sábado, 15 de junio de 2024

BAJO TIERRA SECA

Cuando empezamos a leer Bajo tierra seca vamos intuyendo por qué César Pérez Gellida ha elegido ese título; el pronóstico de una tierra yerma siempre es desolador. Esa desolación la confirma, casi al final, uno de los personajes


—No sufras. Tú ya deberías saberlo […]

—¿Debería saber qué?

—Que bajo tierra seca nada bueno germina

Sin embargo, desde el primer momento tenemos esperanza, bien por la aparición de un moderno quijote para el que no hay términos medios, bien por la narrativa directa capaz de enviarnos un nítido mensaje a través de la descripción de dicho personaje. Está claro, hay un héroe: «Infinidad de partículas de polvo en suspensión cubren las botas de montar […] Bien planchado el uniforme de servicio: azul marino con doble hilera de botones dorados, capa de lana […] Bajo el tricornio, Martín Gallardo».

El argumento de Bajo tierra seca está basado en un hecho real. También alude a enfrentamientos reales en la España de principios del siglo XX, pero no es una novela histórica al uso. Sí es una novela negra. Mucho. Quizás porque, en general, la historia de España haya sido negra durante una larga época, o al menos para la mayoría haya discurrido en blanco y negro.

Tampoco Martín Gallardo es un héroe al uso, a pesar de su valentía e intrepidez es un ser humano debilitado por su dependencia del opio, fruto de haber estado como prisionero de guerra en Filipinas. Esto hace que su humor sea habitualmente malo y que la mayoría de las veces actúe de forma irreflexiva, siendo consciente en todo momento de que hay circunstancias en las que solo los disparates pueden combatir tanta locura. Probablemente por esa razón sus maldiciones son constantes, «Me cago en mi condenada alma», «me cago en mi santa vida», «me cago en mi suerte», «Me cago en mi alma negra». Martín Gallardo es un personaje que conserva el sentido de la justicia del literario Alonso Quijano y el de la amistad del cinematográfico Wyatt Earp. Sin duda es atrayente y sus actos nos mantienen en vilo durante toda la novela.

Pérez Gellida ha sabido retratarlo a la perfección; en el extremo opuesto, uno de sus antagonistas queda descrito como un personaje de cómic por el que no llegamos a sentir empatía alguna, a pesar de ser una víctima; incluso su muerte parece la descripción de una tira de tebeo «Tampoco le ofrece demasiada resistencia el espesor de la pared ósea que la separa del cerebro, donde llega, ahora sí, para quedarse. El estropicio para su dueño resulta fatal».

Por supuesto, la villana mayor de la historia es Antonia Monterroso. Toda ella es una mentira, ni se llama así, ni su sobrenombre, la Viuda, hace justicia a su condición dolorida. Todo en Antonia es exagerado, su corpulencia, su apetito sexual, su ambición de dinero y poder, sus amantes, su odio… Antonia no es la causante directa de la desgracia presente en Zafra pero sí la que desencadena el desastre final.

La narración se va ajustando a cada personaje, más o menos ficticia, más o menos teatral, más o menos cómica; sin embargo hay dos constantes, con el héroe mantiene un punto de ironía al relatar sus actos y con los malvados predomina el sadismo hiperbólico. Sea de una u otra forma, el relato queda marcado por cierta lucidez, algo que permite al autor construir personajes redondos, con firmes caracteres formados por unas convicciones fruto de las circunstancias vividas.

La narración es en tercera persona, pero el narrador cambia de perspectiva, como si estuviésemos leyendo el testimonio de diferentes personas que se han visto involucradas en un hecho. Nosotros somos quienes mejor podemos entender lo sucedido en cada momento porque conocemos los puntos de vista de todos los implicados. Es cierto que no a la vez, para eso se vale de analepsis que van aclarando el argumento con hechos sucedidos tiempo atrás. También las prolepsis contribuyen a explicar la trama mientras en el argumento va aumentando el interés del lector, «Y lo que ocurrió allí dentro, aunque él no pudiera preverlo, sellaría su destino fatal».

Los diferentes tiempos que marcan los flashbacks traen consigo distintos escenarios; tanto unos como otros son explicitados con diferente precisión. Las analepsis son más generales, con lo que el salto atrás en la narración incluye el pasado del personaje. Asimismo cuando la prolepsis se convierte en augurio no aporta una fecha exacta sino que es más bien la predicción de un futuro inmediato.

César Pérez Gellida es un maestro del enfoque no lineal; no le interesa el transcurso del tiempo, por lo que su narrativa queda plagada de acciones paralelas expuestas en diferentes momentos de la trama, protagonizada por diferentes personajes que van creciendo en número para conformar lo sucedido a un pueblo y sus alrededores. Todos los habitantes quedarán estigmatizados. Las dimensiones de la narración son grandiosas; leemos descripciones que nos recuerdan a escenas panorámicas de la gran pantalla, otras son de un primer plano agobiante, del que tratas de apartar la vista pero no puedes porque el enfoque es un punto en concreto. Todo lo que rodea al espacio real es, como el enclave, amplio; un espacio duro, preparado para amenazar a sus habitantes. Todo lo que tiene que ver con Antonia Monterroso es hiperbólico, como ella. Sus pasiones son desmedidas, sus expresiones, resolutivas y sus actos, desorbitados.

El lenguaje, como las perspectivas, fluctúa; si bien es cierto que las expresiones duras predominan, también aparecen metáforas, «deja que sus pestañas se abracen antes de caer inconsciente»; hipérboles, «sobrevivió porque tenía el cuerpo tan destrozado que ni siquiera supo morirse»; refranes, «cuanta menos harina tenga que transportar, más vive el buey»; latinismos, «pertenecer de facto a una España…»; tecnicismos, «discinesia», «morlaco leonado y corniabierto»; términos en desuso, «feral» y vocabulario culto «agibílibus», «inefable», «hético», «ataraxia».

Esta mezcla de vocabulario, junto a expresiones vulgares, es perfecta para escribir una novela en la que las narraciones derivadas del delirio y las oníricas conviven con las pragmáticas, donde el terror da la mano de forma natural al humor, al amor, al dolor y la felicidad.

Al final, como en la vida, tiene lugar una justicia parcial. Probablemente se eche en falta un desenlace más poético pero entonces se habría resquebrajado el tema predominante: el valor de la amistad por encima de todo. Toda una lección de honor por parte del autor.

sábado, 8 de junio de 2024

DESENCAJADA


Desencajada no es una novela aunque tiene argumento: la vida de Daria Kovalenko; en torno a la protagonista se dan cita otros personajes, y hay un tema principal: el desarraigo.

Es triste leer Desencajada, pero no más que si nos paramos a pensar durante un momento en la vida de todos aquellos que deben abandonar su casa, a su familia, a sus amigos para enfrentarse a nuevas costumbres, nueva gente, trabajo y, lo más duro, el idioma, «El significado de la palabra liubov es amor».

Una lengua permite contactar con quienes te rodean, sentir que formas parte de una comunidad porque entiendes lo que dicen, lo que sugieren, lo que puedes o no puedes hacer en según qué momento o lugar. Si es duro tener que abandonar el país de origen, llegar a otro en el que no se consigue interpretar nada de lo que se dice debe ser aterrador. Esto es algo de cajón, cualquier ser humano lo entiende, sin embargo hay que agradecer a Margaryta Yakovenko que nos lo recuerde; que existen personas que se sienten fuera de lugar, desencajadas en un sistema que pretende ayudarlas con mayor o menor interés por parte de ciertas personas que piensan que por haber nacido en un lugar les pertenece; que nadie puede llegar allí y pretender tener los mismos derechos que ellos que, fruto del azar, nacieron ahí; que supondrán una amenaza porque se aprovecharán de sus ventajas, de sus trabajos: «Antes de la migración mi madre era enfermera. Después de la migración mi madre trabajaba en un almacén empaquetando limones».

Para los adultos es duro, la mayoría no tiene facilidad para aprender el nuevo idioma y, sobre todo, cuando consiguen cualquier ocupación que les permita salir adelante, aceptan cualquier condición. El miedo a perder el trabajo hace que todo valga, «A los ocho años mis padres me compraron un móvil […] como sustituto de su propia presencia. Cada día, mi madre me llamaba a las dos y media de la tarde […] En el almacén en el que empaquetaba limones le daban media hora para comerse el bocadillo, media hora que ella aprovechaba para llamar a casa».

Los niños no tienen que trabajar. El Estado les ofrece educación y sanidad, pero les falta el cariño, el roce de su familia, la confianza de sus amigos.

Yakovenko rememora su existencia desde que tuvo que abandonar un país donde les era imposible subsistir, después de haber residido veinte años en España, de haber estudiado, de haber conseguido la nacionalidad, de tener una pareja… Aun así no se siente plenamente española, ni ucraniana, ni preparada para compartir su vida con un español «Después de la migración […] Los días de cuando empecé a ser española y me quedé sola. Los días en los que nunca dejé de estar sola».

¿Por qué es tan difícil que algunos puedan salir adelante? ¿Por qué es tanta la crueldad que nos rodea? ¿Por qué si tienes dinero no eres considerado inmigrante y no tienes problemas de adaptación? ¿Por qué el hombre castiga a los más necesitados y premia a aquellos que no tienen necesidades? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es por envidia, algo que aflora para deshumanizarnos por completo «En la frontera entre Ucrania y Polonia mi padre tuvo que meter en su pasaporte un billete de cincuenta dólares para que le pusieran el sello de entrada sin problema. En Madrid, una polaca llamada Jana les pidió ochocientos dólares por conseguirles un puesto de jornalero».

El problema de los verdaderos migrantes es el desarraigo, a pesar de llevar veinte años en un mismo país, a pesar de haber conseguido una relación estable: «Yo me he mudado de casa dieciséis veces». Y el desarraigo conlleva un sentimiento de culpa difícil de eliminar. Te sientes culpable por haber dejado a “los tuyos” en la miseria y culpable por haber salido adelante. Es una situación angustiosa, tienes una nacionalidad que no se corresponde con tu ADN y por la que has tenido que pagar y luchar durante años. Sabes que no todos somos iguales. Todos lo sabemos, aunque la constitución de países democráticos diga lo contrario. Llegados a esta punto, Margaryta Yakovenko concluye, a través de Daria, que la migración es una enfermedad, es un duelo en el que lo has perdido todo, «Lloras los paisajes y el clima». Y los migrantes son aquellos que sufren el síndrome de Ulises, en el que «la verdadera condena es la errancia porque él no sabe cómo vivir en tierra firme […] Y nos hemos vuelto adictos al horizonte».

Aunque Desencajada no sea novela, es un relato autobiográfico que todos deberíamos leer antes de juzgar a los inmigrantes, porque es duro no saber dónde están enterrados los tuyos, «es imposible que les encuentre porque ni siquiera estuve en su funeral», porque es difícil mantener una relación, «cómo vamos a ser familia si ni siquiera estuvo en el lugar en el que empezó a manar la sangre». Es duro, pero hay personas que aún nos hacen creer en el ser humano. La hija de Mª José y Kiko, unos amigos muy queridos, decidió pasar el fin de año, con sus padres y hermanos, en un país remoto de África, de donde es su pareja. Bien por ti, Irene. Os merecéis toda la felicidad del mundo.

viernes, 31 de mayo de 2024

THE BUENOS AIRES AFFAIR

Novela escrita en 1973 por Manuel Puig. No cabe duda de que el autor es él, su estilo es inconfundible, pero la he encontrado más complicada de leer que otras del autor. Hay que terminarla para tener una visión de conjunto. Está claro que el amor por el arte, en general, de Puig, reside en cada una de las páginas. Los capítulos están introducidos por una escena de diferentes películas del cine de oro norteamericano. La música también queda como fondo en algunas secuencias y las citas de autores ponen de relieve la cultura del autor, que indudablemente traslada a su protagonista, Gladys.

Hay que leer las casi 300 páginas de The Buenos Aires Affair para conocer realmente a Gladys, y a Leopoldo.

La novela comienza en 1969 cuando Clara descubre que su hija Gladys, de 35 años, a la que cuidaba, ha desaparecido en Playa Blanca. Las voces son diferentes, los puntos de vista, también; a partir de analepsis y prolepsis podremos ir conformando la vida de Gladys, una niña desafortunada, criada por su madre, débil, con poco éxito en el colegio que, a causa de sufrir una violación en la que perdió un ojo, se vuelve más insegura y tímida. Con el tiempo cree que puede tener más oportunidades en Nueva York o California, y decide encontrar trabajo allí. Las circunstancias harán que vuelva con una depresión mayor. El autor narra la vida de Gladys de forma desapasionada, con cierto sarcasmo y pretendido humor que no hace sino inquietarnos más y asegurarnos de que todo irá a peor, «La resistencia de Gladys a los tratamientos psicoterapéuticos tenía una razón fundamental: en su plan de ahorro para comprar una propiedad inmobiliaria no entraban gastos prescindibles». Puig trata la juventud de la protagonista con el mismo interés que pone en el resto de sucesos, lugares o personajes. Es un compendio de minuciosas descripciones. Incluso las escenas violentas, casi siempre sexuales, están carentes de fuerza aunque la contienen; es como si formaran parte normal de unos personajes, de un país.

Aparecen en la escritura diferentes recursos: páginas de prensa, atestados policiales, informes de autopsia, sesiones con un psicólogo, entrevistas que luego llenarán las páginas de revistas, diálogos telefónicos de los que deducimos lo dicho al otro lado de la línea y que son, en realidad, acosos policiales hacia posibles confidentes, para arremeter contra aquellos que no pertenecen al régimen:


Voz:

Oficial: ¿Segura que por lucro no fue?

Voz:

Oficial: Todo lo que sepa, después nosotros haremos ver que llegamos al acusado por otro conducto.

En realidad el distanciamiento del autor es un arma con la que nos alarma; nuestra desazón va en aumento.

La vida de Gladys se va uniendo, casi sin darnos cuenta, con la de Leo Druscovich para formar una pareja de traumatizados en la infancia que desde que se encuentran se hacen daño; no podía ser de otra manera. Aun así se buscan, a pesar de los ultrajes, a pesar de la violencia desmedida de Leo hacia Gladys. El juego de seducción, atracción, rechazo, miedo es constante.

Tampoco sus vidas laborales se mantienen de forma regular. Hay altibajos en los diferentes negocios de Leo y en el éxito que Gladys tienen como artista. Ninguno parece cambiar de actitud; les vaya bien o mal. Gladys acepta lo que le viene con frialdad, lo asume como algo natural; tanto su desgracia física como psicológica. Justo en esa indiferencia es donde sentimos mayor desasosiego, «permanecería quieta en la cama; si se quedaba quieta en su cama, allí moriría porque nadie le llevaría nada de comer».

La vida de Leo plantea muchas preguntas ¿La actitud sexual de un adulto tiene que ver con un trauma sufrido en la infancia? ¿La impotencia va unida a la masturbación excesiva desde época temprana? ¿O es al revés? No lo tengo claro. Lo evidente es que Leo no disfruta con el sexo —casi nunca— y no hace disfrutar de él —nunca—. Todo es fruto de la vergüenza, de la culpa, del dolor, «Ese bebé no es normal. De su pubis poblado de vello encrespado penden órganos sexuales de hombre y del pene enrojecido, algo confundidas con la espuma blanca, chorrean gotas espesas se semen».

Manuel Puig escribe una novela negra en la que el surrealismo y las imágenes oníricas se diluyen en la realidad; a veces somos incapaces de distinguir qué pertenece al sueño y qué no, qué forma parte de una mente perturbada y cuándo la mente está en equilibrio: «y su carne blanca como el tocino ahumado arrumbado durante semanas entre el hielo granizado del congelador abre paso a la negrura de un gorila que habla para darle las gracias por no quejarse, por no gritar, no llamar a un médico».

Los protagonistas divagan en sus recuerdos, no tienen claro qué sucedió en qué momento; viven sus deseos tal como lo hacen con sucesos reales «Leo cerraba los ojos y al rato su semen se mezclaba en el pensamiento con la sangre de la muchacha».

No sabemos con claridad qué puede ocurrirles a los personajes. Cualquier cosa. Pero siempre tememos lo peor. No sabemos, aunque la sospecha es creciente, hasta qué punto las relaciones se van a quedar en el plano personal o pasarán a exponer una situación social-policial en la que valen pistas verdaderas y falsas, en la que las mentiras son habituales en los delatores.

Todo es un despropósito, un infierno: la resolución de un crimen donde no hay cuerpos que lo corroboren; las amenazas constantes; el cuerpo sin vida que no merece investigación; el ambiente sociopolítico confuso y atemorizador.

Es duro enfrentarse a The Buenos Aires Affair porque el autor se expresa de forma libre; es consciente de su denuncia política (y esto en la Argentina de 1973 era jugársela de forma segura), es consciente de la violencia homosexual (probablemente por la negación requerida) y es consciente de la indefensión sexual de la mujer, sometida a los requerimientos del hombre, aun los más abyectos.

Está claro que Manuel Puig vivió y escribió como quiso, con pasión y demostrando ser alguien tremendamente tolerante con los demás y culto consigo mismo. En esta novela, las escenas cinematográficas que abren los capítulos remarcan su formación como cineasta y la exposición de situaciones, a modo de escenas teatrales con diálogos y acotaciones, indican su amor por la literatura en general; algo que los lectores valoramos porque nos permite hacernos una idea precisa de los personajes. El hiperrealismo es evidente, lo corroboran las descripciones minuciosas, una prosa violenta que se torna en poesía cuando menos se espera, el objetivismo exagerado y la confusión de voces. Esto, con el sexo —también violento, defraudante y doloroso— como motor de la actividad humana nos conduce a una actitud propia de los desheredados de la tierra. Gladys busca en su juventud el trabajo perfecto y al hombre perfecto hasta que se da de bruces con la realidad y la violencia sufrida la lleva a aprender a acomodarse a las situaciones posteriores. A un futuro que no es sino una continuidad de presentes, aunque Leo, ese animal desbocado, no figure en él.

sábado, 25 de mayo de 2024

TÚ BAILAS Y YO DISPARO

En Madrid encuentran, en una maleta, el torso de una mujer. No tiene cabeza, ni extremidades. También le han cortado el pecho y un tatuaje al final de la espalda. El asesino se ha querido cerciorar de que no van a encontrar huellas ni restos en los que poder apoyarse para descubrir la identidad del cadáver. Pero lo hacen; poco a poco al grupo X de la Brigada Judicial se unen los de Homicidios, Asuntos Internos, Sistemas Especiales, el GOIT, la UCAO, la UCRIF… Entre todos descubrirán no solo al asesino, también una red de trata de personas con la que el crimen organizado llevaba tiempo extorsionando y lucrándose.

Los protagonistas, Jaime Valle (Jimmy) y Luis Mangas, aunque de diferentes generaciones, tienen en común que son los típicos arrogantes, bravucones, que no están dispuestos a que nadie se salte las normas aunque para ello deban recurrir a cierta violencia que asumen necesaria con algunas personas «Sin darle tiempo a responder, le barre las piernas de una patada y le hace caer de bruces al suelo […] —Cuando al gordito se le pase el susto limpiáis todo esto y os largáis».

Y, curiosamente, las protagonistas, Noa Palacios (su jefa) y Julia Zaldívar (inspectora de la UCRIF) razonan más, investigan, utilizan el cerebro antes que los músculos. Incluso la inspectora Paula Vicente es homosexual. Hay toques de actualidad en el bando femenino de Tú bailas y yo disparo; no tanto en los hombres de la Brigada Judicial. Será que las mujeres tenemos más capacidad de adaptación o que nos sentimos mejor cuando no estamos tan encorsetadas.

Manuel Marlasca escribe su primera novela y, en general, está bien. Está bien escrita, aunque haya párrafos que formen una auténtica loa policial. La novela de Marlasca es negra, no podía ser de otra forma, pero es de un negro absoluto cuando nos presenta a los malos; los policías brillan en las descripciones. Sin embargo, si pensamos en quién puede tener recursos para enfrentarse a los más destacados grupos operativos policiales, los sospechosos se reducen. El malo malísimo debe ser alguien que haya tenido contacto con ellos.

No quiero desvelar nada pero sí aludiré a lo que no ha terminado de gustarme. El autor es muy claro a la hora de recomendar escritores de novela negra española y yo estoy de acuerdo con él, pero no localizo a esos «superpolicías que persiguen a barrocos asesinos en serie que llenan las páginas de las novelas negras de los últimos tiempos» porque he leído alguna que otra saga y he disfrutado con la imaginación de sus autores, como Susana Martín Gijón, Arantza Portabales o Javier Marín.

Asimismo, en Tú bailas y yo disparo, «Mangas comprueba espantado que […] teléfonos móviles y graban la escena, unas imágenes que acabarán extendiéndose como células cancerígenas por las redes sociales y que reproducirán los programas de televisión en los que todólogos hablarán sin saber nada de lo ocurrido allí»; es curioso que Marlasca se haga eco del espanto de Mangas cuando él mismo colabora con uno de esos programas televisivos amarillistas de la historia.

El protagonista, Jimmy, es demasiado altanero y con esa arrogancia menosprecia otros trabajos «—Y vamos a quitarnos estos putos disfraces de mensajeros, que no estudié para esto»; su altivez, y la de Mangas, los llevan a un trato deshumanizado con lo que ellos consideran chusma: «…Es tu puñetera madre, que se colgó y se metió en la maleta para no saber nada más de ti, ruinas. Jimmy se ríe al escuchar a su compañero…». Y esa petulancia del que se cree por encima se transforma, con las mujeres, en un paternalismo de otro tiempo «—…Nadie te va a detener. Mis compañeros te van a invitar a desayunar y luego […] nos vas a decir dónde está tu novio. No querrás que se coma este marrón ¿verdad?».

En fin, son fallos en la concepción de la mujer, demasiado tópica «Nota cómo la mujer le lanza una mirada genuinamente femenina, la que sirve para valorar una posible amenaza en caso de disputa por un macho alfa». Y fallos en una concepción machista que, al menos muchas mujeres, esperamos que formen parte de los estereotipos a desaparecer, «Como diría mi cuñado Juanín, el asturiano, “Ye mucha muyer pa ti, nun llegues a los pedales”. Joder con el tapón del abogado sí que quiere picar alto».

En la novela queda claro que el dinero es capaz de corromper a cualquiera, policías, jueces, médicos… Son estratos sociales que dificultan la labor policial porque quien extorsiona tiene poder. Marlasca está bien informado sobre los recursos de comunicación que disponen los diferentes grupos de la policía, así como de sus formas de actuación. Hay un tema claro y es la corrupción, la facilidad que tiene el dinero para corromper. El crimen organizado tiene dinero y poder. Como subtema creo que resalta la importancia de los cuerpos especializados para resolver casos complejos.

El autor describe bastante bien la realidad actual donde hay un grupo de jueces que claramente toman decisiones partidistas, lo que hace que los poderosos sigan actuando impunemente. Es cierto que la mayoría de los jueces trabajan para «hacer justicia» y también lo es que deben soportar «ataques que en los últimos tiempos sufre la judicatura desde distintos grupos políticos». Sin embargo, personalmente, echo en falta que se hable más claro sobre estos grupos políticos porque, indudablemente, son distintos aunque con una línea de pensamiento bastante similar.

En fin, he notado en la novela cierto posicionamiento hacia la derecha que menosprecia a la cultura, a la izquierda y a la igualdad. Y no se puede medir todo con el mismo rasero. Y ya no se puede tratar con cierta frivolidad a los machistas ni a los fascistas. Porque los antifascistas no tenemos traje ni los mentecatos pasan por antifascistas sino por todo lo contrario, «No se sorprende al comprobar el cóctel pijoprogre que compone su discoteca ideal: Aute, Serrat, Sabina […] Ahora, piensa, cualquier mentecato se pone el traje antifascista con unos cuantos twits y stories de Instagram como hoja de servicios».

viernes, 17 de mayo de 2024

CAJA 19

Al terminar este libro me he dado cuenta de que, probablemente, no todos estén dispuestos a leerlo. Tiene muy buenas críticas pero el estilo es algo elevado y, si no se presta la debida atención, hay momentos en los que no sabes muy bien de qué está hablando, si es algo real o imaginado; si la autora es la propia protagonista o esta es un personaje inventado. En realidad no importa, hay que dejarse llevar por la lectura y encontraremos diferentes historias, la de la relación con Dale —real— o la de Tarquin —inventada—. O puede que sea justo al revés. Lo que importa en Caja 19 es que muestra una realidad con la que podemos objetivar nuestra voz interna, conocernos mejor, tal es la reflexión constante a la que nos obliga Claire-Louise Bennett.

Creo que lo que más me ha impactado ha sido leer la época universitaria de la protagonista. En ella recuerda cómo debió trabajar en la caja 19 de un supermercado para pagar sus estudios y la estancia en Londres. Mientras ocupaba su puesto podía fantasear con los clientes en sus relatos, aportándoles una forma de ser que no era la real sino la que a ella le sugería.

La relación con su novio de aquel entonces, Dale, sale a la luz y ella se replantea su actitud, la posición que se le suponía a la mujer en la pareja quien, de manera natural, podía soportar (y hasta no hace mucho) cierto maltrato psicológico, sexual o físico, porque todo quedaba encubierto en el carácter del hombre que, ya se sabe, podía enfurecerse —y con razón, porque había bebido o cualquier otra excusa— hasta provocar cualquier desastre. Como consecuencia, la mujer adoptaba el papel pasivo que en la relación se consideraba normal y, sumisa, permitía que su no se transformase en sí porque, en realidad, ella no debía hacer mucho. Esta relación íntima, violación, es la que con el paso del tiempo se ha percatado de haber vivido. La sumisión ha sido la norma habitual para la mujer, precisamente porque quienes forjaron socialmente la idea de cómo era una mujer eran hombres; por eso, cuando convenía la mujer era fuerte y capaz, «Usé tampones […] difícilmente obstaculizarían todas las actividades a las que según la publicidad se entregaban las chicas que menstruaban […] ni sueñes con salvarte de Educación Física […] sé productiva, no decepciones a nadie»; cuando interesaba, la mujer debía mantener su posición marginal «a una profesora se le volvería en contra en el acto» o aceptar socialmente que no era libre sino propiedad de un hombre «después de dos años llamándola señora Hurly […] tuvieron que llamarla señorita Selby […] El nombre de él nunca cambiaría». Y sobre todo, la mujer era un escaparate en el que todos veían su apariencia unida a su inteligencia y forma de ser «Quién lo diría al verla (a Marilyn Monroe), pero siempre tenía la cabeza metida en un libro». La mujer, con tanta presuposición y obligación, «se le niegan una autonomía y unos ingresos […] si sexualmente está en tinieblas […] pasa horas y horas sola con tres niños…» terminaba algo desequilibrada; de ahí que hubo un tiempo en el que los hospitales psiquiátricos estaban a rebosar de mujeres.

La protagonista recuerda su época con Dale y es consciente de que «quería vigilarme […] detesta que me apoye las gafas de sol en la cabeza […] cree que siempre he elegido mal a los hombres […] necesito protección». Y reflexiona sobre la necesidad de inventar otra realidad. Ahí entra el proceso de la escritura. La memoria de Bennett viaja sin orden para traerle escenas de cuando ella empezó a escribir garabateando los cuadernos escolares, haciendo que los dibujos cobrasen vida para que, una vez en la universidad, intentase escribir una novela.

Comenzó contando las aventuras vividas por unos personajes que, a fuerza de retomarlos a diario, cobraron vida, pero esta obra quedó destruida por su novio «Cuando esa tarde abrí la puerta […] vi de inmediato una pila de papeles rotos en el suelo […] e hice una mueca de dolor…».

La destrucción de libros representa un elemento de censura normalmente por oposición religiosa o política. La autora recuerda cómo los estudiantes alemanes, el 10 de mayo de 1933 arrojaron al fuego libros que podían ser focos de corrupción y atentar contra la moral, la decencia, la familia y el estado nazi. Claire Bennet lo expone claramente en Caja 19, como un adelanto de la barbarie semita y a nuestra memoria acuden las quemas de libros en plena calle durante la dictadura de Franco. Quemar obras tiene que ver con el temor a que sean leídas, a que la gente cambie la opinión impuesta. En el caso del novio de la protagonista, cuando destruye la novela “Tarquin Superbus”, quiere destruir el miedo que siente ante la mujer, su inseguridad su complejo de inferioridad.

Caja 19 es una autorreflexión literaria; la literatura ha formado parte de la vida de la autora, de forma tan íntima que se adentra en la metaliteratura, algo que le permite seguir soñando con historias y descubrir en ellas la posibilidad de otras nuevas que pueden desarrollarse en la realidad o en el sueño, lugar en el que la imaginación trabaja al máximo porque libera las funciones del cerebro para que cuente emociones que le gustaría experimentar. Es literatura en la literatura, «mete las manos con hoyuelos en el agua, las sacude alegre, sus manos son estrellas de mar […] Se ve a sí mismo. Tarquin Superbus levantándose de esa cama digna de un rey…».

En esta autorreflexión literaria encontramos cómo se desarrolla el proceso de la escritura y las consecuencias de la lectura: Recuerdos que creíamos ocultos y aparecen en flash back, creencias de haber vivido lo que estamos leyendo, conexiones extrañas que nos trae la lectura con el tiempo «Y eso es todo lo que logro recordar del libro».

Asimismo experimentamos o deseamos diferentes vivencias personales que cambian a su vez con las diferentes lecturas «La historia se desarrollaba con mucha más rapidez de lo que yo recordaba». Y no cabe duda de que la imaginación se despierta antes incluso de empezar a leer, «pensábamos sin parar en los tipos de palabras que podrían contener».

Puede que Caja 19 no tenga una lectura fácil en cuanto a continuidad de la historia pero es innegable que conectamos con la autora, así que uno de los objetivos de Bennett, al menos, queda cumplido «Escribir podía lograr eso. Era una forma de llegar hasta otra persona».

miércoles, 8 de mayo de 2024

ALES JUNTO A LA HOGUERA

El cerebro funciona de forma simultánea, podemos pensar dos cosas al mismo tiempo, hay pensamientos que se superponen a otros causando en nosotros cierta desazón al no tener claro qué sucedió antes, qué es real y qué imaginado.

Son asociaciones libres que insisten en prevalecer, mezcladas, unas sobre otras o todas a la vez. Cuando esto ocurre, y somos conscientes, lo lógico es intentar que nuestra mente haga una pausa para empezar de nuevo y tratar de entender lo que nos dice. Son momentos en los que aflora nuestro interior, nuestra forma de ser, de ver la vida, de sentirnos en ella.

Es difícil trasladar estos momentos al papel porque la escritura es lineal; es muy difícil escribir y que se entienda el flujo de conciencia. No es un monólogo interior que podemos ordenar. Es introducirse en la psicología de un personaje y extraer toda su verdad emocional.

Jon Fosse lo consigue. Es increíble cómo, en unas cien páginas, no abandona ni un solo momento esta técnica. El lector es testigo de las obsesiones de los personajes; de cómo uno de ellos va sacando de su mente sus pensamientos para unirlos a los de su marido Asle, a los de su abuelo, sus bisabuelos y tatarabuelos. Cinco generaciones unidas en un mismo espacio, la Casa Vieja, por un mismo dolor: la muerte traumática del niño Asle, el día de su séptimo cumpleaños en 1897 y la del adulto Asle, ochenta y dos años después.

Pero estamos en el siglo XXI: «pues debe ser jueves, el mes será marzo, y el año 2002, eso sí que lo sabe, claro, pero la fecha y cosas así, pues no las recuerda». Han pasado 23 años desde que Asle desapareció en el fiordo noruego. Veintitrés años, que Signe, su mujer, vive sola en la Casa Vieja mirando por la ventana, esperándolo, recordando a cinco generaciones unidas por la desgracia. Y, sin embargo, es la voz de Asle la que abre el relato para dar paso, enseguida, a la voz de Signe, «Veo a Signe ahí echada en el banco de la sala, mirando a todas las cosas de siempre […] y las mira sin verlas, y está todo como siempre […] y sin embargo ha cambiado todo, piensa, porque desde que él se marchó y desapareció…».

No somos conscientes, tanto es el embelesamiento en el que nos sentimos inmersos, pero cuando nos damos cuenta, Signe ha conectado con Olav, el abuelo de Asle; con Asle, el niño de 7 años, hermano de Olav, ahogado en el fiordo ante su madre; con Kristoffer y Brita, los bisabuelos de Asle, padres de Olav y Asle; con Ales, la tatarabuela de Asle, por quien recibió su nombre.

Signe conecta con el Fiordo, con la playa, con la Casa Vieja familiar, con la montaña, con la barca… y asocia unos hechos a otros en un dolor heredado hasta llegar a ella, sin descendencia, probablemente para que cese ese dolor.

Cinco generaciones que, rodeadas de frío y soledad, mantienen una dolorosa rutina, aquella que empezó la abuela Ales cuando su nieto murió ahogado y ella quedó sentada junto al fuego recordando.

El espíritu de Ales está presente en la familia un siglo después. Todos han mantenido viva la desgracia en el fuego del hogar, que a su vez ha ido regenerándose, como el propio fuego, hasta confundir a unos con otros y confundirse con el espacio y el tiempo.

Ales junto a la hoguera está formado por diferentes voces narrativas que, de manera anárquica, van exponiendo el sentimiento que los ha unido, el amor a pesar del dolor. Y ese amor prevalece y da orden a las voces; a pesar de la falta de puntuación y de las incongruencias ortográficas; a pesar de la ausencia de párrafos. En esta escritura, formalmente caótica y confundida, descubrimos el estilo de Jon Fosse, anteponiendo, en una modalidad coloquial, aquellas palabras que le interesa marcar, como el paso del tiempo: «varios siglos tienen las partes más antiguas de la casa» o el dolor de una madre fracasada: «hijos nunca tuvieron». Repitiendo términos que señalan el interior de los personajes «No pienso en nada […] no miras nada […] no miro nada». Describiendo acciones que desvelan la tristeza y el dolor «y la vieja Ales se lleva una mano, de dedos cortos y retorcidos, a un ojo y se pasa el costado del índice a lo largo del ojo».

Puede que el flujo de conciencia sea confuso, pero en la narrativa de Fosse destacan claramente las conciencias tranquilas, superpuestas a la desesperación íntima, aferradas a la esperanza de la vida y de la fe religiosa.

Signe se mira a sí misma y se ve como la joven de entonces cuando se enamoró de Asle, una figura que avanzaba hacia ella y ya no hubo dudas entre los dos. Y en esa joven ve el pensamiento de la casada esperando a un marido que se ha adentrado en el mar porque es un hombre, porque necesita respirar aire libre, porque debe traer el alimento a casa, porque no sabe vivir en cautividad.

Signe ve el amor hacia ese hombre y siente intranquilidad ante la inseguridad de su situación. Ve la pena por la maternidad frustrada y experimenta la soledad de la rutina. Ve el tormento por la juventud truncada y percibe la tristeza de la soledad. Ve el suplicio de la memoria y lo padece; y se refugia en ese amor que vivió mientras implora que todo acabe.

Fosse introduce imágenes desconcertantes, asombrosas, que nos alejan del confort de la lectura para atraernos al delirio inconsciente de Signe y conectar con ella en su propia introspección. Es difícil encadenar una serie de sucesos que parecen ilógicos pero el Premio Nobel lo consigue, y al final conocemos a una saga de pescadores que ha amado, ha sufrido y ha aceptado su vida tal como se ha presentado.

El foco de atención es la hoguera. Una que hicieron unos niños al quemar la barca de Asle la noche de San Juan. La hoguera que mantiene a la familia caliente en el hogar. Fuego que destruye aquello que queremos pero purifica los sentimientos a través del sacrificio que nos exige.

Fuego capaz de dar vida a la familia y de transportarnos a través de ella. Mirar al fuego despierta la imaginación, es decir, desrealiza lo que nos rodea y nos abstrae en un mundo nuevo formado por imágenes que crea nuestra mente o por las que asocia a lo que nos han contado.

Signe no ha vivido más de cien años y sin embargo revive una y otra vez una realidad que no es la suya sino la que le fue transmitiendo Asle día tras día durante su matrimonio en la comunicación surgida entre ellos, las experiencias de otros quedaron en la mente de Signe que ahora, sola en la realidad, debe conformar una desrealidad para poder sobrellevar la existencia. La imaginación de Signe se despierta en las llamas de la hoguera de su sala, de la hoguera de la playa, de la hoguera que ve en lo alto de la montaña, una luz que une lo terrenal con lo celestial. Fuego que reconforta a las generaciones de una familia.

Fosse no sigue en su relato un tiempo cronológico sino el que marca la imaginación de Signe. Un tiempo simbólico capaz de dar vida a nuestro interior.

Aún hay otro símbolo importante en Ales junto a la hoguera. El mar. En su inmensidad une el cielo y la tierra, conecta lo divino y lo humano. También es creador de vida y de muerte. El fiordo es el encargado de traer la vida a la familia y de quitarla; de forma caprichosa. Es curioso que el mar se llevara dos vidas de la misma familia y en ambas ocasiones las barcas, frágiles, pertenecientes a los dos Asle, permanecieran intactas a pesar del embate de las olas.

Cuando llegan las embarcaciones a la playa, se restablece un orden familiar que no es el que había hasta entonces, pero a través de ellas la familia mantiene la esperanza. Por eso, cuando solo queda Signe y queman la barca, el fuego purifica a esa familia que ya no pertenece a la tierra sino a su imaginación.

Y cuando terminamos de leer Ales junto a la hoguera tenemos la seguridad de que esos personajes, fruto de la imaginación de Jon Fosse, van a formar parte de nuestra realidad.

miércoles, 1 de mayo de 2024

UN ANIMAL SALVAJE

En Ginebra saltan las alarmas cuando atracan una joyería y se llevan un importante botín. La policía se pone manos a la obra pero las pistas, que en principio apuntaban a los sospechosos, circulan por caminos sorprendentes. Por otro lado el perfecto matrimonio Braun verá resquebrajada su armonía familiar que, al menos desde que viven en un cubo enorme de cristal en medio del bosque, es bastante superficial. La exposición inconsciente de su intimidad, hace que Sophie Braun provoque los celos desatados de su vecina Karine y el deseo obsesivo de su vecino Greg, «Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras […] Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía […] Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen». También siente celos Arpad Braun, cuando es consciente de que nada es lo que parece en la vida que pensaba había construido.

En realidad nada es lo que parece en Un animal salvaje, excepto el tatuaje de una pantera que Sophie se mandó hacer en el muslo. Ella es un animal salvaje por lo que, aunque lo intenta, no puede vivir encerrada.

La última novela de Joël Dicker no es una novela negra, en todo caso podría pertenecer al género policial, aunque los protagonistas son los ladrones y la policía, implicada como tal al final del argumento, no esclarece nada. Es cierto que hay un robo (el último de una cadena que no lleva visos de terminar) y también lo es que hay un asesinato, pero nada se resuelve. Hay un implicado que, sorprendentemente, queda sin castigo judicial; es su mujer la que decide castigarlo, aunque es más un premio para ella que otra cosa.

En fin, soy consciente de que debería argumentar más mis afirmaciones pero no quiero desvelar nada, y realmente, ya hay pocas sorpresas en la novela porque, en esta ocasión, Dicker no deja que imaginemos, nos va revelando constantemente lo ocurrido en un pasado, lejano o inmediato.

Esta última obra del suizo me ha dado la impresión de que está escrita con prisa. Hay una trama, bastante simple, al estilo de la que podríamos ver en cualquier película “romántica”, protagonizada por una alta sociedad que vive para impresionar. Y aunque Joël Dicker lo que hace, muy bien, es ir dando saltos atrás en el tiempo para que nos enteremos por qué los protagonistas han llegado a este punto «Estaba angustiado […] Ya era hora de confesárselo todo a Sophie. De terminar con esa farsa», en Un animal salvaje las analepsis son tan constantes que no dejan tiempo para que nos metamos en el engaño y recibir de sopetón una sorpresa que nos desmonte la teoría.

Creo sinceramente que son demasiadas páginas y demasiados saltos porque al final viene a decirnos lo maravillosa que es esta vida falaz. Una vida que solo pueden llevar los que pertenecen a la clase alta. Está claro; son los únicos que salen indemnes. Los plebeyos reciben su castigo, unos más duro que otros. En fin, los personajes son bastante planos, y ya es difícil que a lo largo de 446 páginas no evolucionen. Es cierto que Arpad muestra dudas, se contradice, pero termina actuando de la misma manera. Igual ocurre con Sophie, lo mismo pasa con Greg y de forma semejante Fiera mantiene su comportamiento.

Dicker ha construido la personalidad de cada uno en base a un rasgo determinado y así nos encontramos al típico machista que no soporta ser menos que su mujer, que no soporta que sea ella la más inteligente, la más guapa, la más rica, la que brille más… Sabe que sin ella no es nada, por lo que no le importa humillarse para que, cara a la galería, sea él el cabeza de familia, rodeado de gente que lo admira y lo envidia.

Nos encontramos con la clásica niña rica que lo ha tenido todo sin esfuerzo, belleza, dinero, inteligencia, contactos… y le falta experimentar la excitación que el resto de mortales siente en su día a día para encontrar un trabajo o conseguir lo que se propone. No le importa mentir o saltarse la ley con tal de percibir una subida de adrenalina. Por supuesto, contando siempre con el apoyo familiar incondicional.

Nos encontramos con el típico hombre que ha perdido el deseo por su mujer, porque se siente atraído hacia cualquier novedad que se le presente. Sabe que lo que tiene en casa seguirá ahí para ofrecerle un hogar en el que refugiarse cuando esté cansado de probar las innovaciones sexuales que su mujer no tolera, «Greg pensó que hacía mucho tiempo que Karine no lo recibía así. […] —Me apetece hacerlo aquí —dijo sacándose unas esposas del bolsillo de atrás del pantalón».

Nada es lo que parece en Un animal salvaje, pero en realidad pocas cosas sorprenden, aun con tantos cambios, tantas las idas y vueltas. Incluso los diálogos no están a la altura de lo que nos tiene acostumbrados el autor; demasiado lenguaje coloquial.

He echado en falta la metaliteratura de El caso de Alaska Sanders. La narrativa fraccionada de Dicker es su constante, y sin embargo esta vez no he encontrado giros sorprendentes, sí hay sorpresas pero en mi opinión no de la talla de La verdad sobre el caso de Harry Quebert.

La narrativa múltiple a la que nos tiene acostumbrados ha dejado paso a un narrador omnisciente que, de manera testimonial, va contando los hechos ocurridos en diferentes espacios: Londres, Génova, Saint Tropez, y en distintas épocas.

Si en Elenigma de la habitación 622 encontré alusiones al suspense de Alfred Hitchcock, en este argumento, totalmente visual, como es usual en el autor, pueden quedar reflejadas imágenes de cualquier película pretendidamente romántica. No hallamos el sentido de la amistad que rodea sus otras novelas, hay engaño, mentira y un ambiente de falsedad con el que no nos es posible identificarnos. Un ambiente que saca lo peor del género humano: el egoísmo.

Aun así, es Joël Dicker, y espero ilusionada su próxima novela.

martes, 23 de abril de 2024

EL DILUVIO ANÓNIMO

Cuando nos disponemos a leer El diluvio anónimo tenemos la sensación de habernos retrotraído a comienzos del siglo XX, tal es la contemporaneidad que se deja ver en sus páginas. La novela comienza con un capítulo que es en realidad el Libro Primero –Infancia de Si tanto me amas. En este libro conocemos pues, la infancia de Zora Nerva. Su fatídico nacimiento, durante el que muere su madre, presenta una situación habitual en la que podemos distinguir el entorno económico, político y social de los protagonistas. Son el testimonio de una época, relativamente objetivo, pues el punto de vista de la narradora protagonista refleja su posición individual burguesa, «recordé que Lina, durante la merienda-cena, había estado lamentándose del deterioro del orden público de Barcelona, de los disturbios que estaban ocasionando los catalanistas radicales y del enrarecido clima social que se vivía en la ciudad».

No cabe duda de que la mujer es la protagonista de El diluvio anónimo; no solo porque comienza por el relato de la infancia de Zora, también porque desde el principio intuimos que los personajes que la rodean serán fundamentales para que lleguemos a conocerla. Aunque el estilo narrativo y las expresiones empleadas, en este primer capítulo, sean propios del Realismo, sabemos que no será una novela decimonónica al uso, «Estaban levantando La Valenciana, empresa de condimentos alimentarios y embutidos que hoy, cien años después, todavía me reporta beneficios». Este empleo del presente inquieta o, al menos, confunde; y sin embargo es normal; P. L. Salvador no iba a escribir simplemente una historia a modo del XIX, por eso anuncia El enigma de la casa Munther, un libro escrito por un psiquiatra y publicado póstumamente. Este será El libro Segundo de nuestra novela.

A partir de aquí, Salvador va intercalando entre la adolescencia, la juventud y la madurez de Zora, el libro escrito por el psiquiatra Ralf Heller, donde relata cómo encontró a Robert Munther cuando era un niño, cómo lo ocultó de la marabunta que lo buscaba para matarlo y cómo dedicó su vida a estudiar las peculiaridades que este chico presentaba. Como otro capítulo-libro, P. L. también inserta la autobiografía novelada de Emilio Nerva, padre de Zora; al leerla, somos testigos del empeño de Emilio por ascender socialmente solo para estar a la altura de Celia Tumbler y ser merecedor de ella a ojos de sus padres que, como pertenecientes a una de las casas más reputadas de Valencia, no aprobaban la relación de su hija con un simple carnicero. Una verdadera historia de amor que revelará más de una sorpresa al lector y a través de la que podremos entender aún más la actitud de Zora y su condición.

Otro libro intercalado es el de Robert Munther. El tiempo va pasando en El diluvio anónimo, pero ahora volvemos a comienzos del XX, cuando una nave de los Laskloítas aterriza en Dehián, así bautizaron en su día a La Tierra, «idéntico en todos los aspectos a Laskloi». Nos enteramos entonces de cómo viven los laskloítas, de dónde vienen y cuáles son sus características actuales, «intercambio de energía […] esta facultad solo funciona al cien por cien entre ellos, siendo perjudicial para el resto de las especies conocidas».

La circunstancia de que Laskloi y La Tierra se parezcan es la que aprovecha Salvador para reflexionar sobre hacia dónde nos dirigimos, «tiempos de miserias e injusticias». Los laskloítas estudian mediante una tecnología avanzada, el comportamiento de los humanos en Washington, Curitibia, Traunstein, Segorbe y Shangái, y llegan a la conclusión de que en general falta espiritualidad, sobra egoísmo, miseria, violencia, soberbia e ignorancia, por lo que están seguros de que La Tierra va camino de una destrucción, tal y como ocurrió con su planeta en tiempos de sus antepasados. Como intuyen que hay gente buena, deciden dotar con sus poderes a unos pocos, nueve, que serán los encargados de ir trasladando los genes de manera exponencial. De esta forma nacen el mismo día de 1915, el barón Robert Munther y Zora Nerva, niños que dejan viudos a sus padres cuando tanto Anja Munther como Julia Tumbler mueren en el parto.

Zora Nerva y Robert Munther, a pesar de ser felices, no encuentran sentido a sus vidas. Están contentos por las familias numerosas que han conseguido pero se sienten tristes. Zora es consciente de lo que le falta. Robert no lo sabe. Todos, los protagonistas y los lectores, tendremos que llegar al último libro de El diluvio anónimo, Cien años, para estar seguros del destino de los personajes y de la única salida para el ser humano.

¿Es posible cuadrar en una historia romántica la ciencia ficción? ¿Es que en la actualidad hablar de amor es sinónimo de fantasía? ¿Se presta la literatura decimonónica a plantear un mundo imaginario? Esta novela contiene todas las respuestas, aunque en El diluvio anónimo no llueve, mucho menos diluvia pero, de forma anónima, va calando en los lectores, en todos; en ocho capítulos y algo más de cien años, tres historias se unifican; P. L. Salvador se consagra como uno de los mejores escritores actuales con una creación novedosa, aunque sin dejar de ser fiel a sus constantes: historias paralelas que confluyen al final (Neel Ram); la independencia forzada de los protagonistas con la consecuente búsqueda incansable de una familia verdadera, pues en las relaciones de consanguinidad predomina el amor-odio «Flora […] era a todos los efectos mi madre adoptiva. A mi madre biológica no la vi en todo el año. Y a mi padre y a mi hermano Eloy, tampoco»; el protagonista escritor (La prodigiosa fuga de Cesia); el problema editorial… Todas las características figuran en la novela en la que, en esta ocasión sin embargo, Salvador no aparece de manera evidente sino que se oculta tras los personajes.

El diluvio anónimo es una obra cuya adaptación al cine es perfectamente plausible. Extraterrestres, terrícolas de diferentes épocas y lugares encajan en un mundo cinematográfico donde los diálogos dejan a la vista las preocupaciones del creador, sobre todo, el dolor por la pérdida de los seres queridos y la revalorización del amor —en todas sus manifestaciones— como el único sentimiento capaz de mantener al hombre como ser humano a pesar de las transformaciones que sufra con el paso del tiempo.

Al analizar Nocturno de Calpe confesé conocer a Salvador a través de su obra literaria. Tras leer El diluvio anónimo una inmensa paz me ha inundado. No me cabe la menor duda de que un escritor que deja una estela de optimismo, alegría, felicidad, aun tras el dolor, el sufrimiento y la muerte, es una buena persona; alguien que para ser feliz solo exige (¡nada menos!) trabajar en lo que a uno le gusta y amar «¿Qué van a hacer una campesina y un hombre de letras? Y yo le replicaba: Amarse».

P. L. Salvador es un hombre de bien que se ha ido retratando en su obra con las pequeñas transformaciones que el paso del tiempo hace inevitables. En su última novela no aparece nominalmente como autor, como sucedía en Neel Ram pero su esencia está ahí, fuertemente anclada. El amor por la música de Celia, Zora y Robert es la pasión que Salvador demuestra con Prolýmbux. La búsqueda incansable del amor, de Zora, es la misma que ha llevado a cabo nuestro autor. La reflexión y la demanda de la justicia de Emilio son herencia de Salvador. La sencillez del mundo ficticio de El diluvio anónimo es una traslación del deseo de realidad de P. L., tomado a su vez del Libro Cuarto, Robert Munther, «viven en una zona llana, seca, poco poblada […] Les hemos habilitado un trozo de tierra colindante con el campo para que no se echen de menos […] Lo he construido tomando como patrón el hogar de los invitados».

Y, por supuesto, las ginoides de 2222 quedan reflejadas en los laskloítas, «Es una ginoide ataviada al estilo de Adela […] tan humana como la que más», para reivindicar una ética que el ser humano olvida constantemente.

Personalmente, como lectora, agradezco que existan editoriales independientes como Última línea, sin ellas sería muy difícil encontrar nuevos buenos escritores. No entiendo sin embargo, cómo las consideradas “mejores editoriales” rechazan buenas novelas y prefieren publicar otras de dudosa calidad solo porque sus autores ya están consagrados o simplemente son personajes conocidos. Yo no lo entiendo ni lo apoyo. Tampoco P. L. Salvador quien, una vez más, lo denuncia en su obra, «La novela no encajaba en su línea editorial».

Así pues, agradezco a Última línea que apueste por nuevas narrativas y agradezco a Salvador, al que considero un amigo por lo que descubro en sus novelas, que escriba.

martes, 16 de abril de 2024

PANZA DE BURRO

Cuando lo que rodea es un ambiente de pobreza absoluta, económica y moral; cuando el acceso a la educación está restringido; cuando la falta de higiene es lo habitual, los habitantes expresan diferentes deseos de escapar de ahí. O escapan de diferentes formas: Hay quienes deben ir al sur de la isla para trabajar, lo que implica no estar con la familia sino sacarla adelante como sea. Hay quienes huyen de la isla dejando a la familia desamparada. Y hay quienes deciden abandonar este mundo que les ha tocado en suerte porque no lo soportan más. El desaliento se ha apoderado de ellos.

Andrea Abreu escribe Panza de burro para denunciar esta situación.

Pocos libros habrá más implacables que esta novela. Y no es que en sus páginas haya un maltrato específico, bueno, lo hay, pero su autora no se ensaña; no le hace falta; la imaginación casi siempre es más poderosa que la certeza y está claro que cuando un niño no cumple las expectativas que sus mayores tienen puestas en él, como el macho que es, va a sufrir psicológica y físicamente no solo por causa de sus compañeros sino por la de sus propios progenitores «Era el abuelo de Juanito, que llevaba el cinturón en la mano […] Del miedo que me dio me entraron unas ganas de mear muy fuertes […] Nos soltamos. Los gritos de Juanito resonaban hasta más allá del cruce». Juanito, un amigo de la protagonista de Panza de burro, es maltratado por su abuelo por ser homosexual. Es una niña en el cuerpo de un niño y eso no se lo va a perdonar nadie de su entorno. La narradora protagonista lo sabe, por eso siente pena por él, incluso sabe que nada cambiará en el futuro, «De repente lo vi en mi cabeza ya de grande, trabajando en el Sur, en una cooperativa de tomates […] entristecido en medio de un montón de hombres riéndose de él y él […] como una viejita de ochenta años, como una mujer vieja».

Andrea Abreu nos recuerda a través de Juanito, de Juanita Banana, que el maltrato tiene consecuencias graves a largo plazo, y a corto; el ambiente en el que se mueven las protagonistas, Isora y la narradora sin nombre, no es el adecuado para unas niñas de diez años. No sabemos el nombre de esta niña, nadie la llama por él, solo su amiga Isora la denomina “Shit” y así se siente ella y así, descorazonados, nos sentimos los lectores al enterarnos. Lo tiene asumido. No es nadie sin Isora, más desarrollada físicamente y con problemas de autoestima que resuelve con ataques de bulimia y de autolesión.

Viven en el norte de Tenerife, un pueblo de montaña donde priman las desigualdades sociales y las situaciones de penuria «ni las casas rurales ni los hoteles en costrusión podían salvar a abuela de todas las deudas que le dejó abuelo antes de irse».

La familia de Shit es pobre, ella se cría con la abuela, porque sus padres trabajan de sol a sol para pagar las deudas que dejó el abuelo cuando las abandonó. No tienen oportunidades. Tampoco Juanito. Ni Isora, una niña criada también por su abuela y su tía desde que su madre se suicidó. Isora quisiera ser como su madre y, sobre todo, quisiera tenerla a su lado.

Los niños son pocos en el pueblo y van todos a una escuela unitaria. Hay pocas distracciones, por lo que los juegos sexuales comienzan pronto. Los niños casi viven en la calle, en pleno contacto con una naturaleza limitada que también les limita la infancia. Son niños acostumbrados a vivir entre los chismes y habladurías de una población envejecida, supersticiosa, machista y sin recursos. Viven en una realidad exótica para los turistas y dura con sus habitantes. Una naturaleza que, cuando se enfada, puede dejarlos, de nuevo, sin nada.

No hay expectativas de cambio, ni para los niños ni para los adultos, desfavorecidos y olvidados, sumisos y depresivos ante la situación que les ha tocado en suerte «Se me ocurrió que la tristeza de la gente del barrio eran las nubes, las nubes clavadas en la punta del cogote, en la parte más alta de la columna vertebral, a la hora de la novela».

A pesar de todo, es bueno leer esta novela. Andrea no solo nos despierta y nos muestra una realidad, que existe aún, en algunos casos para nuestra vergüenza como seres humanos; también nos regala un libro donde encontrar una serie de canarismos, algunos en desuso por su carácter vulgar, que son una joya, testimonio de tradición y cultura.

Predominan en los diálogos, las frases cortas, con muletillas, «Doña Carmen, usté hace sopa magi, la de sobre? […] No, miniña, por qué? Dice mi abuela que la sopa magi es sopa de putas. Ah miniña, pues no sé. Yo la sopa que hago la hago de las gallinas que yo tengo».

El vocabulario que emplean los personajes es reducido, con repeticiones y alteraciones en el orden sintáctico, colocando el tema al principio para destacar de qué se va a hablar, «De que no tuviera madre, de eso no tenía envidia, la verdad. De que no tuviera madre y de que la cuidaran la tía y la abuela no tenía envidia, la verdad».

Predomina el uso de refranes y frases populares en la conversación habitual «Cuando abuela veía un bebé […] Dios lo guarde y lo bendiga de los pies a la barriga».

Es usual la formación de palabras por contaminación, «planchas de duralita» o por medio de acronimia, «cintasiva».

Común el empleo de vocablos por asociación, «fogatera», «humasera» y de expresiones formadas por asimilación de términos «pa cas abuela».

Asimismo las vocales se debilitan por comodidad en el habla «la tualla» 

Es fácil encontrar casos de prótesis, «emprestó» o epéntesis, «amarisconado», «cirgüela».

También encontramos plurales vulgares mediante paragoge «no se mueve nadien» o metátesis «a mí ni me pernuncien».

En fin, los vulgarismos y canarismos son abundantes y extremos sin embargo la novela se entiende; los lectores participamos de las penalidades que a estos niños les brindan las familias, los vecinos, las redes sociales «isoritatuputita: Si K calor como el K tengo yo en el xoxito» e incluso la naturaleza. Todo se funde para ofrecerles una vida dolorosa y desesperanzada «…todo el mundo sabía que detrás de las nubes vivía un gigante de 3718 metros que podía pegarnos fuego si quería».

Una novela diferente, casi experimental, para meternos de lleno en la piel de los desfavorecidos.