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domingo, 7 de abril de 2019

CARVALHO: PROBLEMAS DE IDENTIDAD



Voy a empezar la crítica de esta novela con algo que no tiene que ver con ella, pero sí con la escritura. Y es que, de vez en cuando, se cuelan faltas de ortografía que, por ser cada vez más habituales, llegará un momento en que no se vean como faltas. Probablemente el culpable sea el corrector del ordenador, no digo que no, pero precisamente por eso debemos tener cuidado al escribir expresiones que suenan igual pero se escriben diferente. Es el caso de «si no» y «sino». La conjunción sino contrapone la negación dicha con una afirmación, es fácil utilizarla puesto que podemos sustituirla por pero, incluso si se elimina de la oración no pasa nada «No quiero esto, (sino) lo otro». Pero la expresión si no refleja una condición en la que la negación de un concepto depende de otro (y no se puede quitar). Dicho esto, en la oración «Una buena réplica a tiempo alarga los sentidos, sino de qué Moriarty» hemos de ser conscientes de que debiera escribirse separado. Tenemos que esforzarnos un poco para preservar nuestra lengua, poco a poco menos rica en acepciones.

Dicho esto hay que reconocer que Carvalho: problemas de identidad ha superado con creces las expectativas que tenía de este personaje. Es la parte más emotiva de la novela. El personaje. Carvalho cobra vida propia, o mejor dicho Carlos Zanón convierte a este personaje de Vázquez Montalbán en un ser real que, en su día conoció a El Escritor, vivió en su mismo edificio y le aportó ideas sobre él mismo y los casos que llevaba, para crear al detective más famoso de la ficción española durante casi cuatro décadas.

Está claro que Manuel Vázquez Montalbán fue un genio, culto, comprometido, buena persona y valiente, pues no dudó en denunciar mediante artículos periodísticos, ensayos, poemas y novelas todos los desmanes del franquismo y la democracia. Mediante el detective Pepe Carvalho compuso una crónica sociopolítica y cultural del momento. Así, pudo denunciar la crisis del partido comunista en Europa, la desmesura en los gastos de la olimpiada celebrada en Barcelona o el poder del dinero y las sectas.

Por todo esto, porque Pepe Carvalho tenía una identidad, y su autor también, veía difícil acometer la empresa de traerlo de nuevo a las letras. Y Carlos Zanón lo ha conseguido. Carvalho regresa tomando vida propia y recordando constantemente a aquél que lo creó «Muy a menudo me pregunto qué pensaría El Escritor de esto y aquello. ¿Qué diría de todo esto que sucede ahora en esta ciudad […] Hablar con él me tranquilizaba».

Regresa, si cabe, más duro. El estilo áspero, cortante, refleja con toques naturalistas la desapacible vida del detective y los casos a los que debe enfrentarse; leídos tienen un punto de hiperrealismo que se convierten en descripciones esperpénticas a veces. Reflexionados, son un triste reflejo de la realidad actual

”—¿usted qué piensa, señorpepecarvalho?”—, pero sólo sé todo lo que me callo.
Como, por ejemplo, que las putas de la montaña no son material deseable para locales de alterne en red alguna […] producto nacional, la mayor parte […] que se quedaron atrás […] demuestran que a esta maravillosa ciudad siempre se le ha dado muy bien guardar el barrido bajo la primera alfombra que se le presentara, ya fuese el colaboracionismo franquista, Andorra o el Palau de la Música.

Este es el punto de unión entre los dos catalanes y hay que reconocer que Zanón ha concebido un homenaje épico para su antecesor.

Pepe Carvalho sale de las páginas literarias y recuerda a su creador, con alegría pues le dio buenos ratos, con nostalgia pues hace veinte años que no tiene en quién apoyarse, «Felices en Roma, Siria o en Bankok, pero lejos del aeropuerto, que allí se me quedó un amigo». Este dativo ético puede ser engañoso. Sí es nostálgico. Sin embargo, a pesar de sus 63 años, de su enfermedad, posiblemente grave, que no lo deja comer, de su soledad desde que decidió dejar a Charo para no hacerle daño, sigue siendo inteligente, culto y lúcido. Precisamente por eso comienza poniendo al lector sobre aviso de quién fue su autor, continúa aludiendo a obras de Vázquez Montalbán y a cómo ese personaje llegó a la televisión «Conocí a Poncela y a Charo López, eso sí, con la que intimé y sufrí, y con la que también sufrió la otra Charo».

Puede que debido a la edad, o al bagaje que lleva a sus espaldas, su cinismo ha alcanzado cotas insospechadas, pero esto es superficial, cara a la galería; en su intimidad está cansado, ha perdido parte de la ilusión por vivir «Solo tengo unas tremendas y apabullantes ganas de estar solo […] Esconder la cabeza entre las manos y tratar de recolocar las cosas, la información, las cartas escondidas, y luego borrarlo todo, borrarme a mí, borrar hasta el recuerdo de haber querido entender algo».

La integridad que aún mantiene pretende ocultarla bajo una capa de sarcasmo que sacude a quienes quiere y les hace daño, aunque el gran corazón que lo ha caracterizado siempre aparece tímidamente, como sin querer, para mantener la fama de su personaje, que reconoce la buena comida aunque ahora no disfrute con ella, que le sigue gustando beber y lo hace, a pesar de que no le sienta bien.

Pepe Carvalho ha vuelto más solo que nunca, no tiene a El Escritor, «Ojalá estuviera aquí ahora», no tiene a Bromuro, no tiene a Charo y Biscúter, más adaptado socialmente, se ha enrolado a Master Cheff. «—Ya sé lo que es. Sé perfectamente lo que es. Lloros, publicidad, risas, competición, vejaciones, vanidad, escarnio, montaje, cretinismo, fama, estupidez: o sea, pura televisión».

Es cierto que Estefanía, su nueva secretaria, lo espolea de cuando en cuando y lo hace sentir vivo, pero básicamente se enfrenta solo a los dos casos que se le presentan, el de una prostituta retrasada a la que han asesinado y enterrado en Montjuic y el del homicidio de la abuela y la hermana de Amèlia, actriz frustrada que mantiene una doble relación, con Max, posesivo e hiperprotector y con Manel, guardia imputado por violencia. Además lleva a sus espaldas el caso de su novia Zombie, una drogadicta, mujer de un asesor presidencial, que le exige verla o dejarla según su conveniencia o la de su marido. Mala relación en la que, a pesar de saber que lleva las de perder, se mete hasta el fondo porque confunde atracción o pena con amor. Pero ya se sabe, el gobierno es intocable.

Esto es lo esencial de Carvalho, y el de Carlos Zanón no lo ha perdido; casi más que los casos que lleva entre manos importa la autopsia certera que realiza a la sociedad actual «Mantiene el menda una dignidad afectada, del tipo “nada de lo que dicen de mí es cierto y el tiempo me dará la razón”, muy habitual en políticos corruptos, banqueros a la defensiva y monarcas eméritos».

Una de las técnicas más oportunas para conseguir el pertinente análisis es el uso del monólogo interior cargado de intención crítica, «del que fui guardaespaldas mientras bajaba a pillar heroína a los negratas, perdón negros».

Las digresiones se introducen en los casos actuales para ponernos al día de su ausencia «Rechacé lo de Ámsterdam y acabé en Nueva York», al tiempo que recuerdan a una pintura de diferentes entornos en la que la documentación artística destaca sobre todo «Decían que Elvis en persona llamaba a Doc cuando alguna frase en alguna canción no le parecía adecuada». Casi siempre contienen un flujo de conciencia en segunda persona que se mezcla en la primera para, con efecto ambiguo, describir el estado del personaje y el del ambiente «todo el mundo grita por todo, así que no sabes qué está pasando hasta que ya no pasa nada o es demasiado tarde para evitar que pase».

El estilo es indudablemente ágil, a pesar o precisamente por las digresiones, sugerente, en donde la expresividad, siempre presente es a veces tierna, incluso cuando está revestida de una capa dura. De esta forma, mediante pinceladas sueltas define a los personajes, «La Briongos. Ahora no recuerdo si la he despedido o se ha marchado ella o ha sido una de las broncas de siempre con Biscúter […] chaleco antibalas de uno y otro».

La narración también cobra dinamismo cuando elide palabras, incluso frases, consiguiendo que quede lo más escueta posible, casi descriptiva, lo que unido al diálogo parece un guión cinematográfico «Carcajada. Aguanto el chaparrón. Hace que lee una noticia. Mira por debajo de su flequillo donde yo debo tener los ojos pero yo opto por evitarla. Son sus maneras de coquetear».

El realismo está presente de forma constante, las largas descripciones en las que se unen sin transición personas, tiendas, anuncios, despersonalizan a la sociedad; asimismo, en medio de tanto realismo las metáforas abandonan su sentido figurado y dan impresión de realidad «Una virgen pagana, en tres azules, hermosa hasta para cambiarse uno de religión, sale del Súper barato». Las comparaciones imposibles devienen en enumeraciones que concluyen de forma rotunda antes de dar paso a la crítica mordaz social, política o educativa «vejaciones, insultos, palizas, acoso por las redes, en los recreos, en las salas de gimnasio, tierra, mar y aire. Linchamiento y escarnio».

La dureza se vuelve más cruda cuando, en esta polifonía narrativa, la primera persona es tomada por otro personaje que además está muerto y, desde su más allá hace sentir aquí el dolor, la humillación, la angustia hasta que el lector empatiza y se da cuenta de que también le falta el aire. De hecho, las narraciones, a veces naturalistas, rozando lo esperpéntico por la inclemencia reinante, retratan a una sociedad de tercera en la que el personaje manifiesta su desprecio y rencor hacia quienes blanquean sus actos con grandes eventos o miran hacia sí mismos:

Estamos aquí esperando a un tío que mató a un desgraciado que atravesó todo el puto continente africano para vender mantas y mandar dinero a su puta tribu […] y tú me preguntas de qué modo puedes superar ese dolor tan grande que tu novia uruguaya te produce porque igual tiene un lío con otro tipo

Igualmente la mezcla de personas narrativas provoca un efecto hipnotizador en el lector; al pasar de la primera persona al narrador autodiegético consigue hacernos partícipes de lo que ocurre al tiempo que el protagonista adquiere mayor profundidad psicológica «Temo que ella haya llamado y temo que no lo haya hecho. ¿Cómo te encerraste en su mundo desquiciado?».

Y si el estilo es perfecto, no cabe duda de que el uso variado del lenguaje ayuda. Los términos poéticos catalanes, virolai, se unen a otros científicos, glucógeno, y a otros actuales pertenecientes a la informática, troles; incluso a veces los acrónimos están expuestos tal como se usan «con su PIN, su PUK y su santísima madre». En un mismo diálogo puede darse la mezcla de ambas lenguas, catalán y español (¿en un intento de certificar la convivencia?)

—Quina edat té?
—Muchos

Hay metonimias que recuerdan constantemente su soledad «me tienta acompañarme de algún crianza, pero hoy quiero anestesia rápida y escocesa». Y metáforas cosificadoras que inciden en su falta de ganas de existir «no soporto tanta profundidad. No sin estar macerado».

La falta de civismo queda perfectamente retratada en las metáforas animalizadoras y empequeñecedoras «unos cuantos semáforos que ni las manadas de turistas ni los indígenas respetan, como si […] los coches se convirtieran en inofensivas sillas de ruedas de lisiados». Por otro lado, las personificaciones aportan importancia a la ciudad como personaje «empieza a tiritar el alumbrado eléctrico». Y abundan las metáforas irónicas que devienen en nostálgicas «Saco mi viejo Focus color plateado con todas las estelas posibles de las columnas del parking».

Mediante elipsis agiliza el ritmo narrativo para recobrar su protagonismo con el estilo indirecto; todos los recursos son válidos si afianzan la importancia de la situación, incluso el polisíndeton con el que ralentiza la noche hasta que influye en el estado de ánimo del personaje «y me intercalo y me barajo entre un bar gay y otro bar menos gay y otro abiertamente no gay y en cada uno me meto un Ardbeg…».

La ironía cargada de crítica hacia determinados espacios televisivos se refuerza con neologismos populares «Es barricidio».

Y por supuesto el humor está presente en todas sus variedades, siempre escondiendo, o no, la crítica pertinente: El triste, que se refleja en metáforas esperpénticas «dice una de las mujeres pintarrajeada por su peor amiga del Imserso y vestida por la peor de EGB». El negro, con el que critica la falta de implicación social «debe estar poniendo multas en rotondas o lanzando a manteros por terraplenes». El irónico, del que se vale para retratar a un amigo «Su mujer se llama Josefina y es procuradora. Nunca he conocido a la tal Josefina. Igual es la Chica de la Curva». Humor en el empleo de conectores que advierten el cambio en la función de algunos establecimientos «Paso al lado del quiosco, abierto, donde se vende de todo, y también revistas y periódicos». Humor en los hipocorísticos, «Biscu», en los motes sugerentes «Jeremías de plastilina» y en los acortamientos «píllamelo en el Paqui». Humor en los diálogos con Biscúter pues consigue el efecto contrario que pretende, marcar el cariño que se tienen

—¿Le dijiste que cobramos primera visita?
—No. Me dio mucha pena. No paraba de llorar.
—Genial. El mes que viene te pagaré yo con lágrimas.

Sarcasmo para que no olvidemos quién es ni lo que piensa de la sociedad «...a la mitad de los catalanes que aún no se decidían a arrancarse de sus cuerpos la posesión diabólica que supone ser españoles con lo sucio, pobre y chillón que es ser español». Y humor al más puro estilo de los Hermanos Marx con el que se define a la perfección

—Y al parecer no tienes coartada
—No
—Vaya
—Estuve viendo el culebrón de TV3. Si eso te sirve
—Si cuando te juzguen somos independientes, sí
—Joder, Pepe
—¿Pepe?
—Ovidio es Pepe en latín

Y así, rodeado de humor, ironía, sarcasmo, nuestro Pepe Carvalho honra no sólo a Vázquez Montalbán en todo momento; otros escritores aparecen abiertamente, o a través de sus obras, como reconocimiento a la buena literatura: Galdós «galdosiano», Gabriel Celaya «un arma cargada de futuro», Baudelaire «hastío o esplín», Tomas Mann «mientras se me derrite el maquillaje bajo sol cubano», Marsé «la oscura historia de la prima Amelia» o Bécquer «poseerla después de abatirla […] encerrada ella en una torre».

Excelente novela, excelente Carvalho de otro excelente escritor.

viernes, 11 de julio de 2014

EL ESTRANGULADOR

Si tuviera que encuadrar “El Estrangulador” en algún subgénero narrativo lo haría como ensayo-novelado porque partiendo de su protagonista, Albert Cerrato, el autor, Manuel Vázquez Montalbán reflexiona sobre la sociedad de finales del siglo XX.

El argumento es bastante sencillo, Albert Cerrato está ingresado en un hospital penitenciario, obligado por sus psiquiatras a escribir sobre los crímenes que cometió para que ellos puedan averiguar las causas y, sobre todo, si realmente hizo lo que afirma.

Estas memorias, o pensamientos de Cerrato dan pie a que él, además de escribir, vaya recordando su vida como Albert DeSalvo, el estrangulador de Boston, con sus padres, amigos, conocidos, mujer e hijos y analice por qué los mató a todos.


Así pues, si en un principio el argumento es sencillo, las antítesis e incongruencias que aparecen desde sus primeras páginas la complican, ya que es una novela dura por el contenido, lírico-ensayística en la forma, vanguardista en cuanto a recursos literarios, enciclopedista si nos atenemos a los datos que aparecen, irónica en las denuncias directas, seria porque deja ver la transcendencia del ser humano, pero con sentido del humor clave para entender a ese ser humano en general y al genio indiscutible que fue Vázquez Montalbán.

“El Estrangulador” se compone de dos partes:
  • RETRATO DEL ESTRANGULADOR ADOLESCENTE de 25 capítulos y
  • RETRATO DEL ESTRANGULADOR SERIAMENTE ENFERMO de 14 capítulos.
Más un “Informe del psiquiatra Maroni al dr. Dieterle, presidente del Comité de Conducta Penitenciaria de Boston”.

Y una “Conclusión”, en la que Albert DeSalvo se queda añorando un mundo a salvo de la subversión.

La 1ª parte recuerda al “Retrato del artista adolescente”, novela semiautobiográfica de James Joyce (1916). La 2ª nos lleva al “Diario del artista seriamente enfermo”, memoria escrita por Jaime Gil de Biedma en 1974.

Y, como las dos obras anteriores, “El Estrangulador” contiene algo de su autor: el pensamiento comunista, el amor por Cataluña, el respeto hacia la cocina, la admiración a la clase obrera y, sobre todo, el afán de saber, de investigar, de cuestionar.

Es cierto que su lectura puede resultar complicada, pero se reconocen varias claves para entenderla. Una de ellas está al comienzo, cuando el autor alude a una cita de “Los bostonianos” de Henry James, “¡No se trata de Boston, sino de la humanidad!”. Al empezar a leer la novela no le di mayor importancia a la cita; sin embargo, conforme fui adentrándome en sus páginas entendí la metáfora genérica que, para cualquier lugar, representa Boston. Realmente podemos trasladarnos a España, a Europa, donde queramos, porque el estrangulador es de donde estemos cada uno de nosotros.

Podemos encontrar otra clave en el capítulo 8 de la segunda parte, cuando el narrador-protagonista afirma, “creo, como Jaspers, que cuando el artista atraviesa el límite de la razón para llegar a la locura, pierde la genialidad. El genio es una cosa. La locura otra…” Y, efectivamente, Albert Cerrato (a mí me gusta creerlo) no está loco, sino que desde su “lobotomía metafórica” reivindica un mundo diferente, probablemente más cruel para unos, más sincero para otros, para todos, con una moral diferente. Un mundo donde no tienen cabida las palabras huecas con las que algunas personalidades pretenden conferirse importancia, un mundo en el que hay que cuidar las palabras que designan, para que los niños las aprendan desde el principio, un mundo en el que no hay que cuidar las palabras tabú que hierren sensibilidades, un mundo en el que no es insalvable la jerarquía profesional unida a la valía, un mundo sin alardes prepotentes, un mundo sin mártires sin sentido, un mundo sin conformistas, un mundo sin agresores legitimados.

Albert Cerrato, ya se lo dice su psiquiatra en otra de las claves para su lectura (cap.10, 2ª parte), es “víctima del petrarquismo…educación basada en el absoluto y el acceso al paraíso… Iglesia Católica, el partido comunista y las películas de Hollywood traficantes de la droga del happy end.” Creo que él también lo sabe y, cuando se da cuenta de que en realidad todo es mentira y vive en un mundo desalmado decide ser Albert DeSalvo y estrangular (impedir el curso natural) todo aquello que afea su mundo. Por eso tiene un referente, Alma, vecina-musa que alentará su imaginación hasta convertirla en nostalgia, “Me gustaría, Alma, regresar a nuestro ámbito para matar definitivamente los recuerdos y recobrar la vida”


Y así, al darnos cuenta de la metáfora del “El Estrangulador”, es cuando cobra sentido que todo el “autoinforme” final de Albert Cerrato vaya dirigido a William Dieterle y, al comienzo de la novela el propio Albert Cerrato hubiera confesado su asesinato por haberle hecho la vida imposible: no le dejaba tener las pinturas de Klimt que adornaban su celda, y no le dejaba ver “El Estrangulador de Boston”, la película de Fleischer que tantas veces había visionado. Puede ser que Cerrato se sintiera reflejado en el protagonista del film, Albert DeSalvo; ambos son víctimas de los psiquiatras que intentan justificar sus teorías analizando las causas y consecuencias de sus actos. En el caso de DeSalvo está claro, nadie con una infancia como la suya puede quedar ileso; si realmente Albert Henry DeSalvo fue el estrangulador de Boston, él fue la primera víctima en un mundo horroroso (mucho más que en la película) que no le permitió ni un respiro. En el caso de Cerrato, nuestro personaje intenta, desde otra moral, suprimir el horroroso mundo que lo aprisiona.

Como complemento, incluimos a continuación el artículo que, sobre la película arriba indicada, nos ha enviado amablemente nuestro crítico de cabecera Alberto Sáez:

El estrangulador de Boston.
La mente del asesino ha sido uno de los aspectos más analizados por la historia moderna de la psiquiatría y la criminología. ¿Qué lleva a una persona a comportarse de manera cruel y despiadada? ¿Cuáles son los antecedentes, los patrones comunes o las motivaciones de estos violentos y fríos delincuentes? Preguntas que han sido contestadas por numerosos científicos, explicando conjeturas e incluso esquemas de comportamiento que podrían identificar a un asesino en serie desde que es un niño sin la capacidad de razonamiento suficiente para comprender el sentido y la diferencia entre el bien y el mal. El ser humano racional, incapaz de cometer un acto de tamaña crueldad, ha mostrado sin embargo un deseo excesivo por conocer, con todo tipo de detalles escabrosos, los métodos y motivos que han movido a personas como El estrangulador de Boston a llevar a cabo sus funestas acciones. Es precisamente esa obsesión intrínseca y natural que tenemos hacia los casos más horrendos y violentos, ese morbo o, por usar un eufemismo muy recurrente, curiosidad científica por comprobar de qué somos capaces cuando algo falla en nuestro cerebro, lo que ha motivado a directores como Richard Fleischer a documentar de forma audiovisual los casos reales de estos psicópatas, como el protagonista de The Boston Strangler, 1968, o su homólogo británico, El estrangulador de Rillington Place, 1971, con un fetichismo enfermizo hacia los cuellos femeninos.
La película está compuesta por una estructura dual. La primera parte corresponde a los primeros crímenes del homicida y la consecuente caza de brujas llevada a cabo por un cuerpo de policía muy presionado por los medios de comunicación. Esta primera mitad está marcada por un enfoque narrativo múltiple y deficiente, que coincide con el trasgresor recurso al que recurrió Fleischer con su original edición multi-pantalla para mostrar varias secuencias a la vez u ofrecer varias perspectivas diferentes de una misma escena. Por las notas de prensa y los informes policiales conocemos que se trata de un varón que sólo asesina mujeres, en principio de edad avanzada, hasta que de pronto cambia de pauta, para mayor incertidumbre y alarma general. Desde ese momento entra en escena el asesino en cuestión, y con él se pasa a la segunda parte del filme, cambiando a la concepción narrativa protagonista que ofrece la visión directa del asesino, al cual ya podemos ponerle el rostro de Albert DeSalvo. Sin embargo el realizador juega con el trastorno de personalidad del personaje principal, el cual lleva una doble vida como marido y padre cariñoso, y, a su vez, sin ser consciente de ello, es el monstruo que ha aterrorizado la ciudad de Boston y tiene en jaque a la policía. De esta forma es mostrado como autor de los hechos y a la vez, como mero espectador. Esta segunda parte está muy centrada en ese cuadro psicótico de DeSalvo, tratando de analizar el foco de su naturaleza violenta y el porqué de esa misoginia que caracteriza sus brutales acciones.
La mencionada crueldad en el proceder del protagonista se produce siempre de forma descriptiva, nunca de manera visual. Lo cual lleva al espectador a una especulación pesimista y terrorífica ante una serie de detalles reveladores muy explícitos, sobre todo cuando se hace mención al depravado modus operandi del asesino, el cual incluía en su ritual de tortura todo tipo de objetos que encontrara en el escenario del crimen, desde botellas hasta palos de fregona, todos con un propósito parafílico aterrador. Teniendo en cuenta que la mayoría de las víctimas eran ancianas, la imagen visual puede resultar de una sordidez espantosa, contrastando con el cándido retrato que tenemos del personaje, interpretado brillantemente por un Tony Curtis que se convierte en uno de los puntos fuertes de la cinta. Su interpretación consigue que, con el simple hecho de contemplar su mirada, sepamos en qué momento ha dejado de ser el bondadoso padre de familia para convertirse en el Doppeltgänger que oculta en su interior. Un trabajo espectacular de desdoblamiento de personalidad como no hemos vuelto a ver en un actor hasta la reciente transformación deWalter White en Heisemberg. Una peligrosa empatía que acerca al espectador y al criminal y le hace entender, e incluso excusar sus horribles acciones, como ya lograra el maestro Fritz Lang con M, el vampiro de Düsseldorf, 1931.
Pese a las incógnitas que surgieron tras los sucesos sobre la verdadera autoría de los hechos, Fleischer señala inicialmente —y zanja por completo la discusión— a DeSalvo como definitivo y único autor de los asesinatos, basándose en la simple premisa de que tras su encarcelación, se dejaron de producir los estrangulamientos. Este dato resta intriga a un final que podría haber resultado más abierto e inquietante si se hubiera seguido el modelo de otros misterios sin resolver como el caso de Jack el destripador, sin embargo, y como ya hemos mencionado previamente, el realizador prefirió darle a la obra un enfoque más documental, psicológico y satírico. Entre los diálogos, escritos por Edward Anhalt, podemos intuir una gran crítica al machismo existente en Norteamérica durante los años 60, un periodo de granes cambios marcado por el magnicidio del presidente Kennedy, lo que supuso un incremento de ese estado de alarma social que provocó una tensión insanamente extrema en las relaciones personales. Los homosexuales fueron los que peor parte se llevaron, perseguidos por un sistema que tachaba de aberrante su conducta “invertida” y les condenaba por el simple despecho de una mujer herida en su orgullo, o su afición a la lectura del depravado .
El debate ético mostrado en la parte final del metraje, donde se condena la falta de juicio de un sistema impaciente por entregar cuanto antes la cabeza de su culpable, que pasaría posteriormente a ser la víctima de su propio reflejo, pone en evidencia el pésimo tratamiento en pacientes con trastorno bipolar, muy vulnerables a descubrir su pavorosa doble personalidad de una manera demasiado brusca, causando un daño irreversible para el enfermo. Escena que queda sensacionalmente representada cuando el protagonista se observa a través de un espejo y no es capaz de reconocerse tras su inexpresiva mirada, comprendiendo dramáticamente el significado de sus lagunas mentales y asumiendo, definitivamente, el final de su quimérica vida.