domingo, 28 de enero de 2024

EL CAMINO DE LA RESURRECCIÓN

Ha sido un lujo leer la última novela de Michael Connelly al mismo tiempo que lo han podido hacer en EE.UU. porque de esta manera evitamos las interferencias que nos llegan y que pueden anular alguna que otra sorpresa.

El camino de la resurrección se ha publicado simultáneamente en Norteamérica y en España, aquí hemos de agradecérselo a la editorial AdN. En fin, será otra consecuencia de la globalización.

En este caso, los hermanastros Harry Bosch, expolicía, y Mickey Haller, prestigioso abogado, siguen su andadura para traernos un caso bastante complicado. A Haller le llegan cartas de encarcelados que afirman su inocencia y Bosch, contratado como investigador personal, se dedica a estudiar las causas criminales por si realmente existe la posibilidad de que se haya cometido una injusticia.

Aquí aparece Lucinda Sanz, encarcelada desde hace casi cinco años por haberse declarado culpable del asesinato de su exmarido, Roberto Sanz, un agente del sheriff. Todo parece claro pues se parte de una confesión de la exmujer, pero algo ven en los informes que no encaja y deciden apostar por su inocencia. Conforme van adentrándose en los hechos, la posibilidad de que Lucinda sea culpable se va esfumando; estaba en juego la credibilidad y honestidad del departamento del sheriff y las camarillas que formaron para hacer cumplir la ley que, como a cualquier grupo, y más aun armado, que actúa por su cuenta es fácil que la objetividad se le vaya de las manos y tenga en cuenta sentimientos personales, racistas o de odio, que inclinen la balanza hacia la injusticia y el terror de los ciudadanos.

En el caso de esta prisionera han de volver a investigar los hechos bajo un prisma diferente, pues aprovechándose de avances científicos y de la mala praxis del abogado anterior, intuyen un complot para que la mujer pareciese culpable.

Los lectores tenemos claro que Lucinda es inocente. Al igual que Haller y Bosch estamos convencidos; sin embargo, dudamos de nuestra seguridad a cada paso que dan pues, una y otra vez las pruebas que demuestran la inocencia de la acusada son rechazadas, anuladas o ineficaces.

Conforme vamos siguiendo la trama aumentan las sospechas hacia las camarillas del sheriff y el interés que tienen aún por resolver el asunto lo antes posible; para ello, quienes suben al estrado no dudan en mentir, disfrazar la verdad o evidenciar el fallo que cinco años atrás metió a Lucinda en la cárcel. El equipo de Mickey Haller no descansa y desmonta la credibilidad de los oponentes, entre ellos su exesposa, Maggie McPherson, antigua fiscal del condado y madre de su hija, que en otro tiempo llegó a defender a Haller cuando fue acusado injustamente de asesinato. Ahora, las cosas han cambiado para el abogado; además, la salud de Bosch no está en su mejor momento, algo de lo que intentan aprovecharse, y los oponentes son peligrosos pues representan la ley.

La novela es trepidante, el ritmo frenético nos introduce en materia desde el primer instante. Convencidos de la inocencia de Lucinda tememos por su integridad y la del equipo encargado de defenderla. El narrador es la voz del propio Haller aunque la narración deja paso constantemente a los diálogos. Los lectores nos sentimos en muchas ocasiones espectadores de una película en la que, en cualquier instante, puede aparecer una sorpresa que tire abajo todo el entramado. Por momentos aparecen el hijo de Lucinda, al que las bandas de su entorno están intentando captar; la hija de Bosch, empeñada en que su padre no deje el tratamiento en ningún momento, y la hija de Haller, que acompaña a su madre cuando va a testificar en su contra. Las familias de los personajes principales pueden estar en peligro ante las bandas, las camarillas del sheriff o el propio FBI. No estamos seguros de que nuestro abogado penalista convenza a la jueza de un habeas corpus que exculpe a la acusada.

El procedimiento judicial norteamericano queda expuesto y Connelly hace hincapié en las injusticias del sistema legal cuando debe depender de las actuaciones de los abogados, de los fiscales y de los intereses ocultos de la policía o de las agencias federales en vez de la exclusiva búsqueda de la verdad a través de pruebas, «obligar a la jueza a que me permita traer al agente MacIsaac a testificar. Él es la clave, pero no hemos podido llevarlo al tribunal. Los federales están jugando a esconder la pelota con él».

El equipo de la defensa debe enfrentarse a cualquier restricción proveniente de la ley. Además, tanto los abogados, como la acusada en este caso, o los testigos deben soportar estoicamente descalificaciones o humillaciones si no quieren verse penalizados «La víctima está enferma y recibiendo tratamiento. Posible… demencia. […] —Siempre han sido los abogados defensores los que han hecho esta mierda de “matar al mensajero” —dijo Bosch—. No el fiscal del distrito ni el fiscal general»

En El camino de la resurrección la incompetencia o incluso el miedo de algunos letrados ante las amenazas vertidas por parte de los defensores de la ley es evidente, de manera que Haller parte de la base de que todos mienten. Hasta que no tenga una prueba fehaciente de la corrupción no descansará y los lectores no estaremos seguros de nada hasta el final que, como no podía ser de otra forma, se presenta al más puro estilo de cine negro hollywoodiense «—Y todo porque encontraste una aguja en un pajar —dije—. Es asombroso. Hacemos un buen equipo, Harry»

Pues sí, estoy de acuerdo, la pareja Bosch-Haller continúa en plena forma para hacernos vibrar con nuevos casos. No solo encontramos fallos en un sistema judicial que debería ser revisado sino que aprendemos nuevas herramientas de investigación como las geocercas, «una especie de palabra elegante que se emplea para referirse  al rastreo de la ubicación de los teléfonos móviles a través de los datos de las torres», o nuevos avances en técnicas conocidas, «había pocos laboratorios que tuvieran siquiera protocolos para el ADN táctil».

La novela merece la pena, por lo que si aún hay quien no haya leído nada de Michael Connelly, esta constituye una buena razón para hacerlo.

miércoles, 24 de enero de 2024

EL PRIMER CASO DE UNAMUNO

Don Miguel de Unamuno y Manuel Rivera son los protagonistas de El primer caso de Unamuno. El primero es, lógicamente, el escritor noventayochista. El segundo es un abogado que se presta a ayudarlo a descubrir al verdadero asesino del crimen de un cacique de Boada, Enrique Maldonado, encontrado en sus dominios apuñalado con saña, tras dejar a los trabajadores sin tierras, en la ruina y pidiendo, como única solución, asilo en Argentina para emigrar allí. Unamuno no cree que nadie del pueblo sea el culpable y menos aún que, como en la obra de Lope de Vega, lo sea en su totalidad. Como quiera que otro escritor de la misma época, Ramiro de Maeztu, escribiera en el periódico, afeando la conducta de un pueblo que, responsable de comenzar con el fenómeno de «La España vaciada», iba a dejar a nuestro país y al gobierno, en muy mal lugar a ojos del resto del mundo, Unamuno responde con otra carta en la que acusa a los mandatarios y caciques de dejar a los trabajadores sin sustento; ellos son la vergüenza del país al haberlos abandonado a su suerte, hasta el punto de que se han visto en la obligación de pedir ayuda en el extranjero.

Esta es la base de la novela. Después, el asesinato de Maldonado se multiplicará, causando en Unamuno cierta desazón, agrandada al aparecer en escena la joven anarquista Teresa, de la que queda prendado y temeroso de que peligre su fidelidad a doña Concha, su mujer.

Luis García Jambrina escribe esta novela histórica llena de intrigas y muertes, tan usuales en la España de principios del XX, derivadas de la corrupción del gobierno y de una justicia unida firmemente al poder y al dinero de los tiranos, verdaderos dueños del territorio nacional.

La novela contiene hechos reales, personajes reales y otros inventados; incluso la propia pareja de personajes, Unamuno – Don Manuel, constituye ese carácter inseguro, inquieto que tenía el Unamuno real. Ambos protagonistas se comparan a veces con don Quijote y Sancho, pareja que constantemente debate entre la realidad y la ficción. En otras ocasiones, Unamuno – Rivera forman el tándem Sherlock Holmes – Wattson, cuando intentan investigar siguiendo los dictados de la razón o del corazón. Y, en todo momento, el escritor y el abogado recuerdan a ese protagonista de Niebla, Augusto Pérez, licenciado en derecho, amante del ajedrez, aquejado de un conflicto interior semejante a la angustia existencial que su autor sufrió en diferentes momentos de su vida.

En El primer caso de Unamuno, como en Niebla, conocemos a los personajes más por lo que dicen de ellos mismos que por sus acciones. En varias ocasiones el protagonista se define como soberbio, o lo llaman así, pues se cree en posesión de la verdad. Las preocupaciones de Unamuno son las que invaden los diálogos, a veces convertidos en ocultos monólogos; las conversaciones con don Manuel o con Teresa llegan a ser una excusa para que Unamuno exponga sus ideas sobre la vida de 1902 «Dentro de poco, mucha gente viajará en automóvil […] Detesto todos esos inventos […] preferiré siempre el ferrocarril, con su rítmico traqueteo […] aquello que debería cambiar se mantiene inalterado: la injusticia, la desigualdad, la explotación […] estoy buscando algo […] es muy posible que sea Él el único que puede garantizar la existencia de eso que anhelo».

Como en las novelas del Unamuno real, el lector de esta es bastante pasivo. Apenas podemos reflexionar porque el narrador, con el punto de vista del protagonista, nos lo va dando hecho. Incluso se empeña en que pensemos en falsos culpables cuando tenemos claro quién es el verdadero; pero unas pesquisas de Unamuno van llevando a otras para ir detallando mejor los hechos ocurridos en la realidad o las costumbres de nuestro escritor vasco que poco tienen que ver con el argumento o la resolución de los hechos.

Empecé a leer la novela como negra pero creo que es sin duda histórica. Personalmente me cuesta trabajo imaginarme a un mito consagrado como personaje que tiene una función que no es la suya pero se mezcla en la suya. Este es mi problema. Aun así he leído la novela de García Jambrina con interés y he descubierto que predomina la moral; no podía ser de otra forma tratándose de don Miguel. El protagonista elude las reglas que determinan las relaciones sociales para atender a su propio comportamiento «En todo caso, soy un anarquista sin filiación, es decir, a mi aire; porque a mí eso de ser anarquista con carné me parece inconcebible, amén de dogmático y sectario, y para eso ya está la Iglesia católica».

Esta moral es la que instaura, desde el principio, el narrador (protagonista omnisciente) con el fin de que el lector pueda examinar con detalle las acciones, las rutinas, los fundamentos del propio Unamuno, «el juez de instrucción tenía la intención de cerrar pronto el sumario […] ignorando así las circunstancias que vinculaban ambos casos […] Unamuno repasó una vez más…».

Los lectores no podemos analizar qué está bien o mal en las acciones de los personajes porque el eje queda estructurado previamente por el comportamiento, ejemplar subjetivamente, de Unamuno y nada edificante del resto de la sociedad a la que debe enfrentarse nuestro héroe.

La preocupación ética por problemas vitales está vedada a los lectores, de quienes no se espera ninguna respuesta crítica puesto que es Unamuno quien reflexiona de manera tenaz hasta darnos él mismo la solución, mucho antes de que lo que pretende. El protagonista medita constantemente sobre el bien, la justicia, la libertad, incluso el amor, con argumentos filosóficos o literarios «un yo exfuturo, un yo que pudo haber sido pero que, por diversas circunstancias, no llegó a existir del todo, salvo en un libro…».

La novela tiene una finalidad ética pero el protagonista acarrea el problema de que no se encuentra con un antagonista a su altura, alguien capaz de desafiarlo con el mismo nivel de inteligencia o reflexión. No encontramos perspectivas morales enfrentadas «—En cualquier caso sepa que lo venero y, para una anarquista como yo, que no respeta ninguna clase de autoridad, eso es mucho decir».

Nadie desafía, con argumentos, las convicciones de Unamuno para que surja en el lector cualquier tipo de duda, por mínima que sea. El autor no juega con nosotros, meros testigos de la exaltación de valores morales del protagonista, alguien que posee, y lo sabe, una superioridad ética respecto del resto de personajes «¿De qué servía ser doctor o catedrático o rector de la Universidad de Salamanca, si no era capaz de resolver un enigma del que dependía el futuro de todo un pueblo?».

Faltan puntos de vista diferentes en El primer caso de Unamuno, sin embargo abundan las similitudes con la novela de la generación del 98: reflexiva; expositiva de las dos Españas, una miserable y otra falsa y aparente; con un amor desmesurado hacia los pueblos abandonados de Castilla; con un vocabulario fiel a la época, «levítica ciudad», «tencas», «enajenar», «la desidia y el latrocinio», «un doble faetón», «el occiso», «en los mentideros de turno»…; con un lenguaje espontáneo «Si le replico a ese juntaletras», «de quien se ha criado más entre la paja y el heno, como decía el villancico, que entre sedas y linos» y con latinismos «Mutatis mutandis».

Además no solo alude a Cervantes y Conan Doyle. Casi todos los compañeros de generación, coetáneos o admirados de otras épocas están nombrados o aludidos: Machado: «haciendo camino conforme andaba», Ramiro de Maeztu «con quien había tenido más de una polémica», Kierkegaard «un espíritu afín», Lope «Lo comparaban con el argumento de Fuenteovejuna», Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz «escribían y meditaban a la par que deambulaban», Séneca «Cui prodest scelus, is fecit», el romance de El Cid «al pasar por una callejuela oyó que alguien le chistaba», Sófocles «Edipo somos nosotros, cualquiera de nosotros» o Galdós y sus novelas «llenas de aburridas descripciones». Y por supuesto quedan explícitas o implícitas sus propias novelas: Amor y pedagogía «don Avito Carrascal», La tía Tula o Niebla.

Novela interesante por reflejar, sobre todo, el didactismo de la época.

viernes, 19 de enero de 2024

EL ILUSTRADOR PACIENTE

Cuando leemos un libro sobre abusos infantiles se despiertan en nosotros sensaciones encontradas, de odio hacia el maltratador, de protección al menor. Desde el primer momento en que somos conscientes de que un adulto sufrió abusos, pensamos en la infancia tan horrible que debió pasar ese niño, sin poder mantener nunca relaciones ordinarias con el resto, abrumado por la vergüenza e incluso por la culpa, sentimientos que perdurarán en él durante toda la vida si esas torturas vienen de los más allegados.

Cuando una novela trata sobre el sentimiento de culpa que arrastra un personaje por no haber podido actuar de determinada manera, estamos convencidos de que en cualquier momento su pecado se agrandará por lo que piensa hacer en un futuro. En cualquier caso, tenemos ante nosotros a un ser atormentado que nos mantendrá en tensión con cada una de sus acciones.

Cuando en un capítulo cualquiera somos testigos de la reivindicación sexual que lleva a cabo una mujer, sabemos de antemano que algo ocurrirá, algo le cortará las alas a esa chica, porque aún falta mucho camino para que quede instaurada en la sociedad esa igualdad de género tan ansiada por unos y ninguneada por otros.

He leído El ilustrador paciente y, desde la primera página, he sufrido cierta angustia generada por estos tres temas que Lorena Escobar ha relacionado a la perfección hasta hacer de unos la consecuencia de otros.

La trama de la novela nos lleva hasta un depravado, que no tenemos claro quién es, y sobre todo por qué lo es, que rapta y mata a una serie de chicas mientras la inspectora de policía Daniela Almela trabaja con su equipo de homicidios para encontrarlo, sin obtener los resultados esperados.

El principal sospechoso, una vez localizado, desaparece. Los lectores sabemos la causa, pero el equipo formado por Hugo, Iona, Martina y Toni, leal a Dani y desconocedor del motivo, deberá buscar la manera de seguir la pista que Juan, el ilustrador paciente, va haciendo llegar en forma de dibujos. Retratos tan precisos que suponen un testimonio mejor que cualquier fotografía. Las pinturas de este chico hablan todo lo que él no puede, pues fue invisible para quienes lo rodearon desde pequeño, identificado como el retrasado, el mendigo, el «mudo, como todos le conocían», sin que él mostrase en ningún momento la más mínima actitud de rebelión. El equipo no consigue avances significativos por lo que el comisario, José García, empieza a perder los nervios, más, cuando el puesto de Dani peligra al mantener relaciones con un subordinado.

Todo se complica y los lectores no llegaríamos a entender los hechos si no fuese porque el narrador se desdobla en tres voces a lo largo del argumento. Hay tres puntos de vista que nos van poniendo en situación; conocemos a Juan, el ilustrador paciente; a Toni, el hombre tranquilo y a Dani, la policía. Cada uno aporta su perspectiva con la pretendida objetividad de la tercera persona, mientras que deja aflorar, con la primera, cierta subjetividad para conseguir que los lectores interpretemos sus acciones de forma imparcial. Sin embargo, esa primera persona se desdobla, a veces, en la segunda, actuando como conciencia del personaje; el narrador cuenta entonces lo que le sucede dirigiéndose a sí mismo, le habla a una proyección de su propia intimidad consiguiendo que nos sintamos aludidos, «No puedo volver a perder los papeles de esta forma […] Daniela alargó el brazo y le cogió la mano […] —Tienes que contarme […] No deberías hacer esto, Dani. Nunca se toca, nunca nos acercamos demasiado a ellos […] ¿Qué coño pasa contigo?».

Es una narración complicada la de Lorena Escobar, porque hay que hilar muy fino para introducir los tres tipos de narrador en un mismo personaje. Y la autora lo hace. Y consigue que incluso, a veces, nos sintamos protagonistas de unos hechos terribles; si no protagonistas como tales, sí empatizaremos con ellos desde el primer momento. Creemos en ellos. El problema es que son tres personajes quienes emplean esta técnica, por lo que Escobar juega al escondite con nosotros. Los finales de capítulo conllevan una sorpresa encerrada, algo que el protagonista de ese capítulo ha descubierto y que más tarde, otro personaje nos desvelará, cuando lo haga él mismo, «Fue Toni quien le dijo que lo despertaron sus gritos y que al llegar al salón la vio con el dibujo en las manos y el rostro cubierto por una máscara del más inconfesable terror».

La autora se vale de analepsis para acercarnos el argumento y facilitar la comprensión de la trama; constantemente Dani, Toni o Juan, los tres narradores de la novela, se valen de asociaciones visuales o auditivas para evocar, de manera involuntaria, sucesos ocurridos en el pasado que influyen en sus presentes y los actos que llevan a cabo. Percepciones sensoriales que estimulan la memoria del personaje con recuerdos plagados de emociones latentes que no lo han abandonado, «por un momento todo alrededor de ella se desvaneció y solo quedó aquel viejo pupitre, ocupado por un alumno de pelo oscuro y encrespado […] y gesto ausente, siempre ausente».

Aún hay algo que reseñar de la narrativa de Lorena Escobar y es su capacidad de exponer de forma lírica la realidad más descarnada. Con bellas metáforas conocemos algunos personajes, y llegamos a admirarlos, hasta que otros nos harán dudar de la imagen que nos habíamos formado. Nada es lo que parece en El ilustrador paciente. Solo cuando quiere la autora, al final, sabremos la verdad y aun así quedará en nosotros cierta inquietud. Mientras, disfrutamos con los recursos narrativos de Escobar. Predominan las metáforas, «Martina Orenes, una pasión azabache de bruscas maneras».

Las sinestesias están presentes de forma continua en las descripciones, consiguiendo dotar de cierto misterio y belleza a la narración, mientras que al personaje lo envuelve en una actitud mística, multisensorial, «Tenía una sonrisa hechicera, bruja. Llena de promesas incumplidas. De noches sin luna y amaneceres fingidos».

Las comparaciones narrativas aúnan el arte literario con el pictórico para corroborar lo que en algún momento afirmó Vincent van Gogh «La belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte». Lorena Escobar ha querido que en su novela dura, terrorífica, amarga, inhumana aparezca cierta pincelada artística, consiguiendo que reflexionemos sobre la permanencia de lo bello en el retrato de aquél que vemos en un lienzo o en el que ocupa nuestra mente al pensarlo. Tanto el arte como el recuerdo son eternos, «La vio […] Con una efímera luz descendiendo por sus curvas como un manto de inmortalidad».

Reduplicaciones, anadiplosis, inclusos paralelismos son válidos a la autora para intensificar los sentimientos, las acciones o a las propias personas; técnica propicia para pasar con facilidad de la narración más descarnada a la prosa más lírica, «una punzada de angustia le ascendió en forma de arcada […] Porque la encontró a ella, y ella ya no podía volver a inundar […] No podía hablar más…».

Se nota que esta murciana, redactora de la web Dentro del monolito, tiene madera de escritora. Hay que seguirle la pista a Lorena Escobar.

domingo, 14 de enero de 2024

VALENCIA ROJA

He terminado una novela ambiciosa. En el sentido de que, en 417 páginas, introduce casi todos los problemas a los que suele enfrentarse la policía, al menos los cuerpos especiales como Homicidios: largas temporadas en las que la familia queda relegada, dejando en los agentes cierta sensación de impotencia, «siente que su infancia se le escapa […] Por eso odia que le toque trabajar uno de los dos fines de semana al mes que puede tenerlo con él»; tampoco es fácil para aquellos que mantienen el núcleo familiar, porque sienten cierto desmoronamiento paulatino, «Esa noche cenarán mientras su hija chatea […] su hijo ve alguno de esos vídeos […] Sin hablar, sin contarse qué tal les ha ido el día». Son problemas que marcan porque, aunque deberían ser ocasionales, están a la orden del día «como esa mujer, en el suelo, desmadejada por el llanto y presa del pánico».

Los lectores somos conscientes de que la población se derrumba. Valencia roja indaga en la vida, en determinadas conductas que hoy son propias de personas cada vez más jóvenes. Las redes sociales tienen mucho que ver, internet también. Los adolescentes están al tanto de prácticas sexuales que, a fuerza de verlas, consideran normales. Y no lo son. El sexo que implica violencia o dominio del hombre sobre la mujer no es normal. Esto es la base de la pornografía; algo reservado a los adultos, oculto en una sociedad no muy pretérita, porque supuestamente los hombres de bien no participaban en sus prácticas, tampoco de visionados. En teoría se debían a sus mujeres.

Esto era en teoría. A la hora de la verdad, los hombres miraban para aprender y cuando los hechos se subían de tono y era impensable practicarlos con la pareja, por condicionamientos religioso-morales, siem-pre quedaban las prostitutas para ponerlos en marcha. Con ellas se daba rienda suelta a la imaginación. Pero ahora todo está en internet, al alcance de cualquiera. Y la mente infantil puede confundir el sexo con la violencia, con el machismo; y verlo como algo normal, «Lo que está viendo por esas pantallas son actos fruto de una mente perturbada o de alguien que sufre algún tipo de psicopatía; son padres de familia, altos cargos, jóvenes universitarios…».

Ningún padre quiere que sus hijos queden dañados por esas prácticas. Ana Martínez Muñoz lo expresa sin tapujos en Valencia Roja, en la que, bajo el lema «El porno es cultura» se desatan todo tipo de manifestaciones por parte de aquellos que quieren desestigmatizar el sexo libre.

No es lo mismo sexo para adultos que pornografía violenta o machista. Y por supuesto, la pornografía no es cultura. Y, por supuesto, los adictos a ver pornografía dura también tienen la mente perturbada del que la practica, aunque sean padres de familia.

Las demostraciones en contra del espectáculo aparecen, así como el cadáver de un director de cine porno. No cabe duda de que ha sido torturado y asesinado en unas condiciones que se asemejan a lo que él ha hecho pasar a determinadas chicas.

Nela Ferrer viene de Madrid para refugiarse de su experiencia personal en una ciudad que le haga olvidar un pasado tortuoso. Nela es nombrada jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, por lo que ni el cargo ni el primer caso al que se enfrenta le servirán de terapia. Al contrario, otros cadáveres, martirizados según prácticas sexuales crueles, la llevarán a casos de trata de mujeres, de violencia machista y de torturas difuminadas, porque quienes las cometen son hombres de posición social elevada a los que todo, o casi, les está permitido.

Esta es nuestra sociedad actual y la autora razona estos hechos como algo abominable que debemos denunciar.

En este principio se encuentra el nervio de la novela. Los hechos del argumento le han servido a Martínez Muñoz para ensalzar el papel moral genérico de la mujer y para sensibilizar a una sociedad que se va endureciendo y se va despojando de humanidad.

Por otro lado, creo que la novela negra tiene un punto ambivalente, pues queda al margen de implicaciones morales. A veces, incluso el lector empatiza con el asesino aunque no tenga dudas de que al final, aun a su pesar, debe ser castigado.

En Valencia Roja el lector no es capaz de librarse del abrazo moralista; en ningún momento entiende al asesino, al contrario, lo ve como a un psicópata incapaz de vivir en libertad pues, su mera presencia es una lacra para los que lo rodean. El asesino no nos hace reflexionar sobre nuestro ser contradictorio, ese que en un instante determinado puede quedar cubierto de sombras que nos arrastren a una caída en espiral.

En todo momento es la narradora quien reflexiona y, de manera didáctica, expone lo sucedido, las causas y las consecuencias del mal, así como la forma de evitarlas.

Valencia Roja promueve la educación en valores para una sociedad que se viene abajo «Que, para que evolucionemos como sociedad, debemos replantearnos las cosas, no seguir repitiendo patrones por simple tradición o costumbrismo». El mensaje de Ana Martínez es claro: urge apartar a la infancia y adolescencia de prácticas que sus mentes no pueden asimilar pues esto redundará en adultos traumatizados, violentos y deshumanizados. Lo estamos viendo ya. Los menores son cada vez más jóvenes cuando están dispuestos a dañar al prójimo que, curiosamente, es más débil o diferente; y lo están, no porque quieran provocar daños irreversibles, al menos al principio, sino porque no son conscientes del nivel de acoso; lo han normalizado en las constantes visiones que ofrecen las redes sociales «Si alguien quiere haceros fotos o grabaros o si lo hacéis vosotros mismos […] debéis tener en cuenta que es bastante probable que no sean los únicos que lo vean».

Valencia Roja aporta una serie de características de la novela negra como el papel atormentado de la inspectora jefe, aunque su comportamiento no la delate en el trato hacia los compañeros o con los sospechosos. Nadie del equipo se sale de la norma, a pesar de que Fran Valbuena se sienta dolido porque él se esperaba el ascenso o pese a que Julia Sagarra deba demostrar que puede realizar el mismo papel autoritario que cualquier compañero.

Todos funcionan según lo esperado. Asimismo las víctimas han sido antes verdugos, por lo que tampoco se crea en los lectores la atmósfera inquietante que mantiene en vilo mientras intentamos descubrir quién será el siguiente.

Valencia Roja es negra por el ambiente oscuro en el que se desarrolla, pero la finalidad de la narración no es tanto la resolución de los crímenes o el desarrollo psicológico de los personajes como la enseñanza que transmite, el poso didáctico que nos deja y la advertencia sobre acciones perniciosas «—Está castigando a las víctimas. El modus operandi está relacionado con lo que hacían cada uno de ellos». En mi modesta opinión, podría haberse cocinado la solución de forma más elaborada, exponiendo alguna pista apenas perceptible durante la trama, porque al final tenemos la impresión de que hay puntos que se han resuelto algo apresuradamente. No obstante estoy totalmente de acuerdo con lo expuesto en esta primera novela de Ana Martínez Muñoz y creo que, como escritora, tiene muchas posibilidades de futuros éxitos.

miércoles, 10 de enero de 2024

CAMILLE

He terminado la tetralogía del comandante Verhoeven; he de reconocer que, hasta la última página, he estado inquieta, ávida, temiendo lo peor. En algún momento he pensado incluso dejar de leer porque creía no poder soportar el dolor físico y moral de los personajes. Pero el estilo de Pierre Lemaitre está por encima de cualquier desapercibimiento del lector. Su prosa directa, en presente, se dirige a nosotros sin compasión. El narrador cambia según la trama y a veces nos encontramos sufriendo con lo que siente la víctima, otras, con las motivaciones del verdugo. En primera persona. Porque son ellos quienes lo viven, quienes dan sus razones para que nos cercioremos de tener delante a verdaderos psicópatas que disfrutan pensando en el daño que van a ocasionar, lo planean de manera que, una vez llegada la hora de llevarlo a cabo, es como una rutina. Nada tiene que ver con el hombre y sus sentimientos, porque en realidad no los tienen. El asesino de Camille es brutal, su egocentrismo patológico no le permite prestar atención a otra persona que no sea él, da igual quién deba desaparecer, da igual cómo lo haga porque la crueldad y el sadismo que acumula son los únicos estímulos que guiarán su comportamiento, «He dejado mi móvil sobre la mesa, no puedo evitar mirarlo todo el rato […] Espero que sea un premio gordo, porque si no me voy a volver a enfadar y estaré de un humor como para arrancarle los brazos al primero que pase».

Pero está claro que hay varios tipos de psicopatía. Camille Verhoeven se ve envuelto, personalmente, en la actuación de uno. E intenta entenderlo. Anne Forestier, una mujer encantadora que, desde Rosy & John comparte ratos de felicidad con Camille y ha conseguido que la falta de Irène empiece a ser llevadera, se ve implicada en el atraco de una joyería, cuando iba a recoger un regalo que había encargado para Camille. A él lo avisan mientras sale del entierro de Armand y, de pronto, nos quedamos de piedra. El equipo Verhoeven se ha quedado en una pareja, Louis y Camille. Ya nada será igual. Cuando Anne queda desfigurada, medio muerta, tras el atraco, pensamos que el comandante no podrá soportar otra pédida. Quienes hemos leído la tetralogía sabemos que Camille no está preparado para afrontar otra privación de un ser querido, mucho menos si viene aderezado de una violencia insólita. Pero hay algo distinto esta vez, «Hay voluntad de hacer daño, de castigar, de dejar marcas si quieres, pero no de matar…». Algo se complica en este caso de tal modo que el comandante Verhoeven siente que él es el objetivo.

Aún le quedan amigos en la policía, Jean le Guen y Louis están a su disposición pero el comandante siente que quienquiera que intente ayudarlo correrá peligro, ya hay demasiadas víctimas a su alrededor. No puede ni quiere contar con otra, así que miente a los superiores y al juez, deja pistas falsas que ocasionan redadas y alguna que otra muerte, esperada por un asesino que no está dispuesto a dejar con vida a nadie que pueda delatarlo. Tras mucho pensar, «Camille comprende que ha dado en el clavo. […] es un asunto personal que se ha convertido en un caso». Y, de forma personal llega hasta el final, aunque no sea el final que deseamos los lectores. Es el que ha querido Lemaitre a lo largo de esta serie, sin duda una de las más interesantes de la novela negra.

Los protagonistas, asesinados o asesinos, de las cuatro entregas se ven envueltos en acontecimientos decisivos. Los lectores también. El autor consigue atraparnos hasta el punto de que nuestro interés es seguir leyendo, a pesar de estar seguros de que un vacío se instalará en nosotros cuando terminemos. Sin embargo, lo que de verdad permanece es la admiración por los argumentos imaginados. Pocas novelas consiguen giros tan espectaculares como las de Lemaitre. Una vez leída la trama nos damos cuenta de que, al revés, es fácil desentrañar causas de actuación y consecuencias esperadas. Pero hay que imaginarlo. Y expresarlo con una soltura impecable. El sarcasmo es constante, cuando más lo utiliza es al referirse al protagonista, tanto si el narrador es un personaje, como si es el propio Camille.

Además del sarcasmo destacan las animalizaciones empequeñecedoras, de las que se vale para exponer comparaciones lastimosas con las que inhabilita al protagonista para cualquier evolución psicológica, «Ya está de nuevo el pequeño poli […] parece una ardilla dentro de una noria […] A pesar de su altura va a caer desde muy arriba». Esto es un hecho, por eso el narrador cuenta todo lo que ve o lo que le sugiere con tal detalle, que tenemos la impresión de que todas sus elucubraciones van dirigidas a nosotros, para que demos nuestra aprobación y con ello alimentemos su elevada autoestima. Así se mueven los asesinos desequilibrados y así lo transmite el estilo de Lemaitre. Sus intrigas, sus dudas, su ternura, su ironía, su tristeza, «los besos, las horas y los días, ¿eran una simple y pura manipulación?...» Todo nos cala como lectores.

En Camille, tan perfecto es su cierre, entendemos la vida del comandante, desde su impotencia relacionada con su físico, hasta la aceptación de su minusvalía, ante el amor de Irène, y sus proyectos de vida. A Verhoeven le conocimos su faceta policial en Irène, una novela en la que debe enfrentarse a la calaña más baja de la sociedad. El victimismo queda en Alex como bandera; una vez leída, nunca volveremos a pensar lo mismo de la reacción que pueden tener los afectados. La delincuencia expuesta en Rosy & John es otro medio para cargar sobre los traumas que conviven con nosotros desde nuestra infancia.

Todos esos elementos confluyen en Camille, las alusiones a las otras novelas son constantes, donde finalmente las víctimas se confunden con los asesinos y se introducen en nuestra mente para que podamos empatizar. Lo hacemos a pesar, como siempre, de la dureza del estilo y de las imágenes crueles de las que somos testigos. A lo mejor es por el humor con el que trata algunas situaciones, a las que encontramos cierta gracia, pero nuestra sonrisa no aparece de tan horrorizados que estamos, «Se le ve llegar a la entrada de la galería. No muestra su acreditación, hay dispensa por debajo del metro cincuenta». A lo mejor es por el estilo indirecto libre, capaz de conjugar una objetividad indiferente con la visión prejuiciosa o parcial de la tercera persona. «Todo es culpa suya. Tira el pañuelo al suelo con rabia […] —déjame —dice que se las arreglará solo…».

A lo mejor es por los ejemplos, capaces de aportar una información tan detallada que deseamos un final rápido para los implicados, «Por ejemplo, para reforzar las buenas intenciones le hundo el cuchillo de caza en lo que le queda de tobillo».

A lo mejor es, incluso, por las afirmaciones categóricas que luego no resultan serlo o por las negaciones rotundas que más tarde sabremos que son posibles «…pero no lo sabremos nunca porque lo que pasará después le impedirá seguir adelante…».

El caso es que empatizamos, realmente, con Pierre Lemaitre y esperamos que siga escribiendo, porque su novela ha supuesto un antes y un después en el noir.

miércoles, 3 de enero de 2024

MATHLAND

Comienzo el año 2024 agradeciendo de nuevo a Babelio su ayuda en mis lecturas. Con la última edición de 2023 de Masa crítica, he ampliado mi abanico leyendo un cómic fabuloso. Gracias de todo corazón y gracias a ECC, pues me ha introducido de lleno en el mundo de las historias ilustradas.

Usando un título que tiene algo de clásico, parte de un acróstico y terminación anglosajona, que ya tenemos asumido todos que indica país, nos encontramos en Mathland, el país de las matemáticas. De manera fantástica, a ese lugar llega Alan, un chico que se cree incapacitado para esta ciencia hasta que vive en persona lo que ocurre con las potencias, qué son, qué pasa con los números positivos y negativos, por qué hay unos números que son constantes, qué función tiene en nuestra vida diaria la forma de lo que nos rodea, la importancia de la razón y lo irracional… Con Alan nos damos cuenta de que ese mundo abstracto de las matemáticas es mucho más concreto de lo que creemos. Nada es porque sí, todo tiene una explicación y solo hemos de razonar para encontrarla.

Teniendo en cuenta que en el instituto, normalmente, las matemáticas suelen presentar un rechazo por parte de los alumnos, sería conveniente que, cuando terminasen su educación primaria, los niños leyesen Mathland, en verano, para familiarizarse con algunas operaciones y conceptos mucho más cercanos de lo que piensan.

El libro tiene 160 páginas de 21 x 15 centímetros, con tapa blanda y cubierta con solapa. Es manejable y atractivo. En la portada vemos a Alan, en actitud segura, rodeado del resto de personajes. Los colores son vistosos, predominando el blanco y el azul claro brillantes, donde la gama que va del verde amarillento al violeta aporta una total sensación de amplitud y frescura. Hay todo un mundo por descubrir en Mathland.

La contraportada mantiene los colores fríos blanco y azul de fondo, sobre los que hay escritas dos informaciones destacadas: una sinopsis y algunos datos de Pedro A. Martínez. En la solapa de la cubierta, el autor se presenta a sí mismo e informa de su intención al crear Mathland. También se presenta Sonia Müller, como dibujante de cómics y estudiante de física, carrera que abandonó por la de Art Gráfic, pues no entendía las matemáticas. Confiesa que esto fue antes de leer este libro.

Con Alan descubriremos por qué los números primos se llaman así y cuáles son, descubriremos nombres curiosos que podrán usar en la vida diaria «Os lo he dicho un gúgol de veces», descubriremos la magia del cuadrado y, por lo tanto, de las potencias «Pero no hay manera de construir un cuadrado con 2 o 3 piezas. Por eso 2 y 3 nunca serán cuadrados perfectos».

Cuando Alan llega a Mathland conoce a Zero y a las pequeñas unidades enteras, seres ambicionados por la reina Enteralia desde que fue consciente de sus propiedades mágicas. Alan ayudará a los habitantes de este país a conseguir un talismán, que podrá apartar a la reina de sus intenciones y devolver a nuestro protagonista a su mundo.

El argumento del libro tiene mucho que ver con el subtítulo: El enigma del talismán aritmético.

La Lógica hace que Alan discurra por Mathland para que todo gire como deba. Él cree que nada tiene sentido, sin embargo, Zero consigue que entienda el orden de las operaciones que pueden hacer con los números enteros y naturales. Una vez descubierto, podrá razonar con π diferentes acertijos e ir cambiando de lugar, hasta conocer el misterio del mago que ha apresado a Enteralia y Naturalia. También necesitará la ayuda de Aritmética y sus arcos vectoriales. De esta forma, uniendo a todos los que tienen que ver con la diosa Theano, Alan podrá hacer frente a sus inseguridades y entender su propio mundo, «Porque las mates están por todas partes».

ECC ediciones ha publicado este libro en diciembre de 2023 y constituye una revolución en la enseñanza (y acercamiento) de las matemáticas. El autor, Pedro A. Martínez, sabe de lo que habla: es doctor en Matemática Aplicada y profesor, en instituto y universidad, por lo que se habrá encontrado más de una vez ante el rechazo de esta asignatura por parte de los alumnos. Nos cuesta entender lo que no vemos, por eso es difícil aprovechar ciertos axiomas, leyes y reglas matemáticas a fuerza de memorizarlos. La idea de este profesor es magnífica, más aún cuando la propia estructura del cómic permite asimilar poco a poco los conceptos mientras disfrutamos del texto.

Mathland está dividido en once capítulos, cada uno protagonizado básicamente por un personaje, del que nos informarán, al comienzo del apartado, sobre alguna propiedad que tiene en el cómic y su importancia en la realidad del mundo matemático; así sabremos que Alan es un joven curioso aunque confíe poco en sus capacidades y, relacionado con las matemáticas, fue el nombre del que inventó uno de los primeros ordenadores, facilitando el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Conforme vamos leyendo capítulos, el nivel va creciendo; así, el capítulo 6, “El libro de Hipatia”, nos presenta a PHI, un personaje que puede volar a gran velocidad y camuflarse en la naturaleza; en Matemáticas, φ es un número irracional relacionado con la sucesión de Fibonacci.

Mathland es un libro didáctico, aprenderemos y comprenderemos muchas ideas nuevas como que el 0 es un número par, «¡Los pares son el resultado de multiplicar por 2 un número entero!», pero ante todo es un cómic, por lo que nos divertiremos con la aventura de Alan y nos asombraremos con las imágenes de Sonia Müller. Está claro que a esta ilustradora de Barcelona le gusta el manga. Los dibujos de Mathland participan de algunos de sus rasgos: La expresividad de los ojos es evidente, casi todos los personajes los tienen grandes pero con pupilas diferentes, es casi como una marca personal, desde las más redondeadas de Pi hasta los ojos sin pestañas de Zero; en cualquier caso a través de los ojos vemos de forma categórica sus emociones.

Las siluetas, sin tener la estilización de los mangas, son delgadas, aunque destaca Naturalia por sus formas redondeadas y generosas, haciendo indudablemente honor a su nombre. Y como Naturalia está en juego, los escenarios naturales conviven con aquellos que podemos denominar futuristas; asimismo encontramos personajes ataviados con ropas más antiguas y otros que van vestidos según especulamos cómo serán los soldados del porvenir.

Las ilustraciones son en blanco y negro, aunque a veces encontramos páginas coloreadas en las que el contraste es evidente, consiguiendo imágenes de gran fuerza y alegría. El cómic se hace agradable de leer. La narrativa visual es fundamental para Müller, las viñetas están perfectamente separadas y mantienen un orden lógico, destacan las onomatopeyas, escritas en grande para causar mayor impresión.

También algunos croquis o planos facilitan la resolución de los enigmas propuestos y la comprensión estructural de algunas figuras geométricas. No cabe duda, es un cómic diferente y recomendable.