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domingo, 29 de septiembre de 2019

TUS PASOS EN LA ESCALERA



No sé definir exactamente cómo es la última novela de Antonio Muñoz Molina. En una entrevista que le hicieron, el periodista apunta la posibilidad (o afirma) de que sea una novela de suspense, misterio… Creo que el autor ni lo confirma ni lo desmiente, yo no la catalogaría así; no le encuentro el misterio. Tampoco me he quedado enganchada en ningún momento para ver qué ocurrirá después, y puede que algo enigmático planee de fondo, pero es tal la dosis de cansancio que produce, en general, la lectura, que elimina cualquier rastro de intriga.

En ocasiones me he dejado llevar por la impaciencia de acabar, no por curiosidad, pues el final se ve venir, sino por aburrimiento; al ir pasando las páginas, una sensación de déjà vu se apodera incesantemente del lector. Llega un momento en el que parece que, por fin, la trama dará un giro, el ánimo se instala de nuevo en nosotros hasta que nos convencemos de estar ante un espejismo, nada afectará al desarrollo de la trama. En esos momentos empatizamos del todo con Luria, la perra del protagonista, y somos capaces de sentir el agobio, la ansiedad de tener que convivir con un loco.

El comienzo de Tus pasos en la escalera vaticina el final o, mejor aún, resume en una oración todo el argumento, «Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo». Pues sí, eso es todo. Porque Bruno no hace otra cosa que encerrarse en su casa de Lisboa a esperar a Cecilia y, mientras llega, proyecta obsesivamente el reencuentro y el futuro. Sin embargo desde el principio sabemos que no existe un futuro para ellos porque Bruno ve en realidad un pasado. Es incapaz de planear algo diferente, él seguirá leyendo en su sillón libros antiguos, Cecilia seguirá investigando el cerebro en un laboratorio idéntico al de Nueva York, la casa de Lisboa conseguirá ser un calco a la que tenían al lado del río Hudson. Su vida se limitará a tener preparado en todo momento lo que necesita Cecilia. Y como Cecilia aún no ha llegado, los momentos futuros se desarrollan en su imaginación. El pensamiento de Bruno es el que va de un lado a otro, maquinando actividades, situaciones, conversaciones hasta el punto de que llega a obsesionarse en una soledad que lo atrapa y lo destruye. Él vive para Cecilia, no tiene aspiraciones, ni opiniones, en su mente siempre está presente, «Dice Cecilia», «Cecilia dice», «Cecilia puede»…

No es una novela de misterio, es una novela intimista en la que predomina la prosa poética para ofrecernos, a través de recursos basados en la repetición, el punto de vista que el protagonista tiene de la realidad «Vimos en una esquina […] Vimos una mujer […] Vimos un gato […] Vimos el letrero». Pero es la percepción de alguien desequilibrado, por lo que nos deja ver una distopía, una sociedad indeseable que late en lo más profundo del ser humano, la antonimia de la soledad aun estando rodeados de gente «Portugal era un país en quiebra. Lisboa era una ciudad de belleza y de pesadumbre, de magnificencia y de ruina, de basuras sin recoger y casas vacías»; gente que se va desfigurando en favor de los sentimientos, las emociones son las que adquieren protagonismo por el efecto de las sinestesias «yo tocaba el miedo de Cecilia en la palma de su mano que apretaba la mía». Sin embargo la insensibilidad del hombre moderno y la incompatibilidad de la ciencia con cualquier rasgo afectivo, lo llevan irremediablemente al autoengaño. Las obsesiones de Bruno se van haciendo más constantes e insoportables hasta conseguir que su sufrimiento deje de pertenecerle exclusivamente y se instale en la colectividad; el lector es capaz de sentir la angustia que el ser humano ha de pagar por vivir en una sociedad progresista, «El frío del trato humano del laboratorio es casi equivalente al de los frigoríficos en los que se conservan los cerebros congelados de las ratas. […] El mono me mira con una expresión de rencor y de tedio».

En la mente perturbada de Bruno los pensamientos destructivos martillean constantemente, las torturas a las que Cecilia sometía a las ratas del laboratorio, las hecatombes naturales, los aniquilamientos producidos por el hombre, los accidentes, los exterminios en masa, la desaparición lenta de las personas que, como él, son incapaces de situarse en un espacio y tiempo definidos o dejan de distinguir lo habitual de lo nuevo «Mi padre […] lo llevamos a un neurólogo al que conocía Cecilia […] y le recetó que escribiera un diario».

Para el lector que sigue los pasos del protagonista, el pasado no es real, pertenece a la imaginación desde que se introduce en un presente incierto «la luz de la mañana había borrado cualquier rastro del vértigo de la noche anterior, ahora tan insustancial como…», y un futuro improbable «Me esforzaba en vano por calcular mi edad». Bruno está solo y vive una irrealidad, se mueve en una alucinación más o menos continua que adopta formas concretas y permite, a su mente, actuar con naturalidad subjetiva «hablo en pasado: pero los lugares no dejan de existir porque uno ya no los vea». El futuro se mezcla con el presente en el pasado de su mente.

La narración atormenta al lector como la presencia de Cecilia mortifica el pensamiento del protagonista. Aparecen numerosas digresiones sobre cuestiones relacionadas con la medida del tiempo, percepciones espaciales subjetivas, interpretaciones peculiares de sucesos, el tiempo interior, descripciones de lugares reales o inventados con un punto opresivo en común; pareceres que recalcan lo que no pudo ser ralentizan la lectura. El lector queda sumido en la mente del protagonista para seguir dando vueltas a lo mismo, no hay escapatoria posible a la destrucción «existen el presente y el pasado, pero no el porvenir». De esta forma la lectura se nos presenta como su vida, monótona, obsesiva con el no futuro, con la imposibilidad de cambio, con el determinismo al que vamos abocados.

Y alguien que no cuenta con el ímpetu necesario para salir del pozo profundo que le dicta su cerebro tiene que dejarse guiar por otra persona sin la cual está perdido; la presencia de Cecilia es fundamental en la narración. Ella es la que dirige los actos del protagonista, él no importa realmente «Estoy como si no estuviera»; por eso todos los personajes tienen nombre, Cecilia, el amigo Max, la criada Cándida, el trabajador Alexis, el doctor Luria, compañero de Cecilia, la perra Luria…, todos se presentan cercanos, concretos, excepto el protagonista de quien no sabemos su nombre hasta que, al final, aparece una vez, cuando (en su mente) lo nombra Cecilia para decirle que todo ha terminado entre ellos. Efectivamente, Bruno dejó de ser Bruno cuando los fantasmas de su mente empezaron a ocupar la realidad impidiéndole actuar en ella y dejándolo solo. Al no sentirse respaldado por Cecilia, optó por obviar el espacio tangible para poder vivir en lo que le acompañaba una y otra vez, el pensamiento. Bruno anhela un calco de su vida anterior, intenta reconstruir un pasado en su presente y eso, como todos sabemos, es imposible.

lunes, 23 de septiembre de 2019

SI VOLVIESEN SUS MAJESTADES



La primera vez que leí Si volviesen sus majestades me reí, mucho en determinados momentos, y sobre todo me admiré de la capacidad de Ignacio Padilla para mezclar un lenguaje expresado a la manera del siglo XVII, incluso algunas palabras lo recuerdan: «escuro», «conoscencia», «vuestra merced», un contenido casi futurista, y términos que hacen referencia a nuestra época; así, es fácil que convivan en un reino virtual «el rapaz», el «boticario» y los «trenes eléctricos».

La novela de Padilla tiene una estructura casi redonda; comienza en el presente del protagonista narrador quien, mediante analepsis y digresiones recuerda su infancia; a través de un pasaje epistolar conoce su genealogía, predice el futuro utilizando una prolepsis, retoma el presente, que ratifica a la perfección la maldición de la que es objeto durante toda su vida y la convierte en futuro inmediato. Porque el protagonista está maldito. ¿Cómo me he reído entonces? Aquí reside la maestría del autor, pues consigue, como sólo los grandes de la literatura lo han hecho, jugar con el lenguaje de tal forma que mediante ironías, absurdos e imágenes surrealistas se exponga la realidad más cruel y nos toque en lo más profundo.

Pues, una vez leída, tuve la impresión de que me había perdido algo, por lo que la releí buscando palabras que no entendía, abundan arcaísmos y mexicanismos, comparando declaraciones con las de otros autores, hasta llegar a la conclusión de que es una obra maestra. Cualquier tema relacionado con la libertad, la culpa, la soledad, la destrucción, bien en el mundo real, bien en el proceso de la escritura o en diferentes teorías filosóficas y literarias, está tratado. He conseguido realizar un estudio amplio que, obviamente, no voy a incluir aquí. Y no sé cuál será su lugar. Probablemente lo conserve como homenaje personal a este Crack de la literatura que, en diciembre de 2016 no pudo reunirse en México con los otros cuatro creadores del Manifiesto, para leer el Postmanifiesto, porque murió en agosto a consecuencia de un accidente.

Todas las características que los creadores del Crack mexicano pensaron que debía tener la literatura están reflejadas en Si volviesen sus majestades. La estructura es caótica, comienza por el séptimo borrador que un senescal, que lleva 300 años en un Reino desierto esperando a que vuelvan sus majestades, realiza para dejar constancia de lo que ocurrió. Humorísticamente, los seis días anteriores había realizado otros seis borradores, finalmente, con el séptimo pretende descansar pues considera terminada su obra.

Pero el reino también está habitado por el bufón y éste le recomienda que escriba cosas intrascendentes, ya que a nadie le interesa la verdad. Por ello el senescal, que considera su vida como algo insignificante, decide trasladarla al papel. Terminado el Libro Primero, se lo da a leer al bufón quien lo rechaza por no estar escrito «comme il faut» sino de forma aleatoria, sin sentido y lleno de contenidos que parecen imaginarios; se ha de escribir lo ilusorio de tal manera que parezca real, es decir, una mentira verosímil.

El senescal comienza el Segundo Libro y, enfadado con el bufón, decide que cuando lo acabe se lo dará cerrado para que lo lleve a Kalifornia, sin que pueda leerlo, y lo conviertan en una película. Pero el bufón quiere enterarse de lo que pone, pelean por quedarse con lo escrito y lo rompen. Cuando el bufón lee los retazos sueltos que caen en sus manos, se burla nuevamente porque, asegura, nada de las afirmaciones hechas sobre su vida son ciertas. El senescal pretende encontrar la verdad en la Biblioteca, pero sólo queda un Diccionario de esperanto para idiotas, lengua en la que estaba escrita la carta que le dejó su madre traducida por Pagrafino el Loco, en donde le explicaba su estirpe y la maldición que acecha desde que el bisabuelo perdió el esquerlón de panolina. Decide entonces traducir él mismo la carta, se da cuenta de que ha vivido engañado y opta por finalizar El año de las Tormentas para dar comienzo al año del Olvido, por lo que se va a ver la televisión, hasta que se queda dormido y, en sueños, se le aparece el doctor da Volpi quien le asegura que sin él, el mundo habría sido mejor, un lugar donde hubiese reinado la felicidad. El bufón lo despierta y le resta importancia al sueño aconsejándole que lo olvide porque, le advierte, un sueño no forma parte de la realidad. El senescal da entonces comienzo al año de los Sueños. Al soñar las penas, podrían olvidarse. El bufón, para celebrarlo, le prepara una fiesta virtual en la que aparecen todos los habitantes del reino. El senescal está feliz, hasta que entra un gigante que, al tocarlo, grita de terror antes de desmayarse. El senescal cree que es el Enemigo, quien robó el esquerlón de panolina causando su desgracia; enfurecido, obliga al bufón a torturarlo hasta que confiese dónde lo puso. El bufón lo mata y él mata al bufón porque le confiesa que todo lo ha hecho por él, siempre lo ha amado; ni la reina, ni nadie tuvieron el menor rastro de cariño hacia él. Enfadado, lo golpea y el bufón, antes de morir le revela que el gigante era el Autor quien le dijo, mientras expiraba a causa de la tortura, que el nombre del senescal sería para toda la eternidad, Caos.

Pues este es el resumen de la novela, ya ordenado y sin mencionar las matanzas del reino imaginado, reflejo de la realidad, las distracciones de la nobleza, donde nos enteramos de cuestiones sobre la creación del mundo por ordenador, la desgracia de su vida sin un ápice de ternura o cariño, la tristeza de su juventud en soledad… Parece increíble que 183 páginas abarquen todo esto pero lo hacen. Los temas son muchos, los recursos, innumerables y la intertextualidad con los monstruos de la literatura o del cine salpican todas las páginas.

Podemos destacar el surrealismo de numerosas imágenes que se insertan en la mente desequilibrada del senescal «aquí flota una silla, allá el reloj camina de costado, acullá una naranja se deshace como una estrella que estalla», la forma acompaña al contenido pues la aliteración de la palatal sonora /ll/ intensifica la explosión de lo que la rodea, preparándonos para la propia destrucción.

El absurdo que emana de estas percepciones se impregna, en ocasiones, de la ciencia ficción, donde encontramos un punto de ironía al reflejar algunos de los objetivos científicos, «para hacerse un hijo como él quería: fuerte como un robillón, grande como un titán, sabio como su padre, aguerrido como su abuelo, pertinaz como ambos […] Todas estas virtudes […] de gentes, fueran vivas o muertas, fuera de grado o por fuerza, y al cabo las mezcló y las cultivó en una botella».

El absurdo se transforma en teorías filosóficas, como la de las ideas de Platón; por eso, independientemente de la materia existe la verdad, que es la idea perfecta de las cosas. Esa verdad, para el senescal era «Kalifornia, donde sólo sufren los Extras, los Amigos duran siempre, no envejecen las Doncellas ni se despeinan los Héroes». Asimismo el eterno retorno, de Nietzsche, es lo que envuelve toda la novela, puesto que el protagonista sufre las mismas pesadillas, y el mismo desprecio que sufrieron sus antepasados; incluso él mismo conocerá «la pena de morir no una, pero infinito número de muertes».

La destrucción del mundo, la autodestrucción del ser humano son conceptos implicados en la existencia, no existe el libre albedrío, estamos predeterminados a la nada, porque vivimos en un mundo caótico, injusto, en el que abundan las guerras, los abusos de aquellos que lo tienen todo y no saben qué hacer para motivarse, pues este mundo, como el creado por el senescal en su libro, no es perfecto, así que una y otra vez se destruye para volver a ser creado, «el universo mundo había sido escrito en un ordenador desde el principio mismo de los tiempos. […] una infinita cantidad de archivos, memorias, leyes y programas, a cual más discreto, aunque no del todo perfectos, como luego se verá».

En este universo absurdo y profundo de Si volviesen sus majestades, aparece la realidad social, mediante la extinción metafórica del Reino, de la matanza del 68 en México, y la realidad literaria, al recordarnos la estructura del Quijote, la cadencia poética y la metafísica de Quevedo, el homenaje a la literatura y las falsas apariencias de En busca del tiempo perdido, la imaginación desatada en la escritura de Santa Teresa, y Lewis Carroll, o los coetáneos de Padilla, Igoriano de Nihlsburgo y su gran amigo Jorge Volpi.

Así pues, si la novela no tiene una estructura totalmente redonda pues termina un poco después de cuando empieza, está perfectamente cerrada para mortificar sin piedad a su protagonista, y al ser humano a través del lector, con un tiempo circular. Todo vuelve porque pretendemos eliminar la culpa olvidando los errores.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

EL LADRÓN DE MERIENDAS



Como no hay dos sin tres, aquí está El ladrón de meriendas, título divertido para una novela cuyo trasfondo es bastante trágico, aunque nuestro comisario se lance a él de manera optimista.

Está claro que Camilleri no escribe una novela policíaca al uso, el humor no escapa a su pluma, incluso para reflejar verdaderas desgracias; la sonrisa aparece en nuestro gesto cuando empezamos a leer y una paz beatífica nos envuelve hasta el final; porque Salvo Montalbano tiene la cualidad de saber sobrellevar con entusiasmo y decisión cualquier situación adversa, aun en el caso de ser muy adversa, como ocurre en este episodio.

Algo muy curioso es que el protagonista sigue evolucionando; su forma de ser desprendida, justa y volcada en el más necesitado se afianza en El ladrón de meriendas. También su sensibilidad, al igual que sus celos infundados.

La técnica de aludir a otras entregas es habitual en Andrea Camilleri, así que en ésta aparece de nuevo el profesor Rahman, «Montalbano lo había conocido un año atrás, cuando estaba investigando el caso que más adelante se conocería como el del “perro de terracota”».

Asimismo el humor es constante:

·      Para certificar la poca paciencia de Salvo ante la ineficacia de Catarella quien, incapaz de comunicar lo importante en el momento oportuno, siempre empieza con rodeos inútiles; así, cuando aparece un muerto en el ascensor, Catarella entra alteradísimo en el despacho anunciando:

Acaban de telefonear ahora mismo y hay uno que está en el ascensor.
El tintero de bronce delicadamente labrado pasó rozando la frente de Catarella.

·      Para describir al muerto, «elegantemente vestido con corbata incluida, era un distinguido sesentón con los ojos abiertos y la mirada perpleja».

·      Para describir a los vecinos del difunto mediante hipérboles: «había un elefante, un hombre de proporciones gigantescas».

·      Para describir a la mujer madura: «no hay ninguna mujer siciliana de cualquier clase social, aristócrata o plebeya que, cumplidos los cincuenta, no se espere siempre lo peor. ¿Qué tipo de peor? Cualquiera, pero siempre lo peor».

·      Y sobre todo para regocijarse en los diálogos, con los que juega asombrosamente con el lenguaje

—Pásese por la comisaría esta tarde…
—No puedo
—Entonces mañana
—Mañana tampoco. Soy paralítica

Indudablemente lo políticamente correcto no abunda –eran otros tiempos–. Lo que sí prolifera es la crítica sociopolítica. Camilleri no pasa una: Nos enteramos, por las noticias del periódico, de que «La pequeña maniobra económica que el gobierno había aprobado […] subirían algunos precios […] el paro en el sur había alcanzado unas cifras que era mejor no revelar […] después de la huelga fiscal, habían decidido echar a la calle a los prefectos […] Treinta jóvenes […] habían violado a una muchacha etíope, el pueblo los defendía […] Un chiquillo de ocho años se había ahorcado. Detenidos tres camellos de doce años. Un veinteañero se había saltado la tapa de los sesos jugando a la ruleta rusa».

Reconozco que la cita es un poco larga, pero merece la pena para darnos cuenta de que el panorama sociopolítico de la Italia de final de siglo se asemeja al de principio del XXI en Polonia según vimos en El caso Telak y, lo gracioso es que ha cambiado poco, si acaso en algunos aspecto ha ido a peor en toda Europa (España incluida y encabezando determinadas cuestiones). Esto da para un largo debate pero aquí no tiene lugar. Aquí nos atenemos a la crítica que Camilleri lanzó a su gobierno basándose en noticias reales, y a la que elabora en su novela a través de diferentes acciones. Nos choca la forma de aleccionar antes a los chavales, no hace tanto, comparada con la de ahora. Si hoy un niño nos echa agua en la cara con su pistolita, es impensable que su mamá le quite la pistola (por miedo al posible trauma) o que seamos nosotros los que se la quitemos y lo mojemos a él (por miedo a las represalias de la mamá), sin embargo esto le ocurrió a Montalbano y «Como primera medida, la señora abofeteó con fuerza a su hijo, cogió la pistola que el comisario había dejado caer al suelo y la arrojó por la ventana. —¡Se acabó la historia».

Después de reírnos ante la situación, reflexionamos sobre lo mucho que ha cambiado la educación. Y nos reímos menos ante la corrupción encubierta, sabida por todos y sobre la que nadie mueve un dedo, «De las cartas que tardan dos meses en ir de Vigàta a Vigàta, de los paquetes que me llegan reventados y con sólo la mitad de su contenido […] Eres una mierda que se reviste de dignidad para tapar esta cloaca». Puede que esto no ocurra hoy en Correos, pero la situación nos suena en otras entidades y por otros motivos.

Y no nos reímos nada cuando caemos en la cuenta de que los gobiernos de los países desarrollados siguen implicados en el tráfico de armas sin el menor escrúpulo hacia los países en vías de desarrollo.

Uno de nuestros hombres que, de vez en cuando, comprobaba qué tal iban las cosas.
—Y, de paso, se tiraba a Kalima
—Son cosas que ocurren

Está claro que Camilleri no temía decir la verdad y éste ha sido su sello en la colección de Montalbano, pero en El ladrón de meriendas hay algo que marca la diferencia: Livia aparece mucho más, por eso la conocemos mejor y también a Salvo, quien ha dejado constancia de ser un hombre bueno, recto, justo, amante de la comida y del ambiente tranquilo, aunque como pareja deje mucho que desear. Es celoso aun sin motivo alguno, fruto de la concepción que se tenía del hombre y de la mujer en el siglo XX. El caso es que él es quien lleva las riendas en la relación, o eso pretende, de ahí que Livia se enfrente y le diga las cosas claras «a veces no soporto tu hipocresía tan bien camuflada. Tu cinismo es más auténtico».

El final de la novela constituye un giro sorprendente. No revelo nada. Hay que leerlo, y continuar la serie para ver si se cumple o no lo prometido.

Por unas cosas o por otras no podemos dejar de leer a Montalbano.

sábado, 7 de septiembre de 2019

EL CASO TELAK



Después de leer esta novela, y otras como ésta, me da más miedo esta sociedad avanzada en la que vivimos. Asusta pensar que cualquier extorsión, daño más o menos grave o crimen incluso pueden quedar ocultos en una nube a la que nadie tiene acceso, porque quienes lo tienen son los causantes y son intocables; mueven los hilos de los demás mortales a su antojo. Me asusta y, sobre todo, me indigna. El mundo no es igual para todos.

Constatado este hecho vamos a demostrar otro: El caso Telak no es una novela negra al uso; expone sin tapujos y con deliciosa ironía, en la recopilación de noticias extraídas de un diario de Varsovia, los titulares destacados cada mañana en lo que podríamos llamar el introito del capítulo.

El papa Benedicto XVI vuelve a expresar la oposición de la Iglesia a los matrimonios homosexuales, al aborto y a la ingeniería genética […] cada cierto tiempo debe de aparecer en la Tierra un superdepredador, una verdadera máquina de matar, que ponga orden en el planeta […] La policía municipal empieza a patrullar por la Ciudad Vieja en vehículos eléctricos tipos coche de golf, causando aún más risas que de costumbre.

Una manera bastante curiosa, que también utilizará en La mitad de la verdad, de acotar el tiempo ocurrido desde que se comete un crimen hasta su resolución. Cuarenta y tres días ha necesitado el fiscal Teodor Szacki para descubrir al asesino de Henryk Telak. El problema es que ha averiguado mucho más.

La narrativa mantiene una línea clara, ágil, coloquial, con un lenguaje en el que los tacos se emplean —como en la vida real— para mostrar confianza, camaradería, amistad o para ofender. Podemos encontrar diálogos irónicos entre Szacki y su amigo Oleg, el policía indispensable que lo ayuda constantemente con todo lo que le propone.

—Camélate a alguna agente que te las escriba…
—Vale, pero me invitas a un café
—Ten compasión, hombre, que soy funcionario del Estado, no policía de carreteras…
—Me pagas un café y no se hable más
—Eres un ruso sarnoso

El sarcasmo en las conversaciones puede resultar divertido a pesar de hacer referencia a situaciones verdaderamente trágicas; es lo que ocurre con los forenses cuando deben oír decretos que a la vista de todo el mundo van en contra de cualquier lógica

—¿Ha sido usted quien ha pedido que comprobemos si el fallecido se clavó él mismo el asador en el ojo?
Piedad, pensó Szacki, un patólogo graciosillo no, por favor.

A pesar de la fiereza sugerida: un potentado empresario aparece muerto una mañana de domingo mientras pasaba, con un grupo de personas, un fin de semana desarrollando la teoría psicológica de las constelaciones. Su muerte es violenta pues lo encuentran tirado en el suelo del pasillo con un asador que, clavado en el ojo, le atraviesa el cráneo hasta salir por la nuca, la narración de la investigación del crimen no es desagradable.

Los compañeros de terapia de Telak son, en principio, gente normal y el psicólogo es un reputado terapeuta, por lo que la situación resulta del todo inquietante.

En El caso Telak hay misterio; desde el principio de la novela aparece una figura masculina, sin nombre, que preocupa porque es, sin duda, quien decide qué va a pasar y a quién. Seguro en su reducto de poder, es el que mueve ficha, dejando a los personajes convencidos de que actúan libremente cuando en realidad sabe de antemano qué va a ocurrir con cada uno. De esta forma “el director”, así es nombrado, frío, calculador, sin escrúpulos, controla lo que le interesa para que todo marche en Varsovia según sus planes. Para que este trasfondo consiga que el ambiente, la acción y quienes la realizan sean creíbles, y mantengan la atención del lector donde le conviene al autor es imprescindible que los diálogos sean chispeantes, no necesariamente humorísticos, aunque los hay, pero sí ingeniosos, así como también es preciso un planteamiento de la panorámica social, conseguido al yuxtaponer otros casos de los que debe encargarse la fiscalía, que le aportan al lector un conocimiento real del estado de la sociedad, «(Szacki) había intentado calcular la semana anterior cuántos casos tenía. Le salieron ciento once […] las relaciones entre la fiscalía y los tribunales iban a peor […] la jefa de Szacki había ido a la audiencia regional a pedir que se fijara cuanto antes una fecha para el conocido caso de las violaciones múltiples […] y había sido abroncada […] Lo peor era cuando afectaba a las sentencias».

Zygmunt Miłoszewski consigue no sólo misterio en esta novela. El suspense está servido, con Telak y todos los que lo rodean, incluido Szacki; pero es una intriga reposada, sin sobresaltos, aunque no dejemos de preguntarnos quién quiso matarlo, por qué, cuándo, quién es el presidente de la empresa que administraba sus bienes, qué relación tenía con él…

—Bueno, parece que con Henryk no va a haber problemas, ¿no?
—Creo que no debemos preocuparnos —contestó el otro—. Szacki iba a redactar hoy el plan de la investigación […]
—¿Cuándo lo recibiremos?
—Esta noche […]
—Perfecto […] le gustaba que todo a su alrededor sucediera de forma previsible e ideal

La ironía, el sarcasmo, el humor del narrador y de los protagonistas se mezclan con el asombro del lector, que va impacientándose con más celeridad, si cabe, que el propio fiscal, pues hasta el final no intuimos el desenlace. Todo se enreda como en una teoría de constelaciones, similar a la que abre el caso. Magistral.

Sin embargo un simple recurso, como la anáfora, que abre hechos con total austeridad, sirve para recalcar la regularidad del infierno vivido por las personas maltratadas, torturadas. Son casos que el fiscal debe investigar y calificar para dejarlos en la oficina; son casos que recuerdan el trabajo ingente y poco valorado de algunas profesiones al servicio de la comunidad, «…La mujer tenía treinta y cinco años pero parecía tener cuarenta y cinco… Más tarde Szacki se enteraría de que cinco años atrás su marido le había roto ese brazo… Después de cinco golpes la articulación quedó hecha trizas […] Más tarde se enteraría de que dos años antes su esposo se la había roto con una tabla de cocina […] Mas tarde el fiscal se enteraría de que el año anterior su marido le había puesto la plancha en la oreja […] Más tarde se enteraría de que su historial en el centro de salud era tan grueso como una guía de teléfonos…». Espeluznante. Sirva este apartado del capítulo como solidaridad con todas las víctimas de la violencia de sexo y como denuncia a los gobiernos que aún las permiten o encubren de alguna manera.

Y mientras los maltratadores campan a sus anchas, la mafia se siente invencible, ¿lo es?, y los sinvergüenzas también. La vida sigue en la Varsovia de El caso Telak, para la gente común, con los mismos problemas y penalidades que en cualquier otro sitio: el día a día monótono que acumula penalidades, fantasías con aquello que no nos pertenece, elucubraciones sobre qué pasaría al conseguirlo… todo bajo la óptica fresca de Zygmunt Miłoszewski, quien, a pesar de esforzarse para mostrarnos melancólico a su protagonista, y conseguirlo, nos quedamos con su chispa, con los sinsabores de alguien normal que trabaja bien, a pesar de que apenas llega a fin de mes, y es incapaz de aceptar un soborno bastante suculento.

A lo largo de las páginas vamos construyendo el retrato de este funcionario apasionado de la ropa, del orden, la limpieza, la buena apariencia, «El fiscal Teodor Szacki llegó puntual. Con un traje color plata diluida, erguido, seguro de sí mismo». Es un hombre atractivo, y lo sabe, con la crisis de los cuarenta mucho antes de cumplirlos, probablemente por haberse comprometido muy joven con la que hoy es su mujer. Un hombre que echa en falta, según él, haber vivido más en la adolescencia y juventud «Su edad, su esposa, su hija, de repente todo aquello le pareció una sentencia, una enfermedad incurable».

El protagonista es ingenioso, irónico con aquéllos que no aceptan su ritmo de trabajo «¿Va a continuar usted o tengo que llamar a la oficina y pedir dos días libres?», y bastante duro consigo mismo, puede que por el ambiente en el que se mueve. Por eso no se permite, ni un extra en los gastos, ni un quiebro en sus hábitos «se alegró de que aún le quedaran dos cigarros ese día», ni un desahogo en sus lecturas «A él le gustaban los tíos duros como Lehane o Chandler, a ella más los escritores que jugaban con el género, como Leon o Camilleri» (¡no podía faltar como referente de la novela europea!).

Por eso no puede engañar al estado. Por eso no se atreve a engañar a su mujer aunque su matrimonio se tambalee. En realidad lo que está desequilibrado es todo lo que rodea a Szacki; además la pareja no sabe mantener la chispa del principio, como su propio día a día ha devenido en rutina. Puede que, en la próxima entrega, nuestro fiscal se decida a retomar su verdadero amor o romper del todo. Lo veremos.

En cualquier caso lo importante e impactante es el rigor logrado por Miłoszewski. El sentido del humor —en todas sus facetas— consigue una lectura total, entretenida, denunciante con agilidad del hastío democrático y reflejo de la crisis personal por la que es tan fácil transcurrir.