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lunes, 27 de enero de 2020

EL SHOW DE LAS MARIONETAS



Es difícil superar a Michael Connelly como escritor de novela negra. Es complicado igualarlo, no solo porque su vena periodística late en cada historia sino por el simple hecho de que dos de sus protagonistas, Harry Bosch y el abogado Lincoln, han dado un salto a la pantalla para dejarse ver en sendas series televisivas. Ante estas expectativas, el británico M. W. Craven sale perdiendo (se espera demasiado de él, el listón lo tiene casi en el tope). En cuanto a la serie Luther, empezó siendo muy original, además contaba con Idris Elba como actor principal, uno de los hombres más guapos que han pasado por televisión, que junto a su personalidad carismática, atormentada, nos enganchaba desde el primer momento. Pero en la segunda temporada el argumento dio un giro progresivo hacia la violencia gratuita y el sadismo incisivo, al menos así lo viví yo, o no pude hacerlo, porque tuve que dejar de ver la serie. En fin, sensibilidad extrema —la llaman— para ciertos asuntos.

Así pues compré El show de las marionetas con cierto escepticismo (ya que las citadas eran las referencias que aparecían en la portada del libro). Incluso al comienzo de la lectura estuve a punto de cerrar la novela, demasiado cuerpo torturado para mi gusto, pero esta vez la recomendación venía de dos grandes lectores, Rosa Sanmartín y Hefesto, compañero de Babelio, la mejor página lectora de la red, por lo que las alabanzas y elogios debían tenerse en cuenta. Seguí, por lo tanto, adentrándome en sus páginas y llegó un momento en el que no podía parar de leer.

La novela tiene un enfoque sociopolítico en el que el ambiente sórdido queda reflejado de tal manera que, aunque al principio parece hiperrealista y exagerado, conforme se van argumentando hechos y modos de actuar, va apareciendo la sociedad real en toda su ruindad. Aun así, el protagonista, Washington Poe, engancha porque es un personaje literario. Está claro que M. W. Craven ha dibujado unos personajes que van a dar mucho que hablar porque están dotados de un perfil irresistible, que se va marcando más según van transcurriendo sucesos:

 Tilly Bradshaw es impetuosa, un genio de altísimo coeficiente intelectual que presenta déficit de asertividad y habilidades sociales

—Tilly, no tienes por qué levantar la mano. ¿Qué pasa?
—Yo no soy detective, Poe. Soy empleada de la Agencia Nacional del Crimen, pero no tengo capacidad de detener, como usted, el sargento Reid y la inspectora Stephanie Flynn
—Eh…, gracias por aclararlo, Tilly. Es bueno saberlo.

Washington Poe es el sargento indomable a quien no le importa transgredir las normas para imponer justicia «Mi jefa le diría que la diplomacia no es uno de mis fuertes».

Kylian Reid, el sargento de incidencias graves, es sagaz y competente, «Evidentemente no puedo decir si se aplica a la cuarta víctima: todavía no ha sido identificada».

Stephanie Flynn es la inspectora decidida y organizada a la que no le importa jugarse el puesto por apoyar a su equipo «acudí directamente a mi director para obtener un permiso rápido. Por suerte, él fue capaz de salvar un par de obstáculos y ahorrarnos varios días».

Y con este póker de ases da comienzo una de las tramas más inteligentes de la novela negra actual.

Una serie de personas con alto poder adquisitivo, y de diferentes ámbitos sociales van apareciendo asesinadas en algunos de los sesenta y tres crómlech situados en Cumbria. Las víctimas han sido torturadas, mutiladas y quemadas hasta hacer casi imposible la identificación. No hay un móvil aparente que pueda unirlos, excepto la edad que tienen, todos rondan los sesenta años. El asesino en serie solo deja una pista, el nombre del sargento Washington Poe grabado en el pecho de uno de los sacrificados, por lo que deben investigar en todos los estamentos antes de que continúe la cadena de horrores. Sin embargo todo terminará cuando lo decida el ejecutor.

Como dato a favor de este argumento, es justo señalar que conocemos al asesino bastante antes de terminar la novela, y esta información no hace sino añadir más intriga a la historia. Lo de menos es saber quién ha cometido los crímenes, esto es anecdótico, importa, sobre todo, el perfecto análisis social que se lleva a cabo. El relato está estructurado con una maestría inigualable; no hacen falta giros excesivos, todo va encajando a la perfección, con normalidad. El asesino puede explicar de manera impecable las causas que lo movieron a actuar de esta forma determinada, el porqué de todas las muertes que aparecen en El show de las marionetas. Y una vez interiorizadas, el lector está en condiciones de pensar en la integridad de los poderes económicos, policiales y eclesiásticos. La moral social, o amoralidad, queda al descubierto, y para ello nadie mejor que el protagonista; incluso el criminal lo tiene claro «Era para asegurarse de que vendríamos a por este Washington Poe».

El estilo es relajado, no hay demasiados sobresaltos a pesar de que el ritmo vertiginoso del final nos lleva a cambiar de punto de vista casi constantemente, pero el autor huye de cualquier artificio y busca, hasta el final, la naturalidad, la meditación, dejando al descubierto al verdadero Craven, o por lo menos mostrando su forma de comportarse en determinadas situaciones. No solo la personalidad de los protagonistas queda latente en el argumento, también advertimos al autor «A pesar de sus deseos, Poe no estaba dispuesto a dejarle morir. Tampoco estaba preparado para detenerle, pero en eso ya pensaría más tarde».

Creo que Craven posee un don capaz de hacer que la simplicidad brille con fuerza a través del componente estético. El trasfondo filosófico se ve reforzado, a veces, por ágiles diálogos que nos transportan al dramatismo de la obra teatral

—Esperemos, señor —dijo Poe
—¿No está convencido?
—Como usted mismo dice, señor, hay que escuchar lo que tenga que decir
—A pesar de nuestras diferencias, sé que, de no haber sido por usted, ahora mismo no lo tendríamos […]
—… lo único que he hecho es aportar un punto de vista distinto.

Asimismo el pensamiento profundo se consolida con la libertad del estilo festivo, en el que las expresiones más modestas se enlazan a la grandeza de sentimientos. Es la relación que se establece entre Poe y Tilly, tierna, irónica, humorística y sublime.

—… Y esta vez nos ponemos el mono de pensamiento lateral.
Bradshaw levantó rápidamente la mano.
—Lo decía en sentido figurado —dijo Poe sin perder comba.

Ha sido toda una experiencia leer El show de las marionetas, un torrente de sensaciones que han cubierto con éxito mis expectativas, así que espero con ganas la segunda entrega del sargento Poe.

martes, 21 de enero de 2020

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE PRIMAVERA



Está claro que vivimos rodeados de inmediatez. El modo de percibir el mundo se acerca bastante a los intereses de Hollywood; las nuevas tecnologías se exhiben ante nosotros de forma engañosa, haciéndonos creer que tenemos la riendas de todo para que podamos sentirnos fuertes, poderosos. Pero no lo somos. Apenas un descuido y el paso del tiempo nos acecha para mostrarnos, implacable, el desvanecimiento de los sueños. Cuando queremos darnos cuenta el nuevo siglo ya no lo es, han pasado dos décadas y nos sorprende porque no nos hemos percatado; los buenos momentos se han deslizado por nuestros dedos dejando un amargo sabor a incompleto. ¿Qué nos falta?

Parece que esta pregunta es la que se hace Sergio Hernández quien, a sus veinticinco años, ha sido capaz de entender dónde reside nuestro bienestar, nuestra seguridad, la verdadera fortaleza que nos define. Necesitamos poder mantener un diálogo interior con nosotros mismos, hacer un alto en ese camino vertiginoso y buscar las razones de nuestros actos, las causas y consecuencias que nos han llevado a ser lo que somos. ¿Para enderezar el trayecto recorrido? No. Simplemente para tomar conciencia de quiénes somos, para conocernos, «Pronto el tren alcanzó la velocidad máxima y en cuestión de segundos ambos se encontraron, irremediablemente, perdidos de nuevo».

En una era en la que el hombre ya ni siquiera mira imágenes, sino pantallas, Sergio Hernández lo coloca frente a otro para que se desnude y comprenda cómo es en realidad. Sólo así, con esa seguridad, será capaz de continuar el viaje o será libre para decidir que ha llegado al final, «Recordó entonces a Misato y sonrió, pensando que aquello era mucho mejor que terminar convertido en ceniza».

La idea estructural de La última canción de primavera es totalmente acertada. Son tres relatos diferentes, en los que dos personajes, conocidos o no, eso da lo mismo, se encuentran «Aquella última noche de invierno» y conversan hasta el amanecer. Lo de menos es si el contacto tiene lugar en la cama, una noria o la playa. Importa la capacidad de escuchar al otro y abrirse a uno mismo.

El nexo de unión entre los relatos es el lugar donde se desarrollan, Tokio, aunque es un nexo metafórico, pues podría ser Londres, Madrid o Nueva York. El autor coloca a sus personajes en el referente tecnológico actual, rodeados de adelantos, de comodidades, de gente, pero solos, rotos por diversas circunstancias. Un enamoramiento indebido que no ha permitido abrir el corazón a nadie más. Los abusos de alguien cercano que rompen la inocencia e instalan en quien los sufre el miedo y la tortura para siempre. Unas expectativas de vida en libertad que se cambian por la seguridad del confort. La traumática y pronta separación de alguien que nos quiere y nos protege, consiguiendo que seamos incapaces de buscar otros caminos de felicidad. La pretensión de buscar algo mejor fuera del entorno por no haber tenido la autoconfianza suficiente para encarar la vida, dependiendo de otros para ello.

Son situaciones tópicas, de nuestra sociedad actual que, sin embargo, se solucionan mediante un tratamiento ancestral, la comunicación.

Y si el espacio y las circunstancias pertenecen al presente individualista, están arropados por el objetivo socializador del jazz, el romanticismo del pop o la cadencia sugerente del rock, de ahí que resulte fácil identificarnos con alguno de los seis personajes de los relatos, «Allí podías escuchar a Talking Heads, Sonic Youth o The Cars, y eso conseguía distraerla durante horas». El título de cada historia, una vez más desde la Antigüedad, alude a lo importante de la narración, el ser humano y sus peculiaridades, Tatsumi & Fumiko, Amaya & Kano, Satoru & Misato.

El contacto que mantienen estas parejas a lo largo de toda una noche es suficiente para que analicen sus vidas desde otro punto de vista, para que cambien la concepción que poseían de ellos mismos. Diálogos largos, larguísimos, que mantienen uno frente a otro, como en un espejo, y que se confunden a veces con la voz del narrador, porque en realidad es la misma, la voz interior de cada uno de nosotros, necesaria para afrontar el ritmo frenético que nos hemos impuesto y poder cambiar aquello que no nos convence, «y el agua de los acuarios cambió ligeramente su sentido fluyendo en la dirección opuesta a la que segundos antes guiaba el ir y venir de las medusas. En ese momento las identidades de Satoru y Misato se diluyeron entre el agua y las luces».

Es interesante observar la madurez reflexiva de Sergio Hernández. Impacta su estilo sencillo cargado de un lirismo especial con el que ilumina constantemente la noche, «No sentimos la oscuridad, la ilusión ciega e incandescente», «Cada noche… solo podía ver las luces en círculos», «cierro los ojos e imagino», «la trompeta chillaba como un aullido solitario en mitad de la noche»…Y reconforta, que alguien tan joven esté convencido de la importancia de la comunicación y la reflexión para que el ser humano lo siga siendo. Creo que el autor es un espíritu romántico, un poeta que plasma, en La última canción de primavera, el valor de la comprensión humana de forma que el afligido pueda recobrar la esperanza «…cuando al fin consiguiesen recomponer su alma y cicatrizar todas las heridas que los subyugaban».

Y es apasionante que haya conocido a Sergio Hernández y sus relatos gracias a los consejos de un ciberamigo literario. Si alguien lee este blog, debe entrar inmediatamente en El yunque de Hefesto. Gracias, David.

domingo, 19 de enero de 2020

LA NOCHE DE LA USINA



Me alegro enormemente de haber leído este libro. No conocía al autor y no he visto la película. ¡Tengo que verla! La noche de la Usina es una novela trepidante, en todo momento el corazón cobra presencia, o está latiendo desbocado por la acción, por la expectación de ver qué ocurrirá después, o sereno, al ver reflejado en las páginas el concepto de amistad, o está encogido por las penurias de sus personajes, o exultante por las decisiones que toman ante la adversidad, o alegre, ante el humor con el que afrontan la vida.

No cabe duda de que Eduardo Sacheri escribe dejando en el ambiente un cúmulo de sensaciones que el lector capta desde la primera página. La estructura no es la de una novela al uso, dividida en cuatro actos más un prólogo y un epílogo, toma características del teatro y la narrativa. Los diálogos ágiles, incisivos, humorísticos, le aportan la presencia de la inmediatez, y la narración en presente, contribuye a crear la fugacidad que tiene todo momento actual, «Silvia le habla. Perlassi la mira, pero no entiende lo que le dice. Se acuerda una vez más de los billetes chicos. Los de Medina, de diez, de cinco y de uno. Y todo se vuelve negro y Silvia grita y Perlassi se desvanece contra la mesa». Y en realidad, a pesar de este constante presente, el tiempo discurre en la novela; desde que un grupo de humildes habitantes del pueblo de O’Connor, son desvalijados por el gerente de un banco, ayudado por uno de los mayores comerciantes de la ciudad, con motivo de la crisis económica de Argentina y el posterior “corralito”, hasta que recuperan su dinero pasan tres años y algunos sucesos. Muertes, enfados familiares, abandono temporal de los estudios…, nada impide a cinco ancianos y cuatro jóvenes llevar a cabo un plan heroico, fantástico, para salir de la miseria en la que se habían sumido y poner en marcha una cooperativa agrícola.

Genial la idea y genial el modo de llevarla a cabo. Sacheri ha hecho gala de una imaginación tremenda al proponer un proyecto logístico totalmente factible. Pero es una novela, es fantasía, y la naturaleza se alía con el grupo para favorecer los actos. La naturaleza, las casualidades y la bondad de la gente. En La noche de la Usina quien urde el plan es Perlassi, el dueño de un puesto de gasolina, venido a menos desde que Manzi y el gerente Alvarado, aprovechando la crisis bancaria, se quedan con su dinero, y Manzi coloca una gasolinera en toda regla al otro lado del pueblo. A Perlassi le encanta el cine, es capaz de ver repetidas veces una película que le gusta, y Audrey Hepburn es su ídolo. Así que basándose en Cómo robar un millón (How to Steal a Million, 1966) idea la forma de recuperar su dinero, y el de Fontana, Belaúnde, Medina, Lorgio, los hermanos López y Héctor Lorgio y Ricardo Perlassi, hijos de los dos protagonistas. Y así es como esta panda de justicieros consiguen, por supuesto, llevar a buen término su propósito.

Cualquier lector queda atrapado en el estilo de Sacheri, gran cantidad de pasajes humorísticos conviven con otros sentimentales, o críticos hacia una sociedad injusta, sin olvidar los tintes de novela de suspense. Los capítulos se dividen en apartados bastante cortos, en los que se van alternando espacios diferentes para que actúe cada personaje, con lo que se consigue plena sensación de simultaneidad; la acción global pasa ante nosotros sin dificultad, como si fuese una película.

Con gran habilidad, las acciones peligrosas, casi imposibles, son presentadas de forma emotiva y sencilla, dando la impresión de estar asistiendo a un juego de niños. El autor logra con ello una literatura engañosa pues al leerse con facilidad, la dificultad de la trama, pensada hasta el último detalle, pasa inadvertida. Las elipsis, gestos, frases sustantivas, acciones inacabadas, suposiciones, ocupan el lugar de prolijas descripciones, de extensas narraciones que no hacen falta al lector, pues ve con facilidad todo lo que ocurre,

Cuando llega al otro alambrado lo atraviesa, encorvado, entre el cuarto y quinto alambre. Pero antes guarda el arma en la cintura. Cuando se incorpora, al otro lado, vuelve a empuñarla
—Tipo cuidadoso este Manzi… —murmura Perlassi
—¿Por qué?
Perlassi niega y no responde

No sólo vemos lo que ocurre sino que también nos sentimos engañados, humillados y extorsionados; se instalan en nosotros las sensaciones de este grupo de perdedores. Por eso, se convierten en nuestros héroes más admirados cuando consiguen su propósito.

Los diálogos, en estilo directo, son insuperables pues, en la sencillez se ocultan los temores, obsesiones, valores y satisfacciones universales, a pesar de estar expresados con bastantes términos propios de Argentina:

—Me gusta verlo así —confiesa Perlassi
—¿Verlo cómo?
—Así. Con el culo lleno de preguntas

En ocasiones un personaje utiliza en el pensamiento la segunda persona, es un diálogo interior, del que extraemos, además de lo que piensa, la soledad en la que se desenvuelve en la vida cualquier avaricioso al ser incapaz de abrirse a nadie, ni siquiera a su familia «“Quedarnos” piensa Manzi. Seguro que estás nerviosísimo, la puta que te parió. Seguro que no dormís a la noche pensando en mi alarma, turro».

En realidad lo que predomina es el diálogo, en todas sus formas, pero a veces la digresión cumple su papel y nos pone al tanto de la fugacidad de la vida, de cómo cualquier cúmulo de casualidades puede dar al traste con planes preestablecidos. En las digresiones observamos una advertencia fundamental, que nuestro grupo lleva a cabo: vivir cada momento e intentar sacar el máximo partido a la vida.

En La noche de la Usina destacamos del argumento, ante todo, el valor de la amistad. Es un sentimiento que define, por sí mismo, a los personajes. Da igual el rencor instalado entre Lorgio y su hijo, el dolor y la impotencia de Perlassi, la furia de Fontana hacia la política, la falta de iniciativa de Belaúnde, la indecisión de Medina, la ignorancia de Rodrigo, la incultura o la ingenuidad de los hermanos López. Todas estas características quedan obviadas ante la fidelidad, el tesón y el compromiso.

Y, por supuesto, del estilo destacamos el humor inocente de algunos personajes, que junto al irónico o sarcástico de otros consiguen entretenernos hasta el último momento, cuando llega por fin el comienzo épico de la maniobra final con la que termina la novela «Fontana sonríe desde su cabina a oscuras. Antes de alejarse, y a través de su ventanilla, Perlassi le dedica, con el único objeto de burlarse de él, el saludo peronista».

lunes, 13 de enero de 2020

LA PARTE RECORDADA



El último libro de Rodrigo Fresán incluye casi toda su obra literaria. De vez en cuando Historia Argentina se asoma a la trama para que ni el lector, ni él mismo puedan olvidar un país que ha experimentado cambios constantes en su estructura o modo de vida aunque conserva la base de su identidad.

El último libro de Rodrigo Fresán es la tercera parte de una trilogía que, en la suma de sus títulos presenta todo lo que un escritor nos puede, o nos quiere, contar. He leído La parte recordada y su autor demuestra, a lo largo de casi ochocientas páginas, la importancia, la necesidad del recuerdo individual pues, aunque existe la memoria colectiva, indispensable para seguir caminando como sociedad, las evocaciones personales de nuestros recuerdos, soñados o inventados, son absolutamente necesarias para formar la personalidad.

Fresán no busca en la memoria verdades eternas, simplemente transcribe una verdad que relaciona los sentidos con la experiencia, aunque nunca sepamos si esa experiencia es fruto de lo sobrellevado o lo leído. De hecho, los sentidos nos aportan sentimientos cuando estamos ante una película, un libro, una pintura, una música… Todo evoca en nosotros diferentes sensaciones; unas van cambiando con el paso del tiempo, otras, las que no podemos olvidar, nos marcan de manera obsesiva, de ahí que las caídas desde un avión (o con él) aparezcan en todas sus variedades para que seamos conscientes de la oscuridad que puede albergar el hombre , de las conductas irracionales que nos definen. Para afianzar esta aserción utiliza una técnica compleja, casi surrealista, a veces incoherente, a veces lenta por tanta repetición, con términos antitéticos que se adivinan posibles, con oxímoron que refuerzan su propia confusión, con mezclas de idiomas, sobre todo español-inglés, que delatan las consecuencias de la globalización, con guiños a otras artes y otros autores que rubrican el caos que puede albergar nuestra mente.

No cabe duda de que esta técnica consigue, en ocasiones, una exasperante lectura; una vez creemos entender a quién está homenajeando o quién es objeto de reprobación, perdemos el hilo de la reflexión porque circulan al mismo tiempo la escritura obsoleta de Europa, los programas literarios sin substancia, el idioma ¿compartido? entre españoles y latinoamericanos, la amistad interesada entre escritores de ambos continentes, el poder de las editoriales, los premios cuyo principal valor es el económico, la condición inmortal de algunos escritores, «Y así hasta de nuevo —una vez por, por las décadas de las décadas, amén— volver a comulgar. Todos juntos, en ambas orillas, aullando bajo la carpa circense rebosante de fenómenos de feria, un “Gabba Gabba Hey! We accept you! We accept you! One of Us! One of Us” convertido en “¡Gabo Gabo Hey!”».

Pero al mismo tiempo que nos sentimos desbordados por la información, fruto de esta era vertiginosa, entendemos ese caos. Solo hay que saber estructurarlo e introducir los recuerdos relacionados con sueños e invenciones en habitaciones separadas, que sin embargo forman parte de ese palacio que preside nuestro cerebro. Sin él no seríamos nada. Y Fresán no sería escritor. «Y está tan cansado y se siente tan solo, it’s been a long, long, long time y cómo es que lo ha perdido a ese largo tiempo y ahora es hora de decir buenas noches, buenas noches a todos, todos y en todas partes, buenas noches […] The Beatles dijeron adiós a sus conciertos mientras que él vino a decirle hola a su desconcierto».

El protagonista de La parte recordada es el propio escritor que, a través de un narrador en tercera persona, se analiza como alguien incapaz de establecer lazos con su entorno, un exiliado que en ocasiones se siente culpable por no haber ayudado a sus padres, por haberlos vendido, por haberle ocultado algo horrible a su hermana, ingresada constantemente en sanatorios que no la curan, porque su problema son las lagunas que el sufrimiento ha dejado en su mente, y sin ella no se puede vivir. De ahí que esta hermana sea el símbolo de una de las injusticias sociales cometidas hacia los escritores, por eso su novela es también un guiño a la obra de Penélope Fitzgerald, escritora «normalmente rara» a la que admira y en cuyas novelas podemos observar capítulos que parecen irreconciliables con sus tramas, y coinciden en héroes ingenuos, catastróficos, masculinos. Por eso Fresán propone un Nobel justiciero entregado a protagonistas, como Ana Karenina (que definen al autor) o a escritores ficticios, como Cide Hamete Benengeli (que definen al real) o a mujeres escritoras, para acabar con el mundo masculino de la escritura.

El protagonista intenta escribir un libro donde poner en orden sus ideas, reflexiones que son inquietudes martirizadoras, como «El padre de Nabokov lanzado hacia arriba y apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana y contemplado por su pequeño hijo. El hombre subiendo y bajando, en un “pasmoso ejemplo de levitación”, una y otra vez, con las manos cruzadas sobre el pecho hasta que, de pronto, ya no estaba vivo y es un muerto».

Obsesiones reales que de forma magistral las une a experiencias literarias, para compararlas a la elipsis, algo que desaparece pero sabemos que está: «Pero, a su manera, el personaje de Drácula también es una especie de elipsis omnipresente en la novela Drácula»

En La parte recordada el eje de todas las reflexiones es el proceso de la escritura; el protagonista propone escribir novelas que no lo parezcan, novelas únicas, sin tradición, sin marcas, novelas que definan al propio autor, único; por eso «No quería ascendencias ni descendencias. Quería empezar y terminar en sí mismo».

El autor precisa o explica lo que ha pretendido con esta trilogía a través de su protagonista, quien, una vez analiza la población actual se percata de la deshumanización, provocada por la proliferación de críticos inmediatos sobre cualquier cosa de la que no entienden, la abundancia de gente sin opinión propia que vive en una sociedad sin sentido y sin futuro «en la que los aliens pacifistas y evolucionantes que habían dominado la Tierra se daban cuenta del pésimo negocio que habían hecho», y la importancia excesiva de los mass media que, junto a una invasión abrumadora de móviles, favorecen la pérdida de la percepción de la realidad.

Si podemos vivir sin advertir la existencia objetiva es porque cada uno tenemos la nuestra propia, formada por la multitud de presentes que vivimos, incluyendo los pasados que transformamos en presente al recordarlos, incluyendo los futuros soñados que vivimos en el presente. Y esto lo consigue Rodrigo Fresán, y nos lo dice, «su sueño se había cumplido: ya no había diferencia perceptible entre lo recordado con exactitud y lo exactamente creado […] Por fin y en principio, nada siendo todo».

Leer La parte recordada es como estar ante un tratado completo de escritura, literatura, música, cine y filosofía. Hay que leerlo despacio porque cada afirmación contiene, o no, un dato real que forma parte del sueño, del recuerdo o de la memoria, y hay que buscarlo, investigarlo por si acaso, Esto es lo que pide Fresán al lector:

  7) Debe tener imaginación
  8) Debe tener memoria
  9) Debe tener un diccionario
10) Debe tener sentido artístico

En realidad está definiendo al lector ideal, y quien propone este tipo de lector es, sin duda, el autor modelo, el autor completo, maduro, capaz de manejar el lenguaje de forma que refleje los momentos vividos, un lenguaje que nunca podrá ser desbancado por imágenes «los emojis “alteraban el cerebro de sus usuarios” porque éstos nunca estaban del todo seguros de sus significados y de si eran “irónicos o sinceros” en sus expresiones». Un lenguaje que será testigo de cómo el paso del tiempo consigue que no recordemos quiénes éramos o si lo hacemos, no lleguemos a reconocernos, por eso predominan las paradojas, las ambigüedades, los oxímoron, los antónimos, los neologismos que descolocan al lector que está ante un escritor o netxcritor o excritor que cuenta, hace unos minutos eternos, algo merecedor de Nasaplausos, salido de su mente demente. Y hay que disfrutarlo mientras dure. Como a las Pringles, porque lo más triste es no darnos cuenta de cuándo una persona, un país, ha perdido su identidad para formar parte de la igualación global sin percatarse de la implosión mediática, sin ser consciente de que las ventajas no son iguales para todos.

«…un avión grande que los devolvió al parque de desatracciones que era su casa. Y así Penélope y él dejaron los mundos del ayer y del mañana y regresaron al mundo de hoy, de entonces».

El autor-protagonista aparece como individuo que razona, que piensa una y otra vez en lo ocurrido, analiza las causas de todo para tener opinión propia, una identidad afianzada que no tenga que asirse a la política ni al compromiso único, porque el tiempo va pasando y hace que cambiemos de opinión si no queremos «depender: de su agente, de su editorial, de la crítica, de la gran masa lectora». Una vez que deja de lado las ataduras, sin importarle el qué dirán, reflexiona sobre todo lo ocurrido en esta sociedad global, aun sabiendo que proliferarán los detractores, para retirarse a «Abracadabra, a Monte Karma […] Allá va ahora para dejar de ir a cualquier otra parte». Y, afortunadamente, allí será él quien rija su propia realidad.