miércoles, 25 de octubre de 2023

NO TE FÍES

Si observamos la portada de No te fíes podemos pensar, equivocadamente, que la novela va a ser un tanto superficial. Es cierto que los personajes son jóvenes, que beben —mucho— y que la noche les depara diferentes sorpresas. Pero hay algo más. También estudian, trabajan, intentan labrarse un futuro y se enfrentan a situaciones que muchos adultos no soportarían.

Si nos fijamos en el nombre de la autora, Sarah Miller, creeremos, equivocadamente, que se trata de una mujer anglosajona o estadounidense. Sarah Miller es el nombre de la protagonista que, a su vez es el pseudónimo con el que firmaron tres autoras en 2019 al escribir conjuntamente esta novela.

El argumento es sencillo, Sarah Miller, una chica adinerada venida a menos al arruinarse sus padres, debe cambiar sus planes de estudiar en una universidad privada de Atlanta e ir a Maryland a la pública, donde cursará Criminología «Sé que fuimos unos inconscientes y sé que tú nos habías avisado, pero nadie se imaginaba esta hecatombe. Te prometo que no queríamos esto para ti y que nuestra frustración acabamos pagándola contigo».

Curiosamente, en el campus se suceden una serie de asesinatos con un mismo modus operandi: las víctimas son chicas y todas quedan marcadas con un signo en la frente, el mismo que se le quedó a Sarah cuando, en sus primeros días, fue drogada en una fiesta y atacada. Esto hará que ella misma investigue, porque los asesinatos, ¡hasta siete!, se producen en sitios en los que ella está presente, incluso es ella la que descubre alguna víctima, «…mientras contemplo el cuerpo de Tina que flota sobre el lago como si fuese una muñeca abandonada con una gran placidez en la mirada de sus ojos abiertos». Por supuesto, la policía sospecha de ella pero también del resto de sus nuevos amigos.

Todos se comportan de forma extraña; reaccionan con naturalidad ante sucesos que en ningún momento son corrientes. Todos tienen algo que ocultar. Matt, un reconocido mujeriego es en realidad un desconocido homosexual; Ross, gay declarado, encubre y oculta su amor por Matt disfrazándolo de amistad; Jane, compañera de habitación de Sarah, le demuestra un cariño excesivo aunque a veces le juegue malas pasadas; Blake confiesa a Sarah que está enamorado de ella y, ante su negativa, camufla ese sentimiento con amistad, tanta, que en ocasiones da la impresión de acosarla, «Yo soy el que juzgo si vale la pena o no una cosa. Y esta lo vale. No te preocupes tanto por mí. Te esperaré a la salida de la biblioteca. Iremos a cenar»; Ashton, el centro del deseo de todas las chicas, es repelido por Sarah, por su prepotencia, por sus tatuajes, por su presunción, hasta que cae en sus brazos enamorada, pero Sarah también cree querer a Blake. En el fondo confunde amor y deseo. Es el principio de la juventud; ha entrado en ese periodo en que debe madurar y pensar qué quiere para el futuro. Este curso no lo tendrá fácil. Al verse envuelta en los asesinatos, como víctima y posible asesina, al verse imbuida en circunstancias ajenas a su forma de vida hasta ese momento, consigue que su salud se resienta y sus nervios le jueguen malas pasadas «íbamos a fiestas, pero no como las hacéis de emborracharos y acostaros todos con todos, no»

Nada es lo que parece, ya no tiene claro si su mejor amiga lo es, si ella es homosexual, heterosexual o bisexual. Sarah descubre nuevas sensaciones ante los amigos, ante el sexo, ante los estudios y ante el mundo adulto. Conforme van sucediendo hechos, ella se va fortaleciendo hasta terminar ayudando a la policía y al FBI a resolver los crímenes, «Me viene a la cabeza ahora lo ordenados que tenía los cedés y el grito que dio cuando fui a poner uno fuera de su sitio. Recuerdo que eso es típico de ciertas patologías».

El ritmo de la novela también es irregular. No te fíes empieza algo lenta hasta que, cuando pensamos que es otra novela más, exclusivamente para jóvenes no avezados en lecturas, da un giro espectacular que hace que el lector se interese de verdad por la trama, enredada a cada paso con un nuevo personaje, con un nuevo descubrimiento, hasta que llegamos al final, un final bastante realista que pone un broche adecuado a los entresijos inquietantes por los que pasa Sarah Miller.

En cuanto al resto de personajes, la atención de las autoras no ha sido uniforme, algunos no aportaban demasiado, otros, como en el caso de Ashton o de Blake, nos han dejado la sensación de que estaban incompletos, que, seguramente, podrían haber dado más juego porque las personalidades de ambos tenían los requisitos para profundizar más en ellos. Pero en general es una novela recomendada para iniciarse en el género policiaco. Lo lectores más experimentados en novela negra puede que echen en falta una investigación policial más basada en pruebas y menos en sospechas, «Lo he tachado de cobarde. Esto seguro que lo hace reaccionar». Asimismo, la reputada abogada Marin tiene un papel bastante exiguo; no es comprensible que se le pasen por alto datos que pueden exculpar a determinados personajes. Pero No te fíes es una novela para entretener, una novela que deja en los jóvenes la sensación de que pueden ser capaces de enfrentarse a lo que quieran y de que, aunque piensen que lo tienen todo controlado, el apoyo familiar es fundamental.

La novela, aunque está ambientada en la universidad, está aderezada con historias de amor, desamor, sexo y alcohol, en la que los personajes hacen lo posible para encajar en el grupo. «Jane, Tina, Ross y yo nos dirigimos, junto al resto de la muchedumbre, que nos empuja, hacia afuera. Allí, diez jóvenes beben sin parar mientras son jaleadas por chicas de mi edad». Los lectores más jóvenes pueden verse identificados con alguno de los personajes o situaciones; además, al no profundizar demasiado en la psicología, Sarah Miller construye una novela perfecta para desconectar y dejarse llevar.

sábado, 14 de octubre de 2023

ME VOY

¿Cómo es posible decir tanto con tan poco? Esta es la sensación que me ha quedado con la última novela que he leído. Porque lo es, aunque a veces tengamos la impresión de estar ante una reflexión-ensayo sobre el hombre; no del ser humano en general, más bien del protagonista, Ferrer, alguien que ha llegado a su madurez sin haber madurado, alguien que se deja engañar fácilmente porque, en el fondo, su único interés, si es que en realidad lo tiene, es sobrevivir a costa de engañar; pero tampoco tiene la maldad suficiente para hacer daño a quien no le da lo que necesita; cree que tendrá otras oportunidades, que la vida lo espera con los brazos abiertos porque es él.

Ferrer es un mediocre, indolente, que a veces parece que se mueve porque no le queda más remedio, aunque él no ponga reparo ninguno a sus dificultades. Se deja engañar fácilmente y aun así, asombrosamente, va sorteando los obstáculos.

Él quería ser artista pero no lo es, así que abre una galería de arte con la misma ilusión que afronta su matrimonio, ninguna. Su mujer, Suzanne, lo deja y el encargado que lleva su galería proyecta un desfalco, por lo que lo anima a ir al Polo Norte en busca de un tesoro escondido en el Nechilik después de que hubo naufragado.

El título de la novela, Me voy, lo dice todo, porque Ferrer marcha al Polo en busca del tesoro mientras se van de su lado todos los que lo rodean.

No había leído nada del autor, Jean Echenoz, y fue Humilde lector (de Babelio) quien me lo recomendó a través de esa plataforma. Leer a Echenoz ha sido todo un descubrimiento; si Ferrer encuentra «una armadura de marfil con lazos, un aparato de reventar ojos de caribú hecho con asta de caribú […] cráneos con las bocas rellenas con barras en forma de raíz de obsidiana, las órbitas con bolas de marfil y pupilas de azabache incrustado. Una fortuna», yo he encontrado la verdadera riqueza en la prosa de este escritor. Con un estilo sencillo, casi minimalista, apuesta por resoluciones sorprendentes; la trama, no cabe duda de que es desmesurada, sin embargo podría tratarse de una biografía real. Ferrer es la viva imagen de la soledad; es verdad que él abandona a quienes lo rodean, pero también es abandonado.

El caso es que cierto humor melancólico predomina en esta novela, «ayudado por una joven llamada Elisabeth —a quien ha contratado en plan de prueba en sustitución de Delahaye— […] ya veremos cómo funciona […] le propone ir a buscar uno o dos al taller, haremos un ensayo con ellos […] así verá lo que quiero decir, Elisabeth. Acto seguido se dirige al fondo de la galería, abre la puerta del taller y qué ve: forzada, abierta […] Para qué plantearse si llamar o no a Sonia».

El argumento transita por el universo errante en el que se mueve Ferrer mientras aspira a mucho y obtiene muy poco. Ferrer, aunque esté acompañado, se encuentra solo, por lo que consigue que el narrador, omnipresente, testigo sobre todo de lo que hace el protagonista, exponga su visión personal del mundo, no una realidad social. Nos encontramos al llegar al aeropuerto, en el Polo Norte, en Biarritz, en España…, cierto realismo irónico con el que destaca diferentes tipos de humor, desde el sarcasmo al humor negro o escatológico.

Las digresiones del narrador son frecuentes y a veces se vale de ellas para aportar, con estructuras paralelísticas, cierto ritmo al escrito, «Los habitantes de estas mansiones parecen coincidir en […] Por ejemplo, en un despacho azul, una rolliza joven tocada con dos gruesos auriculares […] Por ejemplo, un hombrecillo pelirrojo de mirada distraída […] Por ejemplo una corresponsal de guerra de la televisión […] Pero por el momento no ve a nadie».

El narrador hace gala de una frase corta, musical, con la que describe con esmero términos técnicos, aunque su prosa no explique sino todo lo contrario, más bien apunta; a veces incluso deja las frases sin terminar para que el lector, a quien tiene siempre en mente, las acabe, porque se entienden, como si estuviéramos presentes ante él para mantener una conversación coloquial. La función conativa es constante, llama nuestra atención con la idea de provocar diferentes reacciones, a veces usa el vocativo «Y mira, qué decíamos, no han pasado dos días y ya aparece otra». Otras veces, el uso de la primera persona del plural es efectivo para lanzarnos guiños sobre la continuación del argumento, «estaría entonces estupendamente sin ninguna mujer en absoluto, pero ya lo conocemos». Y en otras ocasiones, el narrador no duda en utilizar una orden para que cambiemos nuestra atención a algo que requiere más urgencia en la puesta al tanto de la trama «Pero no podemos desarrollar este punto de manera inmediata […] una novedad más urgente: en efecto, nos enteramos en este instante de la trágica desaparición de Delahaye».

Los lectores tenemos constantemente la impresión de que el narrador es un amigo que nos está exponiendo los hechos para que opinemos, por eso él a veces opina sobre el personaje, causando en nosotros extrañeza o adhesión a lo que dice, «Hélène no había dejado dirección ni teléfono alguno dado que el otro idiota no se lo había pedido nunca».

Nos encontramos en una paradoja constante, los personajes presentados para tener cierto papel, van desapareciendo de la vida del protagonista, todos se van volviendo invisibles consiguiendo la desorientación del lector y del propio protagonista que, aunque avisa al principio y al final de que «me voy», en realidad no lo hace; la vida continúa para él acumulando pasados; de hecho, las analepsis constantes, intercaladas, van describiendo a un ser capaz de acaparar un descalabro tras otro con cierta dejadez, «Lo que no funcionaba tan bien, seis meses atrás, era la galería, […] el último electrocardiograma de Ferrer dejaba también bastante que desear […] como trepar indefinidamente por una cuerda, pero lisa».

Llegados a este punto somos conscientes de que Jean Echenoz es un maestro en el uso de la lengua; juega como quiere con las palabras, que indefectiblemente, siempre acompañan al ritmo que le interese imprimir. Si usa las estructuras paralelísticas para dar una cadencia perfecta, el significado de las palabras le ayuda a crear un ritmo lento cuando le interesa: «envolvente, apaciguar, acomodándose, dispuestos, somnífero, espera pacientemente, mirada ausente poniéndose en movimiento imperceptiblemente…».

La ralentización de movimientos ayuda a resaltar la soledad absoluta de Ferrer a pesar de llegar a convivir con Delahaye y Victoire al mismo tiempo, sin haberlo decidido él personalmente.

Usa el polisíndeton para aumentar lo exhaustivo de una descripción o prefiere el asíndeton cuando quiere remarcar la rapidez. Une lenguas diferentes y códigos distintos para estimular la disposición humorística de situaciones con las que llegamos a enjuiciar la esencia de Ferrer, «al poco pasa a hallarse en un estado de media erección: pero lastrado, casi desequilibrado por ese apéndice perpendicular a la combada vertical de sus vértebras […] añadiendo una nueva sedimentación a la papelera pero que, mutatis mutandis si no nolens volens, hace que su aparato recobre un tamaño normal».

El humor es visual, construye con el lenguaje verdaderas imágenes que aportan en más de una ocasión la ilusión de estar ente una obra teatral. Incluso la personificación de todo lo que rodea a Ferrer, los animales, la naturaleza, se confabula para perjudicarlo, «No contentas con enturbiar la trasparencia del aire y hurtar los objetos a la mirada, las nieblas podían agrandarlos de modo considerable», «El cielo […] expectorando, zafio».

Después de esta reflexión he llegado a una conclusión importante, el protagonista es un antihéroe, un pobre hombre que a veces nos causa desprecio; otras, pena; otras, indiferencia; pero sabemos que está ahí, como el resto de personajes, para ensalzar las posibilidades de la lengua que ya de por sí, es suficiente para conformar una novela maravillosa. «Luego articula […] que no va para Toulouse sino a Toulouse, que resulta lamentable y curioso que se confundan esas preposiciones cada vez más frecuentemente».

sábado, 7 de octubre de 2023

CUENTOS FRANCESES

La editorial Gadir tiene una joya en formato pequeño y Babelio me la ha regalado en su última Masa Crítica. Gracias. Muchísimas gracias. He saboreado cada uno de los Cuentos franceses que componen este libro. Son cuentos del siglo XIX, tan lejano ya, escritos por seis de las mejores plumas de la historia. En ningún momento tenemos la impresión de estar leyendo algo anticuado; es lo que tienen los genios, que son universales. Y eso que, en su mayoría, forman parte de la corriente realista, pero cada uno tiene sus peculiaridades. La editorial decidido abrir el volumen El arca y el fantasma, de Henry Beyle, Stendhal, nacido en 1783.

En el cuento se observan ya las características que van a marcar a los protagonistas de sus novelas: el héroe moderno, aislado en la sociedad, aparece en la figura de don Fernando que, enamorado de Inés, debe soportar ser encarcelado porque don Blas, el terrible jefe de policía, se encapricha de ella y soborna a su padre para obtenerla en matrimonio. El policía le propone que liberará a D. Fernando si este se va a Mallorca. Tras estar allí dos años vuelve a Granada y los enamorados burlan los celos de D. Blas aprovechando un baúl y la ayuda de Sancha, la amiga de Inés. El ingenio de la mujer es manifiesto; son capaces de mezclar el asunto de la pareja con una riña callejera «Sancha dijo con medias palabras que, nada más llevar Zaga a su casa el arca con sus géneros, había entrado en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano». Además del ingenio, en la mujer encontramos el uso de la razón, fundamental para salir de las dificultades, pero Inés sabe que su condición está marcada por el determinismo y se lo hace saber a Fernando, «tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga», por lo que ambos ponen en práctica sus ideas avanzadas en el amor. Sin embargo un final sorprendente deja al lector sobrecogido tras leer la historia con gran incertidumbre.

Como su nombre indica, El caballero doble hace gala de inquietante fantasía. Théophile Gautier, nacido en 1811, convierte el principio de su cuento en una descripción lírica de la dama Edwige, enamorada que recuerda, con las interrogaciones retóricas del narrador, a la princesa que Rubén Darío plasmó en su Sonatina «¿Qué es lo que tanto entristece a la rubia Edwige? ¿Qué hace ahí, sentada, sola, con la barbilla apoyada en la mano y el codo en la rodilla…». No cabe duda de que Gautier fue un precursor del Modernismo. Con El caballero doble encontramos una prosa llena de encanto y sensibilidad cargada de léxico romántico «ángel caído», «languidez pérfida». Asimismo otras características románticas van apareciendo en el relato: el epíteto épico «el hijo moreno y rubio de Edwige la triste», la presencia de la muerte «Sobre su tumba hay una estatua tumbada…», el color negro «un ojo de azabache iluminado», el ambiente tenebroso marcado por la condición de los personajes, «Una niebla producida por su sudor y respiración, le envuelve y le persigue». Y no faltan, además, los recuerdos al padre del cuento de terror: «un cuervo negro brillante, con destellos de azabache, posado sobre su hombro». El estilo es depurado, preciso; del que se vale el autor para destacar la ironía de la situación engañosa a la que Edwige somete a su marido. Una circunstancia que acarrea toda una confusión no solo para los padres sino para el niño nacido: «El pequeño conde Oluf tiene una estrella doble».

Gautier se vale de Oluf para destacar la lucha librada cuando alguien arrastra una doble personalidad, de forma que la lírica del comienzo se va doblando en una prosa oscura llena de terror. En El caballero doble distinguimos el conflicto que surge en el hombre cuando se debate entre el bien y el mal.

En Tamango aparece el historiador que, ante todo, fue Prosper Mérimée. Con gran ironía, rayando en ocasiones el sarcasmo, ataca a la sociedad del siglo XIX capaz de tratar a personas peor incluso que a los animales. Mérimée denuncia el comercio de esclavos y los abusos cometidos especialmente con los negros. «Estos aparecieron formando una larga fila, con el cuerpo encorvado por el cansancio y el terror, llevando cada uno en el cuello una larga horca de más de seis pies, con las dos puntas unidas en la nuca por una barra de madera».

La denuncia queda más evidente por la forma de narrar, con fórmulas propias del realismo que dan la impresión de estar contando una crónica más que un relato imaginativo; para ello, el narrador a veces se muestra indeciso, no es omnisciente, no lo sabe todo, es un testigo omnipresente que a veces utiliza el humor, otras la ironía y otras la realidad descarnada para relatar los hechos. Con la primera persona del plural introduce al lector en la narración, lo hace partícipe de lo sucedido «En medio de aquellos hombres desesperados, imaginemos a las mujeres y los niños gritando de miedo». El anticlericalismo es evidente, «invocaban a sus fetiches y a los de los blancos». El estilo de Mérimée, vigoroso, adopta en Tamango un tono violento con el que desmonta cualquier atisbo de afectividad humana. Una historia con tanta fuerza que no nos extraña que fuera llevada al cine para contar la historia de la venta de esclavos.

Bibliomanía, de Gustave Flaubert, nos adentra en el mundo de los libros. Hasta dónde puede llegar nuestra pasión por ellos. En este caso Flaubert confiere al libro, el objeto, el verdadero protagonismo, pues el coleccionista apenas sabía leer, no le interesaba su contenido, «amaba su olor, su forma, su título […] su vieja fecha ilegible, las letras góticas, curiosas y extrañas, los densos dorados que recargaban sus dibujos…».

En Bibliomanía, la realidad contiene la belleza de lo irreal, esto le aporta cierta resonancia romántica al reflexionar sobre los peligros de las obsesiones y adicciones «Era ese: el Misterio de San Miguel […] Saltó por los agujeros, volaba por las llamas, pero no halló la escalera que había llevado hasta el muro […] Se le empezaba a quemar la ropa…». La trama está basada en la historia real de un librero convertido en asesino. Además, las referencias a Dante, añaden misterio y realismo al argumento: «»un hombre que reía amargamente con la risa de los condenados de Dante», y por supuesto, la mención a Hoffmann, unida al entorno calificador del personaje y las constantes oraciones adversativas que terminan en una conclusión nefasta, mantienen rasgos románticos que acentúan la locura del personaje «seres satánicos y extraños a los que Hoffmann desenterraba en sus sueños. […] Era alto […] pero iba encorvado […] su cabello era largo pero blanco […] fisonomía pálida, triste, fea e incluso insignificante».

Con una prosa diáfana y concisa consigue cierta exactitud y musicalidad en la lectura. Las enumeraciones de graduación ascendente y las repeticiones ejemplificadoras definen a la perfección la condición humana que marca, como no podía ser de otra manera, un final espectacular.

La jornada de un periodista americano en 2889 señala los comienzos de la ciencia ficción a pesar de que su autor, Jules Verne afirmase estar más interesado en la ciencia y en lo que en años venideros podía llegar a ocurrir. El caso es que acierta casi con todo lo que aparece en este cuento; no cabe duda de que estaba al tanto de innovaciones científicas y tecnológicas; sus predicciones de «casas de trescientos metros de alto, con la temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches», sobre «energía que proviene de cualquier fuente», sobre el control de la natalidad en China, sobre técnicas de alimentación, sobre la preponderancia de la inteligencia artificial y los avances de la robótica o sobre la criogénesis son asombrosas, y el humor con el que lo afronta todo no resta ni un ápice a su inteligencia y visión de futuro «—¡Nada, no, señor! —respondió Francis Bennett— ¡Les queda Gibraltar!».

Y, por último, la crítica a la burguesía la encontramos en El paraíso de los gatos, una fábula de Émile Zola que le sirve para reflexionar sobre qué es mejor, la seguridad de una vida tediosa o la incertidumbre de la libertad para perseguir los ideales. Además este cuentecillo es una metáfora de la naturaleza del hombre, determinada según el medio y las circunstancias en los que se desarrolla. «Me acordé con amargura de mi triple colcha y mi almohadón de plumas».




Seis autores esenciales de la literatura francesa y universal. Un libro imprescindible de la editorial Gadir.

sábado, 30 de septiembre de 2023

ZONA MUERTA

 

Hay veces en las que al comienzo de la lectura de un libro da la impresión de que se avecina una larga cadena de muertes horribles.

Otras, empiezas a leer y disfrutas con la inteligencia de su protagonista y cómo consigue, legalmente, ganar un juicio; pero sabes que algo tiene que torcerse porque en eso que estás leyendo ves un final de novela antes que un principio.

Al empezar Zona muerta me vi envuelta en las dos situaciones, me equivoqué con la primera impresión, pero no con la segunda.

Si Tilly Bradshaw es fundamental en la resolución de los casos del sargento Abraham Poe, en este, actuando en la sombra, es la auténtica protagonista; da la impresión de que M. W. Craven escribió la novela pensando en ella.

En la entrega anterior, El procurador, a nuestro protagonista le dieron el ultimátum para abandonar su casa porque estaba en unos terrenos recalificados que no podían ser habitados, pues la cabaña que iba con ellos al comprarlos no debía ser ampliada ni modificada en nada que se pareciese al hogar confortable que Poe se había construido. Una vez en el juicio, nadie contaba con Tilly quien, a pesar de no ser abogada, dispone de una curiosa relación con la ley a la hora de acceder a las bases de datos: la ignora. Esto le permite llegar donde nadie más lo hace y relaciona sucesos y personas hasta dar con lo necesario. En el primer juicio, Poe se queda con su casa, pero algo dará la vuelta más adelante.

El juicio queda pendiente porque ambos deber acudir hasta un burdel en el que ha aparecido asesinado un héroe de la guerra de Afganistán, alguien que fue apresado, torturado y rescatado por los británicos cuando se encontraba a punto de morir. Sin poder dejar de culparse cuando el grupo liberador fue aniquilado poco después, Bierman abandona el país y se refugia en EE. UU. hasta que una cumbre de comercio internacional le hace volver.

En Zona muerta no hay un asesino en serie, tampoco vamos a ser testigos de más muertes violentas, pero ni a Poe ni a Tilly los pueden engañar a pesar de que esta vez hayan sido reclamados por el MI5 y las verdades les sean dichas a medias. Puede que el muerto no se llame en realidad Christopher Bierman, puede que no tuviera nada que ver con las prostitutas. O sí, pero Poe es consciente de los silencios del servicio de inteligencia del Reino Unido y no está dispuesto a que le oculten nada. A pesar de que quedan en que habrá transparencia absoluta, los miembros de la agencia contra el crimen deben reconstruir hechos y nombres una y otra vez, porque las pistas siempre llevan a un asesino falso.

En esta ocasión cuentan con la ayuda de Melody Lee, del FBI, que fue crucial para Poe en El procurador, y de Hanna Finch, del MI5 quien, aunque con altercados, finalmente también les asistirá; además Bradshaw relacionará el caso con otra muerte ocurrida tres años antes, «y ocurrieron en rincones opuestos del país, pero la conexión de la rata es curiosa».

A partir de aquí, para conectar estas dos muertes, tan diferentes en principio, deberán tener en cuenta conectores USB de cables especiales, software maligno que se transfiere a los portátiles, programas grabadores de tecleos… Problemas informáticos que Tilly deberá afrontar hasta que, después de sospechar de todos y cada uno de los que van conociendo, «quiero un análisis detallado de todas las personas involucradas en este asunto […] Mañana por la mañana iremos a hablar con la viuda de Danny North, la que creó la página de Justicia para Tango Dos-Cuatro en facebook».

Está claro que Craven conoce el funcionamiento del ejército; conoce el mundo de la informática y sabe hasta dónde puede llegar la maldad, la venganza humana. Por eso Zona muerta nos sumerge en un ambiente frío, de intrigas, ordenadores, tecnología y las consecuencias cuando todo cae en manos inadecuadas, en mentes que solo buscan ajustes de cuentas. En esta novela, el autor ha vuelto a desplegar un final absolutamente obsesivo, que, por supuesto, llevará a Poe a reconquistar su casa y a formar lazos con nuevas personas conforme va despejando incógnitas.

El lector lo entiende todo al final; no hace falta ser experto informático porque el asunto queda perfectamente aclarado.

Es curioso porque aunque en El show de las marionetas, Poe y Tilly formaban una pareja anómala, conforme hemos ido leyendo las siguientes entregas, se han ido complementando, Poe no es tan impetuoso y Tilly no es tan fría. Van alcanzando el estatus de pareja perfecta.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

LA GRAN SERPIENTE

Conocí a Pierre Lemaitre con Irene y quedé maravillada con la forma de contar de este autor francés y con la capacidad de su protagonista, el inspector Camile Verhoeven, para asumir su diferencia; esto hizo que, página a página me fuera encariñando con él, por lo que me costó tanto asumir su desgracia que juré que no volvería a leer nada de la saga de ese policía. Y tengo los libros.

Al final, tras muchos meses, o años, me he decidido por La gran serpiente, la primera novela negra escrita por Lemaitre (ajena a la saga Verhoeven) y la última en ser publicada en España.

Pues sí, este parisino ya apuntaba maneras desde el principio. La gran serpiente es una novela dura pero se lee con facilidad; entre otras cosas, la maestría del autor a la hora de contar ya aparece en su primera novela. Además, el humor consigue que el ritmo vaya creciendo hasta llegar a un trepidante final, que estamos deseando para ver si cumple nuestras expectativas.

Con esta entrega no hay que llevarse a engaño. El autor afirma en el prólogo que se despedía del noir con la primera novela que escribió y, después de leerla, no me parece que La gran serpiente sea novela negra. Es verdad que comienza con un crimen, pero no se resuelve; de hecho, la asesina, a la que conocemos desde el principio, continúa matando una y otra vez por razones diversas, la más importante es que sufre de cierta locura, que no es transitoria y que tampoco debe de estar relacionada con la demencia senil. Es una protagonista diferente. Esta podría ser una característica en la novela de Lemaitre, sus personajes no se adaptan a la norma: «Mathilde tiene diecinueve años, es preciosa. Nada que ver con el tonel mofletudo en el que se ha convertido», «Tiene cincuenta y cuatro años. No busquemos matices para describirlo: es un retaco».

Puede que la parte negra de La gran serpiente es la que permite al lector canalizar y dar rienda suelta a su lado más oscuro. El lector no puede poner en marcha su cerebro para analizar las pistas y encontrar al asesino, simplemente se deja llevar por su locura; en este sentido estamos a merced del autor y de la protagonista, Mathilde Perrin, una sexagenaria, heroína de la resistencia francesa, que lleva treinta años trabajando con éxito para el Servicio de Inteligencia. Ella debe limitarse a estar informada del objetivo que debe liquidar, pedir un arma en Suministros, llevar a cabo la misión y deshacerse del arma tirándola por alguno de los puentes del río. Sin embargo, no ha resultado ser tan disciplinada y, con la edad, además de incumplir alguna que otra norma, olvida detalles fundamentales para llevar a cabo la misión con éxito.

La viuda Perrin, madre de una hija a la que ve poco por considerarla imbécil, pasó de matar nazis a liquidar lo que sea, «su hija no es que se diga una lumbrera, o no se habría casado con semejante gilipollas. Y encima norteamericano. Pero sobre todo, gilipollas. Norteamericano, vaya». Estar a su lado es un peligro y sin embargo, nadie sospecha de una anciana entrada en carnes que respira con dificultad y va arreglada desde que se levanta hasta que se acuesta, porque tampoco ella tiene el don de la cordialidad, no se relaciona apenas excepto con Ludo, un dálmata tranquilo y obediente, o Coockie, un cachorro de cocker, con el que piensa pasar sus días de jubilación. Parece que hubo otros perros en su vida, pero nunca más de uno a la vez. «Es un dálmata de un año con una mirada estúpida pero cariñoso […] es un perro sociable, de los que se encariñan con su ama y ya no cambian de opinión, ni siquiera los días malos».

Hay otro personaje clave para la protagonista: Henri Latournelle, el comandante por el que Mathilde siente cariño, o admiración; el caso es que se llevan bien. Henri es quien la avisa de los trabajos que debe llevar a cabo y, por miedo a estropear su relación, ninguno da un paso para intimar. En realidad ambos se conocen, saben que son asesinos y saben que no pueden confiar en el otro.

La gran serpiente no es tampoco una novela policíaca; aquí no hay enigmas que resolver excepto para la policía, que no atina en el porqué de los crímenes mientras estos se le acumulan con los de las bandas del barrio, que no hacen sino alejarla de la verdadera asesina.

En realidad, la novela es la historia de Mathilde Perrin. Esa sí que es negra, oscura; es una historia espeluznante de una asesina sin piedad, resolutiva, sin ningún tipo de empatía con nadie hasta que su cabeza empieza a jugarle malas pasadas y tiene graves despistes que traerán unas consecuencias demoledoras.

La novela se lee con facilidad. Llama la atención la descripción acertada de los personajes aun sin decir mucho de ellos. La economía de lenguaje, no cabe duda, consigue que el argumento se nos presente atractivo en todo momento, «La señora Quentin parece una viuda de toda la vida más que una viuda reciente»

La trama está escrita en presente, algo que le aporta actualidad. Da igual que las analepsis de Mathilde, en sus recuerdos, la lleven al pasado lejano o inmediato; da igual que el narrador intente referirse a un futuro o al pasado, el lector lo lee en presente, todo se cuenta desde el momento en que están ocurriendo los hechos «En cuando vea a la chica, arrancará, se dirigirá hacia ella […] A partir de ese momento, las cosas van a ir muy deprisa…»; la narración se renueva en cada frase, todo nos lleva al ahora porque incluso, el narrador, que da la impresión de ser omnisciente, cambia de perspectiva según el personaje que actúa, de manera que para él es una intriga total todo lo que no se refiera a sus propios actos. Y los lectores así lo leemos, nos enteramos de ciertos hechos cuando es el turno de un personaje determinado; es como si un testigo distinto contase lo que ve en cada momento.

En La gran serpiente no vamos a encontrar esa línea difuminada entre buenos y malos que aporta a la novela negra cierta ambigüedad moral. Aquí está claro quiénes son los buenos, por eso respiramos cuando cierta justicia poética hace su aparición. Y aun sin haber podido poner a prueba nuestra capacidad deductiva, porque la que deduce en todo momento es Mathilde, unas veces con más acierto que otras, no cabe duda de que quedamos fascinados con el final. Un final que, intuimos, hará imposible que la policía pueda atar todos los cabos. Como en la realidad. «En este tipo de asuntos, más frecuentes de lo que se cree, a menudo hay que esperar mucho tiempo antes de descubrir, por casualidad, un indicio».

La novedad de La gran serpiente es que en esta novela, dura, de estilo incisivo, de humor irónico, cáustico, sarcástico, es Mathilde la absoluta protagonista, la mordaz, la inteligente, la desequilibrada, la criminal, la que investiga el misterio, la que persigue, la que envuelve sus conversaciones con un halo, inquietante para el lector, que los personajes no saben cómo asumir.

Esta novela ingeniosa, atípica, en la que no estamos seguros de qué va a ocurrir es, más que novela negra, una comedia negra. Una trama que apena más, porque ahonda sin piedad en la decadencia humana, en lo horroroso de una vida en la que, siempre pendientes de un hilo, vivimos ajenos al destino. Es una vida que no es ficticia, que pertenece a una realidad más surrealista de lo que pensamos los que dejamos el bienestar de nuestra existencia en manos de los encargados del orden, sin tener en cuenta que son humanos, como nosotros. «Por el momento, la pista más sólida es la de los hermanos Tan».

En fin, la prosa de Lemaitre ha conseguido que le dé otra oportunidad a Camile Verhoeven.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

ESPECIE

Creo que el maltrato se está convirtiendo en algo usual en la sociedad actual. El hombre ha creído estar por encima de cualquier otro género de seres vivos que pueble el planeta, por eso algunas especies se han extinguido, las hemos aniquilado; otras, no, gracias a que asociaciones para la defensa de los animales, y del planeta, han dado la voz de alarma. Focas, visones, ballenas… gozan hoy de protección aunque haya quien siga empeñado en obtener beneficios económicos o de otra índole, a costa de burlar las leyes.

No solo los animales, también sufrimos el maltrato a la mujer y al menor. Siempre a los más débiles. El más fuerte, el más alto, el de mayor envergadura, el de menor capacidad mental (curioso) es quien se permite abusar de quien no le obedece o, simplemente, de quien tiene a mano para descargar sobre él su ira. No hace mucho los habitantes de un pueblo de Zamora fueron noticia (algunos) por matar a perdigonazos a los gatos que se encontraban. Otra de las noticias que da escalofríos es que pandillas de adolescentes (cada vez con más frecuencia) agreden a niñas de su entorno, a sus propias compañeras de colegio.

Es aterrador. Por eso mientras leía Especie he sentido una impotencia tremenda.

Susana Martín Gijón se centra en la actualidad y repasa algunas de las muertes que, de forma natural, infligimos a los animales sin pensar en el dolor, en la angustia que pueden sufrir. O sí, pero se toman como un mal menor, como desastres colaterales para que la raza humana viva un poco mejor. Y no escatimamos a la hora de matarlos: con la fuerza, con ayuda tecnológica, química o incluso con la asistencia de otros animales adiestrados para un fin determinado.

Después de leer Especie creo que Martín Gijón lo tiene muy claro y aprovecha toda la crueldad que aparece en sus páginas para denunciar ciertas actividades que, aun hoy, están permitidas. Es un comportamiento sádico, cruel, hecho público por muchos e incluso comparado con verdaderos genocidios «Desde el premio Nobel Isaac Bashevis Singer, judío, por cierto, hasta Marguerite Yourcernar, o más recientemente, Franz-Olivier Giesbert o Charles Patterson, que publicó un libro titulado Eternal Treblinka: Nuestro trato a los animales y el Holocausto, en el que muestra el paralelismo entre la explotación y matanza de los animales en la actualidad y el Holocausto nazi».

Una de las consecuencias de este maltrato es que el límite entre hacerlo a un animal y a una persona no existe. Susana Martín Gijón lo sabe y lo demuestra en una trama que lleva de cabeza a todo el departamento de la Policía Judicial de Sevilla. Y como no podía ser de otra forma, la inspectora Camino Vargas se enfrenta a un sádico que no deja pistas pero se ha empeñado en acabar con quienes han dañado en algún momento a alguna especie animal. El problema es múltiple, ¿Por dónde buscar? ¿Qué empresas no utilizan a animales para su beneficio?

El equipo de Vargas se pone en marcha, no hay efectivos para cubrir toda Sevilla, así que se verán ayudados por Paco Arenas que, a pesar de encontrarse aún de baja, tras el coma que superó en Progenie, no puede dejar sola a Camino, su gran amor «Camino se ha acostumbrado a contarle las decisiones a Paco y dejar que le dé su opinión». Todos son sospechosos, los animalistas y los depredadores de animales. El giro que da la trama, muy al final de la novela, nos tendrá en vilo hasta terminar la lectura, cuando nos demos cuenta de que, en realidad, las matanzas dirigidas a cualquier especie solo traen dolor, rencor y locura.

Los personajes han cambiado, no solo el inspector Arenas aparece, también la comisaria Ángeles Mora se implica en el caso como otra más del equipo, para ayudar en el campo de acción, y la novata Eva Gallego que junto a su novio, un abogado animalista, tendrán un papel fundamental en el caso.

Por otro lado, Pascual Molina desvela su lado más humano que nos enternece del todo en su relación con Camino «Él la mira con cara de pasmo. Le parece inconcebible que la gran jefa del Grupo de Homicidios lleve el teléfono silenciado y solo lo revise cuando se acuerda. Pero se cuida muy bien de decirlo porque es la jefa y porque no le iba a hacer ni puñetero caso».

La forense Micaela Velasco continúa trabajando entre cadáveres a pesar de su estado de gestación «a todo el operativo allí trasladado le llegan con una claridad meridiana las arcadas de la forense. Ha vuelto a vomitar».

Y gracias a los veganos animalistas reflexionamos sobre expresiones cotidianas a las que no damos importancia pero que, curiosamente, denostan a mujeres, hombres y animales comparados: víbora (mujer mala), foca (mujer gorda), más puta que las gallinas (que son forzadas a criar para aumentar la producción), hacer de conejillo de indias, poner toda la carne en el asador, matar dos pájaros de un tiro

La autora, no desaprovecha la ocasión para recordarnos el papel que aún desempeñan algunos hombres en nuestra sociedad, para vergüenza de todos, «el hombre mira a Pascual, un policía grande y fornido, con bigote de los de antes. Ese sí le inspira confianza y no la rubia regordeta que no le llama ni de usted».

En fin, cualquier personaje es bueno para denunciar determinadas actuaciones, crueldad física, crueldad psicológica, machismo, corporativismo, incluso las prácticas sadomasoquistas le sirven a la autora para evidenciar situaciones que, aun siendo normales para unos, pueden desembocar en malentendidos.

Susana Martín Gijón no se anda por las ramas. La novela tiene 460 páginas y en ningún momento se hace pesada. Puede que los capítulos cortos ayuden. Puede que cuando el narrador deja paso a la voz de las víctimas (personas o animales) también fomente la lectura. Puede que ir uniendo los pasos que dan en la investigación a los sentimientos personales, también sea efectivo. Puede que, presentarnos un equipo humano, que comete errores, que disfruta de los momentos de ayuda entre ellos, que exterioriza la rabia hacia determinados actos de los compañeros, que antepone en alguna ocasión la vida personal a la laboral, llegue a conformar situaciones que dan pie a los lectores para reflexionar, para opinar, para enfadarnos o alegrarnos con ellos y por ellos.

Son personajes cercanos, tremendamente reales y eso contribuye a generar empatía en el lector, que en un momento determinado se ve superado por las circunstancias. Los cadáveres se multiplican y traspasan las fronteras.

Nos encontramos ante uno de los problemas de la globalización. El ritmo es frenético. En pocos días deben resolver el asunto porque hay muchas vidas en juego. El estilo es directo, las expresiones coloquiales de Camino contrastan con las más cultas y técnicas de los animalistas o los científicos. Todo tiene su lugar y su momento, el humor, la ironía, el sarcasmo y el dolor. La autora no tiene problemas con la escritura desafiante, directa, apoyándose en unos personajes diferentes por separado y que forman un grupo de trabajo excelente. El argumento es fabuloso, original y la trama, vibrante.

En ocasiones he estado tentada de saltarme alguna línea, por la dureza contenida, pero no lo he hecho porque es bueno saber dónde vivimos y hasta dónde podemos llegar; es bueno pensar si debemos cambiar algo nuestra forma de vivir. Estamos recibiendo muchas llamadas de atención: el cambio climático es, probablemente, la consecuencia de cómo se mueve el hombre en su entorno y con quienes tiene a su alrededor. Nos queda la certeza, tras leer Especie, de que las muertes de animales ya están pasando factura a todos los habitantes del planeta, incluidos los humanos.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

EL PROCURADOR

Cuando una pareja funciona bien en la literatura, la lectura de sus peripecias es agradable. Cuando a esa pareja se le añade un equipo, no hace falta que sea numeroso, en el que sus miembros se respetan, creen en ellos, en sus posibilidades y en las del otro y, lo más importante, además de ser buenos compañeros, son amigos, la lectura es amena. Cuando la novela en la que se mueven esos personajes tiene 420 páginas y estás en tensión porque no sabes cómo acabará todo hasta la última línea de la página 420, esa lectura ha sido trepidante.

Esto ocurre cuando abres El procurador. El comienzo es desasosegante, no entiendes bien qué ocurre pero es cruel, de un sadismo absoluto. Es solo una página. Después, la Navidad se instala para darnos un respiro; entonces leemos más relajados aunque tras cada capítulo esperamos que todo cambie para Washington Poe y su equipo, Matilda Bradshaw y Elizabeth Flynn.

M. W. Craven se ha superado. Si en El show de las marionetas, el hombre inmolación nos mantuvo en tensión, El procurador consigue que el estrés nos lleve al desasosiego, aunque en ningún momento podemos dejar la novela. El autor es un maestro del thriller. Ya tengo preparada Zona muerta porque, aun sufriendo, los lectores reconocemos un estilo impecable en el que la presión, a veces, se diluye en el humor; el argumento concebido desde la imaginación más siniestra se nos presenta con una trama espeluznante fruto de una mente perversa.

Cada vez estoy más convencida de que las peores acciones del ser humano son las que derivan de la envidia. El envidioso sufre una tortura psicológica constante por lo que perfectamente puede torturar a quien sea. Sin piedad.

En fin, es Navidad; el clima de Cumbria, un condado inglés fronterizo al norte con Escocia y al oeste con el mar de Irlanda, es en invierno especialmente frío, con temperaturas bajo cero, nieve, viento y lluvias que van a dificultar la solución de tres asesinatos, de los que solo ha aparecido un cuerpo. De los otros dos, dos dedos de cada víctima son la prueba, ya que uno fue cortado ante mortem y el otro, tras morir. En principio las víctimas no tenían nada en común, ni su trabajo, ni su vivienda las vinculaba, «Si lo de Teasdale era una caverna glorificada, esto era un hogar» pero Poe sabe que deben estar relacionadas; por eso no duda en trabajar con la forense Estelle Doyle: probablemente su sarcasmo sea lo único que sobrepasa a su inteligencia, «—Feliz Navidad, Poe […] Inspectora Flynn, me alegro de volver a verla. ¿En qué lío le ha metido esta vez la versión cumbriana de C. Auguste Dupin?». Tampoco Flynn, a pesar de su avanzado embarazo dejará a Poe solo en la investigación «—Me matan los pies y mis tobillos tienen el doble de su tamaño normal. ¿Podemos pasar directamente al momento en que ya hemos discutido y he ganado yo, pero Tilly hace lo que le da la gana igualmente?». Y, por supuesto, Tilly sigue a su lado, «—Matilda Bradshaw —contestó— Trabajo con el sargento Washington Poe y la inspectora Stephanie Flynn, de la Agencia Nacional del Crimen».

La comisaria Jo Nightingale es la encargada de reclutar a Poe y Flynn; Tilly va en el pack, sin ella nada tiene sentido, «Créame es imposible sobrevalorar la aportación de Tilly Bradshaw a la investigación».

Por si fuera poco, en esta ocasión Melody Lee, del FBI, es quien le aporta a Poe una pista fundamental que, en su propio departamento habían desechado por no encontrarle ninguna lógica. Pero Craven ha ideado a un sargento que trabaja bien con las mujeres y se fía de ellas. Son mujeres inteligentes capaces de ocupar cargos importantes; mujeres atractivas cuya forma de ser las hace únicas y cuyo conocimiento las vuelve irresistibles. Esto no cabe duda de que es un añadido para leer a Craven. Otro, por supuesto, es la incertidumbre constante. No se puede parar de leer porque la mente de Craven va por delante de la nuestra, pobres ilusos que creíamos poder resolver el caso; y el intelecto de nuestro escritor va más allá del que posea el asesino más retorcido y degradado. El autor razona como si su mayor pecado fuese la envidia, y con el razonamiento del envidioso es capaz de solucionar los diversos conflictos a los que deben enfrentarse aquellos personajes que han de luchar contra alguien depravado que los pervierte, a ellos y a otros, a través de la informática (cuánto daño está haciendo), mientras los protagonistas se valen de ella para salvar sus vidas (cuánto bien nos proporciona).

No quiero desvelar nada porque el lector va de sorpresa en sorpresa. A cada página surgen nuevos descubrimientos que desatan nuevas preguntas, y son muchas, ¿cómo cortaron los dedos que aparecen?, ¿dónde están los cadáveres?, ¿por qué los oculta el asesino?, ¿cómo entra en los lugares para dejar los miembros amputados sin dejar rastro de él? En fin, seguimos leyendo. Hemos de hacerlo, hasta el final. Entonces se abandona con pena la novela, casi queremos volver a empezar. Estamos pletóricos de la energía con que Craven impregna su prosa; no deja nada al azar, el humor, el ingenio y la tensión son constantes, las alusiones a novelas anteriores ofrecen una continuidad real a Poe «…él había convertido aquella ruinosa cabaña de pastor en un hogar que estaba convencido ya nunca abandonaría», la forma de actuar de Washington Poe, en la que su intuición lo lleva a descubrir en cualquier momento la verdad, tras haber sido engañado más de una vez, lo hacen decidido, con agallas; no lo pensamos solo los lectores, también sus amigas, que lo conocen y valoran, y por eso mismo temen que pueda actuar de manera irracional.

—Estoy en deuda con usted —continuó Doyle— tengo entendido que sacó a este arriscado hombre de un edificio en llamas, ¿no es así?

Bradshaw contestó:

—Es mi amigo

Las alusiones a los maestros de la novela negra ofrecen una continuidad al género «…y lo del final era una cita de Edgar Allan Poe. Es de “El hombre de la multitud”. Poe frunció el ceño. Qué extraño había sido todo».

Y las oraciones bimembres mantienen la agilidad necesaria que debe llevar el ritmo del thriller.

Nada es lo que parece en las novelas de Craven, los secretos están agazapados hasta que el autor quiere revelarlos, poco a poco. Seguro que los protagonistas también esconden algunos de los que nos enteraremos en las siguientes entregas.

El show de las marionetas nos descubrió la fragilidad del ser humano. Verano negro pone de manifiesto hasta dónde puede llegar la ambición. El procurador evidencia el poder de la envidia. Todas estas transgresiones conscientes transforman al hombre en un absoluto psicópata.

¿Qué se reserva Craven?

Sea lo que sea sus personajes son los suficientemente fuertes como para impulsar la historia y su pluma lo suficientemente clara como para denunciar aspectos de la realidad ocultos en su ficción.