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lunes, 10 de noviembre de 2025

LA CAPITANA

Empecé a leer Progenie con algo de aprensión por la temática, cruda sin duda alguna, pero la narrativa de Susana Martín Gijón consiguió que leyera la trilogía completa. La autora no escatima en escenas que pueden dañar sensibilidades, pero lo hace con una afectividad tan personal que es imposible dejar de leer para luego replantearnos muchas ideas.

No había oído nada de La Capitana excepto que era novela histórica y la protagonista, monja. Ninguna de las dos premisas son “santo de mi devoción” pero en este caso no estuve indecisa: “Es de Susana”. Además, el contexto en el que se desarrolla, el Siglo de Oro, es uno de mis preferidos en el conjunto de la historia. Así que empecé a leer con el corazón encogido y poco a poco se fue expandiendo para entender a una protagonista que refleja fielmente a su personaje histórico. Sor Ana de Jesús, continuadora de santa Teresa de Jesús, constituyó una pieza clave en la empresa carmelita. Su buen amigo, san Juan de la Cruz, tiene también un papel fundamental en la novela. Y curiosamente, algo que hace de La Capitana una novela excepcional, es que Martín Gijón ha elegido a Juan Latino como otro coprotagonista, así mismo esencial en la resolución del caso. Y es llamativo aunque está en la línea de la autora, pues sus novelas ensalzan figuras que, pese a los condicionamientos y adversidades, han sabido brillar, tal es el caso de este afroeuropeo, el primero en distinguirse por su inteligencia a pesar del color de su piel. Estimado y respetado, pasó de esclavo a catedrático de la Universidad de Granada; sus diálogos en La Capitana, plagados de latinismos, lo confirman, sobre todo cuando se las ve con sor Ana de Jesús:


—Ipso facto —bromea ella—. Así le despaché.

—In situ —sigue él.

—Lo peor es que lo hice ex profeso.

Los personajes son reales, basados en la realidad, pues hay otros como la adorable Samira, que representan a un pueblo forzado a huir, sometido y humillado por la Iglesia católica. Son retazos históricos, presentes en todo momento y de los que no escarmentamos con el paso del tiempo. Algunos continúan sintiéndose superiores, con derecho sobre otros.

Susana Martín Gijón no defrauda, todo lo contrario. En La Capitana combina el thriller con una ambientación histórica perfecta. No nos cuesta trabajo introducirnos de lleno, como si fuésemos espectadores de esa realidad tan cruel históricamente como brillante en la literatura. La poesía de san Juan de la Cruz ilumina alguna página de argumento intrincado que se va aclarando con el paso de los capítulos. Aunque se desarrolla en 1585, todo comienza quince años antes, lo que da lugar a que al monasterio de las monjas carmelitas descalzas lleguen los cadáveres de dos frailes carmelitas, desnudos, con la cara deformada por pústulas y el miembro viril enhiesto. Sor Ana de Jesús, priora del convento, teme por la fama de este y su disolución. Fray Juan de la Cruz, amigo de sor Ana y prior de los padres muertos, ayuda a la resolución del caso, que también supone una afrenta para ellos.

La trama se va complicando con la muerte de una novicia de clase social elevada y la consecuente intromisión de la Inquisición. Profecías que se van cumpliendo, revueltas pasadas y enredos de la alta sociedad irán enrevesando una historia que desemboca en un final trepidante. Es una lectura adictiva. Los capítulos cortos ayudan al ritmo, que no decae en ningún momento. Como va cambiando de focalizaciones, nos llevamos más de una sorpresa. Con las analepsis y prolepsis temporales entendemos mejor el presente, tras desvelar ciertos misterios que envuelven la trama.

Los personajes históricos son tratados con respeto y cariño, esto hace que nos interesemos más por el Siglo de Oro, por la literatura e incluso por las órdenes religiosas, tan opuestas a los altos mandatarios eclesiásticos, a las tropelías de la justicia y de la Inquisición, siempre atacando a los más desfavorecidos, a los más débiles: en La Capitana, los moriscos y mujeres en general, «No importó que el pueblo entero le pidiera que detuviese su tropelía: el verdugo la estranguló mientras el feto se retorcía en su vientre. El alcalde vio así cumplida una venganza personal con el padre de la víctima».

De ahí que, refugiarse en un convento fuese una salida más que aceptable para la mujer cuando no quería someterse a los desafueros de los hombres. Pocas opciones tenían, preparadas para el matrimonio desde niñas; sus vidas estaban privadas de libertad para estudiar, trabajar o independizarse. No eran dueñas de nada. 

La autora sevillana vuelve a insistir en la querella social y en el homenaje a la mujer, denunciando la violencia machista y ensalzando el valor femenino. Empatizamos desde el primer momento con las protagonistas, aun siendo tan diferentes. La fuerza de voluntad de Ana de Jesús consigue sacar adelante el convento a pesar de vivir de la caridad. El resto de monjas supone un cuadro de aquellas mujeres de la época para las que no había otra salida. Pocas sentían la llamada de Dios, antes primaba la soledad, la humillación por ser diferente, física o fisiológicamente, la negación a ser dominadas por un hombre violento, la falta de recursos económicos familiares… La solución para todas era el convento, pero todas tienen la conciencia de ser mujer y eso es lo que las salva. Susana Martín apenas se detiene en personajes como Amal; con un par de trazos es representante de la ilusión de tantas niñas antes de ser servidoras de sus maridos, la decepción posterior y el miedo ante su nueva realidad. Son todas protagonistas de La Capitana, mujeres destinadas a plegarse a las exigencias sociales y familiares y, como Kala, enfocadas a proteger y amar. También hay hombres; unos, poderosos representantes del dolor constante; otros, respetados por su labor social a pesar de sus orígenes y algunos buenos que confían en un mundo mejor aunque ya solo lo esperen fuera de este.

Nuestra autora se ha sumergido en el Siglo de Oro y lo ha hecho tan bien que nos ha arrastrado con ella. Y somos también, con ella, defensores del trabajo de la mujer, en aquella época y en esta.

Entre tanta tensión relajan el argumento ciertos toques de humor con los que los personajes se definen.

—¿De dónde venís? —le espeta, olvidando todo protocolo.

—Estaba dando una vuelta por ahí.

—¿Por ahí? ¿Queréis decir dentro del convento?

Él asiente como si fuera la cosa más normal del mundo y sor Ana contiene las ganas de vocearle que cómo se atreve […] la mira con una sonrisa tan agradable que cuesta ponerlo en su sitio.

Y entre tanta tensión, nos relaja el ser testigos de la belleza de Granada, de la que fueron responsables en gran medida, los musulmanes, «La original Puerta del Molino, de fábrica nazarí, se llama ahora igual que la calle y que el monasterio cercano, otra joya arquitectónica de lo que algunos ya empiezan a considerar un renacimiento de las artes».

Susana Martín Gijón vuelve a dar una vuelta de tuerca a la novela negra, ahora con novela histórica tan fiel a la realidad que bien podría ser parte de una crónica del siglo XVI. Y si Camino Vargas nació con un papel diferente en lo habitual de la novela negra, sor Ana de Jesús es otra heroína distinta de nuestra literatura actual, fiel reflejo de su personalidad real. Seguimos, con esta autora sevillana, renegando de algunos seres humanos y manteniendo la esperanza en que prime la actitud de otros.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

PLANETA

La última novela que he leído es interesante, ágil, escabrosa más por lo sugerido que por lo detallado, con lo cual se puede seguir fácilmente, aunque alguna sorpresa haga renegar del ser humano o al menos cuestionar su humanidad. «…impactada por el contraste entre la fama del chico y lo poco que se prestan sus admiradores a soltar la guita […] El individualismo imperante no perdona».

La reflexión sobre nuestra capacidad para conservarnos y conservar está presente en el argumento de Planeta, la tercera entrega de la inspectora Camino Vargas, creo que una policía indispensable de la novela negra española. No sé cómo se las ingeniará Susana Martín Gijón, pero la saga de Vargas debería continuar.

En esta ocasión, una vez que aún no han cubierto el puesto de la jubilada Teresa, ocupado temporalmente por Evita, en Especie, caso en el que murió asesinada, que Águedo se encuentra de baja con una pierna rota, y que Fito debe ocuparse de graves problemas familiares en los que se ven envueltos su madre, su hermano, su pareja e incluso su suegro, los sucesos que asolan Sevilla tienen desbordado a un equipo de homicidios diezmado. Lupe Quintana y Pascual Molina serán pues, elementos clave en Planeta. Por eso, a pesar de que Camino está conviviendo por fin felizmente con su amor de toda la vida, Paco, ha de posponer las vacaciones programadas para enfrentarse a otra serie de horrores, de los que se creían libres. Los animalistas no han dejado de actuar. Es más, Camino y la comisaria Ángela Mora están en contacto con la policía de Italia y Estados Unidos pues definitivamente el asunto se ha hecho universal, «Tarda unos segundos en reconocer a Taylor, su enlace en Nueva York».

El planeta está en peligro. Los hombres lo están llevando a la quiebra y ahora hay toda una red de defensores que quieren castigar de manera ejemplar a la raza humana para que, por fin, sea consciente de las barbaridades cometidas. El problema es que nada que tenga que ver con el fanatismo puede considerarse ni advertencia ni ejemplo, solo locura, terror y más destrucción.

Los asesinos, no les daremos otro nombre, aprovechan las fuertes lluvias que están asolando Sevilla durante días para idear un plan que llevará a la capital andaluza al apocalipsis. El planteamiento es incómodo, no cabe duda; la denuncia social es patente, también la de la actuación política. Susana Martín llama al compromiso con lo que nos rodea, con lo que es nuestro y, por dejadez, por avaricia lo estamos destrozando. Por supuesto, los primeros a quienes pasa factura cualquier despropósito, son los más necesitados. La autora lo sabe y nos lo hace saber a todos.

El estilo tampoco nos deja indiferentes. La narración hace gala de un lenguaje directo, cargado de expresiones populares, términos usuales del andaluz, «malaje», que se mezclan con ironías y sarcasmos que aun en los momentos más duros nos sacan una sonrisa


—¿A un pescador furtivo? […]

—Y ha aparecido muerto en el tanque de los tiburones. Se lo han zampado […]

—Eso sí es justicia poética

Es este un libro que obliga a reflexionar, con la propia Camino, en el caso Especie y en el que, dos años atrás, dio lugar a las primeras acciones de lo que se consideró un asesino en serie hasta que salió a la luz el caso Progenie relacionado con el maltrato animal.


—¿Te refieres a…?

—El hombre cerdo, el hombre pato y el hombre pulpo. Fueron ellos.

Ahora, en Planeta, «Tiene razón inspectora. No son animalistas. Son ambientalistas».

Los personajes aparecidos en las entregas anteriores continúan en contacto con la inspectora Vargas, por lo que, a pesar de no haberlas leído, podemos intuir lo sucedido. Pero en esta ocasión, las vidas privadas de todos cobran mayor protagonismo, así los lectores somos testigos de cómo la vida no es un camino de rosas para ninguno de ellos: Camino y Paco deberán acostumbrarse a convivir en una realidad, no en el cuento de hadas imaginado al comienzo de una relación. Lupe continúa planteándose si merece la pena seguir en un matrimonio que, de puro rutinario, la asfixia. Fito nos mostrará la valentía y la honradez necesarias para salir, y mantenerse fuera, de un barrio marginado en el que la droga y la delincuencia son un modo de vida; su pareja, Susi, será fundamental en su estabilidad. Y veremos a Pascual, feliz al comprobar que su hija adolescente se siente orgullosa de él. Son datos familiares que consiguen que estos personajes nos sean imprescindibles. Asimismo, la italiana Bárbara Volpe, a pesar de un cáncer de huesos que la está minando, será fundamental en la resolución.

No cabe duda de que Martín Gijón ha sabido aunar la labor policíaca del conjunto con la existencia ordinaria de cada figura en una trama negrísima, que saca lo peor del ser humano. Somos vulnerables, está claro, pero los personajes de Planeta son capaces de convertirse en héroes en un momento, haciendo que no todo esté perdido y que merezca la pena habitar este mundo.

El narrador va cambiando el punto de vista, por eso a veces da la impresión de ser omnisciente «Al pronunciar esas palabras comprende en toda su magnitud lo que eso conlleva. Ni ella está dentro de una de sus pesadillas…», otras veces parece no saber más de lo que ve, por lo que se convierte en testigo «Tiene los ojos cerrados y ni tan siquiera parece haberla oído. Es como si hubiera entrado en un estado inerme…». En ocasiones, a pesar de usar la tercera persona, el narrador no es sino un personaje exponiéndose a sí mismo sus reflexiones, como en un monólogo interior en el que intercala la segunda persona: «Pero a su Dios nada de eso parece importarle. No hay más que ver cómo ha dejado morir a su suegra, qué barbaridad […] En esta vida solo cuenta el maldito dinero […] y nos lo quitas todo, coile, nos lo quitas todo».

Y por supuesto la trama, donde se van intercalando las pesquisas llevadas a cabo en Italia con las de Sevilla, consigue aumentar nuestra curiosidad. Los capítulos cortos, con finales impactantes, incrementan la tensión que, por momentos, se relaja con vocablos informales, «Al Matasanos se le ha acabado la paciencia […] —Pero sacadme este fiambre de aquí, YA».

Los pretendidos eufemismos dejan de serlo cuando la interpretación que hacemos de ellos deja de ser ambigua, entre otras razones porque el propio narrador los reemplaza por el término correcto, «El local es íntimo y acogedor, que viene a ser lo mismo que minúsculo pero dicho con más márketing». De ahí que los personajes, en especial la protagonista, se decidan a menudo por usar directamente tacos para que su irritación quede de manifiesto, «—A tomar por culo».

Las expresiones propias del lenguaje coloquial, vulgar a veces, tienen, paradójicamente, tintes positivos en la novela. Son disfemismos que aportan a la escritura de Martín Gijón grandes dosis de realismo y a la lectura, cierto humor necesario para relajar la tensión. Por supuesto, hay que leer la trilogía.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

ESPECIE

Creo que el maltrato se está convirtiendo en algo usual en la sociedad actual. El hombre ha creído estar por encima de cualquier otro género de seres vivos que pueble el planeta, por eso algunas especies se han extinguido, las hemos aniquilado; otras, no, gracias a que asociaciones para la defensa de los animales, y del planeta, han dado la voz de alarma. Focas, visones, ballenas… gozan hoy de protección aunque haya quien siga empeñado en obtener beneficios económicos o de otra índole, a costa de burlar las leyes.

No solo los animales, también sufrimos el maltrato a la mujer y al menor. Siempre a los más débiles. El más fuerte, el más alto, el de mayor envergadura, el de menor capacidad mental (curioso) es quien se permite abusar de quien no le obedece o, simplemente, de quien tiene a mano para descargar sobre él su ira. No hace mucho los habitantes de un pueblo de Zamora fueron noticia (algunos) por matar a perdigonazos a los gatos que se encontraban. Otra de las noticias que da escalofríos es que pandillas de adolescentes (cada vez con más frecuencia) agreden a niñas de su entorno, a sus propias compañeras de colegio.

Es aterrador. Por eso mientras leía Especie he sentido una impotencia tremenda.

Susana Martín Gijón se centra en la actualidad y repasa algunas de las muertes que, de forma natural, infligimos a los animales sin pensar en el dolor, en la angustia que pueden sufrir. O sí, pero se toman como un mal menor, como desastres colaterales para que la raza humana viva un poco mejor. Y no escatimamos a la hora de matarlos: con la fuerza, con ayuda tecnológica, química o incluso con la asistencia de otros animales adiestrados para un fin determinado.

Después de leer Especie creo que Martín Gijón lo tiene muy claro y aprovecha toda la crueldad que aparece en sus páginas para denunciar ciertas actividades que, aun hoy, están permitidas. Es un comportamiento sádico, cruel, hecho público por muchos e incluso comparado con verdaderos genocidios «Desde el premio Nobel Isaac Bashevis Singer, judío, por cierto, hasta Marguerite Yourcernar, o más recientemente, Franz-Olivier Giesbert o Charles Patterson, que publicó un libro titulado Eternal Treblinka: Nuestro trato a los animales y el Holocausto, en el que muestra el paralelismo entre la explotación y matanza de los animales en la actualidad y el Holocausto nazi».

Una de las consecuencias de este maltrato es que el límite entre hacerlo a un animal y a una persona no existe. Susana Martín Gijón lo sabe y lo demuestra en una trama que lleva de cabeza a todo el departamento de la Policía Judicial de Sevilla. Y como no podía ser de otra forma, la inspectora Camino Vargas se enfrenta a un sádico que no deja pistas pero se ha empeñado en acabar con quienes han dañado en algún momento a alguna especie animal. El problema es múltiple, ¿Por dónde buscar? ¿Qué empresas no utilizan a animales para su beneficio?

El equipo de Vargas se pone en marcha, no hay efectivos para cubrir toda Sevilla, así que se verán ayudados por Paco Arenas que, a pesar de encontrarse aún de baja, tras el coma que superó en Progenie, no puede dejar sola a Camino, su gran amor «Camino se ha acostumbrado a contarle las decisiones a Paco y dejar que le dé su opinión». Todos son sospechosos, los animalistas y los depredadores de animales. El giro que da la trama, muy al final de la novela, nos tendrá en vilo hasta terminar la lectura, cuando nos demos cuenta de que, en realidad, las matanzas dirigidas a cualquier especie solo traen dolor, rencor y locura.

Los personajes han cambiado, no solo el inspector Arenas aparece, también la comisaria Ángeles Mora se implica en el caso como otra más del equipo, para ayudar en el campo de acción, y la novata Eva Gallego que junto a su novio, un abogado animalista, tendrán un papel fundamental en el caso.

Por otro lado, Pascual Molina desvela su lado más humano que nos enternece del todo en su relación con Camino «Él la mira con cara de pasmo. Le parece inconcebible que la gran jefa del Grupo de Homicidios lleve el teléfono silenciado y solo lo revise cuando se acuerda. Pero se cuida muy bien de decirlo porque es la jefa y porque no le iba a hacer ni puñetero caso».

La forense Micaela Velasco continúa trabajando entre cadáveres a pesar de su estado de gestación «a todo el operativo allí trasladado le llegan con una claridad meridiana las arcadas de la forense. Ha vuelto a vomitar».

Y gracias a los veganos animalistas reflexionamos sobre expresiones cotidianas a las que no damos importancia pero que, curiosamente, denostan a mujeres, hombres y animales comparados: víbora (mujer mala), foca (mujer gorda), más puta que las gallinas (que son forzadas a criar para aumentar la producción), hacer de conejillo de indias, poner toda la carne en el asador, matar dos pájaros de un tiro

La autora, no desaprovecha la ocasión para recordarnos el papel que aún desempeñan algunos hombres en nuestra sociedad, para vergüenza de todos, «el hombre mira a Pascual, un policía grande y fornido, con bigote de los de antes. Ese sí le inspira confianza y no la rubia regordeta que no le llama ni de usted».

En fin, cualquier personaje es bueno para denunciar determinadas actuaciones, crueldad física, crueldad psicológica, machismo, corporativismo, incluso las prácticas sadomasoquistas le sirven a la autora para evidenciar situaciones que, aun siendo normales para unos, pueden desembocar en malentendidos.

Susana Martín Gijón no se anda por las ramas. La novela tiene 460 páginas y en ningún momento se hace pesada. Puede que los capítulos cortos ayuden. Puede que cuando el narrador deja paso a la voz de las víctimas (personas o animales) también fomente la lectura. Puede que ir uniendo los pasos que dan en la investigación a los sentimientos personales, también sea efectivo. Puede que, presentarnos un equipo humano, que comete errores, que disfruta de los momentos de ayuda entre ellos, que exterioriza la rabia hacia determinados actos de los compañeros, que antepone en alguna ocasión la vida personal a la laboral, llegue a conformar situaciones que dan pie a los lectores para reflexionar, para opinar, para enfadarnos o alegrarnos con ellos y por ellos.

Son personajes cercanos, tremendamente reales y eso contribuye a generar empatía en el lector, que en un momento determinado se ve superado por las circunstancias. Los cadáveres se multiplican y traspasan las fronteras.

Nos encontramos ante uno de los problemas de la globalización. El ritmo es frenético. En pocos días deben resolver el asunto porque hay muchas vidas en juego. El estilo es directo, las expresiones coloquiales de Camino contrastan con las más cultas y técnicas de los animalistas o los científicos. Todo tiene su lugar y su momento, el humor, la ironía, el sarcasmo y el dolor. La autora no tiene problemas con la escritura desafiante, directa, apoyándose en unos personajes diferentes por separado y que forman un grupo de trabajo excelente. El argumento es fabuloso, original y la trama, vibrante.

En ocasiones he estado tentada de saltarme alguna línea, por la dureza contenida, pero no lo he hecho porque es bueno saber dónde vivimos y hasta dónde podemos llegar; es bueno pensar si debemos cambiar algo nuestra forma de vivir. Estamos recibiendo muchas llamadas de atención: el cambio climático es, probablemente, la consecuencia de cómo se mueve el hombre en su entorno y con quienes tiene a su alrededor. Nos queda la certeza, tras leer Especie, de que las muertes de animales ya están pasando factura a todos los habitantes del planeta, incluidos los humanos.

sábado, 3 de junio de 2023

PROGENIE

He leído una novela negra que me ha gustado por varias razones. Puede que la principal sea que la mujer tiene un papel bastante diferente al asignado en las novelas negras tradicionales. Hace tiempo que descubrimos a una mujer capaz de abandonar el papel de víctima y acogerse al de policía o eludir a la mujer fatal, usual en el género, para adoptar el de “normalita”. Pero Progenie sigue los pasos marcados por su título y la mujer se erige en personaje absoluto. En Progenie hay víctimas, mujeres que no son tan inocentes como cabría esperar o como daban a entender en el entorno en el que se desenvolvían; el equipo policial no está compuesto sólo de mujeres pero sí lo son la inspectora jefe, la comisaria, la forense, la policía más antigua y la novata; todo un plantel en el que podemos ver diferentes prioridades, diferentes causas por las que han elegido el trabajo y diferentes formas de entender la felicidad. Entre los personajes secundarios también encontramos alguna mujer que destaca por su inteligencia, incluso Nerea, guapa, despampanante, se aparta del cliché de secretaria algo limitada intelectualmente para todo lo que no sea su trabajo y aparece como una chica culta y capaz de tratar temas de diversas índoles.

Susana Martín Gijón ha dado una vuelta de tuerca a la mujer del siglo XXI y ha puesto el dedo en la llaga con Progenie. Las víctimas son mujeres, en principio poco sociables, con pocas relaciones sociales. Las víctimas han sufrido una muerte violenta, aparentemente sin motivación; no ha habido robo ni violación. Los asesinatos no siguen ritual alguno, sin embargo, todas las mujeres asesinadas aparecen con un objeto inquietante: 

Soledad Cabezas, recepcionista de la clínica Santa Felicitas, especializada en técnicas de reproducción asistida, donde trabajaba desde hacía dieciocho meses, desde que se había trasladado a Sevilla a vivir con su expareja, después de dejar a su padre en Madrid. «Me contó que se venía aquí a vivir con él. Así, por las buenas. Que habían hablado mucho sobre su relación y querían intentarlo […] Me enfadé tanto que dejé de hablarle […] Que se estaba cavando su tumba y que no contara conmigo».

Soledad aparece atropellada en la noche, con un chupete en la boca.

Lola Cuadrado, escritora de novelas. Sin pareja, entregada exclusivamente a su trabajo «Y Lola no tenía hijos ni sobrinos ni nada por el estilo […] —¿Ni un ex con el que pudiera haber vuelto? —No. Por lo menos desde […] hace más de diez años».

A Lola le abren la cabeza con su trofeo literario y le ponen un babero al cuello.

María de la Concepción Arjona, apuñalada en el abdomen y tirada en la fuente de un parque junto a unos patitos de goma.

Las tres mujeres, de edades diferentes, estaban embarazadas en el momento del crimen, incluso María Concepción, de 54 años. Las tres se han quedado embarazadas gracias a la clínica Felicitas, por lo que su directora, Natalia Matute, está desolada, cree que puede ser obra de «retrógrados que no se han enterado de que las mujeres tenemos tanto derecho como ellos a hacer lo que nos dé la gana».

También Camino, la inspectora, está soltera y ha dejado de pensar en traer hijos al mundo, algo que nunca le ha atraído y menos ahora, con 44 años.

Por el contrario, Lupe, la más joven del equipo, debe enfrentarse a su hijo casi adolescente y a un marido en el paro con sueños de escritor. Lupe debe luchar con la conciliación familiar esperando que la traten en serio y dejen de relegar su trabajo al papeleo.

Y, finalmente encontramos a Teresa, a punto de jubilarse, con hijos y nietos, feliz de su papel como ama de casa y cuidadora, y feliz de no haber deseado adquirir más responsabilidades en el trabajo para poder dedicarse a su familia.

Mujeres que realmente han debido elegir entre el trabajo (y las aspiraciones) y la maternidad. Mujeres que, como la forense, cuando se han visto instaladas social y laboralmente, se les ha hecho tarde para engendrar un hijo y deben pasar por la tortura física y psicológica que supone la fecundación médica «Micaela la mira desde el fondo de unos ojos acuosos, tratando de contener la rabia […] —Era un embarazo gemelar».

Otras, que han decidido no engendrarlo, y deben pasar por la culpa personal o social a la que serán sometidas, «No quiere un hijo ni dos ni tres, como no quiere un marido ni un gato ni un perro. Quiere su tiempo para ella, quiere ser buena en su trabajo […] quiere pasar por la existencia disfrutando en lo que pueda […] ¿Es mucho pedir?».

En cualquier caso son situaciones que el hombre no ha conocido, por lo que es difícil que todos sean capaces de entenderlo.

Susana Martín da cuenta con este argumento tan actual, de la sociedad española; el poder que da el dinero y el afán por controlar de quienes poseen un razonamiento asocial y egoísta. El grupo de sospechosos estaría en esta situación. El grupo de víctimas es el resultado de las dificultades con las que se encuentra hoy cualquier mujer, siempre apremiada a lo largo de los siglos por el reloj biológico y hoy, además, capaz de desmentir el instinto maternal. El grupo de policías es bastante resultón formado por mujeres y hombres diferentes, unos con más corazón que aspiraciones, pero todos capaces de realizar un impecable trabajo.

Si el tema de la maternidad es el principal, no debemos obviar otro, presente como fondo, la fertilidad como negocio. No todo en este mundo son buenas intenciones. Asimismo, hay trazos de violencia de género, no olvidemos que las huellas mentales, a diferencia de las físicas, apenas se borran con el tiempo.

El suspense de Progenie está desde el comienzo, en el que Soraya y Mª Jesús se dirigen felices a empezar su futuro, pero esta narración queda interrumpida por el dolor del padre de Soledad al enterarse de la muerte de su hija. Soraya y Mª Jesús irrumpirán de vez en cuando en el relato, con una letra en cursiva que las diferencia del resto de personajes, para generar una expectación creciente en el lector.

La lectura es fácil pues, a la personalidad diferente y atractiva de todas las mujeres, la autora añade una sugerente intriga que conseguirá hacer desaparecer a los sospechosos, por falta de motivos y por la manifestación de un secreto que saca a la luz el antiguo inspector. Con este personaje y este enigma la historia termina de enriquecerse y la estructura de la novela queda perfectamente encuadrada en cuatro partes y cuatro víctimas.