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martes, 7 de julio de 2026

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR

Cuando hablamos de amor podemos estar refiriéndonos a engaño, a hartazgo, de la pareja o de la propia vida, a alcoholismo y sexo o imitación, a odio y violencia… No es necesario explicar en profundidad situaciones, no son imprescindibles copiosas descripciones para tener la certeza de que algo no va bien: «Baila conmigo —le dijo la chica al chico, y luego al hombre; y cuando vio que el hombre se levantaba, avanzó hacia él con los brazos abiertos».

Basta la repetición de un término que iguala oraciones y la insistencia de una palabra, para enfatizar la idea que se quiere destacar.

Basta con que no se diga nada para decirlo todo. Leemos a Raymond Carver en una tensión constante, desde la primera línea «Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa». Y la angustia se instala en nosotros cada vez que empezamos a leer uno de los diecisiete cuentos que componen De qué hablamos cuando hablamos de amor; cuentos sin un final cerrado que, sin embargo no dejan lugar a dudas sobre cómo acaban.

Con pocas palabras, Carver expone, en El señor café y el señor arreglos, engaño, indiferencia, alcoholismo difícil de superar. Choca cómo el hombre se dirige a su mujer y lo que le dice; la falta de interés es evidente. No pedimos permiso para abrazar a la pareja, para besarla, para estar con ella, si todo funciona bien; por eso la respuesta de ella marca con evidencia el final de la relación. Aun así continúan juntos


—Cariño —le dije a Myrna la noche en que volvió al hogar—. ¿Qué tal si nos abrazamos un rato y luego preparas una cena apetitosa de verdad?

Y Myrna dijo:

—Lávate las manos.

Son personas de baja extracción social; viven con lo justo o pasando necesidades pero la mujer no puede independizarse porque no podría hacer frente a los gastos o por convicción social. Estamos en la segunda mitad del siglo XX, en la América profunda. Las dificultades, o alegrías, se celebraban con alcohol. Era la solución más barata que ayudaba a olvidar por momentos para darte de bruces con la realidad una y otra vez, poniendo a prueba, una y otra vez, la resistencia «Por la mañana me echa Teacher’s en la barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana».

La actitud de los personajes es inquietante, también es turbadora la relación que mantienen con el ambiente, normalmente presidido por el alcohol, aun en las clases más pudientes, por eso Mel, doctor, no tiene problemas en mostrar su tedio hacia su mujer delante de una pareja de amigos e insinuarse a la novia. Todo puede empeorar en un momento determinado porque los personajes no tienen filtro. Beber una y otra vez los hace actuar de manera violenta.

El lector percibe el desencanto, el fracaso que arrastran, difícil de eliminar. Se han destrozado como personas, como sociedad, en un momento en el que “el sueño americano” que nos quisieron vender en películas y series de la época dorada de Hollywood, se deshace en la realidad. Personas acompañadas por sus parejas, hijos, amigos, totalmente incomunicados. Hablan con otros para oírse a sí mismos; la opinión del otro no importa, solo exponen sus miserias. Por eso, aunque no quede escrito el final de la situación, tenemos cierta seguridad sobre cómo acabará. En los personajes no hay comunicación, ni lo intentan siquiera; oyen al otro pero no lo escuchan, tampoco se escuchan a sí mismos, probablemente porque sus cerebros están del todo embotados. En los encuentros beben, de forma desmedida, así que el silencio es lo que marca la circunstancia. Parece que el autor quiere reseñar que no salen las palabras, simplemente no se comunican, da igual saber por qué y cómo han llegado a eso.

Descripciones escuetas, diálogos concisos y un silencio profundo que grita la amenaza latente que nos mantiene en vilo hasta que llegamos al final y nos damos cuenta de que todo termina como empieza. Los personajes están inmersos en una terrible tragedia que Carver expone con una ligereza alarmante «Lo que Bill había querido era follar con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. Nunca llegó a saber lo que quería Jerry…».

Lo que tienen en común los diecisiete cuentos es el alcohol, motor indiscutible de la violencia y decadencia y causa inmediata de decepciones. A través de la bebida, los personajes entran en un bucle de ofuscación irracional que conlleva un ambiente tenso, agresivo, en el que todo es posible excepto la esperanza que buscan.

El lenguaje es directo, escueto. Los lectores vamos dando forma al ambiente, a la personalidad de los protagonistas, conocemos su pasado y estamos seguros de su futuro. No hay empatía entre ellos, no se rigen por códigos morales. Viven en una sociedad marcada por el individualismo. Sociedad que podría representar perfectamente a la actual. ¿Realmente el hombre es un ser social? El hombre de los cuentos de Raymond Carver es el antihéroe americano del siglo XX. No tiene privacidad, lo íntimo y lo público se mezclan; observa y es observado; la violencia queda agazapada hasta que salta consiguiendo que todos sufran furia, traición y desesperanza. Pues eso, que con mínimas diferencias, seguimos igual.

jueves, 12 de febrero de 2026

COSMÉTICA DEL ENEMIGO

No había leído nada de Amélie Nothomb y, con esta novela corta que me dejó Alberto, he alucinado. Podría llevarse al teatro pues es un diálogo en su totalidad. De hecho mantiene cierta técnica teatral. El primer párrafo actúa como una acotación para aclararle a uno de los personajes cómo debe aparecer «…Tenía que estar presentable con el fin de conocer a su víctima según mandan los cánones». No cabe duda de que el comienzo de Cosmética del enemigo es inquietante; prepara al lector para ser testigo de un ataque, por lo que la conversación que mantienen Textor Texel y Jérôme Angust, en principio absurda, no nos distrae del objetivo brutal que intuimos.

La novela se lee con rapidez. Los diálogos son expectantes, la ansiedad se va apoderando del lector a pesar de las pequeñas dosis de humor pretendidas:

—Verá. Hábleme de su mujer, caballero.

—¿Cómo sabe que estoy casado? No llevo anillo.

—Acaba usted de decirme que está casado. Hábleme de su mujer

Nothomb escribe una novela que no llega a 100 páginas y nos atrae desde el principio. La posible escena teatral representa una dualidad. Cosmética es una metáfora de apariencia agradable y, sin embargo, Textor se hace antipático a su interlocutor. La conversación trivial con la que se presenta a Jérôme va cerrando más el asunto hasta tenerlo atrapado en un acoso incesante. Es como un animal que no suelta a su presa, no respeta sus deseos; en el fondo es el creador de lo que pasa, por lo que Angust va interesándose poco a poco en lo que Textor tiene que decir:


—En resumen, que su nombre significa «tejedor»

—Yo me inclino más por la segunda acepción, más elevada, de «redactor»: aquel que teje el texto.

También los lectores seguimos con atención la pesadilla dialéctica en la que se sumerge este empresario, Jérôme Angust, cuando debe esperar en el aeropuerto a que salga su vuelo, mientras lee. Pero Textor Texel lo abordará consiguiendo que deje su lectura y se interese con pasión por un relato en el que una violación, un asesinato y él mismo se convertirán en fantasmas del pasado revividos en una pesadilla actual.

En la lectura no dudamos de lo que cuenta Textor, tampoco dudamos de Jérôme, quien va cambiando su escepticismo inicial por sospecha y finalmente aceptación.

Textor es un acosador que goza de libertad total, sin embargo vive asediado por la culpa «—Poco a poco empecé a tener remordimientos». Una culpa mucho más poderosa para el ser humano que el peor enemigo, porque no nos abandona, está en nosotros y ni siquiera Dios puede salvarnos de ella «Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece callado […] vives bajo la autoridad de un tirano malévolo que reside dentro de tu estómago».

Texel es un hostigador culto que razona sus teorías con citas de Guillaume, de Spinoza, de Stirner o incluso del Génesis; con estas reflexiones consigue interesar a Jérôme quien, en un giro casi inesperado, es el que insta a Textor a que siga con su historia. Después encontraremos otro giro, definitivo, para entender esta obra de Amélie Nothomb, en la que predomina la función del espejo. El lector se mira en la obra y se da cuenta de que la culpa interior es capaz de disfrazar cualquier transgresión en falsa moralidad; de ahí que nuestro enemigo interior intente ser quien se vengue, implacable, como un jansenista, del que ha provocado el delito.

Textor Texel, con un nombre que es un trabalenguas anafórico, mantiene esta función de estimular la memoria y la concentración. Es la conciencia de Jérôme, por lo que estamos ante un protagonista dual cuyo duelo verbal deviene en algo irracional que transforma incluso el espacio, el aeropuerto anunciador de libertad, se desfigura en algo opresor.

El estilo incisivo de la autora marca no solo a los personajes. También los lectores encontramos que las consecuencias de nuestras propias acciones llevarán por bandera la culpa. Cómo desprendernos de ella es cosa de cada uno.

sábado, 26 de julio de 2025

WILT

Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien con una novela; no solo porque es disparatada, divertida, hiperbólica en todos los aspectos, también porque el uso de la lengua es increíble: comparaciones, metáforas, juegos de preguntas y respuestas… El autor no da tregua a las escenas ingeniosas, consiguiendo que para demostrar su inocencia, el protagonista haga brillar su inteligencia hasta lo más alto y deje la de gran parte de los personajes bajo mínimos.

Podríamos decir que Wilt es una novela negra ya que la trama principal es la desaparición de la señora Wilt y el desenterramiento de un cuerpo de mujer, con ropa de la señora Wilt, en la ampliación del instituto donde trabaja Wilt. Pero no hay muerte en realidad, ni violencia; tampoco sufrimiento, a no ser el de la propia policía y del director del instituto, que ven peligrar sus carreras.

Sí hay, prácticamente a lo largo de toda la novela, humor negro, pues Tom Sharpe se vale de la ironía para tratar temas serios como el matrimonio, la investigación policial, el hacer de la Iglesia, la importancia concedida a la enseñanza en la formación profesional y los verdaderos intereses de la clase alta y culta; el pensamiento holístico de los Pringsheim queda como una caricatura mordaz de lo que representó en los años 70 la new age, pues aparecen como humanistas superficiales sin ánimo de trabajar; vividores acostumbrados a tenerlo todo apelando a una falsa espiritualidad.

En Wilt hay tensión y según leemos, la incertidumbre va en aumento. El protagonista se va enredando cada vez más hasta hacernos creer que no podrá salir del atolladero, pero lo hace. Su ingenio llega a límites insospechados mientras confiesa situaciones que, de tan inimaginables, son esperpénticas.

Henry Wilt es un profesor anodino que da clases en la Escuela de Artes y Oficios y, durante 10 años ostenta el cargo de auxiliar. Lleva tiempo esperando un ascenso, pero los intereses de la Escuela van encaminados a convertirse en Politécnico, por lo que, en contra del director de Humanidades, el señor Morris, se priorizarán estudios dobles «licenciatura especial conjunta en Estudios Urbanos y Poesía Medieval […] Y así por quinto año consecutivo se olvidó el ascenso de Wilt».

Su matrimonio tampoco funciona bien. Inmerso en la rutina, se aviene a los intereses de Eva, su mujer, a la que le «influían demasiado fácilmente la riqueza, el estatus intelectual y las nuevas amistades». Wilt acepta todos los cambios y actividades que se busca Eva, mientras piensa que asesinarla sería una buena opción. Tras una fiesta organizada por los intelectuales señores Pringstheim, Wilt tiene la oportunidad de ensayar cómo podría deshacerse del cadáver con una muñeca hinchable. Pero Eva desaparece con los Pringstheim sin que él lo sepa y Wilt es acusado de asesinato.

Tom Sharpe utiliza el humor, la ironía y el sarcasmo para resaltar los vicios de la sociedad. Los lectores reflexionamos sobre la naturaleza humana, tan cambiante cuando pertenece a un colectivo, mientras reímos. Nos reímos de las situaciones, nos reímos de los personajes ridiculizados y nos reímos de sus defectos que vemos como un reflejo de los nuestros.

El estilo de este autor es mágico. Juega con el lenguaje como quiere, con comparaciones antitéticas conclusivas, «Eva Wilt desnuda a las ocho en punto de la mañana era una visión casi tan sorprendente como Eva Wilt borracha, fumando y vestida con un pijama amarillo limón a las seis en punto de la tarde. Y menos excitante incluso». Con antónimos que definen a la misma persona, «saber que Eva, que había sido toda su vida tan insoportable, fuese a soportar una vez muerta el peso de un edificio de hormigón de varias plantas». Con metáforas soeces «—…¿Lustrar su perlita? ¿Dónde demonios aprendiste semejante expresión? —Carne Uno —dijo Wilt, se levantó y se sirvió otra taza de café en la máquina». Con paronomasias expresivas que adquieren significado por sí solas «Estaban todas encadenadas, las condenadas» (las bicicletas). Con la segunda persona objetivadora expresa el estado de ánimo del que se quiere distanciar «Eso, eso, échale la culpa a la ginebra —murmuró Wilt, mientras entraba torpemente en el coche»; de hecho la voz del narrador, en tercera persona, hace uso de interrogaciones retóricas con las que se iguala al protagonista «¿Qué sentido tenía todo aquello? De acuerdo, Eva era una vaca idiota que le hacía la vida imposible…». Con alusiones literarias en conversaciones cotidianas, que ridiculizan más el ambiente intelectual «…nos dejas empantanados donde nadie en su sano juicio metería un barco ¿Quién te crees que va a subir hasta aquí? ¿Juan Salvador Gaviota?».

Con palabras que tienen la misma fonética pero los significados son diferentes, aunque colocados de forma repetitiva aumentan su valor despreciativo «no es un lameculos […] si no lames culos, no vas a ninguna parte». Con evidencias hiperrealistas que, de tan minuciosas, resultan increíbles


—¿Una mujer? —preguntó— ¿Qué? ¿En ese agujero? ¿Y qué hace ahí abajo?

El capataz le miró diabólicamente —¿Que qué hace? —gritó— ¿Qué crees tú que podría estar haciendo? ¿Qué puede estar haciendo si acabas de echarle veinte toneladas de hormigón líquido? Ahogándose, qué coño va a estar haciendo…

No hay desperdicio en los diálogos; son fantásticos. Aportan agilidad a la novela y dejan que la narración adquiera un ritmo dinámico, trepidante, pues las situaciones desesperadas se suceden hasta llegar a lo más desesperante, afiladas caricaturas de la realidad policial, eclesiástica y educativa.

No hay juicios morales en Wilt; los personajes actúan para que el lector ría mientras asume algo totalmente surrealista como parte de la realidad. Es cierto que la referencia es real pero el toque fantástico acerca la novela a la literatura del absurdo. Los personajes son arquetipos: el mal policía, la mujer soñadora que aspira a que su marido le ofrezca una vida confortable, el clérigo borracho, los snobs que viven a costa de los demás, los profesores, más preocupados por su posición social y económica que por los intereses de los alumnos… Todos son predecibles en su comportamiento, apenas cambian a lo largo de la historia. Todos excepto Wilt; el protagonista experimenta un crecimiento personal y social capaz de afrontar los reveses de la vida y salir airoso. La estupidez de unos hace que su ingenio se intensifique hasta quedar como reflejo del propio autor. También Sharpe fue encarcelado, acusado de subversivo, también trabajó como profesor de Historia en la Universidad de Arte y Tecnología en Cambridge, donde tomó notas de alumnos para algunos de sus personajes más necios y brutos.

Está claro que las mejores novelas salen de mentes abiertas, tolerantes y trabajadas. Mentes que saben reírse incluso de sí mismas «…los profesores de Humanidades no son como los demás hombres. O empiezan ya siendo raros, o acaban siéndolo. Es algo que se debe a la naturaleza de su trabajo».

sábado, 5 de julio de 2025

TAMBIÉN ESTO PASARÁ

La novela También esto pasará apenas tiene argumento. La madre de Blanca ha muerto tras un largo periodo de sufrimiento, debido a un cáncer, y ella experimenta el vacío de la separación definitiva. A su mente acuden recuerdos de experiencias familiares. Fue una niña que tuvo una infancia sin preocupaciones económicas y que disfrutó de una madre un tanto peculiar, generosa incluso con los que no conocía «mi padre comentó que tenía problemas de dinero. No eran amigos, pero charlaban […] le preguntó cuánto dinero necesitaba y se lo dio», pero egoísta con su familia, probablemente porque nunca dejó de hacer lo que le gustaba, sentimiento que se agudizó con los años y la enfermedad: «La enfermedad, el dolor, que algunos médicos aseguraban que te inventabas, te convirtieron en un monstruo de egoísmo».

Acaso el excesivo individualismo de su madre hizo que Blanca se sintiera sola en sus momentos más importantes, consiguiendo incluso silenciar situaciones que una hija nunca puede ocultar a su madre. Blanca experimentó la soledad, el desarraigo hacia su madre, en muchas de sus vivencias, «el día que me dijiste que, tal vez, si no me venía la regla pronto, tendríamos que ir al médico y que te contesté, tan tranquila, que hacía dos años que tenía la regla y que no te lo había dicho porque no  era asunto tuyo».

La infancia de Blanca y su adolescencia no debieron de ser felices. No puede ser feliz una niña, hija única además, que no ha compartido con su madre los instantes cruciales de su vida. No soy psicóloga, pero intuyo que tantos remordimientos de Blanca ante la ausencia irrevocable de la madre son fruto de la falta de expresiones cariñosas, de momentos íntimos, de detalles recibidos. La protagonista tiene 48 años y aún no ha madurado «dos hijos, dos matrimonios, varias relaciones, varios pisos, varios trabajos».

La madre no la ayudó a resolver sus momentos decisivos, por eso ahora a ella le cuesta soportar una de las experiencias más duras, por eso necesita que otros la tengan en cuenta y la afiancen a la realidad, «no tengo ganas de otro pésame […] Y, sin embargo, me siento muy erguida, me quito las gafas de sol y me subo un poco el vestido». Necesita la aprobación de los demás, que sean otros quienes la hagan sentir bien, querida, admirada, deseada, imprescindible.

La literatura de Milena Busquets es reflexiva, la autora nos introduce en una novela de vivencias, aunque la encuentro algo superficial. Quizás el lenguaje tan cotidiano, tan evidente, los razonamientos triviales de la protagonista sean los responsables de que eche en falta un indiscutible vuelo poético en la reflexión.

Blanca ha experimentado numerosas relaciones sexuales, se ha enamorado en varias ocasiones y sin embargo su aventura no es apasionante, no contagia emociones. Creo que, probablemente, su dolor pasará pronto a pesar de que está acostumbrada, como lo estuvo su madre, a tenerlo todo sin sufrir demasiadas dificultades. Son personas de alta clase social a las que todo va bien, nunca han asumido el fracaso, por lo que ven aquello que no tiene arreglo, como la enfermedad o la muerte, como algo insoportable.

Milena Busquets ha encadenado pensamientos en torno a la muerte de su madre pero les falta cierto punto de vista íntimo. Echo de menos experiencias intuitivas, vitales entre madre e hija. Creo que la vivencia de Blanca no invita a la reflexión del lector, al menos desde mi recepción. En ningún momento me he sentido identificada con la protagonista. Puede que la autora pretendiera eso, que entendiéramos la soledad, la culpa, el remordimiento que provoca la falta de afecto, el dolor al darnos cuenta de que ya es tarde. Solo así tiene sentido que los sueños que se presentan con la persona que debía de ser la más importante en nuestra vida se transformen en pesadillas y generen respuestas caóticas. Pero hasta lo más traumático pasa.

sábado, 22 de febrero de 2025

LA CABEZA PERDIDA DE DAMASCENO MONTEIRO

Esta es una  novela corta, que se lee rápido porque el argumento es muy interesante. Durante la lectura tenemos la impresión de que todo podía formar parte de la realidad y, al final, somos conscientes de que realidad y ficción no son tan diferentes. Antonio Tabucchi consiguió, después de escribir La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, que se reabriese el caso. Tuvo que ser un duro golpe para los poderes públicos del estado portugués de finales del siglo XX. Y, sin embargo, el suceso es tan actual que asusta; podría formar parte de la cotidianeidad de España, Europa, América… No avanzamos. La justicia no es la misma para los que tienen dinero o para los que no; para quienes, a pesar de los derechos conseguidos, piensan de forma distinta al juez que lleva el caso; para los que viven o no según las reglas de una normalidad que se va quedando obsoleta.

No conocía a Antonio Tabucchi, no había leído nada de él y es un referente de la literatura italiana del siglo XX. Leyendo esta novela nos damos cuenta de por qué recibió un Premio de periodismo en España y somos conscientes de su afán por mantener viva la memoria, no solo la histórica, también la personal. Es importante recordar de dónde venimos y cuáles son los verdaderos valores que tuvimos en la infancia, porque serán los que marquen nuestro comportamiento.

En La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, Manolo, el jefe de un clan gitano que vive a las afueras de Oporto, se encuentra una madrugada el cuerpo sin cabeza de un hombre. Él no puede denunciarlo en comisaría porque no lo van a creer, pero al Acontecimiento, un periódico de Lisboa, llega la noticia. El director envía a cubrir el caso a Firmino, con una dieta ajustada y la estancia pagada en la pensión de doña Rosa, una mujer que apenas sale a la calle pero está al corriente de todo lo que pasa en Oporto y conoce a todos los que pueden ayudar al periodista para esclarecer los hechos. Firmino se va encontrando con gente valiente que no tiene miedo a declarar. La cabeza es pescada en el río y el primero que tiene opción a fotografiarla, antes de llevarla a comisaría, es nuestro periodista. También encuentra al compañero del muerto, quien propicia la identificación del cadáver y explica quién, cuándo y por qué lo mataron.

Doña Rosa pone en contacto al plumilla del Acontecimiento con el mejor abogado de aquellos a los que la justicia no va a hacerles caso, Loton, apodado así por su parecido con el actor Charles Laughton, quien le va indicando a Firmino a quién debe entrevistar y cuándo publicar las entrevistas, de manera que a la hora del juicio todo el mundo haya podido saber lo ocurrido.

Tabucchi refleja en Loton la búsqueda de la identidad humana y la suya propia a través de la memoria. El abogado se siente diferente al resto de la mayoría: obeso, de familia adinerada, sin verdaderos amigos, es un estudioso de Pessoa y Borges. Loton, que es incapaz de vivir en plenitud a causa de su físico y su infancia desamparada, intenta que su naturaleza y experiencia sean el portavoz de los necesitados, de los marginados exentos de credibilidad social; imbuido de cierto determinismo existencialista, considera que la identidad humana se forma entre la realidad y la ficción, tomando los sueños y los recuerdos como partes de esa ficción que no es sino una alteración de lo que hemos vivido en realidad. Partiendo de esta premisa va desentrañando el posible acontecimiento y las causas. Los recuerdos no son lo que pasó sino retazos que la memoria evoca intercalando lo imaginado o soñado en lo vivido, «los sueños no se explican, no suceden en el mundo de lo formulable como quiere hacernos creer el doctor Freud, solo quería decirle que el tiempo puede empezar así, dentro de nuestros sueños».

La novela participa de una estética reflexiva y crítica porque a una fantástica literatura se unen otros géneros como el ensayístico y el periodístico. Las entrevistas que Firmino refleja en su periódico son un ejemplo de entereza, propia del periodismo contrastado y valiente y que empieza a echarse en falta.

El estilo es reflejo de la complejidad de la existencia. Leyendo a Tabucchi nos damos cuenta de que la vida hay que ordenarla continuamente porque nuestra realidad no es predecible, no hay un orden que nos ampara a todos, por lo que para seguir adelante debemos reordenar nuestro entorno y, sobre todo, nuestro propio espacio personal. Loton le hace ver a Firmino que el sentido de la vida está en nuestra constante reflexión: el tiempo y el espacio son irrelevantes, todo es ambiguo; ni siquiera podemos valorar la ausencia o la muerte por nosotros mismos sino por el reflejo que vemos en los otros. La novela expone que no se puede conocer la realidad porque siempre la vemos a través de filtros perceptuales de los otros o de los nuestros individuales. Por eso las descripciones son lentas y van cargadas de digresiones sobre el paso del tiempo, las diferentes expectativas y los cambios en la realidad, «pero él era viejo sólo en el alma y en la mente, en el cuerpo no, porque conservaba todavía su virilidad, solo que con su mujer su virilidad era inútil, porque ella era una mujer vieja».

Además de la injusticia que supone la impunidad de que se revisten los poderosos, Tabucchi destaca la bondad de los hombres rectos, que en muchos casos se confunde con ingenuidad; Doña Rosa es una maestra de ello, también el director del periódico, el amigo de Damasceno y, por supuesto nuestros protagonistas Firmino y Loton.

En esta certeza de injusticia y confusiones de realidad que marcan un estilo lento y reflexivo, aparecen con asiduidad pequeños rastros de humor, fruto, no cabe duda, del optimismo y la esperanza en el futuro del autor.

El humor critica la superioridad de los ricos; refleja la objetividad de la que tratan de hacer gala algunos personajes humildes, como doña Rosa o Manolo el gitano, cuando hablan de sí mismos en tercera persona. Humor contrastivo entre la flema del director del periódico y la ansiedad del novato, que marca los cambios entre madurez y juventud. Humor para poner de relieve la escasez de medios con que cuenta el periódico. Humor negro que, dados los acontecimientos, raya en el absurdo «En el periódico respondía el contestador automático. Firmino dejó un mensaje para el director. —Soy Firmino, la testa del decapitado ha sido repescada en el río por un pescador de cadáveres. La he fotografiado…».

La resignación de los pobres ante la falta de comodidades y de cultura es uno de los temas que engloba este existencialismo. El racismo, las artimañas policiales y la tortura unidos al poder y a la religión están también presentes, «el concepto es básicamente el mismo: yo no soy responsable […] me lo ha ordenado mi capitán […] me lo ha ordenado mi general; o bien el estado. O bien Dios».

Temas distintos, con mayor o menor grado de profundidad, quedan tratados en La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, desde el desajuste inmobiliario de finales del siglo XX hasta los sueños y el paso del tiempo, desde la búsqueda del bienestar material hasta la búsqueda de la identidad humana. Porque lo que Antonio Tabucchi deja claro es la universalidad de la literatura: «en literatura todo está relacionado con todo».

sábado, 4 de enero de 2025

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Sencillamente maravillosa. Voy a intentar reflejar lo que ha supuesto para mí esta novela; sabía de su existencia, nada más; por casualidad, supe que mi hijo la tenía y se extrañó de que no la hubiese leído, así que me la dejó y tengo que decir que aún pienso en algunas situaciones que ocurren y les voy encontrando la sátira donde en principio sólo veía humor. Es una novela para leer y releer, como las grandes joyas de la literatura.

La conjura de los necios comienza con la descripción del protagonista que, irremediablemente, me llevó a otra totalmente antagónica y, sin embargo con algunos puntos en común «Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso […] grandes orejas […] Los labios, gordos y bembones […] los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly […] en busca de signos de mal gusto […] La posesión de algo nuevo o caro solo reflejaba la falta de teología y geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto». Esta es la base de la descripción de Ignatius, un hombre gordo y estrafalario que califica el consumismo de su sociedad como lo que destruye al ser humano. Luego nos enteraremos de que Reilly sigue sin ninguna objeción De consolatione philosophiae, de Boecio, algo que lo llevará a obsesionarse con un pasado medieval sin mucho sentido en el siglo XX.

Hay otro personaje literario obsesionado con reflejar en su vida los libros de caballería de Feliciano de Silva y, aunque las diferencias son evidentes, pues don Quijote es «de complexión recia, seco de carnes, enjuto el rostro», ambos pierden el juicio de tanta lectura y ninguno de los dos hallará su lugar en este mundo.

Sinceramente, creo que nunca me he encontrado con un personaje como Ignatius, alguien que pretende cambiar todos los componentes de la estructura social pero se mueve en un entorno reducido: su habitación y las salas de cine a las que acude cuando deja de escribir su diario; películas que nunca le parecen adecuadas y siempre las ve, si puede, incluso repetidas veces. Cierto día, un suceso casi intrascendente, provocado por su madre a causa de una pelea con él, lo hará salir de su zona de confort para introducirse en la sociedad injusta en la que vive, a la que odia y donde es rechazado. Desde este punto de vista Ignatius es el quijote del siglo XX pero la ternura que nos despierta el caballero andante desaparece ante Reilly, al menos en un principio, cuando lo intuimos como prototipo del disparate, vago, maltratador psicológico, egoísta, fantasioso y enfermo mental que subvierte la sociedad para burlarse de ella. Sin embargo, la novela de Jhon Kennedy no es de lectura rápida, hay que seguir leyendo y uniendo cabos.

A lo largo de las casi cuatrocientas páginas de la novela no he dejado de asombrarme. Mi ánimo ha pasado de desearle al protagonista un buen juicio para que no se metiese en más líos a esperar que recibiese un buen escarmiento.

Ignatius, en realidad, quiere una sociedad mejor, quiere una sociedad que funcione; para ello se enfrenta al desprecio de todos por ser considerado un inútil, algo de lo que no es consciente, fruto de un elevado ego que lo lleva a tratar a los demás con sarcasmo; mordacidad que no entienden quienes lo rodean


—…Aquí le meto un paquete de panecillos ¿Entendido?

Luego cerró aquella tapa y abrió una puertecita lateral situada en la resplandeciente salchicha roja.

—Aquí hay una latita de calor líquido que mantiene calientes las salchichas.

—Dios santo —dijo Ignatius con cierto respeto. Estos carros son como rompecabezas chinos. Sospecho que me pasaré la vida abriendo la trampilla que no es.

El viejo aún abrió otra trampilla, situada al fondo de la salchicha

—¿Y ahí qué hay? ¿Una ametralladora?

—Aquí van la mostaza y la salsa de tomate.

—Bueno, haremos una valerosa tentativa, aunque puede que le venda a alguien la lata de calor líquido al doblar la esquina.

Creo que la intención de Jhon Kennedy Toole fue retratar la decadente sociedad del siglo XX, y lo consigue; por La conjura de los necios van apareciendo financieros que no experimentan nada por sus empresas y se dedican a vivir bien, mujeres de la alta sociedad que solo saben sacar el dinero a sus maridos en beneficio propio, mujeres amargadas que advierten que no son valoradas y pretenden sobresalir ridiculizando a los demás, altos cargos policiales que tratan con desprecio y amenazas a sus subordinados para que cubran su ineptitud, trabajadores que no se sienten motivados por sus jefes, negros esclavizados que son empleados por menos del salario mínimo a cambio de trabajos precarios, encargados incompetentes, incapaces de sacar adelante los negocios, inmigrantes que no son tratados con justicia, ni siquiera como personas, da igual que sean adultos o niños «Pobre mamá. Directamente del barco. Apenas hablaba inglés. Y yo, que era una cosita así de pequeña, abriendo ostras. No fui a la escuela. De veras, chica. Tenía que estar allí aporreando ostras en la acera. De vez en cuando mamá me aporreaba a mí».

El protagonista es el portavoz de la crítica a esa sociedad capitalista que no respeta a quienes no han logrado tener un puesto “aceptable” con recursos suficientes para vivir bien, da igual lo que se haga para conseguirlo. Incluso Irene Reilly, la madre de Ignatius, considera un fracasado a su hijo y a ella una fracasada por haber gastado su dinero en darle unos estudios universitarios que ahora no quiere aprovechar; harta de malvivir, desaliñada y alcohólica, se decanta por pasar el fin de su vida al lado de un viejo que puede mantenerla pero que ella considera —horrorizada— comunista.

Una sociedad carente de valores morales analizada desde una perspectiva mordaz para que el lector dude de todo aquello que asume como verdad; una perspectiva que quiere construir un pensamiento libre de prejuicios. Entre todos los personajes construyen un retrato hiperbólico del ser humano (asocial, embustero, racista, misógino y misántropo) «—Debería alegrarse de que le diese una oportunidad, muchacho —dijo Lana Lee—. En estos tiempos hay por ahí la tira de chicos de color buscando trabajo. —Sí, y también hay muchos chicos de coló que se hacen vagabundos cuando ven los salarios que ofrece la gente. A veces pienso que pa un negro es mejó sé vagabundo».

Si el negro Jones tiene claro que solo podrá librarse de su acoso poniendo en marcha su imaginación para culpar a quienes lo esclavizan, Ignatius no duda en mentir, hasta límites insospechados, para llevar adelante su plan de reforma social. Esto da lugar a situaciones delirantes que forman parte del absurdo más intenso y que retratan a Reilly como un esquizofrénico de manual. Él sabe que esa es la imagen que da y se aprovecha de ello para conseguir lo que quiere


El señor Clyde conocía la triste historia del vendedor Reilly: la madre borracha […] la amenaza de miseria para madre e hijo, los amigos lascivos de la madre.

—Mire voy a asignarle a usted una ruta nueva y a darle otra oportunidad […]

—Puede usted mandar un mapa de la nueva ruta al pabellón de enfermos mentales del Hospital de la Caridad. Las amables hermanitas y los serviciales psiquiatras de allí quizá puedan ayudarme a descifrarlo entre electro y electro.

Los diálogos solo pueden compararse a los escritos por los grandes de la sátira y el absurdo. Son geniales, perfectos para mantener la ilusión por la lectura hasta el final que, por cierto, es trepidante.

Las sectas, las habladurías, las injusticias sociales, los pseudointelectuales, los ineptos, los drogadictos, los impotentes que culpan a las mujeres de su incapacidad… todos forman parte de La conjura de los necios, mostrando una sociedad en la que la Fortuna, a base de coincidencias, los unirá y marcará el argumento: George, el drogadicto que trabaja para Lena Lee, la madame que “contrató” al negro Jones, se hace con De consolatione philosophiae, un libro de Ignatius, que le prestó a su madre para que lo leyera y que ella se lo deja al patrullero Angelo Mancuso, sobrino de Santa, una amiga de Irene, con quien contactará y se contarán sus penas. El libro quedará vinculado a las drogas y será el detonante para finalizar la novela

Si Boecio se consuela dialogando con Filosofía, Ignatius intuye que, hacia lo bueno o lo malo, es la rueda de la Fortuna la que preside la existencia.

jueves, 5 de diciembre de 2024

EL EXCLAUSTRADO



Había leído algo de Pombo hace tiempo, pero dos buenos amigos, Mª Carmen y Jesús, han hecho que me dé cuenta de la profundidad de este autor al regalarme su último libro. ¡Gracias!, comentaré con vosotros El exclaustrado, por supuesto, pero quiero ofrecer aquí un adelanto.

Juan Cabrera es un monje benedictino que decide abandonar la orden cuando se da cuenta de que no actúa con libertad sino llevado por las normas del convento y la moral católica. En realidad la culpa lo lleva torturando un tiempo, desde que vio a tres novicios en la playa jugando desnudos al fútbol; hecho que denunció al prior, aunque ciertamente no esperaba que la expulsión de los tres jóvenes fuese la consecuencia inmediata.

Cabrera decide recluirse en un piso familiar de Madrid para dedicarse a la reflexión, al estudio y la escritura. Se cree libre, hasta que la visita de su sobrino Jaime le hace ver que la libertad está relacionada con la responsabilidad y la angustia derivada de esa responsabilidad. Junto a Jaime es consciente de que la verdadera libertad implica empatía con los demás, no es individual, requiere apoyar y fomentar la responsabilidad social.

Álvaro Pombo utiliza una cita del propio Sartre para que el narrador haga ver al exclaustrado que «El hombre es libre porque no es sí–mismo, sino presencia ante sí […] La libertad es precisamente la nada […] obliga a la realidad humana a hacerse en vez de ser».

Cabrera se da cuenta, hablando con su sobrino, de que realmente él no ha sido nunca libre; no se es libre hasta que se determina actuar de una manera en particular por los demás. Para ello hemos de abandonar nuestra zona de confort y ser conscientes de nuestros actos en sociedad; estos marcarán nuestra esencia, nuestra identidad.

El protagonista no se siente libre porque lo atenaza la culpa. Se considera responsable de haber truncado la carrera de los tres jóvenes. Su falta de libertad no estaba en el convento sino en sí mismo.

Cuando Jaime le dice que su profesor, al que admira, Antón Rubial, lo conoce y le gustaría hablar con él, se plantea una duda constante en Juan; sabe que Rubial, uno de los expulsados, le guarda rencor pero intuye que tras una charla pueda haber un perdón. Finalmente acepta por la insistencia de su sobrino.

El exclaustrado es una novela carente de acción, el argumento es más una excusa para exponer la relación entre dos personas con un pasado que los unió y los separó al mismo tiempo. Lo que predominan son los sentimientos e inquietudes de los personajes, no solo del protagonista y el antagonista sino también de los opositores–ayudantes que, como están dibujados de forma dinámica, van cambiando su relación entre ellos y con los principales. Jaime piensa de su tío que es buena persona hasta que cae en las redes de Rubial y lo considera un viejo cobarde. Cuando Jaime ve el trato que Rubial tiene hacia Petri Guillard, su mujer, se da cuenta de cómo son en realidad cada uno. Petri es un alma inocente, es consciente de ser maltratada por los clientes del Machupichu y luego, de forma verbal, por su marido. Se considera inferior; a lo único que aspira es a llevar una vida «normal», casada, con un hombre importante que la cuide «Pero Rubial se casó con Petri para hacer un experimento […] yo nunca me apoyo mucho tiempo en nada, ni siquiera en ti, mi vida. Las llamaban “periquitas” para subrayar, quizá, que las cuidaban y conservaban enjauladas». Cuando reconoce que no dejará de ser una periquita del Machupichu para Antón, queda enamorada de Jaime, hasta que las redes de Rubial continúan creciendo y los atrapan a los tres. Todos deberán tomar una decisión in extremis. Una decisión que hará de Cabrera un hombre libre finalmente ante Rubial que quedará marcado por la culpa.

La trama, a pesar de los cambios de opinión, o quizás por ello, mantiene una tensión que se va acrecentando con el paso de los capítulos. El planteamiento es totalmente original pues no esperamos los pasos que van dando ni, por supuesto, el final, marcado por una justicia poética íntegra.

Los personajes, en esta novela sin acción, son totalmente dinámicos; de las reflexiones de los cuatro deducimos la personalidad de cada uno. Las relaciones entre ellos oscilan entre lo real y el pensamiento, entre la humillación y el mantenimiento de la dignidad. La diferencia entre lo que es y lo que creemos que es se da a lo largo de la novela y el narrador, omnisciente, cambia de punto de vista para que los lectores seamos testigos de lo que sucede a cada personaje.

Mientras leemos tenemos la impresión, a veces, de estar ante un tratado filosófico existencialista; las continuas muestras de humor e ironías nos advierten de que es una novela y Álvaro Pombo un escritor único, capaz de mantener nuestra atención y acrecentar la tensión hasta el final: «—…¿A qué teología se refiere usted, Cabrera? —A la suya, padre, lo cierto es que no puedo seguir pensando en Dios aquí. Me siento contrahecho. ¡Enclaustrado, vaya, valga la redundancia! Al decir esto último, se sintió Cabrera ingenioso, malicioso, flippant».

Los toques de humor y las citas a Sartre o Bernardo de Claraval conviven a la perfección con las frases casi proverbiales, del todo inspiradoras, del narrador cuando adopta la perspectiva de Cabrera lo que lo deja como en un alter ego del propio Pombo «El riesgo es siempre la humildad, la soberbia no conoce riesgos nunca». Cabrera se arriesga a pesar de sus dudas porque es humilde y solo así elimina la culpa que lo atosiga.

Álvaro Pombo arriesga con palabras coloquiales y cultas, con anáforas, con paralelismos anafóricos, con alusiones a los grandes filósofos, con antónimos, con oraciones explicativas que inciden una y otra vez en la duda, el miedo, la soledad, el rencor, la culpa o la valentía del alma humana, lo que es realmente nuestra esencia o lo que suponemos; lo que nos hace personas no es otra cosa que la libertad, es lo que nos permite forjarnos a nosotros mismos. Desde esta premisa somos responsables de nuestra vida cuando somos libres.

«El texto de la escritura […] exasperó siempre a Cabrera. Le parece inexacto decir eso. Le parece injusto decirlo […] le llevó a desconfiar cada vez más de la teoría de la gracia de Dios que presupone ese texto. Si todo es gracia, ¿dónde quedamos en realidad nosotros, los hombres?».

Merece la pena leer al último Premio Cervantes para profundizar más en nosotros mismos, para reflexionar y ser consecuentes con lo que hacemos.

domingo, 31 de marzo de 2024

CANTO YO Y LA MONTAÑA BAILA

Parece increíble que un libro tan pequeño contenga tanto.

Es un libro corto, no llega a doscientas páginas, pero grande. Como grande es su protagonista: la naturaleza vista desde diferentes perspectivas, los seres vivos, humanos, animales y vegetales y los que no lo están pero hacen posible la vida: la nubes, la lluvia, la montaña, la tierra… Hay hasta dieciocho puntos de vista, subjetivos, diversos, algunos contradictorios que, en forma de voces narrativas se van presentando en primera persona de forma individual mientras tejen una red que los engloba a todos, que los hace partes interactivas de una unidad.

Al leer Canto yo y la montaña baila tenemos la certeza de que el canto es el de la vida, más allá de la muerte, y de que las ganas de vivir de Irene Solà han hecho posible que de estas páginas, llenas de dolor, de sufrimiento y de muerte, salga uno de los homenajes escritos más bellos a la alegría de estar vivos.

Las montañas del Pirineo conforman el espacio. Todo lo perteneciente al entorno influye en los seres que lo habitan; seres amados por la autora, tratados con respeto porque ella está segura de que todos cuentan.

La estructura, fragmentada en diferentes voces narrativas y enlazada en los hechos, hace del libro una novela coral con narradores intradiegéticos que exponen los acontecimientos de forma sesgada, según los sienten en el momento elegido. Los lectores conocemos la versión de cada narrador aunque no podamos evitar que la tensión se acumule conforme vayamos siendo testigos de sus apreciaciones.

Cada capítulo está contado desde el punto de vista de un personaje que habita en la montaña. El protagonismo va cediendo paso de unos a otros, de esta forma, normalmente en primera persona, somos conscientes de la importancia de la lluvia o de los animales en el medio ambiente y su influencia en el ser humano. Todos los seres vivos estamos para conseguir que la naturaleza funcione. Apreciamos los sentimientos de los animales o las motivaciones y debilidades de los humanos.

Incluso las montañas, que parecen inamovibles avisan en su discurso profético de que nada es eterno «Y nuestros restos, nuestros despojos, nuestras peñas se convertirán en valles, llanuras, toneladas de materia rocosa que se hunde en el mar».

No podemos desengancharnos de esta novela en la que en ocasiones tenemos la impresión de estar ante cuentos independientes. Esto le confiere al libro una personalidad diferente porque cada voz conserva distintas matizaciones, desde la emocionada de Sió hasta la pícara de las nubes. Son ópticas diferentes que expresan emociones, órdenes, dudas, deseos… a veces ironizan, otras ruegan, afirman o niegan. A veces aparecen matices recelosos y otras reveladores.

La vida es dura en la montaña, no cabe duda, para todos, pero primordialmente para la mujer pues ha sufrido el peso de las supersticiones, la ignorancia y el odio irracional del hombre «Ponía el mantel, el pan, el vino, las viandas, el agua y un espejo, para que se miraran en él los malos espíritus y se vieran comiendo y bebiendo y así no mataran a sus hijos. Pero también te pueden ahorcar por una cosa pequeñita».

Aunque es dura, el tono que predomina es el poético, incluso cuando aporta un enfoque dudoso que consigue aumentar la tensión. El tono irónico, que aparece en ocasiones en las leyendas mitológicas, evidencia las contradicciones que los hombres han mantenido desde tiempos inmemoriales con la mujer «el propio Heracles, después de violarla y dejarla encinta, encontró su cuerpo devorado por las alimañas en la montaña y le rindió honras fúnebres […] Hombre, Heracles, ¡gracias!».

En la actualidad, cuando el tono informativo se transforma en didáctico, alerta de lo indescifrable de la barbarie que supuso la guerra civil. Los cadáveres de los que huían de la guerra reviven y reivindican la vida sesgada con la que llenaron las montañas «Cuando huíamos casi no se veía el río. Como si también tuviera miedo y se escondiera, y solo se oía su murmullo como un susurro asustado».

La autora, Irene Solà, necesita las voces de los muertos para entenderlo todo; los fantasmas acuden en ayuda de los vivos para poder superar el dolor de la ausencia. Escribe una ficción con retazos de realidad en los diversos conflictos que surgen. Prácticamente cada personaje tiene uno, porque así es la vida, y no todos se resuelven o lo hacen con el devenir; el paso del tiempo está siempre presente y el espacio es el que contextualiza la propia estructura de la novela, porque el propio ambiente, con el acontecer, desarrolla y arregla la situación.

Asimismo, en su estructura encontramos, en algunos párrafos, poesía, «No hay pena si no hay muerte. No hay dolor si el dolor es compartido. No hay dolor si el dolor es memoria…». O percibimos algunas cancioncillas que uno de los muertos compone al fundirse con la tierra; de esta forma descubre y nos descubre qué le ocurrió y cuáles fueron sus sensaciones


No quería ponerte triste, tan solo, Jaume,

no quería dejarte solo, tan triste, Jaume.

El poema dedicado a Mia es en realidad el estado de ánimo en el que ella se queda tras ser separada abruptamente de su hermano. Todo el capítulo La poesía no constituye una selección lírica sino un refuerzo con el que afianzar la unión del hombre y la naturaleza


Ven, madre, hablemos

de lo que pasa en el bosque, por la noche

y para asegurar que en esa unión reside el título del libro, la esencia:


Canto como si plantara

[…]

Como Dios creando animales y plantas.

Canto yo y la montaña baila.

Y en esta estructura, que no es la de poesía, ni la de prosa poética ni la de novela, también encontramos pasajes donde los sueños forman parte de la realidad; al principio le cuesta al personaje diferenciar lo onírico de lo real pero después es capaz de distinguirlo aunque lo introduzca en su cotidianeidad.

Canto yo y la montaña baila no pertenece al realismo mágico o no, al menos, al referente del boom hispanoamericano. Me cuesta dónde clasificar esta novela de Irene Solà por eso estoy convencida de que en ello reside su belleza; los sentimientos son primordiales pero no podemos afirmar que estemos ante una novela psicológica; no ahonda en los motivos o temores de los personajes, en sus causas; están ahí y aparecen sin llamarlos, en el sueño o en el pensamiento. La nostalgia, la melancolía, la tristeza, la alegría, el miedo, la fuerza de todos los que conforman el paisaje es un canto a la naturaleza y a la integridad del ser humano.

Solà ha conformado una historia a través de los años que le va dando carácter a las montañas y a quienes las habitan. La naturaleza parte de la imaginación, donde la memoria armoniza el espacio cambiante en el tiempo, por eso es capaz de igualarse en un cronoespacio que despierta la sensibilidad y emotividad del lector


Cruzan la montaña como si fuera un campo […] Les digo adiós con la mano […] ¡Adiós, adiós! […] ¡Adiós, adiós! Les digo adiós con la mano y se meten en la mañana para no volver nunca más.