jueves, 12 de febrero de 2026

COSMÉTICA DEL ENEMIGO

No había leído nada de Amélie Nothomb y, con esta novela corta que me dejó Alberto, he alucinado. Podría llevarse al teatro pues es un diálogo en su totalidad. De hecho mantiene cierta técnica teatral. El primer párrafo actúa como una acotación para aclararle a uno de los personajes cómo debe aparecer «…Tenía que estar presentable con el fin de conocer a su víctima según mandan los cánones». No cabe duda de que el comienzo de Cosmética del enemigo es inquietante; prepara al lector para ser testigo de un ataque, por lo que la conversación que mantienen Textor Texel y Jérôme Angust, en principio absurda, no nos distrae del objetivo brutal que intuimos.

La novela se lee con rapidez. Los diálogos son expectantes, la ansiedad se va apoderando del lector a pesar de las pequeñas dosis de humor pretendidas:

—Verá. Hábleme de su mujer, caballero.

—¿Cómo sabe que estoy casado? No llevo anillo.

—Acaba usted de decirme que está casado. Hábleme de su mujer

Nothomb escribe una novela que no llega a 100 páginas y nos atrae desde el principio. La posible escena teatral representa una dualidad. Cosmética es una metáfora de apariencia agradable y, sin embargo, Textor se hace antipático a su interlocutor. La conversación trivial con la que se presenta a Jérôme va cerrando más el asunto hasta tenerlo atrapado en un acoso incesante. Es como un animal que no suelta a su presa, no respeta sus deseos; en el fondo es el creador de lo que pasa, por lo que Angust va interesándose poco a poco en lo que Textor tiene que decir:


—En resumen, que su nombre significa «tejedor»

—Yo me inclino más por la segunda acepción, más elevada, de «redactor»: aquel que teje el texto.

También los lectores seguimos con atención la pesadilla dialéctica en la que se sumerge este empresario, Jérôme Angust, cuando debe esperar en el aeropuerto a que salga su vuelo, mientras lee. Pero Textor Texel lo abordará consiguiendo que deje su lectura y se interese con pasión por un relato en el que una violación, un asesinato y él mismo se convertirán en fantasmas del pasado revividos en una pesadilla actual.

En la lectura no dudamos de lo que cuenta Textor, tampoco dudamos de Jérôme, quien va cambiando su escepticismo inicial por sospecha y finalmente aceptación.

Textor es un acosador que goza de libertad total, sin embargo vive asediado por la culpa «—Poco a poco empecé a tener remordimientos». Una culpa mucho más poderosa para el ser humano que el peor enemigo, porque no nos abandona, está en nosotros y ni siquiera Dios puede salvarnos de ella «Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece callado […] vives bajo la autoridad de un tirano malévolo que reside dentro de tu estómago».

Texel es un hostigador culto que razona sus teorías con citas de Guillaume, de Spinoza, de Stirner o incluso del Génesis; con estas reflexiones consigue interesar a Jérôme quien, en un giro casi inesperado, es el que insta a Textor a que siga con su historia. Después encontraremos otro giro, definitivo, para entender esta obra de Amélie Nothomb, en la que predomina la función del espejo. El lector se mira en la obra y se da cuenta de que la culpa interior es capaz de disfrazar cualquier transgresión en falsa moralidad; de ahí que nuestro enemigo interior intente ser quien se vengue, implacable, como un jansenista, del que ha provocado el delito.

Textor Texel, con un nombre que es un trabalenguas anafórico, mantiene esta función de estimular la memoria y la concentración. Es la conciencia de Jérôme, por lo que estamos ante un protagonista dual cuyo duelo verbal deviene en algo irracional que transforma incluso el espacio, el aeropuerto anunciador de libertad, se desfigura en algo opresor.

El estilo incisivo de la autora marca no solo a los personajes. También los lectores encontramos que las consecuencias de nuestras propias acciones llevarán por bandera la culpa. Cómo desprendernos de ella es cosa de cada uno.

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