jueves, 27 de febrero de 2020

GATITOS



En poco más de dos meses he leído a varios autores noveles que transmiten esperanza a la literatura y al ser humano, porque está claro que quien escribe con sensibilidad ha de ser buena persona y sentirse en paz con el mundo. Puedo dar fe de ello con las novelas El mapa de los afectos, El nudo perenne y La última canción de primavera, que me han descubierto a Ana Merino y sobre todo a Jorge García y a Sergio Hernández

Esta semana he terminado la lectura de una novela de otra autora para mí desconocida, Gatitos. Es un libro que debería leerse en los colegios. Estaría bien integrarlo como lectura obligatoria en 6º de Educación Primaria. Intentaré demostrarlo sin esclarecer demasiado el argumento, porque los momentos de tensión y misterio son continuos.

Cristina Monteoliva tiene la habilidad de introducir al lector en el argumento para dejar el tema de repente y pasar a otro asunto. Hasta el final no nos percatamos realmente de lo sucedido, cuando la autora cierra, de una manera fantástica y sorprendente, el prólogo con un epílogo digno de este género, en el que lo maravilloso impide el funcionamiento racional del mundo y se explica sin ningún tipo de restricciones.

El protagonista de Gatitos es un niño de 11 años, Dylan, que realiza un viaje para conocer a Sveta, una niña de su misma edad. Ambos pasarán juntos un día inolvidable marcado por aventuras, recuerdos, verdades y sorpresas que cambiarán sus vidas. Los gatitos, uno blanco y otro negro, que Sveta encuentra en la calle a punto de morir, serán el nexo entre ambos niños.

Este planteamiento, en principio sencillo, se va complicando en la dualidad que reside en sus páginas. Está claro que hay dos lugares (el viaje y los nombres de los niños dan fe de ello) pero no se nombran. Hay indicios de que Dylan es estadounidense, por el idioma “universal” con el que todos se entienden al tomar contacto, y Sveta es de la Europa del este, por su nombre, por la guerra ocurrida, por el paisaje... Hay indicios de que todo ocurre en el presente, las consecuencias de las dioxinas, los talleres de escritura creativa, son aspectos de la actualidad en diferentes puntos del planeta, pero nada de eso es importante. Cristina Monteoliva nos traslada a un cronotopo universal en el que lo significativo no es el lugar ni el tiempo, de hecho ni el propio protagonista sabe la hora, ni cuánto dura el viaje ni a dónde van. Eso es lo de menos y, sin embargo, este entorno acentúa la sensación de irrealidad y misterio que pueden tener algunos ambientes reales:

Ella se lo acercó a los ojos y lo miró detenidamente antes de decir:
—¿En serio es ya tan tarde?
Sveta asintió con la cabeza, cogió el despertador de su mano y lo dejó de nuevo sobre la mesita de noche.
—Ya es hora de comer. ¿Quieres que te traiga algo?
—No tengo hambre. Anda, pon el programa de las reformas de las casas.

En esta atmósfera de misterio-realidad hay dos gatitos, uno blanco y otro negro, víctimas ingenuas de la ambición y el horror humanos

—¡Qué suave es! ¿Va a vivir mucho tiempo?
—No lo sé, espero que sí. Su hermanita está tan enferma que he tenido que llevarla a la clínica veterinaria. Pero espero que viva también.

Asimismo hay dos niños, símbolo de la inocencia y la bondad aun en condiciones extremas. Ambos han experimentado la soledad en distintos aspectos, el emotivo y el físico, hasta que disfrutan del contacto en su relación «Jamás se lo había pasado tan bien en compañía de otra persona de su edad. ¿De verdad tenía que volver a casa?»

La abundancia del llamado primer mundo contrasta con la escasez del tercero aunque los sucesos y las aventuras que Sveta le hace vivir a Dylan ponen en entredicho los conceptos de felicidad y desgracia.

En esta dicotomía resalta con fuerza el sexo femenino. El pueblo, y la novela, están habitados mayoritariamente por mujeres que ofrecen una imagen diferente según la sociedad en la que les ha tocado vivir. Dylan refleja en «la señorita Buen Tipo» su concepción de la mujer como ser encantadoramente superficial y delicado, desprovisto de sentimientos profundos «no le extrañaría que Buen Tipo se hubiera largado con su gran enemigo por propia voluntad, víctima del mayor de los despechos». Afortunadamente Sveta se encarga de advertirle de su error, «Ella es demasiado presumida e indefensa. A veces resulta un poco tonta», y demostrárselo, «Te confieso que dormir a tu tía ha sido lo más loco que he hecho en mi vida». Sveta evidencia durante toda la tarde que pasan juntos la agilidad y resistencia frente al cansancio de Dylan. Ambos acusan un estado físico débil pero la fortaleza de la niña destaca sobre el desánimo del chico. Sveta cambia el punto de vista de Dylan al regalarle su gatito, lo más preciado que tenía, y él le ofrece, con sus historias, la posibilidad de integrarse en un mundo mejor. Ambos son iguales, ambos diferentes. Al complementarse conforman la unidad.

Y en esta unidad del ser humano no cabe duda de la importancia que adquiere la mujer. Son las mujeres las que, por diversas circunstancias, están ahí para seguir luchando en medio de la invisibilidad. Ella es el prototipo; mujer enferma, sufridora, a la que vamos conociendo poco a poco como inteligente, preparada, buena, fuerte, invencible aun a punto de morir, hasta descubrir por fin su nombre y el peso que tiene sobre todos los que pueblan las páginas. Ella nos deja un legado, no solo a los personajes, también a los lectores. Y en ese legado reclama la igualdad entre los sexos.

El dualismo que circula por Gatitos termina por unir la realidad de la chica con la ficción de Dylan, quien había descrito en sus historias la casa del general Malapata como la que pertenece a Sveta. «Por un momento pensó que estaba soñando ¡Aquella era exactamente igual que la casa en la que Dylan imaginaba que había crecido Malapata!». Sveta consigue que Dylan viva alguna de las aventuras que él mismo había ideado para sus personajes de ficción; con esto, además, lo afirmado por el profesor de escritura creativa adquiere tintes premonitorios «¿Qué tenía de malo que todas sus historias fueran sobre él? ¿Y qué era esa tontería de su alter ego».

La trascendencia del proceso de la escritura, el alcance de la literatura, la igualdad de la mujer, la conservación del medio ambiente, el amor hacia las personas y los animales son algunos de los temas que aparecen en el libro y de los que todos, niños y adultos, deberíamos ser conscientes para asumirlos con responsabilidad.

Pero no es solo una novela infantil-juvenil. Los más jóvenes disfrutarán de la lectura con la ternura de las expresiones «¿Y quién se quedó con el territorio? ¿Los buenos o los malos?»; el humor evidente aporta diversión, «El general Malapata estaba a punto de sufrir un caso agudo de diarrea por culpa del zumo de naranja bajo en calorías y sin azúcares añadidos», y la ironía consigue poner de manifiesto algunas incongruencias del lenguaje, al mismo tiempo que aumenta la intensidad de determinadas situaciones dramática «—¡Madre mía que no tengo! ¡Pero qué pesado es este crío, Sveta!».

Los adultos, además de disfrutar con lo expuesto, podemos descubrir inteligentes juegos de palabras «¡Es el mejor té del mundo! ¡Un té de ensueño!» (pues le ha puesto un potente tranquilizante).

El estilo llano queda salpicado de términos cultos que no impiden que la comunicación con el lector sea efectiva, “mofó”, “resuello”, “captó”, “sorna”, “desplazar”, “monumentos funerarios”, corroboran la necesidad de su utilización en la cotidianeidad.

Mediante la personificación, Monteoliva concede a la naturaleza una vital importancia, por lo que nos llama la atención sobre el trato al que la sometemos «Los países vecinos se enfadaban» «Algunas (chimeneas) estaban como aburridas, sin escupir nada por sus bocas» «La ciudad de al lado de las fábricas sí que es […] ¡un monstruo grande y apestoso!».

Con el diminutivo afectivo, gatito, Lourditas, se realzan los buenos sentimientos hacia quienes nos hacen felices. La acumulación de adjetivos en la descripción del pueblo subraya la desolación de algunos lugares devastados por la mano del hombre «aspecto triste, gris, cielo nocturno […] gris, agua sucia, losas rotas, aire tan contaminado, verdadera porquería». Lugares que son mudos testigos de la soledad e impotencia de quienes residen en ellos, abandonados incluso por las criaturas celestiales que supuestamente deberían protegerlos «Un risueño y bello ángel con la cara llena de musgo y las manos desgastadas […] y ojos de piedra».

El paisaje desolador queda matizado con los adjetivos antepuestos “ralo césped”. Y el subconsciente del narrador aparece, en ocasiones, en forma de metonimia “laberinto de difuntos”, de la que se vale para denunciar los efectos de la guerra y las consecuencias del mal uso de las fábricas.

Hay un rasgo estilístico bastante interesante al mezclar en una conversación réplicas que requieren un contacto con el interlocutor y otras que son básicamente pensamientos en voz alta. Nos encontramos entonces ante verdaderos monólogos interiores que realzan el sentimiento de las personas.

—Créeme que lo siento mucho. La conozco desde que era una niña de tu edad
[…]
—Siempre fue una chica muy despierta…

Por estas razones no podemos parar de leer, la curiosidad aumenta, la convicción de que necesitamos un mundo mejor, también. Gatitos es lectura obligada.

domingo, 23 de febrero de 2020

EL MAPA DE LOS AFECTOS


Me ha regalado este libro Antonio, es la primera novela de una escritora de poesía, dramaturga y columnista de opinión; hija de uno de los escritores consagrados en España, ha vivido entre letras desde siempre. De hecho parece que continúa la labor de su padre pues, José María Merino también empezó como poeta y siguió como novelista y cuentista. He encontrado algo de influencia paterna en la novela de Ana Merino, ahora lo veremos, pero lo que más me ha sorprendido al oír unas declaraciones suyas en televisión es la afirmación de que El mapa de los afectos es una novela sobre las personas buenas, porque no solo hay buenos, también hay malos enrevesados que, en esta novela, tienen la suerte de ir encontrando por el camino a gente buena, personas que intentan comprender determinadas actitudes perjudiciales para poder seguir viviendo. En este mapa el componente fantástico, o casual, es fundamental; pareciera que el hado rodea a los que tienen buenos sentimientos y los protege del mal que asola a los demás «El curioso trazo de la vida los colocaba en un punto sorprendente del mapa del tiempo y del espacio».

La novela es corta, en poco más de doscientas páginas encontramos veintitrés capítulos que, al principio, parecen relatos aislados contados por un narrador omnisciente que además de narrar opina, nos aporta su parecer sobre los hechos, ofrece un juicio moral para que el lector extraiga una enseñanza de la lectura. Hay un fin didáctico que late en las páginas y el narrador nos lo recuerda constantemente. Todo irá bien para quien no pierde la esperanza ante una adversidad, para quien desea mejorar «Lo que no pudo hacer un tornado lo hizo un incendio». Esta frase podría resumir la vida en un pueblo del Medio Oeste de EE.UU. habitado por personas sencillas, sin grandes aspiraciones económicas y muchos deseos de ser felices. Una comunidad acogedora a la que también llegan indeseables que comenten atrocidades. Solo hay que esperar para que el paso del tiempo ponga las cosas en su sitio.

Si nos fijamos en los títulos de los capítulos nos daremos cuenta de que los afectos que predominan, y en los que Ana Merino quiere hacer hincapié, son los relacionados con el amor y la solidaridad: Luna de miel, El hijo de Dios, Para enfrentar la muerte, El cazador de eclipses, Hacerse viejo, Espacio sideral, Energía renovable, Un rezo propio, El rastro del perdón, Fuego y agua, El tiempo en las semillas, El sentido de las cosas, Desprendimientos, El vientre de la ballena, Amor verdadero, Los abrazos.

Los temas giran en torno al amor, la superación, la purificación, el acogimiento… Por eso es un libro en el que no hay demasiadas sorpresas. La muerte está presente, como en la propia vida, pero hasta la más temible, la injusta, es asumida con naturalidad «Se oyeron cinco tiros. Pero Lilian no pudo oírlos, de su corazón brotaba la sangre de una niña que corría a abrazar a su padre».

Como en los relatos, o en la novela decimonónica, la figura más importante es la del narrador; desde su posición omnipotente entrecruza a los personajes según pasan los capítulos; de vez en cuando alerta al lector de que ha pasado el tiempo «Durante los cinco años que vivió en el Medio Oeste se dedicó a coleccionarlas». Así sabemos que la novela transcurre durante quince años, y así, al llegar al último capítulo somos conscientes de ese tiempo circular capaz de aportar un sentido a todos los acontecimientos expuestos.

Al tiempo que va uniendo y separando personajes, el propio narrador los llena de recuerdos, algo que cobra total importancia pues consigue que el pasado, doloroso, se enrede en las circunstancias actuales para poder afrontar la vida de otra manera. Una vez cambia su perspectiva, el personaje está en condiciones de desafiar al dolor más desgarrado con ternura, de forma que hasta el ser humano más desvalido es capaz de actos sublimes «Tom sintió la punzada de la muerte en su corazón y abrió los ojos […] vio la silueta de un hermosos pavo salvaje que lo estaba observando con fijeza […] y en Tom quedó grabado el leve gesto de una sonrisa, fruto del último pensamiento en el instante perplejo del aliento que expira».

El narrador nos va presentando a diferentes personajes que ocultan una historia personal, diferentes relatos enfrentados por elementos generales para conseguir plantear los conflictos generadores de incertidumbre, o tensión en algunos casos. Ana Merino alcanza una literatura interior que nos llega desde la exterioridad de una tercera persona.

Algo importante es la resolución de las transgresiones, pues los desmanes cometidos no evolucionan según la justicia social; como el narrador omnipotente, superior, es una fuerza de la naturaleza, será el encargado de dictar un veredicto que llevará a cabo de manera aleatoria cuando crea conveniente. Una mujer puede ser infravalorada por sus jefes, o expulsada de su trabajo por aquellas mujeres que contratarán a un hombre menos válido, o asesinada por la locura de una enferma, o limitada a vivir en el mismo espacio sin poder experimentar nuevas sensaciones, o darse cuenta de haber caído en las drogas y las prostitución, o ser consciente, en la luna de miel, de que no está con el hombre de su vida y abandonarlo; unos niños pueden quedar privados de crecer bajo el amor de su madre, un hombre puede ser despojado de sus recuerdos y su identidad por una grave enfermedad. Asesinatos, violaciones, humillaciones… todos estamos expuestos y todos podremos salir adelante si nos dejamos llevar por un espíritu comunitario que domine por completo las más bajas pasiones. Siempre será posible la justicia poética, o divina, «La estúpida cabeza del párroco, que, como una ofrenda macabra, el viento de la religión trasparente que rige el alma verdadera de las cosas parecía haber puesto a sus pies».

El narrador no solo maneja a los personajes, con interrogaciones retóricas guía al lector para que no se confunda en las conclusiones que va extrayendo del relato «¿No estaría gravemente enfermo? ¿No estaría sufriendo un paro cardíaco? ¿Era esto el final de su vida?».

Hay algo de estilo romántico desde el momento en que los recuerdos, las emociones, ocupan un lugar paralelo al de los episodios del presente, el narrador nos recuerda constantemente que vivir una existencia no es asistir a hechos del ahora; lo que marca nuestros actos, nuestra propia realidad son los retazos asentados en nuestra memoria para formar una determinada psicología; de ahí que un mismo lugar, un mismo acontecimiento sea experimentado de diferentes maneras según las personas. No hay una misma realidad porque no hay una misma visión del mundo, «escribió la lista de las cosas que necesitaba comprar. La primera palabra que anotó fue “naranjas” […] De pronto se acordó, claro, lo había olvidado […] Esa imagen era la que hoy se le aparecía con la luz del mediodía».

El Medio Oeste es un lugar metafórico, representativo de la familia, de la unidad entre quienes la forman y de sus misterios, es un universo que traspasa fronteras y se instala en lo más íntimo de cada uno. Ana Merino, con un estilo elegante, a veces infantil, elabora el universo interior del ser humano para proclamar sus propias inquietudes, sus deseos de libertad, de paz, sus ansias por apartarse de una sociedad consumista y deshumanizada para vincularse a otra, gobernada por el placer de los detalles pequeños que son los que dan sentido al «relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos».

sábado, 15 de febrero de 2020

BAJO LAS LLAMAS



Si tenemos en cuenta que negra alude a un tipo de novela en la que la resolución del misterio no es el objetivo principal y los argumentos son muy violentos, Bajo las llamas es una novela negra, porque en realidad no hay misterio. Todo es lo que vemos desde el principio, horror, violaciones, mutilaciones, depravaciones, animalizaciones… Estamos en la Semana Sangrienta, un poco antes, porque el libro se divide en 11 días, los últimos del movimiento insurreccional que azotó la capital francesa, entre marzo y mayo de 1971, para instaurar un proyecto popular socialista que pretendía expulsar a los prusianos de París. No hay más misterio. Sabemos cómo empezó y cómo terminó, por lo que queda ver qué hacen los personajes. El argumento no ensalza el valor de la batalla; es cierto que a veces aparecen nobles sentimientos de algunos ciudadanos que viven aplastados, pero quedan ocultos tras las circunstancias ambientales, o depravaciones personales, para mostrar obscenamente a un pueblo envilecido «Como las manos de la mujer buscan su cuello arañándolo con las uñas, le propina un codazo en la cara que la tira al suelo con la bata levantada hasta los muslos […] abofetea a la niña con la mano libre y la agarra del pelo, y ella cae sin proferir un grito, rodando bajo la mesa».

Desde el primer momento la ternura e indefensión de los débiles, expresada directamente, ahonda en el ánimo del lector, que siente también el miedo y la impotencia.

En el infierno en que se ha convertido París, los seres más abyectos aprovechan para cometer los peores delitos imaginables, sadismo, maltrato, trata de niñas o jóvenes, tortura, esclavitud… Una familia acude a la policía para denunciar el rapto de su hija en plena calle. Antoine Roques, un encuadernador que asume el papel de comisario durante la revuelta, decide buscarla cuando, poco después, una cocinera que ejercía de enfermera, novia de Nicolas, también es capturada delante de su amiga y otras mujeres. Todos sabemos quiénes son los secuestradores, los lectores, además, conocemos la barbarie a la que son sometidas las chicas, pero es imposible, entre tanta desgracia realizar un seguimiento en condiciones, el miedo de los ciudadanos, los ataques constantes de la guerra impiden que tanto la policía como Nicolas y dos compañeros, localicen a Caroline, la enfermera.

Los aspectos más oscuros de la sociedad aparecen en toda su crudeza, la corrupción, el vicio, la misoginia, la miseria, conforman el abanico de la trama. Está claro que la guerra saca lo peor de cada uno, pero Bajo las llamas no da tregua «Recuerda el placer brutal que obtuvo ella, su llanto y sus gritos de dolor mientras se la follaba y cómo imploraba piedad murmurando desde el fondo de su mente dominada por el opio».

La sociedad queda instalada en un determinismo absoluto donde no hay esperanza posible; Hervé le Corre resalta el conflicto que surge entre la sociedad y los sueños de libertad mediante un narrador omnisciente para que, con oraciones cortas y rápidas, consiga una fidelidad descriptiva de los ambientes, los sucesos y la psicología de los caracteres «Nicolás intentaba comprender lo que veía […] El ejército de la Comuna. El pueblo en armas. Hurgando con la punta de la bayoneta en los desechos […] Ordenó con voz firme formar filas, apeló al valor, a la dignidad, pero nadie lo escuchaba».

En realidad el narrador es el que dirige la trama, durante un día relata lo ocurrido a un determinado personaje para pasar a otro al día siguiente, cuando quiere realza la mentalidad enferma del psicópata, como si justificase con ello las causas de su actuación. En otros momentos adelanta acontecimientos, presentimientos oscuros de los desheredados para que llegado el caso, el lector entienda que lo importante no es la historia bélica, las acciones de la guerra, sino las consecuencias que provocan en el ser humano. Da igual el tipo de personaje, en realidad no son conscientes de actuar bien o mal, no perciben que han quedado tocados por la barbarie y, aunque no hay salvación posible para ellos, sus esperanzas renacen de la nada «Pan para los críos, y escuelas para que sean menos idiotas que nosotros».

A pesar de los diálogos cortos, que aportan un realismo teatral, el narrador está presente en toda la novela, es quien describe con estilo naturalista, con frialdad absoluta, lo más representativo de los habitantes a través del espacio en el que se mueven, para ello se fija en aquellos detalles que configuran sus formas de ser; enfatiza mediante contrastes aquello que le interesa, el punto débil causante de tanta miseria y depravación. Todo se muestra deforme frente al lector, caricaturesco, tan esperpéntico que distorsiona la realidad. Al final no hay personajes, entre tanto horror desaparece el héroe individual, no hay separación entre buenos y malos, no existen hazañas en esa contienda. El verdadero protagonista es el colectivo formado por todos los miserables que participan en la guerra, es un personaje histórico e impredecible respecto de los sucesos que le van a ocurrir.

El estilo interpretativo de le Corre acerca, de forma subjetiva, la realidad para exponer los hechos que le interesan al narrador en el orden que ha decidido, interpretando la historia desde una perspectiva distante para no tener que implicarse en ninguna de las atroces consecuencias de la contienda.

El rescate de Caroline es inhumano, parece increíble que haya sido urdido por ninguna mente. La enfermera es humillada hasta no ser nada, «Habla con el perro […] Caroline mete la mano por debajo de la puerta […] Se pone a excavar otra vez […] Apartan al perro, quizá de una patada […] les da las gracias, es tan feliz que se echa a llorar […] Caroline siente escalofríos […] solo ve al perro con la cabeza destrozada y las piernas de los soldados […] Nota como empuja el miembro para entrar en ella mientras la bayoneta hace presión contra su cuello».

La pornografía va más allá del arte erótico. Al mezclarse con la guerra se convierte en atentado social, en crímenes sexuales de pedofilia, sadismo, mutilación que se unen a sentimientos de excitación de poder para desafiar cualquier concepto de moralidad. La tensión se hace insoportable por el lenguaje empleado, crudo, irónico, paradójico, de ternura tan cruel que la realidad se nos figura ciencia ficción «Se acerca para negar la evidencia de lo que ve. Toca con la yema de los dedos el rostro de Adrien, que parece dormido con la boca abierta. Una cresta de hierro, roja de sangre, está clavada en la parte posterior de su cabeza».

Es cierto que el narrador es el que mueve a los personajes para retratar lo que le interesa, el infierno de la guerra, la aniquilación total del ser humano, pero en ese padecimiento dictatorial al que es sometido, la protagonista eleva su monólogo interior, que cobra vida y se separa de la voz del narrador para denunciar la violencia a la que es sometida la mujer, una violencia que solo tiene consecuencias para ella misma quien, durante toda su existencia se sentirá, en esta sociedad, sucia, culpable «Nunca le he dicho a nadie por qué me fui […] Mi padre me habría matado y después los habría matado a ellos, sin duda alguna. Juro que te lo contaré si volvemos a vernos, pero creo que me llevaré el asco de mí misma».

Ante esta declaración de intenciones el resto de denuncias, a la Iglesia, al Estado, a los poderes institucionales que permiten o contribuyen al horror indescriptible, quedan en segundo plano.

Bajo las llamas es una novela nigérrima en la que solo se vislumbra una luz de esperanza en un futuro distinto, totalmente diferente a lo vivido hasta ahora.

viernes, 7 de febrero de 2020

DEL HONOR EN EL TEATRO ESPAÑOL



Acabo de terminar un libro, corto, que es una joya literaria, tanto por el contenido, escrito por uno de los padres de la filología, como por la forma, ya inusual en esta época.

En cuanto al contenido, Menéndez Pidal repasa, con mayor o menor acierto, los diferentes casos de honor que reflejaba el teatro aurisecular y los enfrenta a otros aparecidos en la narrativa incluso anterior a esa época.

Aquí es donde reside el problema. Todo este mundo literario manifiesta la realidad legislativa de una sociedad medieval, jerárquica. Desde el momento en el que la Iglesia ocupaba, junto al Estado, la cúpula de la pirámide social, no había otro razonamiento. El rey, enviado celestial, podía actuar de la manera más cruel con sus súbditos, emulando el comportamiento que desde tiempos inmemoriales venían ejerciendo los dioses respecto de aquellos mortales que se encontraban en inferioridad de condiciones.

El honor es uno de los conceptos más importantes de la sociedad patriarcal. En Del honor en el teatro español, Menéndez Pidal corrige incluso a Menéndez Pelayo al afirmar que esta cualidad no era un asunto individual, «Menéndez Pelayo escribió que el móvil del honor obedecía al impulso de un egoísmo enfermizo. Yo observaré que es muy impropio llamar egoísmo […] ese depender el honor de la opinión de los demás arguye precisamente en favor de su carácter no egoísta, sino eminentemente social». En fin, hoy lo llamaríamos machismo, pero no vamos a exagerar intentando calibrar una sociedad de hace cuatrocientos años con un punto de vista actual. En el siglo XVII aún no existía el sentimiento machista, por eso se veía normal que el portador del honor fuese exclusivamente el hombre, y dentro de este sexo el hombre noble. Ya se sabe, el pueblo, ya era feliz con tener vida o algo parecido.

No es raro encontrar en el teatro a nobles sin honor por no obedecer las leyes, o a caballeros privados de él cuando han sido víctimas de un agravio y obligados por lo tanto a vengarlo. La ley amparaba estas venganzas y el agraviado podía disponer de la vida de su agresor. Si tenemos en cuenta que la mujer no tenía honor y que era otra posesión más del padre o marido, el espectáculo estaba servido. Cualquier desliz amoroso, real o imaginado, se escarmentaría en el momento con la muerte de la dama. El caballero, según su posición social, podía incluso ser exculpado. Bajo este prisma hemos de asistir al teatro del Siglo de Oro. Por eso no dejan de admirarnos autores como Lope de Vega que intentan una solución más justa para la mujer, aunque la verdad sea que quieren dejar bien alto el pabellón monárquico (la censura, que aparece de variadas formas). El reclamo de justicia de los habitantes de Fuenteovejuna, la decisión de El alcalde de Zalamea y la de Peribáñez son meras excusas para que el rey quede ante todos como justo y bondadoso; esta es la lectura entre líneas, subliminal, porque lo que veían los espectadores es que a la mujer se le perdonaba el desliz de haber sido ultrajada e incluso quedaba recompensada.

Menéndez Pidal alude a otras comedias menores, por la comicidad de las soluciones, en las que la mujer burla al marido o el padre mata a su yerno ante las quejas de éste hacia la fidelidad de su hija casada. Al no tener marido, la hija no ha quitado el honor a nadie. ¿Cuándo se ha visto esto en la literatura? Desde siempre. La comedia clásica grecolatina cuenta con algún ejemplo en el que la mujer burla a su marido sin ser castigada. En la narrativa, los cuentos del Decamerón son asimismo un ejemplo. Pero no nos engañemos, todo está tratado desde una óptica cómica, menor. La religión ha tenido mucho peso en la sociedad, en la forma de pensar, de hecho, el propio don Ramón Menéndez Pidal no puede resistirse a dejar alguna prenda en sus comentarios, pues es casi cómico pensar que la mujer tenía a sus pies al marido «El honor marital quedó bajo muchos aspectos incomprensible después del siglo XVIII […] toda dama casada tenía […] a ciencia y paciencia del marido, un galán que la obsequiaba hasta en la mayor intimidad». Está claro que al creador de la escuela filológica española se le pasó por alto la entrega absoluta que toda mujer casada debía a su marido; de hecho la obra de su propia mujer, lingüista, crítica literaria, filósofa… compañera de María Lejárraga, apenas es conocida. Así pues, hemos de olvidar en lo posible la conjunción Religión-Estado; si queremos tomar en serio a la mujer hemos de hacerlo desde el punto de vista de la ciencia, no desde la Iglesia.

Solo con este ánimo, recordado por M. Pidal, asistiremos al teatro aurisecular «es una impertinencia juzgar los dramas de honor con el criterio de hoy en día». Al tener en cuenta esta premisa podremos disfrutar de lances, enredos, sugerencias veladas, ocurrencias, vestuario, y un verso increíble, inteligente, irónico y emotivo que nos hará vibrar las dos horas de la representación.

Por eso, al leer esta afirmación, algo atrevida del maestro, no podemos pasarla por alto

…a pesar del tercer verso ripioso, sin duda estropeado en la imprenta:

Los padres viejos romanos
por la patria o el honor
los hijos con más furor
degollaban con sus manos.

Es una estrofa de versos octosílabos que riman en consonante a – b – b – a. Creo que esta redondilla cumple con las normas, como casi todo Lope.

La forma del libro es lo que certifica absolutamente su valor; de hojas cuadradas en sepia, de papel durísimo (Offset) con portada en cartulina estucada, está plagado de grabados, cuadros renacentistas y láminas de Goya. La letra de color marrón tipo New Roman grande aporta al conjunto cierta sensación de cuidada antigüedad. Una maravilla que debo agradecer a un amigo ya no tan virtual. Este volumen ocupa un lugar señalado en mi biblioteca. Muchas gracias, David.

jueves, 6 de febrero de 2020

LOS ERRANTES



Los errantes es un libro completo, redondo, escrito con diferentes tipos de narrativa que, unidos a dibujos y mapas pretende ser el retrato más íntimo del ser humano.

Uno de los mayores temores del hombre es enfrentarse a la pérdida, de ahí que Olga Tokarczuk proponga una vida nómada, la vida más difícil porque, aunque supone no sentir un apego desmedido por algo o alguien, evita afrontar la amargura del deterioro desde el momento en que «la pérdida y el duelo se convierten el algo cotidiano». Otro temor que nos amenaza es no controlar lo que nos rodea. En una sociedad avanzada como la del siglo XXI tenemos la impresión de que todo lo dominamos; vivimos en la era de la comunicación… pero es solo impresión, de ahí que la autora nos anime a abandonar nuestra posición para mirar el mundo desde otro punto de vista, para conocerlo realmente, «el París al que llegan no se parece en nada a la ciudad que han conocido a través de las guías, las películas y la televisión».

En Los errantes subyace la necesidad de escuchar otras voces para que, al conjugarlas todas, podamos entender al ser humano. A través de lo cotidiano explora el interior del hombre, probablemente porque la autora es consciente de que no hay tantas diferencias entre nosotros «El postulado “una personalidad = una persona” siempre me ha parecido excesivamente reduccionista».

El viaje interior alude al exterior experimentado desde el tiempo interior, subjetivo, por eso Tokarczuk se prepara para enfrentarse a lo posible con la utilización gramatical del futuro. «Encontraremos allí de todo». El momento que más sorpresa causa en el lector es cuando toma conciencia de que no existe un espacio determinado ni un tiempo posible «Porque si el futuro y el pasado son infinitos, en realidad no existe ningún “tiempo ha” y, por supuesto, cuando afronta con lucidez el hecho de que el lugar no debemos tratarlo como algo donde tenemos que llegar con un fin determinado, «da igual dónde. Aquí. Aquí estoy». Este podría ser el objetivo principal del ser humano, estar para los otros, o para sí mismo, el cuándo y el dónde son lo de menos. Algo de contenido tan filosófico contiene sin embargo una pragmática usual, por eso durante la lectura, y en bastantes ocasiones, experimentamos cierto desconcierto, porque somos conscientes de que la idea de estar de manera continua en un mismo lugar nos sobrepasa; queremos conocer otros entornos aunque lleve aparejado cierto temor al intentarlo. Nos da miedo abandonar las comodidades a las que estamos acostumbrados, así que nos trasladamos con aquellas que nos aportarán la seguridad de lo conocido, «reproducción a menor escala de la vida sedentaria, como una miniatura de la misma, divertida y un tanto infantiloide». Nos da miedo encontrar nuestros orígenes, perder la certeza de lo que somos, en lo que creemos, «Apenas comenzaba su viaje, y se le veía bastante agobiado por todo ello».

Y a pesar de este desasosiego ¿por qué somos errantes? Creo que el desencanto con la sociedad en la que vivimos hace que busquemos otros modos de vida; en el fondo anhelamos una existencia sin prejuicios, sin pobreza, sin inconsciencia, sin opresión, sin crueldad. De ahí el movimiento constante que, persistentemente, desemboca asimismo en la miseria, en la mentira, dejando en el hombre la desesperanza del que añora, «Era necesario resignarse al hecho de que no volvería a haber ecosistemas cerrados. El mundo se había fundido en un solo lodazal».

Cualquier lector queda satisfecho al leer Los errantes; no solo podemos enlazar unos relatos con otros hasta concluir que nuestra vida es la que elegimos, que siempre podemos cambiarla sin huir de la que tenemos sino acercándonos a otra con ilusión, porque lo cierto es que nuestra actividad persiste y provoca sentimientos que van desde la confusión hasta la incomprensión o la pertenencia «Las playas de arena le pertenecían no en menor grado que sus propios pies y manos».

También podemos leer por separado alguno de los microrrelatos que lo forman, aspectos autobiográficos de la autora, biografías de personajes que, como Chopin, dejaron parte de ellos en varios lugares hasta ser ciudadanos del mundo, relatos de personas que, aun viviendo en un sitio determinado trasladaban su pasión a donde fuesen, cuentos imaginados, y tan reales, que retratan con ternura la vida cotidiana, tal como la vivimos, sin énfasis, porque no encontraremos en ella grandes situaciones, todo forma parte de lo ordinario, de lo sencillo. El efecto producido es lo que confiere la personalidad a cada protagonista y aporta, a su vez, la profundidad al escrito «Pagará facturas, hará la compra, irá a buscar recetas para Petia, al cementerio, y finalmente viajará al otro extremo de esa ciudad inmensa e inhumana para sentarse en la penumbra a llorar».

Hay relatos que se prestan a la exposición de cartas; es lo que ocurre al leer Viajes del doctor Blau, donde, no sin humor, expone la técnica de la plastinación algo con lo que, dado el amor que sentimos por nuestro cuerpo, cualquiera de nosotros debería estar de acuerdo, incluso los católicos más intransigentes pues «Jesús mostrando su carnoso corazón sangrante podría ser el patrón de la plastinación». Una vez asumido que existe un museo científico, leemos con estupor y angustia las tres cartas de Joséphine Soliman a Francisco I, emperador de Austria en las que expresa el dolor por la brutalidad absurda de aquellos que se consideran superiores a los demás «¿Basta con que una persona sea diferente, […] para que no le sean aplicables las leyes y costumbres socialmente aceptadas por todo el mundo?»

Casi todos los viajes que realizamos, y por ende los que aparecen en Los errantes, marcan la vida, de hecho la propia vida es un viaje metafórico. El viaje es el eje donde la autora ensarta temas como la búsqueda de la verdad, la felicidad, la espiritualidad o el empeño por corporeizar lo espiritual, la tristeza por la situación inferior de la mujer, la impotencia ante la violencia hacia menores, la crítica a la prensa amarilla, el maltrato animal…

La angustia de la duda, el deseo de no afianzarse en el presente tintado de oscuro pasado, la necesidad de cambio, son síntomas de fracaso personal que lleva implacablemente a la inadaptación social. De manera inquietante asistimos al permanente conflicto con la realidad, lo que lleva a soñar climas sombríos donde residimos mediatizados por el miedo y la crisis de identidad. Con el viaje soñado buscamos, como Kunichi, nuevas vías para afrontar el desmoronamiento personal «Espera poder llegar a Zagreb al anochecer y al día siguiente a Split. O sea, mañana verá el mar».

Debemos leer a Tokarczuk y asistir junto a esta reciente Premio Nobel a la exaltación de lo imperfecto, a la mirada escéptica de un mundo que no cambia tanto como nos gustaría.