martes, 25 de agosto de 2026

LAS VIDAS SECRETAS DE LAS MUJERES DE LOS ASESINOS




Beverly, Margot y Elsie son tres mujeres diferentes. La primera es de clase alta; ha sido educada para ser una buena esposa que acepta todo lo que dice y hace el marido, por lo que en los planes de su madre no entraba otra cosa que no fuera el matrimonio a una edad temprana; es tanta la presión que acepta casarse con un fontanero, simplemente porque es el primero que se lo pide. No descartamos que el chico en cuestión viera un futuro brillante con ella.

Margot fue criada, con su hermano, por su madre, que no dudó en prostituirse para sacar adelante a los niños. Margot ha aprendido la lección, así que aprovecha su físico espectacular para atraer a un renombrado maduro político. Elsie se dejó seducir por su profesor de instituto, con quien se casó. Sin embargo él nunca le perdonó que lo expulsaran del centro por abusar de una alumna «al principio, la piel blancuzca y el vello corporal de Albert le resultaban repulsivos […] Pero no se suponía que ella debiera disfrutar. Era su esposa. Aquel era su trabajo, a fin de cuentas». Económicamente no está tan bien como las dos anteriores, así que trabaja en un periódico de secretaria, aunque pueda ejercer de periodista.

Beverly, Margot y Elsie son diferentes y, sin embargo, tienen algo en común, han sido maltratadas por sus maridos que, además, son asesinos.

Si juzgamos por la portada del libro podemos pensar que el ambiente en el que se desarrolla es glamuroso. Puede que haya cierto glamur en la novela, siempre mucho menos del que sugiere. Es cierto que la sociedad de los años 60 está perfectamente reflejada. La sociedad de clase media-alta. Un ambiente en el que la mujer era poco más que un objeto; se la educaba para serlo y se la castigaba cuando algo no iba bien. Lo que fuera.

Por eso las protagonistas quedan reducidas al ostracismo cuando salen a la luz los asesinatos, cometidos por sus maridos, de mujeres que, por supuesto, «han facilitado, cuando no buscado, su muerte. Por darse a conocer. Por quedarse fuera hasta tarde. Por besar al chico. Por llevar un vestido corto. Por ser guapas. Por no ser lo suficientemente guapas. Por ser gordas. Por ser bajitas. Por ser llamativas…».

Elizabeth Arnott explora la superficialidad de algunas mujeres de los 60. Casi cien años después y tras avanzar en un camino que abrieron mujeres como nuestras protagonistas, da miedo comprobar la regresión que algunas empiezan a experimentar. Para todas ellas es recomendable este libro; es ficción pero real como la vida misma. No nos hemos desecho del maltrato «Henry la había regañado delante de todos. Cuando estuvieron de vuelta en casa él le impuso su castigo. Ahora se retuerce la muñeca como si aún pudiera sentir el pinchazo de las pinzas o pudiera oír todavía el sonido sibilante de su propia carne al chamuscarse».

Las vidas secretas de las mujeres de los asesinos explora en profundidad el pensamiento social machista de la época ¿De los 60?

Aun hoy hay quien está de acuerdo con Alice, la madre de Bev quien, tras haber sido acusado de asesinato y encarcelado Henry, insta a su hija a que vuelva a casarse «Dice que es perjudicial para los niños no tener una figura masculina en su vida, que los vecinos respetarían más a Beverly si tuviera pareja». Este juicio es el responsable del gran conflicto emocional que arrastraban las mujeres del siglo XX. Las de clase alta aportaban cierto glamur en algunas situaciones; las otras eran objetos de los que se servía el hombre para tener una vida más fácil y placentera.

Hay algo turbio en esa importancia extrema de la apariencia externa, en esa preocupación excesiva por el qué dirán. Y, en medio de esta situación, la decisión de tres mujeres vapuleadas cuyo único pecado fue haber estado casadas con asesinos. Mujeres que resuelven con entereza descubrir quién es el nuevo homicida en serie de cuatro chicas; afianzan una relación de solidaridad entre ellas y de empatía con el sexo femenino; un reconocimiento de alianza frente a la opresión masculina y al menosprecio social «”Tienen que detenerla a ella también por cómplice”, oía susurrar. “No entiendo cómo no la consideran tan culpable como él. No hay forma de que no lo supiera”».

El estilo de Arnott es sencillo, claro, de ritmo ligero; la asequibilidad estilística no es obstáculo para meterse de lleno en la psicología femenina de la época, para denunciar la discriminación sexista y la falta de seguridad en sí misma que tenía la mujer.

Es como si el sexo femenino no pudiera llevar a cabo nada sin contar con el hombre; su aprobación era todo lo que hacía falta. «Ella estaba allí para satisfacer sus impulsos y hacerlo feliz, incluso si eso significaba hacer algo que no quería hacer». Pero las protagonistas aprenden durante la novela y atisbamos un conato de esperanza para las mujeres. Eran los años 60, la lucha por la igualdad empezaba con fuerza, sobre todo empezaban a no culpabilizarse ellas mismas «Él nunca lo hubiese hecho si tú no hubieras sido tan coqueta —balbuceó— ¡Lárgate!».

No solo quedan remarcadas en la novela frases como esta que denotan el pensamiento de la mujer sobre la propia mujer. Encontramos una estética social del último cuarto del siglo XX


«se aplica debajo enérgicamente crema solar Coppertone»
«colocaba los huevos rellenos en las bandejas»
«la casa era casi un palacio, con varios Ford Thunderbird en la entrada»
«…prendas con estampados tie-dye y tofu?»

Por otro lado, el misterio sobre quién puede ser el asesino que viene actuando por la zona se mantiene hasta el final. Las tres protagonistas se unen para investigar actuaciones en común de sus exmaridos y sacar un posible patrón del criminal. La lectura es ávida porque la tensión va en aumento con diferentes recursos propios del noir: prolepsis interrogantes, analepsis falsamente sospechosas, cambio de personaje en el siguiente capítulo, cambio de situación, que deja abierta la anterior, intercalación entre los 50 capítulos, titulados según secuencia numérica, de seis cuyo título hace referencia a algo que ocurre a otra mujer. La voz de esta secuestrada surge en primera persona para mantener la esperanza durante su tortura.


Me pondré ropa interior limpia.

Moveré el cuerpo con libertad, sentiré el sol en la cara.

Lavaré tu olor de mi ropa, de mi piel.

Volveré a respirar aire fresco.

Desenlace que no sabremos hasta el final.

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