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jueves, 5 de febrero de 2026

MIAU

No sé si había leído Miau o simplemente la estudié en su día, de lo que estoy segura es que no había percibido la idea de la inmoralidad del estado, puede que ahora la situación, pese a no ser la misma, nos haya hecho ver como normal que los gobernantes sean imperfectos, causantes directos de los problemas que nos aquejan.

En 1888, Benito Pérez Galdós expuso a través de Ramón Villaamil la relación entre el deseo de libertad del hombre y las restricciones sociales. Lo curioso es que parte de la culpa de la situación en la que se encuentra el protagonista es de su mujer; de hecho, él reniega de ella y de su hija culpándolas de haber malgastado su dinero. Y es que, después de treinta y cuatro años trabajando como cesante en Hacienda, no tiene dinero ahorrado. En un suspiro, a dos meses de la jubilación, es despedido del trabajo, sin la promesa del ascenso y en unas condiciones mendicantes pues no le corresponde paga hasta que no vuelva a ser contratado. Pero de Ramón se ríen todos, de las mujeres de su casa y de él, por consentir que dilapidaran el dinero en superficialidades. Cuando su puesto se lo dan a su yerno, Víctor Cadalso, un mujeriego estafador, causante de la muerte de su hija mayor y de la desgracia de la menor, al enamorarla, Villaamil se vuelve loco «—Amigo Ventura —indicó Villaamil con dolorosa consternación—, acuérdate de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas apostemos algo… ¿A que ascienden a Víctor y a mí no me colocan? Otra cosa sería justicia y razón y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes».

Miau es una novela que expone la situación de España en un momento determinado de revueltas constantes; a través de Villaamil, Galdós anima a otra revolución. Las Miau es como llaman, por sus rostros algo felinos, tanto a su mujer, Pura, como a su cuñada, Modesta, como a su hija, Abelarda. Sin embargo, en esta onomatopeya residen en forma de acróstico los temas tratados en la novela y por los que Ramón Villaamil lucha de manera infructuosa: Moralidad, Impuestos, Aduanas y Unificación de la deuda. Este “miau” no conseguido es lo que lleva a Ramón a la desesperación total y a la locura frente al sistema corrupto en el que vive, «Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa necesidad le obligaba a sacar fuerzas de flaqueza y a forrar de vaqueta su cara. Con todo, a veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: “No puedo, Señor, no puedo. El papel de mendigo porfiado no es para mí”».

La restauración borbónica queda en entredicho, también la honradez y la decadencia de una sociedad en la que el entorno puede ser determinista; de hecho, Luisito, el nieto de Villaamil ve afectada su salud física y mental al estar en un ambiente poco propicio donde falta qué comer, donde se le hace depositario de los problemas del abuelo y donde su formación escolar pasa a un segundo plano. En esta situación, Luisito se aferra a un dios que se le aparece para prometerle que todo se solucionará si estudia y se esfuerza, consiguiendo que el niño solo piense en ordenarse sacerdote.

La familia de Villaamil podría ser una metáfora de la sociedad española: no está bien económicamente, formada por un granuja, alguna despreocupada, alguna frívola, un trabajador en conflicto y una infancia desprotegida. Los flashbacks en los que vemos tiempos mejores critican la situación actual.

Los personajes son extremos, como esperpentos sociales; al no haber término medio la denuncia social es más evidente: la sociedad abandona al hombre dejándolo a su suerte. Todos están desequilibrados, solo Luisito, en su inocencia, es capaz de vislumbrar un mundo más justo, aunque no deja de ser curioso que la paz y la justicia vengan de la mano de la iglesia, pues también la hija, enamorada y engañada por su cuñado Cadalso al tiempo que estaba prometida por conveniencia a un hombre con dinero, abandona la vida que lleva para ingresar en un convento.

El tema de la honradez choca con la lógica del español. Y el deseo de los protagonistas choca con la realidad en la que viven: ni las Miau tendrán las riquezas que anhelan, ni Luisito tendrá un padre como es debido ni Ramón tendrá el trabajo que merece. Los sueños se desvanecen en una sociedad que se presenta implacable y que toma la religión como un bálsamo para sus penas «Verás, verás —le decía—, qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: Santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro […] candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios…».

Y dentro de esa sociedad religiosa el suicidio no estaría permitido, de ahí que el final sea abierto, poco claro, «¿Apostamos a que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas Miaus, ¡como os vais a reír de mí!... Ahora, ahora… ¿A que no sale?».

Y por eso Luisito confirma a Ramón que sus intenciones de quitarse la vida son aprobadas por «el hacedor de la vida».

La muerte es contemplada como una liberación. Cuando la madre de Luisito, la hija epiléptica de Villaamil, muere, se libera tanto de su padecimiento físico como mental pues Cadalso la engañaba constantemente. Cuando Ramón no puede soportar la miseria y humillación a las que se ha visto abocado cree que solo podrá liberar su sufrimiento a través de la muerte.

Es verdad que la situación no es la misma, pero la base continúa parecida: los que quieren trabajar y estudiar más para contribuir a una sociedad mejor, son ignorados, se cortan las subvenciones a la enseñanza y la medicina, por ejemplo. Los que no se han esforzado sino que están en el poder con mentiras y corruptelas, se les deja el campo libre para que sigan medrando. Gobiernan el mundo desquiciados del poder que pretenden anular la libertad de acción del pueblo a costa de lo que sea.

No pasa nada si tenemos un país menos o desaparecen miles de personas. No encuentro el avance respecto del siglo XIX. Todo lo contrario.

jueves, 12 de diciembre de 2024

HETTY GRAY. HIJA DE NADIE

¡Cómo he disfrutado con esta novela! Tanto, que me he propuesto retomar obras del siglo XIX que leí hace tiempo.

Hetty Gray. Hija de nadie es un novelón victoriano donde pasamos de la angustia a la sonrisa, de la pena a la alegría, de la rabia por la injusticia social a la paz que nos invade al sentir la justicia poética que entrevemos, aunque estemos seguros de que eso no pertenece a la realidad, o al menos es muy difícil.

Pero Rosa Mulholland fue capaz, en 1883, de retratar una forma de vida en la que la clase social elevada tenía todos los derechos, los pobres solo podían aspirar a la caridad. La protagonista, encontrada en una playa cuando era un bebé, no tiene nombre, no lo saben. El matrimonio Kane supone que fue superviviente de un naufragio. Como nadie la requiere y la niña llevaba bordadas en su vestidito las letras H. G., deciden llamarla Hetty Gray.

A pesar de ser muy pobres, cuidan a la niña, que va desarrollando grandes dotes comunicativas y un amor inmenso por la naturaleza. Hetty vive feliz hasta que la señora Rushton, una viuda de la clase alta, decide quedarse con ella por lo guapa y simpática que es. La presenta en fiestas y la hace que actúe, imite o cante para los demás, quienes le dedican grandes elogios. Hetty sigue feliz, aunque eche de menos la libertad y los abrazos de los que disfrutaba con la señora Kane.

Cuando Rushton muere, Hetty se queda sola y sin nada. La familia de la fallecida decide mantenerla en su casa, en la zona de servicio, y darle una educación para que de mayor sea institutriz.

Hetty deberá tragarse su orgullo, ser humilde y aguantar los caprichos de las que antes eran sus “primas”, «Vivirás en nuestra casa […] disfrutarás de la comodidad y protección de nuestro hogar. Pero claro, no puedes esperar tener el mismo futuro que ellas».

Pero es una novela y tras muchos sufrimientos, al cabo de los años, la vida puede dar un giro. Es cierto que el argumento es previsible. Es la literatura por excelencia de finales del siglo XIX. Pero Mulholland consiguió cautivar no solo a los lectores. Tuvo la aprobación de Dickens y las facilidades que se le presentaron al pertenecer a una familia acomodada.

Hay algo de la autora en Hetty; como a ella, le gustaba el arte en general y en particular la pintura. A pesar de ser un melodrama, lo que se deja ver en la importancia de las relaciones familiares y en las dosis de misterio que van quedando en el argumento, la protagonista tiene un carácter romántico, de espíritu libre, fuerte, no se deja doblegar tan fácilmente y se lamenta de su injusta situación. Una circunstancia marcada por las diferencias extremas entre las clases sociales; la rabia de pertenecer a la más alta hasta que de un día para otro estás abajo de nuevo.

Sin embargo, el buen hacer de la institutriz, su inteligencia y el trabajo bien hecho son el patrimonio de una clase media, por el que la mujer será capaz de mantener autonomía. En esta clase media intentan educar a Hetty y en ella es donde adquiere responsabilidad y sentido del deber que, por supuesto va ligado a la aceptación de la autoridad de la clase alta.

La señorita Davis, institutriz de la familia, está preocupada por el esfuerzo y la moral de Hetty. La autora deja expuestos sus deseos por las mejoras sociales y la compasión, algo que valdrá a algunos desprotegidos para escalar socialmente. La voluntad de transformar el mundo se deja ver aunque puede que Mulholland no se atreviese del todo a retratar a una Hetty artista como era su deseo y solucione su problema con una anagnórisis triunfal digna de las tragedias griegas, sin incluir el fanatismo de aquellas.

La autora utiliza los adjetivos de tal forma que el narrador parece mostrarnos una fotografía de lo que cuenta «Un par de caballos grandes y fuertes, grises y bayos, con crines y cola tupidas, se acercaron a la puerta de la fragua trotando ruidosos».

Las comparaciones populares acercan el pueblo al lector. Todos los campesinos tienen buenos sentimientos frente al egoísmo de los adinerados «¡Esta chiquilla tiene el valor de un ejército! ¡Vete de aquí, mocosa, si no quieres que te asen esos rizos tan bonitos que tienes como si fueran un ganso por San Miguel! Y no necesitas más chispas en los ojos, ya te brillan lo suficiente como para iluminar una fragua por sí mismos».

Tanto los símiles como las hipérboles empleadas por las gentes del campo muestran el cariño y protección que recibe Hetty cuando vive con los Kane. El entorno libre de la naturaleza también cobra su importancia, con personificaciones, frente al opresivo que después experimentará en la mansión, «…saltando entre la hierba, rodeada de margaritas de corazón de oro y cara de luna y de amapolas de ojos negros, con capuchas escarlata».

Los contrastes son evidentes; para dejar constancia, los personajes encargados de Hetty son totalmente antinómicos. El ambiente que respira con la señora Rushton es desolador, por lo que sufre constantemente; le falta el cariño y la atención que todo niño necesita «Era un cuarto de jugar sin madre, sin nada, donde la única cuidadora era la criada […] Acomodaba a Hetty sin muchos miramientos en una silla y la dejaba allí, sola, con la puerta cerrada». Hetty va creciendo temerosa, desconfiada y sintiéndose inferior a todos lo que la rodean.

Sin embargo nuestra protagonista es el prototipo de la bondad por lo que, con ayuda de la institutriz, conseguirá que mediante sus actos, convertidos en lecciones morales, todos se porten correctamente.

La autora regala a Hetty la felicidad y, cuando en su rostro se refleja la esperanza y la alegría, aquellos que la tildaron de arisca ven ahora bondad «—Me alegro de oír que me estoy volviendo buena. Hay algo que me hace muy feliz». Parece que Mulholland no quisiera desviarse del tópico impuesto para las mujeres: solo las guapas y felices son buenas. Sin embargo se resiste a terminar sin una crítica a los poderes que la clase alta asignaba «—Dilo como quieras, Phyllis —repuso— Hetty es una artista y la obligarán a ser institutriz».

Novela fantástica que, basada en la maravillosa edición de Libros de seda, podría ocupar las pantallas como otro de los grandes melodramas del cine.

sábado, 16 de febrero de 2019

UN VIAJE A LA LUNA



Este año se celebra el 50 aniversario de la llegada del hombre a la luna. Aún hoy sigue habiendo reacios a creer en semejante proeza, a pesar de estar refutadas científicamente todas las dudas expuestas. Pero este no es el motivo de mi reflexión sino, como siempre, manifestar mi admiración por aquellos grandes, aquellas mentes sobresalientes capaces de tener una imaginación prodigiosa y saber expresar con palabras más sugerentes que las propias imágenes todo lo que circula por su pensamiento.

Alentada por esto decidí leer De la Tierra a la Luna, novela publicada el 25 de octubre de 1865, por Jules Verne, un hombre que se adelantó a su tiempo en todo lo relativo a ciencia pues predijo hazañas que más tarde se llevarían a cabo. De hecho, en la novela, el presidente del Gun-Club propone la fabricación de un cañón gigante para enviar un proyectil a la Luna; objetivo que logran alcanzar en 4 días y 1 hora. Ciento cuatro años más tarde los estadounidenses lo consiguieron en 4 días. Da que pensar cómo funcionan las cabezas de algunos, que no son como las del resto indudablemente.

Pero tampoco voy a hablar de esta novela sino de un cuento escrito por uno de mis autores románticos preferidos, Edgar Allan Poe, nacido en Baltimore en 1809. Apenas quedan ejemplares de este libro, formado por cuatro cuentos, pero me he hecho con uno de la editorial Losada: Un viaje a la luna y otros cuentos. El que da nombre al libro es el más largo, casi 80 páginas escritas en su mayoría a modo de diario y de forma epistolar que relatan, en primera persona, el viaje a la Luna del holandés Hans Pfaall. El cuento comienza con un narrador en tercera persona que expone lo sucedido en la ciudad de Rotterdam: Un globo desciende del cielo y su extraño tripulante deja caer una carta para el vicepresidente del Colegio Astronómico. Al leer la carta, firmada por Hans Pfaall, la narración pasa lógicamente a primera persona. Pfaall recuerda a todos quién era, un constructor de fuelles que, acuciado por las deudas decide primero suicidarse aunque, tras leer unos libros, prefiere fabricar un globo para marcharse lejos de Rotterdam, dejando sola a su mujer pues la ve capaz de solventarse la vida sin él

Y como tenía mujer e hijos que alimentar, me fue imposible atender en adelante a todas mis obligaciones, y pasaba las horas del día y de la noche reflexionando sobre la manera más cómoda de librarme del peso de la existencia

El día que tiene acabado su medio de transporte, queda con los acreedores prometiéndoles algo maravilloso con lo que contentarlos. El globo hace su despegue tras una gran explosión y posterior incendio, en el que mueren los presentes, y así, provisto de dos palomas a las que parece haber transmitido la nocturnidad y necrofilia del cuervo, una gata y agua se lanza a recorrer el mundo. Cuál no sería su sorpresa al ver que la ascensión es rapidísima, hasta el punto de que le provoca mareos y dolores de cabeza, por lo que, sobre la marcha «Resolví […] dejar este mundo, ¡pero seguir viviendo! […] un camino para llegar a la Luna», encierra la canasta y pone en marcha un condensador para estabilizar la presión atmosférica y poder respirar. De este modo consigue llegar a la Luna en 17 días, no sin antes haberse quedado por el camino las palomas, la gata y la camada de cinco gatitos que, al nacer en el espacio, respiraban con total normalidad. Una vez en la Luna descubre a unos seres diferentes a los terrícolas, más pequeños, con forma casi esférica, sin orejas… y decide quedarse allí durante cinco años, hasta que envía a un “lunita” a la Tierra con la carta pidiendo perdón por los asesinatos cometidos sin querer, a cambio de explicar cómo es la Luna y sus habitantes

Sentí levantarse a un lado, con un ruido y una detonación espantosa, una espesísima nube de fuego, de tierra, de madera, y metal inflamados, y envuelto en ella, miembros humanos despedazados, lo que me causó tan horroroso espanto, que me tendí en el fondo de la barquilla temblando de terror.

Pero el final, retomando el tiempo presente y al narrador testigo, es muy distinto del que Pfaall pensó.

El ansia de experimentar nuevas sensaciones no es nueva. En 1726, Jonathan Swift escribió una sátira sobre la naturaleza humana en general y sobre el gobierno irlandés en particular, en la que Lemuel Gulliver presenta en primera persona, de forma autobiográfica sus viajes a Liliput, a Brobdingnag, a la isla voladora Laputa o al país de los houyhnhnms entre otros, donde conoce todo tipo de seres, desde enanitos hasta gigantes pasando por caballos parlantes e inteligentes o magos que hablan con fantasmas. Pero Gulliver no salió de la Tierra. Creo que el primero en hacerlo adaptando a su época este tipo de literatura y sentando por lo tanto una serie de bases para la novela posterior de ciencia ficción fue Allan Poe; de hecho, Verne se inspiró en este cuento para escribir su novela.

¿Podemos considerar entonces a Poe como el padre de la ciencia ficción? Probablemente, pues en Un viaje a la Luna aparecen descubrimientos científicos imaginarios basados en la realidad, sobre los que gira el argumento, escrito en 1832, es decir, 33 años antes de la novela del autor francés.

Lo primero que hay que tener en cuenta es la distancia positiva que separa a la Luna de la Tierra […] la rarefacción debe ser tanta, que no puede sostenerse la vida animal […] luz zodiacal, era también un punto a tener en cuenta […] la fuerza centrípeta debía decrecer siempre en razón del cuadrado de las distancias […] se experimenta en la cabeza y en el cuerpo un inmenso malestar acompañado a veces de epistaxis…

Lo curioso es que, en este cuento, podríamos llamar de aventuras, de una iniciática ciencia ficción, se manifiestan ya las características que definirían a Poe como autor de cuentos de terror: Encontramos al personaje principal, Pfaall, quien se caracteriza por estar en el límite de la locura. Pfaall es autodestructivo, le gusta propagarse fuera de lo cotidiano y enfrentarse a lo inevitable de forma extrema «Mi cuerpo formaba entonces con las paredes de la barquilla un ángulo de 45 grados, aproximadamente». Puede que este cuento no sea tan famoso como otros del autor pero sí es el más trascendentalista puesto que el protagonista establece una relación original con el universo. Para Pfaall el pensamiento intuitivo es fundamental; en ningún momento se equivoca y, aunque realice planes para su hazaña basándose en las nociones avanzadas de la ciencia, en la mayoría de ocasiones que se presentan inconvenientes, los resuelve de manera sagaz, casi clarividente. «Entonces desplegué el aparato condensador en actitud de hacerlo funcionar inmediatamente».

A través del personaje, Allan Poe se atreve, mediante la observación directa de la naturaleza a desafiar a las propias leyes imperantes en el XIX sobre física y astronomía para recrear un viaje que 127 años después se hizo realidad. Es cierto que el viaje de Pfaall responde, en parte, a los avances realizados en el globo aerostático durante la época de Poe, pero el escritor lo lleva más lejos, hasta la luna.

Es un gas que nadie ha obtenido hasta el presente, nadie más que yo, o por lo menos no se ha empleado jamás con ese objeto […] constituye una de las partes que componen el ázoe […] cuya densidad es menor que la del hidrógeno casi treinta y siete veces y media.

Otros lugares comunes de la prosa del romántico estadounidense, como la obsesión por la muerte, la obstinación con los gatos, el gusto por la bebida, la inquietud por el fuego, las imágenes surrealistas, el miedo ante determinadas situaciones accidentales que termina convirtiéndose en un inicio de psicopatía, se encuentran sin problema ya en este cuento escrito sólo con veintitrés años; cuento que engloba el terror en una prosa poética con la que, en ocasiones describe situaciones verosímiles y en otras es un ejemplo de ensayo científico. Estilo totalmente característico pues la ironía y el humor, en su mayoría negro, salpican aquello que se nos presenta como una desatinada excentricidad.

…respecto a los gatitos […] sin revelar el menor síntoma de malestar […] la manga de la camisa se enganchó a la hebilla que sostenía la cesta […] cuando la cesta había desaparecido de mi vista […] Con gran aflicción les deseaba todo género de felicidad a los animalitos, pero no me parece que ninguno haya sobrevivido

Lo siniestro se mezcla con la burla hasta parecer una caricatura tanto de personajes como de circunstancias. De hecho el protagonista carece de vida interior;

…me dediqué, con auxilio de mi mujer, con las más delicadas precauciones y el más perfecto sigilo, a disponer los pocos bienes que me quedaban y a obtener por medio de pequeños préstamos […] sin cuidarme —he de confesarlo así, para vergüenza mía— de los medios de que me valdría para devolverlos

la cualidad que lo define es la astucia, de la que se vale para embaucar a sus semejantes primero y a los extraterrestres después, al menos eso es lo que nos quiere hacer creer. Pero siempre nos quedará la duda sobre quién tiene razón, si él, que se queda en la Luna conviviendo como líder entre los “lunitas” o “selenitas” residentes, o sus compatriotas holandeses que afirman haberlo visto en la taberna.

Lo que está claro es que la magia rebosa surrealismo a lo largo de las páginas en las que el propio Pfaall relata su aventura.

La escritura es intensa, predomina el énfasis en la narración, técnica con la que logra interesar al lector desde el comienzo. No hay didactismo, ni la intención moralizante propia de la época, por lo que Poe expone sin temor cualquier elemento utópico siempre que consiga cierta estética formal.

caí como una bala en el centro mismo de una ciudad de aspecto fantástico y en medio de una multitud de ruin gentecilla, ninguno […] se tomó la molestia de ayudarme. Todos […] como un ejército de idiotas, gesticulando de una manera ridícula […] Me aparté de ellos con un soberbio gesto de desdén, y levantando mis ojos hacia la Tierra…

A pesar de viajar por el espacio exterior, Pfaall detalla su aventura desde el agobio del enclaustramiento al que se ve sometido para evitar los cambios de atmósfera y por lo tanto la muerte. En este espacio cerrado las emociones del lector se multiplican con el sufrimiento del personaje.

Paradójicamente, cuando este espacio cerrado se abre, cuando puede volver a salir a la luz, a recuperar su libertad, los planes, perfectamente trazados, perfectamente llevados a cabo, se rompen, lo que demuestra que nada está bajo control, que todo puede ser una ilusión, «el perdón no servirá de gran cosa».