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martes, 19 de mayo de 2026

LAS CARNICERAS

Expresiones serias en la portada. Tres chicas con delantal. La mirada de una de ellas deja ver enfado. Debajo de las figuras femeninas, en semicírculo, una colección de cuchillos rodea el dibujo de un cerdo con las partes comestibles marcadas según el valor de cada pieza. El blanco y negro de la ilustración contrasta con el fondo de la portada en cuadros Vichy Rosas.

Inquieta la oposición entre femineidad y dureza. Y con esa zozobra comenzamos a leer lo que el narrador nos cuenta primero de Anne y, seguidamente, de Stacey. Es el comienzo de la primera parte de Las carniceras. Dividida a su vez en varios apartados cortos que no tienen título ni marca alguna excepto porque cada uno comienza en hoja nueva; esta primera parte termina de la misma forma que comienza «El gesto brotó, instintivo, la hoja del cuchillo carnicero que se hunde en la carne. La sangre que mana. Gritos, luego el silencio, solo el silencio».

Anne y Stacey son dos compañeras de Formación Profesional de carnicería; las dos únicas chicas entre todos los estudiantes y deben andar con cuidado para hacerse valer en un mundo que normalmente ha pertenecido a los hombres. En esta primera parte conocemos a las chicas, su pasado, enturbiado por los hombres que las rodean. Su presente en el que, tras abrir un negocio, deben esforzarse por agradar a la clientela, hacerle ver que el género es de la mejor calidad, que no hay trampa en “Las carniceras”, que todo se despieza, se corta y se sirve a la vista. Contratan a Michelle, una inmigrante que además de mujer es negra, otro inconveniente en ese barrio de clase media de Ruan. Tres mujeres que deben competir por ganarse la aprobación social y que las vean cualificadas, no como subordinadas. Mujeres que han de demostrar que valen no por su belleza sino por su eficiencia. Mujeres que han de dejar a un lado su inseguridad y aprender a quererse «Se quedó un rato aferrada a él, mendigando un gesto de cariño. Él terminó por acariciarle el pelo. Luego se durmió vestido en su cama […] No tenía ni un hematoma, al fin y al cabo, era una simple pelea de pareja».

Son mujeres que buscan consciente o inconscientemente la validación que les puede dar un hombre.

Pero consiguen superar los inconvenientes y llegar a la conclusión de que merecen, como cualquiera, el éxito por su trabajo bien hecho.

En la segunda parte están definitivamente instaladas «En apenas un año habían abierto una carnicería de éxito de la que se hablaba en todo Ruan». Pero son mujeres y los errores que otros cometieron en el pasado las persiguen para hacérselos pagar. No es fácil desprenderse de las garras del hombre, amparado por una sociedad que lo exime de cualquier culpa. Esto lo han vivido en sus madres y la pena de ellas las acecha en lo más oscuro de su mente. Son pensamientos dolorosos que están ahí, en las tres. Sophie Demange refuerza esta idea en su estilo estructural, el final de un capítulo en el que la figura materna es símbolo de sufrimiento para una persona, queda retomado por otra al comienzo del siguiente. La mujer ha representado a lo largo de la historia la descarga de la violencia del hombre «Pensó en un nombre, el nombre de su madre». «Lo que más echaba de menos era el lepi de su madre».

La prosa enunciativa deriva, en ocasiones, a irónica para denunciar la violencia sexual, los abusos que desde la familia aún hoy se llevan a cabo con las niñas; por esa razón, y por miedo, hay mujeres que siguen viendo en el hombre la imagen del protector al que hay que obedecer y perdonar los deslices «propios de su naturaleza».

La memoria pervive en las mujeres de Las carniceras. No se olvidan los abusos sufridos en la infancia sobre todo los que se comenten en la familia, el supuesto refugio que toda niña debe tener.

Demange se posiciona al lado de sus carniceras para aportarles la fuerza necesaria hasta el punto de que la voz narradora aparece femenina, incluso podría ser una reflexión de la propia autora «Tenía aquella sonrisa malvada […] la sonrisa de la impunidad […] ¿Qué problema había? Pagaba bien, se portaba bien con ellas». La interrogación retórica convierte sus reflexiones en reivindicación femenina. La escritura es directa, tanto que algunos pueden encontrar la novela algo incómoda.

Estamos ante asesinas que no quieren ninguna excusa pues sus actos se viven sin dramatismo, sin culpabilidad. Pero la culpa, igual que el dolor, está dentro y brota cuando se sienten incapaces de tener relaciones normales con un hombre porque rechazan la figura masculina

Las carniceras supone la rebelión de la mujer que ha debido soportar una carga denigrante, una infancia que no lo ha sido. Sophie Demange quiere justicia poética por lo que los deseos de las protagonistas, en principio, se hacen realidad. La narración de este trauma constante está exenta de dramatismo, es incluso humorística a veces. La violencia expuesta sin crudeza consigue aumentar la tensión narrativa porque las protagonistas son vulnerables aunque muestren sus heridas en una atmósfera luminosa, rosa, propia de las comedias hollywoodienses del siglo XX.

Las tres son transparentes en la exploración de su identidad, donde recuerdan cierto empoderamiento femenino de las comedias musicales de los 80; pero no se pueden liberar de la presión social por lo que están obligadas a refugiarse en la oscuridad, a ocultar su oscuridad en la fachada rosa que dejan ver.

Anne, Sophie, Michelle son reflejo de la sororidad; juntas son más fuertes, no se juzgan. La novela es el fundamento feminista que pretende la ayuda entre mujeres para terminar con la competencia que llevan a cabo entre ellas para poder figurar en una sociedad machista.

jueves, 12 de febrero de 2026

COSMÉTICA DEL ENEMIGO

No había leído nada de Amélie Nothomb y, con esta novela corta que me dejó Alberto, he alucinado. Podría llevarse al teatro pues es un diálogo en su totalidad. De hecho mantiene cierta técnica teatral. El primer párrafo actúa como una acotación para aclararle a uno de los personajes cómo debe aparecer «…Tenía que estar presentable con el fin de conocer a su víctima según mandan los cánones». No cabe duda de que el comienzo de Cosmética del enemigo es inquietante; prepara al lector para ser testigo de un ataque, por lo que la conversación que mantienen Textor Texel y Jérôme Angust, en principio absurda, no nos distrae del objetivo brutal que intuimos.

La novela se lee con rapidez. Los diálogos son expectantes, la ansiedad se va apoderando del lector a pesar de las pequeñas dosis de humor pretendidas:

—Verá. Hábleme de su mujer, caballero.

—¿Cómo sabe que estoy casado? No llevo anillo.

—Acaba usted de decirme que está casado. Hábleme de su mujer

Nothomb escribe una novela que no llega a 100 páginas y nos atrae desde el principio. La posible escena teatral representa una dualidad. Cosmética es una metáfora de apariencia agradable y, sin embargo, Textor se hace antipático a su interlocutor. La conversación trivial con la que se presenta a Jérôme va cerrando más el asunto hasta tenerlo atrapado en un acoso incesante. Es como un animal que no suelta a su presa, no respeta sus deseos; en el fondo es el creador de lo que pasa, por lo que Angust va interesándose poco a poco en lo que Textor tiene que decir:


—En resumen, que su nombre significa «tejedor»

—Yo me inclino más por la segunda acepción, más elevada, de «redactor»: aquel que teje el texto.

También los lectores seguimos con atención la pesadilla dialéctica en la que se sumerge este empresario, Jérôme Angust, cuando debe esperar en el aeropuerto a que salga su vuelo, mientras lee. Pero Textor Texel lo abordará consiguiendo que deje su lectura y se interese con pasión por un relato en el que una violación, un asesinato y él mismo se convertirán en fantasmas del pasado revividos en una pesadilla actual.

En la lectura no dudamos de lo que cuenta Textor, tampoco dudamos de Jérôme, quien va cambiando su escepticismo inicial por sospecha y finalmente aceptación.

Textor es un acosador que goza de libertad total, sin embargo vive asediado por la culpa «—Poco a poco empecé a tener remordimientos». Una culpa mucho más poderosa para el ser humano que el peor enemigo, porque no nos abandona, está en nosotros y ni siquiera Dios puede salvarnos de ella «Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece callado […] vives bajo la autoridad de un tirano malévolo que reside dentro de tu estómago».

Texel es un hostigador culto que razona sus teorías con citas de Guillaume, de Spinoza, de Stirner o incluso del Génesis; con estas reflexiones consigue interesar a Jérôme quien, en un giro casi inesperado, es el que insta a Textor a que siga con su historia. Después encontraremos otro giro, definitivo, para entender esta obra de Amélie Nothomb, en la que predomina la función del espejo. El lector se mira en la obra y se da cuenta de que la culpa interior es capaz de disfrazar cualquier transgresión en falsa moralidad; de ahí que nuestro enemigo interior intente ser quien se vengue, implacable, como un jansenista, del que ha provocado el delito.

Textor Texel, con un nombre que es un trabalenguas anafórico, mantiene esta función de estimular la memoria y la concentración. Es la conciencia de Jérôme, por lo que estamos ante un protagonista dual cuyo duelo verbal deviene en algo irracional que transforma incluso el espacio, el aeropuerto anunciador de libertad, se desfigura en algo opresor.

El estilo incisivo de la autora marca no solo a los personajes. También los lectores encontramos que las consecuencias de nuestras propias acciones llevarán por bandera la culpa. Cómo desprendernos de ella es cosa de cada uno.

sábado, 18 de enero de 2025

SIN HOGAR NI LUGAR

Sin hogar ni lugar forma parte de un trío de novelas referidas a Louis Kehlweiler, apodado el Alemán. Por algo que se me escapa (no he leído las dos anteriores) dejó la policía pero ahora, que se dedica a traducir a Bischmark, sus contactos anteriores le son imprescindibles para buscar pistas cuando lleva un caso entre manos. Como el de Clément Vauquer al que busca la policía porque fue visto durante días rondar dos casas de mujeres jóvenes a las que supuestamente asesinó tras entregarles una maceta donde dejó sus huellas. Clément le pide ayuda a la exprostituta Marthe y ella lo cree, fue su protegido de niño durante cinco años, cuando todos se burlaban de él y lo acosaban.

Marthe pide al Alemán que encuentre la verdad y él lo cobija en una casona ocupada por un viejo policía —Marc Vandoosler— y tres historiadores: Lucien, estudioso y profesor de historia contemporánea; el medievalista y sobrino de Marc, Marcus Vandoosler y el prehistoriador Mathias. Allí dejarán a Clément hasta encontrar al verdadero asesino. Pero a Louis no se le escapa que todo apunta al protegido de Marthe. Aun así es capaz de sacar informes a antiguos compañeros para enterarse de cómo va la investigación «—… quiero saber lo que piensa la policía de estos dos asesinatos […] Puede que ya hayan hecho el retrato robot. Me gustaría verlo».

De esta forma, sin que la policía sea consciente, se despliega en París una batida de búsqueda formada por Marthe y las prostitutas, con una labor muy concreta, Louis y los evangelistas, que luego resultarán claves para desvelar el final y la policía de París, que será fundamental con sus pesquisas y la maquinaria que pone en marcha cuando lo cree necesario.

Lo mejor de la novela es el enredo que va surgiendo a partir de los dos primeros asesinatos, «Era perfectamente posible matarse en el Loira, incluso en estiaje. Pero no lo era menos ahogar a alguien». Van saliendo casos ocurridos en otra ciudad, en otra época e incluso en la actual, cuando Vauquer está bajo la custodia de los evangelistas; algo que por un lado deja a Clément como un héroe y por otro, sigue siendo sospechoso.

Los lectores no sabemos qué pensar ni de quién dudar porque poco a poco aparecen personajes que podrían, o no, ser culpables «La hostia puta. Otra mujer. Louis calculó rápidamente. Había muerto entre las once y media y la una y media… Habían dejado al Podadera en el cementerio hacia las doce menos cuarto […] En cuanto a Clément […] había salido durante dos horas».

Pero Fred Vargas no está dispuesta a dar paso a la evidencia. Cada vez más, los personajes van demostrando aptitudes, actitudes y actividades que podrían señalarlos como culpables. Todos, antes o después están en la lista: el evangelista Lucien porque parece que quiere que apresen cuanto antes a Clément, la vieja Marthe, que actúa como la sombra de su “muñeco”, el jardinero del cementerio, el Podadera, al que Clément aseguró ver en una violación nueve años atrás, el padrastro del exdirector del colegio donde empezaron los asesinatos, un viejo raro, machista, que se recrea e inmortaliza a las víctimas… En fin, llega un momento, que durará hasta el final, que no sabemos quién será el o los asesinos «Si supiéramos comprenderlas […] Es la impronta del asesino, su marca de fábrica, su rostro inevitable. Su firma, de alguna manera».

Pues sí, Fred Vargas es una maestra de la novela negra y deja alguna pista de quién puede ser, pero no nos damos cuenta hasta que no hemos leído Sin hogar ni lugar. Entonces puede que pensemos que el final es un tanto endeble pero en realidad es una trama posible y entretenida.

El trato que da a los personajes es inmejorable; todos adoramos a Louis, con su punto de ironía, sin problemas para mentir a la policía o a quien haga falta si eso le hace saber lo que busca y obtener el favor que quiere «anoche me tomé la libertad de hacer unas cuantas llamadas al ministerio para hablar de ti. Me satisface ver que han dado resultado».

Casi todos los personajes son perfectamente reconocibles gracias a que cada uno tiene una peculiaridad: «Loisel arrastró los pies hasta el armario metálico. Producía un chirrido de patinaje en el linóleo». Las descripciones exageradas consiguen dibujar una sonrisa en el lector.

También la tensa situación que se da en casa de Vandoosler despierta nuestro sentido del humor. En general, Vargas trata con cariño a sus personajes, tanto si es para informarnos de su situación social actual como si es para que descubramos su personalidad a través de sus actos: si tus miserables chorradas de intelectual de mierda llevan al joven Clément a la cadena perpetua, te juro que te vas a comer un ejemplar de tu libro cada sábado […] Cuando el joven pasó delante de él, su corazón se aceleró, como si lo quisiera».

Los protagonistas sienten aprecio entre ellos, se nota y precisamente por eso la lectura es tan cómoda y atrayente. Son buena gente… aunque no todos.

Los lectores leemos con ganas las comparaciones irónicas con las que el narrador describe situaciones, «¡El comisario, flexible como un leño, no quería soltar su información!».

Las afirmaciones con las que se acusan unos a otros favorecen la lectura ágil y desenfadada por la imposibilidad que retratan, «… eres un cagueta compulsivo, Marc, y que habrías hecho un papel deplorable como soldado de trinchera».

Y es que los diálogos son originales, el humor que desprenden está oculto; a veces, algo perverso, pero siempre risueño; con esto consigue una prosa detallada y ágil al mismo tiempo. En las conversaciones encontramos oxímoros, contradicciones o ironías, por lo que nunca sabemos lo que piensan realmente unos de otros; no hay grandes golpes de efecto pero está claro que la atención del lector, y la tensión, no decae:

—…veo que planchas vestidos. ¿Hay una mujer en la casa o qué?

—¿Tan asombroso sería? —preguntó Lucien con arrogancia.

—No —contestó rápidamente Louis—. Pero… es por él, por Vauquer.

—Creía que era presuntamente inocente —dijo Lucien—. Así que no hay de qué preocuparse.

Son personajes logrados. Incluso los secundarios. Sigo encontrando en Fred Vargas el amor hacia los marginados, aunque en ocasiones no les falta ironía en los epítetos con los que son nombrados; encontramos al “Pastelero Valiente”, a quien conforme hablan con él pasan a nominar a lo largo de la trama como el “Pastelero Muy Medianamente Valiente”, el “Pastelero Cobarde” y el “Pastelero Miedica”.

Indudablemente el amor hacia los niños está en Marthe, que seguirá viendo a Clément como su muñeco, y el cariño hacia los animales lo ostenta, sobre todo, Louis, quien habla con su sapo Bufo cuando tiene que aclarar sus pensamientos «—Lárgate, Bufo— dijo Louis cogiéndolo con delicadeza. Estás sobrepasando tus derechos de anfibio».

Sin hogar ni lugar tiene un argumento perfecto y una trama adictiva en la que nunca dejas de señalar a los posibles asesinos. Las causas que llevan a cometer los crímenes son perfectamente realistas, aunque la historia sea fantástica —creo que son los personajes los que la dotan de imaginación—. Solo hay un punto feminista, o antifeminista, que rechina al final, justamente por tratarse de su autora, pero no me pongo tiquismiquis cuando he disfrutado tanto.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

ALEX

Alex es la continuación de Irène y yo, como el comandante Verhoeven, he debido recuperarme durante años del trauma que me supuso leerla. Él aún no está restablecido del todo pero el jefe Le Guen, lo “convencerá” para volver a lo que realmente hace bien. Así que este caso es una especie de catarsis para Camille y para el lector.

No es necesario haber leído Irène para enterarnos de Alex. El narrador, con alusiones, nos va poniendo al tanto, «No volvieron a verla con vida. Eso hundió a Camille […] cuando empezó a delirar tuvo que ser hospitalizado […] Desde entonces solo acepta casos menores…» No es necesario haber leído Irène pero sí conveniente. Siempre merece la pena leer a Pierre Lemaitre.

Alex es una novela dura, inquietante; a veces levantamos la vista del papel porque no somos capaces de seguir enfrentándonos a unos hechos que, por ser tan fieles reproducciones de la realidad, consideramos imposibles. Pero son posibles. El narrador mira fijamente al personaje y se introduce en su mente para que los lectores seamos testigos de lo que ocurre. Parece ominisciente, pero no lo es, «Irène había hecho que su interior se fortaleciera. Camille nunca habría sido tan… Sin Irène, le faltaban incluso palabras»; el narrador va descubriendo el porqué de los actos de unos y otros con el devenir de los hechos, con la ayuda de Camille quien, una y otra vez no está contento con los resultados. El protagonista aún está afectado por lo que le ocurrió a Irène, se culpa de su muerte; no llegó a tiempo de salvarla, tampoco a su hijo. Camille ha estado cuatro años alejado de casos graves porque el sentimiento de culpabilidad se había apoderado de su mente y no le permitía ningún atisbo de redención.

Su madre también ha muerto. Verhoeven está solo y debe enfrentarse al secuestro de una chica que nadie sabe quién es ni por qué la han raptado. Sabe que el tiempo es fundamental. No puede permitirse llegar tarde otra vez, y la chica lleva desaparecida una semana. Cuando el secuestrador, Trevieux, se dirigía al almacén donde estaba la víctima, la policía lo está esperando, pero en su huida, prefiere lanzarse a los coches y morir atropellado antes que revelarles dónde retiene a su víctima. Mientras, el equipo de Camille consigue entrar en la nave pero allí no hay nadie. Una especie de jaula destrozada, rastros de sangre y ratas. Nada de la secuestrada. Solo los lectores sabemos que se trata de Alex porque la hemos acompañado en su tortura sádica, horrorosa, y nos hemos admirado de que haya podido idear algo tan siniestro para poder escapar.

Lemaitre sabe que el ser humano es capaz de cometer las mayores atrocidades para continuar viviendo aunque la vida no merezca la pena; aunque solo se vislumbre dolor, humillación y miedo, el hombre seguirá luchando por respirar.

Las descripciones del narrador son creíbles, verosímiles, porque mezclan lo que hacen los personajes y las causas de esos actos. Todo nos descoloca en un principio. Conforme vamos llegando al final, cuando Camille, Louis y Armand quieren desvelarnos lo que han ido descubriendo, somos conscientes de que aquello que nos parecía horroroso, fruto de una mente perturbada no es ni más ni menos que algo que se puede dar en la sociedad. Y quienes comenten los actos más depravados pueden convivir con una familia, con unos compañeros, con un colectivo que les abre sus brazos y los protege porque nadie puede adivinar nada extraño en su comportamiento y si alguien lo hace, sabe que es mejor no inmiscuirse en la vida de lo demás. Así somos. En el fondo inhumanos. Lemaitre rechaza cualquier atisbo de sentimentalismo y muestra al ser humano objetivamente, con toques de cruda realidad.

Por mucho que intentemos mirar hacia otro lado, esta es la sociedad que vamos creando poco a poco. Cada vez más sofisticada, puede. Cada vez más depravada, también.

El lenguaje es una seña de identidad del autor pues en todo momento es coloquial y crítico. Aprovecha digresiones para exponer la situación actual de Camille o para, haciendo gala de una ironía total, describir el carácter tacaño de Armand «apura su caña hasta terminarla y pide de inmediato una bolsa de patatas fritas y más aceitunas a cargo de quien pague la cuenta». A través de personificaciones, las sensaciones del ser humano se acrecientan, «el cáñamo parece retorcerse de dolor»; el sarcasmo no salpica solo a los criminales, también al propio Camille. Las ironías hacia su estatura son constantes «quiere demostrarle al comandante sus dotes de buen conductor, la sirena aúlla […] mientras los pies de Camille se balancean a un palmo del suelo y se agarra con la mano derecha al cinturón de seguridad». El humor negro del que hace gala el protagonista es el humor negro del narrador; el dolor y la desesperación de Alex también nos llega a través de éste, el carácter tranquilo de Louis y el del avaro bondadoso —aunque pueda parecer un oxímoron— Armand están presentes en todo momento. La relación entre ellos es un escape a la tensión de la trama.

Alex muestra en todo momento una relación estrecha entre los personajes y su entorno, cómo les afecta a todos, las dudas que se plantean, las causas y consecuencias de sus movimientos, que no son sino el testimonio de problemas de la existencia humana. La idea de la novela es desesperanzadora porque Lemaitre la transmite de la forma más verídica posible y con ello proclama una denuncia rotunda a estos males que nos aquejan como sociedad y que no son tratados desde la familia, desde las escuelas, desde el trabajo o incluso desde las fuerzas del orden público «¡Un rapto! Es una atracción, un espectáculo […] El rumor se extiende […] todos los vecinos del barrio están excitados ante esa situación inesperada […] poco a poco el rumor se debilita, el interés se desvanece […] se escuchan las primeras quejas desde las ventanas. “Queremos dormir. Ahora queremos silencio”».

La reflexión que hacemos al terminar es devastadora, por eso Alex, esta novela negrísima, queda al mismo nivel que las escritas por los más grandes de la literatura, porque Pierre Lemaitre ha dibujado la degradación de una sociedad a través del sufrimiento de los más débiles. El lector indaga, mientras lee esta novela, en la propia conciencia y en la obsesión que parece prevalecer por causar daño; en lo dañados que podemos dejar un cuerpo y una mente con torturas físicas y psicológicas que, a diferencia de las anteriores, no cicatrizarán nunca.

domingo, 19 de noviembre de 2023

ROSY & JOHN

Rosy & John, o Jean, no son una pareja al uso aunque el título nos lleve a equívocos. Son madre e hijo. Tampoco tienen una relación maternofilial normal.

Rosy & John no es una novela negra al uso. Sin embargo los protagonistas pueden ser prototipos del noir más profundo. Pierre Lemaitre es un maestro indiscutible de la novela negra. No necesita mucho: dos personajes, menos de 200 páginas, tres días, un espacio reducido, al igual que el tiempo, como puede ser la sala de interrogatorios de la comisaría y el lector no puede soltar el libro desde que comienza a acompañar a Camille Verhoeven, el comandante que, ni mucho menos, es el investigador usual del género. Con una sensibilidad fuera de lo común, no deja ningún cabo suelto; prácticamente dirige los casos, desde que se presentan. Sin abandonar su sexto sentido, avalado por los resultados de los informes, consigue que en los actos del sospechoso se planteen enigmas que tienen en vilo al lector.

Quienes lo conocemos de Irene sabemos que su personalidad, de alguna forma atormentada por su condición física, es brillante, sarcástica consigo mismo y completamente humana con los demás. Ha sufrido lo suficiente como para empatizar con aquellos que no se ajustan a la norma.

Lo mejor de Verhoeven es que, a pesar de su pequeña estatura, a pesar de no emplear la violencia, a pesar de dar la impresión de estar en un segundo plano para que el verdadero protagonista sea el sospechoso, es el eje principal del caso y la narración.

Rosy & John es un premio Goncourt, en pequeña dosis, como su protagonista, y como él, no necesita nada más para cautivar al lector.

Lemaitre hace gala de un estilo impecable en el que se apoya para construir un argumento sencillo que, presentado mediante una trama alejada de problemas, el rigor lógico desaparece ante la lógica de la investigación. Nos desafía y nos obsesiona con sus preguntas al tiempo que nos seduce con su perfecta narrativa.

El autor da una vuelta de tuerca al investigador policial y, por contraste con el comportamiento de algunos compañeros, lo erige como representante de la evolución moral del policía.

En esta novela somos conscientes de que la tortura no es un método fiable para conocer la verdad y, sin embargo, se sigue utilizando con aquellos que representan un grave problema social.

La situación es ambigua, los personajes, madre e hijo, viven juntos, a pesar de que Jean pase de la treintena. Solitario, solo le queda su madre; no obstante, según los vecinos, las discusiones subidas de tono son frecuentes. Pero lo ha perdido todo, el trabajo, su novia y las esperanzas. Cuando encarcelan a Rosie, por el asesinato de la novia de Jean, este coloca un obús en un sitio céntrico de París y se entrega en comisaría alegando que hay otros seis obuses más enterrados y cada día explotará uno si no declaran a su madre inocente, la sueltan, les dan pasaportes falsos y los llevan, con dinero, fuera del país.

En ese momento comienza una carrera policial para descubrir dónde pueden estar las bombas y cómo conseguir que Jean confiese antes de que aparezcan las primeras víctimas. Pero Camille Verhoeven cree que hay algo más, que Jean guarda un as bajo la manga y no podrán averiguarlo si no se atienen a sus peticiones.

La escritura de Lemaitre es mágica, directa; atrae poderosamente, bien por las frases cortas que aumentan un ritmo narrativo en genial contraste con la falta de acción, bien por la expresión en presente que aporta una inmediatez desesperante a lo ocurrido, incluso el pasado se narra en presente y el lector lo vive de forma actual.

La novela comienza, de forma inesperada, in medias res. Una hora de reloj hace las veces de título del capítulo del primer día: «17,00 h» y abre una serie de suposiciones que, en una enumeración asindética, advierten de la rapidez con que puede cambiar la vida «Las cosas decisivas ocurren en menos de una décima de segundo».

Las suposiciones del principio adquieren realidad cuando más adelante se presentan como imágenes cinematográficas surrealistas, «ve los tubos de metal dispersarse por el cielo, como fuegos artificiales, y descender sobre ella a una velocidad tan lenta como inexorable…».

El siguiente apartado de la novela, «17,01 h». En una décima de segundo ha cambiado la vida de algunos. Una décima de segundo puede suponer un microrrelato —como los que Lemaitre hace de alguno de sus párrafos— que cuenta la vida de personas en unas pocas líneas.

El narrador omnisciente, en tercera persona, se dirige al lector para asegurarse su atención «Llamémosle Jean […] ya volveremos a ello más adelante. Por el momento, pues, Jean».

A veces se permite se permite el uso de aforismos para denunciar algunas actitudes sociales «En eso consiste una democracia moderna: un país en el que los profesionales han tomado el poder».

Asimismo la tensión generada por la propia situación angustiosa, se elimina en ocasiones con la cantidad justa de humor, a veces negro, otras, irónico y las más, con grandes dosis de sarcasmo. Es increíble cómo en una realidad tan angustiosa y dramática, la redacción sea tan desenfadada; el lector puede esbozar una sonrisa con cotidianeidades que censuran a quien las protagoniza, «La suya (su madre) tiene treinta años, pero la madurez de una adolescente […] es bastante olvidadiza, y pasa de un pensamiento a otro con una velocidad pasmosa». El humor está en las impresiones del propio narrador, «El hombre entonces le asegurará que lo entiende (venga ya…)»; en metonimias sobre el protagonista, «Camille es un metro cuarenta y cinco de cólera», o en impresiones cínicas que tuvieron de él «Lástima que los misóginos no te conozcan, les ayudaría a relativizar»; en personificaciones que humanizan a los animales, «mientras la gata, sentada en una esquina de la mesa, se hace la indiferente»; en hipérboles imposibles «Perder un dedo, en esta profesión no significa nada, pero cuando uno se cree inmortal es un fracaso»; y sobre todo en sarcasmos que encierran un inteligente y desenfadado humor negro «Es un buen chico. No haría daño a una mosca […] Lo que se dice moscas no ha matado ni una en la rue Joseph-Merlin».

La resolución de Rosy & John es ingeniosa por realista. Los lectores sentimos que no podía ocurrir nada diferente en un final que parece parodiar la novela negra americana, en la que los personajes protagonizan una rocambolesca historia romántica y el autor, Pierre Lemaitre, sobrepasa a su protagonista, «Verhoeven está a dos dedos de leyenda».

Lemaitre orienta la novela desde un punto de vista opuesto a los hechos, esto supone que el lector vaya descubriendo lo ocurrido al mismo tiempo que el comandante y supone, también, que Camille deba ver la situación desde otro enfoque al esperado.

Cuando leí Irene quedé fascinada por la escritura y desolada por el final; juré que no volvería a leer algo tan doloroso. Pero mi hijo está maravillado con la trilogía de Camille Verhoeven, así que dejándome llevar por él me “he atrevido” con Rosy & John y estoy deseando retomar a Camille con Alex.

sábado, 14 de octubre de 2023

ME VOY

¿Cómo es posible decir tanto con tan poco? Esta es la sensación que me ha quedado con la última novela que he leído. Porque lo es, aunque a veces tengamos la impresión de estar ante una reflexión-ensayo sobre el hombre; no del ser humano en general, más bien del protagonista, Ferrer, alguien que ha llegado a su madurez sin haber madurado, alguien que se deja engañar fácilmente porque, en el fondo, su único interés, si es que en realidad lo tiene, es sobrevivir a costa de engañar; pero tampoco tiene la maldad suficiente para hacer daño a quien no le da lo que necesita; cree que tendrá otras oportunidades, que la vida lo espera con los brazos abiertos porque es él.

Ferrer es un mediocre, indolente, que a veces parece que se mueve porque no le queda más remedio, aunque él no ponga reparo ninguno a sus dificultades. Se deja engañar fácilmente y aun así, asombrosamente, va sorteando los obstáculos.

Él quería ser artista pero no lo es, así que abre una galería de arte con la misma ilusión que afronta su matrimonio, ninguna. Su mujer, Suzanne, lo deja y el encargado que lleva su galería proyecta un desfalco, por lo que lo anima a ir al Polo Norte en busca de un tesoro escondido en el Nechilik después de que hubo naufragado.

El título de la novela, Me voy, lo dice todo, porque Ferrer marcha al Polo en busca del tesoro mientras se van de su lado todos los que lo rodean.

No había leído nada del autor, Jean Echenoz, y fue Humilde lector (de Babelio) quien me lo recomendó a través de esa plataforma. Leer a Echenoz ha sido todo un descubrimiento; si Ferrer encuentra «una armadura de marfil con lazos, un aparato de reventar ojos de caribú hecho con asta de caribú […] cráneos con las bocas rellenas con barras en forma de raíz de obsidiana, las órbitas con bolas de marfil y pupilas de azabache incrustado. Una fortuna», yo he encontrado la verdadera riqueza en la prosa de este escritor. Con un estilo sencillo, casi minimalista, apuesta por resoluciones sorprendentes; la trama, no cabe duda de que es desmesurada, sin embargo podría tratarse de una biografía real. Ferrer es la viva imagen de la soledad; es verdad que él abandona a quienes lo rodean, pero también es abandonado.

El caso es que cierto humor melancólico predomina en esta novela, «ayudado por una joven llamada Elisabeth —a quien ha contratado en plan de prueba en sustitución de Delahaye— […] ya veremos cómo funciona […] le propone ir a buscar uno o dos al taller, haremos un ensayo con ellos […] así verá lo que quiero decir, Elisabeth. Acto seguido se dirige al fondo de la galería, abre la puerta del taller y qué ve: forzada, abierta […] Para qué plantearse si llamar o no a Sonia».

El argumento transita por el universo errante en el que se mueve Ferrer mientras aspira a mucho y obtiene muy poco. Ferrer, aunque esté acompañado, se encuentra solo, por lo que consigue que el narrador, omnipresente, testigo sobre todo de lo que hace el protagonista, exponga su visión personal del mundo, no una realidad social. Nos encontramos al llegar al aeropuerto, en el Polo Norte, en Biarritz, en España…, cierto realismo irónico con el que destaca diferentes tipos de humor, desde el sarcasmo al humor negro o escatológico.

Las digresiones del narrador son frecuentes y a veces se vale de ellas para aportar, con estructuras paralelísticas, cierto ritmo al escrito, «Los habitantes de estas mansiones parecen coincidir en […] Por ejemplo, en un despacho azul, una rolliza joven tocada con dos gruesos auriculares […] Por ejemplo, un hombrecillo pelirrojo de mirada distraída […] Por ejemplo una corresponsal de guerra de la televisión […] Pero por el momento no ve a nadie».

El narrador hace gala de una frase corta, musical, con la que describe con esmero términos técnicos, aunque su prosa no explique sino todo lo contrario, más bien apunta; a veces incluso deja las frases sin terminar para que el lector, a quien tiene siempre en mente, las acabe, porque se entienden, como si estuviéramos presentes ante él para mantener una conversación coloquial. La función conativa es constante, llama nuestra atención con la idea de provocar diferentes reacciones, a veces usa el vocativo «Y mira, qué decíamos, no han pasado dos días y ya aparece otra». Otras veces, el uso de la primera persona del plural es efectivo para lanzarnos guiños sobre la continuación del argumento, «estaría entonces estupendamente sin ninguna mujer en absoluto, pero ya lo conocemos». Y en otras ocasiones, el narrador no duda en utilizar una orden para que cambiemos nuestra atención a algo que requiere más urgencia en la puesta al tanto de la trama «Pero no podemos desarrollar este punto de manera inmediata […] una novedad más urgente: en efecto, nos enteramos en este instante de la trágica desaparición de Delahaye».

Los lectores tenemos constantemente la impresión de que el narrador es un amigo que nos está exponiendo los hechos para que opinemos, por eso él a veces opina sobre el personaje, causando en nosotros extrañeza o adhesión a lo que dice, «Hélène no había dejado dirección ni teléfono alguno dado que el otro idiota no se lo había pedido nunca».

Nos encontramos en una paradoja constante, los personajes presentados para tener cierto papel, van desapareciendo de la vida del protagonista, todos se van volviendo invisibles consiguiendo la desorientación del lector y del propio protagonista que, aunque avisa al principio y al final de que «me voy», en realidad no lo hace; la vida continúa para él acumulando pasados; de hecho, las analepsis constantes, intercaladas, van describiendo a un ser capaz de acaparar un descalabro tras otro con cierta dejadez, «Lo que no funcionaba tan bien, seis meses atrás, era la galería, […] el último electrocardiograma de Ferrer dejaba también bastante que desear […] como trepar indefinidamente por una cuerda, pero lisa».

Llegados a este punto somos conscientes de que Jean Echenoz es un maestro en el uso de la lengua; juega como quiere con las palabras, que indefectiblemente, siempre acompañan al ritmo que le interese imprimir. Si usa las estructuras paralelísticas para dar una cadencia perfecta, el significado de las palabras le ayuda a crear un ritmo lento cuando le interesa: «envolvente, apaciguar, acomodándose, dispuestos, somnífero, espera pacientemente, mirada ausente poniéndose en movimiento imperceptiblemente…».

La ralentización de movimientos ayuda a resaltar la soledad absoluta de Ferrer a pesar de llegar a convivir con Delahaye y Victoire al mismo tiempo, sin haberlo decidido él personalmente.

Usa el polisíndeton para aumentar lo exhaustivo de una descripción o prefiere el asíndeton cuando quiere remarcar la rapidez. Une lenguas diferentes y códigos distintos para estimular la disposición humorística de situaciones con las que llegamos a enjuiciar la esencia de Ferrer, «al poco pasa a hallarse en un estado de media erección: pero lastrado, casi desequilibrado por ese apéndice perpendicular a la combada vertical de sus vértebras […] añadiendo una nueva sedimentación a la papelera pero que, mutatis mutandis si no nolens volens, hace que su aparato recobre un tamaño normal».

El humor es visual, construye con el lenguaje verdaderas imágenes que aportan en más de una ocasión la ilusión de estar ente una obra teatral. Incluso la personificación de todo lo que rodea a Ferrer, los animales, la naturaleza, se confabula para perjudicarlo, «No contentas con enturbiar la trasparencia del aire y hurtar los objetos a la mirada, las nieblas podían agrandarlos de modo considerable», «El cielo […] expectorando, zafio».

Después de esta reflexión he llegado a una conclusión importante, el protagonista es un antihéroe, un pobre hombre que a veces nos causa desprecio; otras, pena; otras, indiferencia; pero sabemos que está ahí, como el resto de personajes, para ensalzar las posibilidades de la lengua que ya de por sí, es suficiente para conformar una novela maravillosa. «Luego articula […] que no va para Toulouse sino a Toulouse, que resulta lamentable y curioso que se confundan esas preposiciones cada vez más frecuentemente».

sábado, 7 de octubre de 2023

CUENTOS FRANCESES

La editorial Gadir tiene una joya en formato pequeño y Babelio me la ha regalado en su última Masa Crítica. Gracias. Muchísimas gracias. He saboreado cada uno de los Cuentos franceses que componen este libro. Son cuentos del siglo XIX, tan lejano ya, escritos por seis de las mejores plumas de la historia. En ningún momento tenemos la impresión de estar leyendo algo anticuado; es lo que tienen los genios, que son universales. Y eso que, en su mayoría, forman parte de la corriente realista, pero cada uno tiene sus peculiaridades. La editorial decidido abrir el volumen El arca y el fantasma, de Henry Beyle, Stendhal, nacido en 1783.

En el cuento se observan ya las características que van a marcar a los protagonistas de sus novelas: el héroe moderno, aislado en la sociedad, aparece en la figura de don Fernando que, enamorado de Inés, debe soportar ser encarcelado porque don Blas, el terrible jefe de policía, se encapricha de ella y soborna a su padre para obtenerla en matrimonio. El policía le propone que liberará a D. Fernando si este se va a Mallorca. Tras estar allí dos años vuelve a Granada y los enamorados burlan los celos de D. Blas aprovechando un baúl y la ayuda de Sancha, la amiga de Inés. El ingenio de la mujer es manifiesto; son capaces de mezclar el asunto de la pareja con una riña callejera «Sancha dijo con medias palabras que, nada más llevar Zaga a su casa el arca con sus géneros, había entrado en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano». Además del ingenio, en la mujer encontramos el uso de la razón, fundamental para salir de las dificultades, pero Inés sabe que su condición está marcada por el determinismo y se lo hace saber a Fernando, «tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga», por lo que ambos ponen en práctica sus ideas avanzadas en el amor. Sin embargo un final sorprendente deja al lector sobrecogido tras leer la historia con gran incertidumbre.

Como su nombre indica, El caballero doble hace gala de inquietante fantasía. Théophile Gautier, nacido en 1811, convierte el principio de su cuento en una descripción lírica de la dama Edwige, enamorada que recuerda, con las interrogaciones retóricas del narrador, a la princesa que Rubén Darío plasmó en su Sonatina «¿Qué es lo que tanto entristece a la rubia Edwige? ¿Qué hace ahí, sentada, sola, con la barbilla apoyada en la mano y el codo en la rodilla…». No cabe duda de que Gautier fue un precursor del Modernismo. Con El caballero doble encontramos una prosa llena de encanto y sensibilidad cargada de léxico romántico «ángel caído», «languidez pérfida». Asimismo otras características románticas van apareciendo en el relato: el epíteto épico «el hijo moreno y rubio de Edwige la triste», la presencia de la muerte «Sobre su tumba hay una estatua tumbada…», el color negro «un ojo de azabache iluminado», el ambiente tenebroso marcado por la condición de los personajes, «Una niebla producida por su sudor y respiración, le envuelve y le persigue». Y no faltan, además, los recuerdos al padre del cuento de terror: «un cuervo negro brillante, con destellos de azabache, posado sobre su hombro». El estilo es depurado, preciso; del que se vale el autor para destacar la ironía de la situación engañosa a la que Edwige somete a su marido. Una circunstancia que acarrea toda una confusión no solo para los padres sino para el niño nacido: «El pequeño conde Oluf tiene una estrella doble».

Gautier se vale de Oluf para destacar la lucha librada cuando alguien arrastra una doble personalidad, de forma que la lírica del comienzo se va doblando en una prosa oscura llena de terror. En El caballero doble distinguimos el conflicto que surge en el hombre cuando se debate entre el bien y el mal.

En Tamango aparece el historiador que, ante todo, fue Prosper Mérimée. Con gran ironía, rayando en ocasiones el sarcasmo, ataca a la sociedad del siglo XIX capaz de tratar a personas peor incluso que a los animales. Mérimée denuncia el comercio de esclavos y los abusos cometidos especialmente con los negros. «Estos aparecieron formando una larga fila, con el cuerpo encorvado por el cansancio y el terror, llevando cada uno en el cuello una larga horca de más de seis pies, con las dos puntas unidas en la nuca por una barra de madera».

La denuncia queda más evidente por la forma de narrar, con fórmulas propias del realismo que dan la impresión de estar contando una crónica más que un relato imaginativo; para ello, el narrador a veces se muestra indeciso, no es omnisciente, no lo sabe todo, es un testigo omnipresente que a veces utiliza el humor, otras la ironía y otras la realidad descarnada para relatar los hechos. Con la primera persona del plural introduce al lector en la narración, lo hace partícipe de lo sucedido «En medio de aquellos hombres desesperados, imaginemos a las mujeres y los niños gritando de miedo». El anticlericalismo es evidente, «invocaban a sus fetiches y a los de los blancos». El estilo de Mérimée, vigoroso, adopta en Tamango un tono violento con el que desmonta cualquier atisbo de afectividad humana. Una historia con tanta fuerza que no nos extraña que fuera llevada al cine para contar la historia de la venta de esclavos.

Bibliomanía, de Gustave Flaubert, nos adentra en el mundo de los libros. Hasta dónde puede llegar nuestra pasión por ellos. En este caso Flaubert confiere al libro, el objeto, el verdadero protagonismo, pues el coleccionista apenas sabía leer, no le interesaba su contenido, «amaba su olor, su forma, su título […] su vieja fecha ilegible, las letras góticas, curiosas y extrañas, los densos dorados que recargaban sus dibujos…».

En Bibliomanía, la realidad contiene la belleza de lo irreal, esto le aporta cierta resonancia romántica al reflexionar sobre los peligros de las obsesiones y adicciones «Era ese: el Misterio de San Miguel […] Saltó por los agujeros, volaba por las llamas, pero no halló la escalera que había llevado hasta el muro […] Se le empezaba a quemar la ropa…». La trama está basada en la historia real de un librero convertido en asesino. Además, las referencias a Dante, añaden misterio y realismo al argumento: «»un hombre que reía amargamente con la risa de los condenados de Dante», y por supuesto, la mención a Hoffmann, unida al entorno calificador del personaje y las constantes oraciones adversativas que terminan en una conclusión nefasta, mantienen rasgos románticos que acentúan la locura del personaje «seres satánicos y extraños a los que Hoffmann desenterraba en sus sueños. […] Era alto […] pero iba encorvado […] su cabello era largo pero blanco […] fisonomía pálida, triste, fea e incluso insignificante».

Con una prosa diáfana y concisa consigue cierta exactitud y musicalidad en la lectura. Las enumeraciones de graduación ascendente y las repeticiones ejemplificadoras definen a la perfección la condición humana que marca, como no podía ser de otra manera, un final espectacular.

La jornada de un periodista americano en 2889 señala los comienzos de la ciencia ficción a pesar de que su autor, Jules Verne afirmase estar más interesado en la ciencia y en lo que en años venideros podía llegar a ocurrir. El caso es que acierta casi con todo lo que aparece en este cuento; no cabe duda de que estaba al tanto de innovaciones científicas y tecnológicas; sus predicciones de «casas de trescientos metros de alto, con la temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches», sobre «energía que proviene de cualquier fuente», sobre el control de la natalidad en China, sobre técnicas de alimentación, sobre la preponderancia de la inteligencia artificial y los avances de la robótica o sobre la criogénesis son asombrosas, y el humor con el que lo afronta todo no resta ni un ápice a su inteligencia y visión de futuro «—¡Nada, no, señor! —respondió Francis Bennett— ¡Les queda Gibraltar!».

Y, por último, la crítica a la burguesía la encontramos en El paraíso de los gatos, una fábula de Émile Zola que le sirve para reflexionar sobre qué es mejor, la seguridad de una vida tediosa o la incertidumbre de la libertad para perseguir los ideales. Además este cuentecillo es una metáfora de la naturaleza del hombre, determinada según el medio y las circunstancias en los que se desarrolla. «Me acordé con amargura de mi triple colcha y mi almohadón de plumas».




Seis autores esenciales de la literatura francesa y universal. Un libro imprescindible de la editorial Gadir.

lunes, 30 de agosto de 2021

IRENE

¡Vaya libro! He terminado Irène. No cabe duda de que es novela negra. Y un homenaje a la novela negra. Y al cine negro. Pero también tiene grandes dosis de sensibilidad, algo inusual en el subgénero negro. Desde las primeras páginas conectamos con el protagonista porque entendemos que ha debido pasarlo mal en su infancia, adolescencia, juventud… No es fácil crecer en un ambiente casi selecto, con una madre pintora de cierto éxito que no supo controlar su adicción en el embarazo, provocando una hipotrofia en su futuro hijo. Y así nos encontramos con que «Desde lo alto de su definitivo metro cuarenta y cinco, Camille no sabía, en aquella época, a quién odiaba más, a esa madre envenenadora que le había fabricado como una pálida copia de Toulouse-Lautrec solo que menos deforme, a ese padre tranquilo […] o a su propio reflejo en el espejo: a los dieciséis años, todo un hombre que se había quedado a medio hacer».

Pero tiene otras cualidades, entre ellas es inteligente y tenaz, por lo que después de terminar Derecho ha llegado a comandante de la Brigada Criminal y se ha casado, en su madurez, con Irene, una chica dulce y alegre que ha sabido apreciar su sentido del humor. Y están esperando un hijo en el que tiene todas sus esperanzas puestas y con quien vislumbra un futuro feliz.

El narrador, en tercera persona, nos va poniendo al tanto de la vida íntima de Camille Verhoeven, con pequeñas dosis diseminadas por la novela, porque lo principal es que se ha producido un asesinato doble en Courbevoie, una masacre en la que los cuerpos de dos chicas han aparecido mutilados en un caos perfectamente estudiado. El dueño del apartamento reconoce que lo alquilaron con un año de antelación, solo para unos días. Camille intuye algo diferente e inquietante en la escena «—La huella del dedo, allí, en la pared, es demasiado perfecta para ser involuntaria […] hay todo lo necesario, teléfono, contestador, salvo lo esencial: no hay línea».

Efectivamente, el equipo de investigación llega a la conclusión de que es un escenario preparado, sacado precisamente de una novela negra, American Psycho, de B. E. Ellis. Poco a poco van descubriendo que los crímenes basados en novelas comenzaron en el 2000, cuando trataron de imitar El crimen de Orcival, de Gaboriau y el de Roseanna (de Sjöwall y Wahlöö); en 2001 escandalizaron la puesta en escena del asesinato que ocurre en Laidlaw, de Mcllvanney, y la recreación del sucedido en La dalia negra, de Ellroy y finalmente la de American Psycho, en 2003. Tres años preparando y cometiendo los homicidios de seis mujeres con las mismas características y en el mismo lugar que los narrados en la ficción.

No cabe duda de que el autor es un psicópata que intenta una representación de la realidad. Además graba, como si fuera un director de cine que expone al público la ficción que ha preparado basada en la propia ficción. Es como representar una metanovela.

El comandante Verhoeven y su equipo investigan contra reloj pues, para rizar el rizo, el asesino se pone en contacto personalmente con Camille para confirmarle su obra inacabada. Camille se rodea de unos compañeros a quienes admira y, sobre todo, en quienes confía. Los sospechosos, un librero y un profesor de universidad, eruditos en novela negra, ayudarán a resolver dudas. Pero podrían actuar así para despistar. Mientras tanto, el periódico Le matin anuncia los hechos antes de que el comandante avise a sus superiores, lo que nos previene de un delator cercano que tiene contacto directo con el periodista Buisson quien, como es lógico, no desvela su fuente.

El equipo consigue atar cabos hasta que el lector no puede desviar la mirada de las páginas porque intuye el final. Por supuesto, lo presiente cuando Pierre Lemaitre quiere. Antes ha jugado con nosotros, nos ha llevado de un lugar a otro, de un sospechoso a otro, hasta que estamos seguros (porque nos ha sido revelado). En esos momentos necesitamos llegar al final para saber cómo termina. También el narrador, que como si fuese él quien rueda ahora una película, salta de una escena a otra dejando a medias los diálogos, cambia de personaje sin explicar ni describir del todo las acciones, la información se ajusta al ritmo frenético de la narración, que es el de la búsqueda excitada, para que, inacabada, la termine el lector,


Camille entra en el cuarto de baño, se sube a la papelera para mirarse en el espejo.

Es un buen golpe […]

Verhoeven se vuelve bruscamente. Brieuc está en el umbral de la puerta […]

—Creo que cogí unas cajas para mi hijo […] Deben estar en el sótano. Si quieren echar un vistazo…

El coche va demasiado deprisa. Esta vez es Louis quien conduce…

Y así, el lector, leyendo de forma desordenada, con el equipo, la última novela, llega al final de la escrita por Pierre Lemaitre, donde todo encaja a la perfección, los días transcurren y la policía hace su trabajo con precisión, de manera que apenas notamos que la historia fluye hasta que estamos inmersos, irreversiblemente, en ella.

Una novela dura, negra, pero excepcional. Original, inteligente y, probablemente, uno de los mayores reconocimientos al género y a los grandes de la literatura.

Pero no todo es terror o espanto en Irène. Camille conoce a su equipo y nos lo muestra desde la ironía, pero con cierto cariño. Conocemos a Armand, ordenado, minucioso, eficiente y tacaño en demasía, hasta en informaciones falsas para que hablen los sospechosos


Armand se decidió a entrar

—Acabamos de encontrar a Marco. Tenía razón, está en un estado lamentable.

Camille, fingiendo sorpresa, miró a Armand.

—¿Dónde?

—En su casa.

Camille miró a su compañero con lástima: Armand ahorraba hasta en imaginación.

Conocemos al comisario Le Guen, fatalista, probablemente porque «llevaba veinte años a régimen sin haber perdido un solo gramo». Jean Claude Maleval, un joven que «abusaba de todo, de la noche, de las chicas, del cuerpo […] Maleval tenía el perfil de un futuro corrupto». Y Louis, elegante, rico, culto, con talento, «odiaba la religiosidad y por ende el voluntariado y la caridad. Se preguntó qué podría hacer, buscó un lugar miserable. Y de pronto lo vio todo claro: ingresaría en la policía».

Por supuesto también Camille queda descrito, por sus actos, como observador minucioso, algo inseguro en cuanto a su persona pero seguro y pertinaz en el trabajo, bromista con sus compañeros y sarcástico o cortante con quienes no le caen bien.

La brigada Verhoeven no es al uso, tampoco la novela. Desde el principio, el narrador crea emociones en el lector con diferentes estilos, la prosa poética, al referirse a Irene, contrasta con la irónica cuando alude a Camille y la cruel y descarnada con la que relata lo concerniente al psicópata. Es difícil no sentirse atraídos por Camille y casi imposible no admirarnos ante la relación que ha establecido con su mujer.

En el aspecto social, la novela toma conciencia de los problemas comunitarios a los que nos enfrentamos desde que el hombre es un ser civilizado y consigue que seamos conscientes de la maldad y corrupción que nos rodea.

Pierre Lemaitre es el autor de una novela criminal, diferente en el estilo y en el protagonista. Aunque el asesino sea el centro, el autor da voz a los personajes secundarios que ayudan, con las investigaciones, a ceder el puesto protagonista a la propia novela, al género negro que aumenta su popularidad cuando trasciende de las páginas al cine. A todo color el asesino está vigilando siempre la escena, como un dios que decide la suerte de las mujeres cuando él lo ve oportuno. La mujer es un medio para darle fama y poder cuando deje expuesta su obra. El asesino se vale del universo ficticio para crear su realidad basada en la ficción. La policía vive una realidad sacada de la peor pesadilla. Nada tiene sentido hasta que Camille encuentra luz en la novela negra. Fantástica.