No había leído nada de Amélie Nothomb y, con esta novela corta
que me dejó Alberto, he alucinado. Podría llevarse al teatro pues es un diálogo
en su totalidad. De hecho mantiene cierta técnica teatral. El primer párrafo
actúa como una acotación para aclararle a uno de los personajes cómo debe aparecer
«…Tenía que estar presentable con el fin
de conocer a su víctima según mandan los cánones». No cabe duda de que el
comienzo de Cosmética del enemigo es inquietante; prepara al lector para
ser testigo de un ataque, por lo que la conversación que mantienen Textor Texel
y Jérôme Angust, en principio absurda, no nos distrae del objetivo brutal que
intuimos.
La novela se lee con rapidez. Los
diálogos son expectantes, la ansiedad se va apoderando del lector a pesar de
las pequeñas dosis de humor pretendidas:
—Verá. Hábleme de
su mujer, caballero.
—¿Cómo sabe que
estoy casado? No llevo anillo.
—Acaba usted de
decirme que está casado. Hábleme de su mujer
Nothomb escribe una novela que no
llega a 100 páginas y nos atrae desde el principio. La posible escena teatral
representa una dualidad. Cosmética es
una metáfora de apariencia agradable y, sin embargo, Textor se hace antipático
a su interlocutor. La conversación trivial con la que se presenta a Jérôme va
cerrando más el asunto hasta tenerlo atrapado en un acoso incesante. Es como un
animal que no suelta a su presa, no respeta sus deseos; en el fondo es el
creador de lo que pasa, por lo que Angust va interesándose poco a poco en lo
que Textor tiene que decir:
—En resumen, que su
nombre significa «tejedor»
—Yo me inclino más
por la segunda acepción, más elevada, de «redactor»: aquel que teje el texto.
También los lectores seguimos con
atención la pesadilla dialéctica en la que se sumerge este empresario, Jérôme
Angust, cuando debe esperar en el aeropuerto a que salga su vuelo, mientras
lee. Pero Textor Texel lo abordará consiguiendo que deje su lectura y se
interese con pasión por un relato en el que una violación, un asesinato y él
mismo se convertirán en fantasmas del pasado revividos en una pesadilla actual.
En la lectura no dudamos de lo que
cuenta Textor, tampoco dudamos de Jérôme, quien va cambiando su escepticismo
inicial por sospecha y finalmente aceptación.
Textor es un acosador que goza de
libertad total, sin embargo vive asediado por la culpa «—Poco a poco empecé a tener remordimientos». Una culpa mucho más
poderosa para el ser humano que el peor enemigo, porque no nos abandona, está
en nosotros y ni siquiera Dios puede salvarnos de ella «Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece
callado […] vives bajo la autoridad de un tirano malévolo que reside dentro de
tu estómago».
Texel es un hostigador culto que
razona sus teorías con citas de Guillaume, de Spinoza, de Stirner o incluso del
Génesis; con estas reflexiones
consigue interesar a Jérôme quien, en un giro casi inesperado, es el que insta
a Textor a que siga con su historia. Después encontraremos otro giro,
definitivo, para entender esta obra de Amélie Nothomb, en la que predomina la
función del espejo. El lector se mira en la obra y se da cuenta de que la culpa
interior es capaz de disfrazar cualquier transgresión en falsa moralidad; de
ahí que nuestro enemigo interior intente ser quien se vengue, implacable, como
un jansenista, del que ha provocado el delito.
Textor Texel, con un nombre que es un
trabalenguas anafórico, mantiene esta función de estimular la memoria y la
concentración. Es la conciencia de Jérôme, por lo que estamos ante un
protagonista dual cuyo duelo verbal deviene en algo irracional que transforma
incluso el espacio, el aeropuerto anunciador de libertad, se desfigura en algo
opresor.
El estilo incisivo de la autora marca no solo a los personajes. También los lectores encontramos que las consecuencias de nuestras propias acciones llevarán por bandera la culpa. Cómo desprendernos de ella es cosa de cada uno.



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