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domingo, 31 de octubre de 2021

LOS PERROS DE RIGA

Está claro que la novela negra es un buen reflejo social, por eso es tan diferente la del norte respecto de la meridional. La manera de afrontar los casos tiene que ver con el temperamento de los habitantes, sin olvidar la importancia de las condiciones climáticas. Sin embargo después de leer novelas protagonizadas por detectives españoles, italianos o griegos debo reconocer que los fines para cometer asesinatos son similares en todo el mundo. La corrupción, que salpica a cualquier esfera, no tiene lugares predilectos. Las ansias de poder a cualquier precio, tampoco. El miedo a lo desconocido, menos aún.

Los perros de Riga no es una novela negra al uso, más bien es de intriga, y no es que necesite catalogarla pero llama la atención que, frente a una policía letona conspiradora, sin escrúpulos ni sentimientos se mueva Kurt Wallander, nuestro policía sueco preferido, en una posición excesivamente sensible. Va desarmado, se emociona con detalles de la vida de los que sufren pero en los que aún no se atreve a confiar, se enamora casi al instante de alguien que acaba de conocer y reflexiona sobre la vida espiritual a pesar del miedo que lo atenaza en todo momento. Creo que en este caso se sobrepone el plano existencial a la realidad, «La noche que pasaron en la iglesia fue un punto de inflexión en la existencia de Kurt Wallander».

Tras la segunda novela que leo, pienso que Henning Mankell ha dejado a la vista que en su obra prima el respeto por el ser humano, la denuncia a países que viven en pésimas condiciones y la acusación hacia su propio país, un lugar en el que se vive bien pero que queda lejos de esa imagen paradisíaca que tenemos de Suecia en nuestra mente.

Cerca de la costa de Ystad llega un bote con dos hombres muertos de un tiro en el pecho, sin embargo todo apunta a que fueron asesinados en otro lugar y metidos en el bote a la deriva.

Cuando el equipo de Wallander empieza a investigar se ve sobrepasado, pues aparecen especialistas de homicidios y narcóticos para colaborar, así como el Ministerio de Asuntos Exteriores. El caso se abre con aspectos intrigantes e inquietantes «Sus empastes están hechos por un dentista […] ruso. […] Antes de matarlos los habían torturado: los habían quemado, despellejado y además tenían los dedos machacados».

Al ser naturales de Letonia, envían de allí al mayor Liepa para que resuelva el caso y, después de trabajar unos días con Kurt Wallander, regresa a su país. Desde Letonia requieren al policía sueco, pues Liepa ha desaparecido nada más llegar. Al tomar contacto con los Estados Bálticos es cuando el caso se complica con un tema del que tanto sabemos por aquí: el intento de golpe de estado por parte de una facción policial avalada por Rusia.

Mankell esboza una imagen crítica de la Europa del este; encontramos un compromiso político-social con los países aquejados por una dictadura. El retrato de Letonia es lamentable, lleno de contrastes, donde la gran mayoría vive sumida en la pobreza y el miedo a expresar la propia opinión ante desconocidos. Nunca se sabe quién escucha o qué puede pasar. Las reflexiones que Wallander lleva a cabo sobre los países bálticos son constantes, «este es un país pobre […] Durante años hemos vivido encerrados en una jaula […] se abrieron las esclusas a una oleada de avidez, avidez por todo lo que antes nos habíamos visto forzados a contemplar a distancia».

¿Será cierto que los países que han pasado por una dictadura están más predispuestos a la corrupción?

El caso es que Wallander se fija en que mientras hay penurias para el pueblo, también circula —para determinados bolsillos— el alcohol «una copa de whisky que costó casi lo mismo que la cena», la prostitución y las drogas. La situación llega a ser tan agobiante para el policía, que le viene a la mente la entrada al Infierno de La  Divina Comedia cuando pretende salir de Lituania, «Kurt Wallander tenía miedo. Más adelante recordaría los últimos pasos que dio en tierra lituana frente a la frontera letona como un andar de paralítico hacia un país desde el que podría gritar las palabras de Dante: ¡Abandonad toda la esperanza los que entréis aquí!».

Seguro que lo recordará siempre, al igual que por su mente pasan las experiencias vividas en Asesinos sin rostro, «cuando luchaban mano a mano por resolver el brutal asesinato de los dos ancianos de Lenarp», y las reflexiones que su amigo y compañero, muerto de cáncer, compartía con él constantemente, «Intentaba imaginarse las respuestas y reacciones de Rydberg y unas veces lo lograba y otras solo veía ante sí su cara demacrada en el lecho de muerte».

En Los perros de Riga, la solidaridad y disposición de Wallander a ayudar a quien lo necesite es evidente y su rasgo más característico; su físico no es destacable, siempre en lucha por bajar de peso aunque no pueda dejar la comida basura y siempre en lucha por controlar su ira aunque no consiga dejar la bebida; sin embargo su preocupación por el bienestar de los demás es algo prioritario, por eso no duda en trasladarse a un país cuyas condiciones de vida son infinitamente peores y las posibilidades que tiene para desenmascarar el intento de golpe de estado, imposibles. Pero debe ayudar a aquellos dispuestos a dar su vida por un futuro mejor. Y la novela se nos presenta tan realista que tenemos la impresión de irrealidad. La investigación apenas avanza, ¿qué puede hacer uno solo contra todo un complot mundial? Los sucesos se ralentizan y el lector, durante un tiempo, solo es consciente del miedo de Wallander, «comprendió que iba a morir y cerró los ojos». Pero es una novela y en este caso, el protagonista se verá salvado por quien menos se lo espera. La trama está tan argumentada con la humanidad de Kurt Wallander que no deja traslucir en realidad su valentía. La imaginamos, aunque es evidente que cuenta con mucha ayuda y mucha suerte. Probablemente por eso es más humano que cualquier otro detective de novela negra. Probablemente Henning Mankell escriba una novela negra más realista que la de cualquier otro escritor. No le importa denunciar los problemas entre los funcionarios, sobre todo los del departamento policial en Suecia: el bajo sueldo, la escasa preparación o los escándalos judiciales, «desde el ministerio […] A veces me dejan de lado a mí, otras es al ministro de Justicia a quien engañan, pero la mayoría de las veces a quien no le dicen más que una ínfima parte de lo que realmente está sucediendo es al pueblo sueco».

Los perros de Riga no son perros, son sombras que se mueven, cobardes, detrás de Wallander, detrás de quienes intenten un mundo mejor, más justo. Y como sombras permanecen a pesar de los esfuerzos de Mankell, a pesar de los esfuerzos de tantos por denunciarlo. Porque, aunque sean muchos, la jauría es peligrosa y no tiene conciencia.

domingo, 24 de octubre de 2021

LA COSTILLA DE ADÁN

¡Qué título tan acertado! Hace tiempo vi en televisión una película protagonizada por Katharine Hepburn y Spencer Tracy; disfruto aún con cualquier película en la que salga esta actriz, creo que fue una adelantada a su tiempo y eso se notaba incluso en el mundo ficcional en el que nos introducía. La película, La costilla de Adán, es la lucha por la consideración de la mujer no sólo como señora de, sino como señora, profesional de cualquier campo laboral.

En fin, 65 años después, Antonio Manzini escribe La costilla de Adán, el segundo caso del subjefe Rocco Schiavone.

Leí el primero, Pista negra, y me declaré fan del autor y de su creación. He leído este segundo y pienso leer todo lo que escriba de este policía, destinado en Aosta tras darle una paliza (que lo dejó tuerto y cojo) a un violador de niñas. Pero Rocco se tomó la justicia por su mano y el padre del violador era un político importante.

En esta entrega, Schiavone sigue sin habituarse al frío de las montañas, entre otras razones porque su abrigo Loden no está preparado para esas temperaturas y sus zapatos Clarks no resisten la nieve. Sigue hablando con Marina, su mujer asesinada cinco años atrás, de la que aún está enamorado «Marina es celosa de su calor. Siempre lo ha sido. Yo del mío no. Se lo daría todo. Se lo daría todo con tal de volver a abrazarla». Sigue manteniendo su escala de «tocadas de cojones» con las que pueden molestarle en su trabajo, Sigue hablando mal a ciertos subordinados un tanto inútiles, aunque confíe plenamente en su equipo y sigue impartiendo justicia a pesar de que no entre en sus competencias «—No eres juez […] —No puedes hacer siempre las cosas a tu manera». Pero creo que no será la última vez pues todo en su vida gira en torno a Marina, alguien que ya no forma parte de la existencia, por lo que nada lo ata tan fuerte a esta realidad como para temer alguna represalia.

En La costilla de Adán una mujer aparece ahorcada en su casa, aunque por las marcas del cuello todo hace pensar en que primero fue asesinada y luego colocada para simular un suicidio. Las pruebas van apuntando a un culpable, sin embargo hay algo que no le cuadra al subjefe Schiavone. Curiosamente el propio diario de la muerta le dará la solución y será Rocco quien, una vez más, sentencie la pena.

Antonio Manzini denuncia esta sociedad deformada a través de otro “héroe” que se suma a todos aquellos que nos hacen soñar con un mundo mejor, a pesar de ser tan antihéroes que a veces cuesta encasillarlos en el lado correcto de la ley. Nadie es perfecto. Rocco Schiavone tampoco, pero hay en él un no sé qué sentimental adorable y tanta rabia contenida que lo hacen más atractivo todavía. «—Hazme un favor —[…] escupe ese chicle o hago que te lo tragues […] Y entonces, de improviso, le endilgó un puñetazo en la barriga; el chico se dobló en dos […] Fabio Righetti se había tragado el chicle».

El protagonista es el eje de la novela y la novela es más que Rocco; a su alrededor trabaja un equipo que retrata con ironía la sociedad actual, incluso esa que creemos idílica, entre montañas, donde la belleza del paisaje es directamente proporcional a su inclemencia y en la que las pasiones más bajas del ser humano desentonan sobremanera en un lugar que casi toca el cielo.

El autor aprovecha estas discrepancias para retratar cuadros sociales típicos que permiten adivinar su labor como director de cine. Manzini nos deja una literatura de calidad que además nos divierte, nos entretiene con una estructura actual influida por la técnica narrativa de los mass media. Los personajes adquieren significado en un emplazamiento duro aunque sublime, por eso necesitan ayuda, evolucionan, se adaptan, sufren, hasta que consiguen centrarse para cumplir su función, para trabajar con la miseria humana sin que el entorno pierda su encanto, «bajo aquella luz amarillenta los copos volaban como polillas, a centenares, lentos y majestuosos. Le cayó uno en la mejilla. Rocco se lo secó. Alzó entonces la vista al cielo color acero y los vio abalanzarse sobre él por decenas. Surgían de la oscuridad y tomaban cuerpo a pocos metros de él».

En ocasiones podemos pensar que en la trama se insertan datos, situaciones o hechos irrelevantes, pero están ahí con pleno derecho porque redundan en la fascinación del lector y en el conocimiento que este puede llegar a tener del protagonista. La novela policíaca de Manzini no usa la literatura como un laboratorio científico sino que, además de observar las complicaciones de la realidad les aporta vida y las empapa con la vida de Rocco Schiavone; de ahí que estemos ante una obra de arte que nos deleita e inspira y nos permite vislumbrar las sensaciones del autor para que reflexionemos con él.

No es que se dé una trinidad autor, narrador, personaje porque no es una autobiografía, pero sí hallamos un dúo narrador protagonista que denuncia no solo lo que ve y se demuestra legalmente, también evidencia las irregularidades intuidas por el autor, esas que quedan invisibles, por lo que si se castigan indirectamente el daño no puede salir a la luz, porque lo dañado es algo fantasma. «Rocco se despidió y salió del despacho pensando que un ciclotímico como aquél no debería estar en la fiscalía, sino en una casa de reposo para ponerse hasta las cejas de medicinas y curarse con largos paseos meditativos».

Con un final rápido e inesperado, Rocco lanza un guiño al lector al dejar encubiertas ciertas actuaciones no del todo legales. Son gestos textuales que tienen una correspondencia con la intención de Manzini para conseguir el efecto propuesto. En este caso la tolerancia cero ante el maltrato de sexo.

Ninguna mujer ha de quedar oculta entre las humillaciones, los golpes o los asesinatos de los hombres. Si ellas no tienen el valor para denunciarlo siempre debería haber alguien que las ayudase para que casos como el suyo no volviesen a ocurrir. El autor vuelca en Rocco la capacidad de conseguir este deseo, por eso el subjefe ficticio se nos hace tan real, tan cercano. Todos llevamos dentro algo de Schiavone, de ahí que desde el primer momento empaticemos con su ira, su sarcasmo, su dolor, sus actos intimidatorios y su compenetración con los débiles. Y quedamos atraídos porque estamos ante buena literatura, en la que los rigores formales de su construcción están supeditados a la posición ética de garantizar el placer del lector.

miércoles, 20 de octubre de 2021

GUSTAVO, EL FANTASMA TÍMIDO

Que ningún niño sea invisible

Que los fantasmas acudan

a su mente para hacerlo reír

Que le digan caricias sonrosadas

Que lo acunen en la brisa

de la mañana

Que lo paseen por el cielo

en el tobogán de sabor añil

Que a su voz cantarina comparezcan

monstruos divertidos con

largas cadenas de regaliz

Que aprenda junto a otros niños

las letras del alfabeto

Que hagan la o muy abierta y

quepa todo el firmamento. Infinito

 

Infinito cariño

Saber infinito

Eterno beso

Estos son los sentimientos que despierta cualquier niño, y a nuestra mente acuden beatíficos para alegrarnos la vida y hacernos sentir mejores.

Pero… Dejemos lo idílico ficticio a un lado; no nos olvidemos del pequeño monstruito que todos llevan dentro; oculto para salir de cualquier lugar de la casa donde repose tranquilo un balón, de cualquier rincón del patio en el que sobresalgan las coletas recién hechas de la hermana pequeña, de ese mueble que pide a gritos ser escalado hasta lo más alto, de esa tienda en donde las chuches se alinean eficientes para ser devoradas por colores.

Monstruitos que, tras una sonrisa, vuelven a ser ángeles.

Flavia Zorrilla Drago conoce a los niños, por lo que, en un texto rebosante de encanto y sencillez expone las inquietudes de su protagonista, un fantasma que por su excesiva timidez se ve privado de la compañía de los demás. El miedo a ser rechazado, quizás, hace que Gustavo, el fantasma tímido no pueda relacionarse con los demás monstruos. A Gustavo le gustaría disfrutar de forma monstruosa. ¿Y cómo son los monstruitos del cuento? Flavia Z. Drago nos los descubre: revoltosos, divertidos, capaces de comportarse como un batallón con los amigos y desvalidos, tanto que pueden retener toda la tristeza del mundo cuando se sienten solos.

Recordemos, con la historia de Gustavo, ahora que se acerca Halloween, a esos monstruitos que nos rodean capaces de derretirnos el corazón. Los niños se van a divertir con este libro de Edelvives pues, estimulados por estos personajes y las acciones que realizan, pueden descubrir un nuevo disfraz favorito para esta fecha que, por supuesto, también les servirá para disfrutar en cualquier otra ocasión.

Es un cuento maravilloso en el que el protagonista, Gustavo, es el héroe sin saberlo, ya que se atreve a vencer sus miedos, al afrontar una situación que lo agobiaba. Decide mostrarse tal como es y eso gusta a los demás. A veces imaginamos problemas donde no los hay. En realidad la historia da mucho de sí, ya que una vez que conocemos la trama podemos representarla siguiendo al pie de la letra lo que ha escrito la autora o adaptándola a otras preocupaciones que puedan presentarse a los niños. El caso es que ninguno se sienta solo. Este es el mensaje que Drago nos da en su cuento, tanto al narrar como en sus ilustraciones. Las imágenes son totalmente enriquecedoras pues aportan detalles adicionales al texto escrito, incluso por sí solas añaden mensajes, consiguiendo una comunicación evidente y efectiva con los más pequeños.

Los que aún no saben leer seguirán, a través de las imágenes de la ilustradora, el hilo de la historia sin ningún problema. Además, como Gustavo adopta diferentes formas, la maleabilidad de los fantasmas es por todos conocida, el niño estimula a su vez la capacidad de atención, pues debe encontrarlo en cada página camuflado con el entorno. En realidad los dibujos son fabulosos, expresivos y capaces no solo de alentar la imaginación sino también de crear lazos entre los niños; es lo bueno de ser monstruos, todos son diferentes, así que los fantasmas conviven con Frankenstein, el hombre lobo, el invisible, la momia, el vampiro, el esqueleto… no hay iguales. Y conviven. Otro bello mensaje para razonar con los niños.

En la vida real es muy difícil vencer la timidez por eso Flavia Drago anima a los pequeños a que compartan sus experiencias con los otros, para que los demás puedan conocerlos, para que desde la guardería disfruten de amigos, valoren después la amistad y tengan más posibilidades de crecer sin contratiempos.

Agradezco cualquier libro que leo, al autor por escribirlo y mostrarme su punto de vista sobre infinidad de asuntos. Y a quien lo regala —cuando es el caso— porque me ofrece su amistad.

Los dos niños que más quiero, Darío y Carlota me trajeron este cuento de la Feria del Libro. El caso es que venía dedicado por el “nomo Roco” y me quedé algo descolocada pues de todos es sabido que los Gnomos vienen a casa el 24 de diciembre al mediodía ¿Será que han decidido hacer incursiones por su cuenta? En fin, leí el cuento con ellos y la poesía que encabeza esta reseña es el resumen de lo que siento.

Gracias, un día más, Darío.

Gracias, un día más, Carlota.

jueves, 14 de octubre de 2021

LA VERDAD IGNORADA

De nuevo tengo que agradecer a Babelio un regalo. Me llegó en la penúltima edición de Masa Crítica y, aunque estaba segura de que era bueno (Cátedra es una garantía y el autor, un erudito en literatura), no me esperaba el tesoro que contenía.

La verdad ignorada saca a la luz asuntos, detalles de ciertos autores (representantes de tantos hombres) que, a principios del siglo XX hubieron de luchar contra sus sentimientos, sus deseos más íntimos, para que no se notaran en una sociedad marcada por las reglas de la moral religiosa. Reglas que, además, no se aplicaban de la misma manera, pues siempre era un seguro pertenecer a la clase social alta y, sobre todo, moverse en círculos culturales. Aun así, escritores como Benavente sufrieron  maledicencias por parte de intelectuales de izquierda, el punto ácido de Gómez de la Serna salpicaba a todos, que veían la homosexualidad casi como un esnobismo.

Porque en realidad, en lo más hondo de la sociedad, se pensaba (aún hoy en ciertas esferas) que al homosexual se le pasaban sus deseos con una buena mujer a su lado que supiera atraerlo. De esta manera tantos matrimonios desgraciados, tantas vidas perdidas, tantos ánimos deprimidos y tanta ira de aquellos que no tuvieron libertad de expresión.

Emilio Peral Vega ahonda en nueve escritores que dejaron en su obra, más o menos de forma evidente, su preferencia sexual y los sufrimientos que les acarreó a pesar de que a algunos, como Álvaro Retama, no les importara pasar temporadas en la cárcel por escándalo público; otros como Benavente, se acogieron al régimen para estar más o menos protegidos y otros como García Lorca, tuvieron un final perpetrado por mentes cobardes y envidiosas.

El estudio se lleva a cabo en orden cronológico, de manera que el primero que aparece es el Premio Nobel Jacinto Benavente, triunfador social que, sin embargo, ocultó sus deseos en metáforas modernistas o en referencias veladas a la antigüedad tomadas de los poetas uranistas, un grupo de poetas ingleses que, entre 1850 y 1930, plasmaron de forma idealizada, en poemas conservadores, las relaciones que en la antigua Grecia tenían lugar entre hombres adultos y adolescentes.

A lo largo de su obra asistimos a la desilusión por no gozar de un amor verdadero, «Y al asomarse a tus ojos, mis ojos, / viste el fuego y no viste la luz»; probablemente por esto decidió en su madurez, como Pigmalión, contemplar la belleza del amor, «Yo gozo con sus goces / y sus besos, que para mí no son».

Asume el dolor sufrido en silencio y destapa su ira contra aquello que lo hizo diferente para su propia angustia y la ocasionada a su madre, «yo sé que Dios ha de perdonarme; / pero yo a Dios, no».

En su teatro, el autor establece atracciones homosexuales, aunque todo se resuelva al final de forma heterosexual. Adapta las relaciones ambiguas, o explícitas, que Shakespeare estableció en Noche de Reyes, a su Cuento de amor, advirtiendo que no se busque lógica, pues todo pertenece a la imaginación. También usa la lejanía temporal y espacial, en La sonrisa de la Gioconda, para que una cohorte de jóvenes dance en torno al Senex, a modo de la poesía uranista. El travestismo de nuestro teatro del Siglo de Oro también es una buena solución para enmascarar la verdad.

Y, por supuesto, las insinuaciones homosexuales del viejo Crispín al joven Leandro (Los intereses creados), se hacen como obligación que tiene cualquier criado para escalar socialmente «puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione a él y le eleve hasta su privanza».

Tristeza absoluta la de aquellos que no tuvieron libertad de palabra o de actuación y debieron hacerlo a través de sus personajes, «Mi arte fue un modo de vivir. Por eso fue tal vez mezquina expresión de mi vida»

Emilio Peral repasa la novela homoerótica de principios del siglo XX en tres autores probablemente no tan conocidos (la censura deja su huella), Antonio de Hoyos, Álvaro Retama y Alfonso Hernández Catá, para que seamos conscientes de las vueltas que tuvieron que dar si querían publicar. Los tres encarnaron la lucha contra los valores burgueses de la Restauración, satirizando una sociedad cerrada a los avances culturales europeos por causa de la Iglesia, la política o el sistema judicial. Autores que, preocupados por dotar al ser humano de identidad libre, tuvieron que disfrazar sus obras de misticismo o dotarlas del voyerismo surrealista que se impondría después o plagarlas de referencias mitológicas para, en El martirio de San Sebastián, encubrir las humillaciones y asesinatos cometidos con los homosexuales; marcar los sentimientos homoeróticos como prácticas depravadas en Locas de postín; o explicitar las autocensuras que los propios homosexuales se imponían para intentar evitar sus deseos en El ángel de Sodoma.

Tristeza absoluta que se deriva de una «existencia fracasada, alimentada por la culpabilización propia y ajena y condenada, por tanto, a una resolución fatal». A esta conclusión llega Peral Vega y parece que fue la misma a la que llegaron los Martínez Sierra. El autor de La verdad ignorada nos regala, al final del volumen, Sortilegio, obra de teatro inédita, firmada por el matrimonio, que representa cómo las vidas pueden echarse a perder por pecar de inocencia; es el caso de Paulina que, enamorada de Augusto, no quiere ver la homosexualidad de este a pesar de que no sea a ella sino a Francisco a quien dirija sus halagos, mientras que para ella tenga expresiones envueltas en el cariño más fraternal «hija», «mi niña». Por su parte Francisco sufre estoicamente el amor, no correspondido, que siente por Paulina. Beatriz, la madre de Augusto, arruinada, pretende casar a su hijo con Paulina, rica heredera.

En el segundo acto aparece un matrimonio raro, Augusto se aflige cada vez que deja a Paulina para ir en busca de Leonardo, su enamorado, y ella padece porque no quiere ver de dónde viene la falta de pasión de su marido. Cuando por fin él le dice que nunca sentirá nada sexual hacia ella, Paulina, tras pasar por una depresión-locura, intenta darle celos con Francisco, quien la rechaza pues sabe sus verdaderas intenciones, sabe la orientación sexual de Augusto y sabe que ella quiere utilizarlo. Augusto decide finalmente suicidarse para que Paulina pueda ser libre, ya que él había entrado en un círculo de “pecado” que no le permitía vivir sino dañando a quienes tenía a su alrededor.

Tragedia, indudablemente, que refleja el tormento sufrido por aquellos que se sentían diferentes y, lo que es peor, que la sociedad consideraba diferentes y no los aceptaba.

Alguien debería lleva a escena esta obra, pues aunque está escrita hace casi cien años, algunos siguen anclados en esa época.

En este estudio no podía faltar Federico García Lorca, quien del simbolismo europeo aprendió las posibilidades que ofrecían las fábulas para reflexionar sobre posiciones y vicios humanos. A los animales unió la simbología del color y la que se desprende de la Comedia del Arte italiana. Por supuesto, Shakespeare continúa siendo el maestro. Observamos cierto paralelismo entre Oberón (El sueño de una noche de verano) y Curianito (El maleficio de la mariposa) quien rechaza a su curianita enamorada para (travestido) acercarse a la mariposa que lo rechazará, provocando su suicidio. El deseo homoerótico, limitado al voyerismo, lo encontramos en El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Cuando Perlimplín se ve incapaz de satisfacer a su mujer, se traviste de joven, pero al ser consciente de que no va a poder seguir la farsa hace que Perlimplín joven mate a Perlimplín viejo.

En los Sonetos del amor oscuro también encontramos el tinte trágico que adquiere la oscuridad, asociada a la enfermedad de amor. La dependencia emocional está latente en Lorca y prevalecen los momentos de contrariedad y desamparo por la ausencia.

Comparto la opinión de Peral Vega en que Cernuda sea quien «expresó con mayor rotundidad, dignidad y contundencia el deseo homoerótico en el arranque del siglo XX». Empieza describiendo placeres onanistas para luego asistir con temor surrealista a la excitación, aunque finalmente sea en el fluir del verso libre donde mejor expresa el pesar que siente. Si los espacios cerrados impedían al poeta avanzar «El afán, entre muros / […] / sin ayer ni mañana», verá en las estrellas la esperanza de su libertad sexual, «donde mis ojos, estos ojos, / se despiertan en otros». Luis Cernuda va haciéndose fuerte y, aunque la realidad hostil atemoriza su orgullo, se ve capaz de destruirla «Abajo, estatuas anónimas / sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla». El poeta da comienzo al amor y da paso después a la tortura de la ausencia, al recuerdo y al olvido como única solución a la tristeza que lo embarga. Soledad, tristeza y poeta, términos que irán siempre juntos por ser «amor de justicia imposible».

Emilio Peral termina su recorrido del homoerotismo en la España de la preguerra civil con Eduardo Blanco-Amor, otro poeta homosexual, republicano que tuvo que afincarse en Buenos Aires, huyendo de la opresión que lo señalaba. Por una carta a García Lorca sabemos que fue en busca de un joven, que luego no le correspondió. Valiente a la hora de confesar sus sentimientos, no duda en desvelar escenas de masturbación, felación y «unión íntima de los dos cuerpos: … y los crujidos de tu carne tierna / te irán formando el alma en los adentros».

Sin embargo, la poesía de todos ellos, la literatura, queda cubierta por la melancolía del recuerdo, del deseo, de la opresión. Quizá por eso Blanco-Amor escribiera en un poema dedicado a su querido García Lorca, cuando supo de su muerte


Arcángel en tu nube nos esperas

en el portal del tiempo victorioso,

vivo en tu vida, más que nunca viva

Emilio Peral nos recuerda que no todo en la vida es blanco o negro, que no hay verdades absolutas y que los más bellos sentimientos pueden venir de todo lo que nos rodea.

domingo, 10 de octubre de 2021

LOS DOMINIOS DEL LOBO

Me enfrento a una crítica literaria con un enorme respeto y, por qué no admitirlo, con bastante reparo. El autor es uno de los grandes, probablemente el mejor novelista actual, y como todos los grandes tiene sus detractores, envidiosos la mayoría de veces. A Javier Marías no le hacen falta críticas, creo que apenas lee alguna; conoce el sistema editorial y el de premios, sabe que no todos los reconocimientos se los dan a los mejores, al menos aquí en España. Pero él ha sido valorado y galardonado mundialmente. Tenemos el honor de contar con un genio universal, por eso leo sus novelas, y no sé qué decir sino admirarme.

Acabo de terminar Los dominios del lobo y, por más que lo intento, no puedo concebir que fuera escrita con 17 años, tal es su maestría. La novela, publicada en Alfaguara, cuenta con un índice que divide el libro en dos prólogos, un epílogo de 1999 y Los dominios del lobo, así, sin apartados.

Pues no tendrá capítulos, pensé yo. Empiezo a leer y me introduzco de lleno en la familia Teager, presentada con una narración clarísima y, sobre todo, divertida. Apunta a algo de novela decimonónica, en la que tras una exposición de sus componentes comienza a narrar cómo y por qué desaparecieron algunos, causando la desgracia de la estirpe, y termina con el anuncio del éxito de tres de sus hijos. Pero no hay tragedia en la narración del drama familiar sino un punto de humor sarcástico al contar las fatalidades sufridas; el narrador no ahonda en los sentimientos de los personajes por lo que no llegamos a congraciarnos con ellos, tenemos la impresión de estar ante las escenas iniciales de una película que presentan la situación de lo que vamos a ver después, «Nunca más se supo de los miembros de la familia Teager, excepto de Arthur, Edward y Milton, que lograrían la fama».

Aquí termina el relato y se abre otro con un personaje distinto, al que descubrimos a través de una hipérbole humorística «Cuando Osgood Perkins se quedó sin trabajo por undécima vez en menos de un mes, decidió que […] no era necesario trabajar».

Pensé entonces que el libro era un compendio de relatos, así que, con este talante continué la lectura. El absurdo del primer “relato” se intensificó en el segundo hasta hacerme reír en varias ocasiones, tal es la ironía que va marcando los diálogos. Y, de pronto, como quien no quiere la cosa, uno de los Teager se cuela en la vida del presidiario “iluminado” Owen el Gamo, quien adoptó, en la cárcel, como profeta heredero al citado Osgood. Por el relato de Owen podemos situar a uno de los hijos de aquella familia venida a menos: «me echó de su casa por un tipo de Chicago que se llamaba Milt Taeger, un gánster rico y famoso». En ese momento lo entendí, o creí hacerlo. La novela está dividida en secuencias-escenas que se corresponden con relatos-capítulos y pueden leerse con total entusiasmo bien por separado, bien como unidad (es una novela fresca, divertida, que a su vez tiene escenas policíacas, negras, de amor, corrupción…) o, lo que es más sorprendente, podríamos estar ante el rodaje de una película del cine norteamericano en su época dorada.

Algunos capítulos incluso parecen el guion de una película, con el comienzo panorámico que presenta la situación «Los esclavos negros de la familia O’Loughlin […] Los capataces blancos estaban lejos […] dejaron sus faenas y pararon de cantar […] la figura del jinete se hiciera más visible. Éste avanzaba lentamente, al paso…», el argumento, con un posible libertador incluido en la Guerra de Secesión, y el final, de los que quitan el aliento pues se intuye que morirán todos. De hecho, tras el desvanecimiento de los últimos diálogos, como la aclaración final que aparece en algunos films, se narra lo que les sucedió a los personajes en el futuro.

Los dominios del lobo es una novela original. Unos personajes se van enredando con otros en espacios diferentes o iguales, siguiendo la línea temporal o alterando el orden cronológico de los sucesos con el uso del racconto, pues a veces el argumento avanza de forma lineal y otras introduce un capítulo-secuencia que da vida a una leyenda antigua contada varias escenas antes.

En fin, la novela es una locura perfectamente pensada, en la que no faltan capítulos del cine dentro del cine, como una metaliteratura cinematográfica que no hace sino confirmar el genio de Javier Marías. ¿Con 17 años? Parece imposible y si he admirado a este escritor desde que lo leí por primera vez, ya no recuerdo si en novela o artículos periodísticos, ahora es auténtica devoción lo que siento.

¿En algún momento se decidirán a darle el Premio Nobel de Literatura?

La novela Los dominios del lobo es mucho más que una historia familiar, pues no se limita a los Teager; podría ser la crónica novelada de los EE.UU. a través del cine. Una sucesión de capítulos-relato que van uniendo personajes hasta conformar una historia genealógica en la que no aparece la primera persona reflexiva a la que nos tiene acostumbrados el autor, sino que el narrador, en tercera persona testigo de los hechos, funciona como una cámara para ponernos en cada momento en la situación que le interesa, consiguiendo que el lector se intrigue, sufra, ría y disfrute en todo instante.

La novela, vista desde la actualidad, parece anunciar el discurso en espiral en el que las digresiones del narrador se acumulan para cobrar sentido en un momento determinado. El humor no es tan reflexivo como el de sus novelas de madurez, sin embargo la ironía que trasluce avisa de que los hechos no tienen un sentido único. Todo es consecuencia de circunstancias anteriores.

Los dominios del lobo es una novela intrincada, los relatos se ramifican y unos esclarecen lo ocurrido en otros, pero por separado también están dotados de cuerpo y estructura, de coherencia y cohesión. El verdadero protagonista es el narrador, esa cámara que dosifica la historia según crea conveniente, algo que después será una seña de identidad en Javier Marías.

Otra marca fundamental del autor, el paso del tiempo, también despunta en su primera novela cuando acumula personajes en el cronotopo. Asimismo comienzan a aparecer las divagaciones tan características, como simple digresión, que formarán parte de lo primordial en el argumento de un capítulo posterior (o anterior). El joven Javier Marías ya era consciente del poder de la palabra, por eso el narrador se expresa con minuciosas descripciones que revelan la importancia concedida al lector, pues lo hacen confidente de la historia. Por eso no podemos bajar la guardia ante hechos absurdos que parecen no tener sentido. Todo es relevante. La gran epopeya de los habitantes blancos de EE.UU. da la vuelta y es vista desde la perspectiva de un negro, posible libertador de negros, con lo que la conquista del Oeste queda en entredicho, «Tenemos que robar. Tenemos que hacernos fuertes, tenemos que destruir las granjas, tenemos que sembrar el pánico, y tenemos que matar a los hombres y a las mujeres blancos». Qué ironía, la novela es un calco de lo que el hombre lobo blanco ha venido realizando en su conquista de América del Norte, América del Sur, África, el mundo.

Y qué maravilla que un chico de 17 años fuese consciente de esto, y que 50 años más tarde siga fascinándonos con su genialidad y honradez.

domingo, 3 de octubre de 2021

CUCARACHAS

A estas alturas no es un secreto que me gusta la novela negra, aunque quizá no sea auténtica necrófila porque, en ocasiones, cuando la tortura va muy allá, cuando la descripción es demasiado minuciosa o abundan los detalles escabrosos leo más deprisa, incluso me salto algún renglón; es como si mirara para otro lado —que es lo que hago en el cine—. Bueno, pues dicho esto, al ver el título y la portada apenas me decidía a coger el libro, tanto es el asco que me dan estos insectos. Por un momento pensé en forrarlo. Pero lo superé porque me podía la curiosidad. Me encantó el primer libro de la saga de Harry Hole, Murciélagos (y he leído después que está considerado, junto al segundo, como los peores), así que me dispuse a leer Cucarachas. No me ha defraudado. Hole, a pesar de su juventud, ha madurado; es menos impulsivo que cuando fue a Australia, más reflexivo aunque mantiene su sello de identidad, que es lo que lo hace más atractivo.

Nuestro detective reside en Oslo, su lugar de origen, y en esta ocasión es requerido desde Bangkok para resolver el asesinato del embajador de Noruega en Tailandia mientras estaba en un hotel. El jefe de policía, amigo de Harry, insinúa que puede mandar a otro (dado su estado de embriaguez casi constante). Pero lo quieren a él. Cuando empieza a investigar, todos nos damos cuenta de por qué el interés en Hole. Pensaban que su cerebro no sería capaz de desvelar, entre otros asuntos, la red de pedofilia en la que algunos políticos y policías participan con impunidad. Precisamente el embajador no estaba en un hotel al uso, sino en uno donde alquilaban niñas para disfrute sexual, y en su maletín se encontraron fotos de pederastas abusando de niños.

Querían dar pronto carpetazo al caso. No interesa el escándalo mundial.

Jo Nesbø ha acertado con el título y la comparación entre estas dos especies, «se esconden cuando notan las vibraciones de alguien que se acerca y que, por cada cucaracha que se ve, diez se han escapado ya». No he visto nunca una denominación tan acertada del pederasta.

El autor noruego consigue que la novela sea doblemente interesante pues, a la trama, va intercalando datos curiosos sobre la cultura, tradiciones y costumbres tailandesas.


—Hábleme del tráfico local de putas —dijo Harry

—Es aproximadamente tan denso como el de coches

No solo las prostitutas y los niños circulan de manera usual, lógicamente, fruto de la miseria de cierta parte del país, la gente se relaciona socialmente en la calle por pudor, por respeto al otro, para que nadie vea dónde vive. También el cultivo de opio es generacional. Es evidente que, en este ambiente, la mafia se mueve apoyada por los poderosos más corruptos. Y es un misterio por qué los karaokes tienen tanto éxito, a no ser porque es «el lugar idóneo para encuentros secretos».

Rodeado de deshonra, Harry Hole se dispone a resolver un caso que a pocos interesa sin abandonar el sarcasmo, en los peores momentos, ni el sentido del humor ácido, en cualquier ocasión «El vuelo había sido un calvario. La librería del aeropuerto de Zúrich solamente vendía libros en alemán y en el avión habían proyectado Liberad a Willy 2».

Está claro que el estilo desenfadado de Nesbø engancha, a pesar de que en Cucarachas se den demasiados contratiempos, políticos en su mayoría, que consiguen hacer de este caso algo sumamente complejo. La víctima, un alto cargo político está involucrada en turbios asuntos que desvían nuestra atención, pues se mezclan con la mafia, la pedofilia, la corrupción urbanística, las apuestas, la compraventa… intereses todos de gente importante que querrá mantenerlos como están. Da igual que dos o tres personas se queden por el camino. No es importante. De hecho, también en la realidad, hay delitos que continúan, con el paso del tiempo, más feroces y detestables.

La trama está repleta de giros causantes de que el lector vaya de un sospechoso a otro según le interese al autor. No pasamos por alto aquellos con verdaderos motivos para que el caso no salte a los medios, tampoco olvidamos a los que son demasiado oportunos, demasiado abiertos o explícitos, demasiado confrontados a una mayoría que, en el país más perverso del mundo, tiene algo que ocultar.

En Cucarachas aparecen abundantes secretos en torno a Harry para dificultarle la labor y conseguir así que las altas instancias de la civilizada Noruega no se vean involucradas, y las que presiden la adulterada Tailandia sigan rodeadas de lujos en medio de tanta penuria. Pero, a pesar de las apariencias de los poderosos, aunque no las veamos, las cucarachas están ahí.

Jo Nesbø ha construido un argumento perfecto, desgraciadamente bastante realista. Una vez leído el texto todo encaja, incluso ese final sin arreglar, porque la solución pertenecería exclusivamente a la ficción, a la utopía y vivimos en un mundo que se descompone. Hole se mueve entre multitud de personajes que complican la lectura con mentiras y traiciones, pero él es adicto al trabajo, ¿por su tortuosa vida personal? ¿O es al revés? En cualquier caso leemos la novela inmersos en el estilo ameno de Nesbø, que no olvida, a pesar de los pesares, la finalidad principal de la literatura, distraer, «Llegó cojeando a donde estaba la chica del mostrador, quien parecía estar posando para El grito: inmóvil, sin emitir sonido alguno por la boca». El autor sabe describir ambientes y acciones, en ocasiones sin recrearse demasiado en aspectos morbosos porque lo que interesa no es tanto el cómo sino por qué ocurrió.

Y si vamos leyendo a gusto, entretenidos, con cierta inquietud y bastante curiosidad, al llegar al final nos sentimos pletóricos. Todo es trepidante, desquiciante, aberrante, desasosegante… interesante. Nos mantenemos alerta porque en una perfecta sincronía intercala acciones, personajes y espacios. Somos conscientes de que la relajación de unos supone la tortura de otros. Nadie puede liberarse de la muerte si el asesino lo ha planificado, porque no está dispuesto a perder. Negociará con el mismísimo infierno si es necesario. Pero este asesino no cuenta con que Harry Hole tiene su propia ética, que no coincide precisamente con la policial o política. Hole es una especie de superhéroe que aguanta todo lo que le ocurra, para poder sobrevivir a caídas desde una ventana, a ahogamientos en la piscina o a balas que lo atraviesan, porque, Jo Nesbø, a modo de ángel, cuida de él, para que pueda enfrentarse a otro caso.