblan la tierra, hombres, animales o plantas.

Como Hojas de hierba, El rastreador de conchas es una obra épica sobre la muerte, la sexualidad, la vida, la unión de todas en un constante fluir, unas se acaban para dar paso a otras. Nosotros estamos aquí para disfrutar, sentir cada una en su momento.

El rastreador de conchas está formado por ocho cuentos, yo diría ocho relatos, pues los personajes están tratados en profundidad, no son personajes tipo, sino seres de carne y hueso que sufren, se equivocan y gozan, sobre todo gozan con la cantidad de maravillas que nos rodean y no sabemos encontrar.

Si tuviera que caracterizar las 233 páginas del libro con una palabra sería musicalidad.

El ritmo es fantástico. Es cierto que al ser historias cortas parece que vas a poder leerlas con facilidad, sólo por ser cortas; nada más lejos, la cadencia de las palabras, la mezcla de vocabulario técnico y usual, las expresiones poéticas consiguen llenar las páginas de un lirismo absoluto, nacido del sentimiento más profundo del autor.

Doerr ama a sus personajes y los envuelve, como los grandes de la literatura, en un halo misterioso que se forma de sueños, de predicciones que ellos mismos realizan para profundizar en lo básico de la naturaleza humana, en lo inusual, en aquello a lo que nunca, o casi, prestamos atención, pues sobre todo ahora, nos dejamos llevar por el poder contradictorio de la tecnología, en vez de seguir esos impulsos nimios que conectan con el medio.

El rastreador de conchas es el relato que da título al libro. El protagonista se mueve con facilidad por un entorno escarpado y difícil; sus grandes conocimientos sobre el mar y los animales que viven en él no pueden venir sólo de vivir allí. Entonces nos enteramos de que el rastreador era un niño de Canadá que se quedó ciego de pequeño, y el médico que se lo confirmó le enseñó a aprovechar los sentidos que le quedaban, así descubrió una concha al tacto. Aprende braille, lee, estudia biología, pero nada lo satisface, hasta que a los 58 años, ciego y solo, se aparta a una cabaña en una playa de Kenia y, como si de un nuevo Tiresias se tratase, actúa como mediador entre la tribu y la naturaleza, hasta que es tomado por un curandero. Un periódico importante quiere hacer un estudio sobre sus costumbres pero es atacado por el veneno de un cónico que lo paraliza durante el tiempo suficiente para que se vayan todos los medios de comunicación que habían llegado y él pueda seguir con su vida sencilla, admirándose a cada momento de que sólo el pleno contacto con la naturaleza nos haga conseguir el respeto necesario para vivir, porque todos nos igualamos en ella

«Antes de una hora dejó de respirar, el corazón dejó de latir y murió. El rastreador de conchas se arrodilló en la arena y se quedó sin habla. Tumaini (la perra), aterrorizada, se tiró sobre las patas observándolo. Lo mismo hicieron los chicos detrás de ellos, acuclillados con las manos en las rodillas.

La historia La mujer del cazador es un relato bello pues representa la inmersión total en el ser humano, en tu pareja hasta entenderla; no importa que cueste veinte años conseguirlo o toda una vida. El relato empieza in medias res, cuando el cazador sale por primera vez de Montana y se dirige a Chicago para ver la actuación de su mujer, de la que se había separado 20 años antes. Una vez en la actuación, el lector queda informado, mediante analepsis y prolepsis de lo que sucedió cuando se enamoraron y de la nueva vida de su mujer.

Durante la historia, las relaciones personales en la civilización se cosifican o quedan ocultas por intereses diferentes «Él le tomó la mano, una cosa pálida, huesuda, ingrávida, como un pájaro sin plumas». Si tenemos esto en cuenta podremos asegurar que el mal en estado puro no existe, sólo tiene que ver con las circunstancias y lo que para algunos es dolor o incluso la muerte, para otros es renacer.

¿Se puede cambiar el punto de vista, de forma que encontremos vida incluso en la muerte? La mujer del cazador experimenta tal empatía con aquellos que la rodean que es capaz de sentir sus experiencias, alegrías y temores y pasarlos, como en una cadena eléctrica, a otros que estén presentes.

Al final no se sabe muy bien quién está experimentando la sensación y cuál es la de cada uno, pues todo se confunde «La primera vez que hicieron el amor, ella chilló tanto que los coyotes se subieron al tejado y aullaron por el tubo de la chimenea. Sudaba y dejaba escapar trinos continuados en distintos tonos. Los coyotes carraspearon y soltaron risas la noche entera».

Ella empatiza con todos, hombres, animales, pero debe lavar las manchas de sangre que trae su marido de las cacerías y sufrir las pesadillas que éste mantiene con lobos, por eso se va, intenta llevar felicidad a otros rincones del planeta; escribe libros dedicados a los animales y enseña a entender la muerte «tan definitiva como la hoja de una espada clavada en el corazón. Pero la naturaleza de la muerte no es en absoluto definitiva; no es un acantilado oscuro del cual saltamos [...] No es más que una transición, como tantas otras». Veinte años después, el cazador lo entiende y al verla actuar no le dice nada, «finalmente, extendió la mano para alcanzar la de su mujer».

Tantas oportunidades es un canto a la esperanza a pesar de paralelismos que anuncian un tiempo circular premonitorio, del que no podrán salir «Llegan, retroceden. Llegan, retroceden». A pesar de la amargura que nos rodea «Mentiras. Tu padre no sabe nada de barcos. Ha trabajado toda la vida como ordenanza. Le miente a todo el mundo. Incluso a él mismo» Lo que nos rodea nos da constantes oportunidades, hay que saber distinguirlas y para ello nada mejor que aunarnos, formar parte, integrarnos en nuestro entorno hasta conocerlo y sólo así llegar a amarlo pues nos sentimos parte de él «Siente sus propios músculos, agotados y fuertes. Se agacha en el mar. Cuenta hasta veinte. Deja nadar al pez».

Durante mucho tiempo Griselda fue la comidilla, fundamentalmente mientras todo el pueblo (y su propia familia) la veían como algo inalcanzable, diferente, alguien que en todo momento hizo lo que quiso sin pararse a pensar a quién podría herir, por eso la veían endiosada, viviendo una vida placentera llena de ilusiones hasta que su hermana Rosemary se enfrentó a todos para que se dieran cuenta de que creemos en los sueños de los demás y no nos damos cuenta de que estamos eliminando los nuestros, esos que están tan cerca que ni los notamos.

En Cuatro de julio encontramos la despersonalización del hombre «salieron a empujones» «se desparramaron» «se apiñaron meditabundos sin decir palabra», el aburrimiento y el afán de obtener premios inútiles. Probablemente sea por esto por lo que localizamos más rasgos de humor que en otros cuentos, humor en la combinación de alimentos «engullendo estupendas costillas con hueso y Doritos», humor en los viajes sin sentido «Después de dos vuelos sobrecargados de Lufthansa [...] un taxista de aspecto fiero que los metió apretujados en una furgoneta japonesa». Humor en las anáforas que resaltan la longitud del viaje «Luego tren rumbo al norte, luego un antiguo autobús, luego la cabina húmeda de un crucero» y la estupidez humana «asomados a la barandilla de proa, parecían mareados».

La animalización y la evidencia de inutilidad se va haciendo más patente conforme avanza la apuesta que están logrando ganar: pescar los peces de agua dulce más grandes de cada continente, para ver quién gana: estadounidenses o británicos. Y cuando todo parece que no va a tener fin surge, para los estadounidenses una carpa «ocre grisácea, como si hubiera absorbido el color de la ciudad en su momento más sombrío», una carpa humanizada «el rizo de los bigotes recordaba a un español huraño y venerable, que hubiera caído herido y jadeara» que consigue que ellos se humanicen y la dejen escapar, aunque, por supuesto, ya tengan planeada la acción en el siguiente continente «No perderían, no podían perder. Eran norteamericanos. Tenían ganada la partida de antemano». Y es que, en el fondo somos así, nos gusta tropezar varias veces en el mismo sitio.

El casero es el relato por excelencia de la esperanza. Cuando el hombre ha conseguido llegar a lo más bajo en la escala de los seres vivos; cuando ha experimentado los horrores más tremendos, cuando el miedo lo persigue atormentando sueños y vigilia, aún puede sacar fuerzas y creer en la vida para experimentar de nuevo los pocos recuerdos agradables que le quedan e intentar vivirlos renovados.

La obsesión de Joseph es que, en esta vida depravada, nada vuelve a su lugar «En tres semanas ve lo suficiente para tener pesadillas durante diez vidas enteras. En esa guerra de Liberia todo queda sin enterrar y cualquier cosa que hubiera estado enterrada se desentierra». Como refugiado de guerra pasa por un calvario similar, al sufrimiento físico se le une el psicológico hasta que consigue empatizar con cinco ballenas moribundas, varadas en la playa, a las que entierra sus corazones en un jardín improvisado del que, pese a todo, salen unos melones estupendos. Joseph descubre que «cuando las cosas se desvanecen, se convierten en alguna otra cosa, muertos volvemos a levantarnos en las briznas de la hierba». Así, ayuda a que Belle, una sordomuda, entienda la luz de la vida y se ayuda a sí mismo, volverá a casa, a su país destruido para enterrarlo todo y poder darle otra oportunidad.

Mkondo, último relato, cuenta la experiencia de Ward Beach, de Ohio, enviado a Tanzania en busca del fósil de un ave prehistórica. Allí se queda prendado de la forma de correr de Naima y consigue que le den más permisos de estancia, aprende a correr y cuando logra alcanzarla le pide que se case con ella. Acepta, pero ella no se adapta a Ohio. Los extraños no la miran a los ojos, los mercados eran asépticos, con todo envasado y el museo la enervaba, todo estaba muerto allí. Ward cambió, empezó a perder forma física, a trabajar todo el día y a estar menos tiempo con ella, que se fue entristeciendo hasta darse cuenta de que la felicidad estaba conectada al paisaje. En Ohio no puede tener animales, lo intenta con abejas y halcones pero los vecinos lo impiden. Cada vez se va consumiendo más en Ohio, también su espíritu, de forma que tras cinco años allí consigue odiar a su marido por haberla enamorado; y de pronto, decide ir a la universidad, a estudiar fotografía y «ver el mundo en términos de ángulos de luz». Consiguió tener éxito porque veía lo que nadie, porque «Estas fotos le recuerdan a uno que cada instante está aquí y ahora, para luego desaparecer por siempre jamás, que no hay dos cielos que vuelvan a ser exactamente iguales».

Naima decide entonces volver a Tanzania y, tras un tiempo, Ward la sigue, pero pasa allí tres años buscándola sin éxito hasta que llega a la cabaña de sus padres y la espera, con la seguridad de que está allí.


Todos los personajes de los cuentos se enfrentan a alguna situación tan adversa que parece insuperable. Con intención catártica Anthony Doerr traza un itinerario de sentimientos para que nos sintamos relajados en la dureza —y belleza— de la existencia. Sólo así podremos buscar lo que verdaderamente importa, aunque cueste trabajo; para ser felices y hacer felices a los demás debemos buscarnos a nosotros mismos.